domingo, 7 de febrero de 2016

El renacido (The Revenant)

Con 12 nominaciones a los Premios Oscar es la favorita, aunque su director Alejandro González Iñárritu tiene un pequeño grupo de detractores, una cierta pequeña tendencia en contra, catalogado especialmente de pretencioso, sin embargo eso poco importa porque The revenant es toda una experiencia en la sala de cine, un lugar de mucha adrenalina y entusiasmo, con el retrato de sobrevivencia de Hugh Glass, un explorador, guía y cazador de pieles de la frontera americana en la región del rio Missouri de los hoy estados de Montana, Dakota del Norte y Dakota del Sur, que fue atacado por un oso grizzly y más tarde abandonado por su grupo de expedición.

The revenant se basa libremente en la novela del americano Michael Punke que tiene la figura verdadera de Hugh Glass y mucho de los hechos que padeció por aquellos territorios nevados y salvajes. Apreciando que el filme es una historia de venganza que puede sonar a mucha ficción, sumándole el cine, las marcas de identidad y las lecturas místicas, de sanación y de sufrimiento de González Iñarritu (centralmente en aquel paisaje que se inspira en The Abbey in the Oakwoo, del fabuloso pintor alemán Caspar David Friedrich; partiendo del capullo con troncos que crea un especie de chamán indio), como el homenaje y la rememoración de grandes cines épicos y/o místicos como el de Herzog, Malick y Tarkovsky. En una venganza donde yace la bien aplicada maldad de John Fitzgerald (Tom Hardy) que viendo por sí mismo y detestando en parte a Glass lo deja moribundo frente a la tensión de la perenne amenaza de los indios que yacen divididos y en conflicto, al igual que luchando contra los exploradores caucásicos, habiendo una sub-trama con la búsqueda de una indígena hija del jefe de una tribu secuestrada por cazadores franceses.  

El filme es un derroche de visualidad, arte y puro cine, donde hay escenas que describen a la perfección lo que es transportarse en una sala de exhibición, sentirse inmerso en un espacio del tiempo, los años de 1820s, con una apertura donde los cazadores de pieles son atacados por los indios, y se ve cómo van cayendo muchos muertos, sobre todo los caucásicos, habiendo grandes acercamientos y tomas de un dinamismo y fuerza expresiva realmente impresionantes, creando la sensación de un mejor 3D –sin haberlo- que de costumbre, haciéndonos entrar y salir de la toma, sentir la velocidad de la huida y persecución, propiciando panorámicas intensas, subjetivas cambiantes con finales llamativos, sintiendo el movimiento y ritmo trepidante y brutal, perpetrándose toda una inmersión, al fabularle muy poca distancia al espectador con aquella batalla campal, habiendo explicites, espectacularidad, un sonido confabulador y una sensación de que nadie importa demasiado en ese ataque, mientras todo fluye con el más grande realismo. Y eso no es nada, el ataque del oso grizzly es todo un festín cinéfilo, y más.

Leonardo DiCaprio, héroe absoluto del filme (gracias por su parte a la maestría del antagonista que el talentoso Tom Hardy interpreta, un desgraciado en toda regla), hace un alarde de actuación en todo el metraje, con una entrega a toda prueba, y una conversión en Hugh Glass completa, viendo su larga agonía, y combate personal e ingenio por sobrevivir (comer vísceras crudas, cicatrizar heridas a fuego vivo, escabullirse de la violencia de un río o dormir en el interior de un caballo), pasando por una pelea cuerpo a cuerpo con un imponente oso defendiendo a su crías, la amenaza de Fitzgerald, y quedando sumamente herido y solo en aquel territorio inhóspito y poderoso, aunque cierto que es mucho una exageración su lucha y continua agresión, sin embargo se hace algo siempre entre imposible, apabullante e impactante, un entretenimiento grandilocuente, pero hermoso, por sumergirnos en aquellas extremas vivencias cinematográficas, en un nunca detenerse de tratar de impresionarnos, y ofrecernos sorpresa y placer, ya importando poco la total veracidad (o prolongando y variando opciones en el desenlace, un sonido que trasmite harto anhelo, cierta fiesta y furia, recordarnos el cine coreano de venganza y explicites, o el western clásico), más bien logrando un lugar de sensaciones y hartas emociones, frente a un combate tras otro, como en aquel mensaje de un cuerpo ahorcado siendo inocente, metido(s) en el “todos somos salvajes”, típico del tiempo y espacio en que se adscribe la trama, que en realidad juega a desmentirse en el filme, porque hay un respeto a las diferencias étnicas, porque Glass tiene un hijo mitad indígena a quien llama la razón de su vida y por quien quiere redención, porque el héroe habla y escucha el idioma de la naturaleza, el de las tribus, cuando le espera el amor de su mujer  de raza Pawnee, o porque la justicia llega por Dios (y los indios), esos que agreden, pero también defienden su territorio, negocian, curan y sufren daños.  

jueves, 28 de enero de 2016

El Club

Siempre se ha hablado de la perenne mala actuación de la iglesia católica de ocultar los tantos casos de pederastia de sus miembros, y es justo ahí donde pone el dedo el director chileno Pablo Larraín, sobre esa llaga, de paso critica el apoyo eclesiástico con la transgresión de derechos humanos durante la dictadura de Pinochet, y la adopción ilegal por trámite de curas corruptos que se aprovechan de la pobreza de los feligreses. Estos casos los representan cuatro sacerdotes confinados a una casa de reposo en la comunidad costera de La Boca, Chile, que en realidad es para que piensen sus pecados al no poder ejercer con normalidad su labor cristiana y necesitarse que estén ocultos para no mancillar (más) a la iglesia.

Toda la (injustificada) tranquilidad del reposo de estos ancianos pecadores cambia, se desvanece, cuando llega un quinto cura, un pedófilo, y se suicida frente a todos ante la insistencia atroz y vulgar de señalamiento de culpa (incluyendo la directa), con la verbalización –el monologo imparable- de describir de forma violenta, obscena y brutal ese sexo pederasta acaecido por los engaños, falsas promesas de fe y abusos del sacerdocio, expresados como dentro de una posesión por un personaje capital en la trama, Sandokan (un híper realista e impresionante Roberto Farías), que es un tipo dañado mentalmente, por las apetencias depravadas de los curas, quien deambula como un loco torturando a estos sacerdotes.

