domingo, 24 de junio de 2018

En legítima defensa (Quai des Orfèvres)


El título original hace referencia al sobrenombre de la unidad de investigación criminal de Paris, nombre lógico cuando se centra el filme en una investigación, con un inspector bastante genial, el inspector Antoine (Louis Jouvet), que es muy perspicaz, imponiendo presión, recorriendo los lugares implicados, entrevistando sospechosos, haciendo preguntas afiladas. Se centra en tres sospechosos, que contienen amores entremezclados, incluyendo un secreto lesbianismo, un amor imposible, como lo adjudica una frase ingeniosa de Antoine.

Uno de ellos es el marido celoso, el bueno de Maurice Martineau (Bernard Blier), pianista que muere de amor por su mujer, la que le da dolores de cabeza con el uso de su sensualidad para lograr ascender como artista. La segunda es justamente ella, apodada Jenny Lamour (la encantadora Suzy Delair), que es pícara pero jura ser fiel, y demuestra amor por su marido. La tercera es la fotógrafa Dora Monier (Simone Renant), amiga leal e incondicional de ambos.

El asunto es muy sencillo, pero muy rico, un hombre viejo y jorobado dueño de muchas empresas, adinerado, Georges Brignon (Charles Dullin), es un viejo verde y suele buscar jovencitas para pasar el tiempo. De esto que tenga especial fascinación por la sensual y provocadora Jenny Lamour que suele juguetear con los viejos, entusiasmarlos, y la invita a una cena a solas, sabiendo que es casada. Pero eso no le importa a Brignon. Ella quiere dársela de lista como siempre -seducir, conseguir algo y luego fugar- pero le sale mal la jugada. Termina golpeándolo en la cabeza con una botella de champagne.

El marido se entera de la cita y tras haber lanzado una amenaza directa va a matar al viejo, pero se topa con que ya está muerto. Por último Dora trata de cubrir a su amiga y se presenta en el lugar del crimen. Por todo lo mencionado los tres quedan incriminados tratando de esconder sus pasos ante las pesquisas, de la audacia investigativa de Antoine. El director Henri-Georges Clouzot como en su obra El asesino vive en el 21 (1942) hace unos interrogatorios jugosos, mejorando todo lo decente de ese filme predecesor.

El filme juega sus cartas a la vista, por un lado está el investigador tratando de resolver el caso con nuestro conocimiento y por el otro los implicados queriendo no ser descubiertos. Tanto Jenny como Maurice creen que son culpables, Dora simplemente los ayuda, pero no le importa quedar como cómplice o hasta como culpable. Tras éste momento criminal se despiertan los afectos, se transparentan las lealtades y las prioridades sentimentales. Es un poco película romántica, aunque predomina la tensión policial.

Quai des Orfèvres (1947) tiene momentos musicales hermosos de la mano de Suzy Delair que como Jenny Lamour trabaja en un music hall, un teatro de espectáculos. A su vez tiene diálogos muy agudos y otros emotivos. También tiene un desarrollo que agrega una pizca de misterio y se resuelve sin ser predecible por más que juega con las cartas a la vista. Es ingeniosa la lucha entre ocultar un crimen y ser perseguidos por la policía.

Es un filme rico en sentimientos y en acciones, por igual, otorgándose una belleza muy clásica, con la inteligencia de un Clouzot que sabe manejar muy bien lo escabroso y ser sutil. Marca de la casa, mostrar elegancia, pero tratar todos los temas –no tergiversar la realidad-, como los propios del crimen pasional, maestría que vemos profundamente en La vérité (1960). Quai des Orfèvres tiene gran ritmo y cada pieza es espectacular, tiene su toque duro, del mejor noir, y una fragilidad secreta, una entrega por sobre lo racional.

La verdad (La vérité)

Los filmes sobre juicios suelen ser pesados, pero éste escapa a ello cuando vemos de donde vienen las justificaciones para acusar o defender a una criminal, Dominique Marceau (Brigitte Bardot), que ha matado al novio de su hermana, al músico Gilbert Tellier (Sami Frey). El filme cautiva cuando pivotea el presente con flashbacks sobre la vida de Dominique, y conocemos su manera de comportarse, quien es y que la ha llevado a matar a Gilbert. Se genera una gran dinámica de complemento mutuo entre los fashbacks y el juicio con la genial interactuación entre el abogado acusador (Paul Meurisse) y el abogado defensor (Charles Vanel) y los testigos. Ella es una mujer fácil digamos, que inclusive llega a practicar la prostitución. Dominique es una mujer alegre y deseosa de aventuras, de vivir la vida como una fiesta, pero todo el mundo le hace ver su mal comportamiento, salvo su banda de alegres jóvenes.

Un día Gibert, un muchacho formal, queda flechado y corteja a Dominique, cae en su red, producto de un baile de trasero desnudo debajo de la sábana. En ello Bardot es la reina de la sensualidad y la provocación en estado de simpatía y buena vibra. Ella no cae en lo vulgar por más que su cuerpo es el centro del asunto. Pero la hermosa Brigitte Bardot es mucho más que su sexy cuerpo y cómo hacerlo un imán, por más que se le encasille como sex symbol. Ella tenía talento para la interpretación, y ésta película de Henri-Georges Clouzot es la prueba fehaciente, su mejor actuación, la más exigente, aun cuando no escabulle su sexualidad a flor de piel, pero trasciende por su dramatismo.

