domingo, 24 de julio de 2016

La saga de Drácula de la Hammer

Escrito en honor al Drácula más popular del séptimo arte, Christopher Lee, que murió el 7 de junio del 2015, a los 93 años, dejando una muy extensa carrera, donde su máxima mítica yace en la saga de Drácula de la famosa productora británica de cine de terror de bajo presupuesto Hammer; saga a la que le paso revista, contando con 8 películas, en las cuales el muy querido Christopher Lee representó al legendario vampiro en las siete primeras.

Drácula (1958)

Una de las inmortales obras de Terence Fisher, la mejor de la saga, claro, la primigenia, que se pega más a la historia de la novela, sin embargo hace ciertos cambios, otorgándole agilidad al producto, esta vez Jonathan Harker arranca con una misión secreta, como un cazador de vampiros, pero no es hasta que el Doctor Van Helsing (Peter Cushing), su maestro, interviene que Drácula enfrenta su gran reto. Ese choque vital entre dos nombres míticos del cine de terror, Cushing y Lee, otorga un entusiasmo memorable, visto tales clásicos roles en su mayor exposición. La intromisión de los colores intensos, pastel, como esa sangre de aspecto exagerado, el espacio rural y lo aristocrático, los modales ingleses, la mirada penetrante y furiosa de Christopher Lee, todo es simplemente un goce mayúsculo, de lo que se subvierte escuchar por enésima vez la historia típica de Drácula, que en el conjunto histórico del cine afírmese que yace en lo más alto del podio, la que tiene excelente ritmo que la deslinda de muchas otras igual de famosas, brillando un encanto de lo bellamente clásico, que está por encima del presupuesto, donde sorprende ver la alta calidad del producto, sin ostentación.

Drácula, príncipe de las tinieblas (1966)

Secuela dirigida por Terence Fisher, un grande del cine de terror, que lo demuestra fehacientemente en un filme que es bastante bueno, sobre todo en la escena de resurrección de Drácula que está de lujo para la época, en una película en que Christopher Lee no habla nada, asumiéndose como un monstruo absoluto, que solo quiere asesinar a la gente que atrapa en su castillo, habiendo dejado la orden de que su siniestro mayordomo y esclavo llamado Klove atraiga a los curiosos ante sus garras, cuando el pueblo yace advertido y niega la existencia del castillo, en un bar típico, antesala en que se anuncian peligros y temores. Sitio en que caen dos parejas, dos elegantes hermanos y sus esposas, que torpemente no escuchan y son guiados por fuerzas mayores al castillo. El salvador es un cura tosco, que yace armado y es peleón. El filme cumple con entretener y bastante, con una historia muy práctica y sumamente sabrosa.

Drácula vuelve de la tumba (1968)

Dirigida por el británico Freddie Francis, mejor director de fotografía (ganó por ello 2 premios Oscar, por Sons and Lovers, 1960, y Glory, 1989) que director de cine, pero que en algo se distingue haciendo un filme con toques frescos y llanos de romance y rebeldía juvenil (el héroe es ateo y no lo esconde a nadie, tiene el mal de decir la verdad todo el tiempo, aun cuando su amada vive bajo el ala bondadosa de un tío que es obispo; el héroe se mueve trabajando en el clásico bar de borrachos y risas vulgares, gente que lo quiere, aunque soñando con progresar estudiando a la par), acotando que en las historias de Drácula, como el apasionado vampiro es un seductor siniestro que se mete con las mujeres de sus víctimas, no faltan los rescates heroicos de pareja. El argumento del filme es simple y pedestre, el obispo ha exorcizado el castillo de Drácula, dejando una enorme cruz en la puerta, y cuando éste regresa a la vida se enardece y promete vengarse, para lo que persigue al religioso a su pueblo. Antes, hace algo sacrílego, toma como esclavo a un párroco. Es curioso recordar que Christopher Lee como Drácula es un abusador de mujeres, no solo las domina con la hipnosis y su mordedura, sino las trata peor que trapeador, sin importarle belleza alguna, como la que exuda la damisela en peligro, la rubia actriz Veronica Carlson (haciendo además mención honrosa de otra actriz, Barbara Ewing, por su llana sensualidad, y su inocente juego de tetas). Uno podría pensar que el ateo novio aprenderá una lección, pero esta queda de tarea para la casa. 

El poder de la sangre de Drácula (1970)

Aun siendo la cuarta de la saga sigue siendo entretenido ver una película de Drácula, dirigida ésta vez por el húngaro Peter Sasdy. En esta trama tres hombres acaudalados de poco más de mediana edad, misma lectura literaria de Fausto, vender el alma al diablo, aburridos de la cotidianidad de sus vidas y su imagen de gente prominente, supuestos maridos y padres correctos de la buena sociedad, cosa que se desmiente por completo, conocen  a un vividor practicante de ritos ocultistas, en busca de emociones jamás vividas, cansados ya de los burdeles, quien les propone beber la sangre de Drácula, tras ser hallado donde la última película lo dejó, lo que concluirá fuera de lo esperado desencadenando la ira y la venganza del vampiro más célebre, que irá uno por uno tras ellos, a poco de un rato clave y distintivo del filme. Un rito negro que aplica devoción, y al mismo tiempo como una aventura extravagante, habiendo dos o tres buenos momentos en un filme que tiene su sana cuota de cierta originalidad, a pesar de que a Christopher Lee se le muestre harto ordinario en varios lapsos. Se trabaja la ejecución de la frase de desembarazarse del pasado que suele reinar en toda necesidad de desarrollo artístico y de madurez, y un ataque repentino y facilista de “enfermedad” de un posible psicoanálisis a Drácula en el desenlace.

