domingo, 22 de febrero de 2015

Whiplash

La segunda película de Damien Chazelle, Whiplash, es un estado perenne de guerra en una escuela de jazz, donde no hay compañeros, sino que se compite sin remisión por un cupo con ellos; siendo tan igual a un deporte de alta competición con el que la música llega a compararse, donde incluso sangramos y sudamos por vehemencia, dentro de una intensidad que llega a la brutalidad, anclados a una obsesión, ser los mejores del planeta, pertenecer a los más grandes, convertirnos en artistas verdaderos, fuera de simplemente colocarnos en algún lugar; como el inspirador Charlie “Bird” Parker a quien le lanzaron un platillo de batería cuando tocaba mal y se rieron de él, y eso lo ayudó a esforzarse hasta quien llegó a ser, como nos lo cuenta como referente de vida y ejercicio de maestro quien sigue al pie de la letra esa ley, la de sangre, sudor y lágrimas, el maestro Terence Fletcher (J.K. Simmons) del conservatorio ficticio llamado Shaffer en New York, que mantiene un estado febril de fuerte tensión en su enseñanza, donde presiona con firmeza, hasta llegar a ser desalmado, humillar, y usar la violencia, no solo verbal sino literalmente, con sus supuestamente excepcionales alumnos, o alguno a punto de ser uno, en busca del próximo Charlie Parker, mientras ejerce una filosofía de vida de exigir hasta sobrepasar los límites, producto de querer explotar/crear algún talento especial.

Whiplash va de todo eso con suma fuerza, un desasosegante ritmo, un atrapante encanto cool y un subyugante entretenimiento (las baterías definitivamente son cautivantes para la mayoría de gente de espíritu joven, aunque nos digan, tengamos que tragarnos, que los malos artistas terminan en el rock, pero viendo que los potentes toques de tambor son como explosiones y fuegos artificiales en las canciones de jazz, como en “Whiplash” y “Caravan” que son las que se tocan), que solo queda celebrarla en el mismo contagioso entusiasmo rabioso que exhibe, haciéndonos  parte de ese juego extremo de la trama, donde vemos a Fletcher saltarse cierta ética profesional en la ostentación de una ideología particular de éxito máximo, en medio de un filme que para ello hace gala de logradas propias reglas internas formales, usando el artificio, la atracción descarada y la fantasía sin atenuantes (no intentes buscar realismo y verismo al 100% en ella, es cine en toda palabra, donde hay su propio código, ya que estamos ante una ficción, un hedonismo de cinéfilo puro y sin frenos), en un atrevimiento que se redime no solo al cautivar y apasionar al público, sino en la historia en sí cuando invoca la lógica terrenal de castigar la locura y el extremismo, uno que lleva a la extenuación tan alarmante que provoca tragedias.

Hay un desarrollo fluido e increíble aunque sea de narrativa directa, como en la escena de un impacto en la calle, un clímax al estilo de la percusión, habiendo varios en el filme, que es totalmente impredecible y crea uno de los momentos más poderosos que uno puede ver en el cine, y desde lo reconocible, haciendo uso de una pequeña extravagancia que yace descolocada de la realidad, pero no llegando hasta lo freak ni a salir de lo de a pie, a fin de cuentas. Que suma mucho como con esos exabruptos crueles del maestro que empiezan comunes y terminan exudando creatividad.

El filme nos ofrece tremendo tour de force que termina en una lucha surrealista, digna de su propio sistema, temática y mensaje (por su parte en discusión), uno que venera la seducción del espectador tras la osadía, el hacer algo extremo que revitalice al propio arte, jugársela toda por llevar la elucubración de ciertos clichés como también de verdades hasta quizá la deshonra, o el Olimpo de ese desenlace a prueba de balas, digno de película, donde ya nada importa, más que la liberación de cualquier atadura, como de la energía artística (donde el mensaje desaparece ante el entretenimiento), ya que Fletcher se ampara en aquella premisa del Cisne negro (2010), de empujar, apretar, pero en él llevándote a reventar o a crear (dice en una línea, los tipos como Bird nunca renuncian; aunque después expresa jamás haber conocido a uno, como revelando a un simple torturador, un J.K. Simmons que ríe, llora y atemoriza en un rotundo y perfecto monstruo, que aun así guarda complejidad y expresividad), y no por sacarnos un lado perverso que nos haga ser partícipes de lo excelso, sino que esa oscuridad yace en el maestro, detrás de la idea de transformar la arcilla en una obra de arte.

Estamos ante la historia de Andrew Neiman (Miles Teller, que está muy bien), un joven tranquilo y educado que sueña con ser un músico gigante, sacrificando incluso el amor, y en su mirada la posible restricción futura de una pareja hacia su anhelo obsesivo, en una línea narrativa que sirve como espejo de explicación de lo que acontece en Shaffer, la crueldad, el abuso, lo contradictorio, inesperado, arbitrario, caprichoso, de seguir a Fletcher, quien es como un dios, ya no un maestro, más bien un guía todopoderoso a quien entregarse en un delirio de grandeza. Esa chica del cine es la válvula de escape, en varios sentidos, pero una cotidianidad que rechazamos, un contraste anodino de aquella “fiesta” desmedida que es tocar Whiplash mientras el instructor exige impredecible que vayan a su ritmo escurridizo, hasta entrar en la oscuridad/desenfreno que imparte, como en esa salida del estudio tras la elección de un baterista de otros de pretexto, con un Neiman transformado en aquella iluminación en verde, pero solo realizado en el sonido de su propia retribución. Cuando algo pequeño se convierte en gigante, desde adentro, fuera del final que le toque vivir. 

sábado, 21 de febrero de 2015

Pronósticos y análisis hacia los ganadores del Oscar 2015:

Un año más de análisis (éste es el cuarto en el blog) de esa fiesta que es el Oscar, para todo cinéfilo, y muchos espectadores de especial ocasión, ya que el cine está en todas las personas de alguna forma en más o menos medida, aunque sea una premiación subjetiva a fin de cuentas, y por ende un pensamiento, el de la Academia de Cine Americano, el evento cinematográfico más famoso y popular del mundo. De lo que en negrita irá no el pensamiento de la Academia, que lo analizaremos y expondremos a su vez, sino más bien la elección de nuestro criterio, sustentado, para que sirva de cotejo en la apreciación de la gala. En los principales rubros.

MEJOR PELÍCULA
Selma
The Theory of Everything

Para empezar dejamos el ranking de mejor a menor película, que analizaremos a continuación:

1.-Whiplash
2.-Birdman
3.-The Grand Budapest Hotel
4.-Boyhood
5.-The Theory of Everything
6.-The Imitation Game
7.-Selma
8.-American Sniper

La película que va con la filosofía del Oscar, y su siempre buscado consenso con el público, dar la sensación de que la elegida de la noche se trata de la más simpática para la mayoría, la que menos se podría recriminar, el sentir de “y todos felices”, esa ganadora sería Boyhood. Sumado a la ambición de identificación de 12 años de trabajo, siendo un esfuerzo independiente, con una temática muy americana y universal, anclada a la nostalgia.

Sin embargo, en cuanto al logro conjunto en sí, tras una mirada pormenorizada, fuera de decisiones que partan de lo externo, y a su alcance como arte, la mejor es Whiplash, porque asume muchos riesgos, es intensa  y apasionada formalmente, como la batería que le describe; logra que lo artificial tome sentido propio, y en su atrevimiento y creación en sus reglas internas exhibe la grandeza de la originalidad, sin que sea algo extraño o críptico. Hace cine en toda la palabra, aparte de que es endiabladamente entretenida, estudiando además el arte y la excepcionalidad en el trayecto. Y no creo, ni nadie lo cree, que gane Whiplash, sería pedir demasiado al Oscar y sus convenciones, partiendo de un filme al parecer pequeño, pero que como arte tal cual es el más grande.

De los 8 filmes, los que más me han entusiasmado han sido Whiplash, Birdman y The Grand Budapest Hotel, luego viene el reconocimiento de Boyhood por lo que ha proyectado emotivamente y conseguido en su larga labor. Birdman y The Grand Budapest Hotel junto a Boyhood son las películas favoritas, pero a un punto éstas dos primeras pueden parecerle a muchos menores ante la ambición empática de Boyhood, pero observando con detenimiento la lograda estética de The Grand Budapest Hotel, en el mejor trabajo de Wes Anderson hasta la fecha, es que vez que vence a la de Linklater, al tomar el alcance tan fusionado de la estética con la historia creando todo un mundo propio influenciado por Stefan Zweig, y la esencia  de un espíritu (creativo), mientras es poderosa en su ritmo, y más cautivante como entretenimiento. Por su parte Birdman es medio disidente, petulante, algo molesta y experimental a un grado que la hace muchísimo más novedosa y artística que Boyhood, con lo que la supera; y a The Grand Budapest Hotel con la irreverencia, riqueza y creatividad de su tema.

Otros creen que The Theory of Everything puede sorprender, pero eso sería inaudito, es un filme demasiado pequeño (se trata de la voz de una esposa sacrificada, una persona común en una labor excepcional en el cuidado de la deficiencia física y el genio de Hawking), y muy correcto (salvo la sugerencia de la posible infidelidad de Jane Hawking), siendo una propuesta verdaderamente humilde, aunque no sea mala, tenga elegancia y no busque ninguna obscenidad en su retrato.

