martes, 22 de mayo de 2018

Matar a Dios y El nuevo Nuevo Testamento


La comedia de terror de los españoles Caye Casas y Albert Pintó tiene gran humor negro. Matar a Dios (2017) es un filme sencillo que va al punto rápido, tiene un guion muy escueto, pero sólido, a cargo también de los directores. El arranque es muy bueno, muy fuerte además. Un hombre de mediana edad con sus hijos, incluido un bebé, son detenidos por un vagabundo de capucha y larga barba, un enano. No saben que hacer, les obstaculiza el camino. Finalmente se revelará como el mismo Dios y mostrará que es alguien muy cruel, sin medias tintas.

Después pasamos a conocer a una familia, un hombre y su mujer pelean por una supuesta infidelidad de ella, mientras esperan que el hermano de él y su padre lleguen. En adelante se cuentan dramas caseros, sobre todo infidelidades y abandonos, el padre es viudo, el hermano es proclive al suicidio. Todo el drama que es bastante es manejado como humor negro. Pero todo se vuelve picante cuando oyen la cadena del inodoro sonar en la escalera, delatando a un extraño en casa. Es Dios, ilustrado como un enano cruel aficionado al vino.

Puede sonar muy sacrílego y hereje el filme, pero hay que tomarlo como lo que es, una comedia sarcástica e irreverente. No hay más dimensión que el entretenimiento. La figura de Dios que crea el dúo español tampoco es novedad si pensamos en El nuevo Nuevo Testamento (2015), la película del belga Jaco Van Dormael. En esa obra Dios es el actor belga Benoit Poelvoorde, y es un Dios que vive en Bélgica y es igual de malvado, hasta peor, es un loser, un tipo que maltrata a su mujer y a su hija, Jesús es como el hijo rebelde que no puede ver. En la película de Van Dormael Dios se aburre, es igual a una persona que odia su vida, y para divertirse crea la humanidad, pero también cosas desagradables para ella, desde cosas idiotas, hasta accidentes, y da poca felicidad, porque así se siente él. Es una crítica mordaz.

El nuevo Nuevo Testamento presenta mucho entretenimiento, y exageración, no todo es ingenioso, como la intromisión de un gorila, pero el filme es original y tiene personalidad. La hija de Dios, una niña (Pili Groyne), hará lo que señala el título, buscando 6 apóstoles entre la gente común, de esto saldrá mucha extravagancia, buena y mala, pero habrá mucho juego, osadía y creatividad. Además éste filme que estéticamente está bastante trabajado optará por una mirada algo feminista o, mejor dicho, de competencia gracias al amor, como con la niña protagonista y su madre –aunque mujer cliché, antes y después- que mejoraran lo que se supone que el patriarcado ha hecho mal –salvo por Jesús que es visto como un ente de amor-. El filme de Dormael tiene mucho humor ácido también, sumada cierta inocencia; en especial con la figura que hace Poelvoorde a quien se le restriega todas sus ideas, o sea los pequeños daños, enojos y accidentes que ha creado para la humanidad.

Lo mejor de Matar a Dios es que apuesta por algo fuerte y decidido, nunca hay medias tintas, amparándose en el humor negro. Tiene sorpresas y cumple en todo. En un momento gira el filme hacia el estado de locura. Se permite jugar con la insania de manera brutal, la casa de ésta familia se convierte en una casa de locos. Es la misma insistencia del marido por la infidelidad de su robusta mujer. El filme tiene de terror y también de ciencia ficción, pero no deja de ser todo realista en cierta manera. Uno piensa bien y queda la ambigüedad en la mayoría del metraje aunque finalmente se decida. Luego llega la explosión. Los gritos del enano iracundo también definen el filme en varias formas.

En Le tout nouveau testament no es reconocible Dios, obviamente, no sólo por creencias religiosas, o respuestas más absolutas o dogmáticas, sino también intelectuales, ¿dónde está el libre albedrio?, ¿dónde está la culpa racional de los seres humanos?, aunque ciertamente es audaz aunque simple como lo hacen creíble, prácticamente de la nada y funciona. En la belga asemejando las tragedias y dolores de cabeza en la tierra a una computadora, mientras que en la española con una única tragedia. Y es así, la española es una simplificación del Dios exuberante de la película belga, tal cual sus respectivos filmes, dejando en claro que ambos son divertidos e inteligentes como cine comercial de valía, cada uno en su propio estilo, aunque se deja ver que la película belga los ha inspirado.

