domingo, 17 de junio de 2018

Une femme douce


Una mujer hermosa, pero pobre, Elle (Dominique Sanda), visita a menudo a un prestamista, a Luc (Guy Frangin), y éste queda enamorado de ella, busca conquistarla, ella lo rechaza, pero finalmente accede y se casa con él. Basada en un cuento de Fyodor Dostoevsky la película de Robert Bresson nos habla de una mujer que nunca será feliz. El arranque lo señala, vemos que se acaba de suicidar, se ha tirado por el balcón de su apartamento.

El que cuenta la historia, en flashbacks, es Luc a la criada, mientras Elle yace muerta sobre la cama con un pequeño hilo de sangre en la frente. Luc rememora todo el amor que sentía por ella, estaba enloquecido por Elle, y como ella se aisló en el silencio, metida entre sus discos y libros, manteniendo un estado de insatisfacción y rebeldía hacia él. En un momento puede la mujer engañarlo, y no lo hace. Supone una cierta incógnita, pero Luc entiende que rechaza al hombre en última instancia. Luc llevaba un arma, pensaba dado el caso matarla, luego ella tiene la misma posibilidad, y esto genera una distancia lógica entre ellos.

El filme de Bresson no especifica la razón de la infelicidad de la mujer, como todo su cine es austero, mínimo, de pocos diálogos, de acciones muy concretas y sencillas. El filme pasa revista a la mirada de Luc, y de ahí hay que sacar conclusiones para saber cómo fue ella, que sentía. Esto, desde luego, es una mirada parcial, incompleta, y puede que distinta a la realidad en sí, pero es interesante para ver como el hombre adoraba a ésta mujer que nunca le correspondió en realidad y que prácticamente vivió obligada a él, puede que por su pobreza.

Se observan pequeñas fallas en él que apuntan a esa falta de amor. Una es su manera de adorar el dinero y de ser tacaño y abusivo con quienes atiende como prestamista, que incluye recordarle que ella si no fuera hermosa y la amara la hubiera tratado de la misma manera. Hasta le recrimina su soltura cuando lo ayuda en su negocio. Otra son sus celos y desconfianza que lo llevan a querer matarla y ella a intentar vengarse. No es mucho entre manos, pero va sumando en el escenario. Otro punto que se ve es la soledad y estar encerrados frente al otro, en un momento ella hace ver que solo estarán ellos y pregunta si todo seguirá igual.

Cuando ella se encomienda a él tras perdonarse, promete amarle y respetarle, al poco tiempo viene el impremeditado suicidio. Es un claro mensaje de que ella no quiere deberse a él, pero como es una mujer integra no intenta engañarlo, o lo hace y luego se arrepiente, o puede que tema que él ocasione un crimen. No siente tampoco el deseo de dejarlo o lo cree imposible. Hay la puesta en práctica de obligaciones que resultan lógicas en ciertos cánones, pero que consume a la persona, esto se puede leer como una crítica a convenciones cristianas.

El filme nos habla de no querer a alguien y que se nos obligue a mantenernos junto a esa persona. Elle es objeto de adoración, es el centro del mundo de un hombre, y presenciamos como en la práctica, al comprarla quizá, hace que al tener el objeto lo destruya. Pero desde el arranque esto está presente. No es lo mismo anhelar que ser, tampoco. La mujer al parecer no se tiene en el mismo estándar que el ente adorador. Ella ante sus propios ojos es mucho menos que lo que ve el hombre, es una mujer humilde, abocada a la inteligencia, por hermosa que sea. Elle a todas luces parece un ser enfermo en distintas maneras, también.

Van conviviendo en ésta incomunicación, en estos eternos silencios, en un estado de cierta pasividad y sentido del destino, a través de un panorama sencillo, algo inexpugnable, cuando esta película pudo ser más artificial, más llamativa o mucho más efectista. El filme prefiere el misterio, la duda, la depresión secreta, el desamor. Bresson escoge actores en su primera actuación, pero Dominique Sanda logró trascender, tras impresionar en su debut, y hacer una carrera con títulos memorables como El jardín de los Finzi Contini (1970) o Novecento (1976).

Cuatro noches de un soñador (Quatre nuits d'un reveur)


En el Pont Neuf, Jacques (Guillaume des Forets, en su gran debut y despedida de la actuación, como acostumbraba buscarlos el director) salva del suicidio a Marthe (Isabelle Weingarten, recordada más tarde por La mamá y la puta, 1973) y queda enamorado de ella. Es la mujer que ha estado buscando el enamoradizo Jacques, que ve pasar mujeres hermosas y las sigue en silencio sin saber abordarlas. Y hace igual, no declara su amor a Marthe quien sufre por amor. Ella iba a encontrarse con el ser amado tras un año de separación y promesa de reencuentro, pero él ya está en Paris y no acudió a su cita, lo que la impulsa al suicidio.

El filme de Robert Bresson es una historia romántica basada en el cuento Noches Blancas de Fyodor Dostoevsky. Bresson hace un clásico del romance, una historia que parece que uno ha oído mil veces y sin embargo se muestra tan hermosa. Es también una historia que Bresson moderniza. El soñador Jacques se graba en audio y escucha sus declaraciones de amor, repite hasta el cansancio el nombre de Marthe, es un poeta, un hombre de amores platónicos. Pero también Bresson lo hace despierto, cuando puede tocar a Marthe.