Las cicatrices de Drácula (1970)

La quinta película de la saga se pone algo barata, pero sigue entreteniendo. La dirige el inglés Roy Ward Baker. Partiendo de las correrías sexuales del hermano pícaro menor, Paul, con historias medio salidas del imaginario porno, aunque sin, obviamente, su explicites. Solo algún trasero desnudo femenino bien formado a lo máximo.  De lo que Paul es perseguido por la policía por tener sexo con la hija del poderoso burgomaestre del lugar que escondiendo la alegre fémina su aventura lo acusa de aprovecharse de ella, todo en un tono bien ligero, al estilo de las comedias de adolescentes descarriados. Pretexto para que Paul caiga en garras de Drácula, al ir de tumbo en tumbo hasta caer en su castillo, pasando primero por un atemorizado y castigado pueblo próximo, donde hay una masacre en una iglesia algo gore, bajo efectos especiales no tan pulidos, pero con su gracia. El rastro hace que el educado y valiente hermano mayor, Simon, junto a su bella novia rubia, termine enfrentando a Drácula. En esta versión Christopher Lee se muestra todo un caballero y por otra parte del tipo asesino serial, con el criado Klove teniendo bastante presencia y mayor repercusión que antaño. En esta película hay mucha sangre, hasta un saludable descuartizamiento. En lo bueno del filme yace que es impredecible, y tiene una original idea con un cuarto sin puerta, con una ventana por entrada y una tremenda altura, vista con un efecto no tan realista, semejante a la intromisión recurrente de murciélagos gigantes, entre aceptables y fallidos. La propuesta tiene un arranque y final con personalidad propia, aunque lo justo, nada más. Otro encanto del filme es la trepada a lo araña de Drácula.

Drácula 73 (1972)

El filme se contextualiza en la edad moderna, en el siglo XX, en los 70s, con un secreto súbdito de Drácula, Johnny Alucard (Christopher Neame), trayéndolo a la vida una vez más, por medio de una misa negra llena de sobrenombres del demonio, lo que tiene su incomodidad, pero que ya es algo visto en la saga. Lo mismo pasa con el propio personaje de Alucard que se comporta idéntico a Alex DeLarge, de A Clockwork Orange (1971), queriendo liderar una banda de hippies en la que se halla una descendiente de Van Helsing, viendo por otro lado que Peter Cushing lo interpreta en esta película como un pariente sucesor. Alucard, se pinta de seductor para atrapar víctimas, y Drácula, de monstruo tras bambalinas, con lo que hacen de la suyas, y pronto la policía termina preguntándole al experto en lo sobrenatural y rituales paganos Van Helsing, quien enfrenta nuevamente a Christopher Lee, pero con un trazo poco original. Aun cuando ha quedado atrás la época victoriana y lo gótico en una trama con una música actual que le da un toque a lo Starsky y Hutch (1975-79) más que de vampiros. Otra curiosidad es ver en la historia a la bella Caroline Munro, aunque rápidamente sale de escena. Hay que decir que el director canadiense Alan Gibson intenta ganar vitalidad, con un giro impensado de actualidad, y no queda del todo bien, pero para fanáticos de la saga ésta de Drácula todavía guarda algún carisma.

Los ritos satánicos de Drácula (1973)

Alan Gibson repite en la dirección, y vuelven ideas de su anterior realización, habiendo igualmente muchas novedades, entre ello otro estilo de filme. De lo anterior tenemos principalmente la adaptación de la época, los 70s, pero ahora intervienen magnates y gente de la política o de la ciencia asociada a un culto satanista, una china como administradora de la mansión de los ritos –por algo el guionista es Don Houghton que se encargó de escribir las tres últimas de la saga- y unos motoristas de secuaces y matones, contra policías infiltrados que parecen jugar al Inspector Gadget, ya que sabiendo donde se reúnen estos conjurados terroristas no los detienen, sino luchan como si se enfrentaran fuerzas similares, en una propuesta que más parece una película de James Bond que una de vampiros, pero eso ya no es novedad viviéndose la decadencia de Drácula en la Hammer, incluso el Conde que nuevamente hace Christopher Lee es un jefe corporativo. Y su muerte yace en lo risible, sacando nuevas formas de matar vampiros, con agua, con espinas y con una bala de plata. De lo que vuelve también de Drácula 73 es que la iglesia donde muere Drácula se torna una pista actual definitoria, también está el mismo agente de la policía como héroe más activo, interpretado por Michael Coles, y la nieta de Van Helsing, Jessica (pero con otra actriz, la bella Joanna Lumley, que como no falta tiene muy bellos pechos), y otro infaltable, el mismo Van Helsing (el noble Peter Cushing). El filme ahora se enfoca en el apocalipsis maquinado por Drácula, la grandilocuencia llega al límite. Algunas escenas son buenas, como las que suceden en un sótano lleno de vampiras, o un ahorcado como ajusticiamiento a lo giallo, pero predominan los francotiradores, las persecuciones motorizadas y el combate a puño limpio.

Kung Fu contra los siete vampiros de oro (1974)