El filme pone a la alegre Bardot como una mujer que hace sufrir a Gilbert, muchacho que le insiste y la persigue, busca que le sea fiel. Pero esto luego cambia, Gilbert se enfurece con ella y se venga de tanto maltrato, dice nunca haberle querido, chocando con su imagen de chico bueno, sensible y aguantador. Dominique es una mujer que finalmente se enamora de él, lo convierte en su héroe, tras tanto libertinaje, pero el karma le pasa factura. En ello Bardot es maravillosa, afín a su imagen de mujer intensa, feliz, radiante, subyugadora, sólo que aquí no le funciona a su personaje, vive chocándose contra un muro tras otro, lo que propone mucho dramatismo, mucho llanto y decepción.

Es una película finalmente triste, que critica la libertad absoluta, con una muchacha que todo le sale mal cuando pretende ser una especie de hippie. Clouzot empieza con un filme que ve por los pormenores intrascendentes hasta ir aumentado el interés y crear tremendo background de la personalidad de su protagonista. Bardot sostiene todo plenamente, con una mujer que llega a renegar de sí misma, pero antes hace lo que le da la gana. Es una crítica a la sexualidad sin meditación y la dificultad de formalizar cuando hemos hecho mucho daño. Ésta película puede verse como la otra cara de Manon (1949), ambas con féminas poéticas compartiendo un fuerte vínculo por un ser a quien al final se le demuestra amor verdadero.

El asesino vive en el 21


Una película Whodunit, con Monsieur Durand, un asesino en serie, por descubrir en un hospedaje sencillo. Dirigida por Henri-Georges Clouzot que agrega comedia a su película, cosa que luego quitaría en sus subsiguientes obras e hizo muy bien. Pero felizmente la comedia no arruina el interés de una buena película de crimen y misterio.

El inspector Wens (Pierre Fresnay) tiene su encanto, pero tampoco es demasiado atractivo como investigador, no es tan memorable. Como película debut es una obra humilde, buena, pero no tan genial. No obstante tiene sus virtudes. En el hospedaje tenemos varios sospechosos interesantes. El manejo de Monsieur Durand es entretenido, un asesino en serie que deja tarjetas de visita en sus crímenes.

Arranca con la cámara subjetiva por las calles persiguiendo a un hombre borrachín que ostenta mucho dinero recién ganado en la lotería y se iba de bar en bar. Se ve estupendo como séptimo arte como el hombre alcoholizado trata de huir muy lenta y torpemente. También son maravillosas las líneas de dialogo que suele llevar una película de Clouzot, al igual que su parte musical, excelentemente tratada con la voz de Suzy Delair como Mila, la pareja graciosa de Wens, la contraparte de buen humor y simpatía.

La resolución tiene su toque ingenioso, porque solemos pensar de cierta manera natural e inmediata y el filme manipula esto, presenta una carta novedosa al pensamiento común. El filme genera buenos despistes de quien es el asesino en serie, aunque esto se resuelve sin demasiadas vueltas que dar, propiciando más bien placer por los acontecimientos prácticos que por querer quebrarnos la cabeza.

El  movimiento que genera la investigación y los sospechosos cumple a cabalidad. Todos los posibles culpables son curiosos como manda el clásico Whodunit inglés. A esto se le suma un humor ligero que se pega favorablemente, aun cuando uno suele preferir seriedad en los filmes de misterio. El asesino vive en el 21 (1942) es un buen divertimento.

miércoles, 20 de junio de 2018

La soledad del corredor de fondo


Lo mejor del filme se concentra en una chispa, en la sonrisa de un outsider, del que rechaza el statu quo, la subyugación, por un pequeño, poético y efímero triunfo, contra la fuerza de los poderosos, de los que rigen el mundo. Todo esto parte de algo reprochable, un acto criminal, un joven roba por inmaduro, por querer tener dinero para divertirse con su novia y amigos, y termina en un centro de disciplina.

El protagonista y joven criminal roba una panadería, más que por hambre por querer tener para divertirse. Se llama Colin Smith (Tom Courtenay) y es llevado a una escuela para delincuentes juveniles. En éste lugar descubre que tiene mucho talento para el atletismo, la carrera de larga distancia, y esto lo hace ver con gran favor del director del centro de detención, que pronto pondrá a prueba a sus internos en una competencia inter-escuelas.

Mientras estamos en el presente de la detención presenciamos la vida de Colin poco antes de caer preso, como llegó hasta éste lugar. Colin no es un criminal en toda la palabra, no es un tipo desadaptado ni violento, tampoco un bruto. Por raro que suene Colin es una persona con convicciones aunque un joven aun no del todo maduro. Colin no ambiciona riquezas, ve el dinero como algo útil simplemente, como cuando su padre muere y él muestra un desapego por la gran cantidad de dinero que recibe su madre del seguro paterno.

El padre de Colin fue un burro de carga, un hombre explotado hasta la extenuación, un hombre muy trabajador y pobre, Colin sabe que la vida es pesada y que a los hombres los consumen las necesidades y responsabilidades, el orden de las clases sociales. Colin ve tal cual la situación social del mundo en ese microcosmos de esa competencia de atletismo, en como lo entrenan como caballo de carreras, frente a la mirada de recelo de la manada, que aceptan su condición de cierto privilegio entre comunes, pero con cierto fastidio.