Marthe se mira en el espejo desnuda al son de una canción en portugués. El filme de Bresson tiene ese encanto y magia lírica, la música acompaña en momentos claves. Un crucero pasa cerca de la pareja y se oye música brasileña o portuguesa, brilla el amor en el ambiente. Esto simplifica la lección de romance, la falta de declaración de Jacques, que como amigo trata de que Marthe sea feliz y vuelva con el hombre amado, aun a expensas de su amor secreto, aunque bastante obvio, salvo para la distraída Marthe.

Jacques es pintor y un joven en desarrollo y autodescubrimiento, Marthe una chica deseosa de salir de la monotonía, del hogar materno. Asunto que a ella la acerca con el hombre que dice amar en total devoción y primero rechazar –hay pocos elementos en la práctica de ese amor tan fuerte-. Pero hay de por medio una sencilla pero potente escena romántica, dos figuras reticentes a dejarse ver se espían tras las puertas y un pequeño pasadizo.

Bresson inspirado como el mejor de los poetas hace de Jacques su pequeño alter ego. Él sufre silencioso por no hallar el amor, como joven apasionado, y lo vuelca en el arte, un espacio de libertad, de espíritu hippie, como con cierta música en inglés que llegamos a oír o ver en músicos callejeros. Repite en el transporte público su sencilla pero contundente y simpática grabación, oímos el nombre de Marthe repetido hasta el unísono, es poesía en el aire.

Los lugares en los que se encuentran son muy primarios, calles parisienses, cafés, habitaciones, una sala de cine –donde el hombre amado produce una inocente venganza, una crítica-, nada del otro mundo, todo muy cotidiano y llano. Es la sencillez de una puesta en escena que nos remite a cualquier pareja. La trama son las 4 noches de amor secreto de Jacques repitiendo el nombre de Marthe como eje.

Es una película muy esencial, sumamente simple, pero agradable así, una que reconocemos fácilmente. Los protagonistas se ven comunes, no lucen de ninguna manera excepcionales. En ésta película está la naturalidad y el ascetismo clásico de Bresson en una muy clara representación, una película humilde sin exacerbar la melancolía por más que se hace cargo de suicidios, rechazo, abandono y un quehacer platónico. Es la vida tal cual.

Maurice Pialat


La infancia desnuda (L'enfance nue, 1968)

Un niño terrible, Francois (Michel Terrazon), es cambiado de hogar en hogar de adopción producto de su mal comportamiento, su rebeldía y crueldad. Mata gatos, roba, rompe todo a su paso sin razón, se pelea con sus amigos de colegio, anda con los peores niños y hasta con jóvenes, entre otras cosas -no todo se ve, se hacen menciones-. Cuando llega al hogar de los abuelos Thierry uno cree que se enmendará, pero ésta no es esa película, tampoco Pialat hace de Francois un monstruo total, tiene espacio para algunos afectos, como el que siente el niño por la más vieja de la casa, generándose también ternura. Hay ratos en que Francois se muestra muy cariñoso, pero rápidamente vuelve a lo mismo, rompe con la tranquilidad, apunta a ser un criminal, un desadaptado. Lo misterioso del filme es que no sabemos porque es así el niño finalmente, porque no se rinde al amor de los ancianos. Pero puede que lleve un gran dolor secreto, que no llegamos a ver. Puede ser el sentir de que lo van a volver a abandonar el que yace en su psiquis o es el quehacer de la inmadurez. El filme hace uso de actores no profesionales y le queda muy bien. Francois apenas pronuncia palabra, lo que produce más misterio sobre su comportamiento impetuoso. El ser hijo adoptado puede generar agradecimiento, generar amor al verse uno amado, pero también rechazo hacia uno mismo y esto en reflejo hacia los demás. Francois es un niño perdido, denota que no sabe muy bien porque actúa así en su última carta, es bastante inconsciente, en medio de esa mezcla entre cierta sensibilidad y actos repudiables, clásico estilo de Pialat, aun en su debut en el largometraje de ficción, en una labor mucho más extrema que la de Los 400 golpes (1959). Lo de matar a un inocente gato ciertamente genera odio y escozor, y cómo lo expresa el niño. Luego lo vemos compartir con la anciana y se genera un contraste arduo de procesar.

Loulou (1980)

Una película que se puede leer como la muestra de dos contrincantes, la época hippie versus la calidad de burgués, la libertad versus la sofisticación. El burgués con su selecta música clásica, su buena literatura, un gran trabajo y un piso acomodado lo representa André (Guy Marchand), el marido, porque ésta es una historia de infidelidad, abandono y amor. El hippie lo representa Loulou (Gérard Depardieu, en toda su época de esplendor físico), como un hombre que vive la vida en la calle, libre, sin ataduras, un tipo seductor, potentemente sexual, mujeriego, que de vez en cuando participa de robos bien planeados para vivir. En medio de los dos, la heroína, la pequeña pero autosuficiente Nelly (Isabelle Huppert, que muestra un lado muy sensual con Depardieu, varias veces desnudos, sin perder su aura de mujer inteligente), que está harta del control de su marido y quiere una vida más intensa cuando conoce a Loulou. Lo interesante del filme es que no sataniza a Loulou, lo hace avispado y muy imperfecto pero también le pone melancolía y lo hace pensar –como en el muy sutil final-. Loulou es un tipo duro y algo vulgar pero no violento, un tipo insensible en buena parte –con las mujeres, no obstante se ata a Nelly-, pero también está lleno de vida y trasmite eso en su forma simple y libre de vivir. André no es tampoco un mal tipo –nadie es un cero a la izquierda ni está para recibir dardos totales de orden político-, pero es el tipo sin gracia, aunque un intelectual, un tipo con dinero, sólo que normalizado sin grandilocuencia, enfocada su disminución en la emoción social y en lo poético, lo que es Loulou, representación del placer y de la felicidad sin meditación, aunque nunca se sabe, porque Pialat nunca cierra del todo la puerta, aunque apunta a cierto pesar. André es la estabilidad, pero la vida sin entusiasmo, la monotonía, Loulou es el alegre caos, lo impredecible -para bien y para mal-, el azar.