En Matar a Dios a Dios se le convierte arbitrariamente en un monstruo, un vagabundo alcohólico y asesino, u otro tipo de loser, por lo que es imposible pensar más allá de ser sólo un nombre y una imagen muy genérica y básica la que yace en uso, es un filme de entretenimiento puro y duro, de género, que tiene todo el carácter español, pero aquí la habitual extravagancia ibérica funciona para muchos, aun en lo extremo, inaudito e insolente. Es irreverencia sin más, tiene nula gravedad, el ingenio está únicamente al servicio del entretenimiento. La belga en cambio tiene su argumentación en contra.

Profundizar en Matar a Dios es como dispararse en un pie. No está para eso. En un momento, en medio de las cavilaciones del grupo familiar, dice alguien, y si en realidad es el diablo, tal cual lo parece, pero más atrevido sería pensar en Dios. El único momento en que hay una iluminación argumental es cuando el Dios de Caye Casas y Albert Pintó responde si es que existe el cielo, su argumentación es cruel y tiene lógica, pero la fe va más allá y la mente humana tiene aún mucho pan por rebanar.

lunes, 21 de mayo de 2018

La cabina


Éste mediometraje del español Antonio Mercero tiene de eje algo como una trampa para ratones pero destinada a personas, ahí yace una lectura de terror partiendo de algo muy sencillo. Pero lo que le da mayor volumen argumental al filme es el pensamiento de que estamos ante la lectura de la dictadura de Francisco Franco, con una película de terror psicológico, caer en las manos de la dictadura, a raíz de un elemento básico en uso particular, una cabina de teléfonos.

En el filme vemos como finalmente retiran la cabina, y de simples técnicos de telefonía vemos militares transportando otras cabinas, es algo surreal y kafkiano. Lo más extravagante es ver el seguimiento de un helicóptero, es una historia algo paranoica, pero también las dictaduras suelen tener esas dos caras, por un lado algo de provecho, como puede ser en lo económico, aunque difícil de aceptar, y por el otro por lo general muertes.  

Esas dos caras yacen cuando la gente no nota el terror que siente el protagonista, y se divierte con verlo atrapado en la cabina. Paradójicamente son unos payasos los que dejan de reír al ver al hombre atrapado. Esto es parte de la extravagancia que también maneja Mercero. La cabina (1972) consta de una parte de humor, la primera parte, y otra de terror psicológico, la segunda, donde llegamos a presenciar cadáveres en un aire a historia de horror.

La primera parte es costumbrista, y llena de comicidad, el hombre atrapado en la cabina hace muecas y gestos, no puede oírsele encerrado. El actor español José Luis López Vázquez hace fácil reírse en esos momentos, tiene un rostro gracioso y muy expresivo. La gente se va acercando y como si estuviera presenciando un circo, un espectáculo, se divierte con la escena. En ese rato vemos todo tipo de gente del pueblo, hasta pícaros robando comida, un hombre fortachón tratando de resolverlo todo por la fuerza, señoras chismosas contentas, un hombre de manualidades buscando su mejor ingenio para sacarlo, niños festejando. El hombre aun fresco está preocupado y fastidiado por la vergüenza y el ridículo y el show a su alrededor que incluye a policías gritando que salga de ahí dentro y que deja de hacerse el chistoso.

La segunda parte se pone grave, desde que los bomberos tratan de martillar el techo de vidrio. Llega un camión de telefonía y se llevan la cabina. La gente se despide de él y agradecen las buenas risas y el día feliz que les ha otorgado un simple hombre, que no se pretende gracioso. En el trayecto el protagonista empieza a ver que existe algo oscuro en todo esto. El filme se va poniendo más raro, se llena de terror. El hombre deja ver que su hijo pudo quedar atrapado en la cabina y esto hace pensar en el futuro macabro de las dictaduras. También una foto familiar hace reflexionar como se destruye éste núcleo con cada desaparición. El filme entretiene y también te hace cavilar, se puede ver muy sencillamente como también de manera más profunda. Se maneja muy bien el humor y el terror, incluso dialogan entre sí.

I, Daniel Blake


Esta película le dio la segunda palma de oro (2016) al británico Ken Loach, la primera fue para El viento que agita la cebada (2006). En esta también trabaja con el guionista Paul Laverty. El cine de Ken Loach es cine social, un cine que lucha por los desfavorecidos. No se le puede pedir otra cosa, porque este es el cine que le apasiona y le identifica.

En esta película la lucha es contra la dificultad de obtener los subsidios estatales a ex trabajadores que no pueden trabajar, como Daniel Blake (Dave Johns), que sufre del corazón, pero por una opinión de un agente del estado se le niega, culpa también de la poca paciencia de Daniel y de su falta de conocimiento sobre el proceso y las nuevas tecnologías. Otro caso también tratado a fondo en la película y que se interconecta con Daniel Blake es el de una joven madre soltera de 2 niños, Katie (Hayley Squires), que no tiene como subsistir y no halla ningún trabajo, y el estado le dificulta el subsidio, la asistencia social.

