viernes, 27 de marzo de 2015

The Tribe (Plemya)

Gran ganadora de la semana de la crítica, festival de Cannes 2014, en una ópera prima que impacta (si es que vemos al planeta de forma humanista, y no como una selva de cemento), del ucraniano Miroslav Slaboshpitsky, una película plagada de seca violencia, en una atmósfera que logra la sensación de constante brutalidad y salvajismo, en un quehacer bastante rudo, primario si se quiere, en donde no hay palabras ni subtítulos, solo lenguaje de señas en un instituto especial al uso, estando en el mundo de los sordos, pero desde la imaginación/conjunción personal; donde el sonido reinante del filme es mínimo, casi inexistente y reemplazable en la que es la primera película que lo lleva tan lejos; solo yacen pequeños ruidos como señal de existencia exógena al universo silente que administra en todo realismo la presente propuesta.

Se trata de una ambientación muy particular, no solo por el silencio, sino -y yo diría que más- porque interactúa con las formas de la corrupción y sus negocios, haciendo énfasis en la subyugación "inherente" de la masa/pueblo hacia un deplorable orden social, como en una distopía contemporánea, y la voluntad tanto como el adoctrinamiento férreo de una realidad, viniendo rápidamente a la mente Nineteen Eighty-Four (1984), que se transporta en un sentir y leitmotiv elíptico, uno que bien lo representó a su modo la documentación de la revolución de la plaza de Kiev en Maidan (2014), de Sergei Loznitsa, en que se cantan himnos, arengas y se encienden velas en lo que al inicio parece una verbena y luego una lucha campal de natural aire caótico; en lo que ahora se aplica como metáfora y mundo de ficción, el no escuchar, e implicar la sugerente fuerza de la expresión de las manos (los actos) exhibidos literalmente en medio de intensidad comunicativa.

El filme vuelve a una actuación inicial, como seres humanos (en una especie de cine alternativo de comienzos), en donde una congregación escolar que parece una salvaje tribu prostituye a sus compañeras, bajo su consentimiento, con camioneros, de manera cotidiana/repetitiva, a su vez pelean entre ellos como jugando (en una vistosa coreografía que implica intentar también entretener, compensando el exigirle al espectador el molestarse en no poder entenderlo todo) o ejercen tratos con maestros por los mismos cuerpos femeninos mezclados con ratos casuales de alcohol e intercambios/reflejos como con las visas (de lo que muy bien ejemplifica que el martillo del taller de carpintería se use como arma luego), mientras esto genera quedar atrapado en una red de corrupción general, en esta sociedad dentro de lo primitivo, como pasa en el enamoramiento novelesco pero sin ningún atisbo de romanticismo (incluso la recurrente sexualidad luce fría, mecánica en todo momento, y desoladora en todas sus consecuencias), de un soldado de uno de los objetos domésticados, en que el mismo lenguaje, el de la violencia parece ser la única salida, dejando un aura de pesimismo para con la humanidad, aunque no de pasividad, recurriendo de la misma manera a la intransigencia y el fanatismo, donde se reúsa a toda civilización, viendo que la intelectualidad no existe, como en un espacio donde el mal y el bien no tienen división, y héroes y canallas son indistinguibles.

Estamos ante el recurso de la barbarie, en todo sentido, como crítica directa sobre un estado de las cosas, apelando a la notoriedad del lenguaje de las señas como rasgo de personalidad, de cierta proeza creativa, en un mensaje muy categórico, hacia lo salvaje, autoritario e inmoral, enfrentado por las emociones, en que una cabeza obsesionada actúa al mismo nivel de un espejo, inconsciente, ciega, humillada y desbordadamente (tras el celo perdido), lo cual es más que desconcertante, desesperanzador.  

Volver a lo cavernario, despojando al ser humano del embellecimiento interior (clave del filme, algo que no se puede perder, sino queremos horrorizarnos de nuestros actos y defensas), para mostrar un espacio donde solo queda temer de la brutalidad, o reaccionar como un animal, queriendo secuestrar a la hembra en su naturaleza promiscua (a la que se le suma el materialismo), defendiéndose de la supuesta manada, como una fiera que pelea por el territorio, el posible liderazgo de este submundo donde la vida vale tan poco. 

lunes, 23 de marzo de 2015

Historia de mi muerte (Història de la meva mort)

El que conoce cómo es el cine del catalán Albert Serra sabe a qué atenerse, el que no, debe adaptarse a que la lentitud y el que no pase casi nada en sus retratos son sus fuentes de expresión, dándole un aspecto muy cotidiano a personajes míticos, y hasta extravagantes, como con el Don Quijote y el Sancho Panza de Honor de cavalleria (2006), en que caballero y escudero deambulan campantes por praderas y bosques, no tanto como un loco y su fiel seguidor sino como unos seres más bien simples pero ecuánimes, aventurados sin tiempo en recorrer mundo, pensativos, devotos, ensimismado el Quijote en la pronta muerte, pero alegre de creer en Dios y en la belleza del planeta a su disposición, bañándose ambos en lagunas, colocándose laureles en la cabeza, paseando, cortando césped, contando sus historias, topándose con el pueblo y yendo despreocupados hacia la eternidad, en días y noches que se van como en un remanso de paz en medio de la bondad y la fe, pero de la que conoce su contrario, en un quehacer luminoso, como el que representa el Casanova de Historia de mi muerte, pero con mayores matices (fuera de que el Quijote juega con la potencia intrínseca de su locura y sus tantas aventuras al servicio de la elipsis), sumido en el hedonismo más abierto como le antecede su biografía, en la ordinariez, al igual que en la filosofía, en el éxtasis de orden extremo, como se asume en aquel choque violento contra una ventana al son de su gran apetito carnal, uno que trasciende lo sexual y lo define en todo lo que conforman los placeres de la vida; o el defecar sufriendo tanto como más tarde gozando de esos menesteres escatológicos hasta reír como un poseso, para olvidar y volver inmediatamente a las andanzas como el niño inconsciente que es, desmemoriado, libertino, libre.

El filme presenta más de una cara, apreciando que el escenificado simbolismo Freudiano de los excrementos -que incluso llegan a verse- es solo el preámbulo grotesco de un contraste mayor y más complejo, plasmado en una potente atmósfera de terror y velado dolor interno, en el Conde Drácula, que llega con la oscuridad a poner el otro lado del mundo, como en aquel mensaje de la civilización que expresaba el Quijote, si bien aquí no hay castigo, más allá de la tortura psicológica, ya que puede que el vampiro sea la consciencia de una pesadilla, muy bien ejemplificada cuando el cuerpo de Casanova yace tendido en el cierre, escudriñado por el escondido Conde, que suele llegar por detrás siguiéndole los pasos al famoso seductor, sembrando ambivalencia, en dos aparentes seres opuestos, pero que en realidad tienen mucho en común, solo que Albert Serra marca una ideología en cada personaje o estado (recurriendo como acostumbra a que el espectador complete la figura), teniendo uno no solo de cruel, en buena parte de inevitable y quizá de necesario, sino de ser sensual a través de la noche, el misterio y la sangre, y el otro de cierto (auto)rechazo a fin de cuentas, en su felicidad lujuriosa y alevosa. Siendo seres intensos más que trascendentes.

