martes, 26 de mayo de 2015

Mad Max: Furia en la carretera

Estamos ante el canto de lo artesanal vuelto parafernalia, pero de la que la modernidad y el avance técnico se puede sentir bastante orgullosa de lo que concibe y no como suele pasar que a pesar de la portentosa pirotecnia de punta termina siendo anodina, demasiado artificial, vacía y ni siquiera cautivante para el cinéfilo, sino que yace recogiendo la mejor brutalidad y el espíritu cool de antaño, en un rocambolesco y estrambótico palpitar que todo lo subyuga y pasa por alto para bien, renovándose, creando un nuevo filme en base a todos los elementos pasados, reorganizándolos, produciendo mucha adrenalina, sobre todo sacando más emulación de Mad Max 2, el guerrero de la carretera (1981) en el camión de gasolina o concubinas y objetos sexuales/maternales escapando de los tiranos motorizados en plena carretera infernal, como manda el meollo del asunto, en el peligroso desierto, ese que toma cromatismos enteros, sea el puro rojo candente, a la vera del sofoco, implicando intensidad, como que no hay escapatoria, o un azul de frio y temple en la huida y en la esperanza de la tierra prometida, que baña la pantalla. Y ya no es un lord Humungus (que plantea ser la inspiración de la máscara de Jason Voorhees, a partir del Viernes 13 número III, de 1982, parte importante de su mítica), sino un Immortan Joe, que tiene de ridículo, de figura de payaso, pero también parece recoger -y todo el conjunto- el espíritu y figura del grupo Iron Maiden, como si el director George Miller se hubiera propuesto traspasar su música al cine, de un arte a otro, y no solo por un curioso acto de rebeldía en un guitarrista lanzallamas, más bien por toda la esencia de su fuerza escénica, en la fusión de la violencia y lo heavy, en un filme al que no le faltan tampoco los discursos altruistas, ecológicos, en futurizar nuestros recursos, como el agua, o el petroleo, que es recurrente en el cineasta; o de igualdad de género, donde una todo-terreno Charlize Theron como Furiosa se equipara en batalla al legendario Mad Max, que hace un parco Tom Hardy.

Hay que hacer memoria y rememorar para ver todo el alcance de la presente propuesta que Mad Max - Salvajes de autopista (1979) ha quedado en la historia del mejor séptimo arte mundial, siendo un objeto de osadía cinematográfica hecho más con creatividad y audacia que cualquier otra cosa, con un primerizo Mel Gibson de precisa fisonomía, un poco tieso, medio tímido y de pocos recursos histriónicos, pero el ideal al objeto de culto que es éste filme (con el que se hizo tan merecidamente famoso), y su segunda parte, en donde esa pista y motociclistas pasando por encima de una familia y dejando unos cuantos elementos en el encuadre es pura mítica (en la presente algo torturador, esquizoide y fantasmagórico), en medio de cierta extravagancia narrativa luego cimentada con las venideras en lo post-apocalíptico, una carretera vigilada por policías vestidos tan igual que los pandilleros motoristas que circulan y hacen vandalismo a alta velocidad. Y no hay mucho que decir, pero todo resulta más que suficiente para hacer filmes tan potentes y rabiosamente entretenidos. De lo que solo la tercera parte, Mad Max, más allá de la cúpula del trueno (1985), bajaría el listón, mucho, con un filme que pierde la esencia primigenia, y toma otro objetivo, se convierte en gran parte en una historia familiar, y hasta infantil, en un sentido del humor naif, como en el peor Peter Pan, de lo que tendrían que pasar 30 años para que George Miller resurja como el ave fénix, en cuanto a su trabajo más personal e identificador. Con un viaje de escape por las llanuras a lo western y lucha en carretera contra sus perseguidores urbanos, una fauna de punks, musculosos, y grotescos, en un trabajo que parece tener el único animo de implicar furia y rebeldía cool, que hacen de este un goce mayúsculo para el espectador, logrando que toda la crítica se rinda ante ella.

viernes, 22 de mayo de 2015

Norte, The end of history (Norte, hangganan ng kasaysayan)

Para empezar hay que decir, advertir, para prepararse, que las películas del filipino Lav Diaz son bastante lentas, reposadas, conteniendo muchos momentos dispuestos en tiempo real, y de los que son sumamente ordinarios (acotando que también hay intensidad, ratos potentes, pero igual extendidos mucho más del promedio), además de ser bastante largas, como Melancholia (2008) que dura cerca de 8 horas, o  From What Is Before (Mula sa Kung Ano ang Noon, 2014) casi 6 horas; ésta última fue la ganadora del leopardo de oro, máximo premio del festival de Locarno del 2014, que lo ha consagrado, digamos, en el cine de autor. Norte, The end of history compitió en el festival de Cannes 2013 en la sección Un Certain Regard.

Lav Diaz utiliza a Fedor Dostoievski como punto de apoyo, a su legendaria obra “Crimen y Castigo”, de lo que hace su propio arte, al dividir en dos personajes a Raskólnikov y transformar la historia, teniendo a un estudiante de derecho que suele filosofar como dice el libro con jugar a ser Dios y deshacerse del mal de la tierra (en diálogos, lugares y amistades muy contemporáneas), reflejado en la usurera y prestamista que maltrata a los pobres (habiendo escenas hasta explicitas), de lo que hay que decir que existe un retrato bastante fidedigno, original y curioso a un punto sutil anclado al costumbrismo de su país, a su normalización y aclimatación, en cómo se mueve la gente en lo tradicional y en la austeridad, como contexto natural y cautivante, para lo que la esposa de uno de los protagonistas, el que es inculpado injustamente, vende verduras en carretilla y vive a puertas de un puerto de pescadores. Con ella veremos el sacrificio materno, y poder reconciliarse con la realidad. Lo cual se ve algo endeble, ya que son demasiados años alejados para volver tan enamorada, al parecer por una especie de epifanía, o quizá por el tiempo simplemente; o su mejoría económica, con ayuda de los extraños ataques de conciencia de un psicópata. Y es ahí que se esconde la verdadera hazaña del director filipino, en esa ilustración tan compleja y cambiante, en quien tiene instantes de lucidez y afabilidad, y otros de la peor monstruosidad.

