viernes, 29 de julio de 2016

La luz incidente

Una mujer ha pérdido a su esposo y se halla en duelo, tiene 2 hijas pequeñas, y, como todos, debe rehacer su vida, para lo que se le presenta un buen pretendiente, un hombre seguro de sí y decidido a casarse con ella. Erica Rivas la interpreta, con toda esa carga emocional a cuestas, con una circunspección, meditación y congoja interna, la que yace reacia a buscarse a otro hombre, a formalizar con Ernesto. Y de eso trata la película, la lucha de Luisa, de poder pasar la página, que no puede, por más que su madre y su suegra la apoyan en su nueva relación.

Un filme como La luz incidente de Ariel Rotter es por una parte difícil de imaginar en Latinoamérica en otra parte que no sea dentro del ecléctico cine argentino, muchas veces sobrevalorado, pero también irreprochablemente audaz, teniendo la presente una delicadeza y elegancia que la vulgaridad y criollismo que se clama por la necesaria e ineludible realidad por estos lares nos impide poner más a menudo en pantalla.

La luz incidente es un filme que está anclado fuertemente al duelo, a la pérdida de una relación, la del amor de nuestra vida, y a la recomposición en otra relación que luce ideal y saludable, sobre este eje gira toda la película, y no deja de ser interesante, aunque uno llega a pensar que tanto rodeo pudo evitarse o reducirse sin problemas (cinematográficamente hablando), pero igualmente es pedirle al autor que corte sus alas, minar la voz, el motivo y sobre todo el sentimiento complejo. El de un enorme dolor, centro de la propuesta, en cómo suena complicado meter a una nueva persona –en palabras de Luisa- en la que ya es una familia. A pesar de que arrecian las deudas y sobrevuela cierto machismo, Luisa no puede defenderse -al parecer- sola en el mundo.

Es importante tener en cuenta el contexto económico y social, y por una parte, en menor medida, la época, ubicada en un tiempo con algunos aires más conservadores y clásicos, por medio de un elocuente y distinguido blanco y negro. Luisa pertenece a la clase media alta, donde la mujer suele disfrutar de comodidades sin hacer nada. Entonces, la relación con Ernesto es perfecta en todo sentido, de lo cual se extraña un poco de problemática, más allá de una “simple” decisión, volver a casarse o no. El sexo no es dificultad (la aventura casual), sino otra cosa, la impresión de llenar un lugar emocional, lo económico -aun en su situación- se encuentra en segundo plano para ella. Luisa se siente atraída por Ernesto, pero extrañamente –por su comportamiento amoroso actual- sigue sin querer olvidar a su marido fallecido. El filme en ello juega mucho al tira y afloja, y luce algo incoherente. Porque no sé qué preocupación le puede crear Ernesto a sus hijas que están aún desentendidas del mundo. Parece un pretexto endeble, por más que Luisa hace hincapié en que las niñas son lo primero, y justamente entra a tallar el reponer la figura paterna. Lo cual es como un respeto a perder la imagen fantasmal, ubicua en el filme, pero anónima en detalle, del marido difunto, que trasciende una mera fotografía anodina.

Rotter trabaja más que decentemente la imagen de duelo, el espíritu del muerto, explotándolo al máximo, aunque notándose que estira demasiado el chicle. Para lo cual Rivas esta espléndida, trasmite mucho desamparo, provoca protegerla, y entra a tallar una digna sobrevivencia en ella. Ernesto es una figura algo cómica, de lo notoriamente simpático que intenta ser, se ve ligero, pero como los reflectores yacen sobre Luisa el filme resulta mejor (la actuación de Marcelo Subiotto está muy bien, el problema es su contenido intachable, es un solterón, se pudo albergar ideas a ese respecto). Rivas se las arregla para poner gestos variados en su rostro, a la vera de la tristeza, y no agotar, algo muy palpable y siempre en la cuerda floja. El filme esta manejado con suma delicadeza, donde hay muchos hermosos silencios, como quehaceres rutinarios que inundan la pantalla, desde el hogar o alguna fiesta, proponiéndose potentemente sugerentes. Como ese del matrimonio donde Luisa está pendiente del teléfono, en la que es una relación de madurez, ya sin fuego e irreverencia, sino de calma, meditación y pequeños momentos. 

domingo, 24 de julio de 2016

La saga de Drácula de la Hammer

Escrito en honor al Drácula más popular del séptimo arte, Christopher Lee, que murió el 7 de junio del 2015, a los 93 años, dejando una muy extensa carrera, donde su máxima mítica yace en la saga de Drácula de la famosa productora británica de cine de terror de bajo presupuesto Hammer; saga a la que le paso revista, contando con 8 películas, en las cuales el muy querido Christopher Lee representó al legendario vampiro en las siete primeras.

Drácula (1958)

Una de las inmortales obras de Terence Fisher, la mejor de la saga, claro, la primigenia, que se pega más a la historia de la novela, sin embargo hace ciertos cambios, otorgándole agilidad al producto, ésta vez Jonathan Harker arranca con una misión secreta, como un cazador de vampiros, pero no es hasta que el Doctor Van Helsing (Peter Cushing), su maestro, interviene que Drácula enfrenta su gran reto. Ese choque vital entre dos nombres míticos del cine de terror, Cushing y Lee, otorga un entusiasmo memorable, visto tales clásicos roles en su mayor exposición. La intromisión de los colores intensos, pastel, como esa sangre de aspecto exagerado, el espacio rural y lo aristocrático, los modales ingleses, la mirada penetrante y furiosa de Christopher Lee, todo es simplemente un goce mayúsculo, de lo que se subvierte escuchar por enésima vez la historia típica de Drácula, que en el conjunto histórico del cine afírmese que yace en lo más alto del podio, la que tiene excelente ritmo que la deslinda de muchas otras igual de famosas, brillando un encanto de lo bellamente clásico, que está por encima del presupuesto, donde sorprende ver la alta calidad del producto, sin ostentación.

Drácula, príncipe de las tinieblas (1966)

Secuela dirigida por Terence Fisher, un grande del cine de terror, que lo demuestra fehacientemente en un filme que es bastante bueno, sobre todo en la escena de resurrección de Drácula que está de lujo para la época, en una película en que Christopher Lee no habla nada, asumiéndose como un monstruo absoluto, que sólo quiere asesinar a la gente que atrapa en su castillo, habiendo dejado la orden de que su siniestro mayordomo y esclavo llamado Klove atraiga a los curiosos ante sus garras, cuando el pueblo yace advertido y niega la existencia del castillo, en un bar típico, antesala en que se anuncian peligros y temores. A éste sitio caen dos parejas, dos elegantes hermanos y sus esposas, que torpemente no escuchan y son guiados por fuerzas mayores al castillo. El salvador es un cura tosco, que yace armado y es peleón. El filme cumple con entretener y bastante, con una historia muy práctica y sumamente sabrosa.

Drácula vuelve de la tumba (1968)

Dirigida por el británico Freddie Francis, mejor director de fotografía (ganó por ello 2 premios Oscar, por Sons and Lovers, 1960, y Glory, 1989) que director de cine, pero que en algo se distingue haciendo un filme con toques frescos y llanos de romance y rebeldía juvenil. El héroe es ateo y no lo esconde a nadie, tiene el mal de decir la verdad todo el tiempo, aun cuando su amada vive bajo el ala bondadosa de un tío que es obispo; el héroe se mueve trabajando en el clásico bar de borrachos y risas vulgares (gente que lo quiere), aunque soñando con progresar estudiando a la par. Acoto que en las historias de Drácula, como el apasionado vampiro es un seductor siniestro que se mete con las mujeres de sus víctimas, no faltan los rescates heroicos de pareja. El argumento del filme es simple y pedestre, el obispo ha exorcizado el castillo de Drácula, dejando una enorme cruz en la puerta, y cuando éste regresa a la vida se enardece y promete vengarse, para lo que persigue al religioso a su pueblo. Antes, hace algo sacrílego, toma como esclavo a un párroco. Es curioso recordar que Christopher Lee como Drácula es un abusador de mujeres, no sólo las domina con la hipnosis y su mordedura, sino las trata peor que trapeador, sin importarle belleza alguna, como la que exuda la damisela en peligro, la rubia actriz Veronica Carlson (haciendo además mención honrosa de otra actriz, Barbara Ewing, por su llana sensualidad y su inocente juego de tetas). Uno podría pensar que el ateo novio aprenderá una lección, pero ésta queda de tarea para la casa. 