A nuestros amores (A nos amours, 1983)

Gran debut en el cine de Sandrine Bonnaire como una chica de 15 años que ha dejado de creer en el amor y halla felicidad en estar con hombres por puro placer. Esto parece que sucediera repentinamente, no obstante esto tiene un claro eje psicológico, la fuerte fijación con el padre (interpretado por el mismo Maurice Pialat), que es un poco insoportable, pero en sí toda ésta familia lo es con su histeria. Suzanne (Sandrine Bonnaire) es muy sexual, pero no está tampoco satanizada por ello, no es ese el estilo de Pialat, que deja que sea una chica normal también, tanto como que disfrute de su cuerpo y su apetencia igualmente, pero el problema es cuando ella pretende llenar un vacío eterno y es un especie de trauma el que lleva en su mente. Su promiscuidad es de tipo típica masculina, en un clímax, la búsqueda del placer, consumación y enseguida la fuga, luego repite el patrón y así se va perdiendo en un ciclo efímero. Pero es una sexualidad como problema psicológico (su dificultad de mantener una relación estable y fiel), señalado en la lejanía del padre, una figura autoritaria, quien no solía aceptar su salida con nadie, y le ha dejado una tara. Puede leerse también como la lucha por la libertad sexual, un cierto feminismo, en segundo plano, como contra el abuso del hermano. Bonnaire está radiante, ilumina todo a su paso. Sobresalen sus senos dentro de un poder erótico bastante bien trabajado, con esa naturalidad tan francesa por la liberalidad, especial para contener la historia, una que no es tan grave, no hay una gran argumentación, pero suficiente para ser interesante, entretenida y visualmente cautivante.

Police (1985)

Única película de cine negro –de cine polar francés- de Pialat con Gérard Depardieu como un policía tosco y medio bruto pero eficiente y buen agente, pero muy torpe con las relaciones afectivas y en ese lugar entra a tallar una chica que yace inmiscuida con gángsters árabes, tunecinos. La chica la interpreta Sophie Marceau que astutamente, es una mujer entregada a la continua mentira y a la seducción por interés, corresponde al torpe oficial Mangin (Gérard Depardieu), que siempre rechazado por las féminas dada su manera bruta de cortejarlas queda flechado y la ayuda a resolver sus problemas. Antes Mangin la trata como a una criminal cuando aún no hay relación, la jala, la golpea levemente, se burla de ella. En ésta primera parte vemos como se arma la lucha contra estos narcotraficantes tunecinos que manejan prostitución además. En ello observamos a la sexy Sandrine Bonnaire haciendo de puta, generando un desnudo completo, frontal, de alto impacto y agrado. Lo criminal empieza algo intrincado, pero se resuelve con tremenda sencillez, sin perder emoción. Hay muy poca acción, pero harto suspenso. Existe un gran peligro en todo momento de que pueden surgir asesinatos claves en el filme. Marceau como Noria hace una interpretación excelente, de una chica temeraria, segura de sí, corrupta e inmadura. Hay una escena medio candente –interrumpida constantemente por estar en un sitio público- en una oficina entre la bella Marceau y el por entonces galán Depardieu. Un abogado, Lambert (Richard Anconina), sobresale también del grupo de personajes, con su facilidad para involucrarse con mafiosos y a la vez tener contacto amistoso con policías como Mangin, punto para generar un vínculo social entre todos. La ilustración de Pialat es bastante buena, humaniza bastante a la policía con Mangin –que como sus personajes típicos tiene un lado desagradable-, haciéndolo muy de a pie, sin grandilocuencia pero con rudeza, y a todos los criminales, incluso los árabes muestran cierta elegancia, atractivo y se ven jóvenes con estilo, otros parecen hermanos gemelos del protagonista de Todos nos llamamos Alí (1974). En el filme hay un juego hablando de los filmes anteriores de Pialat, aclarando puntos de vista de paso, como oír una mención de la promiscuidad a temprana edad como imposibilidad en cuanto a poder amar, que recuerda a A nuestros amores, u oímos de un criminal decir que uno puede ser una mala persona pero tener sentimientos y viene a la mente La infancia desnuda. Para el caso a Mangin le importa un bledo esto y lo golpea por tenerlo acusado de asesino de ancianas. Es como decir esto es lo excepcional, lo difícil de digerir. En el cine en general de Pialat éste escabulle lo predecible y efectista –su cine tiene sentido personal- como cuando en Loulou el cuñado enloquece de celos y saca una escopeta, lo predecible es generar una muerte y hacer espectáculo. Pialat lo hace de otra manera más inteligente y auténtica. En la presente película el criminal maltratado por Mangin llama al policía en un bar y ya se sabe qué sería lo obvio, pero nuevamente el genio de Pialat no busca lo escabroso. El final de éste polar parece igualmente ese que Loulou dejo en el tintero y puede que aun más en un silbido romántico.