Estamos ante un filme bien hecho, fuera de criticarle por una parte el uso del tiempo real y de lo insignificante, pero consiguiendo ser una adaptación plena y “nueva” de Dostoievski, que oscila entre lo moderno y lo rustico, aunque pudo ser mucho más corta, ya que no es que tenga mucho que contar, sino se trata de dilatar lo que tenemos. Sin embargo visto su tempo se entiende que son sus rastros de personalidad, de distinción, de militancia, y reducirla es quitarle alcance, porque clama a su favor el resultar parte de un concepto cinéfilo distinto, en una búsqueda de la naturalidad con lo artesanal y básico, exigiéndonos mucha paciencia, son 4 horas de visionado además, y hay que acostumbrarse. Aunque la historia no es nada del otro mundo tampoco, pero tiene sus momentos justificados en que brinda actuaciones intensas e impactantes en lo que luce espontaneo, exhibiéndose entregadas, realistas y profundas, especialmente en los arrebatos.

Están muy bien trabajados los tres protagónicos, desde luego mucho mejor el asesino, Fabian (Sid Lucero), pero no yacen mal los otros dos, habiendo más fallas en el cautiverio, pintado de cierto trazo grueso en su idealismo (ironizado en el achaque de pretender ser político, quien constantemente se hallará con el perdón, llenando  el vacío de la otra figura), pero tiene lo suyo, hasta contener su toque extravagante con la santidad del hombre ordinario, a lo Bruno Dumont, que sería la mística que llega a la vida de Raskólnikov, que no es tan inexplicable como en el cine del francés, porque incluso puede ser tan solo un sueño. En un crecimiento que llega como en una lectura cristiana, donde la casualidad del daño es la gran lección de redención espiritual. En el desdoble de la amargura convertida en acto perverso (la nada) y fe.

lunes, 18 de mayo de 2015

Aguas tranquilas (Still the water)

Actualmente la directora japonesa Naomi Kawase compite en el festival de Cannes en la sección Un certain regard con su película An (2015); Aguas Tranquilas estuvo en el mismo gran festival el año pasado pero en la competencia por la palma de oro. La presente tiene de tema esencial -como acostumbra la directora con su sensibilidad- el aceptar o luchar lo pecaminoso, como en  Moe no suzaku (1997), su mejor filme, ganador del fipresci en el festival de Rotterdam y la cámara de oro en Cannes,  en el amor de una adolescente por su primo, un joven adulto bastante sencillo, que la tiene obnubilada y ensimismada en su primer amor, como a su madre (y tía del objeto de pasión), sumado a la descomposición de la familia en medio de lo natural tras 15 años de placentera existencia familiar en lo rural en una trascendencia poética de la zona con lo humano, un lugar de residencia tan simbólico y constante en su séptimo arte, que tiene de eje al bondadoso tío, padre y marido que solventa el sentido de unidad en una simpatía y comprensión por la tradición, los valores y lo campechano, y es ahí donde Kawase pone la figura de la potente atracción femenina tanto inocente como lujuriosa –suele tener de ambas- en medio de la culpa y la dificultad de realización, como pasa con Kaito de 16 años que debe enfrentarse a sus veladas taras psicológicas que provienen de una madre separada y activa sexual que lo cohíbe en el placer, en su relación con la hija de una chamán moribunda.

La muerte es otro motivo capital en sus filmes y en la película que nos compete, partiendo de que la paz de Las islas Amami, contexto del relato, un paisaje hermoso como los que suele  hacer gala ésta directora, aunque en este vemos que se ha esmerado particularmente (la autora siempre habla de paz, y de belleza, en cuanto a lo que significa Japón, pero la realidad siempre termina siendo otra, torturadora), parece apenas romperse con el encuentro de un hombre ahogado en pleno mar (tatuado como el padre de Kaito con quien se siente tan próximo emocionalmente, y sobrevuela el abandono en su psiquis), que es catalogado de accidente y luce como de poca repercusión, aparte de ser un gancho para el espectador que podría esperar algo sórdido, llamativo, lo cual sería desconocer el cine que hace Kawase, y su inteligencia para presentar retratos sensuales, pasionales y dolorosos, pero  la realidad es que la autora nipona resulta bastante sutil, cuando sabemos que puede ser muy melodramática e intensa, y no le faltan sus momentos, tanto como demasiado poética, véanse sus míticos llantos y planos del rostro ante la lluvia; y pone aquel anónimo ahogo como símil de caída, de frustración, de pérdida, de melancolía, unido a lo sexual y al crecimiento de Kaito, en hallarse con la naturaleza, esa que recuerda indefectiblemente a Terrence Malick, pero en lugar de algo místico, se trata de la amalgama/espejo con el comportamiento humano.

En El bosque del luto (Mogari no mori, 2007), gran premio del jurado en Cannes, está bastante claro el asunto de la muerte, su filme más esencial, básico, uno bueno y el que más la identifica (habiendo una unión espiritual en medio de la desnudez de los cuerpos, en una escena clave en que aflora el humanismo, y su representación conceptual), en la superación de la ausencia, la que sobrelleva un anciano con demencia senil en cuanto a la esposa que no olvida en muchos años y la requiere en todas partes, y la joven asistenta social del lugar de reposo en que está el viejo, que ha perdido un hijo, de lo que ambos se verán inmersos en un luminoso bosque donde podrán sanar. Como Kaito, que tiene de ejemplo la tranquilidad del chamán femenino en trance al otro mundo, una simple mujer con cercanía y “dominio” de la naturaleza, que sufre una dolorosa enfermedad pero ahí yace creciendo (en la última ola como dice su pareja en la mezcla del lenguaje del surf y la cultura nipona, que resulta curiosa), se va de forma pacífica con su interior, como cuando le tocan música, todos lugares comunes, argumentos y sentidos de Naomi Kawase, que suele volver a ellos siempre, como con la bicicleta montada llevando a una muchacha subida en la llanta trasera, el aprecio por los vegetales (en especial el tomate) o la búsqueda femenina del placer y el amor, el decidirse, protagonizadas por mujeres valientes pero sensibles y (supuestamente) convencionales, no obstante en Hanezu no tsuki (2011) se ve escondida en el hombre (como aquí), que predomina en la lección del demiurgo, que significa el verdadero amor, el que es dejado de lado o abandonado, el error existencial, en el pobre militar ancestral, y el atractivo y rustico artesano, los que llegan a caminar juntos en lo que atrapa lo romántico y hermoso, en una historia novelesca de infidelidad, que empieza tan enigmática y bien estructurada, muy cinematográficamente, para caer en un triángulo amoroso bastante melodramático donde ningún hombre es malo, lo que hace más complicada y realista la situación.