El retrato de Drácula es atmosféricamente más potente que el de su coprotagonista de relato, como en aquel resto de carne que invoca momentos de horror, viéndose más unidimensional en aquellos gritos de aparente sinrazón, teniendo un claro rapto hacia las tinieblas, ya que es el abismo en sí, mientras Casanova es un ser político, privilegiado a un punto, pero a su vez tan humano, vulgar e impredecible, de lo que tienen semejanzas reprobatorias; como en un trasunto de quienes juegan a ser el día y la noche, que llegamos a ver por un lado con la presencia de la luna o el veraneo con doncellas y banquetes, en una unidad en plena lucha silenciosa. Caminando engañosamente separados, pero aguzando el ojo vemos que están más cerca de lo que aparenta la historia lineal, o el esquivarse.

En las características de éste director estriba muy bien su humanización, que llega al exceso de la arbitrariedad y generalidad, dando prioridad a exhibir la esencia, si bien los roles también lucen su cuota de credibilidad física. Siendo esto un pilar importante en el cine de Albert Serra. Recordando que en El cant dels ocells (2008) se notan mucho más las distancias en la falta de grandezas fisonómicas; María no implica ninguna iluminación, belleza, ni cuidado especial, simplemente pierde el tiempo, con un carnerito, mientras José está como desperdigado, aparece escasamente, está entre profundo y pasmado, para lo que el director recurre solo a la aparición de un ángel observador como único nexo de divinidad. Por otra parte hay que hacer notar que los diálogos son más nutridos en Historia de mi muerte, pero suelen ser intrascendentes aun así, tanto como anteriormente hay pocas palabras aunque puntuales, siendo por un lado auto-descriptivas biográficamente, en lo que es un mayor soporte en cuanto al origen legendario, que como se ven y qué hacen. El cant dels ocells arguye una postura/estilo realista en mostrar una pesada y cansada caminata por la arena, de los tres reyes magos en busca del recién nacido Jesús, en que vemos las vivencias más pedestres, hasta ridículas, cojamos de muestra aquella en que el más gordo benefactor echa a rodar absurdamente al estar al parecer agotado. En quienes son simples hombres haciendo cosas intrascendentes en contrapunto con una  mítica que se da por conocida, en que Serra exhibe lo más mínimo y común pegado al cine arte más radical, "fastidioso" y exigente, enseñándolos nadando, comiendo, peleando, descansando, intercambiando pareceres, luciendo bastante primarios, detrás de aquel viaje excepcional del que luego alguno reniega y llama el único/último, en boca de aquel actor fetiche del director, Lluís Serrat, que despliega ternura, antipatía y simplicidad, dependiendo la necesidad de cada filme, la de un espectador excepcional dentro del ecran.

Albert Serra implica un tipo de naturalidad en su cine, que en Història de la meva mort, leopardo de oro del festival de Locarno 2013, crece, se vuelve más ardua argumentalmente, pero recurriendo a todas sus señas pasadas. Auscultando con él nuestra humanidad, al hombre de a pie, pero desde los concebidos seres excepcionales, por históricos, bíblicos o literarios, que dejan por un momento la glorificación y caminan a nuestra lado, como si nadie fuera más importante que otro, y todos fueran el mismo ser, irreductible a fin de cuentas, pero uno que padece de lo ordinario, goza de los detalles, ama o rehúye, ríe desmesuradamente, come con fruición, es a ratos inexpresivo o muy abierto, es misterioso, inexplicable, infantil, absurdo, y otras veces reflexivo y visionario, tantas cosas, en un andar colectivo, de lo que sencillamente vive, racional, romántica y pecaminosamente.

Poseídas

Hay como una pequeña movida en el cine nacional dentro de lo comercial, con las películas de terror, a razón de Cementerio general (2013) que es una de las películas más taquilleras de nuestro séptimo arte y desde luego la primera en recaudaciones en su género; habiendo pasado por la cartelera La cara del diablo (2014), de Frank Pérez Garland; del interior habiendo un background regional llegó a salas El Demonio de los Andes (2014), de Palito Ortega; Secreto Matusita (2014), de Fabián Vasteri; La entidad (2015), de Eduardo Schuldt; y ahora llega Poseídas (2015), de Sandro Ventura, su quinto filme.

Estamos ante una película que no está recaudando mucho en taquilla, y que parece exhibir un cierto agotamiento del público, de cara a la falta de novedad formal de la propuesta, notando que estamos observando una obra de aspecto muy peruano, en el sentido de muy casero, si bien no es que sea demasiado precario a lo llamado indie nacional, sino es lo que implica su concepto, más allá de lo literal, su alcance artístico. Se trata de cuatro jovencitas guapas, y un muchacho seductor, integrados por actores de televisión y modelos ocasionales, que tras un trabajo universitario de uno de sus integrantes deciden experimentar con la sugestión, como ellos mismos suelen decir de su proyecto, y pasan la noche en una casa embrujada, idea que juega con lo universal, siendo lo de siempre, sin salirse de sus estrictas coordenadas, en el que tenemos también nuestro granito de arena en alguna leyenda. Aunque parezca que Ventura pretende crear un nuevo cuento en un monje perverso, una secta, alguna frase ininteligible de oscurantismo y las posesiones del título. Haciendo uso de hasta cuatro líneas narrativas, una en un estudio de tv en que se desarrolla una pequeña crítica al periodismo sensacionalista, el que hace show del sufrimiento, en donde predomina el rating por sobre la ética; otra en la búsqueda de información que vender, por un asistente metido en la casa maldita con la ayuda de un policía miedoso en el actor Roger del Águila; una tercera en la de la familia de una de las victimas/monstruos; y por último la base de todo el conjunto, en el  proyecto mismo.

Como se aprecia, es elogiable que haya cierta complejidad estructural, sin embargo no se provee de buena sustancia con dicho ingenio ni los sustos llegan a ser contundentes o solventes, no todo es malo al respecto, es cierto, pero no logra contener una obra de gran valor en el género, quedando en algo muy pobre en general, donde se intenta mucho asustar pero se repite mil veces el mismo método en los distintos escenarios, hasta el risible del final que parece sketch de programa cómico.

Y ¿cuál es la fórmula?, echar a gritar a cada rato como unos locos moviéndose por los recovecos de la casa en idas y venidas, cambios de humor, relajos y tensiones, ir tras alguien y separarse, sin escapar, ya enterados del asunto a la instancia de algún pretexto ocasional, el más fácil y directo que uno los tenga aprisionados con la llave teniendo intenciones sin tino de no ver en medio del temor, como atrapados en cuatro míseras paredes. En donde a la par se instaura la falsa alarma, el susto de engaño, en una de verdad y otra de mentira, nuevamente haciendo gala de un recurso “ilimitado”. Estos dos son como las herramientas principales. Gritar, y falsear.