Una película que mezcla kung fu y vampiros en los 70s puede sonar  a varias cosas, a una idea oportunista o de querer hacer mucho dinero, propio del auge de la época por este tipo de arte marcial, y a que la Hammer estuviera apuntando a sobrevivir, también a una idea salida de algún Takashi Miike de antaño (dirige Roy Ward Baker, detrás del pacto de la Hammer y la productora hongkonesa Shaw Brothers), por lo que dependiendo puede ser lo peor o una gran ocurrencia, y seguramente los puristas odien este filme, donde lo fantástico está mezclado con vistosas peleas con armas tales como hachas, arcos o lanzas y golpes complejos, y que matar a un vampiro pase por agarrarlo a golpes primero, y luego atacar su corazón, como quien no quiere olvidar que el maestro chino ocultista y líder de los 7 vampiros de oro, o guerreros especiales y sobrenaturales, sea en realidad Drácula transformado, ya que el Conde en su figura tradicional apenas aparece al inicio unos 10 minutos y 5 minutos al final para morir en su ley e imagen. Drácula ya no es Christopher Lee, sino John Forbes-Robertson, que solo lo interpretaría por esta sola vez, y no es que le pidas dignidad, que la tiene, en este tipo de combinaciones, pero no es Lee. El que vuelve es Peter Cushing como Van Helsing, y sí que es un genio, porque se acomoda a lo que sea y sale indemne, y ahí lo ves peleando con una antorcha contra guerreros marciales (muertos vivientes, victimas pasadas, que salen de debajo de la tierra), o matando a traición, no le queda otra. Aunque los hermanos de Hsi Ching, un estudiante chino que quiere rescatar a su pueblo natal de los vampiros de oro, lo defienden, solventando las coreografías de lucha. En un filme que tiene algo de Los siete samuráis (1954) a pesar de la diferencia de calidad. Los siete vampiros de oro, enmascarados y desfigurados, gustan de secuestrar vírgenes chinas, a las que les arrancan la ropa y dejan ver  sus tetas, y las usan de alimento alrededor de una olla de sangre en un accionar que sirve de rito. A Van Helsing se le hace difícil matar a uno de ellos, no está, claro, en su elemento con el kung fu, y eso se nota de lejos, pero la propuesta es, dígase honestamente, más entretenida de lo que uno hubiera pensando. Aparte de sus relaciones amorosas interculturales, y una mezcla cosmopolita entre chinos y europeos compartiendo folclore y tradición.

Batman: The Killing Joke

El filme animado de Sam Liu, que adapta el legendario cómic que escribiera Alan Moore en 1988, parece estar dividido en dos, la primera parte que dura unos 30 minutos nos enseña la interrelación de Batman y Batgirl, en una relación amorosa -más allá del deber y el nexo de maestro y pupilo- que luce como la de un hombre mayor hecho y derecho y una jovencita en desarrollo, para ello Batman nunca rompe su seriedad, gravedad y estado parco, no habla mucho y rehúye el flirteo, mientras ella se comporta como una chiquilla fuerte pero no sabiendo lidiar con sus sentimientos, que bien ejemplifica la idea símbolo del profesor de yoga.

No hay que obviar que esta primera parte tiene buenas escenas de acción que generan un equilibrio de géneros, o maneja un cierto yin yang; con un joven gángster entre Tony Montana y otro especie de Joker por enemigo, que juega en medio de la delincuencia al pretendiente duro con Batgirl, al chico malo que la niña correcta no puede evitar, pero claro esto es propio de la perversidad y la locura del joven hampón llamado curiosamente Paris Franz. En la que es la historia, típico de aquellas conversaciones en la biblioteca de Bárbara con su mejor amigo, de Batgirl y no la de Batman, empatándola a ella con cualquier fémina de aire adolescente con conflicto afectivo, en un filme lleno de tipos de affaires, más allá de su doble vida de enmascarada y su efectividad en combate como superhéroe, capaz de derribar al mismo Batman.

La segunda parte utiliza a Bárbara Gordon nuevamente, sirviendo todo el previo metraje para darle consistencia humana a un personaje que será un poderoso aliciente que acecha dibujando la perdición, creándose una nueva y propia historia, en buena parte independiente de lo anterior, salvando la idea del gran riesgo que puede caer en nuestra concepción ante una entrega devota a la lucha contra el crimen y la maldad, y comienza con saber que el Joker anda suelto y busca demostrar un punto, el cual es el reto que enfrenta Batman y el Comisionado Gordon, donde el señalamiento del Joker tiene de verdad, aunque se desmienta en la diferencia entre el bien y el mal, tratándose de lo mismo pero manejado de forma personal. En el trayecto vemos el pasado del Joker, que es algo estupendo, viendo que siempre es interesante saber de los personajes apreciados (personalmente, me encanta el Joker, como a muchos).

Lo que le reprocharía al filme y a esta parte es que Batman surge como un tipo frío, demasiado neuronal y ligero, y le falta esa emotividad que suele tener todo ser humano (curioso porque en la primera parte hay mucho de esto y de aire adolescente), en donde el final suena muy consolador dentro de una narrativa chocante en una broma, y Batman es sangre, un sujeto pasional, por algo la muerte de sus padres lo definen, y más se acerca a la realidad hacerlo un tipo oscuro, fuera de que la animación este en el mundo de los adultos, pero no quiera perder su cercanía con una tradición más pura e inocente de espectador. Por todo se humaniza al Joker, un tipo cruel y violento en el presente, cuando Batman busca entenderlo, y conseguir una paz consigo mismo recurriendo a mantener la disciplina, cansado de enfrentar a un desconocido como llama a su peor rival. No obstante, ¿Batman sabe todo lo que vemos del pasado del Joker?, es más, ¿resulta suficiente para detenerse, y encima hacer un mea culpa?

Cada viernes sangre

Esta película gustó mucho durante su exhibición el 2011, y hasta la llegaron a nombrar la mejor del año; claro, exhibida fuera de las salas comerciales, como una obra del movimiento de cine independiente peruano o que también han llamado de nuevo cine peruano, siendo la presente una de las obras capitales de esta “movida” o nuevos tiempos, con películas y autores que simplemente trataban de hacerse de un hueco y siguen haciéndolo.

El filme de Fernando Montenegro nos cuenta como una pareja de ladrones, Denise (Claudia Burga) y Chris (el mismo Fernando Montenegro) planean un robo y deben buscar formar una banda, de 4 es más fácil, dice el sagaz Chris, que no se hace problemas en fomentar una trama, que con una máscara de carnaval se perpetra de justiciero, criminal y antihéroe (al igual ella). Le roba a otros criminales, o planea asaltar la empresa de “Coco”, otra lacra, que yace en el estereotipo de un tipo de criollo con plata –heredada, de una pequeña empresa familiar- aprovechado, abusivo, inmoral y avispado, aunque dentro de un aire gracioso, que evita todo el rigor hacia su persona, aunque lógicamente bajo cero empatía, que luce como la imagen común del profesor de computación de instituto. Apreciando que lo que en realidad es Chris es un hampón con un estilo a cuestas, con pinta de seductor popular, mediando unos diálogos dichos con aplomo, soltura y personalidad, pero también con una buena cuota de mal gusto, y nada se le objeta porque el mundo en el que se mueven es el underground de un noir nacional.

