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miércoles, 12 de junio de 2019

La Vigilia


Edgardo Chocano (Gianfranco Brero), un hombre de dinero, solo, de noche, piensa y escribe en su computadora un trabajo académico, cuando es sorprendido por una mujer bella y salvaje del pueblo (Stephanie Orúe). La mujer lo termina atando y amenazándolo en su casa. No se sabe que quiere. El hombre culto no es un esnob, tiene bien puestos los pies en la tierra y sabrá manejar la situación, hasta llegar a compartir una extraña amistad con la mujer.

Ésta película de Augusto Tamayo es un thriller, y es uno decente, aunque con ciertos defectos. Uno de ellos está normalizado y generalizado en el cine peruano, hablar demasiadas lisuras, como una metralleta de vulgaridad, para reflejar realismo o porque todos dicen que así hablamos. Otro, por ratos el filme adolece de mayor creatividad, se le siente demasiado común o en buena parte conocido. Pero es un filme interesante en el planteamiento de la relación de los protagonistas, en ponerlos a enfrentarse entre ellos primero y luego a una banda criminal, que tiene de motivo un macguffin, que hace entretenido el filme.

El filme tiene una primera parte en que la mujer agrede con suma violencia al hombre de la casa, y aguarda el misterio en sus actos. Puede ser simplemente la invasión terrorífica de una casa privilegiada donde la mujer pobre aprovecha los bienes materiales que ha usurpado. Luego da un giro el filme y tenemos una relación particular. Se habla de sexo, pero se trata en realidad de una amistad, lo que hace curiosa la relación, que no es de padre e hija aunque Edgardo es mayor y ella hace de chica muy joven.

Ella es sexual, y violenta también manifestándolo. En un momento se adjudica ser una prostituta, aunque no lo es, pero es firme y atrevida con esto, podría haberlo sido. Hay una escena donde ella yace toda desnuda en la bañera; hay otra donde ella tiene sexo de pie en un cementerio. Son momentos claves de sexualidad donde el hombre mayor hace de voyeur, como de un hombre muy contenido. Pudo ser más profunda ésta parte, pero queda como que Edgardo es un tipo híper civilizado, aunque sea capaz de enfrentar el infierno por ésta chica.

Edgardo tiene dinero, pero es un hombre que puede manejarse dentro del pueblo sin problemas, dentro de lo criminal también, como cuando va a distritos más inseguros con total tranquilidad y conocimiento. Los viajes en auto economizan harto tiempo de cine, tienen una buena edición hay que anotar. El lado de la persecución criminal no está muy desarrollado, o es bastante simple, pero esto otorga a su vez personalidad, porque pesa mucho la relación entre el hombre mayor y la joven, una relación difícil de definir a cierto punto, quizá un poco un hueco, o medio un enigma, pero un disparador de intensidad, curiosidad y maleabilidad.

Ella le dice que su accionar es el de un loco, expresado de la manera más llana y vulgar, poniendo en duda abiertamente su proceder, sin que él responda del todo –estando bien muchos de sus silencios-; también todo podría haber sido parte de la imaginación de Edgardo, oyéndose mejor que todo haya sido literatura que un estudio del primitivismo o el choque de clases. La vigilia (2010) tiene ocurrencias como la de toparse con el peligro de la embestida de un toro que se percibe un poco boba, pero tiene un minimalismo atractivo, mucho mejor que la exuberancia telenovelera de Una sombra al frente (2007).

domingo, 30 de diciembre de 2018

Django Sangre De Mi Sangre


Django Sangre De Mi Sangre (2018), es la mejor película que ha hecho Aldo Salvini (Bala perdida, 2001; El caudillo pardo, 2005). Abre con una persecución en auto –la policía, secuestradores motorizados y Django forman trepidante movimiento en la pista-; ya desde el inicio plantea ser un filme intenso, lleno de acción, y cumple al 100 por ciento. Luego de aclimatarnos al lenguaje vulgar el resto fluye. Hay personajes muy ricos, como el malvado mafioso que hace Aldo Miyashiro, que le cae perfecto, que tiene un criollismo muy natural y que se pliega a su quehacer de criminal astuto. Los secundarios están muy bien, como el que hace Stephanie Orúe como una mujer avispada y malhablada, aun cuando es muy salvaje; muestra harto barrio, como se diría. Óscar López Arias como un tartamudo secuestrador, matón a las órdenes de Freddy Marquina (Miyashiro), también destaca especialmente.