Otra con supuestas posibilidades según se especula es American Sniper, que ha sido un taquillazo en Estados Unidos donde yace más la recaudación general del filme, viendo que en tierras gringas su gente ama éstas historias bélicas de patriotismo y culto al soldado americano, pero que sería demasiado incluso para la Academia, en la decisión de un nacionalismo tan grande, obvio. No obstante, tampoco sería una elección descabellada ya que se trata al final de la Academia de Cine Americano, o sea rinden homenaje al cine de su país, aunque sonaría un poco ridículo frente a esa universalidad que suelen clamar, si bien no faltan los que ven solo un entretenimiento puro y duro.

MEJOR DIRECTOR
Wes Anderson, “The Grand Budapest Hotel”
Alejandro Gonzalez Inárritu, “Birdman”
Richard Linklater, “Boyhood”
Morten Tyldum, The Imitation Game
Bennett Miller, Foxcatcher

Debería de ser Bennett Miller, es el más exigente, complejo, sutil y cuidado de todos, pero suena imposible, ya que la lucha a todas luces se centra entre Iñárritu y Linklater, que van de favoritos. Y será casi seguramente una repartición, un reconocimiento a ambos directores, al que le den mejor película, al otro le darán dirección, o al contrario.

MEJOR ACTRIZ PRINCIPAL
Marion Cotillard, Two Days, One Night
Felicity Jones, Theory of Everything
Julianne Moore, Still Alice
Rosamund Pike, Gone Girl
Reese Witherspoon, Wild

Aquí todo está cantado, será Julianne Moore, que está bastante bien en Still Alice, una película correcta, como no había otra forma de hacerla, visto el tema, uno del gusto de la Academia y de la mayoría de la gente que se conmoverá con el padecimiento de una dolorosa enfermedad, el alzhéimer, que le quita su mejor facultad a la protagonista, el trabajo intelectual como maestra lingüista, y la relega a las tinieblas degenerativas. Siendo un filme donde Moore llora y hace llorar. Pero que en verdad su nominación es por una larga carrera, por el amor que despierta en los cinéfilos del mundo, y si vemos recientemente por Maps to the stars donde hace una actuación de un histrionismo rabioso como lo hiciera y le valiera un Oscar a Cate Blanchett en Blue Jasmine.   

Una que le puede quitar el trofeo, que no creo que lo logre, es Reese Witherspoon, que está excelente en Wild, pero como ya he dicho con anterioridad en redes sociales, ya lo ganó por Walk the Line (2005), y no va a repetirlo frente  a la ineludible y apremiante necesidad de dárselo a Moore, que ha esperado ya mucho; pero que de todas maneras es un gran regreso al aprecio de la Academia, y del público.

La inglesa Felicity Jones salta a la palestra con la sola mención en los Oscar, como su compatriota Carey Mulligan con An education (2009) por la que fue nominada, y eso es todo para ella. Ya es una ganadora, colocándose en quinto lugar. Mientras Marion Cotillard se coloca a mí ver en el tercero detrás de Witherspoon, en una actuación enérgica y magistral en un sufrimiento más pedestre aunque muy importante en mantener el sustento de su hogar y no ser echada del trabajo, en comparación al existencialismo de una Witherspooon sumida en el abismo y en busca de la redención. Por otro lado Cotillard poco tiene que hacer hoy en día donde prima el darle su lugar a Moore. Rosamund Pike brilla en Gone girl, un filme WTF que ha encantado a un público tras el efectismo de la originalidad (todo tiene su pro y contra, acotamos), y que deja todo en el filme de David Fincher como una loca de atar, y quién sabe, puede dejar out  a muchos con un triunfo inesperado, ya que lo suyo es muy bueno, si bien antes deberá dejar en shock al mundo quitándole un lugar visto fijo para Moore. Es la que más posibilidades tiene como competencia desde la manera de pensar del Oscar. De cierta consolación.

MEJOR ACTOR PRINCIPAL
Steve Carell, Foxcatcher
Bradley Cooper, American Sniper
Benedict Cumberbatch, The Imitation Game
Micheal Keaton, Birdman
Eddie Redmayne, Theory of Everything

La lucha en éste apartado como todos sabemos es entre Redmayne y Keaton, ambos lo han hecho perfecto, que duele al final escoger a uno; Keaton desde la espontaneidad más loca, Redmayne desde el mimetismo absoluto y delicado. De lo que muchos defienden a Keaton como una causa propia, o cinéfila (fue el querido Beetlejuice y Batman de muchos, me incluyo), en el retorno heroico de un caído u olvidado, cosa que le gusta a la Academia, tanto como ver un biopic sobre la superación personal; en ello ambos van de igual a igual, aparte de que a Keaton lo favorece la idea de que ya no le queden tantas oportunidades o que le vayan a aflorar (¿lo suyo no fueron unos 20 años de oscuridad?), pero hay que ser justos, o intentarlo, y en ello veo de ganador -por muy poco más- a Redmayne, aunque sea joven y tenga un futuro promisor. Y es que Redmayne siendo a ratos secundario y sin apenas hablar ha hecho lo contrario de lo que se suele esperar como ganador, el admirar algo hiperactivo; él ha propiciado algo contenido sin fisuras ni sensacionalismos o excesos en ser Stephen Hawking, y en ese minimalismo, y gesto sensible, se oculta una perfecta performance, cuando siempre algo falta/falla, y esta vez no.

Con los demás, uno debe respetar a Bradley Cooper mucho más, pero todavía le falta un poco de camino, ese rato de “explosión” o máximo alcance de los favoritos. Pero respeto ya debe de tener, sin duda alguna, por su minimalismo gestual. Siendo un rudo y creíble soldado, cuando solía hacer de chico bonito. Lo pongo cuarto. A Carell de tercero, y es que merece estar en la liga con Keaton y Redmayne, lo ha hecho cerca de su nivel. Y es otro a quien admirar como a Cooper. Reinterpretar el encasillamiento con la comedia y su conocido talento. Como me ha pasado. Cumberbatch vale su peso en oro por ese final tan profundo y hermoso en The imitation game, en su rostro; uno queda convencido, rendido ante su habilidad, pero en general se hace poco. Pero vamos comprendiendo/justificando tanto fanático hacia él.

MEJOR ACTOR DE REPARTO
Robert Duvall, “The Judge”
Ethan Hawke, “Boyhood”
Edward Norton, “Birdman”
Mark Ruffalo, “Foxcatcher”
J.K. Simmons, “Whiplash”

Quienes nos pegamos con esa maravilla de serie carcelaria llamada Oz (1997-2003), enseguida distinguimos a J.K.Simmons, como un neo nazi feroz, cruel, vengativo e implacable hasta el tuétano, observando a un actor talentoso detrás de una larga carrera; como dicen los americanos, a journeyman, y es hasta Whiplash donde aparece con todo, llega a su cúspide, llora, es terrorífico, y sonríe con suma maestría, en un personaje extremo y redondo en su obsesión y parámetros, que va más allá de ser su rol de siempre -de caerle como anillo al dedo- por los matices de su expresión, una verdadera clase de actuación, como de saber aprovechar esa intensidad y brutalidad que le sale tan natural. Está cantado, es suyo y de nadie más, estando muy por encima del resto del grupo, aunque hayan destacado también.

MEJOR ACTRIZ DE REPARTO
Patricia Arquette, “Boyhood”
Laura Dern, “Wild”
Keira Knightley, “Imitation Game”
Meryl Streep, “Into the Woods”
Emma Stone, “Birdman”

Este es otro lugar seguro, para Patricia Arquette, que con una entrega a una gesta de 12 años donde es su único lugar de brillo, fuera de la serie Medium (2005-2011), y un deterioro físico de autenticidad, que tanto conmueven; como una performance bastante buena, en una madre proclive a malas elecciones sentimentales, y una devoción maternal por sobre todo; como a su vez ser fuente de cinéfila, es la bella musa onírica de Carretera perdida (1997); la hacen una candidata justa. Sin embargo, he quedado impactado por la potencia visual de Laura Dern, musa de David Lynch; por su simpatía innata, en ser -valga la paradoja- un eje de autodestrucción y existencialismo, como el meollo del asunto del filme Wild, una gran responsabilidad, que la lleva con suma naturalidad. En mi caso me parece que su humilde actuación es de lejos superior a la de Arquette, aunque es improbable que gane. Una verdadera ilusión. Otra a mencionar es Emma Stone que lo hace bastante bien, tiene mucha fuerza expresiva, sus discursos son convincentes, pero tampoco tiene posibilidades, aunque le servirá para que la tomen más en serio. 

viernes, 20 de febrero de 2015

Alma salvaje (Wild)

Cuenta la historia de Cheryl Strayed (Reese Witherspoon), actualmente reconocida como una novelista bestseller y una ensayista destacada, aparte de ser una activista feminista, cosas que vemos mencionar de refilón muy austeramente en el filme (irónicamente, cuando un periodista intenta usarla de ejemplo en uno de sus reportes sobre vagabundos), ya que la trama va mucho más atrás de su exitosa biografía, cuando era una simple mesera, y la muerte prematura de su madre de sólo 45 años de edad le asesta un gran golpe que la lleva hacia la depresión y la autodestrucción, en el consumo de drogas pesadas y una vida de promiscuidad, lo que le costaría su matrimonio de 7 años. Habiendo un fuerte vínculo que explica plenamente su extrema reacción y la propuesta, siendo éste el eje de un existencialismo. Producto de que Bobbi se encargó de sus 2 hijos pequeños, de Cheryl y su hermano, cuando abandonaron un hogar dejando atrás a un marido abusivo y alcohólico. Y como se ve en la película era muy cariñosa y entregada a ellos, mostrando una alegría, sencillez y ejemplo que roza el ideal materno en la memoria, una plagada de simbólicas luces, ensueño afectivo y brillos, como de mensajes que motivaran a la protagonista a ser una persona especial –desde un punto de vista psicológico, en su liberación mental- al final del aprendizaje vivencial, tras el sufrimiento, hallando el camino de la belleza, como solía decir la progenitora.

