lunes, 23 de mayo de 2016

Entertainment

Estamos ante la vista de un tipo ilustrado en la derrota, un perdedor más dentro de una sociedad que fustiga a los perdedores y celebra la popularidad y lo que aquello significa, por lo que no suena extraño ver que nuestro protagonista es un comediante, pero no cualquier comediante, uno que se retrata en lo opuesto a lo carismático, un sujeto desagradable que se hace preguntas que llevan respuestas crueles, ofensivas, al ejemplo usado, o vulgares. Lo interpreta Gregg Turkington, un comediante real, en su alter ego de trabajo, Neil Hamburger, aunque no se menciona en el filme. Un tipo despreciable que acomoda en su axila dos o tres vasos de cóctel, mientras pierde la endeble paciencia y empieza a insultar a los clientes que no le prestan atención o yacen disgustados con su performance, todo cuando va haciendo su seco y áspero show de auto-preguntas, que intensifican la sensación de abismo que reina en su vida como persona, de la mano de esas llamadas telefónicas a la hija que no ve y que no responde.

El filme llega a exhibirlo en comienzos de enloquecimiento, en visiones surrealistas que desdibujan la línea entre realidad y pesadilla, de lo que muchos lo pueden ver como un seguidor del cine de David Lynch, viendo a una mujer dar a luz sin ayuda en un baño o hallarse dentro de un juego infantil en medio de una atmósfera dudosa u oscura, de sospecha de algún acecho. De lo que el sujeto en cuestión parece estar algo al tanto, cuando vemos que lleva sesiones de cromoterapia, o que llega a tirarse de pronto a una piscina de la supuesta desesperación y crisis que mantiene, y que alarma a los presentes, en un estado de soledad marcado, no obstante también parece ser todo parte de un sentido del humor perverso y raro (la verdadera distinción de la propuesta, a partir de una lógica entendible que gira alrededor de ser un perdedor  y, en grado secundario, un enemistado con el mundo), uno que revela una pequeña crítica contra el entretenimiento del statu quo, en varios sentidos.

La figura se mueve hacia el perder la cabeza, en un mundo alterno inmerso literalmente en la idea de una telenovela o serie cómica latina de la televisión americana, propia del desierto de Mojave, California, por donde se mueve el extravagante cómico. En ello hay hasta una broma de humor negro en que se puede anticipar esos ataques de furia de francotiradores salidos del pueblo americano, producto de algún marginamiento o sentirse uno humillado de alguna manera, incluyendo la sola propia percepción, bajo la mirada de la derrota.

El cómico tiene algunas proximidades, como un primo tipo hacendado (el siempre apreciable John C. Reilly) que trabaja en el show business y se da cuenta que el cómico no tiene futuro o no mucho si sigue con su estilo bruto, duro, o llámese difícil, de espectáculo, léase la doble lectura de su propia vida y el negocio del entretenimiento, que yacen emparejados, habiendo una clara ironía hacia el mundo del cine independiente o el cine del director de la película, Rick Alverson, lo cual, desde luego, es como un estado de orgullo, finalmente, la lucha de una vocación amante del arte, por lo que el sentido del humor con temáticas sensibles resulta central en el filme. Además, hay que hacer buena mención del compañero del cómico que hace Turkington, una cierta copia menor, más cool y consciente, de una exhibición de humor absurdo, en el payaso cowboy que hace el talentoso Tye Sheridan. 

Peace to Us in Our Dreams

El último filme del respetado cineasta lituano Sarunas Bartas puede leerse como dos propuestas en un mismo lugar, aunque interconectadas, una más narrativa y convencional, poco original y básica, la de un chiquillo de un hogar conflictivo jugando con un arma robada de unos cazadores, la otra sobre el dolor existencial, en un sentir poco claro, ambiguo o medio silencioso, a la vera de la búsqueda de la coherencia del mundo (incluyendo lo ficticio, preguntas filosóficas y también tan cotidianas, ya que conciernen nuestra paz), partiendo de nuestra realización emocional, para lo que el sufrimiento se divide en tres casos, que son fatalidad, nostalgia y depresión. 