El filme en gran parte simplemente expone ambos casos, la burocracia que enfrenta Daniel, un hombre sensible y buena persona, un carpintero y un hombre manual, pero poco instruido, aunque amable y cero vulgar. Laverty y Loach dan a sus personajes personalidades sencillas, pero ricas, son gente muy sensible, honorable y apacible.

A pesar de que las situaciones son para amargar a cualquiera, la negativa constante del estado, pedirles insistencia, mucho orden, los protagonistas se mantienen a buen punto tranquilos. Pierden un poco la paciencia, pero nunca exageran, siempre argumentan. Hay un manejo con no hacerlos antipáticos al público, y mostrar un estado y un proceso que humilla. Daniel llega a decir, si se pierde el amor propio se ha perdido todo, mientras el estado lo sigue ninguneando, exigiéndole saber e insistir con el proceso.

Se puede entender que la gente que quiere la ayuda del estado son muchos, que el proceso requiere un rigor, conocimiento, pero la esencia del filme es hacer ver que el proceso es ridículo, demasiado cuadriculado, y que mucha gente no está preparada para seguirlo al pie de la letra, son gente humilde, y además se está dándole la espalda a gente que verdaderamente lo necesita. Queda claro que Daniel y Katie son gente decente y que pasan por un mal momento económico, o tienen una necesidad, Daniel sufre de una enfermedad y está solo.

El filme en gran parte de su metraje exhibe la necesidad, el llamado al estado y las situaciones, todo va muy bien, pero luego empuja a mostrarlo con más claridad y falla. Katie dice sutil que no tiene hambre en la mesa, cuando entrega su plato de comida a un diligente Daniel, pasa de comer por el visitante, que hace mucho por ésta familia sin pedir nada a cambio. Esto puede ser menor y pasar desapercibido, pero luego Loach y Laverty lo dejan demasiado claro. Katie en un lugar donde donan comida se arroja sobre una lata de frejoles y se los come con desesperación, y termina llorando avergonzada diciendo que no aguantó el hambre.

La propuesta no es sórdida, no busca retratar la suciedad, la vulgaridad humana, por más que la situación claramente yace en la subsistencia básica, la responsabilidad de otros –como los niños- y la desesperación que empuja hacia la corrupción. Cuando uno piensa en la malicia que podría circunscribirse al filme y quizá hacerlo más audaz, Loach/Laverty pasan de esto, muestran respeto y cariño a sus protagonistas, son delicados en mayor parte, como cuando Daniel o su vecino de color dejan ver que podrían ser delincuentes, pero nunca cruzan la línea, porque el protagonista incluso con un grafiti habla de dignidad y moral, tal cual su depresión.

El filme conmueve, no es malo, pero tiene un toque convencional, para bien y para mal expone con sencillez su temática, también queda muy bien explicada, no quedan dudas, el estado está dejando sufrir y quizá morir a gente decente. En ese camino nuevamente Loach y Laverty empujan el carrito hasta el final con sus protagonistas, lo llevan al extremo, sin faltarle el cuidado en lo que vemos, aunque con recursos cantados y muy directos. Le enseña al estado que pasa cuando su burocracia y su indiferencia se mantienen. Nuevamente el filme también, y con eso cierra, remite a la dignidad de gente como Daniel Blake, un tipo honorable.

domingo, 20 de mayo de 2018

Zama


El mexicano Daniel Giménez Cacho es Don Diego de Zama, un corregidor español que espera ser trasladado de una colonia salvaje a otra colonia más moderna donde le espera su esposa e hijos. El filme de la argentina Lucrecia Martel adapta una novela de las llamadas imposibles, de su compatriota Antonio Di Benedetto.

Zama es una película de aire enrarecido, fantasmal y a ratos surreal. Su atmósfera va yendo y viniendo presentando estos estadios. La banda sonora, las extrañas acciones y las tomas de la cámara van creando estas puestas de escenas tan virtuosas, tan atmosféricas. Todo Zama es un juego de estéticas. A esto se le suma una historia que parece un poco episodios, como si no hubiera demasiada trama entre manos en realidad.  

Lo mejor de Zama es esto, su carácter de presentar poca narrativa, pero envuelta en un trabajo cinematográfico minucioso, donde cada detalle visual otorga la complementariedad que engorda su trama. Las acciones de los esclavos negros es todo un repertorio si sabemos prestar atención, recurriendo a lo histórico y a la imaginación, mensajeros semi-desnudos, amantes a lo Cleopatra, simples abanicadores, cargadores o burros de carga, prostitutas u objetos sexuales, mucamas castigadas por su color. Esto es curioso y puede pasar por políticamente incorrecto.