La trama consiste en que Cheryl decide rehacerse, volver al camino correcto, y para ello tiene que purificar su alma, superar su dolor, y lo hace decidiendo seguir el Pacific Crest Trail (PCT), un trayecto de 4200 km. que va desde California hasta Washington a pie por bosques, el desierto y fuertes nevadas, y lo hace sola al peligro de la intemperie, de lo salvaje y de la posible violencia de algunos hombres de la ruta seducidos naturalmente por su belleza. Acotando que Witherspoon no usa maquillaje ni mucho arreglo, y tiene una apariencia por una parte rustica, de mochilera, que hasta no puede bañarse a menudo, aunque aún luce agradable; dentro de una compenetración con el buen manejo de actores del director Jean-Marc Vallée, de quien recordamos que Dallas Buyers Club les dio el Oscar a Matthew McConaughey y a Jared Leto, y ahora Witherspoon está justamente nominada con una performance valiosa, de las que convencen hasta quienes no solemos quererle mucho.

Cheryl, Witherspoon, pequeña con una mochila a la que le llaman monstruo, un tremendo peso, metáfora de su propia lucha con su interior, va marcando los días hasta cumplir meses, mientras deja alguna línea memorable compartida con un autor consagrado en las bitácoras de la ruta, como a su propio modo lo hacia Into the wild (2007), con la que comparte semejanzas, al igual que con 127 horas (2010) en otro tipo de combate físico y espiritual.

Parte importante del concepto y estética del filme son los flashbacks (que no son precisos, juegan con los tiempos, mezclan recuerdos, que muchas veces sólo son como destellos, y arman sentidos artísticos, tanto como de reflexión) a distintas etapas del crecimiento de la protagonista; y sobre todo sintiendo esa poderosa empatía con su madre, interpretada por la actriz Laura Dern, que hace un papel maravilloso donde creemos en toda potencia todo ese amor inconmensurable que siente ésta hija, en donde Dern hace muy nítido y real el sentimiento, uno tan importante para la historia y la credibilidad de la película, en lo que trasmite bondad, comprensión, simpatía, una sonrisa diáfana, pasión por la vida y por su vástagos, paz y calor humano, y todo desde una esencia primaria, siendo profesora de letras, camarera y ama de casa.

En los tantos flashbacks, de esta fusión mental conjunta que es el filme del bien referido anochecer/amanecer de la filosofía materna, con el andar sanador y duro del PCT, también veremos, desde luego, la oscuridad de Cheryl que se inyecta heroína, una de las peores generadoras de adicción y caída al submundo; tiene sexo casual y es infiel burdamente, para lo que Witherspoon deja de lado su natural seriedad y carisma (ese que sobrevuela efectivamente sus tantas expresiones de emoción en el presente, sus elocuentes gritos de desfogue, su osadía y sus temores; su proximidad con el público, en humanidad, igualdad y particularidad, al contrario de aquel póster de la inmensidad del cosmos y la pequeñez humana), se vuelve pútrida piel, y es verosímil. En un balanceo de luz y pasado, en medio de una búsqueda de epifanía, como los avistamientos de un zorro y la canción folk llamada Red River Valley que canta tiernamente un niño, al igual que lo es en otra forma con la naturaleza la composición peruana de El Cóndor pasa, en las voces de Simon y Garfunkel. Viéndonos primero observadores de sus faltas, luego cómplices de ella (en una road movie, aventura, que comunica muy bien el dolor), en su deseo de enmendarse (aunque en un sentir menos caritativo que el de la liberalidad americana, si bien Witherspoon tiene un aura), como ese ex esposo humillado por las circunstancias, que a pesar de todo le llega a apoyar en su “loca” disposición de hacer tremenda caminata, la que muchos no culminan, y que ella a cada paso se enfrenta con tirar la toalla, superando reto tras otro del sendero, como serpientes, falta de agua, hambre, cansancio, heridas, soledad o miedo. En el quehacer de hallarse a sí misma.

sábado, 14 de febrero de 2015

Foxcatcher

El director de ésta película, Bennett Miller, es un habitual de las nominaciones a los Oscars, con lo que ello significa, un arte destacado en el cine americano, y el de un entretenimiento con suma autoría y arte, ese que deja ver una dirección compleja, llena de incómodos silencios y personajes observadores, algunos meditativos, provocando que una reacción, un gesto o un exabrupto emocional sea el que desnude la personalidad velada de las formas, por el respeto que otorga el dinero, o nuestro comportamiento anclado a lo primario, a lo infantil, como le pasa al impetuoso, básico y juvenil Mark Schultz (Channing Tatum) que se mueve como un gorila, siendo un hombre de acción, de un razonamiento precario, pero con un anhelo muy fuerte, excepcional y harto loable, que cunde en el patriotismo y la gloria máxima en el deporte, el ser el mejor atleta del mundo, el mejor exponente de la lucha amateur, y eso implica su independencia, desprenderse de la sombra de su hermano mayor, que lo ha criado y guiado, ha sido siempre su mentor, David Schultz (Mark Ruffalo), que en su sentir competitivo percibe que le opaca, aunque realmente mínimamente (¿no hablamos de dos medallista de oro?), siendo más un sentimiento y un mundo ejercido y sobredimensionado en su mente.

Toda la interacción entre los hermanos Schultz  yace acompañada de pequeños gestos donde se ve que David lo supera, es más hábil y “frío” en todos los aspectos (priorizando a su familia y el cariño a su hermano, tanto como a su conocimiento profesional, no nos equivoquemos), por ser más calculador, más racional, y no del tipo salvaje, muy emotivo, como Mark, al que bien se le define como al hermano pequeño, más allá de lo evidente, y el que requiere de asesoría, a un grado sutil, psicológica, para proyectar esa intensidad, talento y poder que tiene en la lucha (de lo que el alejamiento del dueño de los Foxcatcher resulte lógico, por ser nocivo, como se ve en el uso de drogas, alcohol o perder el tiempo muchas veces; de lo que también esconde la película sentimientos ambiguos de decepción y traición, ya que hay un vínculo real y honesto entre ellos al fin y al cabo, no solo es interés mutuo, como bien resume ese documental de du Pont, aunque sea una falsa glorificación, a diferencia de esa transmutación de la progenitora en el rechazo, simple acomodo e insinceridad de David), bajo algo más metódico y científico, más disciplinado, todo lo que Bennett Miller deja ver discretamente, con delicadeza, argucia e inteligencia, con mucha elipsis, en un entretenimiento –no lo olvidemos- que deja trabajo al público, aunque da buenos indicios y es a gusto de uno.

No se puede negar tampoco que hay momentos en los que se remarcan mucho las ideas, o se abre toda la ventana para que divisemos ángulos de como se mueven sus tres figuras protagónicas. Véase un acercamiento ya no solo paternal, sino a un punto homoerótico (leve, breve, pero sugerente, que deja libre el germen de la imaginación con dicha jugada, en que se manipula cierto prejuicio o sensacionalismo del que no conoce el deporte, que es como echarle carne a los perros; sin embargo es solo un juego de la ambigüedad, ya que hay mucho trato de los hermanos que se le parece, dando a proponer, que hay un acercamiento similar con du Pont, es decir, fraternal, de mucha confianza y cariño, de acciones justificadas, lo que se interpreta que es como un enfrentamiento silente por ganarse a Mark, por varios motivos. Y ese punto es la habilidad de la dirección de Bennett Miller que nunca deja de jugar con nuestra mente, no da una sola lectura, más bien se trata de distintas posibilidades, y de muy buenas combinaciones), en aquel encuentro nocturno de wrestling entre entrenador y pupilo, o cuando John du Pont (Steve Carell), autodenominado el águila dorada (sobrenombre al que muy bien le ayuda la nariz aguileña, o que sea ornitólogo, más no como se da a entender claramente, su cualidad de instructor), realiza un match de lucha y se ve que gana pero por detrás pagan a su contendor, pequeños deslices de autor, quizá hasta subterfugios bajos, como por su lado requerimientos para formar un cuadro general, ya que hay que reconocer que la mayor parte del conjunto trabaja con puntos a completar por el espectador, o en el coger de algún detalle preciso al vuelo, como el manejo deportivo, el entrenamiento olímpico que se requiere y que es de un nivel que pocos pueden proveer/sostener, de du Pont sobre su protegido, a quien lo ilumina con su generosidad; o con el mismo desencadénate de la historia, donde por cultura general se conoce la reacción mortal de una paranoia, pero el filme trabaja con otra cosa, con el sentir del respeto y la admiración, el menosprecio, el reconocimiento obsesivo de la gloria, y cierta obstrucción que significa uno de los puntales protagónicos para los otros dos que comparten necesidades mutuas, un intercambio de dinero por satisfacción e identidad propia, pero también una personalidad y un anhelo igualitario, frente a la soledad y la superación de un escollo mayúsculo en nuestra psiquis, representado en David Schultz, ser un mentor, o proveernos de un camino, el más grande por uno mismo.