Tras la muerte llega el padre García (Marcelo Alonso), un psicólogo y representante de la iglesia que deliberará toda la situación, poniendo orden, imponiendo penitencia y quitando gollerías como el alcohol y la buena comida en esta casa retiro, cuidada por la ama de llaves, la hermana Mónica (Antonia Zegers) que es una mujer sumisa y leve que no juzga a estos padres criminales, al simplemente buscar un escape a su propia vida. Estando la casa habitada por el Padre Vidal (el harto talentoso Alfredo Castro, actor fetiche de Larraín), el Padre Ortega (Alejandro Goic), el Padre Silva (Jaime Vadell), y el Padre Ramírez (Alejandro Sieveking) que sufre de cierto retardo.

Una gran sorpresa, sin duda, le sucede a los que esperan que Larraín haga un filme mainstream típico, porque no lo es en absoluto, sobre todo para los pocos detractores de éste director, recordando que Larraín es la cara más visible e internacional de su país (nominado a los Oscar por “No” el 2013, y que muchos esperaban se repitiera con la presente), donde el filme ha contado con alto respaldo y entusiasmo, digamos que serio, ganando el gran premio del jurado del festival de cine de Berlín 2015, mejor actor –que fue para un pequeño elenco- y guion en el festival de cine de Mar del Plata 2015, y mejor director en el festival de cine de Lima del mismo año.

Notamos, sí, la imponente calidad de producción, el alto estándar estético, la narrativa fácil de procesar (llegando a lo enfático, pero no limitado), y ser una exhibición masiva e internacional, pero yace a su vez la propuesta como la exposición de un quehacer cinematográfico que incomoda mucho, que molesta e inquieta, que no es complaciente (y si lo es, en cierta forma, no de manera ramplona ni para nada unánime ni fácil), en un trabajo que quiere generar polémica, pensamiento y discusión, que es categórico y altisonante en su crítica, mientras no es fácil de digerir (aunque en los tiempos que vamos haya tantos descreídos de la religión, y quienes incluso esperan que siga habiendo descredito, agregando que por un lado es una denuncia muy empática en general),  producto de su brutalidad explicativa (llegando a tener incluso escenas sórdidas y provocadoras, como el pedido de sexo anal de un hombre a una mujer, a lo El último tango en París, 1972), en un filme que es muy enfático, ciertamente, para bien y para mal, que tiene de vulgar (pero aun así no pobre con el idioma), sumo realismo, con una explicites en lo verbal como para que se sienta y duela toda la denuncia, en donde el lenguaje es una de las armas recurrentes de mayor distinción de la narrativa, contra toda esa iniquidad del sacerdocio corrupto, ese que se quiera o no representa una crítica potente hacia toda la iglesia católica, como un intenso llamado de atención, ya que muchos resienten de su silencio aun siendo algo sabido a vox populi.

Otra cosa importante es que Larraín nunca deja de construir una historia cautivante, con giros y sorpresas dentro del leitmotiv de denunciar a los curas pederastas y criminales, creando contradicciones morales en a quien servir (representación de las autoridades eclesiásticas), a la iglesia o a nuestra intachable fe, manejar cierta interesante ambigüedad –entre el cura fiscalizador y el loco, los catalizadores de la trama- hasta resolverla, un toque de vitalidad a pesar de la vejez y los gigantescos pecados (como todo el asunto de la competencia y entrenamiento de los galgos) habiendo una curiosa exhibición de puntos de vista (insalvables, pero osados, tanto como maniqueos) en las entrevistas, y en cómo solucionar todo el problema, en que no primará la comodidad, donde esos curas corruptos tienen vida, son resilientemente fríos, defienden su absurda existencia como seres humanos, tienen emociones, cuando existe el marcado señalamiento de inmoralidad sobre sus cabezas y palabras. Habiendo un pequeño sentido de culpa en el padre García que lava los pies de Sandokan a poco de que el grupo intenta sacárselo de encima, siendo lo más trascendental implantar –no sin cierta ironía- el castigo de la voz de ese loco como un eterno infierno en el que era un apacible purgatorio.  

miércoles, 27 de enero de 2016

Verano de Goliat, Los Ausentes y Minotauro

El director mexicano Nicolás Pereda es un exponente del cine avant garde, que ha marcado su mayor reconocimiento con su filme Verano de Goliat (2010), con el que obtuvo el premio Orizzonti en el festival de cine de Venecia 2010, el de mejor película en la competencia internacional en el festival de cine de Valdivia el mismo año, y el Cinema of the Future en el festival de cine independiente de Buenos Aires 2011 (Bafici), que nos recrea algunas pocas historias rurales que nos hablan de cotidiana sobrevivencia, principalmente la del periplo emocional de una robusta mujer (Teresa Sánchez), abandonada por su marido, y el de su hijo soldado (Gabino Rodríguez), vago y hasta con algún aire delincuencial, dentro de un juego de apariencias.

En Verano de Goliat, Pereda, hace una docuficción sumamente austera – que incluye harta espontaneidad, como en aquellas entrevistas y sonrisas de los primos de Goliat, o con una mujer con sus tantos hijos-  donde el título de Goliat es el sobrenombre de un chiquillo de aspecto ordinario que cuenta con la leyenda y el misterio de haber matado a una novia, sin que nos remita a ningún castigo. El filme es sumamente libre en su ordinariez narrativa, sobrellevando una gran falta de trascendencia expositiva, salvando la de recordar de memoria una carta de pendientes que revela toda una problemática común de subsistencia, que resulta en escenas repetitivas, morosas y típicas de cierto cine arte, que no por ello no es que carezca de naturalidad y hasta de belleza escénica, en un retrato que esconde en su sencillez el mito de la oralidad y dígase además el primitivismo de un pueblo, el de Huilotepec, donde su gente yace abandonada a su suerte como en aquellas ventas infructuosas de libros didácticos, o en ese cargar por la zona de una maleta de ropa que simboliza la de un pesado, agotador y doloroso mundo a cuestas, donde por más que uno quiere termina como perdido, olvidado, tal cual implica ese río donde Teresa llora desconsolada. Verano de Goliat tiene mucho cuajo y relajo expositivo, a la par que se adscribe al cine social, pero desprovisto de una contextualización canónica, habiendo por su parte crueldad y amoralidad en la comunidad (de lo que no todo se juzga), tanto como alegrías y mataperreo, a la vez que muestra sufrimiento (alrededor del abandono por otra mujer, donde no nos entrega Pereda ninguna justificación).

