domingo, 12 de abril de 2015

Qué difícil es ser un Dios (Hard to be a god)

Con solo 6 filmes Aleksey German es un cineasta mítico, aunque no todo lo conocido que debiera ser en el mundo, pero con su última obra, a la que le ha dedicado tanto empeño, la que nos reúne en ésta crítica, eso seguramente cambiará, en una propuesta que ha tardado trece años en ver la luz, y es una aventura absoluta, harto cinéfila, muy propia del arte del cine donde la imagen lo es todo, es tan potente. El 2015, a dos del estreno de Hard to be a god (Trudno byt bogom, 2013), será el año de German (aunque póstumo), como en las listas que lo han postergado, si bien hay que recordar que su fama se inmortalizó en 1971 con Control en los caminos (Proverka na dorogakh) que fue censurada por el gobierno de la URSS hasta la caída de éste, en que se retrata la redención de un traidor del ejército ruso en época de ocupación nazi durante 1942 en las filas de los partisanos cuando pretende ayudar a su país entregándose por completo a ello, en una obra donde vemos que hay dos líderes representativos rusos, uno es Petushkov (Anatoliy Solonitsyn) que es un tipo bastante duro que claramente luce como un trasunto del comunismo más firme, el de su tiempo y el estado, el que no perdona al traidor Lazarev (Vladimir Zamanskiy) queriendo verlo colgado a pesar de tantas demostraciones de reinserción, sacrificio y lealtad; y el otro es Lokotkov (Rolan Bykov) que es muy humano, y al que veremos aun con tanto don de liderazgo, bondad y sentido de lo justo y la oportunidad, es decir como un tipo débil para el partido, relegado como militar. 

Hard to be a god es una obra monumental, basada en una novela de los hermanos Arkadiy y Boris Strugatskiy, los mismos que fueron adaptados por el gran Andrei Tarkovsky, de lo que Roadside Picnic se convirtió en Stalker (1979). En la presente hacen una obra de ciencia ficción que critica de forma “velada” las purgas intelectuales demenciales que se llevaron a cabo con Joseph Stalin, y con él iban contra su propio gobierno en 1964, y todo tipo de poder carente de democracia. German dicen pudo tener en mente la actualidad, a Vladimir Putin, pero en un trabajo de realización tan extenso, y tan amplio de miras y señalamientos, eso puede quedar en un plano anecdótico que poco tiene que ver con la envergadura propia del arte que contiene por sí misma, sin lecturas específicas de corte político, sino más bien invoca la deshumanización más atroz que uno puede pensar, el limite más temido, en una referencia mayor, universal, tras una barbarie donde lo medieval se ve con pelos y señales, en que el lodo gobierna el reino de Arkanar.

En la película hay esclavos con tablas de verdugo colocadas al cuello, vejación, ahorcados masivos o dirigidos hacia ahí, encarcelados en jaulas primitivas, niños deambulando salvajes vistos sin piedad jugando con cuerpos corrompidos, muchos cadáveres tendidos en el camino, mutilaciones, pedazos humanos, animales diseccionados o muertos colgados en cadenas como en mataderos, mucha podredumbre, sangre, mucosidad, incluso vísceras cayendo de abdómenes cortados, cantidad de hombres voluminosos, mujeres desnudas o tratadas como carne, sexualidad descarnada desprovista de erotismo, vulgaridad, llaneza, impiedad, crueldad, en un espacio dominado por lo medieval, y la exterminación de todo atisbo de renacimiento, en persecuciones a los llamados sabios, a manos de cultos paganos. En un orden de suma inmundicia donde todo es repugnante, violento  e inhumano.

El filme tiene su mayor valor no en su narrativa o relato, que es confuso, y muy mínimo en realidad, de poca trascendencia, donde no hay muchos cambios dramáticos en la historia que no sean los reflejos de la incivilización propio de un retrato continuo, en que se trata de la abstracción de una mentalidad, de un espacio terrenal y forma de gobierno deplorable, aunque se hable de otro planeta, uno muy similar al nuestro. Sino en su visualidad, en su contextualización, en sentir y vivir a Arkanar, y esa forma de vida tan sucia, y tan despiadada.  Es una experiencia en una cosmovisión, en un realismo. Con una cámara que esferoide por ratos, parece chocar contra la gente, mientras se rompe la cuarta pared y hay como diálogo directo, que va hacia otros miembros burdos, armados y gigantescos que yacen donde el espectador, casi pegada la lente a lo que estamos viendo, muy próxima, generando el malestar que enarbola el filme como bandera; y solo un investigador y noble hijo ilegitimo de un dios pagano -que se da cuenta de la impotencia que genera ésta humanidad, en un pesimismo terrible- aclimatado a este mundo, Don Rumata (Leonid Yarmolnik) puede ir como en una road movie por el reino chocándose y surcando sin problemas con esta realidad, de menester, de pauperización, de la omnipotencia del barro, de los excrementos, de las secreciones, de lo nauseabundo, en donde la palabra salvaje e intenso disminuye y domina el territorio, donde el fuerte destruye al débil, y no existe noción de valores, en un constante peligro de perecer o quedar encerrado, en volvernos adictos a la perversidad de todo tipo, ya que incluso Don Rumata es un témpano de hielo (pero también un atisbo de arte, como en lo musical), hasta perder la sangre e inmiscuirse cuando nada sentimental domina el alma, y la sabiduría se repele como al demonio por una nobleza y paganismo encendido de sinrazón, de subyugación demencial, y locura impredecible, en lo que veremos todo con gran fuerza escénica en tomas largas, donde lo esencial transpira, se impregna en el espectador y  es como un viaje a las tinieblas, al mismo infierno en que sin espíritu no hay diferencia con los animales depredadores, carente de leyes que no sean la de subsistir aunque traicionándose y enfrentándose entre ellos por placer y frialdad, donde Don Rumata es conocido como un gran duelista que cercena orejas y se dedica a recorrer y mezclarse con el pueblo, los cultos, sus nobles enfrentados, niños zarrapastrosos y las multitudes de esclavos torturados o muertos regados por todas partes, donde el gris es el color que bien dibuja la geografía.

Son tres horas donde quedarás atrapado sufriendo la tragedia de la deshumanización, en lo que se exige un estómago fuerte del espectador, uno que se atreva a ver todas las bajezas y putrefacciones que uno imagine, un gordo pintado de payaso poniendo el culo para que lo cojan, un cuerpo inerte como muestra de prostitución, cadáveres descompuestos regados, algún adolescente jugando con una cabeza cercenada, cuerpos cabizbajos en procesión  hacia la horca, retardo y humillación, esclavismo sin compasión, y un largo etcétera sin restricciones, pero careciendo de sobreexplotaciones inútiles o efectistas, aunque en donde todo parece permitido, y esa sensación es la que perdura, en una película tan dura, violenta e implacable. El entender de un rumbo donde es tan difícil ser Dios, y no como algunos dicen, que éste no aboga por el planeta. Y es que Don Rumata vibrará, pero todo será en vano, en una desesperanza, “monotonía”, que bien nos hace valorar que Arkanar sea solo un limbo imaginario, distópico y enfermizo, una aventura al submundo del medievo radical, a las formas más brutales, y en medio de lo que se puede creer que existe y no es vida. El caos máximo. El apocalipsis. 