El poder de la sangre de Drácula (1970)

Aun siendo la cuarta de la saga sigue siendo entretenido ver una película de Drácula, dirigida ésta vez por el húngaro Peter Sasdy. En esta trama tres hombres acaudalados de poco más de mediana edad, misma lectura literaria de Fausto, vender el alma al diablo, aburridos de la cotidianidad de sus vidas y su imagen de gente prominente, supuestos maridos y padres correctos de la buena sociedad, cosa que se desmiente por completo, conocen  a un vividor practicante de ritos ocultistas, en busca de emociones jamás vividas, cansados ya de los burdeles, quien les propone beber la sangre de Drácula, tras ser hallado donde la última película lo dejó, lo que concluirá fuera de lo esperado desencadenando la ira y la venganza del vampiro más célebre, que irá uno por uno tras ellos, a poco de un rato clave y distintivo del filme; un rito negro que aplica devoción, y al mismo tiempo como una aventura extravagante, habiendo dos o tres buenos momentos en un filme que tiene su sana cuota de cierta originalidad, a pesar de que a Christopher Lee se le muestre harto ordinario en varios lapsos. Se trabaja la ejecución de la frase de desembarazarse del pasado que suele reinar en toda necesidad de desarrollo artístico y de madurez, y un ataque repentino y facilista de “enfermedad” de un posible psicoanálisis a Drácula en el desenlace.

Las cicatrices de Drácula (1970)

La quinta película de la saga se pone algo barata, pero sigue entreteniendo. La dirige el inglés Roy Ward Baker. Parte de las correrías sexuales del hermano pícaro menor, Paul, con historias medio salidas del imaginario porno, aunque sin, obviamente, su explicites. Sólo algún trasero desnudo femenino bien formado a lo máximo. Paul es perseguido por la policía por tener sexo con la hija del poderoso burgomaestre del lugar que escondiendo la alegre fémina su aventura lo acusa de aprovecharse de ella, todo en un tono bien ligero, al estilo de las comedias de adolescentes descarriados. Éste es el pretexto para que Paul caiga en garras de Drácula, al ir de tumbo en tumbo hasta caer en su castillo, pasando primero por un atemorizado y castigado pueblo próximo, donde hay una masacre algo gore en una iglesia, bajo efectos especiales no tan pulidos, pero con su gracia. El rastro hace que el educado y valiente hermano mayor, Simon, junto a su bella novia rubia, termine enfrentando a Drácula. En esta versión Christopher Lee se muestra todo un caballero y por otra parte del tipo asesino serial, con el criado Klove teniendo bastante presencia y mayor repercusión que antaño. En esta película hay mucha sangre, hasta un saludable descuartizamiento. En lo bueno del filme yace que es impredecible, y tiene una original idea con un cuarto sin puerta, con una ventana por entrada y una tremenda altura, vista con un efecto no tan realista, semejante a la intromisión recurrente de murciélagos gigantes, entre aceptables y fallidos. La propuesta tiene un arranque y final con personalidad propia, aunque lo justo, nada más. Otro encanto del filme es la trepada a lo araña de Drácula.

Drácula 73 (1972)

El filme se contextualiza en la edad moderna, en el siglo XX, en los 70s, con un secreto súbdito de Drácula, Johnny Alucard (Christopher Neame), trayéndolo a la vida una vez más, por medio de una misa negra llena de sobrenombres del demonio, lo que tiene su incomodidad, pero que ya es algo visto en la saga. Lo mismo pasa con el propio personaje de Alucard que se comporta idéntico a Alex DeLarge, de A Clockwork Orange (1971), queriendo liderar una banda de hippies en la que se halla una descendiente de Van Helsing, viendo por otro lado que Peter Cushing lo interpreta en ésta película como un pariente sucesor. Alucard se pinta de seductor para atrapar víctimas, y Drácula de monstruo tras bambalinas, con lo que hacen de la suyas, y pronto la policía termina preguntándole a un experto en lo sobrenatural y rituales paganos, a Van Helsing, quien enfrenta nuevamente a Christopher Lee, pero con un trazo poco original. Atrás queda la época victoriana y lo gótico en una trama con una música actual que le da un toque a lo que será Starsky y Hutch (1975-79) más que de vampiros. Otra curiosidad es ver en la historia a la bella Caroline Munro, aunque rápidamente sale de escena. Hay que decir que el director canadiense Alan Gibson intenta ganar vitalidad, con un giro impensado de actualidad, y no queda del todo bien, pero para fanáticos de la saga ésta de Drácula todavía guarda algún carisma.

Los ritos satánicos de Drácula (1973)

Alan Gibson repite en la dirección y vuelven ideas de su anterior realización, habiendo igualmente muchas novedades, entre ello otro estilo de filme. De lo anterior tenemos principalmente la adaptación de la época, los 70s, pero ahora intervienen magnates y gente de la política o de la ciencia asociada a un culto satanista, una china como administradora de la mansión de los ritos –por algo el guionista es Don Houghton que se encargó de escribir las tres últimas de la saga- y unos motoristas de secuaces y matones, contra policías infiltrados que parecen jugar al Inspector Gadget, ya que sabiendo donde se reúnen estos conjurados terroristas no los detienen, sino luchan como si se enfrentaran fuerzas similares, en una propuesta que más parece una película de James Bond que una de vampiros, pero eso ya no es novedad viviéndose la decadencia de Drácula en la Hammer, incluso el Conde que nuevamente hace Christopher Lee es un jefe corporativo. Y su muerte yace en lo risible, sacando nuevas formas de matar vampiros, con agua, con espinas y con una bala de plata. De lo que vuelve también de Drácula 73 es que la iglesia donde muere Drácula se torna una pista actual definitoria, también está el mismo agente de la policía como héroe más activo, interpretado por Michael Coles, y la nieta de Van Helsing, Jessica (pero con otra actriz, la bella Joanna Lumley, que como no falta tiene muy bellos pechos), y otro infaltable, el mismo Van Helsing (el noble Peter Cushing). El filme ahora se enfoca en el apocalipsis maquinado por Drácula; la grandilocuencia llega al límite. Algunas escenas son buenas, como las que suceden en un sótano lleno de vampiras, o un ahorcado como ajusticiamiento a lo giallo, pero predominan los francotiradores, las persecuciones motorizadas y el combate a puño limpio.

Kung Fu contra los siete vampiros de oro (1974)

Una película que mezcla kung fu y vampiros en los 70s puede sonar a varias cosas, a una idea oportunista o de querer hacer mucho dinero, propio del auge de la época por este tipo de arte marcial, y a que la Hammer estuviera apuntando a sobrevivir, también a una idea salida de algún Takashi Miike de antaño (dirige Roy Ward Baker, detrás del pacto de la Hammer y la productora hongkonesa Shaw Brothers), por lo que dependiendo puede ser lo peor o una gran ocurrencia, y seguramente los puristas odien este filme, donde lo fantástico está mezclado con vistosas peleas con armas tales como hachas, arcos o lanzas y golpes complejos, y que matar a un vampiro pase por agarrarlo a golpes primero y luego atacar su corazón, como quien no quiere olvidar que el maestro chino ocultista y líder de los 7 vampiros de oro, o guerreros especiales y sobrenaturales, sea en realidad Drácula transformado, ya que el Conde en su figura tradicional apenas aparece al inicio unos 10 minutos y 5 minutos al final para morir en su ley e imagen. Drácula ya no es Christopher Lee, sino John Forbes-Robertson, que sólo lo interpretaría por ésta sola vez, y no es que le pidas dignidad, que la tiene, en este tipo de combinaciones, pero no es Lee. El que vuelve es Peter Cushing como Van Helsing, y sí que es un genio, porque se acomoda a lo que sea y sale indemne, y ahí lo ves peleando con una antorcha contra guerreros marciales (muertos vivientes, victimas pasadas, que salen de debajo de la tierra), o matando a traición, no le queda otra; aunque los hermanos de Hsi Ching, un estudiante chino que quiere rescatar a su pueblo natal de los vampiros de oro, lo defienden, solventando las coreografías de lucha; en un filme que tiene algo de Los siete samuráis (1954) a pesar de la diferencia de calidad. Los siete vampiros de oro, enmascarados y desfigurados, gustan de secuestrar vírgenes chinas, a las que les arrancan la ropa y dejan ver sus tetas, y las usan de alimento alrededor de una olla de sangre en un accionar que sirve de rito. A Van Helsing se le hace difícil matar a uno de ellos, no está, claro, en su elemento con el kung fu, y eso se nota de lejos, pero la propuesta es, dígase honestamente, más entretenida de lo que uno hubiera pensando, aparte de tener relaciones amorosas interculturales, y una mezcla cosmopolita entre chinos y europeos compartiendo folclore y tradición.

Batman: The Killing Joke

El filme animado de Sam Liu, que adapta el legendario cómic que escribiera Alan Moore en 1988, parece estar dividido en dos, la primera parte que dura unos 30 minutos nos enseña la interrelación de Batman y Batgirl, en una relación amorosa -más allá del deber y el nexo de maestro y pupilo- que luce como la de un hombre mayor hecho y derecho y una jovencita en desarrollo, para ello Batman nunca rompe su seriedad, gravedad y estado parco, no habla mucho y rehúye el flirteo, mientras ella se comporta como una chiquilla fuerte pero no sabiendo lidiar con sus sentimientos, que bien ejemplifica la idea símbolo del profesor de yoga.