Todo filme de Nicolás Pereda es un esfuerzo para cualquier espectador, como en Los Ausentes (2014), un cine social minimalista y arty, en que se trata simplemente de un anciano y de su otro yo joven que deben dejar su humilde hogar a orillas de una bella playa (tras ese simbólico esfuerzo, descenso y desnudo, destinado a plasmar el tiempo), con lo cual el cariz fantasmal sobrevuela hasta en ese estar juntos del joven (Gabino Rodríguez) y el viejo en el desenlace, sentados a la mesa alcoholizados, sin poder remediar nada, sin un futuro a la vista, como si ellos fueran toda la comunidad, olvidada e invisible al otro, o el último despojo, viviendo en la soledad de los quehaceres mínimos, siendo tan importante la pertenencia de una vaca, donde todo se ve tan humilde y simple, pero representa una vida, varias existencias (¿una falta de unidad?, ¿un llamado?), mientras la ley dictamina y los deja de lado, en una playa que exhibe chiquillos haciendo surfing (alegrías), mientras aquella demolición se hace tan detallista y expresiva, como ese armado supuestamente militar de un arma, una señal de poca fuerza, de aun bajo la apariencia de poder matar, implica más bien algo viejo y elemental, frente al cambio.  

Minotauro (2015) es apenas un esqueleto narrativo, en donde se pueden percibir tres lecturas, la de unos cuerpos que se echan a dormir de forma extravagante, con unos jóvenes protagonistas que yacen cansados en posiciones ociosas y poco ordenadas, como que se han desplomado como sea, y que dan a entender una abulia política, social y especialmente afectiva, dibujando una generación apagada, sin fuego en la sangre, una juventud sin apasionamiento. Por otro lado yace la frustración, representada en esas lecturas de rechazo en concretar un enamoramiento, darse tiempo de separación, no reconocer al otro, lo cual hablan de una línea general de detención del nacimiento de la acción, léase nuevamente política, social, partiendo de lo afectivo, lo cual es culpa, desde luego, de ese cansancio crónico que vemos en el rol de Gabino Rodríguez y sus compañeros de vivienda, que parte de no recoger el vuelto de una pizza, en una exposición argumental de lo más insulsa. Por último tenemos a una empleada y a su hija cuidando de sus patrones, que parecen minusválidos, o son parte de otro tipo de ociosidad, abulia (¿un liderazgo o el Estado mediocre?), los dueños duermen todo el tiempo, no importa el ruido, mientras todo el trabajo lo hacen los empleados (mismo Pasolini, donde solo ellos están despiertos y funcionales, pero son quizá demasiado secundarios, o así lo creen), hasta verlos caerse y no poder levantarse, recogerlos, que indica a pensar en las clases sociales, donde todo el esfuerzo es del pueblo, que deben sostener a unos cuerpos débiles y dormidos, de lo que también asoma la perplejidad, la falta de comunicación, la pequeñez o el éxito en medio de ese letargo. 

Santa Teresa y otras historias

Película del dominicano Nelson Carlo De Los Santos Arias presentada en el 26 festival de cine de Marseille (2015) donde ganó el premio Georges De Beauregard, y luego el de mejor película latinoamericana en el festival de Mar Del Plata 2015, y que se pudo ver en el festival Transcinema del mismo año. Una propuesta experimental y una docuficción, teniendo un audiovisual bastante humilde, mientras hace de pequeño ensayo crítico y denuncia sobre la violencia, una que también es política, como lo refleja la voz en off de la egresada de la carrera de cine y activista Judith Gómez en su alter ego Polly Krac. En un filme que contiene imágenes de archivo, otras documentadas por el mismo director, o unas que hacen de soporte narrativo ficticio, como ver una estructura con una chiquilla leyendo escenas de tipo literario, a continuación recreadas (contextos rurales con juegos infantiles o con el deambular de perros), habiendo varias formas de expresión visual, de lo más simples, como la estática o el pase lento de alguna casa vieja o el de un zaguán poco iluminado, a manera de fragmentos, en buena parte inconexos, libres, incompletos y paralelos, bajo la idea de un narrador de cuentos, que sobrevuela todo el formato,  la mayor parte propios del director y harto sencillos, pero que contienen la libre inspiración (y centro argumental) de la adaptación de un capítulo del libro 2666 de Roberto Bolaño, tomando de contexto la ciudad imaginaria de Santa Teresa (creación de Bolaño), como también a un guía literario del mismo texto, en el investigador y fotógrafo Juan de Dios Martínez, que yace tras los crímenes sin resolver de mujeres halladas muertas en la frontera de Ciudad Juárez que sería el lugar real en que se basa Santa Teresa, un México violento sintetizado, como la idea de la sombra de la muerte y lo endeble de la existencia en el soporte visual sacado del Museo de Momias de Guanajuato, en un México que hace de representación del feminicidio y la brutalidad latinoamericana, en una obra que está dedicada a las distintas visualizaciones de la mujer, tanto en su veneración, como a su agresión, pasando por ver el detallismo de la transformación de los muxes, travestis con una mítica folclórica zapoteca detrás. 

sábado, 23 de enero de 2016

Right Now, Wrong Then

Del director coreano Hong Sang-soo siempre se dice que hace variaciones de la misma película en toda su filmografía, o sea, sus filmes se parecen bastante, que hasta se podría decir que se “repiten”, hace la misma película una y otra vez, incluso presenta sus variaciones aún mucho más directas y explicitas haciendo solo algunos cambios, como sucede en el presente filme que cuenta dos veces el mismo relato, pero desde distinta perspectiva.