Bajo el sol de Satán (Sous le soleil de Satan, 1987)

Basada en una novela de su compatriota Georges Bernanos a quien Robert Bresson adaptó en 2 oportunidades, en Diario de un cura rural (1951) y Mouchette (1967). Bajo el sol de satán, un título muy sugerente, fue ganadora de la palma de oro. Ésta es una propuesta complicada, donde se habla mucho y no de manera fácil, pero sí valiosa. Un cura, Donissan (Gérard Depardieu), se debate en su fe, tiene muchas dudas existenciales, sufre por su religión, se mortifica hasta físicamente, tiene al demonio tentándole, haciéndole sufrir por su parte y descreer. Donissan pasa por muchas pruebas, inclusive se topa con el demonio mismo en pleno campo desolado, un demonio sensual aunque común interpretado por Jean-Christophe Bouvet. Donissan lleva un cuerpo a un altar cristiano, pide un milagro, lo creen inoportuno; luego se siente en posesión de uno, aunque duda de si le pertenece al demonio. Donissan es un arma de sufrimiento y culpa constante, como la misma humanidad, y en donde se recrimina la crueldad de Dios. El demonio dice ser más cómplice de los imperfectos seres humanos. Pero Donissan no quiere dejar de creer en Dios y lo vive hasta su última exhalación, en un lugar muy simbólico. Donissan llega a relacionarse mucho con la seductora y asesina Mouchette (Sandrine Bonnaire), otra alma sufrida que quiere no tener consciencia –culpa- ni creer en Dios pero no puede más que pensar y padecer. Donissan al hallarla alega que la sigue en sueños, ellos dialogan en un hermoso duelo de talento actoral, tratan de convencer al otro y a sí mismos de sus creencias, es la lucha contra el abandono de la fe y de la devoción a Dios, tras no comprender al mundo, de lo que trata el filme, bajo la vigilancia de otro cura, uno sobrio, bondadoso y convencional (interpretado por Maurice Pialat).

miércoles, 13 de junio de 2018

El cuervo (Le corbeau)


Le corbeau (1943), de Henri-Georges Clouzot, le trajo un baneo de por vida como director en Francia al ser señalado de colaboracionista con los alemanes durante la ocupación, ya que éste filme fue financiado por Continental Films, productora alemana, además de que muchos creyeron leer un discurso negativo en la película hacia la población francesa, luego rectificado y el bloqueo suspendido, duró 4 años. Se pensó también después que Le corbeau guardaba una lectura contra el nazismo, contra la labor de la Gestapo en Francia. Todo irrelevante frente a un filme que es maravilloso como ficción y eso es lo importante.

Ésta propuesta nos remite a unas cartas anónimas firmadas por quien se hace llamar el cuervo contando intimidades de cada receptor, señalando las bajezas de todo el mundo en un pueblo como cualquier otro en Francia, en cualquier parte, como menciona la apertura del filme. El más perjudicado, con el que más se ensañan las cartas es con el doctor Rémy Germain (Pierre Fresnay), a quien indican ser un doctor encargado de abortos, cuando están prohibidos, y de ser un mujeriego propenso a las  mujeres casadas.

En sí el doctor Germain que encima es muy arisco y sobrado, de pocas pulgas, es una joyita. Germain carga una mochila secreta, un pasado turbio. Pero es un antihéroe al que se le permite cierta poesía como galán e investigador y la (poca) simpatía de otros personajes, como ilógicamente la del doctor en jefe, el psiquiatra Michel Vorzet (Pierre Larquey), un hombre sofisticado, un pensador, pero de trato humilde, cuando Germain engaña a Vorzet con su joven y bella mujer, Laura (Micheline Francey), y Vorzet lo sabe y se lo dice, lo entiende.

El filme tiene mucho suspenso, un gran misterio trabajado con maestría, es muy cautivante pensar en quien puede ser el cuervo, se cuecen muchas hipótesis, hay muchos personajes como posibles culpables. Se da por ello una persecución terrorífica de la hermana de Laura Vorzet, una enfermera solterona acusada de vender ilegalmente morfina, por las calles con la sombra de un linchamiento en ciernes, de un apedreamiento. El pueblo recibe aquellas cartas perversas y yace envenenado, enfurecido, sobre todo porque genera una muerte de alguien inocente, y ni así el anónimo cuervo se detiene. Se hace presente en el cortejo fúnebre e incluso ironiza con la iglesia descubriéndose que es feligrés de ésta. 
  
Denise Saillens (Ginette Leclerc), una mujer promiscua, aun cuando yace casada, carga un hondo complejo que la mueve a conquistar a todo el mundo, pero yace en particular locamente enamorada del serio  y sobrio doctor Germain, su vecino, y ésta con su rostro agrio de femme fatale produce un tira y afloja sensual con el doctor, mientras la otra amante, Laura, es más delicada y cínica, guarda falsas apariencias, se presenta como una mujer suave, a expensas de su hermana amargada.