No hay que obviar que esta primera parte tiene buenas escenas de acción que generan un equilibrio de géneros, o maneja un cierto yin yang; con un joven gángster entre Tony Montana y otro especie de Joker por enemigo, que juega en medio de la delincuencia al pretendiente duro con Batgirl, al chico malo que la niña correcta no puede evitar, pero claro esto es propio de la perversidad y la locura del joven hampón llamado curiosamente Paris Franz. En la que es la historia, típico de aquellas conversaciones en la biblioteca de Bárbara con su mejor amigo, de Batgirl y no la de Batman, empatándola a ella con cualquier fémina de aire adolescente con conflicto afectivo, en un filme lleno de tipos de affaires, más allá de su doble vida de enmascarada y su efectividad en combate como superhéroe, capaz de derribar al mismo Batman.

La segunda parte utiliza a Bárbara Gordon nuevamente, sirviendo todo el previo metraje para darle consistencia humana a un personaje que será un poderoso aliciente que acecha dibujando la perdición, creándose una nueva y propia historia, en buena parte independiente de lo anterior, salvando la idea del gran riesgo que puede caer en nuestra concepción ante una entrega devota a la lucha contra el crimen y la maldad, y comienza con saber que el Joker anda suelto y busca demostrar un punto, el cual es el reto que enfrenta Batman y el Comisionado Gordon, donde el señalamiento del Joker tiene de verdad, aunque se desmienta en la diferencia entre el bien y el mal, tratándose de lo mismo pero manejado de forma personal. En el trayecto vemos el pasado del Joker, que es algo estupendo, viendo que siempre es interesante saber de los personajes apreciados (personalmente, me encanta el Joker, como a muchos).

Lo que le reprocharía al filme y a esta parte es que Batman surge como un tipo frío, demasiado neuronal y ligero, y le falta esa emotividad que suele tener todo ser humano (curioso porque en la primera parte hay mucho de esto y de aire adolescente), en donde el final suena muy consolador dentro de una narrativa chocante en una broma, y Batman es sangre, un sujeto pasional, por algo la muerte de sus padres lo definen, y más se acerca a la realidad hacerlo un tipo oscuro, fuera de que la animación este en el mundo de los adultos, pero no quiera perder su cercanía con una tradición más pura e inocente de espectador. Por todo se humaniza al Joker, un tipo cruel y violento en el presente, cuando Batman busca entenderlo, y conseguir una paz consigo mismo recurriendo a mantener la disciplina, cansado de enfrentar a un desconocido como llama a su peor rival. No obstante, ¿Batman sabe todo lo que vemos del pasado del Joker?, es más, ¿resulta suficiente para detenerse, y encima hacer un mea culpa?

Cada viernes sangre

Esta película gustó mucho durante su exhibición el 2011, y hasta la llegaron a nombrar la mejor del año; claro, exhibida fuera de las salas comerciales, como una obra del movimiento de cine independiente peruano o que también se le puede llamar de nuevo cine peruano, siendo la presente una de las obras capitales de esta “movida” o nuevos tiempos, con películas y autores que simplemente trataban de hacerse de un hueco y siguen haciéndolo.

El filme de Fernando Montenegro nos cuenta como una pareja de ladrones, Denise (Claudia Burga) y Chris (el mismo Fernando Montenegro) planean un robo y deben buscar formar una banda, de 4 es más fácil, dice el sagaz Chris, que con una máscara de carnaval se perpetra de justiciero, criminal y antihéroe (ella igual). Le roba a otros criminales, o planea asaltar la empresa de Coco, otra lacra, que yace en el estereotipo de un tipo de criollo con plata (heredada, de una pequeña empresa familiar), un tipo aprovechado, abusivo, inmoral y avispado, aunque dentro de un aire gracioso, que evita que le caiga todo el rigor hacia su persona, aunque lógicamente bajo cero empatía, quien luce como la imagen común del profesor de computación de instituto. Se aprecia que lo que en realidad es Chris es un hampón, con un estilo a cuestas, con pinta de seductor popular, mediando unos diálogos dichos con aplomo, soltura y personalidad, pero también con una buena cuota de mal gusto, y nada se le objeta porque el mundo en el que se mueven es el underground de un noir nacional.

Sobresale en la realización un manejo creativo de los personajes, sin estar demasiado decorados o ser especialmente originales, póngase en ese lugar en particular a Coco que es un sujeto sucio, lleno de una sexualidad vulgar, incómoda, bajo una fijación y estado de alerta, de quien se quiere aprovechar de sus empleadas, manteniendo y maltratando además a una prostituta que tiene cuerpo de vedette. Coco resulta perturbador e hilarante dependiendo el gusto y el momento. Es un buen antagonista, en un filme donde nadie se salva de la corrupción. No obstante, la pieza central del relato es una mujer, Denise, que con su amour fou por Chris lo sigue a todas partes, perdiendo la consciencia en una nueva versión de Bonnie y Clyde (1967), con un sadomasoquismo como reemplazo de la impotencia; o como un Pierrot, el loco (1965), en rebelión al frustrante mandato de ser común, de estar encasillado a una vida sin espectáculo. Pero también se debe al propio espíritu, el de las carencias de la infancia y el instinto de posesión, a los sueños, en el precoz robo naif de un borrador del colegio, expuesto en algún monólogo en que ella parece sufrir su propia personalidad y destino, su mala suerte, lo inevitable, su propio código de vida, su eterna sobrevivencia en una Lima marginal y otra indiferente, tal cual al cine independiente nacional poéticamente no le queda otra salida.

Tampoco hay que dejar de lado que Denise es un personaje extremo, idéntico a lo que muestra por otras partes el filme, una cara desagradable, bruta y realista de la delincuencia, aun habiendo un aire fantástico, de ficción y aventura criminal, como aguante, dentro de una estética precaria, poco diáfana, poco pulida, amateur, en medio de una pantalla no muy definida, y unos efectos de color que van de acuerdo a lo lumpen, tal cual las locaciones y los lugares exhibidos, bastante humildes, apenas lo justo, haciendo falta una mayor y mejor decoración. Recurre al uso de identidad de un espejo retrovisor agrandado, como catarsis, pero que luce como de efecto barato, y en general el filme vive de una estética harto austera, mínima y de un tecnicismo marginal, tratando a su vez de jugar con la ilustración del cómic o la novela gráfica, compartiendo coincidencias con la más de a pie Diamond Flash (2011), o la notoria Sin City (2005), tal es el uso de los grises y negros dominantes, y el color rompiendo el orden establecido, rojo en especial, lógicamente, como señala el título y ese calendario goteando sangre el día que inspira los robos, a los que ésta frenética pareja se sumergen imantados a la acción, enarbolando pasión y perpetua traición, tras la que finalmente Denise se muestra como una femme fatale, en un mundo de criminales, solitarios y perdedores, donde el dinero no alcanza para todos y sólo cuenta salvar el pellejo, y el verdadero amor no perdona las amantes.  

viernes, 15 de julio de 2016

Homenaje a Abbas Kiarostami: Ten, Five y Shirin

Uno de los cineastas más admirados del orbe, Abbas Kiarostami, ha muerto, el 4 de julio del presente año 2016, con lo que le rindo homenaje pasándole revista a una etapa particular de su filmografía, su etapa experimental o de quiebre.

Ten (Dah, 2002)

Anexo ésta película a ésta etapa, por lo que también se distingue del conjunto de su obra, tratándose de una propuesta de denuncia y de lucha frontal por los derechos en su sociedad, precursora de Taxi Teherán (2015). Muestra 10 secuencias de encuentros en el carro de una joven y bella iraní anónima por ese entonces, Mania Akbari, declarada feminista y un año después directora de cine. Ten es una docu-ficción en la que se habla de su vida personal, la cual invoca conocer la realidad del país a través de ella y mediante algunos pasajeros curiosos, polémicos y representativos de la nación.

En las secuencias aparece Akbari conversando con su propio hijo, de 10 años de edad, Amin Maher (un despierto, muy expresivo y avispado muchacho, con grandes dotes de actor), discutiendo sobre el divorcio del padre de Amin y su nuevo matrimonio, cuando en Irán la única forma de anular el matrimonio es señalando maltrato doméstico o por abuso de drogas. La última fue la falsa acusación que usó Akbari para separarse, que ella justifica en la recriminación abierta hacia los pocos derechos femeninos que existen en su país, lo que es interactuar con la visión típica masculina del islamismo iraní.

Entre los otros pasajeros están la hermana de Akbari, con la que discute la conflictiva relación con Amin y la figura de la libertad y la no dependencia más que de uno mismo, centro del filme; una amiga medio moderna –como en buena parte implica el look y actitud de Akbari, apuntando a su interacción en la calle con los conductores varones- que es abandonada por su pareja y yace afeitada de la cabeza como reacción de fuerza y rearme, en contraste con esa otra pasajera dócil y ortodoxa que no para de llorar por parecida situación y se siente acabada (ahí se deja ver que uno pierde y gana en la vida, sufres y eres feliz, la naturaleza humana, y hay que enfrentarlo); una anciana piadosa, una conocida, que recoge al paso y se dirige a un mausoleo a rezar por todos; y una prostituta, que como retrato occidental resulta bastante obvio con su risa vulgar, su desfachatez y unas respuestas de tipo cliché, pero para Irán es todo un acontecimiento, algo inaudito.