Bartas interpreta a un padre y amante, haciendo de guía espiritual y psicólogo, de su hija y de su pareja, la hija es la propia en la vida real, debut de Ina Marija Bartaité, que recuerda la belleza física de su verdadera madre, Yekaterina Golubeva,  musa de las primeras películas de Bartas, a quien trataba en sus obras con delicadeza, pero de a pie, en las peores condiciones contextuales de una trama realista y social, extrayendo a la mejor actriz de ella, como ahora lo intenta pacíficamente con Ina. 

Peace to us in our dreams (2015) es en buena parte autobiográfica, dedicada a la figura de Yekaterina Golubeva, a la que vemos en archivo brevemente y queda en el ambiente, en el que es un trabajo con los lugares típicos de estudio de Sarunas Bartas, un mundo humilde, solitario, melancólico, pero  aun así con belleza, por lo menos en alguna expresión (acotando que a Golubeva solía extraerle grandes momentos), en el campo o en el lugar más frío del planeta. Bartas captura y trasmite sensaciones, tanto como estados de ánimo, destellos, teniendo un manejo hermoso de lo femenino en estado puro, y con ello nuestra humanidad general, como en aquel desnudo de esa violinista sufrida que interpreta otra debutante, Lora Kmieliauskaite.  

miércoles, 18 de mayo de 2016

El mal de Portnoy

Philip Roth, más allá de su maestría y reconocido talento que siempre lo coloca en las apuestas de ganar el Premio Nobel, puede ser un escritor complejo y algo pesado, pero leer este Roth es de cierta sorpresa, tal cual el motivo de éste giro en su recién comenzada carrera literaria, en el que fue su cuarto libro, escrito en 1969, que como suele pasar en los inicios de todo artista se propone en un lado rebelde, trasgresor y osado que queda plenamente dibujado en esta popular y curiosa obra, que resulta muy entretenida y distintiva, desconcertando a los que creen conocer su escritura. Posee gran sentido del humor, y polémica, si se quiere, en las formas del lenguaje y la temática sexual explicita que aborda, como a su vez en el aspecto de romper con la ciega devoción y modo de vida inmaculado del judaísmo (del que se llega a renegar y querer liberarse, aunque últimamente a no poder evitar), plenamente contextualizado y sentido a cada momento en la figura edípica de la madre, viviendo una vida sensual heterosexual libre y promiscua, rompiendo con los estatutos tradicionales de formar tempranamente una familia y ser parte de la comunidad de su ascendencia, en el orden de los hijos y la esposa, lo que se busca afirmar en las visitas orgullosas de los siempre sacrificados y preocupados padres tradicionales (él, un vendedor de seguros laborioso, explotado y encasillado en un puesto de bajo rango; ella, ama de casa), que en la mentalidad del protagonista son dominantes, intrusivos y castradores.

Nuestro protagonista, el intenso y a veces furioso Alexander Portnoy, es un joven treintañero profesionalmente exitoso, dentro de un trabajo con mucha carga social y humanitaria. Solo que no puede contener su libido, su cierto lado “perverso” (en una férrea y constante lucha, hasta la extenuante sobreexplotación protagónica, por liberase del peso de culpa del placer y la liberalidad, sobrecargada emotiva y psicológicamente por las potentes raíces de la tradición cultural judía, representada en los padres, el hogar y la familia, y que, desde luego, implica a la moralidad colectiva general social), tras su deseo de mantenerse soltero y activo sexualmente con bellas mujeres de diversa índole y fe,  de lo que lo importante es que estén apetecibles, a las que Roth describe perfectamente en casos específicos y hasta extensos, en féminas que tienen un aire medio a putas, como naturalmente le movilizan y las suele visualizar nuestro protagonista (el que llega a ironizar sobre las enfermedades venéreas, en algunas soluciones sexuales desesperadas o en su proclamada tendencia adolescente a la masturbación, acción que le trae más de un enredo cómico, excesivo y extravagante habiendo que lidiar con una discreción que no siempre mantiene), en solo interesarle el cuerpo, y no ninguna relación duradera más allá de lo aventurero (habiendo un ménage à trois que resulta jocoso, en la declarada altisonante dualidad leitmotiv del libro, placer y dolor de cabeza, producto de terminar renegando de los propios actos o que nos inviten a renegarlos), si bien tendrá que soportar el pedido inevitable de formalizar con alguna, entre quejas, deslindes y machaques sarcásticos.