Asu Mare 2

Película peruana que tiene el antecedente de que la primera es la más taquillera de la historia de nuestro cine, y hay que decir que por lo que se ve en el ambiente y la tanta publicidad va camino a reventar la taquilla de nuevo, o acercarse. Donde pude visionarla, estaba repleto de gente en un lugar amplio, y no paraban de reír a cada rato en la sala, hasta con lo más mínimo. Pero ¿con qué se reían? Con una sarta de chistes mayormente vulgares, sumamente directos, con hartas lisuras, y otros en doble sentido e igual de ordinarios, que remiten a lo peor que tenemos en la jerga, en lo llano o coloquial y en el lenguaje de la calle, ya que el barrio que remite Cachín es uno de los más bajos que uno puede tener, una cara bastante pobre de nuestra idiosincrasia criolla (y esto supera clases), fuera de retoques y mezclas de humanismo, amistad, cierta nobleza y cariño que acompaña. Visto bien es el que no mira atenuantes en el trato soez y excesivamente campechano, y es que a Asu Mare 2 se le ha pasado la mano en su chabacanería; el barrio es el barrio, aunque muchos ni saben realmente de lo que se trata porque solo ven el aspecto más superficial, expropiado, llevadero y simpático, pura nomenclatura, viendo que el que nos invoca ahora es  repudiable, aunque se pinte de broma y se esconda en la calidez del compañerismo más leal que vive alegrías en el quehacer común de beber en grupo, jugar al fútbol, hacerse bromas y compartir todo momento de recreación y de preocupación, porque lo que significa, es aguantar cualquier cosa, cualquier desfachatez, incordio y vergüenza dibujado de patota, tontees y confianza. Tampoco es que Cachín esté loco, y rechace a los amigos por gusto, fuera del efectismo y del estereotipo más facilista al que recurre como formato la película, el personaje de Cachín sabe que lo pueden dejar bastante mal parado, que el comportamiento de sus amigos puede ser muy burdo y sin límites de educación, pero claro, prima aceptarse, reconocer la amistad y de dónde venimos, aunque sea contener todo lo malo también de esa cultura de esquina, ese lado simpático que esconde lo lumpen, aunque suene algo extremo.

Me acuerdo de Relatos Salvajes (2014) que tenía momentos grotescos, de cierta catadura baja como defecar a vista del espectador en el parabrisas de un carro, pero al final en general estaban revestidas las viñetas de un formato que hacían a un buen punto distante y por encima a la realidad, la temática recurría al extremo, al cuento, casi a la parodia, siendo lo que veíamos mucho propio de una historia, habiendo trabajo estético y notoriamente ajustado a la ficción, al juego, dentro de una ligereza que implicaba noción de fantasía, de cine, mínima más no esquemática, y más desintoxicación por burla que sentido identificador, pero en cambio a Asu Mare 2 uno lo siente tan cercano, tan de a pie a uno, tan representativo, apelando a la empatía, a tocar la fibra emocional, al nacionalismo y a los sentimientos, pero a través de lo más resina, que lo que dejamos de ejemplo, o de diversión, es como un ataque a todo sentido real de civilización, promoviendo un criollismo que nos hace un país tan subdesarrollado, tan difícil de sobrellevar. Ya no es el pretexto de un día de furia para proponer violencia (recreativa) en la revancha, sino la aclimatación realista, de piel, contundente, a una desagradable e insoportable cara de nuestra peruanidad, de cómo movernos.

Todo bajo elementos que van haciendo “llevadero” ese comportamiento y vulgaridad, ahí bailan marinera, hacen nostalgia de los años 90, de las telenovelas, series y grupos musicales pop, de cierta ridiculez o huachafería como le decimos nosotros, de valores de compañerismo, de tener personalidad, de humildad, de romper con límites de clases. Y lo mejor de la propuesta, sacar siempre un as bajo la manga, alguna novedad, habiendo una historia mucho más nutrida, bastante la verdad, con respecto a la primera, si bien se toca en base a lo conocido, al recurso y a lo mecánico, a la fórmula de llegar a la gente con lo primario, apelando a una sensibilidad de método, es decir sumamente fácil, una que se nota desde lejos su intención, y que es poco productiva como narrativa, ya que Asu Mare 2 es sumamente elemental, aunque cuenta muchas cosas, hay muchos sketches, momentos, teniendo presente que supera a su antecesora, y uno espera la sorpresa, o los elementos de nuestra historia musical (más ñoña) como con Torbellino; o de televisión, con los mismos integrantes de Pataclaun (uno como profesor de inglés en vídeo, otra como una esnob crítica de arte sin reales nociones, y los demás como sus mismos personajes y de lugares más acomodados que el protagonista), con frases de la caja boba como la mítica “que empiece la juerga” en un cameo de Julián Legaspi, habiendo varios (el más notable con el taxista ininteligible y de mal aspecto en Pietro Sibille), infinidad de nuestros lugares comunes dispuestos a la broma, aunque hay momentos que son tan obvios, o tan artificiales para generar compatibilidad que uno por ratos se llena de lo anodino o nulo, como con la distinción económica de los padres de Emilia, luego bailarines populares olvidados de sus prejuicios, para cerrar con el lema todos somos iguales, no a las diferencias sociales, que es parte importante del conjunto, tanto como que Cachín acepte de donde viene y con quienes comparte allá en su distrito, Mirones, Cercado de Lima, una zona austera.  

Un elemento importante es la participación de Christian Meier, que se presta para todo, como un malvado que quiere quitarle a Carlos Alcántara a su futura mujer, y desenmascararlo como un pobretón y acomplejado, cosas que Cachín lógicamente llega a remontar. Meier se burla de su propia figura de galán y de la música melosa que hizo; su alabanza a sus canciones y que le pongan Carreteras mojadas a cada rato como estribillo ciertamente da risa, aunque un fuera mierda masivo sea tan penoso (creativamente) como desquite en el cierre a su colaboración. Meier hace algo exagerado, un cliché, pero lo interpreta realmente bien, que incluso uno esperaba que apareciera más en la película. Y con él Rodrigo Sánchez Patiño, que es un gran secundario, como el amigo fiel y chupamedias que dice la verdad y se queda fuera de lugar en la actitud que debe enarbolar como sujeto servil, al final es un tipo bueno, con un líder equivocado. Hacen una buena dupla de antagonistas. Después de Machín, estos son lo mejor del filme. Aunque Alcántara no hace nada excepcional, perdonándolo por el formato, y gracias a su naturalidad; solo hace comedia sin más, pero, bueno, entretenida a un punto. Mientras Emilia Drago es una chica muy simpática, de bonita figura, bella, y su carisma pega muy bien, aunque no sea tan exigente en su performance, o no genere algo elaborado, más allá de tener mucha participación. Pero es muy aceptable su interacción.