Sobresale en la realización un buen manejo creativo de personajes, sin estar demasiado decorados o ser especialmente originales, póngase en ese lugar en particular a “Coco” que es un tipo sucio lleno de una sexualidad vulgar, incómoda, bajo una fijación y estado de alerta, de quien se quiere aprovechar de sus empleadas, manteniendo y maltratando además a una prostituta que tiene cuerpo de vedette. Coco resulta perturbador e hilarante dependiendo el gusto y el momento. Pero es un buen antagonista en un filme donde nadie se salva de la corrupción. No obstante, la pieza central del relato es una mujer, Denise, que con su amour fou por Chris lo sigue a todas partes, perdiendo la consciencia en una nueva eterna versión de Bonnie y Clyde (1967), con un sadomasoquismo como reemplazo de impotencia; o en un Pierrot, el loco (1965) donde uno se revela al frustrante mandato de ser común y encasillado a una vida sin espectacularidad, pero también se debe a su propio espíritu, el de las carencias de la infancia y el instinto de posesión, sueños y ser distinto, en el precoz robo naif de un borrador del colegio, expuesto en algún monologo en que ella parece sufrir su propia personalidad y destino, su mala suerte, lo inevitable, su propio código de vida, su eterna sobrevivencia en una Lima marginal y otra indiferente, tal cual al cine independiente nacional poéticamente no le queda otra salida.

Tampoco hay que dejar de lado que Denise es un personaje extremo, idéntico a  lo que muestra por otras partes el filme, una cara desagradable, bruta y realista de la delincuencia, aun habiendo un aire fantástico, de ficción y aventura criminal, como aguante, dentro de una estética precaria, poco diáfana, poco pulida, amateur, en medio de una pantalla no muy definida, y unos efectos de color que van de acuerdo a lo lumpen, tal cual las locaciones y los lugares exhibidos, bastante humildes, carentes de una decoración competente, apenas lo justo; recurriendo al uso de identidad de un espejo retrovisor agrandado como catarsis que luce como de utilería o de efecto barato, y en general el filme vive de una estética harto austera, mínima y de un tecnicismo marginal, pero tratando a su vez de jugar con la ilustración del cómic o la novela gráfica, compartiendo coincidencias con la más de a pie Diamond Flash (2011), o la notoria Sin City (2005), tal es el uso de los grises y negros dominantes y el color rompiendo el orden establecido, rojo en especial, lógicamente, como señala el título y ese calendario goteándole sangre el día que inspira los robos, esa acción a la que ésta frenética pareja se sumergen imantados enarbolando pasión y perpetua traición, tras la que finalmente se muestra como una femme fatale en un mundo de criminales, de solitarios y perdedores, donde el dinero no alcanza para todos, solo cuenta salvar el pellejo, y el verdadero amor no perdona las amantes.  

miércoles, 20 de julio de 2016

20 Festival de cine de Lima

Se cumplen 20 años de cine en este icónico festival nacional, el más grande, longevo y popular del país, con su clásica selección del más representativo y laureado cine latino en su competencia oficial, donde veremos 18 películas, en las que destaca “La larga noche de Francisco Sanctis”, la ganadora del Bafici 2016; “Neruda”, del siempre atractivo Pablo Larraín, presente en el Cannes último; “Desde allá”, la ganadora del festival de Venecia 2015; o la brasileña “Aquarius”, competidora por la palma de oro 2016, entre otras, habiendo una interesante selección, en especial de Brasil, y una buena representación nacional con 3 películas, El soñador, Wik y La última tarde. Con esta sección tendremos otro apetecible clásico, una oficial de 11 documentales, en la que brilla Las lindas, ganadora del premio Bright Future del festival de Rotterdam de este año, o para los de gran sensibilidad social, El Dorado XXI, filme francés-portugués ubicado en La Rinconada, en los Andes peruanos.

Otros lugares a revisar y tener bien presente, una nueva sección del año pasado, es “Hecho en Perú”, con 5 películas, en que intriga ver “La luz del cerro”, de la que viene a la mente esa estupenda película “Bajo la piel” (1996).  “Galas”, donde estará Alejandro Jodorowsky, con Poesía sin fin. U otra sección de muy buen cine latino y complemento de la oficial, “Múltiples Miradas”, con una selección a degustar e investigar. Una nueva sección del presente año es la llamada de “Imprescindibles”, con 5 películas del festival de Cannes 2016, en donde el plato fuerte es Elle, de Paul Verhoeven. “Francia en Lima” nos trae una selección especial de la semana de la crítica de Cannes, con sus 4 ganadoras recientes, en especial la atracción mayor, “Mimosas”. Y grandes clásicos franceses renovados, que permiten ver en pantalla grande obras como Pépé le Moko (1937), o Pickpocket (1959). También tenemos “Ambulante, gira documental”, en la que sobresale “Corazón de perro”, de Laurie Anderson. O “La Vuelta al mundo en 8 días”, al gusto del comensal, con énfasis en Captain Fantastic, con  Viggo Mortensen. Y si no fuera poco, hay focos de Suiza, cine árabe, cine independiente americano, y de Azerbaiyán. Y nunca falta la muestra itinerante, con 250 películas gratuitas en 55 espacios cerrados y abiertos de Lima y otros departamentos.