Five (2003)

Son cinco secuencias reducidas al minimalismo máximo, aún más que antaño, sin diálogos, hablándonos en el lenguaje universal del mundo, a través de las imágenes, como encontrar posibles significados a la ruptura de un pedazo de un pequeño tronco que yace a la vera de las olas (la dureza, la perseverancia, los ciclos vitales), o teniendo una sinfonía de ranas, signada por una tormenta y un amanecer que resulta épico, con tan solo un estanque a oscuras bajo el reflejo de la luna en el agua, un retrato de la vida misma, que junto a esa enorme cantidad de patos atravesando la pantalla de izquierda a derecha y regresando cogen toda la esencia cómica, amable, humana y tierna del cine a quien se le dedica el filme, a Yasujiro Ozu, bien ilustrado en la camaradería de unos perros haciendo siesta a los lejos en la orilla o con unos ancianos deteniéndose a saludarse y conversar en un muelle.

Shirin (2008)

Tiene un dispositivo harto interesante, estamos ante la presencia de un falso documental donde más de 100 actrices iraníes de teatro y de cine (rostros hermosos, sabios o curtidos), a los que se suma la francesa Juliette Binoche, yacen supuestamente mirando una película, la historia del famoso poema persa del siglo XII “Khosrow y Shirin”, de Nizami Ganjavi, que cuenta la tragedia romántica de la princesa Shirin, de Armenia, y el príncipe Khosrow, de Persia.

Frente a ésta historia cada actriz exhibe sus propias emociones que emanan de lo que sienten al ver este filme imaginario que yace en fuera de campo. Mejor dicho, sólo lo interpretan por el oído, y eso; y nosotros vemos éste filme imaginario de la mano de ellas, leyendo sus expresiones, complementadas con un párrafo o efecto. Kiarostami ansía referir el poder de un lenguaje universal, atendiendo sólo a los primeros planos de los rostros de las colaboradoras en una sala de cine, un lugar social simbólico, en contra del hermetismo y la oscuridad, con los hombres en segundo plano, pero todas respetuosas, con velo.

Se ha dicho que en realidad estaban en la casa de Kiarostami quien adaptó un espacio en su sala, creando una ilusión, y que la idea de estar percibiendo el material de una película fue colocada después de conseguidas las expresiones, contando solamente con narraciones en off, aunque bien detallistas, efectos especiales sonoros y banda sonora, más no imágenes del supuesto filme que ven, partiendo como dentro de una especie de prueba de casting donde Kiarostami simplemente les dio pautas a cada una de sus actrices.

De Shirin se puede extraer la magnánima artificialidad en el cine, que produce un estado mágico de naturalidad y emotividad por medio del talento íntimo, tal que me recuerda a esa maravilla de Eduardo Coutinho llamada Jogo de Cena (2007), aunque aquí es imaginar qué sentir. Hay mucha mayor distancia emocional como inspiración real, menos compenetración vivencial, pero otro tipo de poética, una más elaborada en lo auto-referencial.

Las actrices se distinguen por propia elucubración aunque siguen algunos (pocos) parámetros. Es para ellas un reto de originalidad expresiva, de conseguir un determinado sentimiento, o apenas un gesto sutil que trasmita un mundo interno frente al propio cine, sintiendo las muertes en el combate, las risas diáfanas del pueblo o el sacrificio de la princesa Shirin, es decir, llorar, reír o sufrir, aparte de retirar la mirada de la pantalla, meditar, maravillarse, sentirse incómodo o dejarse llevar. Shirin es una realización poderosa trasmitiendo la pasión por el séptimo arte, en todo aquello que nace de ver una película, en la plasticidad de más de un centenar de actrices, amantes del cine que viven cada instante.

lunes, 11 de julio de 2016

Maria do Mar

Mediometraje de unos 35 minutos de duración, del portugués Joao Rosas, que es una película coming of age, un típico lugar de ternura sin rubor, aunque sin exagerar, de romanticismos, de simpatía y empatía básica, en la historia de un chico de 14 años al que se le presenta la atracción sexual por una mujer especial, la del título, mayor que él, reservada, inteligente, poética, idealizada como primer amor, un amor de verano, en una propuesta que se enfoca en la atracción heterosexual, la seducción femenina innata, los lazos de pareja, el amor a secas, en un quehacer platónico, de maravillarse con una fémina cuando suele habitar el desinterés general, creándose un despertar, mismo momento en que el muchacho protagonista, aprendiz de mago y quien vive su edad, ve desnuda a Maria, quedándose pegado a la visión de sus hermosas y bien formadas tetas, parecidas salidas de una pintura célebre o una postal de un lugar idílico.

En la trama reside una pequeña visión surrealista, en un mítico abuelo mujeriego maestro, un comerciante viajante, tramposo en su seducción pero un campeón con ellas, ladino, algo vulgar, humano. Mientras la pasión del muchacho por una belleza particular que nos mata de amor se asemeja a la inspiración del tortellini. Detrás de la brevedad de la intrascendencia de un fin de semana en una casa de verano a puertas de Sintra, Lisboa, donde se deja ver a un Gizmo maltratado por el amor, mirando por un vidrio como sus amigos cercanos a los treinta intentan llamar la atención de ese objeto de deseo que representa Maria para todos. Sumergida en su propio mundo, indiferente al resto, aunque de trato amable, sencilla. Como ese que descubre nuestro joven protagonista exhibiendo una sonrisa ante la experiencia, al son de la canción pop Amor desesperado (1983), de la cantante italiana Nada Malanima.

The Plague at the Karatas Village

Un joven y nuevo alcalde llega a una villa remota en Kazajistán, llamada Karatas, y descubre que hay una plaga, una enfermedad grave en toda la villa, pero las autoridades corruptas le llaman una simple gripe. En el que parece un pueblo endemoniado, en una atmósfera que inmediatamente recuerda al videojuego Silent Hill, teniendo un ambiente de aire fantástico, aunque conteniendo una historia de figuras reales, bajo una marcada estilización, pero con austeridad, con muy pocos elementos dentro de los lugares, como en una obra de teatro, notoria artificialidad, muchas sombras y la intervención de espacios subterráneos, exhibiendo un visible sabor a cuento.

La obra del kazajo Adilkhan Yerzhanov, ganadora del premio NETPAC (de cine asiático) en el festival de cine de Rotterdam 2016, tiene una trama que se puede corroborar tranquilamente con la realidad, cumpliendo con esa imagen, pero perpetrando ciertas formas propias, una estética y estilo, donde el contexto funcional de la plaga resulta simbólico, remite al estado de la nación (y fácilmente a muchos otros países, como el nuestro plagado de corrupción), otrora perteneciente a la URSS, con una peste que invoca el pasado y sus rezagos actuales, colocando a la tradición emparentada con la enfermedad, no obstante todas las formas se visualizan medio antinaturales y se comportan de esa manera, exageradamente, marcadamente histriónicos, sin ser formas tampoco demasiado extrañas, espectaculares, manifestando una narrativa que tiene una extravagancia y locura que luce infantil, naif, ñoña (señalemos ocurrencias fuera de lugar tales como bailes ridículos o niños burlándose de escenas lúgubres y mortuorias), aunque logrando cierta originalidad y distinción sobreviviente en el trayecto, apreciándose al fin y al cabo, sin resultar una película familiar, una historia a lo Disney, porque presenta oscuridad argumental y algo de sugerida brutalidad escénica, sobre todo al final.

Las autoridades corruptas de Karatas, representadas a la cabeza con el tío de la esposa del protagonista, habiendo una idea de ellos gaseosa, fantasmal, ubicua, no específica, defienden básicamente su estado de poder tradicional y el orden actual de las cosas, atendiendo por otra parte que defender la epidemia luce algo “raro”, surreal, kafkiano, como la figura del propio protagonista, este alcalde joven, un héroe ordinario, solitario e idealista, que no es ninguna luminaria, está en el puesto por su parentesco familiar. En la que puede ser vista de historia de terror, a un punto, pero, claro, una bastante ligera, muy poco o nada terrorífica, apenas algo sórdida en casos contados (se intenta enterrar a alguien vivo o se quema con vida a un ser humano, pero todo bien cuidado, sin gore, o de forma teatral), o por algunos detalles de horror como las máscaras, la idea de la secta o ese ambiente tétrico en sombras que tiene el filme, con cromatismos dominantes en la tendencia a los ocres, amarillos y marrón, o a lo rojizo, o a lo azulado, y no solo por la villa, llegar a un lugar particular, excepcional, contaminado, sino por la propia maleta que se carga, un estado general, que incluye a la familia del recién llegado, que se descubre traidora, manipuladora, sumisa al orden reinante, abocada a los propios intereses. En este relato nocturno, que ya da una pista premonitoria en ese rostro de una máscara artesanal por el que pasa sin notarlo el nuevo alcalde, por sobre el agua estancada, a su llegada. En el ingreso a una pesadilla, mezcla de enajenación y epidemia, que termina con el amanecer. 

domingo, 10 de julio de 2016

Of Shadows

Documental que investiga la actualidad del teatro de sombras en China, que es considerado patrimonio nacional, y yace de cierta manera emparentada con el comunismo, en lo típico, tradición contra modernidad, respaldo social, dinero, prosperidad, y hasta en segundo grado se percibe en el filme una alegoría del posible final del comunismo chino, aunque es más que improbable que este tipo de arte desaparezca por completo, e igual es con el socialismo. No obstante aunque yacen emparentados, como por el gobierno chino que trata de hacerse propaganda a través del folclore y lo popular, aunque salvaguardando de paso la sobrevivencia y promoción cultural tradicional, mediante grandes eventos en las ciudades, como el que vemos en  un lugar llamado Huan Xian, que tiene la convención de fomentar el teatro de sombras, no son lo mismo, ya que una tradición popular vive en cualquier forma de gobierno o economía.