Entre los protagonistas está Montana (Emanuel Soriano), hijo criminal de Django, que tendrá una confrontación con otro secundario interesante, Chamaco (André Silva), que lo han vuelto tipo cómic, pero que encaja con el mundo criollo del hampa. El filme de Salvini presenta varias líneas narrativas, propone mucha acción, y todo se mezcla sin problemas. Django (Giovanni Ciccia), vuelve más filosófico, más profundo digamos, con tremenda leyenda encima, y todo el mundo le anda diciendo lo genial que es, así pues es el mundo en el que se mueve. Intenta arreglarse, pero su hijo criminal lo regresa a su realidad pasada. Como Montana trabaja con Marquina entra de todo ahí, además de que quien recibe y ayuda a Django tiene una hija criminal, Magda (Orúe). Así el guion de Yashim Bahamonde y Aldo Salvini le meten nuevos vínculos delictivos a Django, poniendo sobre la mesa muchas más aristas que antaño.

Django se apoya de la película anterior, pero juega una partida totalmente distinta, más espectacular, más inteligente, despliega muchos personajes y muchos frentes. Es así que cuando aparece la Chica Dinamita (Melania Urbina) hace su entrada triunfal, pero es más una anécdota, un poco de nostalgia, aunque ficticia, porque la anterior película no era muy buena, pero no obstante produjo personajes que se quedaban en la memoria. Django es leyenda, carácter, respeto, producto de tantos bancos robados, montón de plata cogida, y ningún muerto inocente en el camino. Es un (anti)héroe que tiene una cierta ley, en el presente filme regresa a lo criminal por una causa de fuerza mayor, salvar a su hijo de la cárcel.

El filme tiene su sensualidad, ésta vez no la pone la Chica Dinamita que no sea su boca malhablada, quien tiene la palabra cachar –tener sexo, en jerga peruana- en la punta de la lengua, tanto que así lo recibe a Django (justo he soñado que cachábamos). Ya otrora había toda una escena con poder decir ésta palabreja. Por eso que cuando la dicen no escapa cierta ironía, un aplauso soterrado, y otro sonoro desde lo popular. Django incorpora ésta palabra a su mítica. La figura que la convierte en realidad es el cuerpo ardiente en una mujer contenida que hace Tatiana Astengo, con su desnudo y erotismo infaltable (nuevamente). Pero, además, Salvini, que rompe con toda regla del cine que no quieren supuestamente los peruanos y hace lo que le da la gana, pone las lisuras, las calatas y la violencia nuevamente en la palestra en toda fuerza, agrega la figura de Magda, que es sumamente picante, potente, no solo sensual.

Django Sangre de mis Sangre se ampara mucho en sus notables personajes, los nuevos engrandecen a los viejos, ahí en una sub-trama sigue el policía que hace Sergio Galliani, compitiendo por la mujer de Django, y suma otra el hijo menor, boxeador, de Django que tiene un momento de sobrevivencia que es de destacar. El criollismo en el mundo subterráneo criminal igualmente yace muy logrado, como ver en la cárcel a Marquina con dos travestis por putas y una piscina inflable por jacuzzi. El director parece que hubiera visto Al filo de la ley (2014) y se habría propuesto emular su conchudez y criollismo, pero hacer algo mucho mejor, de mayor exigencia y lo consigue con creces. Marquina yace rodeado de putas, también es caficho/proxeneta, el hombre está en todas, punto pleno a favor del conjunto. Django y Marquina son antagonistas jugosos, Marquina hecho en éste filme, Django producto de la misma realidad (basarse en un famoso ladrón peruano), y paradójicamente de su película anterior.

sábado, 28 de octubre de 2017

La luz en el cerro

Ópera prima de Ricardo Velarde. Es un filme que se ambienta en Marcapata, Cuzco, que nos pone de protagonistas a 2 muchachos, Jefferson (Manuel Gold) y Chino (Emilram Cossío), que son forenses y mejores amigos. Están a las órdenes de un policía, Padilla (Ramón García), que suele ser honesto y digamos que justo en su cargo pero es rudo y violento.