Asu Mare 2 es una mezcla de molestia, con muchas bromas patéticas, muchas secas pero sin inteligencia, en un guion que uno se pregunta quien lo ha escrito, porque recoge realmente al barrio, ese que fastidia y uno rechaza por no tener ninguna contención, al esperar de éste lo peor, aunque se nos pinte que también lo mejor, en una aceptación que vista bien a nadie con dos dedos de frente y sobre todo educación le haría gracia (y no por clasismo ni supina marginación que es como un pretexto del que todo tiene que aguantar); junto a ratos de “y ahora que viene”, que sacan momentos uno tras otros, que es como un cajón de sastre pero coherente a su estilo, y que ha dado todo en cuanto a su esquema, simple, pero atreviéndose a mucho, y yo diría que se han pasado, pero tampoco se le puede pedir peras al olmo, y qué se puede hacer si a la gente le gusta esto, o hay que tragarse mucha mierda para ver sentimientos, y entretenerse, y si es así pues cada quien recoja lo que busca, yo en lo personal puedo ser condescendiente por una parte, y ver algunos destellos, personajes, y ocurrencias, pero el conjunto no es el más óptimo, dejando mucho que desear como comedia, y sobre todo como ejemplo, si es que quieren este tipo de criollismo en sus hogares, y en mi valoración personal y bastante humilde, no es para entusiasmarse con el filme, aunque no le niego que tiene su ratos, y que hay disgusto con cierto gusto, pero a fin de cuentas reprueba a mi ver, aunque estoy convencido que cada pueblo tiene lo que espera, y en ello Asu Mare 2 ha dejado la camiseta en la cancha, el director Ricardo Maldonado, Tondero producciones, teniendo a muchos artistas nacionales involucrados, a los más sonaditos, carismáticos y llamativos, en una película “informal”, como lo es nuestra realidad. En lo que ya no es la historia de Cachín, ni la de su esposa, sino la de una idiosincrasia nacional, que en lo personal más que de diferencias, deberíamos hablar de evolución, si bien hay un cine al cual se le pide muy poco como sustancia. Más allá de apariencias banales, o de mandar al diablo la corrección para hacer algún producto masivo, pero menor como arte (si es que se le invoca de alguna manera, más allá de simplemente entretener a boca de jarro). 

jueves, 9 de abril de 2015

Tres D

El director de éste filme, el argentino Rosendo Ruíz, está presentando su tercera película en el festival de cine independiente de Buenos Aires 2015 (BAFICI), llamada Todo el tiempo del mundo, para lo que esperándola recordamos su segunda película, pero antes pongámonos en contexto con su ópera prima De Caravana (2010) que representa la película más emblemática del llamado nuevo cine cordobés, un pequeño movimiento de cine argentino. En dicha película se mira con aprecio lo popular y localista como con la imagen del cantante La Mona Jimenéz, mientras un joven bien, de clase social alta, y fotógrafo, se mete en muchos problemas tras ir a cubrir uno de sus masivos conciertos locales, siendo originario de Córdoba, y conoce a un grupo de gente de barrio diríamos, una chica sexy pero humilde llamada Sara; un tipo peligroso que trafica, Maxtor; y un travesti amigo de ambos, Penélope; como también al novio de Sara que es un matón de esquina y tiene su banda; entre ellos Juan tendrá más de un dolor de cabeza, pero también se enamorará y abrirá sus miras al mundo, conocerá como dice Maxtor a gente fuera del pomo, en una película pequeña, popular y bastante entretenida.

Abordando el tema principal, Tres D (2014) “cambia” de rumbo, es una pequeña película de cine arte, pero muy llevadera, que trata de ser amable, fácil de ver y entretener, siendo menos exigente que en donde está trabajando, pero con alma, un sentir de justificación, como nos dice uno de los tantos diálogos que tiene la propuesta, de qué debe ser/tener el cine; uno que nos atrae, nos describe e intelectualiza al respecto del festival al que se adscribe (el festival de cine independiente de Cosquín –FICIC, lugar en que se contextualiza el relato) y sobre la propia película, aunque tenga cierto aire a recurso con lo de trabajar sobre un evento cinéfilo, pero con una gran calidad, control, sustancia y desarrollo pleno, aparte de un afecto al cine que sobrepasa en logro a Los Ilusos (2013) por comparar con una película que tenía la misma disposición y tuvo acercamiento con el público más duro del séptimo arte, solo que Tres D consigue ser menos artificial, mucho más natural, más fluida y relajada, y sobre todo más cinéfila, con una entrevista a un viejo proyeccionista (que se entiende como cierta nostalgia o algo que se está yendo o más que seguramente se irá con lo digital ante la facilidad económica y de producción), críticos (Nicolás Prividera, Jorge García), directores de cine (Germán Scelso, Gustavo Fontán), un documentalista amateur y gente implicada con el 3er FICIC que van a ser abordados por el protagonista, Matías, y su asistente Micaela –Mica.

Matías y Mica tienen el trabajo de envolverse, dar a conocer al espectador, a los gestores y participantes (que llegan a interactuar hasta más allá de lo documental, como con la ironía que da una entrevistada que termina en ropa interior y en el cuarto con Matías tras lo que parece atracción de ella, y quizá una aventura), sacando de todos ellos que tienen las cosas muy claras con lo que debe ser el séptimo arte, y lo que hacen y aman de él, lo que promueven y con quienes buscan interrelacionarse, hablando de un espíritu que inquiere por transcendencia más que comercialidad, sin falsas exigencias (ya que también hay posturas convenidas en los festivales), en medio de la autenticidad, como bien representa el cine y la presencia llamativa de José Campusano, que no solo tiene un cine original y personal aunque imperfecto, sino da a entender tolerancia (cuando alguien directamente no gusta de su arte señalando violencia y malas actuaciones, que es algo que ha sido critica recurrente), y responde con seguridad sobre su obra, en medio de una fuerte presencia física dentro de un aire de suma tranquilidad, cuando se está exhibiendo Fango (2012), animándose a participar de la ficción del filme, ya que esta maneja cierto aire documental y otro como historia romántica (y de trabajo), una que rompe un poco con lo tradicional, se hace más lógica pero menos idealizada (por el cine industrial) como en aquella verdad y belleza de la que habla Campusano.