En ese hueco/disposición de introspección entra a tañer la madre humilladora, castradora, omnipotente en la oscuridad de la memoria, como una imagen subyugadora que nos persigue (y uno quiere superar, dejar ir, como con aquellos caballos de raza, una reacción entre el dolor, la dependencia y una pequeña liberación), la que nos infantiliza, y nos demoniza o nos vuelve perversos con el resto, con el mundo, aunque nos sobreproteja en su caudal económico y una descendencia noble (viendo que más que actos contra uno, se implora respeto de ese pilar mental en nuestra vidas, ese que no nos tienen, y nos quita el lugar de soporte formal emocional y como seres humanos, lo que hace ver a un du Pont vacío, ridículo, aniñado, débil, poca cosa, y por último peligroso, aun intentando con ahínco ser algo importante, trascendental, con actos intelectuales, filantropía, o nacionalismos de orgullo familiar), y es que du Pont se esfuerza, como en aquella reunión con los atletas para darles instrucciones y darse principalmente a notar, orquestada ante la mirada y juicio de la madre curiosa pero minimizadora, pasivamente destructiva y desconfiada (hacia lo que llama un deporte inferior, que trae trofeos que ella hace espacio como por caridad, sin creer en ello, porque se trata de su hijo, lo que retrata una cruel lucha perdida, desde el inicio, por una actitud firme de desprecio hacia éste como hombre, donde la redención no parece existir, provocando entonces solamente patear el tablero, la tragedia y la autodestrucción del juego de la derrota interior, como un grito frente a lo patético, que bien dibuja un previo silencio melancólico, y la frase de “hemos terminado”, que complejiza lo que muchos llaman simple locura), en la poderosa imagen de la breve aparición de Vanessa Redgrave.

Como reflejo deportivo de la lucha tiene una gran seducción extra, se visualiza muy bien la técnica y los encuentros son en un tiempo justo, no dilatado, fluido, y son instantes emocionantes, indicativos, sin darles ningún efectismo especial, brindando naturalidad, convenciendo y proveyéndose de una cuota de impacto y confabulación. En ello hay que decir que Bennett Miller supera mucha predictibilidad, en que el meollo del asunto se rige a ciertas cautivantes condiciones, a una explicación tras la gloria, una que puede que se alcance e igual escapa a lo esperado, se convierte en secundaria frente a una (otra) prioridad psicológica; y una que se frustra de alguna forma o se nos revela y duele, y se convierte en una consecuencia. Tanto así que el deporte es en realidad –como toda buena película lo aspira- un pretexto para analizar nuestra “sencilla” pero definitoria humanidad, a priori de, factor de o por sobre cualquier excepcionalidad. En donde Miller genera un drama universal de suma profundidad con material deportivo destinado por lo general a la superficialidad y la fácil empatía. Un logro. Tras una cierta engañosa sencillez y austeridad en buena parte del conjunto (la suntuosidad se deja  muy en claro, el poder del dinero, si bien la “necesidad” flirtea con otros ámbitos, como en aquella elipsis o medio punto negro de ¿qué convence a David Schultz de pertenecer al grupo Foxcatcher si Mark dice que no se le puede comprar?, el miedo, la obligación, la lealtad, o, solo es un simple engaño, retórica, recurso de la lograda amable ambigüedad del filme), dentro de una calma (de “temer”) que enseña de forma  no demasiado convencional, pero aun así piensa/llega sin ningún problema hacia muchos, con lo que al desenlace más que esperarlo, vislumbrarlo, o yacer uno impaciente o inquieto por tanta observación, mutismo y escape en medio de circunstancias de tensión (yo creo que hasta lo reduces al punto de partida de una tesis), se deja entender argumentalmente de forma prominente, como todo objeto de arte; por encima de cierta parte de la ilustración, como el cariz de neanderthal de Mark Schultz, logrado cuando golpea furioso su cabeza contra un espejo, o yace impotente ante la técnica superior y quiere agredir a su hermano en el entrenamiento, y en la escena podemos ver hasta su sudor. Pero que no tiene solo una performance realista convincente en una marcada expresión de brutalidad, sino tiene de lugar común, de quehacer simplista, que en algunos casos es muy obvio manteniendo la rudeza, lo primitivo y lo típico que se cree del luchador, aunque en general se llega a conseguir y a suavizar con el pasar del tiempo, lo mismo que pasa con la cualidad visual gestual de raro o lento de du Pont, en dos performances que a pesar de cierta dosis de crítica son de lo mejor de la película, lo que provee una gran loa a Channing Tatum y Steve Carell, actores muchas veces infravalorados –yo mismo lo he hecho, y hago un mea culpa- o encasillados que demuestran mucho talento y entusiasman con su esfuerzo y entrega, al igual que bien aunque menos, se espera eso de él, y creo que es porque más se rige al desarrollo de los otros dos aun siendo el talón de Aquiles de ambos, Mark Ruffalo. Como curiosidad apunto que nunca reconozco a Sienna Miller, que ya creo que habría de respetarla más, en su cualidad de camaleón, antes estilizada pero de a pie en American sniper (2014), y ahora de apariencia más ordinaria, desapercibida. Frente a una obra que no invoca el reduccionismo, porque fuera del mundo de machos que se cursa en la dura lucha libre olímpica, se trata del ser humano en toda esencia, a través de la complicada radiografía psicológica de un desenlace desconcertante. 

jueves, 12 de febrero de 2015

Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)

Los superhéroes están de moda en el cine, hoy en día salen cada vez más de ellos, pero se podría decir que todo comenzó con Batman (1989), de Tim Burton, y quién lo protagonizó, Michael Keaton, que con el tiempo despareció de lo mediático, como de la voz de las masas nombrándolo con esa admiración que Riggan, Birdman, Keaton, confunde con el amor (en un retorno muy digno, proclamado per se en ese Hollywood que aspira a la leyenda, a la magia, a la empatía más emocional y a los fuegos artificiales; y que mejor que en una obra de autor amable pero audaz; o en otra definición, el de un entretenimiento con arte; y que es ciertamente de una genialidad estratosférica en el papel y performance de un Michael Keaton eléctrico, intenso, fuera de sí, en constante disputa y en acto autorreferencial, que incluso llega a perpetrar un engaño de sentimentalismo en unas duras confesiones y todo es producto de una burla por medio de su entregado talento; dirigido hacia su co-estrella, otro punto solido del filme, el gran Edward Norton –a quien en lo personal siempre he admirado. American History X, 1998; El club de la lucha, 1999; 25th Hour, 2002; El velo pintado, 2006, lo avalan- como un reconocido actor de actualidad, llamado Mike, uno de esos extravagantes, cínicos e insoportables actores trascendentales en el ecran/tablas, pero que fuera de ello yacen impotentes y vacíos, como arguye la propuesta bajo un sonado lugar común; a lo Marlon Brando, epitome de grandeza y autodestrucción), ya que sino su sufrimiento sería algo banal, tan egocéntrico como aquella voz psicótica que lo sigue a todas partes, una doble personalidad que en realidad es una fusión de quien es, la misma, una sola, porque Riggan no puede deshacerse del deseo de la gloria (y hasta de la redención que brinda el arte por encima de la popularidad, a lo Matthew McConaughey), notoriedad que ha perdido con el pasar de dos décadas, con la vejez, al igual que el actor verdadero que interpretó a Batman, aquel reverenciado en los 90s, que se hizo síndrome/desencadenante de estrellato, palabra que aquella cruel crítica de teatro (como claramente asimismo simbólica representante de la crítica de cine) a la que el director mexicano Alejandro González Iñárritu le achaca ferozmente (casi como una revancha personal del autor) gran parte del injusto sentimiento de perdedor/de-poca-cosa que sufre su protagonista (y muchos como creadores), llama ignorancia, engreimiento, superficialidad, vacío, un trabajo opuesto a la esencia y búsqueda de arte, de profundidad y talento, todo por lo que ella lucha, quiere desaparecer y derrotar.

El subtítulo de Birdman lo genera un periódico a raíz de un grave y revolucionario éxito en Broadway, donde se ambienta maravillosamente el filme, con unas vistas hermosas de los grandes edificios de la impresionante y famosa ciudad de Manhattan, que yacen dominados por la publicidad de la zona teatral, donde brilla como relato la proclividad suicida, juguetona, aparentemente despreocupada y cool de la hija “loser”, ex drogadicta y ayudante de Riggan, Sam, interpretada por Emma Stone, que piropea discreta y sugerentemente con la muerte en las cornisas. En un conjunto que deja ver que labora a través de un quehacer contenido en lo dramático (aunque no exento de momentos de esa índole, o de cierto patetismo, velados en parte), en el sentido de que está mucho mejor equilibrado que antaño, bendecido (curiosamente) por la condición suprarrealista/fantástica del filme, pero que implica a ese respecto una coherencia desarrollada, aunque sin aspavientos, en lugar del melodrama habitual y la tendencia al sufrimiento filosófico de Iñárritu.  