El cuervo es emocionante y vastamente entretenida, el tiempo fluye de lo genial que es, la maldad del cuervo es enorme, pero lo que revela no es poca cosa, es un pueblo cargado de corruptos, todos tiene algo sucio detrás. El filme permite escuchar unos diálogos gloriosos sobre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la ineludible maldad en toda vida, pero cuando se trata de justificarla el filme le hace cierta justicia a la ética, aunque es un retrato de lo más pesimista con la humanidad, al punto de cerrar la película con un crimen.

La gente del pueblo mantiene la imagen de ser muy dignos, de caballeros y damas, muy alturados y honorables, pero ninguno se salva de haber intentado salirse con la suya frente a algo sucio, incluso hay sospechosos muy jóvenes. El odio hacia el cuervo no enseña ni pizca de autoconsciencia, ni arrepentimiento, es puro enojo. Es una sociedad muy falsa y dura. Temible retrato de nuestra humanidad. No obstante el doctor Germain es nuestro (anti)héroe, un tipo que no ha aprendido mucho de su pasado, con respecto a las mujeres, y un placer carnal –que no es explicito, pero sí ubicuo- más fuerte que la racionalidad.

La boca del lobo


La boca del lobo (1988), de Francisco Lombardi, es una de las películas más icónicas del cine peruano, de las más populares y conocidas por todos, y también de las más polémicas. Polémica porque hace ver la acción del ejército en Ayacucho como criminal en los comienzos de los 80s cuando se lucha contra el terrorismo. No sólo los soldados roban animales del pueblo y un mal elemento viola a una joven mujer andina y el resto lo encubre sino que hay una masacre y todo por ese mismo mal elemento que intenta aprovecharse de los pobladores.

Lo peor que el teniente en jefe es otro elemento corrupto y criminal, un tipo frustrado con ganas de vengarse de todos, cuando yace atrapado en el ejército eternizado en un rango, y que está lleno de complejos, uno que es eje del filme es pensar siempre en su hombría, en un orgullo masculino machista, algo arcaico pero aun perenne, y aunque suene a algo básico es suficiente como para que muchos militares arriesguen la vida.

El teniente Iván Roca (Gustavo Bueno) llega a reemplazar a un buen teniente, un hombre que cree en la legalidad y el respeto de la población, pero muchos lo creen débil e ineficiente, lo llaman un tipo de escritorio. Roca quiere demostrarles a todos que vale más que su atrofiado rango, que no es un perdedor como así lo creen en Lima. Trata de imponer la fuerza, hacer una lucha frontal contra el terrorismo, contra un enemigo invisible. Empieza decidido, positivo, pero termina corrompiéndose producto de sus errores, su carácter volátil, su comportamiento explosivo y sus muchos complejos.

La boca del lobo en un momento se perfila en el pánico, en el miedo a morir de los soldados ante un monstruo como el terrorismo, que deja cadáveres mutilados regados en sus emboscadas, que mata pobladores acusándolos de soplones. El militar que hace Aristóteles Picho lo lleva al ámbito bastante visual, entra en desesperación, tiene un ataque de miedo. Luego vemos la lluvia, la tormenta, el relámpago, la mirada perdida en la ventana, todos síntomas del terror que todos viven. Hasta este punto el filme brilla en una mirada menos polémica, pero luego gira en señalar la brutalidad de los militares en la zona de emergencia.

El filme es excesivo en señalar la acción militar, no podemos culpar a todo el ejército, pero si observamos con detenimiento esto se debe a malos elementos, elementos dañados psicológicamente y a otras alimañas que tratan de aprovecharse de la situación, del puesto de autoridad que tienen, de vivir en estado de emergencia y guerra subversiva, de querer calmar sus necesidades como si el mundo les perteneciera y no existiera ningún orden. Lo grave es que la cabeza militar en la zona –un pueblo llamado Chuspi- está dañada. Esto engrandece el señalamiento de brutalidad del ejército, más frases -lugares comunes- sobre abuso militar.

Pero también se escuchan soldados lamentando y criticando la criminalidad militar, lo extrajudicial, algo complejo pero digno contra una disciplina ciega, bruta y absurda que prohíbe cualquier puesta en duda, en el quehacer de evitar el desequilibrio de la jerarquía, como en la voz del sargento Moncada (Gilberto Torres), hasta llegar a la rebelión del ente conductor, del muchacho en desarrollo y descubrimiento, de Vitin Luna (un carismático Toño Vega), que en un inicio está contaminado por el poder, la furia, el miedo y el falso heroísmo, esto último representando en una hombría de niños de colegio, por algo éste filme yace hermanado a la anterior película de Lombardi, La ciudad y los perros (1985).

Todo el discurso del teniente Roca, que en un comienzo se siente heroico, ejemplar y engaña a sus subalternos, en especial al protagonista, termina sonando a manipulación, cuando se ve como pretexto para ocultar el desequilibrio interno, mientras el terrorismo pasa a un nivel secundario (fijación militar que en la realidad supone ser algo más racional). Cosa que va por lo más notorio, unas fallas propias de un enemigo absoluto, y no muestra la lucha con el terrorismo en toda su magnitud o directamente, aunque se entiende viéndolo camuflado, escondido y en buena parte inubicable, con un accionar en fuera de campo.