Una entrevista explica los vasos comunicantes entre ficción y documental, y como se pueden mezclar sin problemas, como hace Rosendo Ruíz. Del título hay que decir que es parte de la narrativa, y tiene su gracia y creatividad que anden por la calle con lentes 3D, de lo que parece una declaración de motivaciones en como se ve el cine a través de la realidad, y no del mercado o del puro entretenimiento, ya que la presente película divierte, pero también maneja un discurso bastante digno, cinéfilo, desmenuzando cada parte de su concepción formal, en un ejercicio de ilustración, con aire de frescura envuelto en el trato con el chico nice que es Matías, y la chica medio loca, infantil, con su skate y su trato de camarada más que de aspecto femenino, que luego pasa por sensual (hasta con mujeres) y más tarde por igual sofisticación que Matías. Junto a ellos está la muchacha del grupo folclórico que se presta al romance y al conflicto. En un filme sencillo, pero muy bien hecho, bajo una notable edición, observando como se complementan sus partes entre sí, haciendo una interactuación sin fisuras entre el FICIC y sus protagonistas de ficción (dos aventureros, como en aquel final de crédito cuando se tira dedo), en algo que termina siendo bastante simpático. 

lunes, 6 de abril de 2015

The Babadook

Ganadora del segundo lugar en el festival de Sitges 2014, película de terror y ópera prima de la australiana Jennifer Kent, que nos cuenta como una madre debe lidiar con su hijo pequeño problemático, que está obsesionado con los monstruos, para lo que fabrica armas rudimentarias, trampas y defensas contra ellos, pero que en realidad significa, alberga, un dolor y un rencor secreto de madre hacia hijo, una distancia/conflicto interior que el Babadook permite verlo y enfrentarlo, aunque el accionar e intención de éste luzca mortal, terrorífico, tan peligroso, en una enajenación fuera de sí, parecido a El resplandor (1980) donde algo se apodera de Jack Torrance teniendo antecedentes de alcoholismo y abuso familiar que anuncian el despertar de esa locura que le provee la invasión del lugar, y se convierte en un asesino desquiciado, como lo deja ver el cuento hallado en el hogar que implica a una bestia fantasmal llamada Babadook, en un llamado gutural, pero que más es una psicología, y una interiorización, una expurgación de nuestros demonios, a razón de que Amelia (Essie Davis) cuando iba a dar a luz sufrió un accidente en auto por el apuro, donde murió su amado esposo, culpando silenciosamente desde ahí a su hijo de esa pérdida que no logra superar en 7 años, como cuando dice el niño que no celebran su cumpleaños, y que poco a poco se va desentrañando en un trato que muta hacia la violencia más descarnada, enferma, como con el perro y el cuchillo en la mano, surgiendo primero un deterioro y alucinaciones premonitorias, uno que insufla el niño con su mala integración al colegio o con los propios familiares, viendo como hiere a uno ante la rabia, y es que todo gira en base a una determinante ausencia, como lo representa ese sótano donde un ente demoniaco pide le entreguen/castiguen al niño, y es la mentalidad oscurecida en la intimidad del corazón, que se proyecta y se desarrolla en lo paranormal, en dicha simbolización, en una sentencia de muerte, como recuerda aquel mítico redrum (asesinato en inglés escrito al revés).

En medio de ese contexto es interesante ver como el rostro de la actriz Essie Davis, que demuestra mucho talento para la ocasión (cuando el niño Noah Wiseman no lo hace mal, pero a veces lucen sobreactuadas sus rabietas, si bien sus ratos inteligentes se concretan muy bien), alberga todo ese sentir interno y el que vive alrededor, de corrupción, depresión (palabra clave para entender el germen desencadenante de locura), cansancio, abandono, envejecimiento prematuro, soledad, carencia de su sexualidad/sensualidad –como con el vibrador y la intromisión de los temores del hijo, un sentido de culpa también, habiendo un quiebre latente abrupto de mujer carnal a madre- y cierta pasividad al comienzo, frente a un niño que grita constantemente, es hiperactivo y causa tantas molestias producto de su fijación, una justificada, en un reflejo del trato que viene teniendo velado en pantalla, hasta desentrañarlo en la demencia que invoca el Babadook, siendo antes algo cotidiano, mínimo y disimulado, en esa madre que parece dócil y amorosa, pero que en realidad no perdona a su hijo por algo involuntario, y lo maltrata tras bambalinas, pero esa es la domesticación que buscan una vez que explota el dolor, teniendo que buscar manejar a ese monstruo, que llega a lo literal. En lo que tiene buenos efectos como con el adelanto de la noche al día que habla de pesadez y fatiga, o alguna visión fantasmal. 

The Babadook es una buena historia de terror que a muchos ha emocionado, que articula la lectura del sentir de la madre absorbida por la maternidad, incluso de ella sola, y como debe manejarse con la tensión y sus responsabilidades, exacerbadas para fabricar un buen susto. Y en ello hay que decir que el Babadook cumple a perfección, que siendo propio de un cuento infantil también hace de las suyas produciendo algo mucho más tenebroso, sin provocar hilaridad, sino es contundente, apreciando que lo llegaremos a ver, aunque en claros oscuros, como en cierto expresionismo, siempre entre las sombras, como digno de esas pesadillas que atormentan a Amelia desde el principio. 

domingo, 5 de abril de 2015

A Girl Walks Home Alone at Night

Ópera prima de Ana Lily Amirpour, inglesa de ascendencia persa, que convierte un paraje de Estados Unidos en alguna ciudad anónima iraní conocida como Bad City donde un vampiro con chador, rememorando el cine de Jim Jarmusch, su melomania musical, sus marginales, o nos remontamos directamente a su última obra Only Lovers Left Alive (2013), nos da la nota romántica, de una relación de las llamadas imposibles, en un blanco y negro seductor, muy indie, en que hay extravagancia (el “monstruo” danzando como una groupie en un cuarto lleno de posters de grupos musicales, o patinando en skate en plena noche al rato de atemorizar a un pequeño prometiendo castigarlo si no es un buen niño), comedia seca y su toque de ridiculez, en un filme muy femenino, aunque con una prostituta, un dealer usurero y matonesco, y un drogadicto lobo con piel de oveja auto-destructivo, un submundo, donde el héroe, si es que lo hay, ya que éste no hace nada espectacular, sino más bien es como un secundario a la mujer protagonista, aunque sea de rescate, Arash (Arash Marandi) solo quiere sobrevivir, andar por el mundo en su carro de onda, ayudar a su adicto abandonado padre, y poder enamorarse.

Estamos en el interior de un filme muy sencillo, pero simpático, donde un Drácula falso sometido a una juerga nocturna con drogas, ante el despiste de una bella hembra engreída que juega con todos, cobija/cuida de un verdadero vampiro y depredador, se enamora de ésta sin saber de su oscura identidad, en una aceptación que va contra la sentencia del mal, de la derrota, como puede ser la marginalidad, o el abismo general de éste pueblito maldito, debajo del instinto, de la que dice, soy mala, he hecho cosas terribles, y eso incluye un devastador ajuste de cuentas, dentro de una moral discutible pero libre de juicio al final que no sea uno que solo pasa por la mente del protagonista y nosotros debemos interpretar y completar, donde el mal se hace cargo de otras formas de corrupción, en la que parece una ciudad perdida (el anunciado spaghetti western), donde todo se mezcla sin haber ninguna pureza de alma, salvo la de Arash que puede convencer al mismo demonio, como con la ternura de hacer agujeros en la oreja de la forma más rústica, a través de una sensualidad rebelde.