En su obra presenta constantes temáticas y técnicas, como exhibir a un protagonista que estudia cine o es director de cine, algún enamoramiento, aventura o relación afectiva, suma cotidianidad, o que sus personajes mientras comen y dialogan suelen tomar soju (bebida alcohólica surcoreana a base de arroz), como usar una técnica cinematográfica convencional, sencilla, muy práctica, llevadera y de recurso mínimo.  

El filme nos cuenta en dos oportunidades como el famoso director de cine arte llamado Ham (un impresionantemente natural Jeong Jae-yeong, que ganó el premio de mejor actor en el festival de Locarno 2015 por esta película), un hombre de trato fácil, corteja a una guapa jovencita (Kim Min-hee) que no necesita ser sensual ni pretensiosa, a la que conoce casualmente en la visita a un templo, con lo que se les depara un itinerario donde la lleva a tomar un café, ella le enseña su trabajo en la pintura (una vez abstracta, otra realista, felicitándola en la primera, criticándola en la segunda),  luego él a un restaurante a tomar soju, ella a una reunión íntima con sus amigos amantes del arte, y por último se ven en la proyección de una película y conversatorio de Ham.

Esto a rasgos generales es toda la película, en ambas versiones, pero (principalmente) habrán diálogos que cambien, sobre todo actitudes y el tipo de como proponerse para una infidelidad, de lo que la excusa central en una de las opciones es que Ham es un mujeriego que siempre repite el mismo truco (como el cine de Hong Sang –soo), pero de lo que se dice que son sólo rumores en la otra visión, donde es que simplemente siente una atracción grande hacia una mujer a la que suponemos especial (es como si ser franco –asumiéndolo de auténtico- perdonara toda libertad y anhelo), con la cual pudo comprometerse de estar libre (como alude el simbolismo del anillo, en uno no hay, en otro sí), observando que el tiempo tiene cierto papel elíptico (en que se manifiesta que Ham se casó muy temprano, y esto juega a interpretarse positiva y negativamente), a la par que apreciamos que la ligereza con el asunto del affaire no parece molestar a nadie en realidad (aunque dentro hagan algunos de fiscalizadores de la moralidad, de lo que se llega a decir en cierto momento de que no importa el juicio ajeno, articulándose que solo interesa el anhelo y el convencimiento), total en el filme la esposa no existe como ser humano, se trata solo de Ham, la joven Yoon y en medio una traba moral de ella (o, mejor dicho, que haya honestidad hacia ella) que abra las puertas de su corazón y de algo más, aunque brevemente, y es que el filme es lo más sencillo que uno puede esperar, pero aun así se hace gustosamente entretenido. Tratando lo que a todo hombre -y en parte féminas, en lo poético, en las relaciones afectivas- promedio pero culto le gusta, el arte, la cerveza, su ciudad, los diálogos amenos y las mujeres bellas.

Cambiando detalles y bajo un nuevo enfoque, Hong Sang-soo parece defender la premisa de su séptimo arte, uno que esta vez se ha hecho merecedor del leopardo de oro 2015, máximo premio del festival de Locarno. Vemos como Sang-soo propone otro cuadro con apenas algunas pinceladas y cierto pequeño ingenio (o sensibilidad e intuición, parafraseando a sus criaturas), y es como decir que es otra película distinta, una que tiene el aire de lo clásico en sus formas, pero que su espontaneidad y frescura no tienen tiempo, salvo que la modernidad urbana imprime la época, aun sin aparatosidad sino la misma sencillez que brota de todo el conjunto. Como que en un momento Ham presume de extravagante –no obstante tiene lógica su acto- al desvestirse frente a las amigas de la chica deseada.

Hong Sang-soo nos expresa claramente, como en el título, (que es) correcto ahora, (estuvo) mal entonces, enseñando primero un simple engaño (una justificación además para el segundo relato); en el otro, Ham cuenta por sí mismo que se halla casado y lamenta tener la traba matrimonial, siendo digamos que honesto, con lo que es apreciado y maneja una sensibilidad, sin embargo donde yace su verdadero triunfo es en lo platónico, romántico, simpático e inofensivo, producto de no forzar nada, y no es que no se quiera algo más, pero simplemente la situación fluye (desde luego no lo que le contarías a tu esposa, ni te gustaría que le pasara a ella), en ello Sang-soo es harto delicado, también pícaro, pero inocuo, bellamente inocente al fin y al cabo, aunque en Our Sunhi (2013) queda como mensaje final que uno es libre de ser como le da la gana, aludiendo la seducción de una chica e ilusión de varios hombres hacia esta. 

La habitación (Room)

Nominada a 4 premios Oscar 2016, mejor película, dirección, actriz principal y guion adaptado, es el año de la merecida notoriedad del cineasta Lenny Abrahamson, que con su anterior película, Frank (2014), llamó cierta atención y muchos dicen se convertirá en un filme de culto, donde se relata sobre un extraño músico que usa una cabeza de papel maché que nunca se quita de encima, vive con ella, en la interpretación del gran Michael Fassbender, que hace del gurú de una pequeña banda musical aun no conocida por el mundo y no destinada a hacerlo (donde yace la jugada maestra del filme), que dentro de una trama en parte cruel nos habla del natural desmedido anhelo de éxito (movido por el rol de Jon Burroughs, de Domhnall Gleeson, que quiere dejar de ser un perdedor y por sí mismo no puede lograrlo), de los fracasados, problemáticos, locos y quizá no tan buenos músicos (toda la banda de freaks y outsiders, liderados por el extravagante Frank, Fassbender), de la autenticidad y de la verdadera razón de hacer música, en medio de un humor corrosivo, a veces chocante y desestabilizador, también de algo de inocencia y alguna exageración de postulados para plasmar lo que significa una movida musical, en sus propias condiciones especiales y bajo jugosas contradicciones, dejando posibles lecturas en el que es un filme raro y por ratos chirriante, que es la conjunción narrativa de dos mundos, uno alternativo y otro de cine amable, que a más de uno descolocará si han de profundizar en los giros de la trama, una que se inspira en el músico y comediante británico Chris Sievey que inventó a su alter ego Frank Sidebottom, el de la cabeza de papel maché, como también se basa en las experiencias del guionista del filme Jon Ronson, que fue parte de la banda de Sidebottom.

