Una bitácora dedicada al arte con énfasis en el cine.

sábado, 18 de mayo de 2013

Jarjacha

Lo que vemos en pantalla debe hacernos amar el cine, entendiendo que debe haber una verdad aparte de una dedicación perfeccionista y pasional, la del cineasta, aunque no sea del agrado de muchos, la honestidad es primordial, pero si el filme está plagado de defectos e ineptitud eso solo puede respaldarlo alguien que no valore el séptimo arte, y más si es el suyo. Ya no hablo de entretenimiento, sino de que contenga una factura decente. La presente es muy precaria, con actuaciones muy amateur y con bastantes fallas. El cine regional debe existir pero lo que ofrece la presente debe mirar hacia concebirse como una mejor proyección, necesita de una mejoría (sabemos que se puede), buscar reforzar su base visual, sobre todo su forma (que sí tiene ideas), considerándose actualmente una especie de comienzo más que un trabajo último, ya que requiere de mayor técnica, una historia más limpia y mejores actores, y es que si los interpretes conocidos del medio muchos de ellos no llegan a exhibir demasiado talento, esta especie de neorrealismo italiano a la peruana deja en buena parte que desear. Nuestro deseo de promover distintas expresiones nacionales de cine y la iniciativa regional no debe confundirse con mirar hacia otro lado o escribir algo irreal. Sino de crítica abierta y constructiva en tanto sus virtudes como sus deficiencias.

La presente sin quererlo en parte incomoda, fastidia, te hace sentir un poco mal, es muy irregular tirando para abajo, sin embargo tiene ratos salvables y su trama ostenta cierta originalidad. La sexta película del director peruano de origen ayacuchano Palito Ortega Matute realizada el año 2002 y que ostenta una continuación el año siguiente nos presenta un relato sobre un mito andino. Entregándonos una película de terror. Hay varias en la región por lo que el género es popular en todo sentido. Cementerio general que se autodenomina como la primera del terror nacional y que está próxima a estrenarse, seguramente se erige de esa manera por poseer mayor calidad y ser promocionada en los cines comerciales en todo el Perú. Sin embargo Jarjacha es su principal antecesora ya que ha ganado notoriedad respaldando lo autóctono desde una mirada afable y supuestamente divertida. Por algo el terror siempre ha acompañado a los amantes del cine, su capacidad de llegada suele ser indiscutible, y aunque apunta a ser un género desenfadado y poco trascendental, incluso visualmente simple, no nos alcanza a perdonarle a la presente todos sus fallos. 

No obstante seamos un poco indulgentes, y busquemos aspectos favorables, algo que efectivamente podemos alabar es la historia y las ideas detrás, como se han desplegado los acontecimientos. Jarjacha en manos más hábiles y mejor presupuesto sería algo bastante más atractivo, pero seamos justos, también eso se debe a su director. Una característica creativa es que el demonio de los andes aparece recién a media película, antes es una aclimatación a lo rural desde tres estudiantes de antropología que viajan a un pueblito en la Sierra y encuentran un lugar hostil, oscuro y esquivo. El paisaje refleja a la población, hay un halo de salvajismo, de emotividad e instinto, que hacen de subtexto para reforzar la imagen del Jarjacha, monstruo curioso que tiene de los mitos del terror, de los zombies y del hombre lobo, aparte de monje enloquecido, come cerebros humanos tras escupir sangre e inmovilizar a su víctima y se transforma en llama en la copula incestuosa que genera su naturaleza asesina. El personaje posee leyenda propia y personalidad aun siendo algo redundante en un cúmulo de aspectos conocidos en el terror, y es que se nutre mucho del entorno andino, genera su personal transformación a nuestra idiosincrasia sin que se desvirtúe su carácter general y asimilable por cualquier espectador.

La figura esencial increíblemente dada nuestra proclividad general a la sencillez argumental a la que se adscribe tiene -aun así- mucho potencial. Pareciera que no, pero sí que la tiene, y por ende el relato ya contiene una parte ganada, pero vemos que no queda solo en eso y hay más ingenio ya que el Jarjacha demora en aparecer mientras se van creando antecedentes que parecen independientes pero terminan sumando, generando expectativa, formando una atmósfera y solidificando a los personajes y a la comunidad. Y de esta forma, hay  datos que juegan sueltos y a la vez suman al conjunto. También hacemos la salvedad o mejor dicho cierta enmienda que no todo lo técnico es malo, hay una mixtura entre una cantidad de tomas muy profesionales y otras poco apetecibles. Sin embargo en ese aspecto termina dominando  en la película la sencillez a menos.

Todo lo malo de alguna forma tiene algo que la rescata un poco, porque se siente que tiene alma el producto, y no tratamos con un cliché, ni con la ceguera de la condescendencia, sino con la llana y pura honestidad de una subjetividad.  Se da el caso de que ese neorrealismo del que hablamos termina generando una aura de llaneza que nos hace asumir una esencia contextual propia de la historia que se nos cuenta, como dé lugar perdido en el limbo, atrasado y primitivo pero atemporal, capaz de albergar una bestia demoniaca de carne y hueso. Si amas el cine B, si tienes esa predisposición sentimental no puedes evitar cierta confabulación, y es que además un síntoma malsano termina masoquistamente atrayéndote a cierto grado, como lo de la revelación del padre incestuoso atado desnudo vomitando y sangrando tras el apedreamiento del pueblo reunido (la mejor escena de la película, aun en toda esa clara imperfección y suciedad). Se trata de realismo en cuanto a lo fantástico que se nos narra, hay algo decente en todo ello, se logra crear un contexto solvente.

Lo sexual está pero hay que resaltar que hay buena mano al respecto, rehúye el sensacionalismo o la explotación del tema aun siendo parte de la leyenda; lo maneja con mayor sutileza de la que muchos hubieran optado, pero con ello gana muchos puntos. Muy provocativa la delicada escena del vecino mirándole las piernas a una campesina.

Otra mención importante para quien escribe es la de la autoridad, no nos parece gratuita su intervención sin que sea algo obvio de manipular sino juega de simbolismo sobre la ruptura de los hechos y la realidad, un reflejo de que todo es más inverosímil de lo que realmente parece, que se puede permitir algo tan espectacular. Un guiño  a una solvencia que si posee. Y es que hasta el final del metraje nos movemos en los confines del Jarjacha, creyéndonos lo que no existe más que en la imaginación y el agradecido temor del entretenimiento.

Bonus track

La maldición de los Jarjachas (2003), la segunda parte exalta más la comedia, lo que debilita la trama, y no resulta atrapante como finalmente tiene en sí la primera, aunque ostenta algo (menos) de la anterior en su vocación de cuenta cuentos con esos dos comunes jóvenes cazadores de demonios que viajan entre comunidades y que son perseguidos como terroristas por una turba que quiere matarlos (lástima que el personaje del padre se haga tan cargante), además de poseer en su forma sus mismos defectos; pero que también resulta novedoso  al cambiar los rasgos del demonio de los Andes y agregar otros retos como el de los condenados.

jueves, 16 de mayo de 2013

Tokio Blues


Uno de los escritores más populares del mundo es el nipón Haruki Murakami, un escritor del que sus obras se venden mucho en distinta variedad de lector, desde los más sencillos hasta los más exigentes, y  que siempre yace en las quinielas para el Premio Nobel. A su literatura le llaman -no siempre halagadoramente- literatura pop, porque se adapta a nuestra contemporaneidad y es toda frescura inserta en la realidad del común denominador. Pero es que Haruki es un apasionado de occidente y escribe en la presente haciendo muchas referencias a distintas culturales europeas y a la norteamericana, sazonándola con su propia nacionalidad ya que también toma referencias de su país como en los lugares, las clases sociales, los conflictos históricos o la comida.