Diego de Zama es un héroe ordinario, un tipo simple, pero cuajado, quien tiene la mala suerte de estar bajo el yugo de un gobernador que no pretende ser su amigo, un gobernador engreído y todopoderoso que lo sabe y le es indiferente Diego de Zama. Ya sabemos que vive impaciente por irse, pero siempre lo detienen. Su desesperación lo lleva al arrojo de perseguir a un famoso delincuente brasileño, y la mala suerte nunca lo abandonará. Zama descenderá al infierno, un infierno indígena, donde la muerte pende de un hilo.

Diego de Zama tiene un poder ultrasensonrial, ve a un niño indígena fantasma perseguirle por donde va, ve también a unas mujeres virreinales asecharle, yace entre la pesadilla y la realidad. Ese niño a veces es material, es real, es su hijo, otro es como un ángel, algo que debe descifrar. Zama está enfermo, y “extrañamente” ha venido al mundo a ser castigado, aunque nuestro protagonista es un buen hombre.

El filme parece obrar sobre la calidad de autor de los artistas, agobiados por la burocracia, la apatía e indiferencia, la monotonía, la derrota. Pero sin esperanza, lo suyo es sólo una acción autómata, buscar a la familia, un poco de seguridad y calidez. Ya las putas que engolosinaban al hombre de guerra no le llenan la vida, ni siquiera tiene fuerzas y encantos para una del poder de seducción y sofisticación de Luciana Piñares de Luenga (Lola Dueñas).

Lo curioso es que Diego de Zama no es un revolucionario ni un hombre que quiere ser intrépido como el asistente que escribe contra la corona y enoja al gobernador, a Zama le da todo igual, es un hombre agotado, sensato, pero listo para ser aplastado, aun cayendo en la desesperación y ser un traidor en varias ocasiones, un traidor para todo el mundo.

¿Quieres vivir?, es la pregunta capital del filme, Zama es un muerto en vida, sólo quiere irse. Es valiente e inteligente, es racional, es justo y hasta tiene de noble, es humilde, pero el mundo es de los gobernadores, del poder, y de los tipos serviles, básicos y poco reflexivos como el Capitán Hipólito Parrilla (Rafael Spregelburd).

Zama es un hombre de las orillas como algunos peces suicidas, pero finalmente tampoco se complica, traiciona, mientras pierde aquella figura gallarda del inicio. Y es un enemigo –hasta para sí mismo- al perder la esperanza, porque todo requiere de fe, de sueños, de cierta necedad, como la de los criminales que siguen a Vicuña Porto en la ilusión folclórica de aquellos cocos que llevan riquezas dentro. El resto por ende es pesadilla para Zama, una aventura a la selva, al corazón de lo salvaje, de lo primitivo, sin romanticismos, puro cuerpo.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Revenge


Una hermosa y sensual mujer (Matilda Lutz) pasa sus días en una millonaria casa en el desierto con un hombre casado. Llegan dos amigos del susodicho y quedan fascinados con la mujer. Ella bastante superficial y fácil provoca medio sin darse cuenta del todo a uno de los visitantes. Éste cree que es una proposición sexual, la fachada y el comportamiento le pasa factura a la muchacha, termina clavada del estómago en un árbol. Extremo, sí, desde luego, y mucho, el filme de la francesa Coralie Fargeat. Pero al mismo tiempo muy divertido. También parece proponer la redención y libertad de esta imagen femenina.

El filme es hedonismo en grande, la resurrección de la mujer es todo un acontecimiento, que incluye el peyote y tatuarse la insignia de una cerveza mexicana y esperar sobrevivir frente a tres cazadores curtidos en algún desierto sin nombre. No es demasiado creíble la trasformación en unos pocos días de una superficial amante en una aguerrida amazona, pero que importa. El filme es entretenimiento sin reglas, o la única regla es pasarla genial.

Revenge (2017) es gore por doquier, pero como la lucha se centra en tres agresores es toda una escenificación de combate, con escenas poderosas y emocionantes extendidas. La cantidad de sangre que brota en las peleas es descomunal. La maldad de los sujetos, su total frialdad frente a esta mujer hermosa y en un inicio superficial, que ven como un objeto, también raya lo irreal. El enojo con que se alimenta la bella joven es de lo más salvaje, y justificado. Es un canto de subestimación, menosprecio y de sorpresa. La mujer empieza algo torpe y desesperada y rápidamente termina indetenible.