Birdman revaloriza el entretenimiento puro y duro, con el mensaje de que es algo no solo sumamente necesario ante lo anodino de la existencia y su cualidad de placer, sino de gran significado en sus propias reglas (como si abrazáramos, agradeciéramos y enalteciéramos a los Stallones, Van Dammes y Schwarzeneggers de la gran pantalla, al igual que a los cómicos, que poco valor obtienen como séptimo arte, por lo general); ese que hace cagarse en los pantalones al público, que hace babear y extasiar como animal al espectador, como se dice en una arenga prodigiosa, que termina en vuelo surrealista por encima de la ciudad, en poderes sobrehumanos que hablan de una psicología, una sola cabeza, en medio del delirio y la locura, como de megalomanía explicita y metafórica, una que permite jugar con sus parámetros, hasta lo masoquista (a Keaton se le coge/pide mucho meta-cine y autobiografía; mezclada con la lujuriosa esencia fílmica y la marcada, imponente y pretenciosa personalidad del cineasta mexicano; que vuelve a sus inicios plenamente subyugantes, al tope máximo, a Amores perros, 2000, del cual viendo su filmografía iba descendiendo a cada proyecto que acometía, hasta anclar en el porno-dolor y la debacle de Biutiful, 2010).

Todo termina en un vuelo elíptico, hacia el triunfo de ser, sí, el inconmensurable aunque maltratado, Birdman, y no un tipo acabado; como se nos ha venido trabajando, aunque es a la hora del clímax, de su resolución emocional, que en realidad percibimos tan fuerte su desgracia, su pesada frustración, siendo un momento muy empático, de lo más logrado, fuera de cualquier crítica de predictibilidad, que incluye al tono elegido. Porque tratamos, en realidad, con un acto de afirmación, fuera de las apariencias, por encima del vivir en el desequilibrio mental, y una retahíla de pequeños dolores de cabeza, los que operan cierta culpa, como un divorcio (aunque en buen trato, donde hay hasta besos cariñosos) y una hija golpeada, caída pero aun en pie y a nuestra diestra; como también amantes poco exigentes, casi planas pero leales, o algunos autógrafos en la calle de vez en cuando, o que nos reconozcan inmediatamente cuando nos vean haciendo algo del tipo viral (hay mucho juego con dicho subterfugio de la popularidad; se dice, las actuales redes sociales son poder), es decir, yacer sobreviviendo hasta la llegada del reflote, fuera de aquella obra de Raymond Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor (que invoca/remarca replantearse la confusión con los afectos, lo efímero, impredecible, cambiante, las desilusiones), que escribe, produce, dirige y actúa Riggan tras una gloria que de por sí ya la lleva dentro, pero aun no la ha apreciado, y eso se transfiere a cualquier esencia en la que uno crea, sea un melodrama estético filosófico o una de superhéroes y acción en primera persona.

No como un simple mortal, como cualquiera, y es que todos imploran por lo excepcional (como con esa vergonzosa y mítica salida en ropa interior a las calles atestadas de gente en pleno efervescente New York, que como un Forrest Gump enloquece de fantasía y entusiasmo a los comensales), por ser especial, y las redes sociales y la tecnología señalan el sentir de una época, sino con lo que significan los poderes telequinéticos y una apertura de levitación en posición de yoga/precalentamiento, lo que se viene, ser en toda palabra, la propia aceptación hiperbólica interna, que incluye antes el “absurdo”  de la inmolación, en un humor seco y cruel, el avistar de un cine dramático exagerado oculto en uno fresco, rocambolesco e inesperadamente cómico pero inteligente. Esa gloria que llega ya no, potente (aun en un fuera de campo) y anímicamente en el desenlace, en dejarnos ir, fluir, no en el éxito que vendrá en el teatro, ni siquiera en la inmortalidad de la mitomanía (dos salidas narrativas, y posibles resoluciones argumentales), sino más bien en el propio filme que estamos viendo.

Birdman se proyecta intelectualmente a través del entretenimiento. Lo que puede interpretarse como una celebración del mejor Hollywood. No obstante, por contener revelaciones de consecuencias destructivas  (en principio, familiares y afectivas), muchas inquietudes, olvidos crueles y un estado de enajenación y oscuridad, producto de la devoción total, no resulta tan afín a esa simpatía que se intenta reflejar en la meca del cine. Pero yace vastamente compensada en el favorecimiento de las mayorías por la estética, la técnica y el estilo, por los cromatismos luminosos, coloridos que seducen y arrullan al espectador; los exabruptos e impactos que generan complicidad perversa pero inocua, en el humor negro, una catarsis, como cuando vemos un corredor apacible en lo estático, y enseguida se revierte con la aparición de nuestro protagonista medio desnudo y sangrante, o con los tantos disfraces, giros, o el detalle de los peluquines, el tener un corte muy histriónico, de tras bastidores; con su hiperactividad, tanto como la proyección de una vitalidad formal; con una omnipotente batería a lo show de tv., aunque también halla unos pocos necesarios silencios de meditación dramática y amorosa; y una falsa, artificial, pero efectiva toma larga, de secuencia, en sus dos horas de duración, que imprime harta fluidez, hacia una sumersión en un ritmo endiablado de la cámara, hasta el movimiento tembloroso visual del found footage, o del andar del cine arte. Como reza el filme, por medio de la inesperada virtud de la ignorancia.

viernes, 6 de febrero de 2015

El Francotirador (American Sniper)

Antes de comenzar éste especie de reto que es concebir ardua, honesta y coherentemente (mucho, con uno mismo) una crítica independiente, debo empezar agradeciendo un filme como American sniper, por todo el debate y entusiasmo cinéfilo que me provoca, por lo que es indudable que produce en mí suma admiración su director, Clint Eastwood, no solo por la presente (aunque le halle pesados puntos en contra veo que es un hombre y cineasta honesto aun siendo cuadriculado, por una parte valiente siendo directo y claro, haciendo un cine de siempre, clásico como saben todos), sino también por el cariño a su legado cinematográfico como actor, en especial por íconos como Harry el sucio o del spaghetti western, tanto como por su performance en sus propias obras, y sobre todo por el talento que tiene como director, en películas que me parecen de lo mejor que puede ofrecer el séptimo arte, Unforgiven (1992), Un mundo perfecto (1993), Los puentes de Madison (1995), Mystic River (2003), Gran Torino (2008).

Pasado éste preámbulo, hay que decir que lo que inmediatamente llama la atención del filme entre manos es la ideología o política que maneja, de lo que al respecto muchos dicen que es imposible de abstenerse de dar alguna postura de algún tipo en un filme, viendo que toda propuesta tiene un mensaje en distinto grado, y lo pongo/dejo en cierta duda por una parte, ya que muchas veces uno entiende que perduran más otros elementos, que la supuesta ineludible ideología pasa a segundo plano, y hasta puede desaparecer, o en todo caso no se llega a sentir/percibir que uno lo toma como que no existiera (además está claro que no es necesario compartir el pensamiento de una película, uno puede ver algo "nocivo", recriminable, discutible, no se trata de lo intachable). Pero sí, todo filme requiere para concebir el arte más exigente, que halla complejidad argumental, en la puesta de escena, en el desarrollo conjunto, que exista equilibrio en sus postulados, apreciando que parte de la riqueza de un tema yace en lo polivante, en distintos estudios o posibilidades a contrastar, y ese es el máximo error de un Eastwood sumamente ideológico, obvio, remarcado, exacerbado, unilateral, hasta plano, arguyendo un nacionalismo patriotero, donde los más machos, bravos, cerrados y fanáticos soldados, los NAVYS, dan pie a que se diga claramente –encima en un tono autoritario, intimidante y rústico- que en el mundo existen las ovejas (los débiles y sumisos), los lobos (los abusivos, los réprobos) y los perros cuidadores (los que se encargan de contrarrestar a los lobos),  bajo un sentir conservador donde la religión, el nacionalismo y la familia, en un quehacer recalcitrante, encerrado en sí, son una fuente de pletórica condescendencia con los actos de las fuerzas armadas angloamericanas desplegadas en Irak.

En la propuesta también se evita asumir alguna autocrítica, o análisis con posturas en disputa, es siempre unidireccional, sobre el porqué de la invasión a Irak. Solo se adjudican razones por la influencia de Al Qaeda en la zona (recordando que el llamado de Kyle, al patriotismo de un cowboy, ¡qué más claro que eso!, fue el ataque desconocido a una embajada estadounidense) tras el horror de la caída de las torres gemelas. Lo cual puede tener de prevención, aunque sería ingenuo pensar que una guerra se hace de tan poco. Salvando que también tratamos con una película de acción, de entretenimiento, donde a esa vera no le faltan los efectismos y la banalización (como cuando la lacrimógena, primaria –salvo en el primer encuentro- y aguantadora Taya, en la piel de Sienna Miller, la esposa embarazada de Chris Kyle, del francotirador protagonista interpretado por un solvente, de expresión mínima por lo rudo pero tratable y hasta inteligente, o de breve magia circunstancial, Bradley Cooper, llora en el teléfono encendido sin respuesta mientras su marido y compañeros son atacados; o un terrorista de tipo caricaturesco –igual al cómic/leyenda que hacen ver del francotirador olímpico sirio, para antagonizar, dar juego, como a su vez no dar a entender que hay lobos con piel de oveja- tortura/agrede a un niño con un taladro frente a su padre soplón; si bien hay asaltos militares de suma intensidad y cautivante belleza autoral, como uno oscuro, inquietante, caótico, indeterminado e impredecible que ocurre en medio de una tormenta de arena en el último viaje y campaña del protagonista, que recuerda a la hazaña del ataque nocturno final de Zero Dark Thirty, 2012).