El mal de Portnoy es un libro que es toda la lectura un monólogo, el de Alexander a su psicoanalista, el Doctor Spielvogel, uno de gran habilidad narrativa, suma solvencia, partiendo de un lugar que pudo acartonar el texto y cansar al lector, pero que es todo lo contrario, demuestra un gran ritmo, es ameno, genera muchas imágenes mentales, presenta harta variedad explicativa bajo un logrado dispositivo oral, aunque dentro de una monotemática, el deseo sexual incontenible de Alexander, de lo que para muchos puede ser una normal soltería, pero que habla de la libertad, de nuestro libre albedrio, y de romper con tabúes y cualquier limitación de no anclarse al placer, que es discutible, pero valioso en su discusión, por encima de ser simplemente irreverente, o de proclamar la sordidez, apreciando que Roth puede tener un lenguaje directo, pero mantiene ciertos parámetros en el exceso, de lo que en buena parte se escuda en lo carismático juvenil y en el humor, en la cierta inmadurez de todo hombre, mezclando espontaneidad, descubrimiento, aventura y vivacidad, con una tesis cultural y social bajo el brazo que suena muy americana (el libro es un canto nacional), aunque Roth haga sus bromas sobre esta percepción de identidad en pugna, usando además la lengua hebrea, no pudiendo desligarse de su herencia judía, en la que parece una batalla perdida, pero, aun así, sin final próximo. 

miércoles, 27 de abril de 2016

Karaoke Crazies

Un karaoke de pueblo chico es regentado por un dueño melancólico y solitario con inclinación al suicidio, al porno y a los dulces, llamado Sung-wook, que para mejorar la asistencia de su negocio contrata a una asistente para los clientes, a Ha-Suck, donde ella aparte de ser adicta a la computadora, vestir un poco femenino buzo verde o un atractivo vestido blanco, tiene la particularidad y voluntad propia de darles sexo oral a los clientes para mantener el buen rendimiento del karaoke. Entre Sung-wook y Ha-suck hay una relación de conmiseración mutua que subvierte cualquier imperfección social, extrañeza laboral y peligro de denuncia  (aun teniendo a la policía cerca, en un ávido contador de sucesos criminales), un sentimiento que circunda por todo el filme, como el concepto de una familia atípica.

Ésta familia del karaoke cargan todos pasados miserables, yacen golpeados por desgracias y pérdidas (secuestro y muerte, un accidente fatal, una madre soltera huyendo, una violación en grupo), hasta el daño psicológico. Familia de la que es parte otra ayudante de karaoke que se dice profesional, Na-Ju, una mujer vivaz e intensa pero ansiosa y necesitada de producir mucho dinero, y un gigante medio retardado, sordomudo además, que se encarga de la limpieza.

El filme ciertamente maneja sordidez y perversión a grados mayúsculos, pero todo lo toma con una tranquilidad, descaro y comedia pasmosa, que puede verse con desagrado, producto de sentir su extrema superficialidad y vacío, a lo que se agregan momentos de ternura y reforzamiento familiar y humano chirriantes e incongruentes de cara a tanto trauma, luciendo abusivamente sentimentales, ridículos, hasta bochornosos, y fuera de lugar en su seriedad y cambio de registro, su falta de identidad, quererlo todo, producto de tomarlo tan ligeramente, y no porque quiera cundir el absurdo o el humor negro, no hallando un buen equilibrio entre lo harto desagradable y grave, lo intrínsecamente polémico, y lo sensible, relajado y buena onda. Pero también puede verse como un filme inclasificable, curioso e irreverente, aunque como la intervención de una porcelana en forma de pene usada como rezo para curar los traumas sexuales –vaya incoherencia- se tiende a subrayar el querer ser extravagante, distintivo e irónico, y pierde el filme capacidad de novedad, simpatía y autenticidad.  