Tokio Blues que en el original se llama Norwegian Wood escrito en japonés remite  a una canción de The Beatles, y eso lo dice todo, el autor demuestra un acercamiento a la problemática de los jóvenes occidentales, que valga cierto desconocimiento es mucho a su vez el del Japón actual inmerso en la globalización y su carácter de potencia mundial vinculada a las economías dominantes del planeta. Tokio, por ende Japón, una de las capitales más imponentes del mundo no solo es tradicional como la literatura de maestros últimos del siglo XX como Yukio Mishima, Ryunosuke Akutagawa o Kenzaburo Oe sino se le siente mucho más universal como manifiesta además la traducción al español, la de la melancolía y la dificultad existencial de un estilo musical que remite a la naturaleza y esencialidad de parte importante de la vida, el ser complicada la transición a la adultez, para lo que los personajes se nos representan en muchachos de entre 18 y 21 años en su evolución hacia mayores responsabilidades de orden personal, íntimo con el propio yo, humano emotivo y hacia los seres queridos que marcan nuestra memoria. Enfrentándose a madurar y a exigirse comprender que vivir es aceptar mucha desilusión pero al mismo tiempo una felicidad consciente, más despierta y realista.

Si uno lee esta obra se llevara una sorpresa (en mi caso así me he hallado en cierta medida, disculpen un halo de “escandalo” y recato de mi parte, que hasta pensé que leía un libro que no pertenecía al autor), o en buena parte no para muchos otros ya que la lectura sigue una occidentalización notoria en la que el escritor nipón se siente como pez en el agua no habiendo ningún complejo ni alguna autolimitación de origen para abordarlo con tanta soltura sino un acercamiento muy admirativo e identificado hacia una temática muy general y tocada en nuestros ámbitos culturales, un muy dominante aspecto sexual, el que Murakami toca con suma libertad, sin pelos en la lengua, masturbación, sexo oral, pornografía, sexo casual, liberalidad, promiscuidad, lesbianismo, sequedad vaginal o fantasías  son constantes en la trama y hasta específicamente sirven algunos temas de argumento trascendental en la historia, los jóvenes lo hablan y viven con naturalidad, en conjunto es parte primordial del libro, algo que envuelve sus páginas y de lo que se desprende la necesidad del sexo en el amor, hasta concebir el sufrimiento a raíz de su irrealización hacia límites que colindan con la exacerbación de la locura (a ese punto llega la dramatización y su vinculación con una temática esencial en el ser humano discutida con esa apertura que nace de las culturas europeas y norteamericanas), como también al revés, el de necesitar del amor para vivir en plenitud el sexo, el sentirse completo, aunque en la historia no sea algo tan exaltado sino que convive con lo antes mencionado, destacando que yace dentro del parámetro de una persona ordinaria, a fin a muchos.

La libertad sexual es un sentido vital en el relato, y un requerimiento que es, así simplemente, que destruye cierta hipocresía, mojigatería y “anormal” contención ya que somos seres que necesitamos de ello, está indiscutiblemente en nosotros, es intrínseco, y aunque no sea tampoco algo que implique nuestra subyugación o radicalidad a su vera si es indispensable su consolidación, es factor esencial en la existencia, y eso no quiere comunicar la trama. Lo que quizá enojó a Murakami en cuanto a su recepción, es decir que muchos vieron algo superficial y entretenido cuando quería también llevar un importante mensaje de reflexión.

La naturalidad es algo muy logrado en el libro, que se ha buscado en el desarrollo y vivencia de los personajes, logrando el autor salir exitoso, emergiendo sin convertiste en un argumentillo erótico, con el perdón de quienes les apasiona ese tipo de lecturas. Murakami ha hecho buena literatura aun redundando en temas sexuales y ese es un logro mayor aun siendo tan fácil de leer o es que esa es otra virtud dirán muchos, la claridad la hace una obra en la que se entiende su amplitud de llegada al público –aparte de ser un tema que engancha en nuestras sociedades y modo de vida anhelado e idealizado por la juventud y la efervescencia- resaltando que efectivamente ha sido con buena pluma ya que el receptor también ha sido del tipo arduo y meticuloso. Haruki ha sabido dosificar sensualidad, intimidad y corporalidad con una trama inteligente, atractiva, que versa en el sexo pero dándole mayor alcance en su problemática existencial, de ahí que la edad de los protagonistas sea tan definitoria e idónea, en el aprendizaje de una generación a la que llama a repensar el mundo desde la que es su naturaleza, y a adaptarse a un ámbito cultural (no es gratuita la contextualización de fines de los 60s).

El crecimiento es tema del libro, el perderse, subsistir o encaminarse en el mundo, de ahí la sombra perenne del suicidio, línea marcada de la simbolización del fracaso existencial, de la dificultad de encontrarse y ser feliz, palabra que puede ser boba para algunos autosuficientes muy duros pero que conscientemente hay que sopesar para seguir avanzando. Watanabe es un luchador que tropieza con dudas y enfrenta -como es normal- conflictos y retos, un ente fuerte en todo momento aun siendo  sensible y solo aparentemente frágil, sin embargo no es un romántico si bien es comprensible y tiene de cariñoso, porque puede ser tan pedestre como todos lo somos en circunstancias. Es el soporte del libro, a un punto lo razonable o el que sigue el camino natural de cualquier hombre, el ejemplo que quiere manejar Murakami. Por ello tiene la encrucijada de su libido, o la disyuntiva de elegir entre dos mujeres, o amarlas a su vez aunque eso sea obligadamente transitorio (el amor lógicamente no comparte pareja, es una posesión única y especial aparte de lo que estructura la sociedad aunque el autor permite ver al respecto  un anhelo “atípico” masculino pero que no es machista, las mujeres también piensan o se debaten en más de un hombre). Watanabe no es el único, también le pasa a Reiko, la mujer mayor que llama a ese tipo de lector y que es tan igual en sus necesidades y sufrimientos a los jóvenes aunque en otro contexto y tiempo (su última copula remite al todo y es más aceptable de lo que se da en primera instancia), ella pertenece a una sub-trama que repite rasgos de la historia central y aunque es una novedad como relato repite la línea de discurso o la anticipa en el conjunto, se fusiona y afirma el argumento.  Las dos mujeres de la vida de Watanabe, una se llama Naoko, la ex novia de años de su mejor amigo, de Kizuki, el recuerdo que reta a los protagonistas y que será cíclico. Naoko es una chica dulce y de poca resistencia, que tiene un problema físico que redunda en su psicología o que se amalgama con ella. Sufre de desequilibrio. Mientras Midori es la chica golpeada por la vida pero que ostenta temple y una descarnada sensualidad, una apertura que la muestra extrovertida, liberal y atrevida, pero que lleva bastante de juego y alegría, con una falta de solemnidad en ella donde se le achaca a alguna visión del sexo. Esto puede confundirse o ser chocante, porque negarlo, pero es el leit motiv de Murakami, en un mensaje seguro y que se repite pero en distintas formas interesantes y en buena medida originales para no cansar o verse fallido, escrito con ritmo, muy adictivo y fluido lo que apuesta por ser algo atrapante y entretenido.

La mirada es nostálgica, “increíblemente” el protagonista ve belleza en el pasado duro (aunque no desgraciado), que nunca lo es totalmente porque además somos seres optimistas, y es que siempre brilla el sol aun en largos tiempos de oscuridad estando matizado ese aspecto en la trama, y ese es un reflejo de nuestra esencia, recordemos que la historia empieza en la  rememoración de un Watanabe mayor lo que  a pesar de cierto pesimismo ya nos conmina a un triunfo, que irá mutando/regresando en el discurso hasta la inevitable duda, la recalcitrante pero a pesar de ello vencible pregunta de no saber dónde estamos parados, ya que luego avanzaremos de alguna forma, para bien o para mal, habrá decisiones, otro sentido del libro. Y Watanabe lo vislumbra aun ante su dificultad. Él ha dicho que se hará hombre y esa es la victoria que enarbola el mensaje último. Como la representación en el personaje de Nagasawa, el paradójico superyó de Murakami, libre, sofisticado, a un punto cruel ante su convicción y muy fuerte.