Otras películas de Kawase menos gloriosas son Sharasôju (2003) y Nanayomachi (2008), pero que a pesar de ello no son desechables, la primera sobre todo si cogemos (sentimos) la abstracción de la pérdida de un hijo y hermano, que dirige todo el recorrido y emotividad del filme, en el pase de la oscuridad a la luz, como se plasma incluso literalmente, y llega con un festival callejero, una música típica y la resolución de un nacimiento. Un nuevo comienzo, un peldaño de crecimiento. Y la segunda es bastante ligera, y excesivamente femenina (al punto que el lugar de masajes, al que no le falta su mística y es el eje de la historia, puede pasar como el novelar de los spa), sin embargo tiene su toque de meditación y sensibilidad, que no faltan nunca en el arte de la directora, y la hace sobrevivir para cualquier espectador, aunque mejor en lo sutil, el recuerdo del amante en Japón estando en un viaje de recuperación y memoria en Tailandia, que lo explicito, en la pelea caótica por la desaparición de un niño.

Aguas tranquilas (Futatsume no mado, 2014) es un filme sencillo a fin de cuentas, muy en la línea de El bosque del luto, pero un poco mejor, más complejo, austero pero sugerente. Vaporoso, discreto en gran parte, pero con sus infaltables ratos de llanto, enfrentamiento y pérdida (sorprendente cómo se maneja fríamente la madre ante el reproche de su mal llamada lujuria, que bien ejemplifican las duras imágenes de cómo se matan animales para comerlos), mientras  volteamos la página, pasamos a otro nivel, aprendemos, superamos, aceptamos, en un deambular tranquilo, donde poco parece pasar (queda en sentir de que la autora suele repetirse en su filmografía, pero es más ser fiel a uno, y ahondar en constantes, nuestra conceptualización), en lo que hay mucha sensación de normalidad, de cariz clásico, aunque se enfrenten a ello. Y en el medio la naturaleza y la sensualidad, como en sus apetitosos simbólicos tomates, y nuestras faltas y carencias puestas a prueba. 

domingo, 17 de mayo de 2015

Edificio Master

Eduardo Coutinho fue un documentalista de mucha trayectoria y de los más destacados autores de Brasil, murió el 2014 a los 80 años de edad acuchillado por su hijo esquizofrénico. El presente es un filme que va a un edificio de 12 pisos, y 500 inquilinos más o menos, en Copacabana (Río de Janeiro)  y entrevista a cerca de una treintena de residentes. Todo parece muy simple, artesanal, pero el resultado es portentoso y maravilloso, logrando trasmitirnos una humildad luminosa, con gente de bajos recursos económicos e historias personales que describen una gran humanidad, sensibilidad, ternura, en medio de mucha vitalidad, incluso las desgracias y peligros son contados muchas veces con un tono jocoso, si bien también hay demostraciones de aflicción y llanto, como en el recuerdo de un robo. Habiendo muchos ratos de fuerte expresividad emocional, en lo que parece harto autentico. Vemos a un hombre trabajador sencillo que se conmueve con el recuerdo del aprecio de su patrón, su crecimiento en la necesidad material y el esfuerzo familiar cimentando valores firmes. De esa  manera va revelándose mucha intimidad, en un tono tranquilo, amistoso, pleno, como la confesión llana y abierta de una joven prostituta y madre soltera, en el retrato de seres humanos ordinarios pero sumamente francos, e interesantes, en una especie de magia en el desnudo de sus almas, porque es así como uno lo siente en una sencilla conversación.

La vida sentimental, o las relaciones parentales son parte importante del documental, con parejas de comienzo atípico de interrelación, como el enamoramiento de unos cincuentones a través de la publicación de citas en el periódico,  o abandonos y desilusiones por embarazos y abortos de jóvenes que deben enfrentarse solas al mundo o a otra realidad en este barrio austero. La situación laboral aporta su cuota por su lado, habiendo desempleados que cuentan sus frustraciones, pero a  su vez no dejan de poner simpatía u otras anécdotas, creándose además contrastes con ciertos empleos como los de empleada doméstica que hablan de dignidad y hasta exhiben alguna cierta soberbia, véase la teoría de que no existe la pobreza en Brasil, sino la vagancia, el pretexto y la ociosidad. En lo que es una exhibición de gente que rápidamente cuenten lo que cuenten o producto de su total franqueza se ganan al espectador por completo, y los escuchamos como si fueran tan próximos a nosotros, en un hallazgo de verdadero sentir comunitario y humano, donde lo social pasa a ser parte de un conjunto general de ver al ser humano ante todo y su conflictos particulares. 