Colin no es un hombre de grandes actos –no hasta cuando reflexiona- ni sublimes palabras aunque se ve alguien inteligente. Tiene también sensibilidad, dentro de cierto hermetismo, machismo y sencillez, como con entender la vida de su progenitor –un obrero de carácter fuerte- con quien guarda distancia en la práctica –es algo más de meditación- y verlo amar a una chica linda y pasear por lugares bonitos con ella, olvidando la realidad del mundo, pero que al final lo llega a alcanzar y lo lleva a la correccional.

El protagonista no es el típico criminal, ensimismado en el mal o perdido en la corrupción, pero sí es característico de su edad, y en algo más esporádico y propio de emociones encontradas, como la falta de empatía con la madre, donde ella está en segundo plano en sus sentimientos por convenciones, contrarias al feminismo que se enarbola hoy en día, y por sumar un reemplazo rápidamente al difunto, el del padrastro autoritario, cuando Colin es rebelde y anhela la absoluta libertad en un mundo típicamente restrictivo.

Es especialmente gracioso cuando finalmente se descubre donde yace el dinero robado, y enternecedor cuando Colin comparte con una chica dulce y muy de a pie sus momentos de ocio, que yacen combinados con el ritmo, simpatía y magia cinematográfica de aquellas escenas en que lo observamos corriendo por lugares rústicos con un poco de libertad, jugándose su participación en el mundo, pasando revista a su existencia, a lo que tiene vivido y aprendido, que hace de punto de meditación de quien quiere ser o sueña ser, y no es un llamado a la criminalidad, sino a algo evolutivo, pero paradójicamente con mucho parecido, expuesto sin romanticismo, sin lo bonito o aparente, sólo es un destello de gloria.

La soledad del corredor de fondo (1962), del británico Tony Richardson, es una película de las más representativas del movimiento free cinema y de la filmografía del mismo director, cine social armado tras una buena ficción, un buen espacio de reflexión con mucho más que lo evidente, un filme con belleza narrativa, estética en los escenarios urbanos y campestres y protagonistas que se ciñen a la clase humilde o trabajadora espléndidamente retratados. Ciertamente es un filme algo convencional –aunque representó una cierta revolución como parte del free cinema-, cine social al fin y al cabo, pero muy valioso hasta la actualidad.

Los espías (Les espions)


Es una película intrincada que luego se resuelve bien y se entiende perfectamente, que también tiene una constitución muy paranoica. El protagonista es el doctor Malic (Gérard Séty), un psiquiatra que desesperado por mantener solvente su centro de descanso médico acepta esconder a un espía, llamado simplemente como Alex (Curd Jurgens). Esto desencadena mucho juego, que contiene mucho de teatro del absurdo y humor negro, alrededor de la guerra fría.

Cada acción parece un disparate y todo un enredo en quienes son los espías, a donde pertenecen, si a EE.UU., a la URSS o trabajan al mejor postor. Para ello el doctor Malic nada en cierta ambigüedad de estar demente, y ve en su casa gente extraña apoderarse del lugar de sus empleados anteriores, conocidos o de confianza, que entran al trato de las traiciones. Sin mucha justificación se aceptan muchas cosas absurdas y así se despliega la mayor parte de la película, en un estado medio psicológico y otro de aventura e intriga de espionaje.

Por ratos el filme pareciera ser sarcástico con el thriller, y quizá atentar contra ese sobrenombre que le pusieron algunos al director del filme, a Henri-Georges Clouzot, del Hitchcock francés. Y de paso ansiar una genialidad del género. El filme tiene muchos giros e imprevistos, ataques y contraataques, desde puntos impensados y muy libres pero finalmente coherentes. De algo tan pequeño como dar asilo a alguien se da mucha intriga y suspenso. El tono no es muy serio, es de exageración, pero presenta un humor de cierta manera escondido.

Los espías (1957) tiene a Véra Clouzot con un rol irrelevante, como una paciente de Malic, ésta se presta para llamar la atención, pero no representa mucha gracia. Éste filme no es muy conocido ni celebrado, parece una anomalía en la filmografía de Clouzot, pero no es una mala película, es interesante, te mantiene con curiosidad, aunque uno no la tome en serio, ya que se toma con mucha gracia tanta importancia a la guerra fría.

También tiene un despliegue original de tanto espía junto como perro, gato y ratón, de tanta plasticidad y flexibilidad en su interactuación, en cómo compiten por lo que parece un pretexto bastante básico, en cómo terminan justificándose después de tanta locura.  Es un filme bastante teatral, fácilmente puede llevarse al teatro, en su mayoría yace en un único lugar, la casa de reposo del psiquiatra, donde el sótano se mezcla con el bar.

Hacen ver a todos los personajes raros, no es un filme para todo el mundo, es complicado de agarrar el humor que plantea, y el juego de espías con su absurdo no encasilla en el thriller habitual, aquí las muertes son muy artísticas, no hay mucha bala de por medio, no hay espectáculo de acción, hay un toque muy clásico, refinado, aunque con humor. Pero por todo esto es una novedad como película, un lugar imaginativo, sin tampoco sobredimensionarla.

domingo, 17 de junio de 2018

Une femme douce


Una mujer hermosa, pero pobre, Elle (Dominique Sanda), visita a menudo a un prestamista, a Luc (Guy Frangin), y éste queda enamorado de ella, busca conquistarla, ella lo rechaza, pero finalmente accede y se casa con él. Basada en un cuento de Fyodor Dostoevsky la película de Robert Bresson nos habla de una mujer que nunca será feliz. El arranque lo señala, vemos que se acaba de suicidar, se ha tirado por el balcón de su apartamento.