Libros, películas, música, Haruki se da culto y sencillo a partes, aunque sobre todo cercano al lector contemporáneo, a su atributo de literatura pop que se adapta perfectamente al siglo XXI siendo una obra impresa en 1987, entregando lo que pueden ser tomadas por recomendaciones de su cosmopolitismo, sensibilidad artística universal y su eclecticismo. Tocando sutilmente cierto lado político, carácter social e histórico siendo personal alejado de esos temas en su profundidad, están para verse pero predominando la intimidad e individualidad del ser humano. Superando fibras sentimentales, asumiendo ausencias y a veces perdiendo y otras veces ganando, dependiendo de uno. Con momentos de antología, muy cinematográficos o evocativos en la imaginación, la azotea y el beso con Midori, el encuentro y la primera relación con Naoko, los pepinos cortados compartidos con el padre de Midori, el “sueño” de la presencia de Naoko y su cuerpo cálido fantasmal, la caminata con ella entre el pasto alto en el refugio, la estación de tren perdida en ninguna parte. Con la cotidianidad a flor de piel y una idea de la atracción del diálogo, del compartir con otros. Nuestra natural soledad se derrota. Se ve en una lectura “escondida” una llamada de teléfono como resolutiva, una salida, aunque estemos bailando un blues, ensimismados sintiéndonos perdidos. 

miércoles, 8 de mayo de 2013

En la casa

Basado en la obra teatral el chico de la última fila del español Juan Mayorga, el galo Francois Ozon nos trae un filme –ganador de la concha de oro en el festival de San Sebastián 2012- que narra la relación de un alumno con su profesor de literatura en medio de una historia que se va haciendo en la pantalla con la tutoría del maestro (segunda línea narrativa que termina fusionando vida y arte) y escritor frustrado que encuentra talentoso al chiquillo y funden ambos su pasión por las letras.

El jovencito mientras descubre un sentido para él y se lo da a la literatura busca desarrollar su imaginación incursionando en una casa normal de clase media, un hogar aparentemente feliz y ejemplar, donde gracias a la amistad de un compañero de clase al que enseña matemática logra meterse entre bambalinas y descubrir lo que esconde esa supuesta idealización, la que sirve para crear su obra literaria en ciernes que ironiza a esa convencional familia y la afecta o la abre a su propia verdad, remeciendo ciertos cimientos ya endebles.

Una atrapante e inquietante historia que nos va enseñando la estructura de una novela entre una atípica cátedra inmersa en un escenario práctico y visual, mediante los artilugios del conflicto, transportando la realidad a la ficción –línea que se llega a romper- y la creación mientras vivimos el despliegue de la intimidad de una casa que sirve de ejemplo y análisis intelectual y artístico, encontrándonos con su interior más profundo y emocional, dentro de sus problemas. Una madre aburrida, secretamente anhelante de sensualidad y esa poesía del romance que siempre despertó al hombre en su enamoramiento con la aventura, un hijo bobo que requiere de un mejor amigo y un padre que se siente herido en un trabajo que lo consume y lo agobia atacando la dependencia de su idea del respeto.  Pero hay aún más, llegando a afectar al propio maestro, otra pieza manipulada en el ingenio del adolescente, en un segundo hogar más culto que el del despiadado estudio escolar pero igual de débil en sus vínculos afectivos, el respeto (aquí en la pareja) y el entorno laboral. Todos sumergidos en el arte a manos del que aparenta inocencia pero atrae lo pecaminoso y destructivo, en la concepción de ella como  alimento del alma y proyección, reemplazo y entendimiento de la vida, de nuestra unión hacia su devoción predominante entre el profesor y el alumno, más en el adulto ya que el chico mueve los hilos de este su títere, con perversidad e inteligencia en juego secreto.

Estudia distintos caminos de la construcción adictiva del arte, hechos verídicos convertidos en mentiras verdaderas y viceversa. Reflexión entre las letras, despliegue de sentimientos, cavilación emocional, intensidad vivencial, ilusión y sueños. Mayorga le proporciona a Ozon el filosofar con la literatura en un estudio de campo que se entiende muy claramente, y nunca pesa, sino es sumamente subyugante y genera saber más como en el enganche novelesco, el sucumbir a la curiosidad. Y siempre hay una explicación, es como presenciar un acto y luego interpretarlo o cambia el orden,  en una argucia de metalingüística.

Claude García (Ernst Umhauer, un coincidente dotado novel actor), el aprendiz de escritor, la falsa arcilla y más un demiurgo astuto, es Sherezade detrás de su aliento de vida, una noción en el filme existencial (el joven había perdido el sentido de la alegría ante la mediocridad cotidiana, la ausencia de una madre y un hogar quebrado y golpeado por la minusvalía de su progenitor). García maneja el interés del sultán, su guía, Germain (perfecto y delicioso Fabrice Luchini) quien lo permite todo (perdiendo  cada vez más la ética nublado por el entusiasmo) hasta que su apasionamiento termina cobrándole la factura, cuando ya no es un simple observador o yacía distraído. Nuevamente se devela una nueva gama de esencialidad, la del ser humano en su egoísmo, voyerismo y egocentrismo, y antes la de la envidia, aunando el deseo y la realización personal y emocional.

Claude parece ser el demonio tentando al hombre y luego el juicio celestial, a través de la noción de una segunda oportunidad, del poder ser quien uno quiere en la existencia aun siendo segundo en la fila. El conflicto literario es el propio autor del libro aunque el maestro no lo llega a saber hasta demasiado tarde, no al verdadero alcance, pero no es un acto que se alimente de uno mismo sino de los otros, es la semilla de la discordia como una manzana apetitosa que oculta la serpiente bíblica (en una escena vemos que muchos mascan una, la comparten, símbolo que rehúye el lugar común en sus personajes). Es una imagen engañosa, en un chico manipulador, seductor y provocador que genera además la autocrítica y la revelación, la iluminación tras la destrucción, el post tenebras lux, solo que presenciamos mayormente la reacción y no tanto la sanación (de donde los implicados se conocerán más y podrán ejercer el cambio, por eso el cuento sigue en las ventanas de ese edificio).

El desenlace y el sentido del temblor que nos quita el piso es saber que hemos merecido lo que nos ha caído encima, por no prever el deterioro a razón de nuestra indiferencia o ceguera en un falso ideal o una rutina versada en el dopaje de nuestras propias cortinas de humo donde algo externo que nos revitaliza simplemente derrumba lo que está herido (la infidelidad o el vacío mientras los más despiertos construyen con esa decadencia, como Claude), la culpa es de uno en realidad solo que el escritor es el catalizador de la trama, como lo es en un nivel menor el arte cuando nos abre a la consciencia de las ideas o esencias humanas producto de la ficción.

Kristin Scott Thomas, actriz destacada algo subestimada, junto a la sensual Emmanuelle Seigner (sino basta sucumbir  a su mirada, como también a su curvilínea fisonomía todavía muy provocativa aun siendo una mujer madura de 46 años de edad) brillan y de paso nos recuerdan que estuvieron en la cinta de Polanski, Lunas de hiel (1992). Ambas articulan su papel de mujeres relegadas o menospreciadas con una solvencia de primer nivel que pone énfasis en donde corresponde para bien de la sutileza diáfana del guion. En una es detonante su infertilidad, en la otra su condición como dijera Catherine Deneuve en otra obra de Ozon, Potiche (2010), de mujer florero. El plantel de actores es sobresaliente, hasta lo es la cara idónea de Rapha hijo, o la soberbia recreación del contraste en su persona con su entorno y trabajo en el atletismo, fuerza y cierto estado de niño viejo de Rapha padre (Denis Ménochet, a tener en cuenta). Y aunque su complexión física pequeña y muy delgada en orden de su edad nos hace dudar de su capacidad de Mefistófeles sexual el joven Ernst Umhauer también luce convincente  en su interpretación. Siendo piezas de la dirección de Ozon que suele imbuir a sus propuestas de relajo quitándoles trascendencia a favor de la atracción del espectador general, modernizando y haciendo accesible sus películas para el público. Posee una sabiduría de saber posicionar su filme en un lugar amplio pero con su buen toque de autoría que se esconde detrás de su apertura.