Gustavo Bueno proporciona una gran actuación como un tipo de carácter, aunque torcido, tiene una figura bastante fuerte, y de tipo bruto aunque propio de grandes discursos, marca de la personalidad cinematográfica que se ha hecho. Todo el grupo está muy bien, incluyendo la recreación y participación de la población autóctona. Pero sobresale muy en especial, en total justicia de talento, alguien poco reconocido, José Tejada como Kike Gallardo, que tiene todo del típico criollo avispado y abusador, aporta una cara ladina y algo sátira, una cierta parte suave humorística y se le maneja bien cuando cae en el choque donde sale mal parado y como persona vengativa mueve los hilos del monstruo del poder dictatorial.  

Más que tener a éste filme por propaganda o complicidad anti –militar es propio de tener entre manos una ficción, aunque queriendo ilustrar los puntos oscuros de la realidad, no solo abocado a la guerra contra el terrorismo sino a la humanidad en general, bárbara, pútrida y criminal, esa que prefiere sortear la suerte del castigo – entre la vida y la muerte- con una bala. La notable y entretenida La boca del lobo muestra a una niña pastora de ovejas en momentos claves de violencia, observando silenciosa, es el pueblo andino que mira y simboliza la empatía hacia ellos, la humanidad que debe subsistir hacia ellos, dentro de una mención romántica, como aquel joven que huye sin importarle ya nada. También debemos recordar gente como aquel primer teniente, voz con consciencia y buen mando, una imagen que debe perdurar.  

martes, 12 de junio de 2018

Manon


Basada libremente en la novela Manon Lescaut, de Abbé Prévost. La película de Henri-Georges Clouzot ganó el león de oro –festival de Venecia-. Manon (1949) es una película romántica, por complicado que suene verlo de esa manera. Retrata el enamoramiento absoluto de un hombre, Robert Desgrieux (Michel Auclair), de una puta, Manon (Cécile Aubry). En el filme se repite lo mismo, Robert perdona una y otra vez la facilidad con la que Manon se prostituye. Primero quiere botarla, pegarle, pero luego llora y es él curiosamente quien pide perdón. Manon lo quiere de verdad, al parecer, porque también sufre y se preocupa por él, pero no puede evitar su promiscuidad que se debe mucho a que Manon quiere una vida pudiente y fácil, y detesta convertirse en ama de casa.

Manon siempre se muestra accesible a los hombres, no es algo que se disimule o ella oculte, la palabra puta está por todas partes, incluso para poder ver a su amado en un momento de separación forzada quiere regalarse al vigilante. Robert conoce a Manon así desde el principio, como una prostituta que se vende a los alemanes en tiempo de ocupación, por lo que la gente del pueblo y la resistencia francesa van a castigarla, pero es Robert quien queda flechado por la belleza de Manon y se escapa con ella.

Robert pasará mil penurias por su culpa, e igualmente ella al corresponderle en la desgracia y el crimen mostrará esa lealtad tantas veces corrompida por su libertinaje y sufrirá también. Todo esto lo vemos en el presente del filme cuando un barco surca el mar hacia el mediterráneo, con una carga de refugiados ilegales judíos rumbo a Palestina. Manon sabe bien de su tendencia hacia la promiscuidad y le dice a Robert de golpe cuando la descubre mintiendo metida en un burdel que es su oportunidad para abandonarla con aquella imagen sucia suya en su mente. Pero Robert tiene un amor a prueba de todo.

La manera de exhibir a Manon como furcia no es tan poético como muchas películas acostumbran a mostrar, pero a pesar de esto entre ellos existe un tipo de amor verdadero, Manon ama la devoción de Robert, pero no puede con su esencia. Robert lo sabe y luego lo dice en un discurso que huele a un masoquismo consentido y penoso. Difícil justificarla, pero eso hace de alguna manera el filme, o trata de darle humanidad sin quitarle lo que es.

Cécile Aubry hace de una mujer muy coqueta y que se divierte con su actitud libertina, superficial y ambiciosa, sólo que tiene a su vez en su actuación un quehacer luminoso, bonito y simpático pegado a lo clásico, que deja en fuera de campo lo sórdido, sucio o desagradable, tiende tan sólo a la sugerencia visual, aunque los diálogos son fuertes y directos con quien es. Manon es vulgar, pero el filme no. Manon es una mujer que su hermano León (Serge Reggiani) explota sin vergüenza alguna. Es una mujer ordinaria. Robert es un mártir.

El filme de Clouzot recoge la vida de unos pobres bastardos, tanto Robert y Manon eso son, de esto que el capitán del barco sienta pena de ellos, por más criminales y corruptos que sean. Manon intenta varias veces reformarse, pero no puede consigo misma, e incluso el mundo le falla cuando cree descubrir el paraíso y pensar en una vida familiar. Ahí éste le enseña lo putrefacto, y la asusta, le llama, como si fuera su destino ineludible. Robert es poca cosa frente a la realidad, lo cual suena triste. Su amor verdadero en lugar de salvarle lo atrae hacia la derrota, hacia el mal y Manon eso es, aunque no lo parezca. Lo duro del filme es que todo el mundo está consciente de todo y eso hace más dramático y lamentable saber de ellos. Son personajes que dan pena, muy ricos como cine.

lunes, 11 de junio de 2018

L'Atalante


Jean Vigo murió muy joven, a los 29 años, de tuberculosis, pero dejó 2 obras muy importantes para el séptimo arte. Una es el mediometraje –de unos 40 minutos- Cero en conducta (Zéro de conduite, 1933), sobre una rebelión de alumnos de colegio ante un profesorado castrense acostumbrado a poner cero en conducta y castigar los domingos sin salida a los pequeños salvajes, traviesos, que inspiraría la película emblemática de la nouvelle vague, Los cuatrocientos golpes (1959), y la otra su único largometraje L'Atalante (1934).