Coutinho saca lo mejor de los residentes del Edificio Master, sus historias más gloriosas, esas que los han marcado, los definen, han dejado una potente huella en ellos y nacen hermosas hacia la cámara de un equipo que se mueve como una manada por los pasadizos, los apartamentos y los pisos, que llegan a coger estados de ánimo, sentimientos, recogiendo lo que ha tocado a esta gente en la existencia y tienen tanto anhelo de perennizar como documento audiovisual, histórico, en lo que es un relato tras otros que hacen un grupo sólido donde el listón no baja nunca o si lo hace mantiene un estándar admirable, en que cada uno aporta una cuota de novedad y un tipo de grandeza como cuento, vivencia, piel, en una diafanidad tremenda, conscientes de que quedaran grabados y han decidido fluir, abrirse, perpetuarse. Recordemos al hombre que se dibuja en la canción My Way (A mi manera) cantada por Frank Sinatra a quien conoció y con quien cantó. Y es que el retrato puede ser afín a muchos, pero aun así guarda tantas sorpresas. De lo que llega a haber su toque de extravagancia, algo que hace especial a cada hombre entrevistado, en lo que aflora humor, poesía y música como acompañamiento constante, y que va dejando la figura de su propio país, pero también y más de la universalidad, el reflejarse con cualquier persona, en lo que crea empatía, bajo tanta credibilidad y naturalidad, que es todo un logro viendo que Coutinho aparece en el plano a veces y suele ser muy directo, campechano, buscando que se expresen y dejen firmes sus historias, mientras los guía sin manipularlos o conminarlos a hacer un circo de su intimidad, solamente se dejen llevar, conscientes de que están entregando algo que trasciende su persona, y queda como rastro de nuestra humanidad, en sus abundantes ejes descriptivos, como el del inquilino adoptado que se ve así mismo en el abandono de un bebé en el edificio o en el sueño recurrente de su paternidad biológica, invocando esencias sin tapujos, en quienes parecen quedar satisfechos, otros desahogados, nostálgicos o realistas, en una condensación sustancial en apenas unos minutos de diálogo frontal, por persona, detrás de unas pocas cortas preguntas, y como se oye de propia voz del director la esperada justificación de una curiosa narración vivencial previa intervención de la producción, esa que toca las puertas y requiere al residente, dentro de un estado de coherencia, al punto de que una persona con fobias sociales y desequilibrios demuestra que asume su condición de particular temor, muestra su rareza, no mira de frente al interlocutor, haciéndola pública con suma elocuencia verbal (habiendo momentos que anuncian defectos y no necesariamente se cumplen al pie de la letra, ya que existe un aire de espontaneidad y frescura bastante dominante, más allá de la ganada oportunidad), dándose plena cuenta de su acto, sin inhibición, una constante, la seguridad de la revelación, tras la fe en el conocimiento del maestro y su trabajo, en la docilidad y el deseo prodigo.  Que brinda una obra bella en su transparencia, enseñándonos dolor, preocupación, experiencia, síntomas de orgullo, felicidad, antagonismos, quien es uno. Siendo una verdadera experiencia.    

viernes, 15 de mayo de 2015

Todos los hermosos caballos

Primer libro de la llamada Trilogía de la frontera, seguido de En la frontera y Ciudades de la llanura, escrito por Cormac McCarthy. Que puede ser llamada una novela coming of age, una historia de crecimiento, y de aprendizaje moral. Si bien nuestro protagonista, John Grady Cole es dibujado bastante solvente, de forma heroica y hasta legendaria, desde temprana edad, al atravesar fuertes penurias, como caer en una temible cárcel mexicana de pueblo fronterizo donde llega a batirse a cuchillo limpio por su vida, o enfrentarse a un capitán y comisario mexicano que no duda en despachar a sus enemigos tras apresarlos, por alguna suma de dinero o favor. De lo que todo empieza cuando Cole tiene solo 16 años, y al morir su abuelo y estar a punto de venderse el rancho familiar se va junto con su amigo Lacey Rawlins a México, país que le traerá un romance peligroso con la hija de un hombre acaudalado, y una tía abuela bastante poderosa que es la que mueve los hilos de su familia habiendo la época donde las mujeres para ejercer poder lo hacían tras las sombras, visto un orden machista, arcaico y patriarcal que hace que un hombre pobre no pueda enamorarse de una dama rica, como le pasa a Cole, y le harán pagar una gran factura, trayéndole muchos conflictos que lo ponen al filo de la muerte, aunque sea un temerario, y no tema perecer.

La presente tiene algunas recreaciones de suma violencia (véase la descripción de la muerte de un revolucionario), pero es mucho una obra romántica que a un buen lector o cinéfilo le puede parecer una historia muy conocida, de lo que puede definírsele por una parte como la mezcla de las películas Revenge (1990) y Leyendas de pasión (1994), sin embargo no piensen en un tono grueso, ya que McCarthy es definitivamente uno de los mejores escritores que hay en vida, gracias a las hermosas, profundas y detallistas descripciones del libro, a la redacción pormenorizada que hace tan potente imaginar la historia, caminar por sus páginas guiados por un retrato poderoso que no deja ningún hueco por conocer, estando lleno de información contextual en medio de una gran estética literaria que no por ello deja de ser fluida y entretenida, y que estriba en mucho conocimiento del medio, del mundo de los vaqueros, estando ambientada en 1949 en Texas y México, donde se ve que el país latino está plasmado fuera del estereotipo, con suma riqueza narrativa, conllevando no solo el realismo ordinario, manido, como la pobreza y el salvajismo, sino a su vez lo culto, lo refinado, que representa la hacienda, al igual que la mención de las tantas comidas autóctonas, la jerga del pueblo, la nobleza de la gente y las costumbres. De misma manera el relato de ficción logra empalmar linaje y relaciones de clase con la historia de la revolución mexicana, dándose verosimilitud, y soporte argumental que puede ser secundario, pero habla de la cualidad de especificación, buena escritura y creatividad del gran Cormac McCarthy. En un libro que ganó el National Book Award, prestigioso premio americano.

El título de la obra tiene mucha forma, y participación, buena parte de los problemas se deben a los caballos, habiendo un eje en el robo y la recuperación de estos hermosos animales, un código de respeto, en una lucha de sojuzgamiento y libertad, orgullo, leyenda, de muchas emociones y determinaciones a su vera, en medio de amar y defender lo que es de uno, de lo que se dice que quien tiene un caballo no es pobre. Los equinos generan pasiones, desprovistas de sentimentalismos aunque no se da en un lenguaje del todo seco y esconden más de lo que se ve, hay mucha admiración (en ello el retrato romántico pasa por lo mismo, es dulce, clásico y sensual en varios momentos, y en otros masculino, tranquilo, natural e intrínseco), son muy importantes en el relato, en quien es uno, en la forma de vida, ayudan a construir figuras, describen y definen el tiempo. Habiendo pequeños simbolismos, véase que se enamora Alejandra cuando intercambia y monta la bestia de Cole, domada por él, o que el protagonista tenga o no su caballo sea síntoma de paz o conflicto consigo mismo.