Ésta propuesta tiene también un aire sensual, y femenino, no sólo Matilda Lutz exhibe su bella anatomía, también la directora hace desnudar al líder del grupo (Kevin Janssens). Iguala el voyerismo masculino frente a Lutz para el público femenino poniendo a Janssens a combatir a la muchacha desnudo en buena parte del filme. Esto es también el simbolismo de que ahora el pedazo de carne no es ella, el objeto, sino él. El dueño de la situación es ahora la mujer maltratada, que se ha convertido en toda una máquina.

Es importante el suspenso, la táctica, lo lúdico de un combate sin cuartel, pero también hay un quehacer muy en bruto que hace del filme un volver a lo básico y primitivo del entretenimiento, de explotar el goce puro y duro, también ostentador de nobleza. Es un filme rabioso de género. No es darle tampoco mayor filosofía que una historia de sobrevivencia, pero de armas a tomar, con una mujer que requiere de deshacerse de un grupo de cazadores como en una película más escueta de Mad Max, de seductores machistas, de hombres todopoderosos. No todos los sujetos son agraciados, pero se sienten por encima de la mujer, como los acosadores callejeros, como los asechadores no correspondidos.

El filme exhibe un mensaje feminista. La atractiva fémina tomará revancha, buscará el respeto aunque en estado bruto, los dominará, los doblegará, cambiara los patrones, se deshará de ellos, implacable, fuerte, firme, pero aun así manteniendo su femineidad que sutilmente perdura en aquellos aretes estridentes, divertidos y muy femeninos que jamás se quita.

martes, 15 de mayo de 2018

La última tarde


Laura (Katerina D’Onofrio) y Ramón (Lucho Cáceres) van a firmar sus papeles de divorcio tras 19 años de no verse, cuando ella escapó de su relación y de la situación que vivían. El gran meollo del asunto es que ambos fueron terroristas, pero ambos lograron esquivar la cárcel y siguieron adelante. La polémica está en que se humaniza a los terroristas, aquí escuchamos que fue una opción intelectual, de justicia social, más allá de la violencia ejercida que queda secundaria, y argumentan sobre ésta militancia, lo cual en nuestro país suena difícil de manejar, ya que tanta muerte y caos del terrorismo cuesta verlo tan tranquilamente.

Laura y Ramón tienen que hacer tiempo hasta que vuelva el encargado y firmen sus papeles, y se van a dar una vuelta, se ponen a caminar por Barranco, luego toman un taxi a un café en Miraflores. Pasan algunas cosas, pero lo más interesante es que se ponen a conversar y sale una y otra vez el pasado de su militancia en el terrorismo. Ella revela otras cosas, como que se le acusó por una infidelidad de ser puta de alto vuelo, pero lo que resuena es la palabra terrorista. Eso al fin y al cabo es lo que le da trascendencia a esa película tan sencilla.

El filme pasaría sin pena ni gloria si no fuera por los diálogos sobre terrorismo, intelectualizar esa parte tan oscura, dolorosa y capital de nuestra realidad, lo cual le da originalidad al filme de Joel Calero, que tiene su profundidad y lo toma con naturalidad, lo que puede afectar, fastidiar, pero también le da forma al filme como arte. Cierto que verlo de esa manera es un golpe a la realidad misma, a tanto dolor, pero como película, como ficción, como historia de interés y la estructura de una narrativa es válido y efectiva.

El filme crea cierta superficialidad en cuanto al trato del tema, lo normalizan, aunque da volumen a sus personajes de ficción, que aminoran un tema tabú, un tema cerrado, un tema al que no le permiten tanta libertad. No obstante el mundo de estos personajes gira a ese derredor, es el comienzo, centro y fractura de su relación amorosa. Si no tuvieran esto los personajes serían prácticamente ordinarios, sin mayor tipo de enriquecimiento. Pero el filme agiganta también la realidad, le da un nivel intelectual, que en buena parte no tenía el terrorismo o no se manejó así finalmente, sino había más inconciencia, alienación y brutalidad.

Los diálogos tampoco son plus ultra, pero sí permiten crear un filme más que digno, más apetecible, de lo que normalmente hubiera sido en la imitación de un filme de diálogos de pareja, de paseos, que al final es a lo que gira cuando terminan teniendo sexo, entre lágrimas, dos almas sufridas cobijándose la una a la otra, la última fotografía. Es el amor que de alguna manera redime, como el compromiso social. Desde luego, es un filme polémico. Difícil entender la violencia, sobre todo porque está fuera del retrato. Muchas conclusiones de la temática son muy fáciles al oído, muy condescendientes.