A Girl Walks Home Alone at Night pretende que el mundo personal autoral se haga colectivo, sea confabulador e identificador y uno se sienta como un adolescente enamorándose en forma cool, siendo como la mayoría un fanático musical, saliendo a la discoteca, a la diversión juvenil, conociendo las drogas, siendo rara(o), equivocándose, hasta la llegada del motivo de reflexión y justificación, aquí es el príncipe anhelado y el sueño de estabilidad/felicidad en medio de tanta tragedia y rechazo, incluyendo a un punto el nuestro, provocado por un terror de los que parecen más un pretexto, una anécdota o un rasgo de originalidad y distinción que complejiza o esconde lo que en realidad es una lectura común.

El acechamiento vampírico no está trabajado para generar miedo, aunque tiene de suspenso y alguna sorpresa sangrienta en cuestión a un dedo, sino darle contexto o una máscara al producto, la novedad, en que lo que realmente se retrata es como una chica (Sheila Vand) se mete con un matón punk y es como la aventura afectiva errada, la que la contamina, o saca su peor cara, mientras Arash es como la redención, el camino, la esperanza, la salida, cuando el resto de la historia, lo que viene a continuación, es la madurez y la adultez que muchos achacan de menos pasional, lo que ya no importa ni veremos, sino el “y finalmente fueron felices”, ¿cómo?, aceptando lo peor, que bien dice aquello de que la unión enfrenta cualquier tormenta, como con aquella prostituta que es un espejo del matar del vampiro, en una cara pedestre, a la cual comprender y se castiguen a los malos hombres, y de ahí que exista una lógica de justificación. Lo que importa es el hombre probo, que salva a la damisela caída en desgracia, aunque esta sea una especie de monstruo, en una lectura distorsionada de lo tradicional, inocente y muy femenino en una moderna y “terrorífica” película.  

jueves, 2 de abril de 2015

Pasolini

Último filme hasta la fecha del director americano Abel Ferrara, cineasta independiente y uno de culto, ya que no suele acaparar tanto la atención, acotando que tiene cierto lugar de respeto dentro del cine arte actual, aunque su trabajo cinematográfico suele ser imperfecto tanto como atrevido, y polémico, pero claro. El mismo 2014 deja terminadas dos piezas de su autoría (también es co- guionista de sus obras), la primera Welcome to New York (2014) donde su Devereaux, interpretado por el enorme y mítico actor francés Gérard Depardieu que encarna perfectamente el deseo desmedido de tener cuanto pase por su mente, cogiéndolo sin atenuante/consciencia alguna de por medio, es el trasunto de Dominique Strauss-Kahn y un ruidoso affaire con él; un político francés que fue el director del Fondo Monetario Internacional, y del que se dice que tiene una apetencia desmedida por las mujeres y el sexo, que en el filme compensa con costosas prostitutas e íntimas fiestas orgiásticas en lujosos espacios de su privilegiado orden social, en una adicción y comportamiento omnipotente que lo llevan a forzar a una sencilla empleada de un prestigioso hotel de New York, y con ello cayó en un juicio escandaloso que empañó su prometedora carrera política, además de la imagen idealista de su juventud, como atendemos en aquel monólogo frente a unos representativos rascacielos, del capitalismo que lo consume arrebatado y ciego. En una contundente, descarnada, hasta lo literal, crítica, contra el obnubilarse y corromperse con el poder y el dinero. Volviéndose un animal depredador que poco o nada tiene que ver con el humanismo, incluso la cordura, y los valores enaltecedores del éxito. La segunda es la que nos compete, y nos retrata las horas finales de vida del famoso director italiano Pier Paolo Pasolini, un revolucionario del arte y de la lucha contra la violencia de su país, esa que intenta ser la hegemonía política nacional, como explica el propio Pasolini en su última entrevista, en que nos habla de una ambición desmedida que implica romper las reglas y todo límite; véase que justamente es lo que indica la anterior película de Ferrara.

Pasolini (2014) son especies de fragmentos, porque es lo que hace en éstas horas últimas (aunque con la ayuda de representar/ver un retazo de un escrito a publicarse donde se ve salvaje promiscuidad y homosexualidad, que indica autobiografía y cierto auto-desprecio por algunos actos o emociones encontradas; y el de un futuro guion/película), lo que se cuece en aquella actualidad, y puede dejar un poco confundido al espectador al no estar al tanto de la biografía del director italiano vista la brevedad y su lugar temporal en movimiento, pero se puede entender –y esa parece la mayor intención- como la esencia de un hombre, su ideología de vida, sus características y cotidianidad descriptiva, que versa sobre el ideal y una dosis de poética, tanto como de cierto realismo, en su intensa inclinación sexual y en la criminalidad de su defunción que puede leerse como la radiografía de un país en su forma política y social, transversal a la simpleza de los acontecimientos fúnebres.

En ella vemos como prepara una nueva película, desmedida a un punto pero con su cuota de filosofía existencial, cuando está apunto de exhibirse la incendiaria, polémica y difícil de aguantar Saló o los 120 días de Sodoma (1975). El protagonista lo representa un viejo, tierno y liberal (relajado) a partes iguales, Ninetto Davoli, que fue actor recurrente de Pasolini, y amigo cercano como vemos en la actuación de Riccardo Scamarcio que lo interpreta en el filme.

El Pier Paolo Pasolini de Abel Ferrara en la piel de un siempre comprometido y todo terreno Willem Dafoe –tiene que dar la impresión de hacer sexo oral gay en un carro; tanto como logra dar una sensibilidad, un aire de meditación e interiorización, o humanidad cuando sencillamente juega al fútbol en un espacio rustico y cálido- es un hombre común, del pueblo, de espíritu humilde, a su vez alguien inteligente, que sabe quién es perfectamente, aunque guarda momentos de lucha emocional; vive con fuerza, está metido en mil asuntos profesionales y es un sujeto polifacético al que la definición del pasaporte (escritor) le queda corta, pero se da el tiempo para “simplemente” andar con amigos (algunos extravagantes como el rol que hace la actriz portuguesa Maria de Medeiros), o con su madre, con quienes comparte el arte; e ir a comer a pequeños restaurantes donde lo saludan como a uno de la familia, le llaman con cariño; tanto como recoger a algún muchacho hambriento puto, y dejar volar la leyenda hasta el final de sus días. En quien puede ser muy controversial ya que todo lo que toca tiene cierta connotación sexual, tanto como social y política, en lo que también se exhibe su autenticidad en sacar tanto lo excesivo como lo íntimo a la luz.