El rudo periplo, en medio del elíptico indómito paisaje, y las prominentes tragedias, arrancan tras conocer al precoz Blevins (tan mítico y carismático como Cole), propenso al crimen o a las circunstancias de la impetuosidad y la bravura de la edad (de lo que hay espacio para salirse de arquetipos; en un trato campechano, muchas veces despectivo pero escondiendo estimación última; y con saberes varios), si bien por donde se mueven resulta muy natural la trasgresión de la ley o la ausencia de esta en medio de las impredecibles llanuras, y sus cowboys y sus comportamientos rudimentarios, siendo cowboy una palabra reducida a su esencialidad, quitándose la teatralidad, llevada a una envidiable cotidianidad y realismo de a pie.

Todos los hermosos caballos, publicada en 1992, remite a la aventura y al romance, de hombres salidos de su lugar de confort, si bien el libro entero implica al salvaje oeste, a lo fronterizo, a lo antiguo aun estando a puertas de los 50s, en busca de nuevos horizontes, de madurez, en lo que tiene de trepidante e intenso, con su cuota de brutalidad, por lo que es un libro que a muchos va a gustar, aparte de sus cualidades narrativas, haciendo de una especie de lugar común, un viaje pleno para cualquier lector. 

martes, 12 de mayo de 2015

La infancia de Jesús

El sudafricano J.M. Coetzee es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo, uno de los más respetados y admirados del orbe, de lo que cualquiera que se aproxime a él se dará cuenta inmediatamente de ésta aseveración, y no solo por ser un Premio Nobel (que los hay insulsos, y no dejan de haber con cierta sobredimensión); y ganador del Man Booker Prize for Fiction, el premio más prestigioso de habla inglesa, y lo ha merecido en dos oportunidades, sino porque su lectura lo delata como un gran escritor, siendo ameno y entretenido, tanto como interesante y sustancial. Provisto de una literatura despojada de artificios innecesarios, aunque con un estilo y constantes intelectuales, con una redacción bastante clara, limpia y fácil de entender (que no simplista), pero cargada de filosofía y profundidad existencial, y hasta mística (analizando racionalmente), que incluso llega a ser parte de la historia y los diálogos directos, como con los trabajadores del muelle, simples estibadores que filosofan y estudian dicha materia como actividad personal, como si hubieran salido de la mente y el séptimo arte del británico Ken Loach. O con nuestro protagonista, Simón, que constantemente reflexiona sobre muchas palabras y definiciones  “cotidianas”, y la vida con ello, haciendo de maestro, un José menos invisible, más productivo, más allá del amor.

Leyéndolo me viene a la memoria La Carretera, de Cormac McCarthy, aunque algo lejana, en la historia de un niño y su “padre” que deambulan o están de paso, tienen que sobrevivir, ajustarse, salir adelante, por una tierra distinta, extraña, en  McCarthy apocalíptica, destruida, amenazadora, y en Coetzee utópica, pero con algún aire velado a 1984, de George Orwell,  con nombres puntuales o sobrenombres que remiten a lo esencialmente significativo, aunque en lugar de poética (con reflexión), se trata de austeridad filosófica. Otro referente es el gran Franz Kafka, en cierta burocracia, orden y disciplina medio surrealista, viendo que en el autor sudafricano es algo mínimo, bastante sutil, que lleva una contextualización natural muy reconocible, que puede verse normal en gran parte, pero esconde todo un viaje al corazón de ese cautivante título, La infancia de Jesús, que remite no solo a sugestionar al lector y buscar similitudes, sino que tiene sus paralelismos en la línea de cavilar el tiempo desconocido del hijo de Dios, y sobre todo pensarnos a nosotros mismos, desde la discusión y el ingenio que propone Coetzee, como un choque contra la humanidad de un niño, y su dormida divinidad, que parece contenida, no creída ni buscada (aunque el pequeño plantee milagros, desde lo que parece naif, propio de los niños), y por tanto inmovilizada, si bien el rótulo del libro tiene de creativo juego mental, de gancho en la elucubración de la subjetivad personal, que como se ve no está tan fijo, no es del todo justificable, o mejor dicho, apenas lo es, pero sin embargo podemos encontrar símiles, indudablemente, como que el niño David, supuestamente Jesús, es alguien excepcional, aunque también se le menosprecie. Véase su lectura de los números donde suele esconderse lo esencial, el orden y lo universal, y él pone en discusión, como también expresa una rebeldía con el mundo que puede ser la del mismo Jesús con su tiempo; mientras su madre lo adopta en una especie de arbitrariedad, tanto como su padre, Simón (que no son sus verdaderos progenitores y soportan su comportamiento infantil, cambiante, engreído, ya que por algo tiene solo 6 años); de lo que el pasado se desconoce y se trata de olvidar (hay un barco y una carta con datos perdidos, una responsabilidad tomada en lo filantrópico y humano), de dónde venimos, y es el camino de una averiguación en proceso elíptico.

Tiene un título tan jugoso que otorga muchas posibilidades, que resulta una audacia tremenda, de las que generan placer, y que lleva su toque irónico intrínseco, véase por donde se vea, haga romper miles de cabezas o enfadar a muchos ante la distancia, porque ¿quién puede desestimar que lleva de conceptual?, como que es interesante verlo como en el filme La última tentación de Cristo, o en la novela del griego Nikos Kazantzakis en que se basa, donde podemos notar que David/Jesús o el contexto que lo relaciona puede estar dubitativo de su origen divino (salvedad de la pérdida de memoria, o el eslabón perdido de su concepción etérea), encontrándose, reconociéndose, y enfrentándose de forma pedestre a varios parámetros terrenales (más allá de rarezas en la forma de vida, la sociedad, el olvido, la interrelación y la procedencia),  como que está en proceso de aceptar una vida distinta a la de un simple mortal. Recordemos que hay mucha libertad no habiendo registro alguno de ésta época desconocida, y es ahí que Coetzee pone un título trasversal, relativo, pero con ciertos vasos comunicantes que son el propio reflejo abstracto de lo que significa la literatura.