El filme se sitúa en todas partes de la temática que aborda, hasta en un lugar “privilegiado” (hay niños que se asoman a verlo lateralmente, es toda una fusión), en un ángulo espacial intermedio detrás de la pantalla iluminada en que se presencian las sombras chinescas, pudiendo ver de primera mano toda la manipulación escénica tras bambalinas, a narradores y titiriteros sencillos, pero talentosos, curtidos, detallistas en la práctica artística, haciendo en el trayecto de promotores de la tradición oral; y a los músicos folclóricos que acompañan el teatro.

La directora china radicada en Canadá Yi Cui incluye bellas performances –enteramente ellas en toda pantalla- de guerras, amoríos y reinos, su poder cultural y artístico, observando que efectivamente las sombras chinescas tienen aún cierta repercusión en los más humildes y tradicionales, de lo que se entiende por la mayor presencia en las villas, viendo que el campo resulta más estricto  y amante de lo tradicional, donde los más viejos en especial son un público cautivo, asistiendo por su parte mujeres y niños, aunque muchos jóvenes muestran ya desinterés y es una especie de sobrevivencia en general para estos verdaderos amantes del arte, sobre todo porque no hay mucho poder adquisitivo ni retribución material.

Los titiriteros y actores de este teatro trabajan muchos gratis, o suelen ser tan conformistas, por una parte, o resignados, que se contentan con trabajar por solamente un plato de comida y poder hacer teatro sin exigir ninguna paga, como revelan otros artistas “quejándose” de la situación, y esto es una curiosidad, porque se deja ver con sutileza el descontento y no por temor, habiendo la filmación de mucha cotidianidad de un autentico entusiasmo, mientras, aunque sobrevuela la discreción y la calma, existe también frustración detrás de una pasividad crítica, que se palia con una predominante atmósfera de optimismo, de alegría innata, no evitando una cierta cuota de ironía, todo captado perfectamente en el documental en aquel incidente en particular de un pequeño y pobre transporte atorado en el barro, que en medio de ello se ponen a cantar una de las canciones que promueve el supuesto progreso del régimen comunista, para terminar riendo y ponerse a empujar el vehículo entre todos los titiriteros, de lo que se deja ver claramente una crítica al gobierno, pero mesurada, leve, ante tanta austeridad y carencia.

En general la realizadora guarda mucho las formas, mantiene el respeto hacia el gobierno chino, sin ser tampoco complaciente, deducido de que los grandes eventos citadinos aun con el interés económico que fomentan, pasan a segundo plano en la filmación de Yi Cui que apenas lo registra, cuando se nota a todas luces que en ese lugar hay tremenda propaganda, viendo los preparativos y requerimientos a esa disposición. El documental no pretende mostrarse conflictivo (se ve tranquilamente la foto de Mao Tse-Tung en los cuartos de los titiriteros entrevistados), pesimista, duro o resentido, aunque sí filmar la realidad, la sobrevivencia y la lucha de estos artistas.

The Second Night (La deuxième nuit)

El documentalista belga Eric Pauwels le dedica esta elegía y pleitesía a su madre, muerta a los 89 años, de la que nos indica le dio las grandes pautas de su vida. Tiene por título “La segunda noche” por la individualidad que dice el director le da toda madre a su hijo al segundo día, cuando queda solo el recién nacido por primera vez, dejándolos con una soledad y cierta tristeza que se cargará por siempre. Con ello su madre le enseñó el sentido e importancia de la libertad y la personalidad, a partir también de que ella por el machismo de su época no tuvo tantas posibilidades de elegir, reconociendo un matrimonio equivocado el cual no pudo eludir a la hora de la verdad, producto de la presión social, familiar, tener todo preparado, y por la dependencia femenina de un hombre, del que se deja ver le fue lejano y rígido, fue un militar al que el filme poco o casi nada nombra, como si hubiera sido una sombra y un peso para ambos. Por otro lado el director y autor de este en su mayoría largo monólogo, que es esta propuesta, con su omnipresente explicativa voz en off (pero necesaria al tipo de imágenes utilizadas, algunas fusionadas entre sí y con efectos técnicos), comparte que su vocación como cineasta nace del silencio frente a no poder hallar respuesta al dolor del llanto enigmático de su madre.

El filme es esta entera relación, muchas veces demasiado emotiva, pero entendiblemente diáfana, que se va atemperando para bien, rendido a la figura materna, anclada fuertemente a un nexo infantil idealizado, como cuando se dejan ver esos quehaceres cotidianos maternos compartidos, tal cual observamos en la representación de madre e hijo lavando simplemente los platos en un desenfoque, y que él llama un punto álgido de felicidad, así sin más, tan solo acompañándola, como que existe semejante sentimiento en la promesa de hacerle una película.

Las imágenes en este documental vienen a ser secundarias, incluso algunas lucen banales, o medio arbitrarias, por sí mismas, pero yacen revestidas de afectos, más allá del archivo fotográfico o del video familiar (se elude de cierto modo las figuras de los protagonistas o hay pocas imágenes de ellos en el filme, como quien remite más bien a nuestra humanidad general), a pesar de que lógicamente las imágenes señalan el producto como cine, en un aspecto básico. Se trata de la palabra traspasada al séptimo arte, en buena parte implica imágenes precarias, gaseosas, pero que toman forma en la explicación, o dígase artísticas en su composición, en la creación que nace de una representación entre voz en off íntima y personal e imagen cualquiera.

El uso de la imagen creada para el filme se discute, se parte de la dificultad de hallar imágenes como la de una araña en su red, pero no solo por precisas, sino se deduce porque deban concebir nuestro mundo interior, y, para el caso, familiar. De lo que el director llama a las imágenes creadas de mentiras verdaderas, al darles su propia condición. Vemos como utiliza títeres para narrarnos su personal idiosincrasia, contándonos anécdotas como la de las tijeras, que remiten a defender nuestros pensamientos, otra manera práctica que le trasmitió su madre de definir la libertad, la honestidad e individualidad de la que tanto se siente identificado en su profesión y existencia el realizador. Tal cual se aprecia igualmente en el desenfoque y la visualización de una lujosa y simple silla. O en los adornos de budismo, cuando la madre gustaba de sus sonrisas, aludiendo una mente positiva al final de todo, de quien entendemos un rol ejemplar. En una narración culta, pero amable, expuesta con sencillez, vivo retrato de la despedida que arguye(n) y se escoge en el filme, la de un grupo de músicos jóvenes tocando, caminando y alejándose. 

Alone (Hon-ja)

Toda una sorpresa del cine coreano, sobre todo en su primera parte, desde el potente arranque hasta con tres líneas narrativas entrecruzándose, luciendo al comienzo una cámara subjetiva y harto suspenso, hallando un hombre desconcertado mucha sangre por todo su apartamento, para pasar de sueño en sueño, de pesadilla a otra, a un continuo nuevo comienzo contando con algunos antecedentes de los relatos (pasajes) previos, en una historia que tiene muchas variaciones y posibles significados, a partir de un fotógrafo o cineasta que accidentalmente observa en una azotea gritar a una mujer atacada por unos tipos con pasamontañas que al notarlo tomando fotos del incidente se dirigen a atraparlo. Atacado con un martillo queda inconsciente, y puede que se revele como una víctima, esa que queda sin cabeza en el escritorio y estar condenado a ser un fantasma en una enigmática y compleja resolución, como quien clama por desentrañar su muerte en el juego con el espectador. En relatos continuos que se dan en un barrio popular de Corea con escaleras estrechas por doquier, callejones diminutos y un concreto gris nocturno, como si fuera la construcción de hogares en un cerro, pero mucho más urbanizados, compactos y abarrotados, recordando de paso las lúdicas ilustraciones imposibles de M. C. Escher, como concepto general. De lo que el personaje de Lee Ju-Won siempre se despierta en el mismo barrio empinado, como cuando desnudo se ve imposible de recordar qué pasó y manifiesta no haber estado alcoholizado.