El homenaje de este año es para Edgar Saba, el director de los 19 festivales de cine de Lima anteriores, igual que para el cineasta belga Luc Dardenne, que estará presente en el evento, quien con su hermano Jean Pierre tienen merecidas 2 palmas de oro, de lo que se presentará una retrospectiva de su filmografía, incluida su última película, “La fille inconnue”. El festival arranca el 5 de agosto, hasta el 13 del mismo mes, así que vayamos planeando y separando espacio para la fiesta del cine, larga vida al cine latinoamericano.

Abajo dejo uno de los 3 spots que hiciera el festival para celebrar sus 20 años, donde unos niños han interpretado el título de una película famosa a su modo. 


viernes, 15 de julio de 2016

Homenaje a Abbas Kiarostami: Ten, Five y Shirin

Uno de los cineastas más admirados del orbe, Abbas Kiarostami, ha muerto, el 4 de julio del presente año 2016, con lo que le rindo un pequeño homenaje pasándole revista a una etapa particular de su filmografía, su etapa experimental o de quiebre.

Five (2003) eran cinco secuencias reducidas al minimalismo máximo, aún más que antaño, sin diálogos, hablándonos en el lenguaje universal del mundo, a través de las imágenes, como encontrar posibles significados a la ruptura de un pedazo de un pequeño tronco que yace a la vera de las olas (la dureza, la perseverancia, los ciclos vitales), o teniendo una sinfonía de ranas, signada por una tormenta y un amanecer que resulta épica en la historia del séptimo arte, con tan solo un estanque a oscuras bajo el reflejo de la luna en el agua, un retrato de la vida misma, que junto a esa enorme cantidad de patos atravesando de izquierda a derecha la pantalla y regresando cogían efectivamente toda la esencia cómica, amable, humana y tierna del cine a quien se le dedica el filme, a Yasujiro Ozu, bien ilustrado en la camaradería de unos perros haciendo siesta a lo lejos en la orilla o unos ancianos deteniéndose a saludarse y conversar en un muelle.

Otra película que anexo a esta etapa, por lo que también se distingue del conjunto de su obra, tratándose de una propuesta de denuncia y de lucha frontal por los derechos en su sociedad, precursora de Taxi Teherán (2015), es Ten (Dah, 2002), que mostraba 10 secuencias de encuentros en el carro de una joven y bella iraní anónima por ese entonces (Mania Akbari), declarada feminista y un año después directora de cine, en una docu-ficción en la que se habla de su vida personal, la cual invoca conocer la realidad del país a través de ella y mediante algunos pasajeros curiosos, polémicos y representativos de la nación. Presentando en las secuencias a su propio pequeño hijo, Amin Maher (un despierto, muy expresivo, avispado muchacho, con grandes dotes de actor), discutiendo sobre el divorcio, el ex marido y padre y el nuevo matrimonio de su madre (cuando en Irán la única forma de anular el matrimonio es señalando maltrato doméstico o por abuso de drogas, la última la falsa acusación que usó Akbari para separarse, que justifica en la recriminación abierta hacia los pocos derechos femeninos en su país), lo que era como interactuar con la visión típica masculina del islamismo iraní. Entre los otros pasajeros están la hermana de Akbari, con la que discute la conflictiva relación con Amin y la figura de la libertad y la no dependencia más que de uno mismo, centro del filme; una amiga medio moderna –como en buena parte implica el look y actitud de Akbari, apuntando a su interacción en la calle con los conductores varones- que es abandonada por su pareja y yace afeitada de la cabeza como reacción de fuerza y rearme, en contraste con esa otra pasajera dócil y ortodoxa que no para de llorar por parecida situación y se siente acabada (ahí se deja ver que uno pierde y gana en la vida, sufres y eres feliz, la naturaleza humana, y hay que enfrentarlo); una anciana piadosa, una conocida, que recoge al paso y se dirige a un mausoleo a rezar por todos; y una prostituta, que como retrato occidental resulta bastante obvio con su risa vulgar, su desfachatez y unas respuestas de tipo cliché, pero para Irán es todo un acontecimiento, algo inaudito.

Shirin tiene un dispositivo “simple” pero harto interesante, estamos ante la presencia de un falso documental donde más de 100 actrices iraníes de teatro y de cine (rostros hermosos, sabios o curtidos), sumándole a la francesa Juliette Binoche, yacen supuestamente mirando una película, la historia del famoso poema persa del siglo XII “Khosrow y Shirin”, de Nizami Ganjavi, que cuenta la tragedia romántica de la princesa Shirin, de Armenia, y el príncipe Khosrow, de Persia, y frente a él cada una exhibe sus propias emociones que emanan de lo que sienten al ver este filme imaginario que yace en fuera de campo –o mejor dicho oír, y eso; mientras nosotros lo hacemos con ellas, leyendo sus expresiones, complementadas con un párrafo o efecto, como ansía kiarostami, referir el poder de un lenguaje universal-, atendiendo sólo a los primeros planos de los rostros de las colaboradoras en una sala de cine (un lugar social simbólico, en contra del hermetismo y la oscuridad, con los hombres en segundo plano), todas respetuosas, con velo.

Se ha dicho que en realidad estaban en la casa de Kiarostami quien adaptó un espacio en su sala, creando una ilusión, y que la idea de estar percibiendo el material de una película fue colocada después de conseguidas las expresiones -contando en la propuesta final solamente con narraciones en off, aunque bien detallistas, efectos especiales sonoros y banda sonora, más no contiene imágenes del supuesto filme que ven-, de esta especie de prueba de casting donde Kiarostami simplemente les dio pautas a cada una de sus actrices.