En cuanto a la lectura en si primero no deja de ser cautivante, entretenida, y segundo vista como aprendizaje del mundo es muy profunda, ya que pone en reflexión muchas cosas, incluso lo espiritual, la identidad o la humanidad misma, aparte de implicar ideologías políticas y sociales, habiendo mucho socialismo, y a su vez mezcla de ordenes sociales, como discusiones sobre el materialismo, lo superficial o el esnobismo, entre muchas otras, ya que filosofa incluso sobre la realidad y la apariencia como con las sillas y las mesas a las que remite un curso de actividades recreativas, poniendo en movimiento un mundo alternativo, imaginario, donde la gente es feliz, come sanamente, es muy disciplinada, no sienten importante la sexualidad o el deseo carnal, o no todo le es dinero, tras el andar de una pareja familiar que por un lado no deja de preguntarse por cada elemento importante y por el otro saberlo responder coherentemente, en un gran trasunto del propio Coetzee, y es que Simón es como un guía natural, habiendo -como le pasó a él- llamados a seguir al niño, que se ven casuales pero que pueden leerse de esa manera.

Es la historia de un padre e hijo, entre comillas, que se compenetran y comprometen (no obstante hay rabietas y desconocimientos del niño), llegan a un lugar llamado Novilla donde se habla español y lo están recién aprendiendo, renuevan sus vidas olvidando sus antecedentes, en busca de una madre para el pequeño, que intuitivamente esperan reconocer, cuando obtienen nuevos nombres y se instalan en una ciudad tan particular, tan diáfana, sistemática y perfecta, aunque no puedan adaptarse nunca del todo, y sigan errando por otros lares y volviendo a comenzar , como en un quehacer cíclico (producto de los defectos, los excesos, placeres, de la falta de esfuerzo o la vagancia, por mencionar algunos puntos; es decir, ser tan humanos), volver eternamente  a un punto de partida, hasta resolver algo, como en otro tipo de reencarnación, la trascendencia, el descubrimiento, la evolución mental.

Coetzee es ante todo un intelectual, uno que no habla remilgado ni yace fuera de lugar, se asume en su literatura, un escritor que hace fino el dialogo ordinario, lo hace ciertamente sublime, aun hablando de futbol o del Quijote. En el trayecto de lo seductor, fluido, impoluto, hasta haber rastros de inocencia (la aparición del Señor Daga, ¿el demonio?, o solo las malas y corruptas influencias de lo cool), conteniendo un pensamiento tras otro en medio de lo que parece un simple trayecto de continua adaptación al entorno (bajo las propias reglas), al trabajo, a la escuela, al hogar, a la familia, a los amigos y compañeros, a la sociedad, a la ideología, a la existencia.  

sábado, 9 de mayo de 2015

El día de la langosta

Nathanael West no fue un escritor popular, ni en vida recibió las delicias de la fama, como los personajes/perdedores del presente libro, con lo que se halla medio oculto en la historia literaria, pero habría que reivindicarlo mucho más, hasta popularizarlo, ya que escribió poco, pero hizo algo bueno, siendo sustancial y entretenido con aquellas historias de locura que tanto gustan hoy, donde cualquier cosa puede pasar, y todo desde la vida cotidiana, viendo que algún medio masivo hace de fuente o motivo de extravagancias, como el cine o la prensa. West escribió solo (principalmente) 4 novelas, aparte de ser guionista en Hollywood y hay que decir que no le fue tan mal ahí, aunque estaba destinado a películas de bajo presupuesto.

El libro entre manos trata sobre un grupo de perdedores que se asocian con una mujer de esas que nos hacen volvernos tontos, lentos y harto tolerantes con abusos, gastos y carencias, producto del estado de éxtasis y anhelo carnal, habiendo tantas posibilidades valga acotar, como bien dice una línea que reescribo en base a mi recuerdo (en un síntoma de goce, de asimilación). “Ella hablaba absurdamente pero su cuerpo como enterado automáticamente de ello exhibía movimientos sensuales rítmicos y naturales que hacían que los hombres nunca le perdieran el respeto, y no se rieran de ella, con las bobadas que articulaba tratando engañosamente de sobresalir, y ser amena.” Que me parece una descripción increíble, por lo didáctica y precisa que yace en el libro. Y así hay muchas, ya que Nathanael West es un escritor inteligente, que sabe dotar a su obra no solo de audacias sino siendo alguien que sabe observar al mundo, vivir y recrear el instante con profundidad. Caer en el punto.

La mujer del cabello platino y el cuerpo escultural se llama Faye, y es una aspirante a actriz, una simple extra, que no tiene ni donde caerse muerta, para lo que su belleza es tremendo gancho de subsistencia, incluso llegando a ser prostituta de alto vuelo. Viene de un padre que ha sido un cómico de teatro de baja categoría, pero que yace entregado totalmente, siempre lo cuenta, cuando actualmente está medio loco y enfermo vendiendo de puerta en puerta algún producto que pretende (miente) espectacularidad, y es que la mayoría lo está, le falta un tornillo, en una California donde la extravagancia más bien es lo normal, la ciudad de las naranjas y las olas, como también de la decepción, sobre todo tras el encanto de sus tantas promesas, de fama y dinero, como lo es la atracción del cine, por lo que todos vienen.

Vemos que los personajes lucen como cortados por la misma tijera, de alguna forma, es decir gente sobreviviendo, vagando, viviendo solamente el día. Sensualidad, embrollo, violencia, e interacción que dan la nota curiosa constantemente. Estando de guía Tod Hackett que quiere ser un pintor refinado, pero aun no empieza su sueño, entonces no le queda otra que trabajar en Hollywood en lo que puede, y eso es como diseñador de vestuario y pintor de decorados. Mientras solo tiene un esbozo de pintura llamado El incendio de Los Ángeles, de lo que las vivencias de la inclemente California y sus locuaces e hiperactivos amigos le darán la iluminación que aguarda. Nathanael West es implacable con la ciudad y sus personajes.

El grupo lo forman un enano díscolo, libidinoso y áspero; un mexicano pobre aunque con suerte con las mujeres, quien es un criador amateur de gallos de pelea (leeremos de una pelea sangrienta de estas aves, hasta los pormenores, West se empapa del tema y hace contundente el retrato del latino, hasta lo políticamente incorrecto que asoma, pero que a pesar de ello busca siempre el equilibrio); un vaquero guapo, engreído, remilgado y bueno para nada; y en especial Homer Simpson, del que se dice inspiró tanto como su propio padre a Matt Groening, creador de The Simpsons. Homer es un tipo cargado de ansiedad, timidez y tics, hasta parecer retardado de lo buena y humilde persona que intenta ser, y del que Faye y todos suelen aprovecharse.