Existen sus momentos salvables, como el único rato de supuesto gore, habiendo mucha oscuridad (otro punto en contra a un punto, aparte de lo bueno de conseguir una atmósfera tenebrosa, fastidia la mala visibilidad, de lo que no se identifican a los protagonistas muchas veces, aunque uno los pueda ver como carne en el asador) y el efecto es muy rápido, aun teniendo presente derivaciones y usos, como que cree un escenario que indique algo potente como suceso, más que se sienta como tal en toda fuerza. Y para mí el mejor rato de horror en cuanto a manera de El Exorcista (1973) es cuando arrojan a alguien por la ventana y ríe el homicida sin control, en que uno siente maldad con cierto aire inocente que solo aquí se atrapa plenamente, viendo que hay otros intentos pero caen en el ridículo, habiendo también sobre todo el quehacer de cariz siniestro, y yo creo que si se intensificaba el aspecto del cuarto rojo en lo lujurioso ganaba mucho más el filme. Todo se mezcla con paganismo pero bajo demasiada brevedad explicativa, poca sostenibilidad, recurriendo solo a lo básico, y visto. Tanta redundancia, indecisión y andar on/off, si bien la trama estaba cohesionada, hacen que uno sienta que en efecto el filme se hace eterno, muy largo, y que debió cortar mucho antes, tanto como que economizando, proyectando más intensidad y distribuyendo hubiera sido un mejor producto, aunque no se puede negar que de raíz la propuesta está huérfana de creatividad argumental, desaprovechando la audacia de cierta narrativa. En un filme que divierte algo, pero termina agotando, más allá de su identidad.

viernes, 20 de marzo de 2015

The Iron Ministry

Documental que estuvo en la competencia por el máximo galardón, el leopardo de oro, del festival de Locarno 2014, película del americano J.P. Sniadecki, que suele trabajar en China, como en ésta oportunidad que grabó durante tres años su red ferroviaria, que pronto como se suele decir será la más grande del mundo. A través de una cámara que se mueve con la lentitud, aunque no del todo agobiante, propia del cine arte o experimental que se adscribe y bien recoge uno de los festivales más grandes y atrevidos del mundo. Creando una visión general sobre una sociología de los habitantes chinos, divididos a pesar del gobierno comunista en clases sociales, como se ve en aquel sector de cierto privilegio que un seguridad del tren no permite grabar mientras aquellos como inmersos en un restaurante chino observan con mirada atónita y curiosa, a ese americano “intruso” que pone su ávida cámara frente a ellos, de lo que queda una acción que deja en claro el poder de una posición medio oculta hacia los de afuera, los extranjeros, ya que el pueblo la “conoce”, en contraste con aquella que si le es permitido filmar, en la clase pobre, común o mayoritaria, viendo cómo duermen en pequeños espacios o pasadizos, fuman tranquila y constantemente asumiendo el cliché, se aglutinan en familias o entre amigos, en medio de la bulla y el ajetreo típico del pueblo, viendo cómo compran golosinas, fideos o agua en medio de la queja del alto precio de la particularidad del viaje, o escuchan música, hacen bromas –habiendo una atrevida e inaudita de un niño que se explaya con sencilla locuaz verbosidad, ingenio y agilidad mental, tanto que uno diría que muchos sci-fi políticos del tipo Elyzium (2013) o Snowpiercer (2013) podrían sentir envidia de su imaginación- o conversan entre sí.

De la red ferroviaria se expresa que ha mejorado notablemente, como además la pantalla nos permite apreciar tranquilidad y hasta goce ordinario de los pasajeros, siendo un filme de apertura mutua, y es que el retrato es muy pacifico, alturado y en realidad nada conflictivo, aunque tenga cierta pequeña revelación en cuanto a temas que atañen al país en cuestión y a los demás, viendo su potencial como nación, pensándolo y describiéndolo en tono amical. Dice un empleado contento con mayores atenciones hacia ellos que los dueños, el estado, de la red, piensan más en la gente, la que antes solía quejarse y pelear mucho con los trabajadores, en un lugar que bien se define en que el hierro comparte con la carne, incluso hasta llevarlo al asunto más explícito de una cámara que analiza también los elementos de este dragón de metal como menciona otro interesante diálogo sobre el folclore y la videncia de los tibetanos, en una especie de metáfora de la artificialidad cíborg y la tecnología del progreso y del futuro, en cómo la modernidad (misma promesa optimista) o equitativa alcanza a todos, en una utopía que se humaniza hasta volverse por una parte realidad.

Otro diálogo, uno de los tres más trascendentales de la propuesta, pone en la palestra otro lado del orden político, donde se quejan amablemente hasta con sana ironía, en medio de  la camaradería, de la desigualdad y la falta de oportunidad, ejemplificada en adquirir una casa, aunque es fácil rentar (conformarse), en cómo les es tan difícil a la gente de a pie conseguir contentar a la suegra con el anhelo material, y como si no hay salida lo que queda es emigrar dice uno de los interlocutores, ya que como bien expresa el título tampoco se puede negar que están frente a un ministerio de hierro,  en gran medida una verticalidad en cuanto a hacer escuchar la voz o tener chance de enfrentarse al gobierno, aunque hay un balance en la misma labor en sí y seguramente disposición de J.P. Sniadecki en dejar abierta alguna esperanza, observando como La República Popular China se va abriendo al mundo, y hacia mayor libertad de su población y frente al resto de países que puedo creer que no lo ven como una amenaza, donde el ciudadano puede opinar o criticar aunque en verdad se sienta que se trata de un acto tan pequeño, al final revertido de indiferencia, superficialidad y sea inocuo, como desnuda transversalmente aquel compañero chino que no habla sino solo mira a través de la ventana cuando los amigos se entusiasman en opinar, simbolizando el temperamento y alcance de los actos discutidos, y del filme mismo, aunque no descartamos que la amabilidad también pueda abrir muchas puertas.

En el documental hay espacio para sentirse orgulloso, porque como bien dice otro diálogo y tercer puntal hablado con el propio cineasta (toda la obra lo hace en mandarín), el estado tiene virtudes, como que cuida de la minoría étnica, viéndose el caso específico de unos musulmanes abiertos a la autocrítica y cierta condescendencia ajena, viniendo a la conversación que esta integración y cuidado era el pensamiento del máximo líder Mao Zedong, con lo que se puede ver que el filme guarda respeto hacia la concepción actual de China. Y esa es la propuesta entre manos, pequeña, al alcance de muchos en su realización, pero no por ello menos decente, sino saludablemente competente desde “pocas” pretensiones, de cara a una convicción que le antecede como arte minoritario que solo queda aplaudir, frente al logro de su potente iniciativa. 

jueves, 19 de marzo de 2015

Vicio Propio (Inherent Vice)

La presente adaptación cinematográfica del respetado y admirado Paul Thomas Anderson de la novela del genial Thomas Pynchon, un reto ambicioso en lo llamado imposible de lograr en el cine, es una película no emocionalmente fácil de llegar al espectador, pero si claramente una muy compleja tal cual fiel a su magma y sólida emulación, siendo una propuesta de cine arte en toda palabra, en su elucubración estructural que gira sobre los recovecos de las drogas y una época de libertad hippie en sus últimos momentos de masiva forma de vida propia de la década de los 60s, en estado de retornar a la contracultura, tras la desilusión, el duro rechazo y la desconfianza que generaron implacablemente los crímenes de Charles Mason y la corrupción de un ideal de paz, humanidad y confraternidad.