Los roles modélicos, de los conservadores, bien reflejados en aquella biblia de ascendencia familiar que guarda Kyle, en lugar de vigilar el ideal humano, buscan la impunidad, la justificación de atrocidades, la libertad total, producto del miedo, las condiciones intrínsecas de la guerra de sublevación paramilitar y el defenestrar cualquier futuro ataque enemigo terrorista. Al punto que se habla de un heroísmo (casi) incuestionable, al menos en el protagonista, la esencia del filme, fuera de la sombra del agotamiento y el quiebre emocional, donde en Kyle hay represalias psicológicas en algunos pasajeros desequilibrios  –intenta agredir/estrangular a un perro que cree violento, ve la tv. apagada abstraído en sus memorias bélicas y sobredimensiona histéricamente la falta de ayuda a su bebé que llora en la maternidad- como a su vez se siente distanciado de su esposa –en un momento estando de regreso deja de ir a su hogar perdiéndose solitario y deprimido en un bar- que pone en segundo plano por su vocación absoluta hacia lo militar, la patria, implicándose en 160 asesinatos como francotirador; tanto que no se oye en absoluto de crímenes de guerra, agregando que Kyle en ningún momento da su brazo a torcer en lo que considera irreprochable, legítimo, su deber, para con su país, Dios y sus compañeros, por encima de cualquier asunto moral o ético, como diciendo que en la guerra todo está permitido, hasta la crueldad de un lobo (pero eso no lo vemos, porque no hay concesiones ni equilibrio, sino que en todo momento Kyle actúa como por necesidad, porque no hay salida, aun siendo un tipo tan rudo y lo que se espera de una leyenda construida con el fanatismo que alguien tildó de psicopático, como un peón del sistema, orgulloso de defender a su país, de lo que se le abre cualquier puerta, lo limpia de su consciencia, aunque tiemble a poco de cargarse a otro niño hijo de puta, como dice entre dientes, como enviando un mensaje al mundo, que los americanos han sabido entender en su abundante asistencia a las salas del cine, agradecidos lógicamente pero no del todo juiciosos por una parte, como diciendo que solo en Estados Unidos hay héroes de guerra y no corruptos en la lucha contra el terrorismo, en un alarde de americanización global y alienación perdona vidas, de excepción), por encima de a quienes se les llama sin asco de salvajes, fantasmas que no han aceptado evacuar la zona, o sea gente a tratar con toda mano dura y omnipotencia ante la desconfianza de cualquiera de ellos, que pueden invitar una cena amigable y luego ocultar un arsenal de armas y ser cómplices guerrilleros, o que se diga que su territorio huele a defecaciones, lenguaje real, pero que indica el sentir de quienes lo utilizan, como ven/fomentan el contexto), donde vemos que Eastwood pone un caso cliché sobre la amenaza del terrorismo, deshaciéndose de niños y mujeres que intentan matar SEALs, encubiertos en la sensibilidad de su naturaleza, y puede ser políticamente incorrecto, realista, las consonancias verosímiles de yacer en una guerra, los mismos hechos, algo entre osado, sincero y ruin (pensando en nuestra humanidad, en los derechos humanos), pero principalmente el llamado a enrolarse, o a venerar a sus héroes militares, el llamado patriotero puro y duro. No estamos frente a esa pequeña joya de la adrenalina bélica de The Hurt Locker (2008) que imponía un sentir extraño de existencialismo por encima de la especificación de una guerra. Todo en cambio en American sniper se mueve producto de un trauma angloamericano como lo es la caída de las torres gemelas, y el sentir de una inevitable reacción de retorno contra quienes han dejado de ser seres humanos, son sólo salvajes, aunque se pierdan en medio de la multitud indistinta, y es que a Eastwood le han tocado el corazón, es un tema que lo hace sentir demasiado norteamericano, como se puede apreciar claramente, y puede ser a un punto normal, pero el resultado es un filme medio propaganda, para rendir honores, como en aquellas finales imágenes de archivo, donde raya solo el respeto, el silencio, y queda fuera en conjunto lo complejo, o equilibrado. Donde la ideología se impone incluso por sobre los elementos, su cualidad de divertimento, pero sin rehuirle al recurso del convencimiento primario, en un filme lastrado por todo ello.

lunes, 2 de febrero de 2015

El Código Enigma (The Imitation Game)

Lo más rescatable de éste filme destinado a la supuesta complacencia general, sopesando cierta calidad merecedora de la nominación a mejor película en los Oscars, y lo que hace que uno en lo personal lo salve de la quema, haga un balance “perdonándole” sus incontables errores, es que tiene un pequeño tono cosmopolita dentro de sus parámetros narrativos hollywoodenses de buen ritmo, mucha corrección política y hasta naturalmente simplista, aunque tiene algunos conocimientos complejos entre manos, pues tratamos con un matemático, científico y padre/precursor de las computadoras.

El filme viene a lucir frio por un lado –valga la inmediata relación, como el propio país del que viene el director, el noruego Morten Tyldum- y  del tipo británico al otro –por la ambientación, el origen de los actores, y de los personajes; sobre todo siendo el biopic de un inglés emblemático como Alan Turing-, es decir, parece desapasionado, seco, pero también asoma lo contenido, el guardar las formas, la buena educación, esconder la intimidad, imponer el recato, la elegancia común y la discreción, cosa muy de acuerdo con el tipo de hombre que se retrata (más allá de obviedades o recursos planos del guion, tanto como para dar giros), al que vemos más tarde abrirse como una flor en toda primavera sólo en el desenlace en que resulta muy emotivo, realmente conmovedor, hilando bastante fino, pero contundente en nuestra reacción, perpetrando realismo con un toque artístico, lo que reflota cualquier antecedente negativo, en un clímax perfecto, hablándonos de un estilo deliberado en toda la propuesta, el de escoger no mostrarse sentimental en su mayor parte, mientras recordamos atentamente ese epilogo tan pletórico de sensibilidad, que remite indisoluble e inmediatamente a  la noción de una vida muy triste que a un punto se nos estaba velada. Sumado de que se trata de la complicada personalidad de un hombre raro, no porque sea homosexual, sino alguien que tiene la dificultad de interrelacionarse socialmente, un solitario, que yace como  atrapado en una “única” expresión que parece albergar un rostro medio tonto en quien fue un genio, en la performance del querido por el gran público Benedict Cumberbatch.

Enumerando los tantos defectos del filme, véase el verbalizar mucho y no saber enseñar con imágenes –que no se trata de sensacionalismo ni de bajos refugios-  su tendencia sexual, su clamada crueldad (emparentada con su excesivo racionalismo. Salvo en un momento en que la película se salta la norma, sin ser audaz, ni darlo todo, cuando el código Enigma se descifra y hay que sacrificar muchas vidas, incluyendo a un familiar directo, por una táctica vencedora en la guerra, que recuerda la argucia militar de Winston Churchill) o su señalada soberbia.

A la película le falta perversión, padece de mucha asepsia, falta ensuciarse,  adolece de mucho atrevimiento, aun con su cierto cariz de indefinición, su sentir nórdico (que también por un lado parece un defecto), su extraña algo esquiva empatía primaria, su mínimo de cine arte europeo oculto tras el cine de gran envergadura comercial que es la presente; en la historia del hombre atípico o inesperado al éxito o a la grandeza (visto desde su adolescencia), a quien se le atribuye anormalidad, al final el germen del prodigio, como se arguye, otra excepcionalidad (en esos flashbacks de chiquillo secretamente enamorado de un compañero e influencia, por ser él compasivo, noble), que enfatiza el filme infantilmente, aunque de  manera llamativa, para tener al espectador atento, pero ligero, implicando en realidad un lugar de confort, uno que vive de las apariencias –que la trama igual maneja de manera esquemática, o no lo explota como es debido- pero que resulta vacuo en buena parte. 