Éste thriller peruano es bueno en potenciar su misterio, que es algo pequeño, pero se proyecta notablemente. El filme se dedica sólo a manejar unos cuantos elementos, unir la ambición, el peligro (natural, místico-sobrenatural y físico) y algo de leyenda inca, teniendo un ritmo un poco sosegado, no tiene un ritmo hollywoodense, veloz, clásico del thriller, pero tampoco uno demasiado lento, pero es cine de género, uno bien adaptado a nuestra realidad, muy peruano.

Es un filme favorablemente autóctono, se plasma bien el Ande y a la gente oriunda del lugar sin tantas vueltas, a lo fresco. Hay una buena conjunción que evita lugares añejos, salvo en el anciano padre de la esposa del hombre fallecido, lo cual resulta muy lógico siendo un hombre híper tradicional y básico. El filme “criolliza” el asunto de la ambición, hace que la gente del Ande también sienta mucha codicia, como esa turba con antorchas a lo Frankenstein. El filme maneja una notable fusión de orígenes nacionales. La gente del Ande no está romantizada ni idealizada, pero se puede percibir un lado de inocencia y pureza en la esposa e hijo del fallecido.

Es bueno ver que no es necesario recurrir a la grandilocuencia, todo es muy sencillo y crece en la interacción, no necesita de un regadero de muertos en la mayoría del metraje, como la autopsia hace más bien de multiplicación e intensidad en su lugar, con un toque gore razonable que pega idóneo con el heavy metal que escuchan los forenses. La propuesta como que se mueve con mucho cuidado y algo rígida, pero lo que produce en conclusión es destacable en su medida. Como ópera prima es conservadora en varios puntos, mientras apuesta al entretenimiento, pero tiene muchas sorpresas en el desenlace.

El tipo mafioso (Mario Velásquez) aprovechado de los débiles y su compinche mudo del machete (Daniel Núñez) están perfectos, así básicos pero creíbles de acuerdo a la historia y lugar. La sexy Stephanie Orúe es una lugareña fácil y ambiciosa en la trama. Sólo su rabieta cuando la botan al piso se ve muy amateur, parece momento de humor de telenovela, pero en general está bien, es una actriz con potencial, e igualmente también Ramón García tiene algún pequeño desliz, en cierto momento se traba con las palabras, pero en su mayoría tiene momentos decentes, aparte de gran naturalidad para llorar.

Tres personajes –mafioso, guardaespaldas y amante- son muy elementales, pero simpáticos al uso, lo que le da un toque al producto digamos que típico de cine regional. Pero los 3 protagonistas –el policía y los forenses- generan algunos matices cuando también se ven codiciosos y llegan hasta pretender pasar por alto el sacrificio de vidas humanas. Esto puede sonar algo endeble con la figura de Jefferson al llegar a romper demasiados vínculos, pero el filme es más movilidad que profundidad, además de que se olvidan de su pasado. El maleficio inca –detrás de la ambición colonialista- cumple a cabalidad, con lo que el filme se hace cargo de una leyenda sencilla, pero muy efectiva, como lo es ésta propuesta.

viernes, 26 de octubre de 2012

Casa dentro

La ópera prima de Joanna Lombardi es un filme que narra la cotidianidad de una anciana a punto de cumplir los 81 años, la señora Pilar (Elide Brero), que recibe la visita de su hija, Patricia (Grapa Paola), su nieta Carla (la novata Anneliese Friedler) y la familia de ella (el marido de nombre Pedro -Giovanni Ciccia- y su bebé), mientras convive con sus dos empleadas del hogar, una anciana llamada Consuelo (Delfina Paredes, impecable como Brero también) y una chica joven llamada Milagros (Stephanie Orúe), más su perra de raza peruana llamada Tuna. Esos son todos los participantes de la trama y junto a ellos vemos de forma lenta o natural como se desenvuelven, tomando desayuno, aseándose, limpiando o simplemente preocupándose por nimiedades. Dentro de la historia sólo hay dos conflictos menores, uno es que Patricia se siente un poco excluida del cariño de su madre a costa incluso de sentir celos y fastidio de la mascota, y el otro es que Carla no puede dar de lactar porque no tiene leche.