El aspecto de locura está sobre-marcado en el filme, del sur-coreano Kim Sang-chan, que puede resumirse el producto en una comedia tonta con una intrascendencia atroz, como en una quinta de las ocurrencias, detrás de la expectante imagen congelada o el movimiento tipo túnel de aquel arco del pasadizo de entrada. La propuesta mezcla irreverencia, lascivia, oscuridad y melodrama, aunque teniendo momentos sensibles y fáciles de lo que quiere ser obviamente simpático con personajes al uso, pero conseguidos, el depresivo, la chica bella, alegre y cool, los freaks. Ostenta también una narrativa donde pasan muchas cosas (incluso tiene de thriller, de crimen perfecto, en una película que recuerda a The Quiet Family, 1998), entretiene, y exhibe una gran estética, a ratos lúgubre y misteriosa, en otras radiante, de lo que es como un cuento de hadas perverso. Con lo cual tenemos una propuesta irregular, con mucho defecto y un raro encanto.

martes, 26 de abril de 2016

A Magical Substance Flows Into Me

La directora americana nacida en Palestina Jumana Manna hace un filme convergente, dirige la eterna enemistad árabe y judía compartida centralmente en el territorio de Palestina e Israel, donde enfoca sus visitas, exposiciones y conversaciones, hacia la música autóctona de las distintas etnias de Oriente Medio y el norte de África, llegando incluso a poner a prueba al oído vernáculo tocando los sonidos del otro, fomentando unidad y sentido de pacifismo y alegría conjunta –tal cual el cierre del filme- en lo que nos hace a todos humanos y hasta dignos de cariño, todos iguales en la belleza y la variedad de la música folclórica, apareciendo, entre cantos, distintos y curiosos tipos de instrumentos de viento, cuerda y percusión.  

El ambiente escogido por Jumana para cada encuentro no es otro que el del hogar, apuntando a que sus invitados hagan una especie de ofrenda, a desarmarse por entero, a tomárselo con relajo, a no pensar en rechazo ni enemigos (que eso es lo que propone tener la cámara enfrente, como hace ver la sugerente pregunta de ¿qué piensan tus padres de tu trabajo?, y no parece tan fácil, pero termina siéndolo), que mejor que en el espacio más íntimo y auténtico que tenemos, en todo un ejemplo de comunión, en el lugar que solemos proteger más, que a través de este documental muestra todo el calor que uno puede tener y eso lo hace posible la música, y la finalmente buena voluntad que la mayoría de hombres tienen, en medio de tazas de café, cocinas, libros ancestrales e historia, regar las plantas, fumar, hervir alguna hierba, hace yoga o estar frente a la computadora, es decir, dentro de la mayor cotidianidad, calma y naturalidad, habiendo también ratos de franqueza y alguna pequeña crítica, no es que tampoco se trate de tapar el sol con un dedo, no obstante éste filme no pretende abordar ningún estado de conflicto, que no sea mostrar que árabes y judíos pueden ser capaces de llevar la fiesta en paz y hasta de provocar entre ellos felicidad, la mágica sustancia que flota dentro de uno, que anuncia el título.