El que cuenta la historia, en flashbacks, es Luc a la criada, mientras Elle yace muerta sobre la cama con un pequeño hilo de sangre en la frente. Luc rememora todo el amor que sentía por ella, estaba enloquecido por Elle, y como ella se aisló en el silencio, metida entre sus discos y libros, manteniendo un estado de insatisfacción y rebeldía hacia él. En un momento puede la mujer engañarlo, y no lo hace. Supone una cierta incógnita, pero Luc entiende que rechaza al hombre en última instancia. Luc llevaba un arma, pensaba dado el caso matarla, luego ella tiene la misma posibilidad, y esto genera una distancia lógica entre ellos.

El filme de Bresson no especifica la razón de la infelicidad de la mujer, como todo su cine es austero, mínimo, de pocos diálogos, de acciones muy concretas y sencillas. El filme pasa revista a la mirada de Luc, y de ahí hay que sacar conclusiones para saber cómo fue ella, que sentía. Esto, desde luego, es una mirada parcial, incompleta, y puede que distinta a la realidad en sí, pero es interesante para ver como el hombre adoraba a ésta mujer que nunca le correspondió en realidad y que prácticamente vivió obligada a él, puede que por su pobreza.

Se observan pequeñas fallas en él que apuntan a esa falta de amor. Una es su manera de adorar el dinero y de ser tacaño y abusivo con quienes atiende como prestamista, que incluye recordarle que ella si no fuera hermosa y la amara la hubiera tratado de la misma manera. Hasta le recrimina su soltura cuando lo ayuda en su negocio. Otra son sus celos y desconfianza que lo llevan a querer matarla y ella a intentar vengarse. No es mucho entre manos, pero va sumando en el escenario. Otro punto que se ve es la soledad y estar encerrados frente al otro, en un momento ella hace ver que solo estarán ellos y pregunta si todo seguirá igual.

Cuando ella se encomienda a él tras perdonarse, promete amarle y respetarle, al poco tiempo viene el impremeditado suicidio. Es un claro mensaje de que ella no quiere deberse a él, pero como es una mujer integra no intenta engañarlo, o lo hace y luego se arrepiente, o puede que tema que él ocasione un crimen. No siente tampoco el deseo de dejarlo o lo cree imposible. Hay la puesta en práctica de obligaciones que resultan lógicas en ciertos cánones, pero que consume a la persona, esto se puede leer como una crítica a convenciones cristianas.

El filme nos habla de no querer a alguien y que se nos obligue a mantenernos junto a esa persona. Elle es objeto de adoración, es el centro del mundo de un hombre, y presenciamos como en la práctica, al comprarla quizá, hace que al tener el objeto lo destruya. Pero desde el arranque esto está presente. No es lo mismo anhelar que ser, tampoco. La mujer al parecer no se tiene en el mismo estándar que el ente adorador. Ella ante sus propios ojos es mucho menos que lo que ve el hombre, es una mujer humilde, abocada a la inteligencia, por hermosa que sea. Elle a todas luces parece un ser enfermo en distintas maneras, también.

Van conviviendo en ésta incomunicación, en estos eternos silencios, en un estado de cierta pasividad y sentido del destino, a través de un panorama sencillo, algo inexpugnable, cuando esta película pudo ser más artificial, más llamativa o mucho más efectista. El filme prefiere el misterio, la duda, la depresión secreta, el desamor. Bresson escoge actores en su primera actuación, pero Dominique Sanda logró trascender, tras impresionar en su debut, y hacer una carrera con títulos memorables como El jardín de los Finzi Contini (1970) o Novecento (1976).

Cuatro noches de un soñador (Quatre nuits d'un reveur)


En el Pont Neuf, Jacques (Guillaume des Forets, en su gran debut y despedida de la actuación, como acostumbraba buscarlos el director) salva del suicidio a Marthe (Isabelle Weingarten, recordada más tarde por La mamá y la puta, 1973) y queda enamorado de ella. Es la mujer que ha estado buscando el enamoradizo Jacques, que ve pasar mujeres hermosas y las sigue en silencio sin saber abordarlas. Y hace igual, no declara su amor a Marthe quien sufre por amor. Ella iba a encontrarse con el ser amado tras un año de separación y promesa de reencuentro, pero él ya está en Paris y no acudió a su cita, lo que la impulsa al suicidio.

El filme de Robert Bresson es una historia romántica basada en el cuento Noches Blancas de Fyodor Dostoevsky. Bresson hace un clásico del romance, una historia que parece que uno ha oído mil veces y sin embargo se muestra tan hermosa. Es también una historia que Bresson moderniza. El soñador Jacques se graba en audio y escucha sus declaraciones de amor, repite hasta el cansancio el nombre de Marthe, es un poeta, un hombre de amores platónicos. Pero también Bresson lo hace despierto, cuando puede tocar a Marthe.

Marthe se mira en el espejo desnuda al son de una canción en portugués. El filme de Bresson tiene ese encanto y magia lírica, la música acompaña en momentos claves. Un crucero pasa cerca de la pareja y se oye música brasileña o portuguesa, brilla el amor en el ambiente. Esto simplifica la lección de romance, la falta de declaración de Jacques, que como amigo trata de que Marthe sea feliz y vuelva con el hombre amado, aun a expensas de su amor secreto, aunque bastante obvio, salvo para la distraída Marthe.