De Shirin se puede extraer la magnánima artificialidad en el cine, la naturalidad que logra como magia y  la emotividad que despliega el talento íntimo, tal que me recuerda a esa maravilla de Eduardo Coutinho llamada Jogo de Cena (2007), aunque aquí es imaginar que sentir (hay mucha mayor distancia emocional como inspiración real, menos compenetración vivencial, pero otro tipo de poética, una más laboral, auto-referencial), distinguirse por propia elucubración y seguir también ciertos parámetros, dentro de un reto de originalidad expresiva, y de conseguir un determinado sentimiento, o apenas un gesto sutil que trasmita un mundo interno frente al propio cine, sintiendo las muertes en el combate, las risas diáfanas del pueblo o el sacrificio de la princesa Shirin, es decir, llorar, reír o sufrir, aparte de retirar la mirada de la pantalla, meditar, maravillarse, sentirse incomodo o dejarse llevar. En una realización poderosa trasmitiendo la pasión por el séptimo arte, en todo aquello que nace de ver una película, en la plasticidad de más de un centenar de actrices como una única persona, un amante del cine que vive cada instante.

lunes, 11 de julio de 2016

Maria do Mar

Mediometraje de unos 35 minutos de duración, del portugués Joao Rosas, que es una película coming of age, un típico lugar de ternura sin rubor, aunque sin exagerar, de romanticismos, de simpatía y empatía básica, en la historia de un chico de 14 años al que se le presenta la atracción sexual por una mujer especial, la del título, mayor que él, reservada, inteligente, poética, idealizada como primer amor, un amor de verano, en una propuesta que se enfoca en la atracción heterosexual, la seducción femenina innata, los lazos de pareja, el amor a secas, en un quehacer platónico, de maravillarse con una fémina cuando suele habitar el desinterés general, creándose un despertar, mismo momento en que el muchacho protagonista, aprendiz de mago y quien vive su edad, ve desnuda a Maria, quedándose pegado a la visión de sus hermosas y bien formadas tetas, parecidas salidas de una pintura célebre o una postal de un lugar idílico.

En la trama reside una pequeña visión surrealista, en un mítico abuelo mujeriego maestro, un comerciante viajante, tramposo en su seducción pero un campeón con ellas, ladino, algo vulgar, humano. Mientras la pasión del muchacho por una belleza particular que nos mata de amor se asemeja a la inspiración del tortellini. Detrás de la brevedad de la intrascendencia de un fin de semana en una casa de verano a puertas de Sintra, Lisboa, donde se deja ver a un Gizmo maltratado por el amor, mirando por un vidrio como sus amigos cercanos a los treinta intentan llamar la atención de ese objeto de deseo que representa Maria para todos. Sumergida en su propio mundo, indiferente al resto, aunque de trato amable, sencilla. Como ese que descubre nuestro joven protagonista exhibiendo una sonrisa ante la experiencia, al son de la canción pop Amor desesperado (1983), de la cantante italiana Nada Malanima.

The Plague at the Karatas Village

Un joven y nuevo alcalde llega a una villa remota en Kazajistán, llamada Karatas, y descubre que hay una plaga, una enfermedad grave en toda la villa, pero las autoridades corruptas le llaman una simple gripe. En el que parece un pueblo endemoniado, en una atmósfera que inmediatamente recuerda al videojuego Silent Hill, teniendo un ambiente de aire fantástico, aunque conteniendo una historia de figuras reales, bajo una marcada estilización, pero con austeridad, con muy pocos elementos dentro de los lugares, como en una obra de teatro, notoria artificialidad, muchas sombras y la intervención de espacios subterráneos, exhibiendo un visible sabor a cuento.

La obra del kazajo Adilkhan Yerzhanov, ganadora del premio NETPAC (de cine asiático) en el festival de cine de Rotterdam 2016, tiene una trama que se puede corroborar tranquilamente con la realidad, cumpliendo con esa imagen, pero perpetrando ciertas formas propias, una estética y estilo, donde el contexto funcional de la plaga resulta simbólico, remite al estado de la nación (y fácilmente a muchos otros países, como el nuestro plagado de corrupción), otrora perteneciente a la URSS, con una peste que invoca el pasado y sus rezagos actuales, colocando a la tradición emparentada con la enfermedad, no obstante todas las formas se visualizan medio antinaturales y se comportan de esa manera, exageradamente, marcadamente histriónicos, sin ser formas tampoco demasiado extrañas, espectaculares, manifestando una narrativa que tiene una extravagancia y locura que luce infantil, naif, ñoña (señalemos ocurrencias fuera de lugar tales como bailes ridículos o niños burlándose de escenas lúgubres y mortuorias), aunque logrando cierta originalidad y distinción sobreviviente en el trayecto, apreciándose al fin y al cabo, sin resultar una película familiar, una historia a lo Disney, porque presenta oscuridad argumental y algo de sugerida brutalidad escénica, sobre todo al final.

Las autoridades corruptas de Karatas, representadas a la cabeza con el tío de la esposa del protagonista, habiendo una idea de ellos gaseosa, fantasmal, ubicua, no específica, defienden básicamente su estado de poder tradicional y el orden actual de las cosas, atendiendo por otra parte que defender la epidemia luce algo “raro”, surreal, kafkiano, como la figura del propio protagonista, este alcalde joven, un héroe ordinario, solitario e idealista, que no es ninguna luminaria, está en el puesto por su parentesco familiar. En la que puede ser vista de historia de terror, a un punto, pero, claro, una bastante ligera, muy poco o nada terrorífica, apenas algo sórdida en casos contados (se intenta enterrar a alguien vivo o se quema con vida a un ser humano, pero todo bien cuidado, sin gore, o de forma teatral), o por algunos detalles de horror como las máscaras, la idea de la secta o ese ambiente tétrico en sombras que tiene el filme, con cromatismos dominantes en la tendencia a los ocres, amarillos y marrón, o a lo rojizo, o a lo azulado, y no solo por la villa, llegar a un lugar particular, excepcional, contaminado, sino por la propia maleta que se carga, un estado general, que incluye a la familia del recién llegado, que se descubre traidora, manipuladora, sumisa al orden reinante, abocada a los propios intereses. En este relato nocturno, que ya da una pista premonitoria en ese rostro de una máscara artesanal por el que pasa sin notarlo el nuevo alcalde, por sobre el agua estancada, a su llegada. En el ingreso a una pesadilla, mezcla de enajenación y epidemia, que termina con el amanecer. 