Pasolini de Ferrara es como flotar sobre un recuerdo, sentirse empático por quien evoca, un director admirado y querido, en un trabajo más arduo de ver a la costumbre, aunque yace argumentalmente sencillo o mínimo, o por eso, en lo que parece evanescente, gaseoso, siendo destellos, instantes, una entrevista determinante y profética, o deambular “intrascendente”, si bien se pueden conjugar posturas, como con aquel poeta hablador que menciona un diálogo, en que se humaniza por una parte al mito, hasta vislumbrar reproche, un cierto salvajismo del que casi nadie sale indemne por la época y el lugar, una razón por la que luchar, en un estado de cierta contradicción. Dentro de una búsqueda de cambio interno y nacional, en medio de una resolución que la tragedia no le dejo. 

viernes, 27 de marzo de 2015

The Tribe (Plemya)

Gran ganadora de la semana de la crítica, festival de Cannes 2014, en una ópera prima que impacta (si es que vemos al planeta de forma humanista, y no como una selva de cemento), del ucraniano Miroslav Slaboshpitsky, una película plagada de seca violencia, en una atmósfera que logra la sensación de constante brutalidad y salvajismo, en un quehacer bastante rudo, primario si se quiere, en donde no hay palabras ni subtítulos, solo lenguaje de señas en un instituto especial al uso, estando en el mundo de los sordos, pero desde la imaginación/conjunción personal; donde el sonido reinante del filme es mínimo, casi inexistente y reemplazable en la que es la primera película que lo lleva tan lejos; solo yacen pequeños ruidos como señal de existencia exógena al universo silente que administra en todo realismo la presente propuesta.

Se trata de una ambientación muy particular, no solo por el silencio, sino -y yo diría que más- porque interactúa con las formas de la corrupción y sus negocios, haciendo énfasis en la subyugación "inherente" de la masa/pueblo hacia un deplorable orden social, como en una distopía contemporánea, y la voluntad tanto como el adoctrinamiento férreo de una realidad, viniendo rápidamente a la mente Nineteen Eighty-Four (1984), que se transporta en un sentir y leitmotiv elíptico, uno que bien lo representó a su modo la documentación de la revolución de la plaza de Kiev en Maidan (2014), de Sergei Loznitsa, en que se cantan himnos, arengas y se encienden velas en lo que al inicio parece una verbena y luego una lucha campal de natural aire caótico; en lo que ahora se aplica como metáfora y mundo de ficción, el no escuchar, e implicar la sugerente fuerza de la expresión de las manos (los actos) exhibidos literalmente en medio de intensidad comunicativa.

El filme vuelve a una actuación inicial, como seres humanos (en una especie de cine alternativo de comienzos), en donde una congregación escolar que parece una salvaje tribu prostituye a sus compañeras, bajo su consentimiento, con camioneros, de manera cotidiana/repetitiva, a su vez pelean entre ellos como jugando (en una vistosa coreografía que implica intentar también entretener, compensando el exigirle al espectador el molestarse en no poder entenderlo todo) o ejercen tratos con maestros por los mismos cuerpos femeninos mezclados con ratos casuales de alcohol e intercambios/reflejos como con las visas (de lo que muy bien ejemplifica que el martillo del taller de carpintería se use como arma luego), mientras esto genera quedar atrapado en una red de corrupción general, en esta sociedad dentro de lo primitivo, como pasa en el enamoramiento novelesco pero sin ningún atisbo de romanticismo (incluso la recurrente sexualidad luce fría, mecánica en todo momento, y desoladora en todas sus consecuencias), de un soldado de uno de los objetos domésticados, en que el mismo lenguaje, el de la violencia parece ser la única salida, dejando un aura de pesimismo para con la humanidad, aunque no de pasividad, recurriendo de la misma manera a la intransigencia y el fanatismo, donde se reúsa a toda civilización, viendo que la intelectualidad no existe, como en un espacio donde el mal y el bien no tienen división, y héroes y canallas son indistinguibles.

Estamos ante el recurso de la barbarie, en todo sentido, como crítica directa sobre un estado de las cosas, apelando a la notoriedad del lenguaje de las señas como rasgo de personalidad, de cierta proeza creativa, en un mensaje muy categórico, hacia lo salvaje, autoritario e inmoral, enfrentado por las emociones, en que una cabeza obsesionada actúa al mismo nivel de un espejo, inconsciente, ciega, humillada y desbordadamente (tras el celo perdido), lo cual es más que desconcertante, desesperanzador.  

Volver a lo cavernario, despojando al ser humano del embellecimiento interior (clave del filme, algo que no se puede perder, sino queremos horrorizarnos de nuestros actos y defensas), para mostrar un espacio donde solo queda temer de la brutalidad, o reaccionar como un animal, queriendo secuestrar a la hembra en su naturaleza promiscua (a la que se le suma el materialismo), defendiéndose de la supuesta manada, como una fiera que pelea por el territorio, el posible liderazgo de este submundo donde la vida vale tan poco. 

lunes, 23 de marzo de 2015

Historia de mi muerte (Història de la meva mort)

El que conoce cómo es el cine del catalán Albert Serra sabe a qué atenerse, el que no, debe adaptarse a que la lentitud y el que no pase casi nada en sus retratos son sus fuentes de expresión, dándole un aspecto muy cotidiano a personajes míticos, y hasta extravagantes, como con el Don Quijote y el Sancho Panza de Honor de cavalleria (2006), en que caballero y escudero deambulan campantes por praderas y bosques, no tanto como un loco y su fiel seguidor sino como unos seres más bien simples pero ecuánimes, aventurados sin tiempo en recorrer mundo, pensativos, devotos, ensimismado el Quijote en la pronta muerte, pero alegre de creer en Dios y en la belleza del planeta a su disposición, bañándose ambos en lagunas, colocándose laureles en la cabeza, paseando, cortando césped, contando sus historias, topándose con el pueblo y yendo despreocupados hacia la eternidad, en días y noches que se van como en un remanso de paz en medio de la bondad y la fe, pero de la que conoce su contrario, en un quehacer luminoso, como el que representa el Casanova de Historia de mi muerte, pero con mayores matices (fuera de que el Quijote juega con la potencia intrínseca de su locura y sus tantas aventuras al servicio de la elipsis), sumido en el hedonismo más abierto como le antecede su biografía, en la ordinariez, al igual que en la filosofía, en el éxtasis de orden extremo, como se asume en aquel choque violento contra una ventana al son de su gran apetito carnal, uno que trasciende lo sexual y lo define en todo lo que conforman los placeres de la vida; o el defecar sufriendo tanto como más tarde gozando de esos menesteres escatológicos hasta reír como un poseso, para olvidar y volver inmediatamente a las andanzas como el niño inconsciente que es, desmemoriado, libertino, libre.

El filme presenta más de una cara, apreciando que el escenificado simbolismo Freudiano de los excrementos -que incluso llegan a verse- es solo el preámbulo grotesco de un contraste mayor y más complejo, plasmado en una potente atmósfera de terror y velado dolor interno, en el Conde Drácula, que llega con la oscuridad a poner el otro lado del mundo, como en aquel mensaje de la civilización que expresaba el Quijote, si bien aquí no hay castigo, más allá de la tortura psicológica, ya que puede que el vampiro sea la consciencia de una pesadilla, muy bien ejemplificada cuando el cuerpo de Casanova yace tendido en el cierre, escudriñado por el escondido Conde, que suele llegar por detrás siguiéndole los pasos al famoso seductor, sembrando ambivalencia, en dos aparentes seres opuestos, pero que en realidad tienen mucho en común, solo que Albert Serra marca una ideología en cada personaje o estado (recurriendo como acostumbra a que el espectador complete la figura), teniendo uno no solo de cruel, en buena parte de inevitable y quizá de necesario, sino de ser sensual a través de la noche, el misterio y la sangre, y el otro de cierto (auto)rechazo a fin de cuentas, en su felicidad lujuriosa y alevosa. Siendo seres intensos más que trascendentes.