Otra explicación es la de la locura, siendo el barrio de altas escaleras la propia mente y cárcel del protagonista, como se dice en un diálogo aludiendo el trabajo de documentalista de Ju-Won. Una impresión que se marca a partir de desdoblarse en el taxi, sobre todo señalándose que no podrá salir de la zona (sólo momentáneamente), tal cual lo exhibe la búsqueda de la cámara en la repetición del personaje en distintos espacios del lugar, o quedar atrapado en una franja de callejón y mirar exaltado fijamente al frente, no obstante curiosamente es en esa representación donde disminuye la fuerza del filme, cuando la locura suele ser tremenda desencadenante de expresión en el arte, pero aquí el misterio, “irresoluble”, de múltiples posibilidades, funciona por sí solo a la perfección, más allá del recurso típico en el cine de los sueños, pero que se justifica plenamente, ya que simbolizan la muerte temporal que en su eternidad es el leitmotiv del filme.

Avanzado el metraje se vuelve la narrativa morosa, se dilatan mucho más los casos, aparecen caminatas largas, movilidad dubitativa lenta y superficialidad de relleno, perdiendo atractivo y originalidad, pero no sucumbe ni destruye lo logrado, consigue sostener aun interés y cierta creatividad, siguiendo el mismo estilo de relato tras otro, encadenamientos, como proclamar otras posturas de víctima con la relación familiar y de pareja, ruptura, soledad y abandono, creándose una añoranza de ambas, como a su vez un sentido de culpa.

Me viene a la mente un gran traspase o una de las bisagras más memorables del filme de Park Hong-min, cuando el protagonista halla en la calle a un niño que yace siendo golpeado por su padre, para después convertirse en el pequeño y revelar conflictos personales, en el que es el contexto de una psicología (se trabaja con recuerdos y fantasmas), dentro de un glorioso inicio frenético que no para hasta poco más de medio metraje, toda una hazaña y un filme a celebrar, en una obra que va brindando fragmentos informativos no solo para el juego cambiante de los despertares (lo más valioso, creativo, el placer y meollo del filme), sino aunque secundario como para llenar una figura total de quien es y qué implican los actos del protagonista, donde en esta versión general cabe la separación de la novia, el padre abusivo y la madre traumada, y no solo el ataque de unos asaltantes con un martillo (que puede ser un encubrimiento del subconsciente), a lo Old Boy (2003), a un voyerista, dirigiéndolo a la plasticidad del desenlace, y a la distinta figuración contextual, que puede ser el de víctima, héroe o asesino; como el de una persecución, encubrimiento o accidente. En el que es un hermoso filme de eslabones oníricos e imposibles y de pérdida de memoria, como de un Christopher Nolan mezclado con un Hong Sang-soo. 

jueves, 7 de julio de 2016

Bella e perduta

Fabula que trata la relación de Pulcinella y Sarchiapone. Pulcinella es el personaje de un criado en la comedia del arte italiana, un tipo de teatro popular del siglo XVII, teniendo la figura de alguien algo barrigón, jorobado y con nariz de moco de pavo, agregando la mediana edad, quien representa lo carnavalesco. Pulcinella en la historia que dirige Pietro Marcello sale de un mundo fantástico, burocrático, lúdico, misterioso, para cumplir con la última voluntad del pastor Tommaso Cestrone, que en realidad existió y actuó en la película hasta que murió de un ataque al corazón, rompiendo con el que pudo ser un documental y se transformó en una obra de ficción.

Tommaso era conocido como el ángel de Carditello, por convertirse en el guardián ad honorem del Versalles rural, el Versalles de los Borbón, el palacio real de Carditello, ubicado en el sur de Italia, en Campania, y es en ese lugar donde se encuentra el  ternero de bisonte Sarchiapone, del que en último deseo (lógicamente ficticio) pidió Tommaso que cuidaran de él, y es entonces que Pulcinella lo recoge y trata de criarlo, no obstante el criado resulta demasiado torpe, sobre todo en sus decisiones, aunque se le suma más tarde un deseo personal de libertad y humanización como granjero, y termina dejándolo en el camino de todo animal que peligra al no ser productivo.

La propuesta es la historia de Sarchiapone, que incluso es el narrador en off (en la voz de Elio Germano), ya que Pulcinella puede oírlo hablar. El buey, en un retrato animalista, nos habla de que los animales tienen alma, pero es la crueldad de los hombres la que los limita y utiliza, de lo que le gustaría que el mundo esté regido por las bestias, y que desaparezca la humanidad, e igual a pesar de todo agradece ser un búfalo, aunque más tarde llega a llorar en su condición. Cayendo preciso un acto auto-referencial del propio filme, una declaración de intenciones, cuando se alega que ser un búfalo es un arte, y que los sueños y las fabulas dicen la verdad.

El filme aparte de ser una historia pastoril y una alegoría dentro de un extraño entretenimiento, un mensaje por un mejor trato a los animales, una extensión de la tradición italiana, los mitos populares, una mezcla de géneros, y la fabulación de las mitologías sobre la muerte y la humanización, es una historia del presente, se ubica además en la contemporaneidad, bajo la libertad temporal que otorga lo rural, e implica la crítica hacia el estado, el que tiene abandonado al sur de Italia, habiendo imágenes de disturbios y protestas a ese respecto en el filme, como el señalamiento del robo del patrimonio nacional, que se vive en Carditello.

miércoles, 6 de julio de 2016

Ausma

Inspirada en el mediometraje El prado de Bezhin, de Sergei Eisenstein, una propuesta censurada por el gobierno de Stalin y reeditada múltiples veces posteriormente en los 60s. Dirige la letona Laila Pakalnina, que hace su propia versión de la historia del mártir soviético Pavlik Morozov, muerto a los 13 años a manos de la venganza de su propia familia, cuando el niño héroe de la propaganda comunista quedó inmortalizado producto de denunciar a su padre frente al estado socialista que lo confinó y lo terminó ejecutando por discutir las directrices de la URSS, no apoyar el desarrollo de las granjas colectivas, denominadas Koljós, un invento soviético, y oponerse a los denominados rojos. Pavlik antepuso el deber a su patria y al comunismo por sobre su padre al que señaló de traidor, y asesinado quedó santificado por el estado.

Pakalnina llama Janis a Pavlik, y contextualiza el relato en su país, en Letonia. Llama a la granja colectiva de su historia Ausma (Amanecer), y coloca al niño Janis culpando al progenitor por lo ya conocido del folclore soviético, pero sumándole el homicidio de su madre, que es desde donde parte el filme con un toque bruto y descarnado. Pero eso es lo de menos, la potencia de la película de Pakalnina, una muy buena película, está en las formas y en contar de manera original su obra. Habita en el filme surrealismo (perpetrando ángulos y variaciones escénicas de la historia central, de la muerte del mártir) y comedia (tomándole el pelo al comunismo). Coloca ideas críticas de forma sutil, medio como respetando la figura del magma, pero agregándole mucho de su cosecha, como ver a una camarada robusta prefiriendo dormir que cumplir con su deber nacional, no importándole nada más que el exagerado cansancio que tiene.

Otra crítica a los rojos puede verse en el andar de unos presos encadenados, y el ataque a una simple campesina, invocando la inestabilidad, el peligro general, la invisibilidad y la dictadura. Y si aún quedan dudas del aire socarrón del filme, ahí están esos pollos comiendo en toda pantalla robándose la cámara en plena marcha proselitista tras la defunción del niño Janis, como en otra escena yace multiplicada la imagen de un cadáver sobre un caballo, pero, claro, solo hay la necesidad de un mártir en su tipo, detrás de la Organización de jóvenes Pioneros de la Unión Soviética, los boy scouts rusos. Los que aparecen apretujados en la puerta a poco de que el bruto padre de Janis le dice que la biblia le da la potestad de matarlo por acusarlo, y está a punto de hacerlo; o que salgan de cacería sobre el asesino como quienes están en un juego infantil. También tenemos al tío del mártir, ubicuo en todo el metraje como el mensajero y facilitador que pone orden, el del régimen comunista, como quien hace de presentador y anfitrión del estado.

El filme ostenta tomas raras, ángulos imposibles, tales como picados y contrapicados totalmente perpendiculares, o primeros planos o planos detalle acomodados, de medios rostros o bajo desenfoques frontales. Posee además un arranque frenético que te saca del lugar de confort cuando el padre le pone en claro al hijo la situación, en este juego de traiciones, acotando que la película es un especie de reto, tras una intrépida elección, una que explota al máximo el relato de Pavlik Morozov, creando una forma de expresión propia, luciendo gran cualidad de cine de autor, en un infaltable blanco y negro. Hay igualmente una recreación memorable, como Eisenstein, en el saqueo y la destrucción de los decorados de una iglesia. 

martes, 5 de julio de 2016

Depth Two (Dubina dva)

El serbio Ognjen Glavonic hace un cine de denuncia sobre la masacre de civiles albaneses durante la guerra de Kosovo, crimen que no ha sufrido todo el peso de la ley, habiendo impunidad, no se ha señalado a los perpetradores directos, en donde se encuentra la policía y el ejército, más allá de atribuirle en general la culpabilidad a la directriz intelectual del presidente serbio Slobodan Milosević, el que trató de esconder/desechar cualquier indicio del hallazgo de éstas fosas comunes, viendo que las fosas de las que relata el documental se hallaron en suburbios de Belgrado.