domingo, 10 de julio de 2016

Of Shadows

Documental que investiga la actualidad del teatro de sombras en China, que es considerado patrimonio nacional, y yace de cierta manera emparentada con el comunismo, en lo típico, tradición contra modernidad, respaldo social, dinero, prosperidad, y hasta en segundo grado se percibe en el filme una alegoría del posible final del comunismo chino, aunque es más que improbable que este tipo de arte desaparezca por completo, e igual es con el socialismo. No obstante aunque yacen emparentados, como por el gobierno chino que trata de hacerse propaganda a través del folclore y lo popular, aunque salvaguardando de paso la sobrevivencia y promoción cultural tradicional, mediante grandes eventos en las ciudades, como el que vemos en  un lugar llamado Huan Xian, que tiene la convención de fomentar el teatro de sombras, no son lo mismo, ya que una tradición popular vive en cualquier forma de gobierno o economía.

El filme se sitúa en todas partes de la temática que aborda, hasta en un lugar “privilegiado” (hay niños que se asoman a verlo lateralmente, es toda una fusión), en un ángulo espacial intermedio detrás de la pantalla iluminada en que se presencian las sombras chinescas, pudiendo ver de primera mano toda la manipulación escénica tras bambalinas, a narradores y titiriteros sencillos, pero talentosos, curtidos, detallistas en la práctica artística, haciendo en el trayecto de promotores de la tradición oral; y a los músicos folclóricos que acompañan el teatro.

La directora china radicada en Canadá Yi Cui incluye bellas performances –enteramente ellas en toda pantalla- de guerras, amoríos y reinos, su poder cultural y artístico, observando que efectivamente las sombras chinescas tienen aún cierta repercusión en los más humildes y tradicionales, de lo que se entiende por la mayor presencia en las villas, viendo que el campo resulta más estricto  y amante de lo tradicional, donde los más viejos en especial son un público cautivo, asistiendo por su parte mujeres y niños, aunque muchos jóvenes muestran ya desinterés y es una especie de sobrevivencia en general para estos verdaderos amantes del arte, sobre todo porque no hay mucho poder adquisitivo ni retribución material.

Los titiriteros y actores de este teatro trabajan muchos gratis, o suelen ser tan conformistas, por una parte, o resignados, que se contentan con trabajar por solamente un plato de comida y poder hacer teatro sin exigir ninguna paga, como revelan otros artistas “quejándose” de la situación, y esto es una curiosidad, porque se deja ver con sutileza el descontento y no por temor, habiendo la filmación de mucha cotidianidad de un autentico entusiasmo, mientras, aunque sobrevuela la discreción y la calma, existe también frustración detrás de una pasividad crítica, que se palia con una predominante atmósfera de optimismo, de alegría innata, no evitando una cierta cuota de ironía, todo captado perfectamente en el documental en aquel incidente en particular de un pequeño y pobre transporte atorado en el barro, que en medio de ello se ponen a cantar una de las canciones que promueve el supuesto progreso del régimen comunista, para terminar riendo y ponerse a empujar el vehículo entre todos los titiriteros, de lo que se deja ver claramente una crítica al gobierno, pero mesurada, leve, ante tanta austeridad y carencia.

En general la realizadora guarda mucho las formas, mantiene el respeto hacia el gobierno chino, sin ser tampoco complaciente, deducido de que los grandes eventos citadinos aun con el interés económico que fomentan, pasan a segundo plano en la filmación de Yi Cui que apenas lo registra, cuando se nota a todas luces que en ese lugar hay tremenda propaganda, viendo los preparativos y requerimientos a esa disposición. El documental no pretende mostrarse conflictivo (se ve tranquilamente la foto de Mao Tse-Tung en los cuartos de los titiriteros entrevistados), pesimista, duro o resentido, aunque sí filmar la realidad, la sobrevivencia y la lucha de estos artistas.

The Second Night (La deuxième nuit)

El documentalista belga Eric Pauwels le dedica esta elegía y pleitesía a su madre, muerta a los 89 años, de la que nos indica le dio las grandes pautas de su vida. Tiene por título “La segunda noche” por la individualidad que dice el director le da toda madre a su hijo al segundo día, cuando queda solo el recién nacido por primera vez, dejándolos con una soledad y cierta tristeza que se cargará por siempre. Con ello su madre le enseñó el sentido e importancia de la libertad y la personalidad, a partir también de que ella por el machismo de su época no tuvo tantas posibilidades de elegir, reconociendo un matrimonio equivocado el cual no pudo eludir a la hora de la verdad, producto de la presión social, familiar, tener todo preparado, y por la dependencia femenina de un hombre, del que se deja ver le fue lejano y rígido, fue un militar al que el filme poco o casi nada nombra, como si hubiera sido una sombra y un peso para ambos. Por otro lado el director y autor de este en su mayoría largo monólogo, que es esta propuesta, con su omnipresente explicativa voz en off (pero necesaria al tipo de imágenes utilizadas, algunas fusionadas entre sí y con efectos técnicos), comparte que su vocación como cineasta nace del silencio frente a no poder hallar respuesta al dolor del llanto enigmático de su madre.

El filme es esta entera relación, muchas veces demasiado emotiva, pero entendiblemente diáfana, que se va atemperando para bien, rendido a la figura materna, anclada fuertemente a un nexo infantil idealizado, como cuando se dejan ver esos quehaceres cotidianos maternos compartidos, tal cual observamos en la representación de madre e hijo lavando simplemente los platos en un desenfoque, y que él llama un punto álgido de felicidad, así sin más, tan solo acompañándola, como que existe semejante sentimiento en la promesa de hacerle una película.