La habitación es otra grata película, que tiene la particularidad de parecer que se trata de dos historias intercomunicadas, una que acaba a la hora de metraje y otra que empieza a continuación en donde la otra finaliza y pocos han decidido contarlo y donde yace la audacia. Pero partamos de ¿qué es la habitación? Es un lugar mental, psicológico, de tortura y trauma (en la madre, interpretada por la talentosa Brie Larson), pero a su vez -por extraño que suene- un lugar mágico a lo Alicia en el país de las maravillas para el hijo de 5 años de nombre Jack (un impresionante Jacob Tremblay) que llena de vida el ínfimo espacio, ya que no conoce el mundo, y ahí anida la pregunta e idea de qué es real y qué no, cuanto implica nuestra percepción mental, sueños y proyecciones en el planeta y lo que nos rige.

El filme parte de un secuestro de hace 7 años por un tipo al que conoceremos solo como Old Nick (Sean Bridgers) que tiene cautiva a Ma (Brie Larson) y al hijo nacido de este encierro. En una propuesta que es siempre un drama de adaptación (la segunda parte yace muy bien tratada, exuda madurez y coherencia, aun a costa de no ser tan cautivante para el público masivo, aunque también posee sus escenas emocionales e híper dramáticas que conmueven), donde cada parte de la habitación es una geografía, un pequeño espacio convertido en algo mucho más grande de lo que habitualmente es (tal cual notamos cuando queda vacía, y se ve que es minúscula, un simple cobertizo), de lo que ese espacio tan reducido se convierte en todo nuestro universo, y uno debe contener todo dentro, con lo cual conviven dos perspectivas en la habitación, la del niño por un lado, inocente e imaginaria, una del pequeño es como si estuviera en el interior de un cohete o cápsula que uno espera despegue hacia ese cielo que ve en el tragaluz; y la otra de la madre y el captor, de suciedad, criminalidad, crueldad y abuso sistemático –en ese sexo mecánico y animal en el peor sentido, razón del cautiverio, que apenas se ve y se oye a través del closet y la pantalla, dibujándolo como un acto oscuro sin ningún tipo de erotismo, del que se genera una paradoja con el nacimiento de aquel hijo, como brevemente deja ver la falta de aceptación del padre que hace William H. Macy-, de lo que Abrahamson exhibe que el compartimento es lógicamente paupérrimo y en condiciones no muy higiénicas, como tan bien lo demuestra ese diente podrido que se le cae a Ma, pero que rápidamente se convierte en un símbolo del amor, protección y unión con la madre (como llegará a serlo el cabello más tarde, lo físico, primario y sobre todo la representación de lo real, una entrega psicológica, como quien intrínsecamente corta las ataduras con el pasado y deja solo lo que los ha hecho sobrevivir, el amor de madre e hijo), un residuo a un punto desagradable, pero que Jack no lo ve, se lo mete igual a la boca, ya que para él es otra cosa, tiene otra lectura, una pura, lejos de la notoria corrupción que le circunda.

La propuesta fuera de ciertas apariencias y sutilezas, de su calidad de entretenimiento, a la que muchos se han asimilado, sin preguntarse más allá, es compleja y tiene una velada polémica, que apunta a separar al hijo de la violación que lo engendra, aunque lo vemos desde ya crecido y eso ayuda mucho, de lo que la decisión parece tan clara, aunque habría que acotar que el dolor es tremendo, de lo que toda la pesada carga recae en la madre, como bien presenciamos en sus crisis emocionales, aunque el filme tiene las anotaciones de Jack como dirección y yo veo más bien como complemento –aun con más presencia física- ya que en realidad se trata de la historia de Ma (una espectacular Brie Larson, que ya encandila con Short Term 12, 2013, como esa cuidadora de albergue de chicos nada privilegiados, conflictivos y poco adaptados, que tiene un pasado traumático y que debe definir su futuro familiar a través de su trabajo de cara a su propia inadaptación social), es su secuestro, continua violación, encierro y gestación, y no del pequeño, aunque en el filme él es tan determinante en analizar y proponer el contexto, donde no reconoce ni menciona al padre, no genera opinión del sexo que ojea y del que se esconde, es el héroe, quien revitaliza a la progenitora cuando ella se deshace en pedazos.  

martes, 19 de enero de 2016

Joy: El nombre del éxito

El director David O. Russell hasta su anterior película ha sido un engreído de Hollywood, nominado tres veces seguidas al Oscar por mejor director y en dos oportunidades por guionista, hoy parece que su suerte ha virado de cierta forma y se ha encontrado con un duro rechazo de la crítica hacia Joy: El nombre del éxito, aunque su actriz protagonista Jennifer Lawrence ha resultado nominada por la presente, logrando su cuarta nominación profesional (3 veces gracias a O. Russell, una de estas le mereció una estatuilla dorada, por Silver Linings Playbook, 2012).

Su última historia se basa libremente en una persona real, en Joy Mangano, inventora del Miracle Mop, el trapeador milagroso, un trapeador que no necesita escurrirse y puede lavarse fácilmente, hecho de plástico, ligero, y que cuesta 4 veces más que un utensilio simple pero resulta más higiénico, efectivo y duradero. Mangano es además una exitosa empresaria que sale vendiendo sus productos e invenciones en televisión. Con lo cual parece que tuviéramos una historia particular, con un invento poco deslumbrante o no tan atractivo para muchos espectadores, diga lo que digan las amas de casa, las tantas que llegaron a comprar el producto. Por lo que fácilmente pudo caer el filme en el ridículo, y no lo hace.