Vicio propio está lleno de intrincamiento, muchos personajes, una narrativa algo confusa que nombra recurrentemente a lo paranoide y conspirativo, un neo noir imponente, finalmente uno serio a pesar de que permita el juego pleno con las adicciones, estando cargado de ironía, relajo y sobre todo sequedad (en el estilo de humor que nos recuerda Embriagado de amor, 2002), en lo que contiene en realidad muy poca acción, pero no está exento de muchas novedades, extravagancias y descubrimientos, en la prominente ilación de unir sus tantas partes investigativas, en base al trabajo de un detective privado muy especial, Larry "Doc" Sportello (el gran Joaquin Phoenix), un tipo idealista, por momentos inteligente, sencillo pero diverso y con personalidad, un hombre honesto que se da tal cual, movido por el amor desinteresado y la amistad que retribuye y vela por el otro, pero quien es un hippie típico, muy aficionado a las drogas, donde en un tiempo de decadencia es maltratado continuamente por el creador omnisciente que aun así le guarda cariño siendo el (anti)héroe de la historia; de cara a las golpizas de la policía, la mirada reprobatoria de la sociedad y la vaguería y tontees de su propia figura, siendo a ratos un tipo bufo y despistado, muy simple y "monotemático" en su afición a lo lisérgico, y sin embargo sobrevive un personaje con matices, al conseguir cierta devoción, en su altruismo y espíritu.

Doc Sportello invoca su amor en aquella reminiscencia hermosa de correr en la lluvia descalzo y en el reencuentro apasionado y sensual de expurgación emocional y choque de limpia de decepciones frente a una perdición en la lujuria y la sumisión ante el dinero, la aventura salvaje y el poder, hacia la figura personal de su amor más puro, Shasta Fay Hepworth (una impecable Katherine Waterston), en la simbolización del más potente sentir de lo hippie (asociándola ligeramente con la caída y el perdón de la Jenny de Forrest Gump, 1994), en la que a fin de cuentas se trata de una mirada nostálgica, de lo que es simplemente, no pretendiendo juzgar con determinación, por lo que ahí vemos al rudo oficial Bigfoot Bjornsen (un muy competente Josh Brolin) soportándolo y hasta perdonándole decisiones que van contra lo que quiere, en una forma de vida que lo hace rabiar, supuestamente detestar su onda. Viendo dibujado a Bigfoot en un muy cómico contraste de súper macho violento, no muy disciplinado, con la apetencia de helados que juegan a simbolizar falos; y en ello hay como romper los parámetros, reírse un poco de todo, con personajes y ciertos sucesos estrambóticos y cómicos, como el dentista ridículo, “drogadicto” (habiendo un mensaje soft en ello, una postura en no demonizar las drogas, en que nos dicen que no determinan a la persona) y hedonista en el rol de Martin Short, o el ubicuo infiltrado y mil caras de Coy Harlingen en Owen Wilson que tiene una escena a lo última cena de Cristo con pizzas.

La broma va encubierta o se dispara en varios ratos, con un tono y un humor particular, como que el trato final con el cartel del Colmillo Dorado y sus tentáculos con motoristas nazis, alguno enemistado por deudas con un viejo amigo Pantera Negra, puticlubs donde hay asistentes lésbicas que cogen en público, chicas guapas, fáciles y esculturales como en la interpretación de la actriz porno Belladonna que no deja de sonreír, un asesino a lo Al Capone de Los Intocables (1987) asociado a la policía, un magnate inmobiliario perdido en busca de redención espiritual en un manicomio donde hay cultos de chakra pero que se parecen al Ku Klux Klan, y lavados de dinero en una empresa odontóloga que tiene su cede en un edificio en forma de colmillo, se hace frente a dos damas rubicundas, de aspecto inocente y bien vestidas, que parecen madre e hija impolutas dirigiéndose al Mall. Lo que nos remite a esperar lo impredecible, lo menos pensando, en un ejercicio de pura arte, libre e irreverente.

Lo hippie, la curiosidad en el cine negro, propone el sentir general, y luego como vemos en aquel final frente a la representativa relación y esencia del filme y su temática, se lee que el espíritu no está muerto, en la posibilidad/confianza que imprime una sonrisa en el último cuadro, como quien se ha divertido, y va a seguir haciéndolo, en cuanto a la premisa más naif de todas, y sin embargo más precisa a una ideología que engloba perfectamente el filme.  

martes, 17 de marzo de 2015

Loreak

Mientras Ocho apellidos vascos formulaba y conjugaba bromas en base a los lugares comunes de los vascos a manos de un madrileño (la dirige Emilio Martínez Lázaro) sobre los prejuicios y diferencias de los andaluces hacia los vascos como su rápida inclinación a la protesta, haciendo hincapié en la ironía española sobre el temor al terrorismo, las costumbres de la gastronomía, el flequillo de los peinados de sus damas, los muchos aretes y el estilo rockero cotidiano, o sus expresiones redundantes o muletillas regionales, ahora vemos en Loreak otra cara de ellos, ésta vez una más sofisticada pero aun de a pie, invocando nuestra humanidad próxima, en el trato familiar pero dentro de un drama cuidado que repercute por su delicadeza, salvándose del total convencionalismo por su elegante y sutil puesta en escena, sintiéndolo/asumiéndolo como un discreto cine arte, gracias a escapar del melodrama o la exacerbación de sentimientos altisonantes, sobre todo apreciando el tacto y la delgada línea de su composición viendo que se trata mucho de la emotividad humana en las relaciones de pareja y de ella hacia los parientes como hacia el mundo, en cómo nos vemos en él, descubriendo las razones de la frialdad psicológica hacia un ser capital, los muchos silencios, la falta de comunicación, la soledad estando acompañados, las elipsis, al interiorizar mucho el sufrimiento, manejar el vacío y la frustración de manera sumisa, o propiciar el arrebato ocultando cierto desamor.

Tratamos principalmente con dos mujeres casadas, primero con Ane (Nagore Aranburu), tímida, observadora, aislada en sí misma pero aun así con cierto carácter, mientras yace abducida “sutil” y simbólicamente descolorida, sumando a un sentimiento de invisibilidad, tratada básicamente (en donde el filme se exime notablemente de sensualidad, y facilismo, tomando forma argumental, como también estar por encima del sexismo), por un oficio rústico de hombres en una constructora donde sorprendentemente se esconde un rayo de luz (habiendo un contraste entre el aspecto rudo de la labor con el aprecio por las flores del autor anónimo que no es incongruente, más bien son complementarios como una especie de mensaje en que el alma fuerte alberga o requiere de sensibilidad). Después con la enérgica Lourder (Itziar Ituño) mujer que pierde a su marido –aunque ya lo tenía perdido y viceversa, se hallaban secretamente muy distanciados, pero había que reconciliarse con su recuerdo- cuando no se lleva bien con la madre de éste que quiere hacer amistad con ella y curar la lejanía, la que es en parte un tercer puntal en la actriz Itziar Aizpuru que en realidad no es un aporte tan interesante ni se presta a logros o auscultaciones mayores, aunque implica varios dramatismos.

A Itziar Aispuru la recordamos de aquel papel totalmente entregado y atípico en el anterior trabajo de la dupla vasca Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, 80 egunean (2010) en que no teme el ridículo, uno que asoma de vez en cuando, teniendo un final muy remarcado, si bien se explota mucho la idea de la infantilización/inmadurez de la tercera edad, siendo una anciana que descubre casada que siente una inclinación lésbica por una mejor amiga de la infancia con quien hubo algún flirteo temprano, que es como un Los puentes de Madison (1995) gay, con mucho menor calado y arte, aunque ésta tiene de cierta comedia, como también no se puede negar a su vez un toque de sensibilidad como obra, desde el descubrimiento tardío de la sexualidad en el concepto de la vejez. Muy bien igual la coprotagonista del affair Mariasun Pagoaga en la plena afirmación a lo Ellen DeGeneres.