Si uno tuviera que hallarle virtudes al cine de Joanna tendría que decir que sabe poner en escena algo que es fácil de ubicar, de identificar y sentirlo como verdadero, pero como narradora de historias se queda corta, no genera expectativa o esperas y nunca llega "nada". Se extrañan emociones. Si ver lo que hace tu abuela en su casa es algo entretenido estamos graves, aunque todos los mundos tienen algo que aportar y la curiosidad humana es grande. Pero de ahí a cautivar por lo que tranquilamente podemos ver quedándonos a dormir en casa de algún pariente solitario y envejecido es muy diferente, y ni siquiera hay drama detrás, es solo la vivencia normal de alguien que yace anclado a una etapa de la existencia y como todos yace normalizado, acostumbrado.

No quiero ser indolente porque esa anciana sufre por la ausencia de su propia familia y yace ocupada abogada al cariño de su mascota en ese estado de modestia en que todos estaremos en una época, hay una sensibilidad para con ese ser humano mayor, pero en el cine no estamos detrás de pasos tan sedentarios, tan desprovistos de alguna intensidad, tan abúlicos y sosos, no si no hay un fondo con mucha ambición reflexiva. No es regla generar efectos o artificios vacíos para generar estados de ánimo en el espectador, sin embargo tampoco darle un hueso con tan poca carne, no vamos al cine a ver desayunos, llamadas de atención por dejar la puerta abierta, enojos simples, frases como "que rico está el pan, señora" y un sinfín de momentos sumamente intrascendentes. Incluso, Joanna, se esmera en hacer sentir el peso de esa tranquilidad, con poca iluminación y en la monotonía del silencio (hay hasta un apagón muy simbólico con lo que experimenta uno como público), bajo un único escenario, una casa antigua. Joanna hace uso de diálogos acordes a esa simplicidad que por lo menos evita la jerga, y que repite hasta el cansancio la presencia del perro que cae hasta en la broma fácil de decir que la sopa que le gusta a Patricia es para el animal.

La señora Pilar en dos momentos se queda meditabunda. Uno cuando está a puertas de bañarse; sabe Dios que estará pensando y para ser franco ese pudo ser un buen tema a afrontar, más que la normalidad; acompañar en esa parte psicológica al personaje en su edad. El otro cuando se da cuenta que Ana, su hija predilecta, no va a venir ni ha llamado en su cumpleaños, ella se queda triste escuchando una declamación escolar de su otrora pequeña. No es que necesitemos llorar pero sencillamente, valga la redundancia, es muy poco lo que vemos, y es que si no te quedas dormido a media película quieres meterle una patada al perro o a Patricia, que las dos caen pesadas. Patricia en lugar de pensar en sí, debió pensar en su madre, ser menos egoísta y llamar a la olvidadiza de su hermana para que le de felicidad a la anciana con un saludo o una visita dominguera, y también arreglar el televisor de la cocina, y no quejarse tanto de que todo esté bajo llave.

Reflexiones chiquitas, familiaridad, eso tenemos entre manos. Casa dentro (2013) es una realización que ejecuta lo que quiere y muere en su ley. No es cuestión de técnica sino de guión, de generar algo más atractivo aun sin salir de la misma temática. No siempre lo sutil es interesante ni esconde grandes secretos. Éste filme peca de forma, aunque pueda ser bastante coherente, y es que tampoco es estar sin que nos generen emociones. Hay ideas por debajo, pero no se mueven mucho, es una cavilación dormida, que no infringe daño, tampoco se trata de rehuir el conflicto. Es contemplación, pero ¿de qué?, del polvo de una casa, de la última etapa de la vida vista desde afuera, y al final hay mucha calidez si se quería pretender dolor aun con diálogos planos (más que contenidos). El filme es fiel a la realidad externa, a esa costumbre que nos enseña la obligación de la docilidad y el conformismo, y en ese lugar hay materia. Pero falta presión, pulso no. No obstante hay atrevimiento en que ha hecho un séptimo arte de espaldas a un gran público, por no darle acción sino mucho sosiego a su película, que habrá inquietado a los exhibidores de las salas de cine.