En lugar de repetir el incansable estribillo de que la crueldad otorga satisfacción, que en primera instancia funciona, para luego perder la atención por no hallar gran sustento (un quehacer didáctico básico, que no llega a proyectarse más allá de lo inmediato en los acontecimientos), hubiera cogido esas líneas efímeras o algún pasaje breve que parecen escaparse del conjunto formal y era la oscuridad que le ha faltado cuando el personaje de Keira Knightley sostiene que requiere de su casamiento porque no quiere irse con sus padres, anhela un beneficio o salvoconducto, y se vislumbra de ella cierto aprovechamiento, y obligación, tras un pacto; o se diga una realidad madura de que el trabajo de “oficina”, monótono, apagado, tiene mucho mérito, aunque suene un poco a manual de autoayuda (conmiseración social); o se haga ver que la guerra es menos romántica de lo que la historia pretende.  Puede que sea duro con el filme, y es que tiene plaga de defectos, dando por descontado la buena factura, la verosimilitud de la recreación y contar una historia de forma amena, que por ello va a gustar a muchos. Sin embargo, es más atizar la vista, son los pequeños atributos los que hacen la gloria, o mejor dicho, le dan una cierta redención. Con esa mirada a la resolución de los códigos nazis, la genialidad, en aquel invento de nombre familiar, entrando hacia la oscuridad, emparejado el discreto héroe, Alan Turing, con su humanidad/sufrimiento.

jueves, 29 de enero de 2015

Todos están muertos

En el cine español, y en los espectadores por antonomasia de éste suponemos, se podría decir que les gusta perpetrar/observar la extravagancia sexual, diciéndolo de cara a la versatilidad del término, quizá como reflejo de su sociedad o de lo que se espera de ella (un grito, intenso o abrupto por lo general, de igualdad y derecho, si lo vemos dentro de todo en el buen sentido), por algo el máximo representante del cine ibérico es Pedro Almodóvar, sin embargo hay que decir que dicha omnipresente particularidad muchas veces lastra la apreciación de su arte en general, y no porque no vayamos a tolerar -por dar un caso central- a homosexuales o travestis, adolescentes descubriendo que son gays, o el asomo del incesto entre hermanos, aunque en una exhibición platónica, de un sentir de imposibilidad, éstos dos últimos presentes en el filme  que nos aboca ahora, sino porque muchas veces yace fuera de lugar en la exploración de un tema, a menudo vulgariza o pauperiza contextos específicos, o los relega a cierto show, te saca de la auscultación o introducción de otras realidades, de cierta profundización, para hacer ver quizá sí un rasgo distintivo o anhelado de perenne factura, simbolización e identificación social, pero también refleja (otro tipo de) incongruencia, el sobresalto, la distracción y hasta empequeñece un sentido conjunto, su importancia, lo vuelve a un punto costumbrista e irreverente de por sí, y puede que esto no sea para nada extraño en España vista su potente liberalidad, pero si se siente mucho afuera, quizá por una parte por defecto de uno en cierta convencionalidad en cuanto a las formas de la narrativa que esperamos encontrar, no de la falta de apertura recalco, no obstante hay argumentos a sopesar, en que uno quiere ver mayor ecuanimidad con la seriedad de los temas, (sobre todo) coordinación, elegancia y estética. Y puede que esté tirando simplemente una piedra al mar, viendo en el horizonte un ruido zambulléndose, a continuación unas bellas ondas y más nada, la calma, el silencio, o siendo optimista una botella con un mensaje a cualquiera que lo recoja, al mundo; y seguramente es pedir mucho a éstas alturas de un reflejo/labor en el cine español, pedir romper con una esencia (sea ésta o no desfavorable), aunque siempre (cualquiera) habrá que adaptarse, total tiene hasta cierta gracia (por ser condescendiente), como señal de un tipo de cine que a pesar de toda su común imperfección es entretenido, e igual pensemos que podría ser mejor, atenderlo con más delicadeza, o más correlación con sus temas.

Hoy ha pasado justamente esto, el filme que nos compete tiene de costumbrista, pero ha sabido darle a ésta perenne extravagancia sexual del cine ibérico un lugar cuidado, a proporcionarle tino, y exponer dicho lugar común como parte de la historia en sí, sin por ello renunciar a abordarlo con fuerza. Invoca a un grupo musical denominado “Groenlandia”, en donde dos hermanos se quieren tanto que llegan hacia la barrera no solo de la dependencia emocional, la hermana con vida sufre de agorafobia producto de su ausencia (aunque no está determinado por completo), sino que asoma también el amor de pareja, que nos remite al rechazo o a la impotencia por cordura, que se pone en paralelo con el primer descubrimiento afectivo de quien uno es, del hijo de dicha protagonista, de Lupe (Elena Anaya).

Hay además un juego muy interesante en el filme, la superstición o la fantasía reinante amplificada por el sugerente día de los muertos, famosa celebración mexicana, habiendo una fuerte contextualización de éste país latinoamericano con el personaje de la madre y abuela en la actriz de carácter y simpatía Angélica Aragón, de esa ascendencia. Fecha que hace que Diego (Nahuel Pérez Biscayart, que es un contundente fluido complemento, imponiendo muy buena mítica en su soltura, y no es poca cosa que lo consiga siendo mayormente un desconocido/anónimo para el gran público), el cantante y hermano mayor muerto en un accidente de auto que le cerceno los pies (sus botas de punta plateada son como su esencia, símbolo sencillo de la vida y la muerte, como del logro, el optimismo, y lo fallido), regrese como fantasma tal cual le recuerdan sus días mozos musicales con esos distintivos grandes ojos saltones/despiertos, su marcada personalidad y su pasajera pero cautivante pequeña fama de pueblo chico –muy propia de la tocada de garaje, que recoge parte del alma de los 90s en la onda grunge que se puede vislumbrar en otra medida detrás de ese sótano ochentero con discos de vinilo viejos, el estilo discoteque con deslumbrantes luces y humo como en el recurrente videoclip de la banda, y melenas abundantes; o como en la bella y dulce Elena Anaya cubriendo medio rostro en medio de la introversión, el silencioso egocentrismo y el engreimiento-, y pueda revelarnos no solo su rebeldía, su común indiferencia y relajo, típico del rock star, sino su oculto apasionamiento hacia la figura de su hermana, también desde lo sugerido y cuidado (la narrativa formal). Teniendo muy en cuenta que tratamos con la idea de la excepción, del tipo especial, que incluye lo raro (hay diversificación al respecto, desde el ente popular e idolatrado, hasta el outsider, el que pelea su lugar; o el antisocial como enfermedad), que viene a la mente con la estructura del cantante de rock, pero desde el uso cotidiano, humano, familiar (disfuncional), social, quehacer que suele buscar el cine español, solo que por costumbre con un trabajo cinematográfico no muy trabajado, demasiado directo, y como vemos no se trata más que de un buen guion, sin exagerar con lo estrambótico, más bien hacer uso de discreto ingenio.

Otro destaque de la obra es el aspecto melómano conjunto de la propuesta que va más allá de alguna referencia concebible en la mente, que no faltaran si uno sabe de grupos y su tendencia a la poética (maldita) de leyenda, habiendo no solo un sentir muy cool en el ambiente, sino en el hacerlo desde lo sumamente íntimo, a todas luce personal, bajo el placer más cercano del que ama simplemente la música (muy bien tratado con el amigo fanático y guitarrista en la performance de Patrick Criado, quien está creíble y agradable en quien no teme la espontaneidad más inocentemente despreocupada, a lo Kurt Cobain en varios sentidos, y que recuerda a un sucedáneo de esa indisoluble dupla de Diego y Lupe que es el leitmotiv del filme; que yo en mi particularidad de ser los Goya lo hubiera nominado como actor, en el abrigo del verdadero arte, del que no espera nada, viendo que es una revelación aun en su brevedad y sencillez que implica cautivante naturalidad actoral, aunque teniendo en cuenta que todo el reparto interactúa y devuelve un sobresaliente feedback, brillan virtudes en cada papel, mientras se observa una merecida nominación de su rol en conjunto a Elena Anaya –perdonando algunos balbuceos y escapes en su primera parte, que tienen lógica pero remiten a algo primerizo, aunque evoluciona rápido; aquello está más o menos, bien y mal, pudo ser más fino-, sin caer en la elección obvia por cupo, obligada, o porque encaja, como se suele ver), y no como algo harto procesado o portentoso, no implica una maquinaria internacional pero si una devoción y entrega anímica/espiritual más valiosa, tocándose canciones a esa vera como con “Corazón automático”, en toda onda ochentera que da verosimilitud y mucha forma a Groenlandia (todos los nombres se pasan de simples, en su notoria proximidad con el relato y el espectador), siendo un grupo ficticio, que trasciende y se pega a un sentir, como a la historia (que puede que sea fácil de describir en unas pocas líneas pero no deja de ser una pequeña gran obra, sin sobredimensionarla), remitir al cariño, a lo que perdura y nos une, y al amor, en un entendimiento aunque “incestuoso”, muy complejo por cómo se le maneja, y desde la claridad, que no de lo vulgar, simplista o efectista, y esto habla de una sutilidad, pero a su vez de una franqueza muy encomiable para su directora, Beatriz Sanchís, nominada a los premios Goya a dirección novel. 

martes, 27 de enero de 2015

La isla mínima

Cuenta con 17 nominaciones en los premios Goya, y hay que decir que la última película de Alberto Rodríguez está muy bien hecha, da siempre en el blanco, superando a la sobrevalorada, redundante, condescendiente consigo misma y básica pero aun así decente Grupo 7 (2012). Ha sido de mucho agrado hallarme con ésta película, que encabeza muy bien los posibles merecimientos de la Academia española. Se trata de dos policías, Juan (Javier Gutiérrez) y Pedro (Raúl Arévalo) que van a un pueblito en las marismas del Guadalquivir a resolver un caso de un asesino serial, tras la muerte de bellas jovencitas que terminan descuartizadas siendo antes violadas y torturadas.