Las imágenes en este documental vienen a ser secundarias, incluso algunas lucen banales, o medio arbitrarias, por sí mismas, pero yacen revestidas de afectos, más allá del archivo fotográfico o del video familiar (se elude de cierto modo las figuras de los protagonistas o hay pocas imágenes de ellos en el filme, como quien remite más bien a nuestra humanidad general), a pesar de que lógicamente las imágenes señalan el producto como cine, en un aspecto básico. Se trata de la palabra traspasada al séptimo arte, en buena parte implica imágenes precarias, gaseosas, pero que toman forma en la explicación, o dígase artísticas en su composición, en la creación que nace de una representación entre voz en off íntima y personal e imagen cualquiera.

El uso de la imagen creada para el filme se discute, se parte de la dificultad de hallar imágenes como la de una araña en su red, pero no solo por precisas, sino se deduce porque deban concebir nuestro mundo interior, y, para el caso, familiar. De lo que el director llama a las imágenes creadas de mentiras verdaderas, al darles su propia condición. Vemos como utiliza títeres para narrarnos su personal idiosincrasia, contándonos anécdotas como la de las tijeras, que remiten a defender nuestros pensamientos, otra manera práctica que le trasmitió su madre de definir la libertad, la honestidad e individualidad de la que tanto se siente identificado en su profesión y existencia el realizador. Tal cual se aprecia igualmente en el desenfoque y la visualización de una lujosa y simple silla. O en los adornos de budismo, cuando la madre gustaba de sus sonrisas, aludiendo una mente positiva al final de todo, de quien entendemos un rol ejemplar. En una narración culta, pero amable, expuesta con sencillez, vivo retrato de la despedida que arguye(n) y se escoge en el filme, la de un grupo de músicos jóvenes tocando, caminando y alejándose. 

Alone (Hon-ja)

Toda una sorpresa del cine coreano, sobre todo en su primera parte, desde el potente arranque hasta con tres líneas narrativas entrecruzándose, luciendo al comienzo una cámara subjetiva y harto suspenso, hallando un hombre desconcertado mucha sangre por todo su apartamento, para pasar de sueño en sueño, de pesadilla a otra, a un continuo nuevo comienzo contando con algunos antecedentes de los relatos (pasajes) previos, en una historia que tiene muchas variaciones y posibles significados, a partir de un fotógrafo o cineasta que accidentalmente observa en una azotea gritar a una mujer atacada por unos tipos con pasamontañas que al notarlo tomando fotos del incidente se dirigen a atraparlo. Atacado con un martillo queda inconsciente, y puede que se revele como una víctima, esa que queda sin cabeza en el escritorio y estar condenado a ser un fantasma en una enigmática y compleja resolución, como quien clama por desentrañar su muerte en el juego con el espectador. En relatos continuos que se dan en un barrio popular de Corea con escaleras estrechas por doquier, callejones diminutos y un concreto gris nocturno, como si fuera la construcción de hogares en un cerro, pero mucho más urbanizados, compactos y abarrotados, recordando de paso las lúdicas ilustraciones imposibles de M. C. Escher, como concepto general. De lo que el personaje de Lee Ju-Won siempre se despierta en el mismo barrio empinado, como cuando desnudo se ve imposible de recordar qué pasó y manifiesta no haber estado alcoholizado.

Otra explicación es la de la locura, siendo el barrio de altas escaleras la propia mente y cárcel del protagonista, como se dice en un diálogo aludiendo el trabajo de documentalista de Ju-Won. Una impresión que se marca a partir de desdoblarse en el taxi, sobre todo señalándose que no podrá salir de la zona (sólo momentáneamente), tal cual lo exhibe la búsqueda de la cámara en la repetición del personaje en distintos espacios del lugar, o quedar atrapado en una franja de callejón y mirar exaltado fijamente al frente, no obstante curiosamente es en esa representación donde disminuye la fuerza del filme, cuando la locura suele ser tremenda desencadenante de expresión en el arte, pero aquí el misterio, “irresoluble”, de múltiples posibilidades, funciona por sí solo a la perfección, más allá del recurso típico en el cine de los sueños, pero que se justifica plenamente, ya que simbolizan la muerte temporal que en su eternidad es el leitmotiv del filme.

Avanzado el metraje se vuelve la narrativa morosa, se dilatan mucho más los casos, aparecen caminatas largas, movilidad dubitativa lenta y superficialidad de relleno, perdiendo atractivo y originalidad, pero no sucumbe ni destruye lo logrado, consigue sostener aun interés y cierta creatividad, siguiendo el mismo estilo de relato tras otro, encadenamientos, como proclamar otras posturas de víctima con la relación familiar y de pareja, ruptura, soledad y abandono, creándose una añoranza de ambas, como a su vez un sentido de culpa.

Me viene a la mente un gran traspase o una de las bisagras más memorables del filme de Park Hong-min, cuando el protagonista halla en la calle a un niño que yace siendo golpeado por su padre, para después convertirse en el pequeño y revelar conflictos personales, en el que es el contexto de una psicología (se trabaja con recuerdos y fantasmas), dentro de un glorioso inicio frenético que no para hasta poco más de medio metraje, toda una hazaña y un filme a celebrar, en una obra que va brindando fragmentos informativos no solo para el juego cambiante de los despertares (lo más valioso, creativo, el placer y meollo del filme), sino aunque secundario como para llenar una figura total de quien es y qué implican los actos del protagonista, donde en esta versión general cabe la separación de la novia, el padre abusivo y la madre traumada, y no solo el ataque de unos asaltantes con un martillo (que puede ser un encubrimiento del subconsciente), a lo Old Boy (2003), a un voyerista, dirigiéndolo a la plasticidad del desenlace, y a la distinta figuración contextual, que puede ser el de víctima, héroe o asesino; como el de una persecución, encubrimiento o accidente. En el que es un hermoso filme de eslabones oníricos e imposibles y de pérdida de memoria, como de un Christopher Nolan mezclado con un Hong Sang-soo.