En Loreak desde luego no se trata de casualidades, pero esa es la jugada maestra, el pequeño “misterio” refrendado más que suficiente por el cese y la cadena, notando que lo más importante es el analizar una etapa de nuestras vidas, la de las dos protagonistas, más que confirmar un amor oculto. El difunto es mucho la unión/pretexto entre ellas, y la razón de tener entre manos aconteceres existenciales, uno que viene de la decadencia y otro prima en el florecimiento o rescate tras un estado que bien implica la prematura menopausia, por eso la donación del cadáver y la cremación son como un tránsito que superar, y hay una triste secundarización y olvido hacia éste que es el propio leitmotiv del filme, de ahí que se entienda que dejar flores o visitar tumbas sea retribuir, no dejar de lado al ser humano, la eternidad misma.

Las flores que recibe Ane todos los jueves sin remitente como punto de partida de la historia es la representación clara del goce y plenitud mental de un ser humano, los potentes detalles, los destellos de belleza (de cada vida) como dice Jonas Mekas, y la grandeza intelectual de lo que es más trascendental de lo que uno puede entender por lo que simbolizan como acto de amor, de perdón, de auto-superación, de satisfacción o de memoria; que tras el espejo del abandono se convierte en la misma acción, una que sirve para desentrañar la relación de Lourder y su trauma, o dolor a superar, y que ella haga acto de curación, tanto como lo mismo sucede -y se le agrega la gratitud- en Ane que lo confundía con un amor platónico. Los premios Goya 2015 la tuvieron como nominada a mejor película, y junto a La isla mínima y Magical girl hacen un grupo valioso. 

sábado, 14 de marzo de 2015

Magical Girl

La gran ganadora del Festival de cine de San Sebastián 2014, Concha de Oro a mejor película y Concha de Plata al mejor director para Carlos Vermut en su segundo largometraje, uno que dejó a la mayoría contenta, tras el humilde tanto como potente éxito de su ópera prima Diamond Flash (2011) que le generó un grupo de fanáticos. Siendo la verdadera gran rival (en el espíritu cinéfilo del espectador) de La isla mínima, aunque ésta le duplicaba en nominaciones y era a todas luces la favorita de la Academia española, en los premios Goya, en donde se alzó con mejor actriz protagonista para Bárbara Lennie.

Una niña enferma terminal de cáncer de tan solo 12 años hará que un padre y profesor de literatura desempleado quiera cumplirle un sueño a toda costa, incluso corrompiéndose, al querer tener el costoso traje de diseño de un anime llamado Magical girl (mención especial de un Luis Bermejo muy natural, y una pequeña debutante Lucía Pollán que trasmite sentimientos y delicadeza sin esfuerzo), que lo llevará a chantajear a Bárbara, una mujer con ciertos desequilibrios mentales y un pasado “oscuro” en unión a un profesor de matemáticas que influenciado por ella termina en la cárcel, viendo que nos recuerda un poco aunque en otra variante a Belle de jour (1967) en una doble vida, cierta locura/fantasía y un silencio que mantener, en éste caso, hacia el esposo psiquiatra y adinerado que la cuida.

No es una trama muy compleja de seguir, pero mantiene la sorpresa constante, tiene un tono seco, austero, mínimo, en un estilo narrativo que rehúye la emotividad o el dramatismo exacerbado teniendo entre manos mucho de ello intrínseco –pensemos que hay una niña con cáncer como razón de ser y desencadenante- que como dice Vermut hablamos de víctimas convertidas en verdugos, habiendo una definición de España representada en la corrida de toros, en estar en medio de lo racional y lo apasionado, que no es una idea plus ultra pero que lo tiene muy presente éste buen thriller.

En sí no es que el filme sea un lugar de extrema originalidad, aunque tiene buenas virtudes, como que parece una obra en completo control, notando que hay ratos en que roza el ridículo y lo esquiva con seguridad; contiene cierto cariz de cómic, de sombra fantástica, algo razonable viendo que hay una fuerte alusión al dibujo japonés, pero que nunca pasa la línea, se mantiene en ésta tierra a fin de cuentas.

El aspecto de Bárbara es sutilmente particular, fuera de aquellas cicatrices en el abdomen, parece signada por la cultura hindú en la vestimenta y en la marca en la frente, si bien luce mucho más como una audacia decorativa que un lenguaje o juego más oculto, sin embargo puede verse como un contraste interesante en cuanto a lo sagrado frente al desequilibrio mental y la promiscuidad, que recuerda a Rompiendo las olas (1996).

Tampoco es en realidad un filme muy raro como muchos quieren pensar, aunque contiene ciertas extravagancias, hay la mención elíptica y artística de una sexualidad sin límites en la figura de una salamandra negra, un culto secreto al estilo de Eyes Wide Shut (1999), pero no está trabajado en profundidad como si lo hiciera Enemy (2013), más parece un simple suceso que va empujando a la protagonista, a Bárbara (Bárbara Lennie, que exhibe en su personaje la mezcla de madurez y desequilibrio, al igual que el de una inocencia enferma que proyecta consecuencias, en el desarrollo de una vulnerabilidad conceptual y posible fuerza en sus actos, como en la prostitución, y en ese trayecto destila fría sensualidad, lo que hace que su papel se consolide, sea tan rico y coherente), en el sacrificio para subsanar un gran error, y que sirve de pretexto para manipular la devoción ciega, de esclavitud psicológica, de Damián (José Sacristán), como si estuviera dominado por fuerzas mayores, al estilo del poder mental de un vampiro sobre su siervo, si bien la niña de fuego no luce como ninguna amenaza. Son solo circunstancias, aunque sobrevuela un espíritu de magia, como el del juego de desaparición de la mano, y es que Magical girl es luminosa, gozosa, no a fin de cuentas macabra ni tan misteriosa, tiene de la esencia infantil y desconcertante de Bárbara (el verdadero protagonista, el eje), de lo que brilla el costumbrismo musical y la audacia tranquila como en el encuentro del vómito y la sangre, o que se baile al son de un anime en pleno Madrid de despidos, paros y crisis. 

miércoles, 11 de marzo de 2015

“5”, de Eduardo Quispe.

Acerca de la mejor película peruana del 2014, la crítica nacional pone a una de éstas tres películas, El Mudo, de los hermanos Vega, mi elección; otros el mediometraje Microbús, de Alejandro Small, que como la anterior ha paseado por distintos festivales, y aun no la he podido ver; y por último hay quienes escogen la presente, a “5”, de Eduardo Quispe. Donde éste director goza del aprecio de los que suelen identificarse mucho con el cine independiente, o el más experimental, siendo una reminiscencia de aquello en una forma ideológica, es decir, el llamado de un arte verdadero, íntimo, atrevido, cinéfilo, de expresión rebelde, natural, representativo y en medio de la libertad formal, en el que anida la propia cultura y un quehacer político y social de orden nacional (como deja muy claro la introducción y el epilogo, abriendo en aquellas empleadas de un geriátrico, vendiendo zapatillas, en contraste con sus pacientes que representan el poder adquisitivo; y en el cierre en los cómicos ambulantes burlándose o desenmascarando la corrupción de nuestros gobernantes en medio de cierta sofisticación verbal en plena exhibición popular, como el propio filme significa). Es el outsider por antonomasia, con un mensaje contra lo que cree está mal (como en la lucha de clases y las diferencias sociales, o lo esencial y la alienación), sumado a que la inversión es ínfima por lo que se sabe y se ve, no hay producción, siendo algo muy personal, muy austero, grabada con apenas lo justo, tanto que en una entrevista Eduardo Quispe bromea diciendo que la cámara casera con la que trabaja se la habían prestado.