El retrato de Drácula es atmosféricamente más potente que el de su coprotagonista de relato, como en aquel resto de carne que invoca momentos de horror, viéndose más unidimensional en aquellos gritos de aparente sinrazón, teniendo un claro rapto hacia las tinieblas, ya que es el abismo en sí, mientras Casanova es un ser político, privilegiado a un punto, pero a su vez tan humano, vulgar e impredecible, de lo que tienen semejanzas reprobatorias; como en un trasunto de quienes juegan a ser el día y la noche, que llegamos a ver por un lado con la presencia de la luna o el veraneo con doncellas y banquetes, en una unidad en plena lucha silenciosa. Caminando engañosamente separados, pero aguzando el ojo vemos que están más cerca de lo que aparenta la historia lineal, o el esquivarse.

En las características de éste director estriba muy bien su humanización, que llega al exceso de la arbitrariedad y generalidad, dando prioridad a exhibir la esencia, si bien los roles también lucen su cuota de credibilidad física. Siendo esto un pilar importante en el cine de Albert Serra. Recordando que en El cant dels ocells (2008) se notan mucho más las distancias en la falta de grandezas fisonómicas; María no implica ninguna iluminación, belleza, ni cuidado especial, simplemente pierde el tiempo, con un carnerito, mientras José está como desperdigado, aparece escasamente, está entre profundo y pasmado, para lo que el director recurre solo a la aparición de un ángel observador como único nexo de divinidad. Por otra parte hay que hacer notar que los diálogos son más nutridos en Historia de mi muerte, pero suelen ser intrascendentes aun así, tanto como anteriormente hay pocas palabras aunque puntuales, siendo por un lado auto-descriptivas biográficamente, en lo que es un mayor soporte en cuanto al origen legendario, que como se ven y qué hacen. El cant dels ocells arguye una postura/estilo realista en mostrar una pesada y cansada caminata por la arena, de los tres reyes magos en busca del recién nacido Jesús, en que vemos las vivencias más pedestres, hasta ridículas, cojamos de muestra aquella en que el más gordo benefactor echa a rodar absurdamente al estar al parecer agotado. En quienes son simples hombres haciendo cosas intrascendentes en contrapunto con una  mítica que se da por conocida, en que Serra exhibe lo más mínimo y común pegado al cine arte más radical, "fastidioso" y exigente, enseñándolos nadando, comiendo, peleando, descansando, intercambiando pareceres, luciendo bastante primarios, detrás de aquel viaje excepcional del que luego alguno reniega y llama el único/último, en boca de aquel actor fetiche del director, Lluís Serrat, que despliega ternura, antipatía y simplicidad, dependiendo la necesidad de cada filme, la de un espectador excepcional dentro del ecran.

Albert Serra implica un tipo de naturalidad en su cine, que en Història de la meva mort, leopardo de oro del festival de Locarno 2013, crece, se vuelve más ardua argumentalmente, pero recurriendo a todas sus señas pasadas. Auscultando con él nuestra humanidad, al hombre de a pie, pero desde los concebidos seres excepcionales, por históricos, bíblicos o literarios, que dejan por un momento la glorificación y caminan a nuestra lado, como si nadie fuera más importante que otro, y todos fueran el mismo ser, irreductible a fin de cuentas, pero uno que padece de lo ordinario, goza de los detalles, ama o rehúye, ríe desmesuradamente, come con fruición, es a ratos inexpresivo o muy abierto, es misterioso, inexplicable, infantil, absurdo, y otras veces reflexivo y visionario, tantas cosas, en un andar colectivo, de lo que sencillamente vive, racional, romántica y pecaminosamente.

Poseídas

Hay como una pequeña movida en el cine nacional dentro de lo comercial, con las películas de terror, a razón de Cementerio general (2013) que es una de las películas más taquilleras de nuestro séptimo arte y desde luego la primera en recaudaciones en su género; habiendo pasado por la cartelera La cara del diablo (2014), de Frank Pérez Garland; del interior habiendo un background regional llegó a salas El Demonio de los Andes (2014), de Palito Ortega; Secreto Matusita (2014), de Fabián Vasteri; La entidad (2015), de Eduardo Schuldt; y ahora llega Poseídas (2015), de Sandro Ventura, su quinto filme.

Estamos ante una película que no está recaudando mucho en taquilla, y que parece exhibir un cierto agotamiento del público, de cara a la falta de novedad formal de la propuesta, notando que estamos observando una obra de aspecto muy peruano, en el sentido de muy casero, si bien no es que sea demasiado precario a lo llamado indie nacional, sino es lo que implica su concepto, más allá de lo literal, su alcance artístico. Se trata de cuatro jovencitas guapas, y un muchacho seductor, integrados por actores de televisión y modelos ocasionales, que tras un trabajo universitario de uno de sus integrantes deciden experimentar con la sugestión, como ellos mismos suelen decir de su proyecto, y pasan la noche en una casa embrujada, idea que juega con lo universal, siendo lo de siempre, sin salirse de sus estrictas coordenadas, en el que tenemos también nuestro granito de arena en alguna leyenda. Aunque parezca que Ventura pretende crear un nuevo cuento en un monje perverso, una secta, alguna frase ininteligible de oscurantismo y las posesiones del título. Haciendo uso de hasta cuatro líneas narrativas, una en un estudio de tv en que se desarrolla una pequeña crítica al periodismo sensacionalista, el que hace show del sufrimiento, en donde predomina el rating por sobre la ética; otra en la búsqueda de información que vender, por un asistente metido en la casa maldita con la ayuda de un policía miedoso en el actor Roger del Águila; una tercera en la de la familia de una de las victimas/monstruos; y por último la base de todo el conjunto, en el  proyecto mismo.

Como se aprecia, es elogiable que haya cierta complejidad estructural, sin embargo no se provee de buena sustancia con dicho ingenio ni los sustos llegan a ser contundentes o solventes, no todo es malo al respecto, es cierto, pero no logra contener una obra de gran valor en el género, quedando en algo muy pobre en general, donde se intenta mucho asustar pero se repite mil veces el mismo método en los distintos escenarios, hasta el risible del final que parece sketch de programa cómico.

Y ¿cuál es la fórmula?, echar a gritar a cada rato como unos locos moviéndose por los recovecos de la casa en idas y venidas, cambios de humor, relajos y tensiones, ir tras alguien y separarse, sin escapar, ya enterados del asunto a la instancia de algún pretexto ocasional, el más fácil y directo que uno los tenga aprisionados con la llave teniendo intenciones sin tino de no ver en medio del temor, como atrapados en cuatro míseras paredes. En donde a la par se instaura la falsa alarma, el susto de engaño, en una de verdad y otra de mentira, nuevamente haciendo gala de un recurso “ilimitado”. Estos dos son como las herramientas principales. Gritar, y falsear.