El día de la langosta es el deambular de criaturas salvajes, mayormente fuertes, actuando como tales, metiéndose en conflictos y ocurrencias, por el deseo de posesión y de mejor vida, sin importar si es que lo merecen, tomándolo, cuando no pretenden ser tan llamativos, simplemente son así por las circunstancias y la libertad de la poca meditación, el actuar por instinto, como niños malcriados, rebeldes, cargados del ánimo de la aventura y la insolencia que esta requiere. Y es ahí que Hollywood, La Gran Depresión y California hacen su jugada maestra como escenario.

Miss Lonelyhearts

Escrita por Nathanael West que se le asocia con la Generación Perdida, y en especial con la literatura de Francis Scott Fitzgerald, que además fue su amigo, al punto que yendo a su entierro, en el apuro y con lo mal conductor que era, sufrió un accidente automovilístico y murió junto con su esposa, cuando contaba con tan solo 37 años de edad.

Sus novelas más aclamadas, sobre todo póstumamente, son Miss Lonelyhearts (1933) y The Day of the Locust (El día de la langosta, 1939). La que nos compete en esta oportunidad es una obra bastante dura, como es el estilo de West, tanto como enérgica, intensa y en buena parte rocambolesca. Trata sobre un periodista que responde cartas de gente que se queja de sus conflictos, penas y problemas diarios, que envían a un periódico al sobrenombre de Miss Lonelyhearts,  el único nombre con el que lo conoceremos, por lo que odia su trabajo, y suele estar deprimido o apunto de renunciar, más cuando su jefe Willie Shrike que es su amigo suele burlarse de él y de su disgusto.

En medio del fastidio y lo deprimente que le es leer sobre la vida miserable de la gente, como si pudiera sanarlos con algunas palabras de aliento o misticismo verbal (cuando es contaminado), busca formas de escape, sentido y relajación, pero por más que lo intenta no puede conectarse con Dios, para sí y sus lectores como salida, por lo que lo más fácil y efectivo le resulta irse de juerga y ser mujeriego, incluso acostándose con una mujer que está casada con un viejo tullido y enamorado que ella repele, la que le ha comentado sus desgracias por una carta, y no es tan agraciada; o con la esposa de Shrike a la que manosea pero no logra llevar a la cama. Todo lo que resulta un viaje o búsqueda por la paz mental (ayudado ocasionalmente por su prometida), en medio de su comportamiento impredecible. Para lo que Nathanael West no se cohíbe de nada, y suele ser frenético, tanto como descarado, y potente en su escritura, que no guarda ningún miramiento a la hora de contar algo violento o esperpéntico, habiendo en su literatura siempre de aquello. Ya decía el escritor John Dos Passos que West escribía novelas como puños. Y es que hay que recalcar que puede ser algo chocante, en su realismo, como narrador.

Miss Lonelyhearts es un libro breve, escueto, pero no esquemático, con cerca de una centena de páginas, sin embargo está cargado de expresividad, en una muy buena redacción, que parece haber sido escrita como si uno hablara, en el buen sentido, el de una estética competente, en forma natural, cautivante y elocuente aunque impactando. Y aun siendo tan fluido y no demasiado grueso, alberga su cuota de densidad narrativa y profundidad, tanto como de emotividad, ya que uno puede sentir el trabajo del protagonista, uno que lo absorbe y lo define en la época de la depresión americana de los 30s, en el brillo del agobio, habiendo una lucha por salir indemne, hacia adelante, no verse afectado, en lo que todo se centra en explotar este lugar, con un sentido del humor ácido, con intelecto, un aire culto pero tranquilo, sin ningún tipo de esnobismo (West entre amigos se jactaba de sus lecturas, leyendo desde muy chico las extensas bibliografías de grandes autores), y una voluntad clara de llegar al lector con furia, donde siempre habrá una sorpresa a la vuelta de la esquina.

viernes, 8 de mayo de 2015

La habitación azul (La chambre bleue)


“La vida es diferente cuando la vives que cuando la cuentas después”

Presente en Un Certain Regard en Cannes 2014, ganadora de mejor director en el festival de Mar del Plata del mismo año. Película dirigida por el francés Mathieu Amalric. Adapta la novela homónima de Georges Simenon.

Este filme de apenas hora y quince minutos empieza con un gran misterio que dura cerca de media hora, ¿de qué se le acusa a Julien Gahyde (Mathieu Amalric, que por algo es llamado recurrentemente en el cine de autor)?, en un contraste potente entre la comisaría y el pasado, uno que no revelaré específicamente para que guarden ansias con la presente película y puedan apreciar esos bellos treinta minutos primeros, que son el fuerte, el tope máximo, del filme, que luego se revela con un aspecto/tono casi clínico, aunque no del todo apagado, en lo que exige un proceso, cargado de mucha información secundaria que entrega y construye pedazos de lo que habrá que imaginar y deducir para llenar todo la figura y las circunstancias, aunque lo prioritario raya en la sencillez argumental.

Julien yace disfrutando, o mejor dicho lo ha hecho, de unos momentos cargados de hedonismo, de lujuria, libertad, paz, riesgo, de dejarse llevar, y eso describe la esencia de este cine negro, primero pasional, efervescente, estético, luego neuronal/burocrático, un poco seco, aunque sin ser matemático o enredado, ni del todo abrumador o frio como nos puede hacer pensar el “ubicuo” azul del título que remite más a una segunda parte del filme en la que se sobrelleva tristeza, ya que contiene una cara de pesar, tanto como de locura, un halo emocional, que se maneja delicadamente debajo de la estructura formal que va indagando, descubriendo y resolviendo, en un quehacer vaporoso, como la otra cara de la moneda, tras lo (eternamente) efímero, la llegada de la responsabilidad, la culpa, el castigo.