Es su quinta película, como es que las titula con el número pertinente, y ha mejorado, en cuanto a sus defectos pasados de filmación amateur, lo cual se podría decir que es su estilo y el que no ha abandonado; pero ésta vez, una de las mayores molestias para el espectador, la tembladera, es bastante menor, hay sostenimiento, más delicadeza, mejor manejo del movimiento y del seguimiento contextual, ese que dirige la puesta del sol –como bien indica un buen diálogo en la trascendencia, la permanencia y lo conmovedor- y la panorámica del mar en el malecón, lugares y esencias que subyugan a uno de los dos únicos protagonistas, en una pareja (aunque también cuente la gente de alrededor que solo pasa, y la cámara atrapa su espontaneidad, o eso invoca, como en el niño jugando con la regadera, o un joven con un perro curioso que no gusta de la fotografía y se manifiesta belicoso cuando le filman; como sobre todo sea tan importante la conversación), una muchacha de zona acomodada, como simplemente podemos denominarla, una figura que sirve para la discusión, más que las emociones visuales (que yo diría que son racionalizadas), ya que el enamoramiento no se palpa, no se logra de ninguna forma (solo se piensa, se intercambian posturas y convencimientos), el que en la historia supuestamente se va esfumando y enfrentándose tanto como argumentándose aunque en choque disímil (y en realidad amor nunca existe en el ecran, le pesa el tiempo del metraje que es el real, habiendo solo amabilidad, y puede que se le disculpe al filme en aquella ausencia en que ella implique lo superficial y la inmadurez para una relación); de lo que por un lado yace una expresión profunda y analítica en el chico de la zona lejana, la otra denominación simbólica en uso (el propio director Eduardo Quispe, el que apela a no usar camarógrafo, y a grabarse entre ellos dos), aunque a ratos haga gala de la verborrea, del que habla mucho; y por el otro una exhibición de simpatía y despreocupación en la chica que se queda sin ilación o respuesta a menudo, apelando a la espontaneidad y la simplicidad más honesta y a su vez pobre pero empática.

Dentro de los defectos que van superándose o acomodándose, que por un lado son características de un estilo, digamos, que se acumulan y juegan entre sí, está el de la luz, en sí hay algunos oscurecimientos, pero no tan vulgares ni recurrentes como antes, donde faltaba mucha nitidez, ésta vez se perfila mejor en aprovechar postura e iluminación natural. También, y esto es interesante, los ángulos que se toman con la cámara, de los rostros o de las partes del cuerpo, o a veces se habla y no hay ninguna presencia, ésta fragmentación como sin formas o planos convencionales, se ven no solo naturales, libres, sino le dan una rotunda personalidad al asunto y al filme, favorece el sentir de tener una especie de estética formal, mucho mejor que con la idea de estar ante un vídeo VHS y haber grabado encima mientras se da una edición en azul tan terriblemente sucia, aunque es una afirmación lógica. El sonido falla en el arranque con las empleadas y el agua suelta en el jardín donde hablan Eduardo Quispe y la “actriz” Jamil Luzuriaga, habiendo otros pocos breves bajones, pero en su mayoría funciona.

El meollo del filme parte del aspecto romántico (en buena parte sutil, fuera de que termine exhibiendo demasiado sus cartas en cierto melodrama), pero lo que al final cuenta fuera de dejarnos seducir por el carisma y la interacción primaria, es que deja ver la peruanidad, lo cotidiano que nos envuelve, nuestro realismo, los estratos sociales, cuestionando, en un intercambio al parecer intrascendente, en un simple paseo de una tarde, pero como dice el mismo Quispe, lo mejor yace en lo que parece rutinario o común, más que en la grandilocuencia, y esa es una gran declaración de principios. 

domingo, 22 de febrero de 2015

Whiplash

La segunda película de Damien Chazelle, Whiplash, es un estado perenne de guerra en una escuela de jazz, donde no hay compañeros, sino que se compite sin remisión por un cupo con ellos; siendo tan igual a un deporte de alta competición con el que la música llega a compararse, donde incluso sangramos y sudamos por vehemencia, dentro de una intensidad que llega a la brutalidad, anclados a una obsesión, ser los mejores del planeta, pertenecer a los más grandes, convertirnos en artistas verdaderos, fuera de simplemente colocarnos en algún lugar; como el inspirador Charlie “Bird” Parker a quien le lanzaron un platillo de batería cuando tocaba mal y se rieron de él, y eso lo ayudó a esforzarse hasta quien llegó a ser, como nos lo cuenta como referente de vida y ejercicio de maestro quien sigue al pie de la letra esa ley, la de sangre, sudor y lágrimas, el maestro Terence Fletcher (J.K. Simmons) del conservatorio ficticio llamado Shaffer en New York, que mantiene un estado febril de fuerte tensión en su enseñanza, donde presiona con firmeza, hasta llegar a ser desalmado, humillar, y usar la violencia, no solo verbal sino literalmente, con sus supuestamente excepcionales alumnos, o alguno a punto de ser uno, en busca del próximo Charlie Parker, mientras ejerce una filosofía de vida de exigir hasta sobrepasar los límites, producto de querer explotar/crear algún talento especial.

Whiplash va de todo eso con suma fuerza, un desasosegante ritmo, un atrapante encanto cool y un subyugante entretenimiento (las baterías definitivamente son cautivantes para la mayoría de gente de espíritu joven, aunque nos digan, tengamos que tragarnos, que los malos artistas terminan en el rock, pero viendo que los potentes toques de tambor son como explosiones y fuegos artificiales en las canciones de jazz, como en “Whiplash” y “Caravan” que son las que se tocan), que solo queda celebrarla en el mismo contagioso entusiasmo rabioso que exhibe, haciéndonos  parte de ese juego extremo de la trama, donde vemos a Fletcher saltarse cierta ética profesional en la ostentación de una ideología particular de éxito máximo, en medio de un filme que para ello hace gala de logradas propias reglas internas formales, usando el artificio, la atracción descarada y la fantasía sin atenuantes (no intentes buscar realismo y verismo al 100% en ella, es cine en toda palabra, donde hay su propio código, ya que estamos ante una ficción, un hedonismo de cinéfilo puro y sin frenos), en un atrevimiento que se redime no solo al cautivar y apasionar al público, sino en la historia en sí cuando invoca la lógica terrenal de castigar la locura y el extremismo, uno que lleva a la extenuación tan alarmante que provoca tragedias.

Hay un desarrollo fluido e increíble aunque sea de narrativa directa, como en la escena de un impacto en la calle, un clímax al estilo de la percusión, habiendo varios en el filme, que es totalmente impredecible y crea uno de los momentos más poderosos que uno puede ver en el cine, y desde lo reconocible, haciendo uso de una pequeña extravagancia que yace descolocada de la realidad, pero no llegando hasta lo freak ni a salir de lo de a pie, a fin de cuentas. Que suma mucho como con esos exabruptos crueles del maestro que empiezan comunes y terminan exudando creatividad.