La propuesta capitaliza el sueño americano, marcadamente, de forma obvia, con diálogos que empiezan diciendo literalmente que Joy es una perdedora, tal cual lo refleja su madre echada en la cama absorbida por las telenovelas hasta que llega el amor romántico a sacarla de su sopor (en una línea endeble), cosa que evita la trama central, y se inspira en el éxito laborioso pero realizable de todo ciudadano promedio, no obstante la narrativa banaliza un poco el triunfo del sueño americano, donde O. Russell simplifica todo, y lo entrega bien empaquetadito y fácil, como para que el público masque bien su canchita, para ello todo se dice directamente, Joy fue una niña con grandes sueños, que se convirtió en una divorciada con 2 hijos a cuestas (aunque con un gran ex marido, que es su mejor amigo, aun siendo en parte un fracasado), un trabajo agotador, muchas cuentas y poco dinero, una madre mueble, inerte, cero productiva, y un padre y una media hermana que son un bache constante en su vida, y hasta incluyen la intromisión de una madrastra igual de ambiciosa, tacaña y de cierta forma aprovechada, ganando realismo en cuanto a la realidad de la familia americana no del todo afectiva, sino conflictiva. Sin embargo, Joy ve a través del surrealismo ese cambio que necesita, por medio de las telenovelas de la madre, y se lanza a inventar algo útil, práctico, que este en el diario vivir.

Lo que viene después son dos giros bastante pobres que lastran la credibilidad del conjunto y su mayor alcance, ya que son capitales, un conflicto descubierto como cuando John Cusack halla esa pequeña puerta en una oficina a tremenda revelación, en Cómo ser John Malkovich (1999); en el otro aparece una salida arbitraria y simplista en todo sentido, en una habitación de hostal, otro de esos encuentros milagrosos, tras revisar el papeleo, como con el trapeador, tal cual salta de ser menospreciado a ser visto como una mina de oro por Neil Walker (Bradley Cooper), ejecutivo de un canal de ventas.

Joy: El nombre del éxito tiene un lado tipo de comedia de enredos inicial, donde todo luce barroco, altisonante y extravagante, que es muy entretenido, además de que el asunto del trapeador y la fortuna tiene cierto humor en sí, aun teniendo el lema de esa frase que dice de que lo ordinario se topa con lo extraordinario y hacen perfecto maridaje, tomando de ejemplo al legendario productor David O. Selznick y a su esposa, la popular actriz Jennifer Jones.  

O. Russell hace todo el trayecto del filme espolvoreando sencilla simpatía, una buena onda en ideas y lugares, apreciando que uno rápidamente se identificará con la protagonista, una magistral Jennifer Lawrence que realmente esta perfecta en todo momento, aun cuando pueda estar diciendo algo tonto o poco elaborado, que en buena cantidad hay en el filme, tratando de ser empático de forma tan clara y poco original. Lo único que faltaba era que Joy cayera en algún romance y todo quedaba como un cuento de hadas, tanto como un manual básico para triunfadores, donde los esplendidos Robert De Niro, Isabella Rossellini y la desconocida Elisabeth Röhm son los parientes de miedo, en una falsa fachada de ayuda, habiendo un diálogo de negocio y préstamo que impone un deber y retribución, unas preguntas de compromiso y una reunión donde se ve una familia caótica y compleja que es lo mejor del filme, como esa comedia coral inicial, hasta que llega la decepción empresarial, pero a continuación enseguida el filme se vuelve predecible, convencional y va perdiendo su encanto.

Se trata del sueño infantil de su verdadero yo –y el de cualquiera, no ser perdedores- y el aliento y fe de la abuela que espera un matriarcado de Joy, que manos a la obra debe imponerse en acción (cuando se pone ruda, decidida, feminista, a través de -valga la curiosidad- un utensilio de limpieza, hasta triunfante colocarse sus lentes de sol y venderle al espectador una historia más del gran sueño americano), evitando caer en la nada, la inutilidad y el desperdicio que representa la madre interpretada por Virginia Madsen (y todo el lastre familiar en otro grado).  

domingo, 17 de enero de 2016

E Agora? Lembra-me

Ganadora del fipresci y del premio especial del jurado en el festival de cine de Locarno 2013, dirigida por el portugués Joaquim Pinto, quien fuera sonidista de Raúl Ruiz y Manoel de Oliveira entre muchos otros, y cuenta con una filmografía poco conocida pero con más de 20 años de trabajo. En esta su película más personal y reveladora, autobiográfica, que cuenta su vida en pareja con su compañero Nuno Leonel con quien llegaremos a verlo teniendo sexo de lo más llano y explicito pero con cierto estilo de arte y no tan dilatado, en ese quehacer de alto realismo y gran carga de sinceramiento, donde recorremos la vida actual de Joaquim quien sufre hace 20 años de SIDA y de Hepatitis C, pero que aun así logra disfrutar de la vida a pesar de los fuertes dolores y esa existencia que se resiste a morir a costa de entregar harto cansancio, desgaste y sufrimiento físico que llegamos a palpar, como una luz que se va apagando pero no quiere desaparecer.