Dentro de la cosmovisión que se nos ofrece muchos seguro encontraran bastantes lugares para valorizar y pensar sobre su vinculación con lo que es la literatura, de lo cual resalto uno en particular, Jeanne (Kristin Scott Thomas) nos exhibe una ironía del director y el argumento entre manos al decir que el arte no sirve para nada y en efecto a grosso modo es así pero sobre todo el de su galería, la de la falsa vanguardia y modernidad que sirve de un autogolpe más ante la realidad conocida, en acumulación, pero en cambio el otro del joven talento funciona en la historia como fuente de autoconocimiento y contrae deudas y consecuencias. Un mensaje enaltecedor de lo que significan las letras universales. Para tomarlas más en serio como al chico de la última fila, que como suele ser trasgrede pero esta vez gana la partida.

martes, 7 de mayo de 2013

Los ilusos


Jonás Trueba en su segunda realización cinematográfica  tras todas las canciones hablan de mí (2010) ha hecho una película despreocupada que guarda distancia de la obra maestra y del arduo trabajo de una historia compleja y que como él mismo dice en el prólogo pertenece al entretiempo, no obstante eso no inhibe su talento, logrando otorgarle a su propuesta sustancia y proyectar la esencia artística. Lleva un propio toque de autor –solo que en relajo- demostrando que estamos ante algo artificial, de ahí que constantemente se nos exhiba como un detrás de cámaras en medio de la línea argumental, que denota que existe en él, de lo que parece su vida como cineasta, hombre común y amante del séptimo arte, mediante conversaciones con amigos, reuniones de alcohol y juerga en el bar, clases de cine, visitas a salas de exhibición de barrio, a la librería, a restaurantes chinos y cafés, a ir a la tienda de videos de un amigo y “crítico” curioso, con enamoramientos y flirteos, con sexo, revistiéndose de intrascendencia personal aunque importante para sí y por estar en la fábrica de sueños en buena medida para los demás (de eso que su historia tenga valía general más que la de un acto narcisista; en la identificación de a los que le apasiona la gran pantalla), sin embargo aun siendo la exhibición de una realidad, la de Trueba, la del que se asume -y está como pez en el agua- alrededor del cine, del que lo ama, nos deja en claro que también es una creación de su labor como cineasta y contiene aunque elusiva una trama, contextualizada en la cotidianidad, y que articula un motivo ya suyo, las relaciones afectivas.

Tenemos varias expresiones de afecto, principalmente hacia el cine que es el motivo de la presente obra, de fuerte nexo pero como quien lo conoce bien (aunque vemos una escena con el rostro del protagonista a solas contagiado por una película lacrimógena que lo desnuda totalmente), después hacia el grupo humano en que se mueve y en especial –dentro de la convencionalidad de su relato- hacia una chica que lo impactará por algunos detalles muy particulares de un encuentro sorpresivo (principalmente lo del balcón pero agregando el silencio, el esquive y “el misterio”) que no requiere de palabras –le saca la vuelta a lo que se espera- y muestra una seducción del ser como personalidad esbozada en la discreción de la sugerencia y del que capta ese reflejo. Luego hacia el tipo de vida que lleva y de donde proviene, de su padre Fernando Trueba, que como en la imagen de los niños jugando en una especie de improvisado set de grabación y cubil, nace, se envuelve y se desarrolla dentro de un ambiente determinado, y le dedica el presente filme exhibiendo el propio lenguaje que ha aprendido, dentro de la innovación en el símbolo de los vhs.

La calidad de cine de autor y la vanidad del yo disminuyen y se hace muy digerible –sobre todo consciente de que pretende ser un filme de entretiempo- por la “trama” humilde, contada en sí en lo que es sin aspavientos, bajo cortas y algunas complementarias recreaciones habituales muy desenfadadas pero con educación y cultura, solo que sin perder ser de a pie con sus redundancias en el habla, ligereza de trato, simpatía o amabilidad para con el público que ve en el ecran un lugar de entretenimiento y de lugar común. Y aunque hay una mezcla de aspectos, no hay una línea limpia y tradicional en la narrativa escogida sino busca una curiosa amalgama de espontaneidad, transparencia y sencillez argumental con unas formas vivientes en el artificio y el arte, desde un blanco y negro elegante, los contrastes y las fusiones no se hacen esperar. Catalogar de un una sola identidad al filme es imposible, porque es fácil de comprender, de sentir, de contener referencias universales para con el espectador pero no resulta tan típico en como lo vamos viendo aunque tampoco se aleja de la empatía visual.

Parte de lo que observamos parecen anécdotas o piezas sueltas anodinas pero terminan en una lógica de conjunto y coherencia formando un panorama contra todo pronóstico sólido, el mosaico se articula por el final y captamos la idea de un relato que nos ha hecho apreciar al personaje que encarna el actor novel Francesco Carril que aun siendo el ente importante de lo visto llega a ser también parte de un contexto mayor que él. Espacio que enseña distintas marcadas emociones como la melancolía en la canción al son de la guitarra acústica de un grupo atento, la broma en lo del tipo de los videos en el cine que le toca la pierna al amigo del protagonista o lo de perseguir a un cineasta ibérico que prácticamente echa a correr al verse asediado por un actor, a  la alegría del encuentro amatorio perfecto en su simpleza.

En sí, el filme tiene un aire como la del interprete principal, tranquilo, natural y bonachón. Y esto sostiene el filme, superando el tinte peyorativo de autor (que también es necesario sino carecería de novedad ya que se articula en lo manido; hay una fusión decente), construido con un par de amigos y compañeros en su tiempos libres (de noviembre del 2011 a junio del 2012), haciendo un cine con personalidad (notándose que lo ha disfrutado o da esa imagen) en una base ligera pero con cierto alcance. Y nos describe seguridad y pasión.  Nos hace confabular con él detrás de las calles del Madrid que transita la costumbre, de un andar normal, en la predominancia de para y por la cinefilia.

Tiene bastantes imperfecciones, los primeros diez minutos por poco y nos hacen desistir de continuar, están los feos continuos cortes a negro, algunas conversaciones que no caen en gracia, cierta tontería o lugares/momentos que no valen mucho o no son tan atrapantes como se cree, sin embargo lentamente coge sentido, forma, como un púgil del que sus puños ganan por acumulación, para cuando yace bien colocado en el ring y vence en los altibajos. Trueba demuestra que no es un juego, salvo en lo aparente, en una engañosa impresión.