Por lo demás Calero tiene algunos cambios de cámara, algo sencillo, pero que permiten generar una estética cinematográfica decente en las largas secuencias donde caminan. También hay pasajes variopintos, algunas novedades mientras continúan los diálogos, como el robo, ir al taller, el tomar el taxi y poner una canción romántica en el auto y verlos por el espejo retrovisor o sentarse en la calle a vista del paisaje lírico limeño.  

Ramón en realidad no ha cambiado del todo, lo cual suena un poco atrevido, aun actualmente, y Laura ha vuelto a sus orígenes, se ha aburguesado nuevamente, ha dejado atrás la locura. Ramón es cusqueño, un tipo humilde y de compromiso social hasta el tuétano. Laura es de círculo social alto, publicista valga la redundancia. La lucha de clases asoma siempre, aunque mucha política queda bastante distante frente a la brutalidad que hemos vivido como país.

La frase de Lenin, lo mejor de la burguesía son sus mujeres y sus vinos, suena mucho a sueño húmedo de chico marginal, igualmente a frase picara, más que justificación a tomar en serio, la que sería el simple adoctrinamiento o corrupción, de la mano del enamoramiento de juventud, un amor loco, un amor ciego, que terminó tal cual, en un arrebato de apasionamiento.

La mejor frase del filme dicho vulgarmente y que puede sonar un poco a contradicción, aunque más entre claudicación y enojo, como se pinta de cuerpo entero el protagonista, es los gallinazos tienen mala fama, pero no joden a nadie, es decir, viven de lo que sobra, de lo que no se quiere. Él es violento; ella emocional, pero también feminista. En un momento se habla de las rabonas –mujeres que seguían a los soldados patrios- y sale a la luz el concepto más bien de la mujer con decisión, lo cual termina justificándola en su escape.

domingo, 6 de mayo de 2018

El Vigilante


Un guardia de vigilancia de un edificio en construcción de un lugar apartado pasa por varios misterios, todos muy ricos en curiosidad por saber a qué se debe cada situación. En el edificio se ha hallado un muerto en una camioneta y la policía pide declaraciones a los 2 guardias del día, uno del turno de la mañana y otro de la noche. Nuestro guardia de vigilancia y protagonista, Salvador (Leonardo Alonso), es un tipo muy sencillo y está en situaciones que parecen muy complejas de descifrar. El guion y la dirección del mexicano Diego Ros dan gran juego a quebrarnos la cabeza con pocos elementos, genera mucha imaginación.

La elipsis del dinero juega un papel trascendental en el misterio y el suspenso, tanto como elementos imaginativos como el poder, los negocios turbios, los engranajes del noir. Hay una maqueta con la que el vigilante medita cogiendo la figura de plástico de un guardián, una pequeña pieza solitaria en un mundo enorme, complicado, como la llegada del vigilante al trabajo en la apertura del filme.

Pero aunque Diego Ros pudo dar respuestas más nubladas, más ambiguas, como para dejar pensando por las soluciones al público, y se ve que cabía tranquilamente la posibilidad, porque previamente explica las situaciones de forma muy tenue, al final opta por dar las respuestas con diafanidad, y no por ello deja de ser una buena película, bien urdida y resuelta, sobre todo porque las respuestas llegan al último minuto, lógicamente, cuando ya hemos disfrutado bastante pensando e imaginando mil situaciones.

Las respuestas son muy sencillas, pero lo que las precede es poderoso. Todo es sospechoso, entre los vigilantes hay una interactuación muy jugosa. Hugo (Ari Gallegos), el otro vigilante, es muy frontal, dice que no con facilidad y le da la contra con firmeza a Salvador, que es un tipo más dócil, también porque en la noche de los misterios Salvador tiene una cita importante y quiere irse lo más pronto posible, pero el deber y la continua novedad lo mantiene atado.

La propuesta de Diego Ros tiene varios momentos de sorpresa, ingeniosos, también su flujo de miedo cuando se revela un asesino y quien ve el peligro con claridad debe pensar rápido durante ese momento. Hay pocos personajes pero cada uno brinda algo especial al conjunto, hay personajes que sueltan respuestas/soluciones al vuelo, unas fáciles de coger, otras pueden pasar desapercibidas. También hay acciones que se conjugan, hacen click.

El filme es muy bueno manejando sus situaciones de misterio. Es un filme que opta por ser más humilde de lo que en principio parece, pero es notable en cada manejo. Cuando conozcamos más a Salvador formaremos ideas sobre él y seguramente pensemos en la alienación que produce la sociedad, no sólo la mexicana. Salvador es también un enigma en el juego de las figuras. Salvador es un típico mexicano.