Nos ubicamos en el presente en que se le investiga e interroga a Julien que está arrestado en la estación de policía, y lentamente a través de fragmentos, recuerdos y flashbacks que parecen estar solo en su cabeza (en una relectura), es decir no toda la información queda al descubierto, incluso aparece la mentira, vemos dos partes de una vida común, una haciéndose el desentendido y afectuoso con su esposa, pero honesto y ligado con su hija engreída (notando la distancia conyugal, bien dibujada en aquella escena en la cama matrimonial donde el marido se queda mirando insomne en tensión), y la otra que es el eje de la propuesta, donde es amante de una mujer casada, a quien conoce desde la infancia, Esther Despierre (Stéphanie Cléau, actriz novel, una mujer de rostro maduro, de solvente y bella espigada figura) con quien vemos sensualmente, continuamente desnudos –como en aquel pubis y vulva que parecen hacer flotar al protagonista en la justificación del no pensar, en una oda intensa a la belleza femenina, y sus consecuencias- o en diálogos donde Esther se muestra en pleno sueño maravilloso y no esconde su obsesión y admiración, mientras él parece simplemente gozar de su cuerpo, y es que poco sabremos de las verdaderas intenciones de Julien que guarda celoso silencio durante la trama, pero deja ver en un exabrupto que no está tan entregado como su amante, en un pecado producto del agotamiento, y la monotonía de un zona donde la gente se conoce; vemos que la esposa de Julien aprecia al farmacéutico esposo de la amante, y se dice que hay habladurías sobre ellos.

Se revelará en la dura realidad un monstruo, la fascinación, hasta mensajes y líneas dementes tergiversando lo evanescente, la fantasía, el deseo, el cuerpo, la inconciencia. En una definición de la desilusión y lo macabro.

El país de las maravillas (Le meraviglie)

El segundo filme de la italiana Alice Rohrwacher se alzó con el gran premio del jurado en el festival de Cannes 2014, segundo lugar tras la palma de oro, y el de mejor guion en el festival de Mar del Plata del mismo año, en que el meollo del asunto trata sobre el crecimiento de niña a mujer de su protagonista, Gelsomina (maravilloso debut de Maria Alexandra Lungu), que vive en un espacio rural en una pequeña población en Umbría, Italia, con un padre posesivo y autoritario llamado Wolfgang (que destaca imponiendo figura, Sam Louwyck) con quien tiene una pequeña batalla silenciosa, ya que el progenitor la ve como el hijo varón que no tiene en una familia de 4 hijas, siendo la mayor, de la que parece esperar que ella siga con su trabajo en el campo, en un mundo que parece estar a punto de desaparecer por esa omnívora modernidad que lo absorbe todo, tras la preocupación que generan verificaciones e intromisión estatal, uno de tantos problemas. Escúchese el presagio que dicta Wolfgang a la cámara de tv de un reality (aplicado a la búsqueda del mejor grupo familiar de trabajadores artesanales de la zona) que involucra a todos los lugareños y a la emocionada Gelsomina, de que se acerca un apocalipsis de lo pastoril, que destruirá el sueño y la pasión de Wolfgang, que trabaja especialmente con la apicultura, produciendo y vendiendo miel, con la ayuda de sus retoños, su esposa Angélica (Alba Rohrwacher) y una mujer llamada Cocó (Sabine Timoteo, que invoca cierta vulgaridad y ruda sensualidad), aunque Gelsomina ya con 12 años quiera más seguir a esa mujer extravagante y bella del programa de televisión, en la interpretación de Monica Bellucci, en un llamado de la femineidad, y lo que ello significa, irse.

Nos contextualizamos en un “paraíso” que está luchando por no desaparecer, como señalan aquellos gritos de Wolfgang que intentan imponer (su) orden, en lo que luce un velado canto desesperado (relajado con momentos familiares, especialmente estar echados todos juntos a la intemperie, aunque haya sus conflictos entre ellos, por dinero, trabajo, responsabilidades o placeres), mientras Gelsomina parece dar la sensación de sentirse metida dentro de un pequeño espacio, y quiere volar hacia otras cosas, aun siendo pequeña. Tomemos de punto la interrelación con el niño raro que no quiere que lo toquen y que parece autista, y ella comprende, a través de una exhibición de juego, ternura, de infancia aun, pero que ya depara/vislumbra el futuro como mujer, el romance, la aventura, al mismo tiempo que las decisiones de la adultez, ya que Le meraviglie es una mirada premonitoria en varios sentidos.

Por su parte el programa con aire mitológico y vestido romano tiene también su peso determinante en la protagonista, a pesar de su superficialidad, representa la válvula de escape a otra forma de vida. Viendo como la opción lógica se ve muy clara, si tenemos al padre parecido a una dictadura, aunque igual siempre será cuestión de un vuelo, donde no falta la voz de la libertad que yace a la vuelta de la esquina, si bien como con la llegada del simbólico camello (que parece algo salido del realismo mágico, semejante al hielo que llega a Macondo; lo propio de un circo, pero más un elemento fuera de lugar, aunque se entienda en un sentido más cercano a uno), esté la mirada de un padre hacia la niña de sus ojos, de lo que en medio del enfrentamiento con el patriarca sobrevive la valorización de la dulzura y el amor de una simple palabra: papá, que ata a un punto e implica esfuerzo, voluntad; y en ello Alice Rohrwacher muestra mucha sensibilidad (notemos cuando la niña se enternece, piensa maduramente, con el regalo paterno), que yace en toda la película, habiendo también carácter, o necesidad de tenerlo, en una propuesta que está muy cuidada, que es delicada y sutil, en el retrato autoral de un mundo de mujeres, por encima de contar a la directora (teniendo en cuenta que dependiendo se puede esquivar definiciones a priori), pero que aun así sabe ir más allá del género, o mejor dicho, hacerse igual de interesante para los varones, en medio de la apicultura, la ganadería, la agricultura, la dura y ruda labor del campo, que genera un equilibrio, gracias a la atmósfera.

Es notable aquel sencillo acto de poner una abeja en la boca y verla moverse por la cara de uno desde la apacibilidad, ya que no solo es bello, designa pensamientos, hasta una estética de emotividad que indica el conjunto, siendo la apariencia de la simplicidad y hasta un poco de la tontería en lo que pretende ser maravilloso, aduciendo el respeto y estima por la labor del campo, que perdura en la trama a pesar de todo, de lo que no asoman las fuertes posturas ni los caminos únicos, sino los tempranos, los humanos, y la dedicación y la austeridad que conlleva sobrevivir en lo rural; a la par que como filme piensa en las prioridades temáticas, que no solo sea lo mítico (que inclusive en la presente pasa a ser anecdótico, como con la mención de los etruscos y los milaneses), sino lo próximo, la humanización.