Existen sus momentos salvables, como el único rato de supuesto gore, habiendo mucha oscuridad (otro punto en contra a un punto, aparte de lo bueno de conseguir una atmósfera tenebrosa, fastidia la mala visibilidad, de lo que no se identifican a los protagonistas muchas veces, aunque uno los pueda ver como carne en el asador) y el efecto es muy rápido, aun teniendo presente derivaciones y usos, como que cree un escenario que indique algo potente como suceso, más que se sienta como tal en toda fuerza. Y para mí el mejor rato de horror en cuanto a manera de El Exorcista (1973) es cuando arrojan a alguien por la ventana y ríe el homicida sin control, en que uno siente maldad con cierto aire inocente que solo aquí se atrapa plenamente, viendo que hay otros intentos pero caen en el ridículo, habiendo también sobre todo el quehacer de cariz siniestro, y yo creo que si se intensificaba el aspecto del cuarto rojo en lo lujurioso ganaba mucho más el filme. Todo se mezcla con paganismo pero bajo demasiada brevedad explicativa, poca sostenibilidad, recurriendo solo a lo básico, y visto. Tanta redundancia, indecisión y andar on/off, si bien la trama estaba cohesionada, hacen que uno sienta que en efecto el filme se hace eterno, muy largo, y que debió cortar mucho antes, tanto como que economizando, proyectando más intensidad y distribuyendo hubiera sido un mejor producto, aunque no se puede negar que de raíz la propuesta está huérfana de creatividad argumental, desaprovechando la audacia de cierta narrativa. En un filme que divierte algo, pero termina agotando, más allá de su identidad.

viernes, 20 de marzo de 2015

The Iron Ministry

Documental que estuvo en la competencia por el máximo galardón, el leopardo de oro, del festival de Locarno 2014, película del americano J.P. Sniadecki, que suele trabajar en China, como en ésta oportunidad que grabó durante tres años su red ferroviaria, que pronto como se suele decir será la más grande del mundo. A través de una cámara que se mueve con la lentitud, aunque no del todo agobiante, propia del cine arte o experimental que se adscribe y bien recoge uno de los festivales más grandes y atrevidos del mundo. Creando una visión general sobre una sociología de los habitantes chinos, divididos a pesar del gobierno comunista en clases sociales, como se ve en aquel sector de cierto privilegio que un seguridad del tren no permite grabar mientras aquellos como inmersos en un restaurante chino observan con mirada atónita y curiosa, a ese americano “intruso” que pone su ávida cámara frente a ellos, de lo que queda una acción que deja en claro el poder de una posición medio oculta hacia los de afuera, los extranjeros, ya que el pueblo la “conoce”, en contraste con aquella que si le es permitido filmar, en la clase pobre, común o mayoritaria, viendo cómo duermen en pequeños espacios o pasadizos, fuman tranquila y constantemente asumiendo el cliché, se aglutinan en familias o entre amigos, en medio de la bulla y el ajetreo típico del pueblo, viendo cómo compran golosinas, fideos o agua en medio de la queja del alto precio de la particularidad del viaje, o escuchan música, hacen bromas –habiendo una atrevida e inaudita de un niño que se explaya con sencilla locuaz verbosidad, ingenio y agilidad mental, tanto que uno diría que muchos sci-fi políticos del tipo Elyzium (2013) o Snowpiercer (2013) podrían sentir envidia de su imaginación- o conversan entre sí.

De la red ferroviaria se expresa que ha mejorado notablemente, como además la pantalla nos permite apreciar tranquilidad y hasta goce ordinario de los pasajeros, siendo un filme de apertura mutua, y es que el retrato es muy pacifico, alturado y en realidad nada conflictivo, aunque tenga cierta pequeña revelación en cuanto a temas que atañen al país en cuestión y a los demás, viendo su potencial como nación, pensándolo y describiéndolo en tono amical. Dice un empleado contento con mayores atenciones hacia ellos que los dueños, el estado, de la red, piensan más en la gente, la que antes solía quejarse y pelear mucho con los trabajadores, en un lugar que bien se define en que el hierro comparte con la carne, incluso hasta llevarlo al asunto más explícito de una cámara que analiza también los elementos de este dragón de metal como menciona otro interesante diálogo sobre el folclore y la videncia de los tibetanos, en una especie de metáfora de la artificialidad cíborg y la tecnología del progreso y del futuro, en cómo la modernidad (misma promesa optimista) o equitativa alcanza a todos, en una utopía que se humaniza hasta volverse por una parte realidad.

Otro diálogo, uno de los tres más trascendentales de la propuesta, pone en la palestra otro lado del orden político, donde se quejan amablemente hasta con sana ironía, en medio de  la camaradería, de la desigualdad y la falta de oportunidad, ejemplificada en adquirir una casa, aunque es fácil rentar (conformarse), en cómo les es tan difícil a la gente de a pie conseguir contentar a la suegra con el anhelo material, y como si no hay salida lo que queda es emigrar dice uno de los interlocutores, ya que como bien expresa el título tampoco se puede negar que están frente a un ministerio de hierro,  en gran medida una verticalidad en cuanto a hacer escuchar la voz o tener chance de enfrentarse al gobierno, aunque hay un balance en la misma labor en sí y seguramente disposición de J.P. Sniadecki en dejar abierta alguna esperanza, observando como La República Popular China se va abriendo al mundo, y hacia mayor libertad de su población y frente al resto de países que puedo creer que no lo ven como una amenaza, donde el ciudadano puede opinar o criticar aunque en verdad se sienta que se trata de un acto tan pequeño, al final revertido de indiferencia, superficialidad y sea inocuo, como desnuda transversalmente aquel compañero chino que no habla sino solo mira a través de la ventana cuando los amigos se entusiasman en opinar, simbolizando el temperamento y alcance de los actos discutidos, y del filme mismo, aunque no descartamos que la amabilidad también pueda abrir muchas puertas.

En el documental hay espacio para sentirse orgulloso, porque como bien dice otro diálogo y tercer puntal hablado con el propio cineasta (toda la obra lo hace en mandarín), el estado tiene virtudes, como que cuida de la minoría étnica, viéndose el caso específico de unos musulmanes abiertos a la autocrítica y cierta condescendencia ajena, viniendo a la conversación que esta integración y cuidado era el pensamiento del máximo líder Mao Zedong, con lo que se puede ver que el filme guarda respeto hacia la concepción actual de China. Y esa es la propuesta entre manos, pequeña, al alcance de muchos en su realización, pero no por ello menos decente, sino saludablemente competente desde “pocas” pretensiones, de cara a una convicción que le antecede como arte minoritario que solo queda aplaudir, frente al logro de su potente iniciativa.