L'Atalante es una película romántica, narra el amor, el casamiento y convivencia, de Juliette (Dita Parlo) y Jean (Jean Dasté), que viajan en el barco llamado L'Atalante, junto a un segundo a bordo, el extravagante tío Jules (Michel Simon), y un muchacho ayudante. Todo es hermoso hasta que Juliette se da cuenta que vive en un barco muy descuidado y tiene que hacer muchos deberes como ama de casa, con lo que se habla de cierta esencia femenina o humana en general de búsqueda de grandes aventuras frente a una vida sedentaria, humilde.

Juliette quiere conocer lugares bellos, quiere experiencias memorables, por ello se emociona cuando se entera que pasaran por Paris y saldrán de éste viejo barco. Jean es más perfil bajo, típico hombre, quiere una vida hogareña y tranquila, lo que puede sonar a aburrimiento. Juliette no es tampoco una mujer banal, pero sí sencilla, y le gusta la novedad. En ese trayecto un hombre (Gilles Margaritis), un vendedor de chucherías y galán charlatán, que se mueve como Chaplin, gimnástico, arriesgado y humorístico, intenta enamorarla, y despierta los celos de Jean. De esto surgirá un problema de distancia engrandecido por la imaginación, a la vera de una prueba de lo llamativo y efímero, lo fulgurante, con los conocido y apacible.

Éste hermoso filme tiene escenas bastante sensibles y otras divertidas, como los tatuajes y recuerdos de los viajes del Tío Jules, todo un personaje con su amor a los gatos, un tipo fuera de lo común, raro, algo gracioso, pero que guarda cuantiosas memorias y aventuras. También hay una mención poética con el reflejo del ser amado al sumergir la cabeza en el agua. O una escena sensual sin haber ningún toque físico. L'Atalante es una película de grandes pequeños momentos, ya desde el principio lo vemos con aquel cortejo matrimonial rumbo al barco, hasta colgarse de un palo de madera para meterse dentro de L'Atalante, lo cual señala como será la vida en su interior, algo rústico y laborioso, pero plagado de amor.

Cuando Jean se deprime y Juliette quiere volver y yace perdida por las calles parisienses sobrevuela el fuerte romanticismo, antes desplegado el carácter masculino de indiferencia y revancha, el exabrupto, que crea un efecto de boomerang, ante el encanto sensual del pecado, lo material, lo suntuoso y lo carnal, que nos pone a prueba para ver si somos dignos del hogar, del amor verdadero, representado en L'Atalante, espacio humilde y prioritario, pero donde una máquina de coser y un fonógrafo, lo moderno, hacen entrada y nos llena la vida de ilusión.

Es un balance lo que señala el filme. Es creer en lo mágico o poético -el reflejo en el interior del agua-, el amor más inocente; y concebir la sensualidad, lo físico, el anhelo, el placer, en la vida diaria –en aquel simbólico recuerdo de compartir la cama con el ser amado-. Cuanta delicadeza posee éste filme y al mismo tiempo esa fuerza de lo vital y lo sanamente cómico. También es un lugar reflexivo –su parte de realidad- y un lugar de grandes emociones.

El salario del miedo (Le salaire de la peur)


Señor thriller perteneciente al francés Henri-Georges Clouzot, ganador de excepción del oso de oro –La Berlinale- y de la palma de oro –Cannes-. En un país latinoamericano no especificado gobierna una empresa de extracción de petróleo, la compañía americana Southern Oil Company, que es la mayor fuente de trabajo y de explotación del lugar. Muchos pobladores mueren producto de las extracciones. Es una tierra de nadie donde la policía está comprada y donde no hay trabajo. El mensaje suena antiamericano. Dice una línea, donde hay petróleo ahí están siempre los americanos –aludiendo aves de rapiña-. Por esta razón estuvo recortada por partes en su exhibición en EE.UU., pero en la actualidad tranquilamente se ve completa.

El salario del miedo (1953) tiene una gran representación de cada uno de sus personajes, en los 4 seleccionados para una misión suicida, una misión muy peligrosa. A cambio de 2 mil dólares que para entonces era una suma astronómica estos hombres deben transportar en camiones bidones de nitroglicerina, cuando al menor movimiento esto puede explotar. Deben llevarlos por carreteras descuidadas, en mal estado. La pericia de los camioneros se pone en la más difícil práctica, creando un filme de mucho suspenso, emocionante. El trayecto está lleno de pruebas a su ingenio, a su sobrevivencia. Todo expuesto de manera realista.

Uno se encariña con los personajes, que son hombres duros, sufridos, solitarios y con pasados oscuros algunos, aunque no tan gentiles, como Mario (Yves Montand), el personaje principal, que maltrata -aunque sea rastrera- a una mujer que está enamorada de él (Véra Clouzot). Éste personaje femenino hace aguas por todas partes, parece forzado. Impone un dramatismo innecesario, no posee gran línea argumental. Véra Clouzot era la esposa del director, puede haberla colocado más por su parentesco, aunque en Les diaboliques (1955) está perfecta.