Un hombre mayor y muy bien instruido expone con claridad y sin dilatarse la problemática de la región revisando la disposición histórica al vínculo entre judíos y árabes en Palestina, luego cuando va a dar una conclusión, hacia una imposible buena interrelación, corta el tema político y decide ir a disfrutar de la vida, no pretende complicarse ni enarbolar ningún odio, tal cual es el concepto del filme. De lo que muchos invitados aparecen practicando la devoción de la fe, y yacen en familia o con amigos. En un trabajo que se inspira en las grabaciones de radio de la década de 1930, del etnomusicólogo judío alemán Robert Lachmann, que emitió desde los territorios palestinos un programa sobre música oriental de todos para todos.

lunes, 25 de abril de 2016

The Island Funeral

Laila (Heen Sasithorn), su hermano y un amigo, jóvenes que radican en Bangkok, deciden ir al sur de Tailandia, empecinada la mujer –una dama segura de sí, aprehensiva, curiosa, sensible; como suponemos a la directora- en buscar a una “extraña” tía, al lugar de origen y creencia religiosa de estos hermanos, a la provincia de Pattani, una de las tres provincias del país que tienen predominio musulmán y que contiene un centenario y antiguo conflicto separatista que es sofocado por el gobierno de turno, en especial el militar, tema y presencias –la fe musulmana; maniobras del ejército- que el filme de la tailandesa Pimpaka Towira deja ver, mucho como destellos, pequeñas Mise-en-scène bastante artísticas, o flashbacks, lo que aparentemente es la lectura central de la propuesta, en medio del entretenimiento de un filme con cierto aire a uno de género, manejando misterio y suspenso, pero que va más allá, trata la realidad política general de su nación, de inestabilidad –tanto cambio y golpe de estado- y cierta sombra de una falta de libertad, desde la religión (en un país mayoritariamente budista).

El filme es potentemente inquietante, donde el miedo tiene mucha presencia, como lo representa el amigo llorando y esperando lo peor del viaje, o que Laila vea un especie de fantasma, en plena carretera, en que observa cruzar frente al auto a una mujer desnuda, sucia y encadenada, una imagen sugerente –esencia del estilo sutil de expresión del filme, se habla de algo que no se ve, luego tras finalizado el periplo lo visualizamos literal y metafóricamente- de la realidad que se vive en Tailandia (donde esta vez la fantasmagoría, la mitología y el folclore yacen tenues, pero se esconden a su vez en el ambiente, en algunas visiones que tienen de realidad y sueño –una mujer sumergida en el río en plena noche tras el viaje medio místico en bote-, o debajo del descubrimiento tras las pesquisas de la villa de Al-kaf, de una procesión funeraria, de una isla que aunque más lúgubre recuerda a El hombre de mimbre, 1973), una amenaza a la libertad y al derecho no explicita (claramente emparejada con la atmósfera del filme), sino implicando harta sutileza, hasta “abrirse” hacía la conversación de la cena de aquella casona en medio de la selva, en un filme que sabe a aventura de aire siniestro, bajo tentativas de que algo puede suceder en cualquier momento, la que fácilmente pudo ser una película de terror.

sábado, 23 de abril de 2016

The Laundryman

Un asesino a sueldo (Joseph Chang), que toma su trabajo como uno cualquiera, sin ninguna animadversión, menos remordimiento, con todo profesionalismo (hasta una misión implica que se travista), se ve perseguido por los fantasmas (ancianos, jovencitas, gente sencilla) de las personas que ha asesinado. Estas almas no quieren vengarse de él ni torturarlo como en principio parece, estilando una comedia de terror, apareciendo en su pequeño cuarto y generando una notoria claustrofobia, de lo que surgen momentos de humor bajo la gracia, simpatía y desenfado de un atemorizado, algo ridículo y sorprendido Chang, sino desean descubrir la razón de sus muertes, asunto que desconoce nuestro protagonista, que simplemente cumple las instrucciones que le envía la despampanante y fría femme fatale A-Gu (Sonia Sui), dueña de una lavandería, donde se desaparecen finalmente los cadáveres haciendo de cubierta criminal.

The laundryman interactúa entre la comedia  y el thriller, habiendo escenas de acción, peleas a puño limpio, muy bien coreografiadas, intensas, impredecibles, usando cualquier cosa para golpear, ostentando su toque de gracia y una música de buen rock de fondo, potenciando los fuegos artificiales. Hay un estupendo combate bare-knuckle en el lugar menos apropiado, incomodo, en que pelea el (anti)héroe que hace Chang con múltiples atacantes, u otro donde se le unen mujeres, descubriéndose como artistas marciales bastante atléticas, veloces y gimnasticas.