La trama tiene algunos giros, piensas algo, lo meditas un rato, luego el filme te lo aclara sin dificultades, es una obra que opta por dirigirse a un público sencillo, pero aun así no da nada barato ni vulgar, sino aplica su ingenio a crear un cine amable pero valioso. Hay muchas mentiras en el ambiente, mucha hipocresía, todo lo que colinda con la muerte, con el crimen, algunas son mentiras chiquitas, actos corruptos mínimos, pero dan para imaginar muchísimo. Es un filme que no decepciona, pero que es pequeño. También una notable ópera prima.

viernes, 4 de mayo de 2018

La casa lobo


La película de los artistas plásticos chilenos Joaquín Cociña y Cristóbal León es toda una experiencia visual y narrativa. Las imágenes que crean son creativas y libres tanto como impresionantes, estéticas y profundas. Es la alteración de las formas, todo se transforma constantemente dentro de una casona chilena, refugio de una niña alemana llamada María. El filme nos da dos lecturas centrales, una trama contada como un cuento infantil y un hecho sórdido real por detrás. El hecho sórdido es la colonia alemana fundada en 1961 por un pederasta de larga data llamado Paul Schafer, lugar que siguió generando idénticas denuncias, la que además fue famosa por ser centro de torturas durante el gobierno de Pinochet.

El filme es uno de animación en stop motion, con la particularidad de que tiene muchos momentos terroríficos, perturbadores, como una voz en off perversa que invoca la del alemán posiblemente exnazi Paul Schafer en defensa de su colonia, llamada colonia dignidad. Otra voz en off es la voz de María que es más inocente y propia de un cuento para niños, pero también inquietante por lo que deja ver debajo en una voz pegada al tipo de una maestra de inicial.

Observamos la desintegración de figuras, cerditos con pies y manos, un niño llenándose de cucarachas, el rostro de un pequeño sangrando negro, montón de momentos extravagantes y originales, también imágenes extrañas y de miedo, siempre alrededor de niños y dentro de ésta casona refugio. María cuidaba de cerditos en la colonia y ahora tiene a dos a su cuidado en la casona y los ha llamado Ana y Pedro y se transforman en niños. El cuento de los 3 cerditos y el lobo feroz está como base en el filme, expresado muy libremente.

No puedes salir de la casa, dicen los niños que cuida María y suena terrorífico, cuando se han quedado sin alimentos y el lobo, que figura a Paul Schafer, está acechante afuera pretendiéndose un ser bueno, noble. Se siente el terror psicológico y ayuda la banda sonora. Este filme es un viaje de terror, algo de ironía y visualmente irrefutable. Es tremenda audacia tener la historia que lleva por debajo, el tono con el que se maneja, la narrativa de un cuento infantil, todos ingredientes que hacen de este filme algo memorable en latinoamérica. Recuerda al cine de Jan Svankmajer aunque marca más el terror.

Paris est une fete - Un film en 18 vagues


París es una fiesta - Una película en 18 olas (2017), película del francés Sylvain George, muestra a un inmigrante guineano, un hombre de color, viviendo en las calles de París. Aprovecha un colchón abandonado, improvisa una cubierta y duerme a la intemperie. Cuenta el terrible padecimiento que fue llegar por mar de África a Francia, un hombre posiblemente murió en el trayecto, fue tirado al mar y sangraba, nos dice el guineano. Pero no es el único viviendo como indigente en París, la cámara aguda de Sylvain George, un cineasta comprometido con las causas sociales y políticas, captura a muchos inmigrantes en ese estado.

En otra cara social del documental el galo filma en especial a la juventud francesa en las protestas del 2015 y del 2016 en la misma París. El 2015 se dan las marchas por los atentados extremistas y por el estado de emergencia de Francia dictado por el presidente Francois Hollande. El 2016 las protestas son por el proyecto de ley de la reforma laboral del gobierno del mismo Hollande. También son contra el maltrato a los inmigrantes y por solidaridad hacia los refugiados. En el filme vemos a la eterna Francia revolucionaria, peleando por lo que creen. Hay una protesta con mensajes, arte, literatura, intelectualidad, pero también violencia hacia los policías que actúan igualmente violentos, represivos.

Sylvain George además de un documentalista social es un documentalista experimental, y hace gala de una expresividad propia en ese sentido. Vemos las manos del inmigrante guineano en fondo negro haciendo señas, dando manotazos y golpes al aire, la clara representación del trajín por su supervivencia, por su dignidad. También por el final el guineano se anima a cantar música moderna africana y un rap, trasmitiendo vitalidad, fuerza, y un pequeño desfogue. En otro momento entra la cámara como hacia el corazón de un bosque oscuro, con cámara subjetiva, pasea entre la hierba y las plantas, se destacan unos enormes girasoles terroríficos y finalmente el recorrido nos lleva hacia un hombre desnudo abandonado, simbolismo de la situación de los inmigrantes y la lucha por los derechos de todos.