El filme nos ofrece tremendo tour de force que termina en una lucha surrealista, digna de su propio sistema, temática y mensaje (por su parte en discusión), uno que venera la seducción del espectador tras la osadía, el hacer algo extremo que revitalice al propio arte, jugársela toda por llevar la elucubración de ciertos clichés como también de verdades hasta quizá la deshonra, o el Olimpo de ese desenlace a prueba de balas, digno de película, donde ya nada importa, más que la liberación de cualquier atadura, como de la energía artística (donde el mensaje desaparece ante el entretenimiento), ya que Fletcher se ampara en aquella premisa del Cisne negro (2010), de empujar, apretar, pero en él llevándote a reventar o a crear (dice en una línea, los tipos como Bird nunca renuncian; aunque después expresa jamás haber conocido a uno, como revelando a un simple torturador, un J.K. Simmons que ríe, llora y atemoriza en un rotundo y perfecto monstruo, que aun así guarda complejidad y expresividad), y no por sacarnos un lado perverso que nos haga ser partícipes de lo excelso, sino que esa oscuridad yace en el maestro, detrás de la idea de transformar la arcilla en una obra de arte.

Estamos ante la historia de Andrew Neiman (Miles Teller, que está muy bien), un joven tranquilo y educado que sueña con ser un músico gigante, sacrificando incluso el amor, y en su mirada la posible restricción futura de una pareja hacia su anhelo obsesivo, en una línea narrativa que sirve como espejo de explicación de lo que acontece en Shaffer, la crueldad, el abuso, lo contradictorio, inesperado, arbitrario, caprichoso, de seguir a Fletcher, quien es como un dios, ya no un maestro, más bien un guía todopoderoso a quien entregarse en un delirio de grandeza. Esa chica del cine es la válvula de escape, en varios sentidos, pero una cotidianidad que rechazamos, un contraste anodino de aquella “fiesta” desmedida que es tocar Whiplash mientras el instructor exige impredecible que vayan a su ritmo escurridizo, hasta entrar en la oscuridad/desenfreno que imparte, como en esa salida del estudio tras la elección de un baterista de otros de pretexto, con un Neiman transformado en aquella iluminación en verde, pero solo realizado en el sonido de su propia retribución. Cuando algo pequeño se convierte en gigante, desde adentro, fuera del final que le toque vivir. 

sábado, 21 de febrero de 2015

Pronósticos y análisis hacia los ganadores del Oscar 2015:

Un año más de análisis (éste es el cuarto en el blog) de esa fiesta que es el Oscar, para todo cinéfilo, y muchos espectadores de especial ocasión, ya que el cine está en todas las personas de alguna forma en más o menos medida, aunque sea una premiación subjetiva a fin de cuentas, y por ende un pensamiento, el de la Academia de Cine Americano, el evento cinematográfico más famoso y popular del mundo. De lo que en negrita irá no el pensamiento de la Academia, que lo analizaremos y expondremos a su vez, sino más bien la elección de nuestro criterio, sustentado, para que sirva de cotejo en la apreciación de la gala. En los principales rubros.

MEJOR PELÍCULA
Selma
The Theory of Everything

Para empezar dejamos el ranking de mejor a menor película, que analizaremos a continuación:

1.-Whiplash
2.-Birdman
3.-The Grand Budapest Hotel
4.-Boyhood
5.-The Theory of Everything
6.-The Imitation Game
7.-Selma
8.-American Sniper

La película que va con la filosofía del Oscar, y su siempre buscado consenso con el público, dar la sensación de que la elegida de la noche se trata de la más simpática para la mayoría, la que menos se podría recriminar, el sentir de “y todos felices”, esa ganadora sería Boyhood. Sumado a la ambición de identificación de 12 años de trabajo, siendo un esfuerzo independiente, con una temática muy americana y universal, anclada a la nostalgia.

Sin embargo, en cuanto al logro conjunto en sí, tras una mirada pormenorizada, fuera de decisiones que partan de lo externo, y a su alcance como arte, la mejor es Whiplash, porque asume muchos riesgos, es intensa  y apasionada formalmente, como la batería que le describe; logra que lo artificial tome sentido propio, y en su atrevimiento y creación en sus reglas internas exhibe la grandeza de la originalidad, sin que sea algo extraño o críptico. Hace cine en toda la palabra, aparte de que es endiabladamente entretenida, estudiando además el arte y la excepcionalidad en el trayecto. Y no creo, ni nadie lo cree, que gane Whiplash, sería pedir demasiado al Oscar y sus convenciones, partiendo de un filme al parecer pequeño, pero que como arte tal cual es el más grande.

De los 8 filmes, los que más me han entusiasmado han sido Whiplash, Birdman y The Grand Budapest Hotel, luego viene el reconocimiento de Boyhood por lo que ha proyectado emotivamente y conseguido en su larga labor. Birdman y The Grand Budapest Hotel junto a Boyhood son las películas favoritas, pero a un punto éstas dos primeras pueden parecerle a muchos menores ante la ambición empática de Boyhood, pero observando con detenimiento la lograda estética de The Grand Budapest Hotel, en el mejor trabajo de Wes Anderson hasta la fecha, es que vez que vence a la de Linklater, al tomar el alcance tan fusionado de la estética con la historia creando todo un mundo propio influenciado por Stefan Zweig, y la esencia  de un espíritu (creativo), mientras es poderosa en su ritmo, y más cautivante como entretenimiento. Por su parte Birdman es medio disidente, petulante, algo molesta y experimental a un grado que la hace muchísimo más novedosa y artística que Boyhood, con lo que la supera; y a The Grand Budapest Hotel con la irreverencia, riqueza y creatividad de su tema.

Otros creen que The Theory of Everything puede sorprender, pero eso sería inaudito, es un filme demasiado pequeño (se trata de la voz de una esposa sacrificada, una persona común en una labor excepcional en el cuidado de la deficiencia física y el genio de Hawking), y muy correcto (salvo la sugerencia de la posible infidelidad de Jane Hawking), siendo una propuesta verdaderamente humilde, aunque no sea mala, tenga elegancia y no busque ninguna obscenidad en su retrato.

Otra con supuestas posibilidades según se especula es American Sniper, que ha sido un taquillazo en Estados Unidos donde yace más la recaudación general del filme, viendo que en tierras gringas su gente ama éstas historias bélicas de patriotismo y culto al soldado americano, pero que sería demasiado incluso para la Academia, en la decisión de un nacionalismo tan grande, obvio. No obstante, tampoco sería una elección descabellada ya que se trata al final de la Academia de Cine Americano, o sea rinden homenaje al cine de su país, aunque sonaría un poco ridículo frente a esa universalidad que suelen clamar, si bien no faltan los que ven solo un entretenimiento puro y duro.

MEJOR DIRECTOR
Wes Anderson, “The Grand Budapest Hotel”
Alejandro Gonzalez Inárritu, “Birdman”
Richard Linklater, “Boyhood”
Morten Tyldum, The Imitation Game
Bennett Miller, Foxcatcher

Debería de ser Bennett Miller, es el más exigente, complejo, sutil y cuidado de todos, pero suena imposible, ya que la lucha a todas luces se centra entre Iñárritu y Linklater, que van de favoritos. Y será casi seguramente una repartición, un reconocimiento a ambos directores, al que le den mejor película, al otro le darán dirección, o al contrario.