No abundan las peleas, habiendo centralmente la búsqueda de la solución para cada fantasma, quienes fomentan su propia historia y ocurrencias, pero el filme llena tranquilamente el requerimiento de escenas marciales de decente extensión, ya que esta propuesta pretende plasmar ante todo una historia variopinta, curiosa, más que una película de acción pura y dura, en medio de sencillas sub-tramas, hasta la reveladora y remate, de lo que la película llega a convertirse en algo compleja, justo cuando el argumento parecía haber ya mostrado la mayor parte de sus cartas, al abrirse una “nueva” perspectiva con el origen de la lavandería en una especie de Correccional, medio Manicomio, y el sobrenombre “No 1, Chingtian St.” de Chang, aunque hay que decir que el filme nunca abandona la broma ni el entretenimiento, la aventura fantástica, la pesquisa, que es, desde luego, lo que más le importa al director taiwanés Lee Chung, para lo que interviene un tercer puntal (el cuarto es el dúo de policías que es de lo más flojo y poco que mencionar) en que la médium y exorcista Lin (Regina Wan) implica mucha locura y extravagancia, típica oriental, como que al musculado y asesino implacable Chang le sale la pareja romántica más infantil y menos glamorosa del planeta, aunque divertida y plástica, con un trato tipo de amigos cercanos, en contraste con uno lujurioso y de forcejeo con A-Gu.

El espejo (O Espelho)

Un hombre formal de mediana edad juega solitario a los dados (el azar romántico, la vida misma), en medio de una habitación adornada de muchas bellas y poco explicativas pinturas, como quien le propone un reto al espectador, luego decide salir de ésta silenciosa casona de campo e internarse sin destino preconcebido en la naturaleza, atraído por algo, lo que responde a una aparición fantasmal, medio animal, sensual, cuando de pronto sale una hermosa mujer de un lago, muestra sus seductores pechos y un enigma,  ¿de qué trata todo?, en ello el filme es bastante misterioso, sin embargo afloran varias lecturas, no solo la lírica de una danza difuminada por el lente, también como implica el propio título, ahí anidan las vidas paralelas (ese cambio de posición en el reflejo del lago) y los dobles (como vemos en el final).

El debut del brasileño Rodrigo Lima, basado en el cuento homónimo de Joaquim Machado de Assis, tiene su discurso, uno que versa sobre la complementariedad indisoluble del mundo externo e interno, como que el hombre se ata a algo opuesto que puede ser cualquier cosa, a grosso modo la relación fantasmal, pero ¿quién es real en la actualidad del filme?, todo apunta a que la mujer de aire vampírico y sexual es parte de un viaje espiritual, quizá simplemente lisérgico, parte de la memoria del lugar, del hombre, quien la despierta,  pero también yace el eco de una muerte violenta (como señala el encuentro de un arma y un disparo, o puede que sea solo la poética del abandono, tal cual el sombrero mojado), todo es gaseoso, y es que el surrealismo y la oscuridad dominan el relato, un escenario poético, pero también salvaje, como la interrelación de esta pareja, que habla de lujuria, intensidad y exceso, tanto de melancolía, como bien expresa un bote, un paseo romántico, de la mano de la rotura y la inundación simbólica. No obstante, aparecen imágenes familiares, de infancia, en el lugar, en formato Super 8, que se pliega a un aire experimental y al extrañamiento general, al juego de lo semi-narrativo. De lo que sabe a cierto cuento de terror, en un poderoso emerger del lago y deambular selvático, donde subyacen las sensaciones, los besos, los encuentros sensuales, la memoria.