Jacques es pintor y un joven en desarrollo y autodescubrimiento, Marthe una chica deseosa de salir de la monotonía, del hogar materno. Asunto que a ella la acerca con el hombre que dice amar en total devoción y primero rechazar –hay pocos elementos en la práctica de ese amor tan fuerte-. Pero hay de por medio una sencilla pero potente escena romántica, dos figuras reticentes a dejarse ver se espían tras las puertas y un pequeño pasadizo.

Bresson inspirado como el mejor de los poetas hace de Jacques su pequeño alter ego. Él sufre silencioso por no hallar el amor, como joven apasionado, y lo vuelca en el arte, un espacio de libertad, de espíritu hippie, como con cierta música en inglés que llegamos a oír o ver en músicos callejeros. Repite en el transporte público su sencilla pero contundente y simpática grabación, oímos el nombre de Marthe repetido hasta el unísono, es poesía en el aire.

Los lugares en los que se encuentran son muy primarios, calles parisienses, cafés, habitaciones, una sala de cine –donde el hombre amado produce una inocente venganza, una crítica-, nada del otro mundo, todo muy cotidiano y llano. Es la sencillez de una puesta en escena que nos remite a cualquier pareja. La trama son las 4 noches de amor secreto de Jacques repitiendo el nombre de Marthe como eje.

Es una película muy esencial, sumamente simple, pero agradable así, una que reconocemos fácilmente. Los protagonistas se ven comunes, no lucen de ninguna manera excepcionales. En ésta película está la naturalidad y el ascetismo clásico de Bresson en una muy clara representación, una película humilde sin exacerbar la melancolía por más que se hace cargo de suicidios, rechazo, abandono y un quehacer platónico. Es la vida tal cual.

Maurice Pialat


La infancia desnuda (L'enfance nue, 1968)

Un niño terrible, Francois (Michel Terrazon), es cambiado de hogar en hogar de adopción producto de su mal comportamiento, su rebeldía y crueldad. Mata gatos, roba, rompe todo a su paso sin razón, se pelea con sus amigos de colegio, anda con los peores niños y hasta con jóvenes, entre otras cosas -no todo se ve, se hacen menciones-. Cuando llega al hogar de los abuelos Thierry uno cree que se enmendará, pero ésta no es esa película, tampoco Pialat hace de Francois un monstruo total, tiene espacio para algunos afectos, como el que siente el niño por la más vieja de la casa, generándose también ternura. Hay ratos en que Francois se muestra muy cariñoso, pero rápidamente vuelve a lo mismo, rompe con la tranquilidad, apunta a ser un criminal, un desadaptado. Lo misterioso del filme es que no sabemos porque es así el niño finalmente, porque no se rinde al amor de los ancianos. Pero puede que lleve un gran dolor secreto, que no llegamos a ver. Puede ser el sentir de que lo van a volver a abandonar el que yace en su psiquis o es el quehacer de la inmadurez. El filme hace uso de actores no profesionales y le queda muy bien. Francois apenas pronuncia palabra, lo que produce más misterio sobre su comportamiento impetuoso. El ser hijo adoptado puede generar agradecimiento, generar amor al verse uno amado, pero también rechazo hacia uno mismo y esto en reflejo hacia los demás. Francois es un niño perdido, denota que no sabe muy bien porque actúa así en su última carta, es bastante inconsciente, en medio de esa mezcla entre cierta sensibilidad y actos repudiables, clásico estilo de Pialat, aun en su debut en el largometraje de ficción, en una labor mucho más extrema que la de Los 400 golpes (1959). Lo de matar a un inocente gato ciertamente genera odio y escozor, y cómo lo expresa el niño. Luego lo vemos compartir con la anciana y se genera un contraste arduo de procesar.

Loulou (1980)

Una película que se puede leer como la muestra de dos contrincantes, la época hippie versus la calidad de burgués, la libertad versus la sofisticación. El burgués con su selecta música clásica, su buena literatura, un gran trabajo y un piso acomodado lo representa André (Guy Marchand), el marido, porque ésta es una historia de infidelidad, abandono y amor. El hippie lo representa Loulou (Gérard Depardieu, en toda su época de esplendor físico), como un hombre que vive la vida en la calle, libre, sin ataduras, un tipo seductor, potentemente sexual, mujeriego, que de vez en cuando participa de robos bien planeados para vivir. En medio de los dos, la heroína, la pequeña pero autosuficiente Nelly (Isabelle Huppert, que muestra un lado muy sensual con Depardieu, varias veces desnudos, sin perder su aura de mujer inteligente), que está harta del control de su marido y quiere una vida más intensa cuando conoce a Loulou. Lo interesante del filme es que no sataniza a Loulou, lo hace avispado y muy imperfecto pero también le pone melancolía y lo hace pensar –como en el muy sutil final-. Loulou es un tipo duro y algo vulgar pero no violento, un tipo insensible en buena parte –con las mujeres, no obstante se ata a Nelly-, pero también está lleno de vida y trasmite eso en su forma simple y libre de vivir. André no es tampoco un mal tipo –nadie es un cero a la izquierda ni está para recibir dardos totales de orden político-, pero es el tipo sin gracia, aunque un intelectual, un tipo con dinero, sólo que normalizado sin grandilocuencia, enfocada su disminución en la emoción social y en lo poético, lo que es Loulou, representación del placer y de la felicidad sin meditación, aunque nunca se sabe, porque Pialat nunca cierra del todo la puerta, aunque apunta a cierto pesar. André es la estabilidad, pero la vida sin entusiasmo, la monotonía, Loulou es el alegre caos, lo impredecible -para bien y para mal-, el azar.