MEJOR ACTRIZ PRINCIPAL
Marion Cotillard, Two Days, One Night
Felicity Jones, Theory of Everything
Julianne Moore, Still Alice
Rosamund Pike, Gone Girl
Reese Witherspoon, Wild

Aquí todo está cantado, será Julianne Moore, que está bastante bien en Still Alice, una película correcta, como no había otra forma de hacerla, visto el tema, uno del gusto de la Academia y de la mayoría de la gente que se conmoverá con el padecimiento de una dolorosa enfermedad, el alzhéimer, que le quita su mejor facultad a la protagonista, el trabajo intelectual como maestra lingüista, y la relega a las tinieblas degenerativas. Siendo un filme donde Moore llora y hace llorar. Pero que en verdad su nominación es por una larga carrera, por el amor que despierta en los cinéfilos del mundo, y si vemos recientemente por Maps to the stars donde hace una actuación de un histrionismo rabioso como lo hiciera y le valiera un Oscar a Cate Blanchett en Blue Jasmine.   

Una que le puede quitar el trofeo, que no creo que lo logre, es Reese Witherspoon, que está excelente en Wild, pero como ya he dicho con anterioridad en redes sociales, ya lo ganó por Walk the Line (2005), y no va a repetirlo frente  a la ineludible y apremiante necesidad de dárselo a Moore, que ha esperado ya mucho; pero que de todas maneras es un gran regreso al aprecio de la Academia, y del público.

La inglesa Felicity Jones salta a la palestra con la sola mención en los Oscar, como su compatriota Carey Mulligan con An education (2009) por la que fue nominada, y eso es todo para ella. Ya es una ganadora, colocándose en quinto lugar. Mientras Marion Cotillard se coloca a mí ver en el tercero detrás de Witherspoon, en una actuación enérgica y magistral en un sufrimiento más pedestre aunque muy importante en mantener el sustento de su hogar y no ser echada del trabajo, en comparación al existencialismo de una Witherspooon sumida en el abismo y en busca de la redención. Por otro lado Cotillard poco tiene que hacer hoy en día donde prima el darle su lugar a Moore. Rosamund Pike brilla en Gone girl, un filme WTF que ha encantado a un público tras el efectismo de la originalidad (todo tiene su pro y contra, acotamos), y que deja todo en el filme de David Fincher como una loca de atar, y quién sabe, puede dejar out  a muchos con un triunfo inesperado, ya que lo suyo es muy bueno, si bien antes deberá dejar en shock al mundo quitándole un lugar visto fijo para Moore. Es la que más posibilidades tiene como competencia desde la manera de pensar del Oscar. De cierta consolación.

MEJOR ACTOR PRINCIPAL
Steve Carell, Foxcatcher
Bradley Cooper, American Sniper
Benedict Cumberbatch, The Imitation Game
Micheal Keaton, Birdman
Eddie Redmayne, Theory of Everything

La lucha en éste apartado como todos sabemos es entre Redmayne y Keaton, ambos lo han hecho perfecto, que duele al final escoger a uno; Keaton desde la espontaneidad más loca, Redmayne desde el mimetismo absoluto y delicado. De lo que muchos defienden a Keaton como una causa propia, o cinéfila (fue el querido Beetlejuice y Batman de muchos, me incluyo), en el retorno heroico de un caído u olvidado, cosa que le gusta a la Academia, tanto como ver un biopic sobre la superación personal; en ello ambos van de igual a igual, aparte de que a Keaton lo favorece la idea de que ya no le queden tantas oportunidades o que le vayan a aflorar (¿lo suyo no fueron unos 20 años de oscuridad?), pero hay que ser justos, o intentarlo, y en ello veo de ganador -por muy poco más- a Redmayne, aunque sea joven y tenga un futuro promisor. Y es que Redmayne siendo a ratos secundario y sin apenas hablar ha hecho lo contrario de lo que se suele esperar como ganador, el admirar algo hiperactivo; él ha propiciado algo contenido sin fisuras ni sensacionalismos o excesos en ser Stephen Hawking, y en ese minimalismo, y gesto sensible, se oculta una perfecta performance, cuando siempre algo falta/falla, y esta vez no.

Con los demás, uno debe respetar a Bradley Cooper mucho más, pero todavía le falta un poco de camino, ese rato de “explosión” o máximo alcance de los favoritos. Pero respeto ya debe de tener, sin duda alguna, por su minimalismo gestual. Siendo un rudo y creíble soldado, cuando solía hacer de chico bonito. Lo pongo cuarto. A Carell de tercero, y es que merece estar en la liga con Keaton y Redmayne, lo ha hecho cerca de su nivel. Y es otro a quien admirar como a Cooper. Reinterpretar el encasillamiento con la comedia y su conocido talento. Como me ha pasado. Cumberbatch vale su peso en oro por ese final tan profundo y hermoso en The imitation game, en su rostro; uno queda convencido, rendido ante su habilidad, pero en general se hace poco. Pero vamos comprendiendo/justificando tanto fanático hacia él.

MEJOR ACTOR DE REPARTO
Robert Duvall, “The Judge”
Ethan Hawke, “Boyhood”
Edward Norton, “Birdman”
Mark Ruffalo, “Foxcatcher”
J.K. Simmons, “Whiplash”

Quienes nos pegamos con esa maravilla de serie carcelaria llamada Oz (1997-2003), enseguida distinguimos a J.K.Simmons, como un neo nazi feroz, cruel, vengativo e implacable hasta el tuétano, observando a un actor talentoso detrás de una larga carrera; como dicen los americanos, a journeyman, y es hasta Whiplash donde aparece con todo, llega a su cúspide, llora, es terrorífico, y sonríe con suma maestría, en un personaje extremo y redondo en su obsesión y parámetros, que va más allá de ser su rol de siempre -de caerle como anillo al dedo- por los matices de su expresión, una verdadera clase de actuación, como de saber aprovechar esa intensidad y brutalidad que le sale tan natural. Está cantado, es suyo y de nadie más, estando muy por encima del resto del grupo, aunque hayan destacado también.

MEJOR ACTRIZ DE REPARTO
Patricia Arquette, “Boyhood”
Laura Dern, “Wild”
Keira Knightley, “Imitation Game”
Meryl Streep, “Into the Woods”
Emma Stone, “Birdman”

Este es otro lugar seguro, para Patricia Arquette, que con una entrega a una gesta de 12 años donde es su único lugar de brillo, fuera de la serie Medium (2005-2011), y un deterioro físico de autenticidad, que tanto conmueven; como una performance bastante buena, en una madre proclive a malas elecciones sentimentales, y una devoción maternal por sobre todo; como a su vez ser fuente de cinéfila, es la bella musa onírica de Carretera perdida (1997); la hacen una candidata justa. Sin embargo, he quedado impactado por la potencia visual de Laura Dern, musa de David Lynch; por su simpatía innata, en ser -valga la paradoja- un eje de autodestrucción y existencialismo, como el meollo del asunto del filme Wild, una gran responsabilidad, que la lleva con suma naturalidad. En mi caso me parece que su humilde actuación es de lejos superior a la de Arquette, aunque es improbable que gane. Una verdadera ilusión. Otra a mencionar es Emma Stone que lo hace bastante bien, tiene mucha fuerza expresiva, sus discursos son convincentes, pero tampoco tiene posibilidades, aunque le servirá para que la tomen más en serio.