viernes, 22 de abril de 2016

Las lindas

La argentina Melisa Liebenthal con solo 24 años demuestra harta noción (de lo que significa el documental en esencia), entrega y un aire fresco en su ultra honesta (hasta la “auto-zancadilla”), inteligente y simpática ópera prima, que en lo principal y más destacado es un estudio sobre los arquetipos contemporáneos de la belleza, pasando revista de paso a la historia de la estética femenina en el tiempo y su relevancia social y humana, habiendo una reflexión y crítica intrínseca a ciertos parámetros de exclusión, ya que la propia Liebenthal se pone de ejemplo (contrario), exhibiéndose críticamente sobre no pertenecer al ideal ni al canon de la belleza, de lo que siempre se consideró una mujer poco agraciada, producto de varios factores, que llegan a lo especifico, como tener una voz masculina (que inclusive hacía que la señalaran de lesbiana, asunto que ha pasado por su existencia en el apunte de que una de sus mejores amigas es gay), por su ancha ropa a lo tomboy, por no desear sonreír ante la cámara (como sentido de rebeldía y a su vez de auto-contemplación estética), o por no fomentar en sí un cuidado más femenino (como la depilación), teniendo una cierta mayor necesidad de arreglo a la que no estaba muy dispuesta (le abunda el vello corporal), no obstante, como refleja el filme, la belleza ha sido y es parte de su vida, tener siempre presente ser aceptable para el contrario.

Melisa Liebenthal no se desespera por querer que nos congraciemos con la situación que presenta o ha presentado, sobre todo poniéndose ella de precepto, como quien diría que pretende que lapidemos las exigencias sociales de la belleza, como haría la mayoría (y sería el gancho obvio), ¡no!, más bien es como una comparación, científica, a un punto, departe de la autora, entregada a una temática vivencial, tanto como de sensibilidad y auscultación reflexiva que nace en el espectador, en un sentir de crecimiento e identidad (que atañe a todos), la documentación de un yo, dentro de la adolescencia, mientras pone en el tapete la discusión voluntaria, libre, de estas disposiciones, quedando procesarlo y dirigirlo por uno mismo, al dejar simplemente unas bases comparativas, con una conclusión que queda elíptica en Liebenthal, bajo un toque de ironía y positivismo, un optimismo que recorre todo el filme, por lo que corre por nuestra cuenta determinar una conclusión, pero que naturalmente cae por su propio peso.

En el documental no hay una exigencia moral ni nada por el estilo, nada directo. Pero sí se comprende que la belleza puede ser algo tan vacío y cruel, un problema para muchos, que puede crear complejos y hasta una vida mermada, pero no exageremos, porque el filme no lo hace nunca, la relación saludable pasa por aceptarnos, por perpetrar pequeños cambios y sobre todo no darle sobredimensión al asunto, pero sí dándole la noción y el entendimiento justo y sano, y en ello es un llamado colectivo, no de lastima, sino de sentido común, y de mayor alcance de madurez con el tema, e interrelación humana, desde toda persona, principalmente desde uno.

Liebenthal para proponer todo esto hace uso de un extenso material –de una recopilación cariñosa y lúdica de más de una década, con participaciones muy íntimas, incluso tiene una buena amiga que no quiere salir hoy en día en cámara, le tiene fobia- de video casero, fotos y recuerdos, reuniéndose con su pasado y diario vivir, o sea, sus fuertes lazos con las amigas de siempre, con las que comparte vivencias en el presente del filme. Pasando revista junto a ellas a las distintas etapas de su infancia, adolescencia y juventud, en un canto de sonrisas, contextos y anécdotas, que como todas las relaciones humanas es todo un universo propio, aunque común. Al respecto el filme exhibe una narrativa amable, fácil de sobrellevar, que predomina en el conjunto, donde hay unas intervenciones que no siempre son las más interesantes o profundas, pero avivan la identidad, la espontaneidad y la amabilidad general, porque rayan en la sencillez de las amigas participantes, que pueden no ser tan curiosas a fin de cuentas, aunque bajo la “grandilocuencia” de suponer parte trascendental del documental, cosa que no es equivocado, tienen su cierto encanto menor y necesidad, pero el verdadero poder del filme yace en las pocas intervenciones visuales, la voz en off de ella siempre acompaña, y hay documentación casera, de la directora, intelecto y protagonista. Que logra concebir un documental alegre y a la vez pensante, con una fisonomía humilde, seria, radiante, que la hacen una propuesta enriquecedora dentro de un empaque relajado y por una parte superficial, porque todos lo somos al fin y al cabo, por eso no se trata de lapidar ni encender nada, como hace Liebentahl en su tono, sino tomárselo tranquilo, con humor, y superándolo con madurez, tal cual lo ha consumado este pequeño documental, que tiene todo en su punto, luciendo ligero en muchos sentidos, pero también suficientemente inteligente para trascender, apoyando la noción de que la belleza yace en el compartir con los que amamos (los lindos/lindas, para nosotros),  dejando a la par una deliciosa, alturada, ligera, crítica constructiva y complementaria, tras la audacia de manejar eternas presiones sociales.