El filme, que estuvo en la sección forum, la sección avant-garde, experimental, política, del festival de Berlín 2016, parte del hallazgo de un camión frigorífico hundido con restos de cadáveres en el río Danubio, en el paso a Rumania, donde la propuesta tiene la (en parte obvia) particularidad, siendo un retrato 17 años después de este suceso, habiéndose intentado borrar toda huella, de ilustrarnos con las imágenes de los lugares de los hechos, pero sin mostrar seres humanos alrededor, solo puro paisaje, carreteras, lugares abandonados o desérticos, siguiendo el paso de estos lugares como en una road movie guiada por una cámara subjetiva, como panorámica, la de un solo puño que sigue lo fantasmal, una humanidad clamando por justicia y recordación, visualizándolo en una calma que con las voces en off –a veces distorsionada, para su no identificación- de víctimas, victimarios e implicados secundarios se convierte en la de una atmósfera extraña, perturbadora, mortuaria, producto de unos relatos detallistas de inhumanidad, que se mezclan con la frialdad paisajística, algunos ratos paradójicamente bella, en manos incluso de gente que los albaneses conocían, como señala una sobreviviente. En el que es un documental completo, a su modo, o mejor dicho, una investigación pormenorizada, con narradores a flor de piel. Una labor a todas luces encomiable, que tiene un desenlace simbólico en unas plantas o raíces que empiezan a crecer. En un especie de optimismo en el mañana. 

lunes, 4 de julio de 2016

Taxi Teherán

Sentenciado a no poder dirigir películas, no dar entrevistas ni a viajar fuera del país, el talentoso director iraní Jafar Panahi ha demostrado ser un hombre coherente consigo mismo, tanto fuera como dentro del arte, e igualmente valiente, como a la par (lógicamente) rebelde, también noble en el compromiso, y audaz con aquellas prohibiciones del estado que lo han señalado de atentar contra el orden islámico de su país, que en la realidad es estar contra las tantas limitaciones de la libertad natural de todo ser humano, viendo que la obra de Panahi refleja un deseo contrario a la castración de la vida normal de cualquier ciudadano occidental o común en la mayoría de sociedades, donde como vemos en la presente película está censurado discutir lo político y social, acallando de esa forma no razonar casi ninguna problemática nacional, lo que es llamado  de realismo sórdido, al igual que exigir evitar la atribución de ser denominado de pesimista, propiciando una mirada ligera, lejana o nula e indiferente a la realidad imperante que pide cambios y diálogo, como no tratar los males que aquejan al país, sea la pobreza, la violencia, la igualdad de género, la pena capital o la libertad de expresión artística, pidiendo un sinnúmero de reglas que implican yacer en la imagen islámica que impone el régimen político y religioso iraní, como hasta lo más banal y nimio, no usar corbata, y tener nombres islámicos, ser tradicional a la fe reinante, que implica el cómo deber hacerse cine, para ser aprobada su comercialización o su cualidad  de apertura general o de estar limitada a pequeñas esferas, dicho de paso que Taxi Teherán no cuenta con los créditos finales, es decir no tiene la venia del estado censor.

De lo que se trata la propuesta es como implicaba la premisa central de Esto no es una película (2011), el primero de los tres filmes que han seguido a las extremas restricciones cinematográficas de este director, al encierro domiciliario temporal, documentar el trabajo de director sin poder hacerlo, “engañando” al régimen, por lo que inteligente como subrepticiamente con ironía Panahi se convierte en taxista, recorriendo las calles de Teherán, interactuando con pintorescos pasajeros, que hacen de reflejo de la realidad del país, tocando muchos temas que yacen prohibidos, pero en lugar de hacerlo retando al gobierno, lo hace en un tono amable y relajado,  bastante humano. Con lo cual no quedan muy lejos películas como El globo blanco (1995), apreciando además que hay retratos y experiencias en el taxi que recuerdan a toda las obras de Panahi, pero en lugar de aducir vanidad, se trata de la demostración de un compromiso con su sociedad, denotando que ha tocado los temas propios de la realidad más acuciosa. 

Dentro de los pasajeros tenemos a un vendedor de delivery de Dvds piratas, que salta la censura y promueve el cine de Woody Allen o las series americanas contemporáneas, al mismo nivel que películas de cine arte de latitudes como las de Bilge Ceylan, que no presentan otro tipo de difusión nacional, y se habla de una necesidad, como para estudiar el cine, que incluye a Panahi como un antiguo comprador; o por mencionar otros pasajeros, surge un especie de foro con una profesora de escuela  -una intelectual, digamos- y un trabador no identificado –un hombre ordinario, del pueblo llano- sobre la delincuencia –robar llantas- y la cruda, inmisericorde, o, justa, necesaria, pena capital, y por otro lado, la lucha modernidad contra tradición. También imposible no mencionar a la abogada silenciada por su propio gremio, que carga un simbólico ramo de rosas rojas, que invocan pasión, resistencia, honor, afectos identificadores. Y en especial a la sobrina de Panahi, Hana Saeidi (quien recogiera el oso de oro de la Berlinale 2015, y terminara derramando lágrimas de emoción por la situación de su tío), que es una carismática, locuaz y lúcida cineasta en progreso, la que discute directamente que justifica la aceptación de las películas por parte del gobierno, producto de un trabajo escolar, llegando a contextualizar un caso que surge casi de la nada, con un niño reciclador que encuentra dinero que no pretende devolver, como la circunstancia del amigo de la infancia de Panahi cierra el círculo con ella, remitiendo a las discusiones que propicia la niña, la pobreza, lo correcto y el libre albedrio. La que recuerda la igualdad que clama la femineidad iraní moderna, como en Offside (2006).

Por otro lado, es trascendental el sentir de si es verdad o actuación todo el asunto de esta road movie, que tiene seguramente de impresionante preparación (tal cual se ve didácticamente en Esto no es una película, donde Panahi, a la par de dotado de una prominente imaginación y sentido del espacio, es un perfeccionista y gran detallista, un creador de gloriosa naturalidad escénica), como de pasmosa espontaneidad complementaria, y hay un juego con ello, hay pasajeros que lo reconocen al director, y señalan como que estamos en un falso documental, pero nada se comprueba, sobrevuela algo de misterio, aunque todo apunta a la genialidad directriz ficticia de Panahi, y que uno deja en término medio, como una docu-ficción. Aunque hay momentos cómicos y muy cinematográficos, como el anciano herido caído de una motocicleta que quiere dejar su herencia a su mujer en el video casual de un teléfono celular.

El tener una cámara rotativa “oculta” en la parte frontal central del vidrio delantero no impide que la filmación tenga un muy destacado y limpio registro, y un uso profesional de las tomas, logrando una elaborada y completa narrativa, muy distinto al intento precario de Esto no es una película que tenía un cariz amateur y, valga la redundancia, casero, la de una home movie, más allá del logro de sobrevivir a una dictadura, y plasmar en qué consiste la vocación del arte y como se perpetra el cine, encerrado, censurado, pero libre mentalmente y con intrepidez.

Taxi Teherán aparte del excepcional talento de una estructura y creatividad milimétrica donde se perpetra la ilusión del tiempo real, la de una salida en taxi que fluye sin parar hasta desembocar en la paranoia del régimen, tiene una estética de gran nivel, y no solo es enfrentar al gobierno, que desde luego, resulta un paso osado e importante, pero hay que destacar que no faltan las formas haciendo arte de este filme de muy merecido premio en el festival de Berlín, con esa bella humildad y calor de las mejores obras iraníes y la filmografía de un Panahi que logra ser un personaje simpático típico de su séptimo arte. 

sábado, 2 de julio de 2016

The Family (Jia)

La presente es una película de 4 horas 40 minutos de duración, del chino radicado en Australia Liu Shumin, que en su mayoría luce como un documental, de cómo se vive en China, de forma muy moderna, urbanamente, con vistas impactantes y hermosas como la de una pequeña bahía de enormes edificios, o las tomas aéreas o desde lo alto que dejan a los protagonistas en muy pequeña dimensión cuando hacen un peregrinaje a la institución académica donde enseñaron. En su trama recuerda a Cuentos de Tokio (1953), partiendo del hogar de 2 ancianos que viven con una hija madre soltera profesora de inglés llamada Liqin y su nieto adolescente, en la provincia de Jiangxi, ancianos que más tarde visitan a sus otros 2 hijos, otra hija en la ciudad de Fuzhou –la que tan solo aporta la particularidad del baile de su pequeña frente al televisor o que el marido llame papá y mamá a sus suegros- y a un hijo en Shanghai que es ingeniero electrónico, está casado y no tiene vástagos.