Se fusionan éstas dos caras, inmigrantes trepando cercas y durmiendo cerca de la basura, y jóvenes protestando quedándose sin zapatos en plena lucha, entregando una flor o recitando una arenga romántica. Luego sólo la calle solitaria siendo limpiada, y de vuelta a las revoluciones, a la necesidad de pelear, mostrando a un París combativo, no sólo de postal.

domingo, 29 de abril de 2018

Wiñaypacha


El cine regional como fenómeno tiene unos 20 años de continuo trabajo en distintas regiones, pero es con Wiñaypacha, una película puneña, obra de Óscar Catacora, que se ha conseguido un elogio especial, que incluye una recepción decente del público limeño, tomando en cuenta que no es un cine masivo sino de cine arte, si bien se tiende a decir siempre como en un juego de ensayo y verdad sobre varias películas nacionales que estamos frente a una obra maestra, aunque es cierto que Wiñaypacha es especial en sí.

Aparte de que está hablada en aymara durante toda la película es una película contemplativa, de una manera muy marcada, no hay juegos de cámara ni existen tomas variopintas en uso, se trata de tomas fijas, y es con los personajes, la naturaleza serrana y los animales que se produce el movimiento y la dinámica en la pantalla. La cámara es un ojo clínico, un ojo atento, un ente utilizado de manera básica, de manera a veces muy evidente, recurriendo más bien al naturalismo como técnica cinematográfica.

Es notorio el quehacer del neorrealismo, todas las acciones son propias del Ande y de lo auténticamente autóctono, los únicos dos protagonistas, los actores, no son profesionales. Willka y Phaxsi son 2 ancianos aymaras que viven en la montaña, en la Sierra, y vemos todas sus prácticas cotidianas, como subsisten, como viven, que hacen, casi todo se lo gestionan de manera artesanal, sólo compran algunas cosas, que les quedan lejanas. Hay practicas reconocibles, pero no faltará alguna pequeña novedad en cuanto a la realidad originaria de nuestro país, a las actividades en el ande más autóctono. Son actividades simples, como preparar algún tipo de alimento o hilar un poncho.

El filme hace mucho uso de la palabra, Willka y Phaxsi siempre están conversando, dicen algunas cosas que no parecen necesarias, puesto que no todo lo tienen que explicar, pero también de otra forma quizá no entenderíamos todo lo que hacen. A su vez también sus diálogos enriquecen la propuesta, dicen cosas interesantes que realzan el contenido del filme. Algunos momentos son muy obvios, otros son potentes pensamientos aunque expresados de forma muy simple. Pero el filme presenta sustancia, profundidad.

Se lee el abandono en que vive la gente del Ande, su precariedad, que incluye la vejez, lo cual pone más grave y urgente el panorama. Cada acción de los protagonistas cuesta más esfuerzo, debido a su avanzada edad, pero aun así deben hacerlo para subsistir. El hijo que ha ido a vivir a la ciudad y sus padres lo añoran todo el tiempo es otro importante tema. Aunque el vástago nunca llega a estar físicamente está siempre presente en todo el conjunto. El hijo es un simbolismo de Lima, de cómo tiene abandonados a sus padres y lo que ello significa, a su historia, a sus orígenes. También es un llamado a la gente autóctona, a no perder ni olvidar sus raíces, su sangre indígena, y a todos los peruanos.

Éste filme puneño también tiene una narrativa, no solo es la vida común de Willka y Phaxsi en su lugar de origen folclórico, en ello se trabaja con los fósforos, con el fuego. De algo tan pequeño se presenta un desarrollo narrativo atractivo, sencillo, pero coherente con el eje del filme, el olvido, la indiferencia, la muerte –como en el sueño- por más que hay una mística y cierto encanto en cómo viven estos dos ancianos aymaras, en sus practicas ancestrales, en su adoración a los Apus.

El filme puede tener la cámara fija, pero lo que muestra en las tomas es muy rico en buena parte, también hay un gran manejo de la iluminación –se trabaja mucho con la noche y es notable-, y una fotografía básica pero competente donde los paisajes parecen irreales de lo fantástico que se ven los fondos. Donde Wiñaypacha incomoda es en la recreación neorrealista del ataque a los animales, son imágenes muy violentas, descarnadas, sobre todo porque son imágenes cero estéticas y que parecen ser muertes reales.