La felicidad la marca su pareja y la crianza de tres perros gordos y algunos viejos, tal cual escuchamos de sus propias palabras agradeciéndoselo a la vida que tiene, tanto como compartidas actividades diarias siendo muy activos, de lo que el filme en sus casi tres horas de duración presenta una variedad encomiable de labores y entretenimientos, de tipo medioambientales como sembrar plantas, hacer agricultura, apreciar a los insectos o bichos (en un momento se maravillan juntos, porque realmente es la historia de una pareja, de Joaquim y Nuno, viendo como una audaz abeja trata de sacar un pequeño bocado de una hamburguesa en un pan, que comen en un parque), al mismo tiempo que comparten un agrado natural y fresco por lo intelectual y una latente curiosidad reflexiva y cultural, mientras vemos los tratamientos, las drogas e inyecciones a las que se somete Joaquim, y que es asistido -y compartido cada momento, en cámara o fuera de ella-  por Nuno, quien es más silencioso y corporal que nuestro perpetuo guía Joaquim, teniendo Nuno un aire rebelde que ostenta y se nota en su aprecio por el heavy metal, su pinta relajada y sus tatuajes (uno dedicado a Joaquim, en una relación que en gran parte del metraje se maneja con sutilidad y recato, pero avanzando el filme empiezan a surgir ciertos desnudos en esa cotidianidad que tanto marca la propuesta, que trata de revelar tal cual es su existencia en todo los aspectos), donde se dan tiempo para pensar el mundo, sobre todo el suyo, auscultar distintas artes y ciencias, cuando Joaquim va relatándonos con su voz over las conversaciones que tiene con su compañero, su enorme curiosidad por el planeta,  la humanidad e incluso comparando lo vivencial por medio de la biblia y creencia en Cristo que en la iglesia, rememorando su pasado, desde esa vida ajetreada e interesante que logró cultivar gracias al cine, trayendo a cuenta ciertos años a través de sus grandes acontecimientos y famosos encuentros personales, como el estado de la evolución de su enfermedad y de esta en el planeta.

Es una propuesta que tiene una gran calidad narrativa, luce un filme muy técnico cargado de pequeños trucos, y una exhibición que nunca para de ser novedosa, aun retratando la cotidianidad de una vida y el padecimiento de una enfermedad. Otro punto es que aunque desnuda a Joaquim en toda arista personal, no deja este siempre de mirar hacia lo que le rodea, y en lugar de ser únicamente su historia, la matiza con lo que pareciera una investigación y registro del SIDA y sus tratamientos,  o ese hambre por conocer cosas, y ver un lado práctico y darlo al público de forma cautivante, como todo documentalista entiende y busca, y él denota haber aprendido muy bien.

Inicialmente es la historia de Joaquim y luego despega lentamente hasta ser una completa exhibición de una vida en pareja (sin sentimentalismos, sino acciones), a compartir el protagonismo, a elogiar al compañerismo en cada explicación como dentro de un subtexto, reflejando que el afecto hace que el dolor merme o se pueda sobrellevar mejor, aunque también Joaquim pone de su parte yendo a todo control medicinal, usando las últimas drogas y calmantes, viéndolo a ese respecto viajar mucho a España.

En la narrativa asoma una melomanía contemporánea y cool, bajo un muy buen gusto musical, a la par de una gran cualidad de viajeros (en su pequeño núcleo familiar), donde el auto se moviliza bastante, siendo seres inquietos, con ganas de sabotear un destino anunciado y una depresión cruel que eluden con un estado de vitalidad notorio, aun habiendo tanto cansancio, y momentos donde Joaquim por fuerza mayor no puede salir de casa. En un filme íntimo, pero casual (más nada intrascendente), de cautivante humanidad y con su toque de intelectualidad. 

Carol

A primera vista puede ser una historia más de represión homosexual, de cierto descubrimiento de una distinta inclinación sexual a la mayoría y por otro lado de un posicionamiento de quien uno es. Pero resulta también la historia de un deseo irreprimible, de una notoria atracción, amor y sensualidad entre dos mujeres, la experimentada y adinerada Carol Aird (Cate Blanchett, obviamente talentosa, de las mejores actrices que hay, como hoy en día medio mundo lo afirma, y es que la admiro desde Diario de un escándalo, 2006, pero, ¡qué Dios me perdone!,  a algunas expresiones suyas se les notan las costuras, me parecen híper-dramáticas, y hasta lucen como tics) y la jovencita medio tímida, o humilde y sencilla más bien, más allá de trabajar como dependiente de un departamento de juguetes, pero que no se retrae en absoluto ante sus deseos, llamada Therese Belivet (Rooney Mara, a quien el papel le cae perfecto con su tipo y estilo).

La historia nos cuenta de Carol, que yace en trámite de divorciase de su marido, Harge Aird (el expresivo y genérico Kyle Chandler), que a pesar de todo no la quiere dejar ir y la castiga con la futura tenencia de la custodia de su hija, aun sabiendo de la clara y fuerte inclinación lésbica de ella, ya que parte trascendental de la ruptura es ocasionada por un affaire ocurrido hace 5 años con la madrina de su pequeña, con Abby Gerhard (Sarah Paulson, pequeño portento de los papeles secundarios). Como también se trata de la historia de Therese, donde el protagonismo esta balanceado y bien repartido,  aunque como anuncia el título, nos hablan de un amor que marca nuestras vidas y en ese punto recae la sofisticación y la mayor edad de Carol, con lo que pudiera pensarse que se trata de la mirada, encuentro de la identidad y crecimiento de Therese, pero es a su vez la lucha con la moralidad de la época anclada a un hecho preciso que evidencia un manejo serio y consistente aunque acorde con otro tiempo (notando que adapta el libro de la muy famosa Patricia Highsmith  de título original “El precio de la sal”, publicado bajo el pseudónimo de Claire Morgan en el año 1951, que será la década que utilice el talentoso director Todd Haynes, maestro de las fantásticas Velvet Goldmine, 1998, trasunto libre sin concesiones del lado icónico del glam rock de David Bowie; y de I'm Not There, 2007, todas las caras, hasta lo ensayístico, de las contradicciones de Bob Dylan), como indica una minusvalía y juzgamiento para la custodia de la niña, y esa es la figura que promueve la separación matrimonial de Carol, los conflictos de madre, viendo que la aceptación social no posee ningún gran revuelo en realidad para ambas, o no se trata de reducirlo a ese tipo de melodrama, ya bien conocido, sino invoca cumplir con reconocer a la otra persona y entregarse al compromiso. Donde Therese enfrenta decisiones sencillas para ella, dejar de lado a un novio y buen partido pero a quien no quiere, y a un pretendiente que le ofrece ayuda en una profesión que desea alcanzar, la de fotógrafa.