Los actores no serán unas luminarias pero son eficaces a razón de la espontaneidad y llaneza del relato, redimibles en el estilo general escogido. Destaca la belleza de Aura Garrido, pequeña, sin sensualidad más allá de la natural expresión del rostro, común al promedio pero atractiva, y que tiene la necesaria simpatía para darle valor al enamoramiento (declaración de búsqueda y personalidad del autor), sin el cual es como no llegar a puerto todo el camino recorrido, Aura sirve al propósito y conjunto idóneamente. Jonás apunta que no quiere la genialidad sino el sentimiento, lo consigue con la realidad de la contemporaneidad culta pero cool. Y también en su honestidad y ambición del epicentro y el interés de la reacción del público. Estamos ante un filme osado que parece hecho en el curso y seguro hay de eso, pero que tiene conocimiento y sentido.

jueves, 2 de mayo de 2013

Abrir puertas y ventanas

Ópera prima de Milagros Mumenthaler que obtuvo el leopardo de oro y el fipresci en el Festival de Locarno del año 2011. Una película íntima y minimalista que exhibe el lado femenino y su humanidad, desde tres hermanas muy jóvenes que viven en la casa de su abuela muerta no hace mucho y que comparten rivalidad, afectos, enojo, celos, un sinfín de sentimientos mientras echan a volar sus sueños de independencia y vínculos amorosos. En una convivencia que es ardua, que tiene muchas fricciones y competencias, roces pequeños como el típico de la ropa, el espacio o los quehaceres del hogar hasta violentos cuando una a espaldas de otra articula una teoría de que es adoptada, o vende lo que es de todas para comprarse algo suntuoso, o reta la cadena de mando de la mayor, de Marina (María Canale, premio a mejor actriz en Locarno) quien junto a su ecuanimidad muestra un lado inocente y sensual con el vecino Francisco (Julián Tello) del que yace enamorada pero éste tiene novia.  Él es otro recurrente aunque secundario puntal del conjunto.

Nos guía por  la vida diaria de ellas sin aspavientos, muy sencillas y comunes a cualquiera, la verosimilitud y cotidianidad de la propuesta es de alto peso y no cansa ni se vuelve repetitiva a pesar de tener constantes que parten de estar en un único punto que intrínsecamente las hace movilizarse hacia afuera. Ostenta el filme mucha novedad sin mostrarse forzado o artificial. Conocemos de su trabajo, el colegio o la universidad, sobre todo sus personalidades, viéndolas la mayor parte del metraje en su casa –que representa como un corazón al que se le golpea y se le reconstruye, que pasa por etapas como el simbolismo de lo que las muchachas son- donde se mueven mayormente en el ocio, el trato revelador y las inquietudes restando sus responsabilidades intelectuales/laborales hacia una elipsis visual más que informativa (lo que si no se habla es sobre los padres, qué pasó con ellos), sus básicas desavenencias y peleas, su forma de simplemente estar ahí con la telenovela, con el alquiler de una comedia romántica o entristeciéndose con una melancólica canción en que una toma estática y extendida muestra las emociones de las tres mientras están apegadas en un sillón ante lo que van escuchando.  Un retrato casual en su estilo, lleno de la complejidad de las relaciones humanas en su sustancia, amplificadas por el hecho de estar como metidas en una caja que genera y requiere abrir puertas y ventanas, que sofoca como en el calor que tienen literalmente encima, aunando su intensidad de existencia y edad. Nos enseña la directora argentina los pensamientos e interior de sus tres criaturas,  a la par de sus naturales y significativas acciones; nunca nos son oscuras en ello, sino siempre se nos develan en su esencia y razón de ser, no falta la coherencia aunque sea la individual por envidia o egoísmo. Complicándose el escenario con los vínculos de sangre, con la honestidad del alma, de esa que muchas veces es dura con los que más quieres,  donde se tienden a olvidar las convenciones interpersonales. Hay mucha racionalidad en la propuesta del tipo de a pie, contiene buena empatía con el entendimiento del espectador, todo sin perder su toque de autor gracias a su sutilidad, al no dar algunos datos o a su paciencia sin regodearse en ninguna lentitud, colindando o matizándose entre ser digerible y tener un sello de procedencia personal.

No es un filme donde predominen los cariños porque los damos por descontados sino sus complicaciones aunque con ventilación, con momentos de compañerismo, de buen compartir (se echan cremas faciales entre ellas, amueblan su hogar que también es una “cárcel” de la que deben volar o aprender, preparan jugo para todas o una reúne el vínculo afectivo del grupo -aunque suene romántico de mi parte nos habla de lo eterno a pesar de las distancias- mientras revitaliza la existencia en general enviando un recuerdo en un cd con su voz grabada). Se preocupan por el implícito ser querido, a pesar de los tantos conflictos (a veces no son solidarias), que se refleja en la frescura, relajo y cierta conchudez de Violeta (Ailín Salas, que ha estado en filmes argentinos reconocidos), la menor que anda mucho en calzón echada vagando y escondiéndose en casa con el novio, cogiendo lo que no es suyo, y aunque de trato tranquila implica abusar un poco de Sofía (Martina Juncadella, que tiene experiencia a pesar de su temprana edad, sus desnudos muestran bonita figura siendo los dos artísticos), la guapa hermana intermedia, que es anfitriona de marcas publicitarias, que siempre trae simpáticos vestidos regalados, que es la más superficial, no obstante todas tienen defectos o son inmaduras en algo (la mayor mucho menos), tiene genio fuerte y es la complicada de relacionarse con las otras, se enoja rápido y a instantes “por gusto”.  En ese cuadrante se exhibe mucho trato, la verdad del tipo común, y como tal aunque a simple vista no lo parezca es un filme importante. Bajo la grandeza de lo pequeño. Habiendo muchos giros y acontecimientos, que aprovechan mucho la imaginación desde algo tantas veces visto pero que valga la redundancia sigue sorprendiéndonos. En resumen una película nada tonta, teniendo seguridad y audacia en abordar algunos lugares comunes. Es un filme de los transparentes, al punto de que se permite un final harto sensible, manido, pero que tiene la inteligencia de ser  a su vez un llamado de atención. Pregunta transversalmente ¿escuchaste la letra de la canción? Y eso es lo que acabamos de presenciar, no solo algo melodioso,  bonito, sino debajo de todo ello sustancial, como es la vida misma, como una vez más nos dicta nuestra simple complejidad.

Los pasos dobles


Ganadora de la concha de oro en el Festival de San Sebastián del 2011 que contuvo cierto rechazo, generando polémica si en realidad era una obra maestra o un timo pseudo intelectual. Cine de autor a manos de Isaki Lacuesta. Nos remite a la reencarnación que se ve sustentada con varias menciones, el título y una continua construcción de la obra de un pintor y escritor francés llamado Francois Augiéras (1925-1971), reflejado y vinculado en varias personas, principalmente en un africano que es echado al desierto por un militar y familiar (un tío que dice amarlo pero se ve agredido por la incapacidad del joven de seguir el orden que quiere imponer; su decisión favorece la individualidad y el reencuentro/búsqueda del sobrino),  un hombre que desaparece al sumergirse en un río ante un robo y una mentira, un investigador que dice ser también pintor que busca con otros colaboradores la obra de Augiéras dejada en un bunker en el desierto y el pintor español Miquel Barceló.

Con tanto conflicto alrededor, algunas respuestas de enojo de Lacuesta ante la incomprensión y disconformidad de su obra y críticas negativas uno se esperaba lo peor, además de que hubo cierto mutismo e indiferencia de buena parte del público, entendible porque no se suele emparentar con este tipo de cine, sin embargo quien escribe ha podido disfrutarla y creer que ha entendido algo, para lo que ha desarrollado un análisis personal, el presente, que puede sonar medio descabellado, tanteando -y pretende: atinando- significados y verla más clara de lo que esperaba a priori ante tanto embate feroz.

El filme desconcierta porque es algo complejo de hilar e identificar en su totalidad (centralmente por encima de la reinterpretación biográfica de la ficción), suele ser  un poco extraño, no mucho en lo visual pero que en conjunto en su mensaje se escurre al articular una idea notoria e intencionalmente desorganizada –cuando uno imagina  un camino, es otro el escogido; y recuerda aunque poco ciertas ideas implícitas que se eluden por obvias como en el sabor de las cerezas (1997) de Abbas Kiarostami en su pasión por la vida en lo que remite su rótulo- o mejor dicho puesta  al estilo del director español que es intrincado,  en una propuesta críptica porque rehúye las explicaciones al no reforzar su pensamiento más que levemente, siendo muy discreto creando mucho esfuerzo de captar en su exactitud. Pero realmente no yace denso o cansino el panorama ya que es mucho una aventura por Mali aunque sí arduo de contener que quiere expresar, el sentido general de lo que observamos. Sin embargo repite una constante, el bunker con la obra pictórica de Francois Augiéras que se está buscando y que no parece complicado de hallar pero sí su secreto o iluminación, que apunta a la reencarnación, incluso aunque suene atrevido decirlo hasta Barceló implica un sucedáneo de ello, el que además nos confunde apareciendo solamente pintando, metido en su arte, mientras visualizamos su talento y una voz en off nos explica la línea argumental del filme a través de su trabajo personal; con él se nos explica lo de los pasos dobles y la labor/personalidad de Augiéras que está muy vinculado por supuesto a esa idea de muchas muertes y al arte.

