lunes, 12 de agosto de 2013

Tesis sobre un homicidio

Algo que se nota instantáneamente, y las películas escogidas de este país para el 17 Festival de Cine de Lima lo denotan, es que el cine argentino tiene una calidad bárbara en sus mejores películas, siendo muy clara esta percepción al ver Tesis sobre un homicidio (2013) de Hernán Goldfrid, que es una propuesta comercial (a la que no vemos con otras posibilidades dentro de los galardones que la del premio del público y encima esta peleado habiendo muchas propuestas para ganarlo), un  noir de estética a ratos notoriamente preciosista protagonizada por el astro argentino e internacional Ricardo Darín, acompañado de Alberto Ammann, joven actor bastante talentoso y actualmente prolífico que saltó a la fama por Celda 2011 (2009). Y que aunque está dirigida al amplio público será para muchos una grata sorpresa ya que posee notables rasgos de  thriller psicológico, siendo una realización intensa, entretenida y cautivante, y aunque entendible contiene toques de complejidad en la ambigüedad de hallar a un asesino; aparte de hacer un retrato convincente y simpático  aunque en una figura fácil y estereotipo de su personaje principal, representado por un actor que por lo general es una apuesta segura de éxito de taquilla, que en este filme lo logra al punto de posicionarse históricamente como el segundo de mayor recaudación de Argentina.

En este nos relata la historia de Roberto Bermúdez (Ricardo Darín), un abogado, escritor y académico soltero que en sus ratos libres asiste investigaciones criminales, llegando a tener una obsesión en un caso convertido en algo personal, al sentirse atraído por la hermana de la víctima, alumna de su facultad que se le halló muerta frente a su aula en plena cátedra. De ello crea varias hipótesis -en un juego de espejos- que apuntan como un psicópata homicida al hijo de un antiguo compañero de labores con quien solía competir profesionalmente y ahora es más importante que él. Señala a Gonzalo Ruiz Cordera (Alberto Ammann), un muchacho universitario perspicaz y vanidoso de aire intelectual (donde se hace uso de diálogos planos aunque aparentemente trascendentes, y en general, aunque prevén, hilan, crean lógica y acondicionan el filme, dando códigos además, junto con exhibiciones eruditas que se ven efectistas y metidas con calzador en cuanto a naturalidad aunque congruentes) que acaba de volver al país y siente admiración por su maestro, Bermúdez. A quien dentro de su condición de policial el filme lo presenta como practicante de boxeo, seductor y mujeriego (tiene la línea de decir que vale más una aventura amorosa que cualquier arte o sabiduría), intrépido e ingenioso, pero también egomaniático y en parte paranoico.

El filme es  sumamente amable, recogiendo y asumiendo las características y lugares comunes del cine negro, ambientado perfectamente en la Argentina pero con ese toque en que poco importa el lugar en que se contextualiza, su universalidad es flagrante y lograda. Y como no podía ser de otra forma tiene la tensión y el análisis de una investigación como central atracción, sin embargo estos se basan en conjeturas y especulaciones que aunque nos hablan de un juego de ingenios, del gato y el ratón entre Bermúdez, el mentor, y el asesino, que parece querer impresionarlo, se mezcla mucho la imaginación anclada a una desconfianza en buena parte arbitraria, distante y poco concreta en los práctico aunque emocionalmente próxima, proponiendo una audaz critica a cuando el detective trata de entender el caso y se cree casi un ser omnipotente sobre los pormenores.

La línea entre lo que uno cree y es se presenta únicamente como un ejercicio más, típico de la cátedra de Bermúdez, pero como bien dice el pupilo, hay muchas tesis en la vida, en todo sentido, y es difícil decidirse rotundamente por una sola, verlo con claridad. No estamos frente a una propuesta que vaya  a marcar un hito argumental en el cine, es solo un entretenimiento, pero su estética no es vacía, cumple con dar lo que pretende. Sustancialmente tiene lo suyo en lo que es, abocándose a sus cuatro paredes, de donde nos entrega dos sospechosos, aunando la imposibilidad de resolver las pesquisas y de no tener  ningún culpable, siendo inteligente la obra al darle una carga psicológica a la investigación, un matiz o capa que pelea entre la locura e idiotez, el error, y la audacia y sapiencia, el adelantarse a todos, y es que plantea mucho el eje de la subjetividad, siempre con una carga de autosuficiencia y ambición en sus personajes que tambalea como en la reacción de la amiga psiquiatra que figura nuestra posición de incredulidad, y que parece una buena puñalada hacia el éxito (lográndolo este filme, y quizá siguiendo las reglas completamente, ya que el fogón o asador enseña que en efecto  hay un hurto, pero también puede ser que sea parte de un desdoblamiento de personalidad para justificar los auto-inventos, aunque la repetición del tic con la moneda sea un dato culposo pero igual indefinido) ya que somos Bermúdez, y nos puede ser esquivo el triunfo aun teniendo la razón o haciendo algo destacable (la imprevisibilidad de la vida, y que es idónea porque una existencia autómata no nos enriquecería en nuestra variedad y complejidad), o de repente somos el antihéroe de la hipótesis de este, y en el pequeño puede hallarse la gloria aunque silenciosa. Una metáfora del cine mismo y a lo que se adscribe dentro de él en una elección distinta, “paradójicamente” prefiriendo la claridad y lo masivo/receptivo, pero haciendo uso de cierta arte, que hay que reconocer, la ambigüedad, dentro de la lógica conocida, típica, del noir, en una humilde conjunción.


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