A nuestros amores (A nos amours, 1983)

Gran debut en el cine de Sandrine Bonnaire como una chica de 15 años que ha dejado de creer en el amor y halla felicidad en estar con hombres por puro placer. Esto parece que sucediera repentinamente, no obstante esto tiene un claro eje psicológico, la fuerte fijación con el padre (interpretado por el mismo Maurice Pialat), que es un poco insoportable, pero en sí toda ésta familia lo es con su histeria. Suzanne (Sandrine Bonnaire) es muy sexual, pero no está tampoco satanizada por ello, no es ese el estilo de Pialat, que deja que sea una chica normal también, tanto como que disfrute de su cuerpo y su apetencia igualmente, pero el problema es cuando ella pretende llenar un vacío eterno y es un especie de trauma el que lleva en su mente. Su promiscuidad es de tipo típica masculina, en un clímax, la búsqueda del placer, consumación y enseguida la fuga, luego repite el patrón y así se va perdiendo en un ciclo efímero. Pero es una sexualidad como problema psicológico (su dificultad de mantener una relación estable y fiel), señalado en la lejanía del padre, una figura autoritaria, quien no solía aceptar su salida con nadie, y le ha dejado una tara. Puede leerse también como la lucha por la libertad sexual, un cierto feminismo, en segundo plano, como contra el abuso del hermano. Bonnaire está radiante, ilumina todo a su paso. Sobresalen sus senos dentro de un poder erótico bastante bien trabajado, con esa naturalidad tan francesa por la liberalidad, especial para contener la historia, una que no es tan grave, no hay una gran argumentación, pero suficiente para ser interesante, entretenida y visualmente cautivante.

Police (1985)

Única película de cine negro –de cine polar francés- de Pialat con Gérard Depardieu como un policía tosco y medio bruto pero eficiente y buen agente, pero muy torpe con las relaciones afectivas y en ese lugar entra a tallar una chica que yace inmiscuida con gángsters árabes, tunecinos. La chica la interpreta Sophie Marceau que astutamente, es una mujer entregada a la continua mentira y a la seducción por interés, corresponde al torpe oficial Mangin (Gérard Depardieu), que siempre rechazado por las féminas dada su manera bruta de cortejarlas queda flechado y la ayuda a resolver sus problemas. Antes Mangin la trata como a una criminal cuando aún no hay relación, la jala, la golpea levemente, se burla de ella. En ésta primera parte vemos como se arma la lucha contra estos narcotraficantes tunecinos que manejan prostitución además. En ello observamos a la sexy Sandrine Bonnaire haciendo de puta, generando un desnudo completo, frontal, de alto impacto y agrado. Lo criminal empieza algo intrincado, pero se resuelve con tremenda sencillez, sin perder emoción. Hay muy poca acción, pero harto suspenso. Existe un gran peligro en todo momento de que pueden surgir asesinatos claves en el filme. Marceau como Noria hace una interpretación excelente, de una chica temeraria, segura de sí, corrupta e inmadura. Hay una escena medio candente –interrumpida constantemente por estar en un sitio público- en una oficina entre la bella Marceau y el por entonces galán Depardieu. Un abogado, Lambert (Richard Anconina), sobresale también del grupo de personajes, con su facilidad para involucrarse con mafiosos y a la vez tener contacto amistoso con policías como Mangin, punto para generar un vínculo social entre todos. La ilustración de Pialat es bastante buena, humaniza bastante a la policía con Mangin –que como sus personajes típicos tiene un lado desagradable-, haciéndolo muy de a pie, sin grandilocuencia pero con rudeza, y a todos los criminales, incluso los árabes muestran cierta elegancia, atractivo y se ven jóvenes con estilo, otros parecen hermanos gemelos del protagonista de Todos nos llamamos Alí (1974). En el filme hay un juego hablando de los filmes anteriores de Pialat, aclarando puntos de vista de paso, como oír una mención de la promiscuidad a temprana edad como imposibilidad en cuanto a poder amar, que recuerda a A nuestros amores, u oímos de un criminal decir que uno puede ser una mala persona pero tener sentimientos y viene a la mente La infancia desnuda. Para el caso a Mangin le importa un bledo esto y lo golpea por tenerlo acusado de asesino de ancianas. Es como decir esto es lo excepcional, lo difícil de digerir. En el cine en general de Pialat éste escabulle lo predecible y efectista –su cine tiene sentido personal- como cuando en Loulou el cuñado enloquece de celos y saca una escopeta, lo predecible es generar una muerte y hacer espectáculo. Pialat lo hace de otra manera más inteligente y auténtica. En la presente película el criminal maltratado por Mangin llama al policía en un bar y ya se sabe qué sería lo obvio, pero nuevamente el genio de Pialat no busca lo escabroso. El final de éste polar parece igualmente ese que Loulou dejo en el tintero y puede que aun más en un silbido romántico.