En su parte aparentemente documental, la que engañaría a muchos –que pudo pasar igualmente por una docu-ficción- sino fuera por algunos momentos que exageran la ubicuidad de la cámara teniendo una intrínseca cierta dudosa naturalidad (como la de las tantas caminatas, aunque en general las perfomances son impecables), y sobre todo producto del desenlace, una declaración notoria de ser una película de ficción, simplemente vemos como los ancianos, Liu y Deng, ambos jubilados profesores estatales (el poco retrato comunista del filme, que yace en las memorias que narra la hacendosa mujer de edad, con ternura y credibilidad en la expresión de admiración y nostalgia), llevan una vida cotidiana como tantos otros, con paseos, el arreglo decorativo de una nueva vivienda o quehaceres del hogar (todos registrados hasta el más mínimo, en la cotidianidad absoluta, la de una familia hogareña de clase media alta). A su vez se ven las preocupaciones comunes de los hijos de Liu y Deng, sea un mejor trabajo, tener un hijo y poder mantenerlo o casarse con un hombre que amas y te hace feliz.

Lo que rompe un poco con lo documental es el privilegio de algunas tomas, como el pedido de un corredor inmobiliario y su cliente de poder entrar al departamento de uno de los hijos, por ser de la misma arquitectura del que está en venta abajo, la cámara se posiciona detrás de los que hacen el pedido y se les termina tirando la puerta en la cara, implicando la noción de estar siendo filmados, de que yacen actuando, aunque puede que estés haciendo de ti mismo. Después se nota la ficción con algunas conversaciones y conflictos que son tan superficiales, donde las reacciones son demasiado cinematográficas, el hijo reprende a su padre por mentiroso a raíz de algo insignificante, detrás de haber sido abusivo en su juventud, y queda una lección en el ambiente, de lo que hay varias, véase cuando la abuela felicita el heroísmo del nieto por teléfono.

Una enfermedad y guardarlo en secreto mientras todos siguen exhibiéndose puede ser otra pista, pero el final es el punto de quiebre y confirmación, cuando se torna la propuesta en un pequeño thriller del tipo asesino serial disimulado, lo cual rompe la ilusión conjunta de documentación pormenorizada, pero de igual forma su construcción es en gran parte de cierta perfección, y se trata de arte lo que invoca, lo cual consigue a un punto, aunque pidiendo paciencia del espectador, viendo cómo no pasa nada trascendente, aunque ver preparar detalladamente platos de comida chinos tiene su encanto, parecido a ver vender a la anciana Deng cartones y botellas a un reciclador regateador. Uno fácilmente se identifica con esta familia china, que presenta muchas semejanzas con cualquier otra parte del mundo, tanto que apenas notas que te encuentras en un país como China.

A la sombra de las mujeres (L'ombre des femmes)

Una película de infidelidades, producto del abandono sentimental del hombre del hogar, interpretado por Stanislas Merhar como Pierre, y de su forma de ser machista, creyendo que el hombre puede ser infiel, sin mayores justificaciones que la despreocupación, no medir consecuencias, el daño emocional en la relación o destruirla; y el supuesto indetenible libido masculino, con el cliché de que uno es así y punto, así es la vida, pero cuando su esposa, Manon (Clotilde Courau) también tiene a otro y encima no es un mal tipo, el mundo se le cae encima, no puede soportarlo, ella prácticamente es una puta para él, cuando nos dice que la creía una mujer distinta a las demás. Y aunque Manon inmediatamente termina con su affair cuando éste se lo pide, surge la desconfianza continua de Pierre, la vigilancia, revisar todas sus pertenencias, sus conversaciones casuales, incluso dice –un golpe bajo y audaz de Garrel- mirar cómo se comporta con los hombres, los amigos, y empieza a ofenderla y agredirla psicológicamente todo el tiempo.

El cineasta francés Philippe Garrel se hace de lugares comunes, de una historia que conocemos bastante bien, y se distingue levemente, con sabiduría cotidiana (observando que por su longeva filmografía, una que se prolonga desde fines de los 60s, puede catalogársele de experto en relaciones de pareja, que para quienes aman las variaciones del amor, como el distintivo Hong Sang-soo, éste es su director), con su propio retrato, cargado de sensibilidad, realidad y de crítica, sobre todo contra Pierre –como con la voz en off, que le pertenece a su hijo Louis Garrel, protagonista de varias de sus películas-. En el típico filme de Garrel, en blanco y negro, como atemporal, un lugar de toda época moderna. En un digno sucesor de la nouvelle vague.

En el día Manon ayuda a Pierre, que es documentalista (ella también, pero es relegada a un segundo lugar, espacio simbólico general del machismo, y el comportamiento superficial con las mujeres, que reina en Pierre, un protagonista poco romántico, cuando Garrel suele contener roles masculinos poéticos); aunque no muy talentoso, habiendo un cierto espíritu de vagancia en su persona. Ellos trabajan con el tema de la resistencia francesa durante la segunda guerra mundial, y en ese lugar se emparenta la existencia falsa, como el heroísmo de un mujeriego.   

El paso a paso sigue la falta de atención, el escape, el resentimiento, el conflicto. El panorama es bastante claro, aunque son compañeros de trabajo y se dice que no suelen discutir. Manon le pide salir con ella por las noches, y él burdamente siempre se niega, su mujer sale, y entonces Pierre usa ese tiempo para buscar a su amante, de la que yace hipnotizado de su cuerpo, como se expresa en diálogos, o sea, no la ama en absoluto, es solo algo sexual, de lo que la amante es reducida a muy poco, medio consciente de su condición, cuando ella lo ama profundamente creyendo en el sacrificio. Agregando que la amante, Elisabeth (la debutante Lena Paugam), siente celos y envidia de que Manon sea la esposa, aunque la considera bella y no quiere hacerle ningún mal en realidad, pero esta sub-trama del sentir humano y en parte contradictorio en la figura de Elisabeth desaparece tal cual su esencia, cuando los reflectores están en el matrimonio de Pierre y Manon y el tiempo, los protagonistas que remiten a todos nosotros.

Cosmos

Fue la última película del polaco Andrzej Zulawski habiendo dejado 15 años de diferencia con su película anterior, y la que terminó de despedida, quien murió poco después, recientemente, un 17 de febrero del 2016. Propuesta que adapta a su compatriota Witold Gombrowicz, un escritor de una obra difícil, de la que decían era inadaptable, y se nota en el filme, además de que Zulawski no es tampoco un autor fácil, sino extravagante y original, como podemos ver en una película parecida en complejidad, En el globo plateado (1988), pero en donde en ella primaba el discurso filosófico y serio (la proclividad humana a la decadencia y corrupción, tomando de partida el incesto, igual al que fomentan Adán y Eva; una lectura política e histórica religiosa detrás de la ciencia ficción; y  el deseo de sumisión, orden y control de lo místico ante el desamparo), mientras aquí a lo existencial se le agregan los juegos literarios y la retórica en el lenguaje, mezclando sofisticación y humor “pedestre”, como dejan ver unos diálogos entre vacíos, lúdicos, auto-paródicos y experimentales, en una propuesta que trabaja la sátira y el absurdo, habiendo mucha extrañeza y hermetismo más que risas sencillas, una cierta sinrazón constante, teniendo de línea argumental la investigación casual de sucesos extraños, al poco de la llegada de dos muchachos, Witold (Jonathan Genet), un obvio alter ego, un escritor en ciernes y en estado de búsqueda de iluminación, la que extrae de su entorno y de su condición de freak; y su compinche gay, medio ignorante del arte –aunque no de lo popular- y amante de la moda Fuchs (Johan Libéreau), a un hospedaje en la casona de una familia de locos, maniáticos e histéricos, creando una burla de la supuesta perfección, como la belleza de la hija, Lena (Victória Guerra), invocando la imperfección, haciéndola chocar con ella, algo a lo David Lynch, pero con descaro absoluto personal, como representa la fijación con la empleada con un labio deforme vestida de monja (habiendo predilección por lo “feo”, a la par de la mofa de lo eclesiástico), como que cohabitan dos mundos, el estético y aparentemente normal y cotidiano, y el impredecible, paranoico e inexplicable que fomenta Witold, viendo significados donde no existen, de quien se ausculta a sí mismo, tratando de hallar algún sentido poco común, forzar hacia su propia cosmovisión, o en el camino descubrir las caretas, a través de la relación amorosa con la que fantasea.

Witold atrae los ahorcamientos, en su locura y en sus ambiciones más íntimas, primero el de un gorrión, luego el de un pedazo de madera, más tarde una persona. Culpando de paso sarcásticamente a un cura, y siendo un infiltrado contaminado (sufriente) de su entorno. Creándose una dualidad en el cierre del filme bajo la pregunta ¿consigue o no su cometido Witold?, el amor de Lena, que representa el triunfo de su obra literaria. Y queda sin aparente respuesta, aunque todo apunta a que el subconsciente y simbolismo del protagonista ha tenido éxito, quizá solo plasmándolo en Cosmos, cuando alrededor se habla de Spielberg, Star Wars o de estar haciendo un thriller. Por lo que el director de La posesión (1981) se identifica con Witold Gombrowicz, señalando que hablan el mismo arte y lenguaje, el de los raros.