El nexo central es el de un africano que dice llamarse Francois Augiéras  y que no proyecta un futuro ni un sentido importante en la tierra, hasta desconoce su nombre, el que es arrojado a la deshidratación del sol ante su dificultad de adaptación que más tarde se convierte en clara rebeldía, en ir sin reglas por el planeta. Al cabo de salir al mundo como espera su tío -que también resulta un guía- es recogido por una banda de asaltantes en moto con calavera de buey salvaje al volante, por un líder que lo vislumbra noble a su causa. Augierás muestra  un halo de homosexualidad con el negro despigmentado  a quien halla indefenso aunque más tarde lo olvida, y exhibe un estado de aparente locura en un baobab. No parece reconocer nada especial en sí; como se dice, el secreto se destruye al revelarse, pero está destinado a una gloria labrada por otros hombres. Véase que se borran las huellas en la roca al creer no ser la obra maestra que deja el célebre personaje de la historia y luego se fabrican otras que las aluden, nuevamente esto parece la reencarnación pero como una explicación simbólica; léase con atención en otro momento cuando se dice que la mejor forma de borrar nuestras huellas es la copia del yo, donde seguimos siendo nosotros pero es difícil de verlo.

El filme en su parte de aventuras es muy entretenido, quitando la mística o el sentido interior, tal cual, uno va a buen ritmo, muy contemporáneo, hasta tiene algo de desfachatez, en donde parece que estuviéramos presenciando aunque suene atípico una realización con cierta aura de spaghetti western o que se emparenta con los cuentos de Sherezade. El filme tiene vocación de narrador exótico y atrapante poniendo un escenario común tras todo ello porque Mali no nos resulta tan lejano aun siéndolo, aunque la propuesta se vuelve confusa con otros elementos y al ser cambiante, al cortar la línea convencional de la narrativa de su relatos y mezclarlos, son historias entrecortadas sin conclusión o al menos nos es esquiva, salvando la del entierro y que permite ver a Barceló, que literalmente se muestra como parte de, concluyendo en una continuidad. En una historia de artistas, de lo que significa para el autor el arte.

lunes, 29 de abril de 2013

Asu mare: la película


No podemos no comentar la sensación del momento en el cine peruano, película que va por los 2 millones de espectadores y ha roto récords nacionales.  No por ser una cinta compleja o de autor sino por supuesto una de orden masivo, del agrado del público que solo quiere entretenerse y pasar un buen rato, la que ha logrado la hazaña de convocarlo en un logro para el cine que se hace  en nuestro país, que como se entiende y deseamos ayudará a proyectar más en su ruta pero además la diversidad del séptimo arte con el respaldo que contienen los fuertes ingresos del mercado (a lo que debemos sumar necesaria y realísticamente el apoyo del estado y cuanto haga eficiente y solvente el arte en la gran pantalla), que la gente vaya a verlo y disfrute/respalde lo suyo con justificación y en carácter ecléctico.  Un cine peruano que merece contener un nicho sólido en el cine comercial y también en el más artístico de cara a las salas de exhibición.

Pero ¿a qué se debe el éxito?, mucho de este proviene de una buena inversión de publicidad y marcas que han puesto contundente interés en el filme; empresas que valoran su gasto económico han contribuido con la motivación poderosa de los negocios. Sumando casi 200 salas de cine proyectando la película.  Creyendo en el background de 4 años de trabajo del stand-up comedy del protagonista, de Carlos “Cachín” Alcántara que es una figura querida por todos desde Pataclaun, pasando por La gran sangre (las artes marciales) y ser jurado en un programa de Gisela que lo mostró inteligente, hasta consolidar una fama individual en la comedia y el espectáculo. Después poner en el ecran una biografía en la que muchos se puedan sentir tocados, el hombre salido de un barrio humilde sin vocación por los estudios más que el sueño de ser un gran artista, que es palomilla y simpático de personalidad, que ha tenido una vida común a muchos, uno de los nuestros diríamos, que cae en las drogas (asunto desconocido para muchos) y que de aspirar a ser un chico in (un surfer, un muchacho de Miraflores) construye su propia historia y se haya a sí mismo, se convierte en una estrella nacional pero bailando al son de la música negra con su novia, más tarde su esposa, que viene del Colegio San Silvestre pero que tiene más barrio que él según termina calificándola.

¿Y cómo es el filme? Está bastante claro que juega con el lugar común y la sencillez argumental, son su base, su fuerza, muy al contrario del cine de arte, aquí los tópicos funcionan, la buena vibra, el relajo, todo fácil para el espectador,  pero hay que notar que hay un equilibrio, la broma o la comedia no llega al estado de vulgaridad o de gratuidad, mantiene su llanura pero sin caer en el pozo de lo indecible, no tropieza y se hunde en lo bajo. Hay unas pocas lisuras, y se tratan los complejos nacionales de forma leve, como quien pasa y no quiere hacerse problemas; más al ritmo general de la propuesta, de lo intrascendente porque lo es en buena medida, de lo normal, como un trance a sortear y punto, como detalles que ubicar en el trato común. Ahonda en algunas ideas molestas con gracia, y hasta inocencia, viéndose centralmente el no poder pronunciar bien el inglés en la canción de Queen que se hace un estribillo de la discriminación (mejor a mi ver, más carismático,  que lo de mestizo en el cuartel aunque no es que esté mal igual), y a pesar de que no se trata -ninguna de las dos- de mucha originalidad sirve al propósito (estudiarnos y remontarlo sin dificultad), porque es suave como el conjunto. Todo el asunto va de suelto, de tranquilo, hay que recalcarlo porque se tiende a magnificar, quizá en la interpretación propia pero más es algo pequeño, que fluye y es muy criollo pero a su vez muy universal, nuestra versión del cine americano.

Propone mucho de superación y de gratitud, esencia y sentido del filme, no todo es únicamente ordinario vivencial (que hay que decir que es muy agradable su rememoración aun sin que valgan algunas escenas mucho en profundidad, entre otras Cachín de niño tocando pésimo el cajón o el viaje de promoción a la playa). Ostenta de vida que ha padecido, a veces sin notarlo o minimizándolo como nos pasa a los seres humanos (mejor así que con la obviedad de la drogas) y que ha logrado salir de la senda del perdedor (el tocar las puertas con la venta de la lustradora, el fallar dos veces el ingreso a la universidad, carecer de oficio o profesión, el no merecer el desayuno). Y valora a la madre fuerte que los crio sin marido al lado aunque con temperamento y correazos que iban deletreando el castigo, una forma chistosa de la memoria, la que coge el conjunto y lo pone por delante, es decir el indudable amor y la entrega de la progenitora por sobre el mal rato, la razón de ser una carga constante para ella.