Lo primero es auscultar a esa curiosa dupla de detectives protagonistas, lo que es todo un mérito verlos en papeles tan serios, rudos, ásperos, dentro del (por una parte) género de acción (aunque ésta se supedita más a una labor de resolución mental en su persecución del misterio, de seguir pesquisas, toparse con sospechosos, donde cualquiera lo es; y distintas revelaciones a puertas del diálogo intenso, aunque al final el caso sea más sencillo de lo que aparenta y maneja, y es cosa del ingenio puesto en el suspenso, en los distintos enigmas y en un buen contexto que va alimentando la curiosidad, engrosando detalles, de los que tiene muchos; y desorientándonos un poco como juego), destacando la introspección en su investigación, recordando que es fácil asociarlos a ambos con un quehacer cómico, sumamente contrario a lo que nos compete hoy, por lo general polos opuestos tan marcados, y hay que decir que logran superar cualquier prejuicio al respecto, y les creemos, al punto de que Javier Gutiérrez vence su corto tamaño y se muestra bastante agresivo e impredecible a ratos, siempre al borde de la golpiza extrajudicial a sus interrogados, ocultando además un pasado oscuro en el gobierno de Franco, viendo que nos ubicamos en 1980, poco después de la dictadura.

En la presente película lo que abunda es el detallismo, no sólo en los crímenes, lo cual siempre es algo agradable cuando tiene estilo, como con los pájaros agoreros de la muerte en la enfermedad de uno de los protagonistas al poco de quedar hipnotizado por un halo de superstición (como con la tosca mujer vidente que corta el pescado), o las mismas, una nutrida bandada, despegando del paraje rural del particular espacio geográfico, uno que incrementa la virtud de la obra, que aporta y mucho, viendo que el filme tiene una bella y harto útil fotografía, observando que los lugares utilizados están plagados de estética, más logradas en su naturalidad y agilidad que aquellas panorámicas -obvias en sus intenciones- de la cámara aérea; y que muchas veces resulta eficazmente minimalista (esto se siente en muchas ocasiones, el rendir, el proyectarse sustancial y abundantemente con aparentemente poco, pero como una elección más que una imposición o castigo, a diferencia de otra competidora del Goya, El Niño, 2014, que siempre da a entender que le suele faltar algo, como que hay poco presupuesto y yace continuamente bajo la sensación de lo trunco por sobre lo literal. Decisiones formales que tienen éxito a un lado y en otro no. Ya que La isla mínima siempre demuestra contundencia en todos sus recursos). La lluvia, el versátil potente campo, la misma oscuridad, las casas macizas aisladas, rodeadas por la árida naturaleza, lo desértico, lo fluvial, lo boscoso, hay una riqueza visual en el paisaje que se trabaja y se asume como parte del movimiento de los personajes, deja de ser costumbristamente gratuito, se brinda más allá de lo elemental, está bastante bien  explotado, no solo es atractivo a la vista o por cierta extravagancia de nomenclatura, no se trata de un simple adorno, sino que realmente interactúa con la historia provocando un plus de emoción, de verdadera subyugación en los sentidos y la percepción reflexiva.  

La isla mínima recuerda inmediatamente a Memories of murder (2003), tiene muchos puntos en común o huele por instantes a ciertas transformaciones, pero lo hecho es algo con personalidad una vez entrados en el metraje, con esencia ibérica, pero bajo una labor refinada, de excepción, con un toque acabado, que no solo materializa una estética propia, sino que –nunca esta demás decirlo- entretiene, es interesante, sabe generarse giros, atención, mover hilos históricos, atribuirse background biográfico, más allá de la obligación de complejidad, sorprende y cautiva a partes iguales, y  se reviste de un intrincamiento sólido aunque por debajo implique algo “superfluo” a fin de cuentas, se resuelve con ritmo, y no peca del exceso de lugares comunes, mal de muchos, a menudo ineludible. Por todo es una propuesta muy recomendable, y aunque muchos digan que es la versión de España de alguna obra extranjera, ésta vez hay que decir que le sale perfecta la jugada, y se “apropia” –es un tema, y a todos les pertenece como intento de arte- de las historias del policial de asesinos seriales. 

martes, 20 de enero de 2015

Naomi Campbel

El documental y debut de los chilenos Camila José Donoso y  Nicolas Videla trata de un travesti que quiere cambiarse el sexo para sentirse mejor consigo mismo(a), ser más completa, hacerse un regalo, como suele decir, y ampliar esa idea de que hay rarezas pero muchas no son malas que es como un pequeño lema que maneja la protagonista (ya que se siente mujer), y el filme. Paula Dinamarca, o como se le conoce Yermén, trabaja leyendo las cartas del tarot por teléfono, suele ser muy mística en su vida –como con el tronco milenario al que rinde culto de forma solitaria y personal; u atendiendo su hogar lleno de figuras divinas, altares, velas u objetos de buena suerte y superstición- mientras la contemporaneidad descree de todo, es básica (otros convencionales) en su fe o sólo juega con ello; aparte de exhibirse como alguien inteligente, ecuánime, de personalidad dócil/tranquila y sensibilidad, sin embargo se deja ver que tiene varias “naturales” dificultades y sufrimientos internos en su vida diaria producto del ser complejo que es, un transexual mestizo y esotérico (se llega a catalogar a veces negativamente cuando habla con alguna Vírgen o Santa), como denota cuando hace un símil con los perros de la calle y cómo se comportan muchos a su alrededor, hombres a los que alude principalmente, que es de forma agresiva, rechazándole con violencia, imponiéndose como animales temerosos y enfurecidos, aunque ella indica al respecto simple estupidez, puede que hasta ignorancia, que desde luego va más allá con los prejuicios y como se ve al mundo en un orden común, que ataca al que es diferente de alguna forma, y esa será su lucha, la que nos muestre la película de Naomi Campbel, un sueño de cirugía en un reality show, de transformación, de cierta plenitud, que directamente es la ilusión de una prostituta de color que quiere parecerse a la famosa top model del mismo nombre (con una “l” menos; que yace mal escrito como símbolo de la propia identidad, de lo irrepetible, de lo auténtico), que como se entenderá será un quehacer trunco e improductivo en realidad, porque el cambio debe ser interior, es una esencia, una aceptación, tan romántico, preciso y claro como eso.

El filme plantea literalmente caminando detrás de Yermén un juego dialectico, un orden o reordenamiento de su mundo, la búsqueda de un nuevo eslabón, a partir de ahí conoceremos su existencia en varios niveles, destacando esa simple forma de filmar que se repite en su discurrir verbal y descriptivo (tanto como con la grabación amateur que la protagonista suele hacer, que toca fibras ocultas, intimas, desde la austeridad y lo aparentemente banal o recreativo, y valga la sencillez permite vislumbrar el síntoma del arte, sabiendo que hay que aguzar el ojo para ver lo que la expresión adusta y dura oculta, ver más allá del enojo), una subjetividad en acción, donde ella da la espalda, es como que en parte discretamente se escondiera (aunque ponderando que Yermén es un ser fuerte a fin de cuentas, sino no podría ser quien quiere ser; aunque algo le falta, lo de siempre digamos, un aspecto mental y no físico), para más tarde encontrar que el lente se posa frontalmente sobre ella, desde su andar hacia adelante de la cámara por los pasajes humildes de La Victoria, que es donde reside, en la periferia de la capital; es un despertar, una invocación trascendental de su yo, como ella misma dice en un descargo parecido.  

En la cotidianidad que desnuda el alma los hechos en sí están exhibidos poco iluminados, no atrevidos o exuberantes, sino de forma muy discreta, sobria se podría decir (partiendo de que de manera innata la vida retratada es por un lado de excepción, de la que se suele esperar mucha bulla, ruido, y hasta precariedad, aspectos que yacen muy sutiles), en que sobresalen las relaciones afectivas/amatorias y la soledad, así ambas de la mano, por un lado se refleja en la amiga anciana que gusta de bailar sola para sentirse bien, de forma más subrayada aunque esté solo de paso; pero sobre todo con aquella pareja del tipo de peinado a lo Menudo o punk si se quiere, con quien se besa o están casi desnudos (no que sea muy expresivo ni dilatado, pero suficiente para que el espectador atienda la realidad en la que Yermén se define, es), viendo que hay una potente escena que destripa toda convención clásica, las apariencias, hay un vínculo carnal intenso y desenfado, y punto, más que un manejo sentimental que yo diría que es un artificio del documental, y el mismo comportamiento superficial e indiferente de la protagonista apunta hacia ese lugar, porque se nota de lejos, lo que puede dar la imagen de cierta ficción en la obra, no obstante más es recrear, coger un magma, tratar de tocar una verdad, y esa esencia subyace fuera del acomodo, y la (ligera) sensación contextual de emulación. Al final todo documental tiene una subjetividad, y se nota en mayor o menor medida, pero aquí es de exaltar que guarda veracidad, recoge un sentir, y eso se debe mucho a una protagonista que tiene mucha personalidad y magnetismo como narrativa natural. Puede que haya unos (pocos) efectismos, o asome alguna costura a la vista, pero el conjunto está por encima de ello, los vence. Aflorando un trabajo artístico que saca lo mejor de Yermén como ser humano, desde el encanto y reto que proporciona lo marginal, tras la necesidad de aceptación, en el descubrimiento de aquella imposibilidad de ser la “perfecta” Naomi Campbell, porque mejor ser uno mismo, desde adentro, y eso hay que recalcar toca nuestra (de cualquiera) fibra sensible.