El conflicto central es no perder el acercamiento con la hija, por la orientación sexual que se está viviendo, porque de acomodarse no tienen problemas, evitándose a sí efectismos lacrimógenos, pero igualmente teniendo gran empatía con el espectador, porque es la implicancia del amor por sobre cualquier otro sentido, con lo que la precoz Therese al comienzo es arrastrada por la seducción y sensualidad de Carol, pero termina sabiendo bien lo que quiere y exigiendo, por lo que el papel se invierte y más tarde es Carol quien tiene que poner mucho de su parte.

La película de Haynes tiene una narrativa inteligente, que despega del lugar común y el facilismo porque plantea mucho realismo y normalidad, cierta tranquilidad explicativa en cuanto a la pasión de estas mujeres, enfocándose en ser correspondido por el amor que aceptado por la colectividad, no exagerando las trabas sociales, aun siendo los 50s su contextualización (y en ello bastante conocido el impecable detallismo de Todd Haynes), noción clara de que se ha filmado en el 2015 y son otros tiempos, fuera de un cierto desliz de ser grabada la aventura para desacreditar a Carol y hasta generar un chantaje, que lo hay sí –mejor- en lo emocional con la pérdida de la hija, pero que rápidamente toma un vuelo más adulto, exigente y coherente, y es que el personaje de Harge tiene conciencia y ciertos matices, apreciando que el conflicto proviene de estar a punto de ser dejado de lado definitivamente y dolido por quien tanto ama –como bien señala un diálogo de que ella se ha vuelto cruel-, no siendo un fantoche a quien despreciar por tenerlo por enemistad de la libertad gay, aunque tiene de (entendiblemente) patético. 

Otra noción del filme es que imprime un acercamiento que tiene visos de aventura, pero muta, crece, y supera una inicial superficialidad que sirve de base lógica por encima de verse como un defecto, y que va más que de simple lucha social, sino de la historia de la consolidación de una relación sentimental, y aunque temporal o no una que va en serio, cuando pronto la nobleza y el encanto del personaje de Therese, ciudadana promedio pero culta y con aspiraciones, se gana el corazón de Carol, que, bueno, juega a un papel ideal también, donde más que yacer en una conquista de medio pelo propuesta por su libido y al son de los regalos costosos de su posición privilegiada por sobre alguien humilde, imberbe y atractiva, es el vínculo solido del amor, palpable en ambas, ya que una tiene mucho que perder (la hija), con lo que demuestra más que un interés sexual, y la otra porque exhibe que puede ser profesional (crecer, valerse por sí misma), y que entiende más de la vida que el simple apasionamiento juvenil, con lo cual se cimenta una bella historia de enamoramiento bajo adversidades (una separación difícil, y la elíptica autenticidad por sobre algún interés simplemente sexual o económico), con el problema de la represión de la época, por más que suene contrario al normal gancho emotivo, “secundario” o sólo un fondo al fin y al cabo, con lo cual resulta una historia mucho mejor que tantas otras. 

jueves, 14 de enero de 2016

El rastreador de estatuas

Una película sentimental, en el buen sentido de la palabra, contada en tercera persona por un Jorge imaginario y alter ego del director chileno Jerónimo Rodríguez que va revisando sus recuerdos  y entregando apuntes que surgen como en un hipertexto en medio de un diario personal de viaje y búsqueda a través de la rememoración infantil, de cuando su padre lo llevó a ver una estatua de un neurocirujano como lo era él y no recuerda bien la figura de ese momento pero quiere atraparlo en su significación, que empieza con el disparo de la memoria tras ver una película (Monos como Becky) y ser mencionado el neurocirujano portugués Egas Moniz, que cree haberlo visto en aquella visita de pequeño con su progenitor, y con ello salta a cada lado a describirnos su actual hogar en New York y sus raíces en Chile, paseando por la cultura y política de su ascendencia y origen y esa aventura que resulta hallarle razones de existencia a ciertas estatuas en ambos lugares, que yacen abandonadas y son de lo más raras, albergan intimidad, afectos y un sentido perdido, aunque haya quienes hagan vandalismo con ellas.

Es una película simpática y pequeña, enternecedora, bella, que resulta bastante espontánea, muy fresca, que da la sensación de ir fluyendo en el camino uniendo cabos y siguiendo huellas casuales, teniendo un material entre manos, creer algo de éste y encontrar otra cosa finalmente, como esas tantas señalizaciones de socialismo que pululan por la historia de Chile, en un sentir más que de frustración de no darle mayor importancia a algún tipo de derrota o daño, habiendo la notoria presencia de la ideología social del padre y gen de admiración y cariño, leitmotiv del filme, en el que es como un homenaje a ese vínculo paterno (e inspiración, de lo que se dice que el padre “le pidió” hacer un documental en su país, como forma de que regrese a Chile y este a su lado), creando un sentir de tranquilidad y suma amabilidad en el ambiente, alejado de todo conflicto, pero hablando de este, de tantas confusiones y hasta matizándolo con el ingenio del séptimo arte de un cineasta capital chileno, Raúl Ruiz, que se permitió bromear de las ideologías socialistas sin perder identidad nacional, humanidad y esa genialidad que Rodríguez siente vive en él, tanto como por el fútbol y hallar referentes didácticos en el camino.

Rastrear estatuas es solo un pretexto, anecdótico, curioso y carismático (no esperen nada académico ni demasiado serio, sino dinámico y vital), tanto como que solo sea una partida el hallar una estatua de Egas Moniz en Chile y completar un recuerdo (que se logra contener, asociándolo con valores y atribuyéndole sentidos afectivos), habiendo un culto a lo pequeño pero  a lo lleno de sentimiento, de tiempo, de historia, porque la cena está servida en la aventura emocional e íntima de interpretar y (re)vivir lugares del pasado, nacionales e individuales, mediante una entretenida y libre narrativa, que tiene mucha alma mientras las verdades surgen de lo aparentemente intrascendente, habiendo ingenio para generar tanta atención, huyendo de lo aparatoso. Siendo el sentir de que cualquier ser humano (de lo más común) puede tener en sí un gran relato si sabe contarlo, trasmitir amor y enseñar la grandeza de lo que nos define.