De los 4 protagonistas tenemos aparte del corso Mario, quien es el galán macho man, aunque tiene sus ademanes engreídos, al italiano Luigi (Folco Lulli), un hombre robusto algo sobrado que sufre de los pulmones y debe abandonar el trabajo y el pueblo, en un filme que abre enseñando el territorio con un niño desnudo de las piernas jugando con cucarachas en un charco. Otro es Jo (Charles Vanel), también corso, un ex gángster, muy próximo a Mario. Entre Jo y Luigi hay una gran escena de reto, de esas míticas del séptimo arte. El cuarto es el alemán Bimba (Peter van Eyck) que es un tipo que ha sufrido el nazismo y tiene un espíritu kamikaze.

Ésta película no es como una de Hollywood donde nadie suele morir así nomás cuando se es principal, por lo tanto no hay que encariñarse mucho con los protagonistas porque ésta película europea no escatima nada por su imaginación. Esto puede sonar algo medio recriminable, porque cada muerte duele, pero también tiene un trabajo escénico poderoso, en especial el del espacio lleno de líquido de camión que es otra de las grandes escenas del filme. Ésta propuesta está cargada de novedades y algún pequeño misterio.

viernes, 8 de junio de 2018

Extirpador de idolatrías


Puede verse como una película de investigación policial, pero todo colocado sin misterio ni trabajo de desarrollo. Desde el arranque sabemos quién es el asesino, quien se presenta de manera directa, diciendo que quiere extirpar a la gente idolatra, a los paganos. Esto es una lectura como que está en disputa el Perú originario con el Perú criollo, de esto suma cuando una persona autóctona le recrimina a otra el maquillaje, como que esconde su identidad. El filme tiene con los crímenes poca fuerza, no hay juego, no hay intriga, no hay suspenso, no hay averiguaciones, sino éstas simplemente se ven para seguir una narrativa, pero no se sustenta casi nada. Están ahí para dar un paso más en el filme, como para cumplir. El final es muy obvio también, no hay fuerza escénica alguna, todo muy elemental. Es como ver una película de Claudia Llosa o pensar en Se7en (1995), en especial en lo que lleva la caja, pero sin el arte ni la gracia de éstas películas. Parece una obra muy amateur, muy precaria, aunque no de mala estética. Lo autóctono tampoco está tocado por la originalidad, es todo lo cliché que puede ser. Éste filme está cargado de buenas intenciones folclóricas, pero carece de carácter, de personalidad, de distinción, es todo lo básico que puede ser. Sólo algunos momentos como cuando se usan máscaras puede tomarse por algún juego imaginativo, pero esto pasa sin pena ni gloria. Magaly Solier está totalmente desperdiciada. Renato Gianoli como un jefe de policía criollo es sumamente obvio en todas sus intervenciones. Sólo Oswaldo Salas está en algo como personaje, con su apariencia dormida, dócil, humilde, su presencia poco intimidante, pero quien en realidad es un policía de acción, un buen policía, y sale algo del lugar común. Se puede entender un quehacer psicológico o ambiguo con él y la reportera-prostituta aunque no se desarrolla, porque creerla su enamorada tiene aún menos asidero narrativo. Éste filme, ópera prima de Manuel Siles, está bastante lejos del logro como película de Bajo la piel (1996) si pensamos en buenas propuestas nacionales sobre crímenes e investigaciones. Como filme folclórico, místico, sobre identidad en pugna, brinda tan poco –aunque creíble- que tomarlo por ese lado tampoco genera ningún gran logro. Extirpador de idolatrías (2014) es un filme bastante básico, no un bodrio, pero un filme apenas cumplidor.

jueves, 7 de junio de 2018

Perturbada (Unsane)

Película de Steven Soderbergh grabada con un iPhone 7 Plus, cosa que no se nota mucho, parece un filme común y corriente americano, es decir con una estética de nivel o al menos decente a estándares cinematográficos, aunque inicialmente se ve muy simple, muy austero. Soderbergh crea 50 primeros minutos de mucha intriga, sobre si está o no cuerda la protagonista, Sawyer Valentini (Claire Foy), genial nombre. Lo atractivo del filme es que poco a poco de torpeza en torpeza, de amarre en amarre, Sawyer queda recluida hasta una semana en un centro psiquiátrico cuando ella deseaba una simple consulta psicológica y volver a su vida ordinaria. Luego se mete un tema al filme, el acoso. Sawyer ve a un antiguo acosador vestido de enfermero. Esto fácilmente puede pasar por la locura de la protagonista y es manejado todo muy primariamente. Soderbergh escoge el thriller y le queda un filme bueno, aunque sin tampoco fuegos artificiales, e igualmente tiene su buena parte violenta y de horror. Claire Foy hace de una mujer difícil, algo antipática y ella misma lo sabe, lo expresa. Genera una gran actuación de una mujer de carácter. Soderbergh es plástico con la perturbación, hay mucho maniático en sus manos, creando dos películas distintas. Es notable la relación que se forma entre Sawyer con otro paciente, interpretado por Jay Pharoah. El filme es muy lógico en cada paso que va dando, en como Sawyer queda atrapada, en como todo parece muy normal, asunto que luego girará en la total perturbación. Por el cierre se puede entender más de una solución.