Bajo el sol de Satán (Sous le soleil de Satan, 1987)

Basada en una novela de su compatriota Georges Bernanos a quien Robert Bresson adaptó en 2 oportunidades, en Diario de un cura rural (1951) y Mouchette (1967). Bajo el sol de satán, un título muy sugerente, fue ganadora de la palma de oro. Ésta es una propuesta complicada, donde se habla mucho y no de manera fácil, pero sí valiosa. Un cura, Donissan (Gérard Depardieu), se debate en su fe, tiene muchas dudas existenciales, sufre por su religión, se mortifica hasta físicamente, tiene al demonio tentándole, haciéndole sufrir por su parte y descreer. Donissan pasa por muchas pruebas, inclusive se topa con el demonio mismo en pleno campo desolado, un demonio sensual aunque común interpretado por Jean-Christophe Bouvet. Donissan lleva un cuerpo a un altar cristiano, pide un milagro, lo creen inoportuno; luego se siente en posesión de uno, aunque duda de si le pertenece al demonio. Donissan es un arma de sufrimiento y culpa constante, como la misma humanidad, y en donde se recrimina la crueldad de Dios. El demonio dice ser más cómplice de los imperfectos seres humanos. Pero Donissan no quiere dejar de creer en Dios y lo vive hasta su última exhalación, en un lugar muy simbólico. Donissan llega a relacionarse mucho con la seductora y asesina Mouchette (Sandrine Bonnaire), otra alma sufrida que quiere no tener consciencia –culpa- ni creer en Dios pero no puede más que pensar y padecer. Donissan al hallarla alega que la sigue en sueños, ellos dialogan en un hermoso duelo de talento actoral, tratan de convencer al otro y a sí mismos de sus creencias, es la lucha contra el abandono de la fe y de la devoción a Dios, tras no comprender al mundo, de lo que trata el filme, bajo la vigilancia de otro cura, uno sobrio, bondadoso y convencional (interpretado por Maurice Pialat).

miércoles, 13 de junio de 2018

El cuervo (Le corbeau)


Le corbeau (1943), de Henri-Georges Clouzot, le trajo un baneo de por vida como director en Francia al ser señalado de colaboracionista con los alemanes durante la ocupación, ya que éste filme fue financiado por Continental Films, productora alemana, además de que muchos creyeron leer un discurso negativo en la película hacia la población francesa, luego rectificado y el bloqueo suspendido, duró 4 años. Se pensó también después que Le corbeau guardaba una lectura contra el nazismo, contra la labor de la Gestapo en Francia. Todo irrelevante frente a un filme que es maravilloso como ficción y eso es lo importante.

Ésta propuesta nos remite a unas cartas anónimas firmadas por quien se hace llamar el cuervo contando intimidades de cada receptor, señalando las bajezas de todo el mundo en un pueblo como cualquier otro en Francia, en cualquier parte, como menciona la apertura del filme. El más perjudicado, con el que más se ensañan las cartas es con el doctor Rémy Germain (Pierre Fresnay), a quien indican ser un doctor encargado de abortos, cuando están prohibidos, y de ser un mujeriego propenso a las  mujeres casadas.

En sí el doctor Germain que encima es muy arisco y sobrado, de pocas pulgas, es una joyita. Germain carga una mochila secreta, un pasado turbio. Pero es un antihéroe al que se le permite cierta poesía como galán e investigador y la (poca) simpatía de otros personajes, como ilógicamente la del doctor en jefe, el psiquiatra Michel Vorzet (Pierre Larquey), un hombre sofisticado, un pensador, pero de trato humilde, cuando Germain engaña a Vorzet con su joven y bella mujer, Laura (Micheline Francey), y Vorzet lo sabe y se lo dice, lo entiende.

El filme tiene mucho suspenso, un gran misterio trabajado con maestría, es muy cautivante pensar en quien puede ser el cuervo, se cuecen muchas hipótesis, hay muchos personajes como posibles culpables. Se da por ello una persecución terrorífica de la hermana de Laura Vorzet, una enfermera solterona acusada de vender ilegalmente morfina, por las calles con la sombra de un linchamiento en ciernes, de un apedreamiento. El pueblo recibe aquellas cartas perversas y yace envenenado, enfurecido, sobre todo porque genera una muerte de alguien inocente, y ni así el anónimo cuervo se detiene. Se hace presente en el cortejo fúnebre e incluso ironiza con la iglesia descubriéndose que es feligrés de ésta. 
  
Denise Saillens (Ginette Leclerc), una mujer promiscua, aun cuando yace casada, carga un hondo complejo que la mueve a conquistar a todo el mundo, pero yace en particular locamente enamorada del serio  y sobrio doctor Germain, su vecino, y ésta con su rostro agrio de femme fatale produce un tira y afloja sensual con el doctor, mientras la otra amante, Laura, es más delicada y cínica, guarda falsas apariencias, se presenta como una mujer suave, a expensas de su hermana amargada.

El cuervo es emocionante y vastamente entretenida, el tiempo fluye de lo genial que es, la maldad del cuervo es enorme, pero lo que revela no es poca cosa, es un pueblo cargado de corruptos, todos tiene algo sucio detrás. El filme permite escuchar unos diálogos gloriosos sobre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la ineludible maldad en toda vida, pero cuando se trata de justificarla el filme le hace cierta justicia a la ética, aunque es un retrato de lo más pesimista con la humanidad, al punto de cerrar la película con un crimen.

La gente del pueblo mantiene la imagen de ser muy dignos, de caballeros y damas, muy alturados y honorables, pero ninguno se salva de haber intentado salirse con la suya frente a algo sucio, incluso hay sospechosos muy jóvenes. El odio hacia el cuervo no enseña ni pizca de autoconsciencia, ni arrepentimiento, es puro enojo. Es una sociedad muy falsa y dura. Temible retrato de nuestra humanidad. No obstante el doctor Germain es nuestro (anti)héroe, un tipo que no ha aprendido mucho de su pasado, con respecto a las mujeres, y un placer carnal –que no es explicito, pero sí ubicuo- más fuerte que la racionalidad.