El mensaje universal rinde fruto, es optimista y despliega alegría, porque el filme lo es, feliz de vivir y el resto son contratiempos y experiencias salvando la caída que es más un recurso de la historia hacía la redención, que sutilmente viene desde atrás pero que aquí se hace necesario para el público menos atento. Toca temas serios pero sin tomarlos por demasiado importantes o abrumadores pero  sin perderles el respeto y de ahí que todo funcione, porque mantiene la dignidad en todo momento aun exhibiendo las fallas humanas, las limitaciones o siendo engañado el personaje principal tras el sueño de ser actor de cine (cójase la enseñanza de la voluntad de la fe y la perseverancia, de esperar vislumbrar el camino, nuevamente con un artificio muy manido, el niño entregándole la nariz de clown – el instante emotivo, del que no dudamos de su efectividad masiva-, factor que en parte criticamos ya que a continuación el punto de inflexión –su carrera empieza con su creación de Machín- se toca levemente aunque se entiende porque esa es la idea de todo lo que estamos presenciando, no es que sea incongruente aunque hubiéramos querido conocerlo con mayor alcance, no solo el personaje sino el curso del inicio de la carrera de Alcántara, pero es la decisión de un tono y no de una biografía que quiera ser compleja).

El respeto subyace tanto representado como de quien maneja los hilos detrás de la película. El director Ricardo Maldonado que viene de la publicidad y de hacer el exitoso comercial  “Perú, Nebraska” sabe tocar la fibra sentimental y la sonrisa amable pero de a pie, mostrar a Alcántara triunfador– en el aplauso de su último show- y en otros humilde que es casi la totalidad del metraje, le da su lugar y lo hace de carne y hueso, sabe llegar al pueblo y mantiene la altura de lo que describe y lo provee de un toque de reflexión.

Se da que el stand-up comedy de Cachín es superior a lo recreado y parece la norma, se coteja con algunas pocas escenas en que observamos su espectáculo individual. La madre joven en la imagen de Gisela Ponce de León no podría mostrar el aplomo y la rudeza necesaria que implica la memoria de Alcántara, nos quedamos mejor con su facilidad de palabra en el escenario y vemos el recuerdo predominante en la simpatía que emana la actriz, en el inconmensurable afecto que le produce. Sin embargo aunque en otros casos se percibe lo mismo, hay lejanía entre la mirada que produce Emilia Drago con lo que parece una persona real o más enriquecida, del show al cine nunca habrá demasiado arte, son líneas cómicas que son muy funcionales, y en lo que termina siendo y eligiendo el filme no es desechable ya que ella aparte de bastante guapa muestra esa indudable belleza interior que podemos pensar de su compañera sentimental. Y en general, el filme tiene cierto valor escenificado pero menor porque su aspiración y lugar de origen es ese, siendo ante todo simpático, como denota la magnitud del show personal, tampoco lo sobredimensionemos si bien muchos lo dicen y se siente como un elogio justo al magma de la película. Una que no va a ser un hito interpretativo o argumental sino de asistencia, en una obra que apreciar sin el rigor de algo más allá del puro entretenimiento, solo eso pero uno bueno como tal.

Obra poética


De Juan Gonzalo Rose



Aun

Aun si la guerra es desatada,
aun después
de la angustiada hora de todas las cenizas,
aun después que la tristeza sea
como un ovillo negro
en el vientre de todas las mujeres,
aun después que las novias vuelvan
llorando de los puentes
y los amigos sean
santos de yeso en dolorosa estatua;
aun,
después de todo esto,
crearemos el aire jubiloso
y una grieta de rosas en la pared del tiempo.



Natal natal

Yo te perdono, Lima, el haberme parido
en un quieto verano
de abanicos y moscas.

Por varias veces fuime
lejos de tu pechuga y conocí avenidas
con el pelo rapado,
divanes consumidos por las pulgas
prendadas de mi cuero; pero también hamacas
colgadas de la luna.

Y en todas partes, Lima, te extrañaba.
Más que pasión
la mía, es tu mala costumbre de quererme
casi sin consultarme, de servirme en la cama
garrafas de agua viva
traídas por doncellas
y pajes malandrines.

Yo te perdono, antigua, tu chochera conmigo,
mi chochera contigo, nuestros ambos cariños
al pie de la mampara.

Tristes reliquias somos
de un hermoso país
que jamás conocimos.



Retorno

En su perfume ascienden los jazmines
a verme retornar.

Agita, alegremente,
su triste cola el perro.

Y suenan en sus ojos las cucharas…

Vestida de regreso
mamá se ve más alta.

Hoy en día entre sus manos
-que el agua de mi ausencia almidonara-
el lento guardafaro de la luna
coloca
dulcemente
una guitarra.



El amor sobre el cadáver

1
Hoy me siento mejor.

Nuevamente mi cuerpo
se traga tu recuerdo sin morirse,
como si devorase su propio corazón…

Otra vez tu juglar,
afligido pariente de los pájaros,
musita las palabras del amor,
y ha podido nombrarte sin cortarse los labios,
como quien recordara,
entre prados sangrientos de infinita nostalgia,
la calle de una antigua, hermosísima siempre,
solitaria ciudad…



Despedida

Quédate dormido mirando tus ojos.

Quédate dormido sobre los helechos
de una antigua
breve
solitaria infancia.

Quédate dormido en cama de tiempo
y en toda distancia.

Muérete en las tierras,
muérete en los mares
y en otros lugares donde pueda verte

muérete viviendo

muere  enamorado de tu propia muerte.

viernes, 26 de abril de 2013

La carretera


Cormac McCarthy es uno de los grandes escritores vivos de Estados Unidos, un autor laureado y de culto, que durante un buen tiempo no gustaba  de exhibirse públicamente, luego decidió abrirse y mostrarse junto a un par de adaptaciones cinematográficas de sus libros. La más popular No es país para viejos (2007). La que tenemos entre manos es su obra más destacada o más conocida, que se alzó con el Pulitzer el 2007.

Lo primero que llama la atención del libro es que no ahonda en descripciones contextuales, solo las puntuales, sino más bien es como alimentar lo que padecen mentalmente sus dos protagonistas, un hombre adulto y su  hijo, sin más señas, dándole a su libro un tono poético, reflexivo pero aunado a lo vivencial; las palabras profundas acaecen siempre sobre el terreno que se vive, piensan su realidad y a través de ello nosotros la existencia. El mundo está pasando por un apocalipsis donde abundan las cenizas y el canibalismo. El gran fuego lo ha arrasado todo, y esto puede ser una metáfora de la inclinación hacia el mal.La voz personal, total, ubicua, dominante, tranquila, meditabunda es la esencia de esta literatura, lo más importante, pero no nos confundamos porque también es una entretenida y atrapante historia de supervivencia, de una continua caminata por la carretera empujando un carrito de compras con víveres que recolectan nuestros héroes con esfuerzo en sus pesquisas mientras temen la muerte y el ataque de otros sobrevivientes que movidos por el hambre y la desesperación han perdido toda forma humana y son capaces de cualquier crueldad para no perecer.

El libro es ir descubriendo en lo que se ha convertido el planeta en el andar hacia adelante de los dos protagonistas, pero con trazo leve y más que todo sugerente. Van develando esa oscuridad en la que yacemos sumidos que se va despejando al avanzar, siempre hacia allá aun en las peores condiciones; la destrucción lo abarca todo salvo la materialización del amor de ese progenitor  a su pequeño, ese faro de luz en la debacle. El adulto tiene que ser duro ya que tiene una responsabilidad y un crío que cuidar mientras el chiquillo está envuelto en cierta inocencia y fe aun con la noción del horror porque entiende y ve lo que no se le puede ocultar, cadáveres, sujetos andrajosos enloquecidos y completo abandono en todo sentido (la parte del encierro en un sótano de cuerpos desnudos vivos que sirven de alimento es de lo más escalofriante), llegando a presenciar el instinto más bajo y a esa vera la indefectible violencia e inhumanidad. El niño representa la condescendencia humanitaria, la nobleza, quiere hallar a los buenos, quiere nunca dejar de ser uno de ellos, por más que la brutalidad y el salvajismo del entorno sea tan predominante, de lo que se ha convertido la tierra y lo que empuja el comportamiento general. Quiere salvar su bondad, sus valores, y representa la voz de la coherencia –prematura, transparente- y la compasión que contagia a su padre que ante todo quiere salvarle y subsistir pero que se irradia con el pensamiento de su criatura.