Communication & Lies

El debut del sur-coreano Lee Seung-won es un filme provocador, aunque al cine cada vez le cuesta más extrañar al espectador curtido, no obstante, ciertamente, sale del común denominador del arte de su país, aunque puede verse como un Hong Sang-soo hiriente, mucho más cruel y perverso (donde el alcohol tiene su uso propio), hablándonos de una relación “amorosa” entre una empleada de limpieza y un profesor, cuando tienen pasados cargados de traumas, la pérdida de seres queridos, tomar medicación y un grave sentido de culpa, que los hace vagar por el mundo, sobreviviendo como pueden  tratando de resistir sus pesadas y dolorosas mochilas existenciales, teniendo ambos problemas mentales de paso, rondando el suicidio y una desesperación interna que aflora en sadomasoquismo o potentes depresiones que los materializa como unos freaks y antisociales, más visible –y mejor trabajado- en ella que se lapida siendo promiscua con maestros (le entra a todo, quiere que la humillen, que alguien se vengue de ella), de lo que la película abre con una llamada de atención -y clásico encuadre de cine arte- a esta mujer sufrida, que de espaldas a la cámara estática escucha y afirma descaradamente toda la increpación que deja anonada a su interrogadora que poco puede entender su actitud y libertinaje, para lo que avanzando el metraje el filme se justificará plenamente.

Grabada en blanco y negro luce su bajo presupuesto con todo el ingenio de las tramas mínimas y del vivir complejo de nuestra humanidad social, haciéndonos ver a dos seres al límite de sus fuerzas, entregados a hacerse daño, como ella que férreamente quiere castigarse, y hace de éste maestro introvertido una relación más de ese aspecto, cuando éste no sabe a lo que se entrega (una prueba muy grande que exagera), habiendo más un camino de machaque que de liberación, que hace exigente a muchos de resistir, visto que es común otorgar siempre muchos respiros en el cine. Un cierto problema puede ser la credibilidad del enamoramiento, aunque puede que en realidad no exista y sea solo un tumbo más de éstas almas perdidas, no obstante yacen en el proceso de algo, pero no la comunión típica del lugar romántico. De lo que asoma una frialdad narrativa, pero cuidada, viendo cómo se entregan sin cortapisas a la miseria anímica.

Es un filme con varios flashbacks, los que fortalecen el conocimiento de su manera de comportarse en el presente. No todo está expuesto, hay que decir, le sobreviven pequeños lugares de llenar espacios, queda medio oscurecido, aunque más que suficiente, ya que vemos mucho background de todas formas. El filme es sencillo, pero decentemente ingenioso, como notable la escena de uno de los encuentros de esta pareja en que el sexo es el hallazgo de sus pesares y deficiencias, con el uso de chopsticks. No esperen un filme de tragedia y romance típico, sobre todo en la veneración del séptimo arte por las mayores resurrecciones y triunfos desde bien abajo, sino es el grito de los derrotados e invisibles, uno que se repite una y otra vez, donde no suelen aflorar los reconfortantes y fáciles finales felices.