Apenas 210 páginas con muchos diálogos comunes y bastante emotivos, muy bien pensados para generar realismo en la comprensión de yacer (casi) en el abismo - ya que contra todo pronóstico y pesimismo global aun no muere del todo su espíritu y hasta en lo práctico ya que algo les alumbra al fin y al cabo si bien su motivación de seguir es casi autómata sino fuera por el amor paterno y viceversa-, aunque lloran a escondidas y no tienen normalmente alegrías, y se están durmiendo sus recuerdos, están muy lejanos. Las conversaciones se conjugan con la voz omnipotente que constantemente  interpreta cavilando, dejándose llevar, asemejando el susurro del viento, la verdad enaltecedora que acompaña los hechos ya que sino esto sería algo plano.  Sirviendo para ubicarnos en su magnitud de pensamiento. En un libro escrito como si se tratara de fragmentos existenciales en párrafos de aire independiente, con una escritura condensada y a ratos compleja de descifrar en todo su alcance. Una obra fácil en su línea central y a la vez difícil en sus detalles introspectivos, con varias capas por absorber, y que se lee bastante rápido pero que en buena parte de su comprensión requiere algo de tiempo. Quizá como lectores resulte mejor sentir, dejarse impresionar por su palpitante dolor – una razón y necesidad que mueve el libro- y su lucha sin poner énfasis en contener mentalmente todo. Importa para ellos dos comer pero también llenar el alma, como lo es la vida misma, no perder jamás nuestra condición humana, nuestra fe, nuestra bondad, ese es el mensaje. Aunque sea una realidad descorazonadora, tan cruel y miserable. 

miércoles, 24 de abril de 2013

La caza


Uno de los nombres más famosos del cine actual de Dinamarca es el de Thomas Vinterberg que junto con Lars von Trier fundaron el Dogma 95 y de quien su película, La celebración (1998) fue el emblema de dicho movimiento cinematográfico. Ya con la madurez que le otorga una nutrida filmografía nos trae la presente que gira alrededor de la declaración de una niña que dice que un adulto de la guardería a la que asiste le ha enseñado los genitales. Eso crea toda la ira del pueblo, de los amigos y conocidos de dicho personaje. Incluso pone en juego su nueva relación afectiva y le crea mucho dolor a su hijo que solo puede verle en contadas ocasiones por no estar en su custodia al yacer divorciado. El acusado se llama Lucas (Mads Mikkelsen), el que instantáneamente ha pasado a convertirse en un tipo apestado y repudiado de ser un hombre probo, querido y hasta admirado por su nobleza, por su ecuanimidad y su alegría para compartir en su trabajo con los niños. Para luego hallarse solitario, esta vez no por iniciativa propia sino por la dura realidad que le acontece.

El filme es bastante equilibrado en tanto los ataques como las reacciones liberadoras aunque tiene una dirección y no es la más típica claro está, quizá por ello se echa en falta un cierto efecto mayor para con el espectador, porque esto termina ocurriendo, crea una cuota de indiferencia, sin embargo esto tiene de valioso e inteligente porque no se regodea en un tema polémico, provocativo, de los que suelen confraternizar con las emociones del público y compenetrarlo hasta dirigirlo hacia el punto clave, contra la fuerza de donde proviene ese abuso tan chocante para nuestras consciencias y sentimientos humanos, el enfermo detrás de la pedofilia . Es decir no busca la manipulación primaria pero tampoco nos entrega una dramatización demasiado poderosa (le pesa mucho el temor a transformarse en un telefilme ya que el asunto es siempre proclive a serlo, hoy en día tocar sucesos similares ya es visto como un melodrama tópico), y no es que se extrañe un efectismo barato sino hilar en el arte que sin utilizarnos nos haga asumir el tema en toda su magnitud, y en ello desgraciadamente le falta un poco, no obstante se entiende porque sus alegatos son otros, su base aun así tiene buena firmeza porque lo que quiere es ponerse en el sitio de Lucas.

Predomina un velado estudio donde estaría nuestra violencia reflejo o respaldo (aun no siendo exacto), la que exuda e instiga un acto tan vil, como el abuso sexual infantil, que nos vuelve irracionales frente a ello, que nos convierte inmediatamente en verdugos, que como vemos anticipa las conclusiones y las investigaciones policiales, de ahí que la propuesta prefiere enseñarnos nuestra reacción, hacernos ver nuestros pensamientos figurativos y desde ahí no podemos quitarle su toque de virtud argumental esencial. Sin embargo también puede ser algo banal, y hasta peligroso (aunque es inevitable en todo el tema, optando por la atención del otro daño, el otro peligro innato), dando el filme forma y luz al ente acusado con características que lo envuelven en un aura de heroísmo. Se enfrenta a la enajenación del conjunto justificada a un punto pero prematura por la naturaleza de creer que los niños no mienten aun acosta de olvidar a quienes señalan; lucha contra el abuso y la injusticia, habiendo una paradoja, es decir reina el caos, la confusión, y todo por una sensibilidad y moral que aturde aun teniendo un sentido que la avala pero que se remite a lo que significa y al nexo afectivo general y directo con la “victima”, un ser humano indefenso e inocente, más que a los hechos consumados.

El director danés comprende seguramente el doble papel del conflicto pero opta por la posición menos tocada, la más endeble en cuanto a tener defensa; interpreta como que se pueden cometer errores, que subyace una pasión que nos ciega por completo, Vinterberg plantea apoyar a un hombre en un caso aún no demostrado de pedofilia, no cabe duda que es algo duro de decidir y lo que escoge algo en parte atrevido, porque el filme se enfoca en ello aunque tiene a favor –o no- que lo explaya hacia ese lado aún sin develar el desenlace. Y es que uno teniendo la noción de que es un filme europeo no sabe cómo terminará, vas temblando mientras lo ves, subyacen muchas naturales expectativas aunque el autor las disminuye, las vuelve más ligeras, no obstante el final resulta una ineludible revelación. Hasta el último minuto uno desconfía de todos.

El filme se enfoca además en la amistad, hay una fuerte carga sobre esto en la trama, entre el padre de la niña de la coyuntura (lo que hace la historia más peliaguda), interpretado por Thomas Bo Larsen, y el papel de Mads Mikkelsen, escogido mejor actor en el Festival de Cannes 2012 y que con su labor sostiene fehaciente que se haya convertido en el más destacado de su país en su profesión, uno de los nombres que giran alrededor del mundo. Su exuberante enojo en el toque de fondo en la iglesia tras la docilidad y tranquilidad de su personalidad en todo el relato es uno de los momentos más prodigiosos en cuanto a haber asumido -y revelar- tanto sufrimiento enclaustrado, siendo vital en este filme, ayudando a generar el toque pequeño pero necesario de ambigüedad y el solvente respaldo que se engendra en su hechura, en su semblante tan sugerente sin caer en la abierta expresividad, el demostrar un autocontrol convincente y aun con esto poner sentimientos en su personaje.

Toda la recreación con bastantes características no urbanas, como los bosques, el nado en el río o la cacería son impecables, denotan una cierta vuelta en el pasado pero notablemente no juegan a ninguna caricatura de incivilización, que sería lo más manido y fácil, sino más bien es un relato que conjuga aristas como con aspectos bastante modernos. El tema es instintivo, apela a nuestra más profunda humanidad y eso no es anacronismo. Pero hay que decir que más funciona la adaptación del entorno geográfico del título, la caza (en el original “Jagten”) que su metáfora, porque esta tiene un alcance menor, no es algo que impresione, el venado representa la inocencia, aunque el alegato de su muerte con la exposición del filme nos deje pensando, nos otorgue una lectura extra a tener en cuenta y sea coherente con lo que hemos presenciado, que de eso hay mucho y todo en el aire relajado de Vinterberg.