La boca del lobo


La boca del lobo (1988), de Francisco Lombardi, es una de las películas más icónicas del cine peruano, de las más populares y conocidas por todos, y también de las más polémicas. Polémica porque hace ver la acción del ejército en Ayacucho como criminal en los comienzos de los 80s cuando se lucha contra el terrorismo. No sólo los soldados roban animales del pueblo y un mal elemento viola a una joven mujer andina y el resto lo encubre sino que hay una masacre y todo por ese mismo mal elemento que intenta aprovecharse de los pobladores.

Lo peor que el teniente en jefe es otro elemento corrupto y criminal, un tipo frustrado con ganas de vengarse de todos, cuando yace atrapado en el ejército eternizado en un rango, y que está lleno de complejos, uno que es eje del filme es pensar siempre en su hombría, en un orgullo masculino machista, algo arcaico pero aun perenne, y aunque suene a algo básico es suficiente como para que muchos militares arriesguen la vida.

El teniente Iván Roca (Gustavo Bueno) llega a reemplazar a un buen teniente, un hombre que cree en la legalidad y el respeto de la población, pero muchos lo creen débil e ineficiente, lo llaman un tipo de escritorio. Roca quiere demostrarles a todos que vale más que su atrofiado rango, que no es un perdedor como así lo creen en Lima. Trata de imponer la fuerza, hacer una lucha frontal contra el terrorismo, contra un enemigo invisible. Empieza decidido, positivo, pero termina corrompiéndose producto de sus errores, su carácter volátil, su comportamiento explosivo y sus muchos complejos.

La boca del lobo en un momento se perfila en el pánico, en el miedo a morir de los soldados ante un monstruo como el terrorismo, que deja cadáveres mutilados regados en sus emboscadas, que mata pobladores acusándolos de soplones. El militar que hace Aristóteles Picho lo lleva al ámbito bastante visual, entra en desesperación, tiene un ataque de miedo. Luego vemos la lluvia, la tormenta, el relámpago, la mirada perdida en la ventana, todos síntomas del terror que todos viven. Hasta este punto el filme brilla en una mirada menos polémica, pero luego gira en señalar la brutalidad de los militares en la zona de emergencia.

El filme es excesivo en señalar la acción militar, no podemos culpar a todo el ejército, pero si observamos con detenimiento esto se debe a malos elementos, elementos dañados psicológicamente y a otras alimañas que tratan de aprovecharse de la situación, del puesto de autoridad que tienen, de vivir en estado de emergencia y guerra subversiva, de querer calmar sus necesidades como si el mundo les perteneciera y no existiera ningún orden. Lo grave es que la cabeza militar en la zona –un pueblo llamado Chuspi- está dañada. Esto engrandece el señalamiento de brutalidad del ejército, más frases -lugares comunes- sobre abuso militar.

Pero también se escuchan soldados lamentando y criticando la criminalidad militar, lo extrajudicial, algo complejo pero digno contra una disciplina ciega, bruta y absurda que prohíbe cualquier puesta en duda, en el quehacer de evitar el desequilibrio de la jerarquía, como en la voz del sargento Moncada (Gilberto Torres), hasta llegar a la rebelión del ente conductor, del muchacho en desarrollo y descubrimiento, de Vitin Luna (un carismático Toño Vega), que en un inicio está contaminado por el poder, la furia, el miedo y el falso heroísmo, esto último representando en una hombría de niños de colegio, por algo éste filme yace hermanado a la anterior película de Lombardi, La ciudad y los perros (1985).

Todo el discurso del teniente Roca, que en un comienzo se siente heroico, ejemplar y engaña a sus subalternos, en especial al protagonista, termina sonando a manipulación, cuando se ve como pretexto para ocultar el desequilibrio interno, mientras el terrorismo pasa a un nivel secundario (fijación militar que en la realidad supone ser algo más racional). Cosa que va por lo más notorio, unas fallas propias de un enemigo absoluto, y no muestra la lucha con el terrorismo en toda su magnitud o directamente, aunque se entiende viéndolo camuflado, escondido y en buena parte inubicable, con un accionar en fuera de campo.

Gustavo Bueno proporciona una gran actuación como un tipo de carácter, aunque torcido, tiene una figura bastante fuerte, y de tipo bruto aunque propio de grandes discursos, marca de la personalidad cinematográfica que se ha hecho. Todo el grupo está muy bien, incluyendo la recreación y participación de la población autóctona. Pero sobresale muy en especial, en total justicia de talento, alguien poco reconocido, José Tejada como Kike Gallardo, que tiene todo del típico criollo avispado y abusador, aporta una cara ladina y algo sátira, una cierta parte suave humorística y se le maneja bien cuando cae en el choque donde sale mal parado y como persona vengativa mueve los hilos del monstruo del poder dictatorial.  

Más que tener a éste filme por propaganda o complicidad anti –militar es propio de tener entre manos una ficción, aunque queriendo ilustrar los puntos oscuros de la realidad, no solo abocado a la guerra contra el terrorismo sino a la humanidad en general, bárbara, pútrida y criminal, esa que prefiere sortear la suerte del castigo – entre la vida y la muerte- con una bala. La notable y entretenida La boca del lobo muestra a una niña pastora de ovejas en momentos claves de violencia, observando silenciosa, es el pueblo andino que mira y simboliza la empatía hacia ellos, la humanidad que debe subsistir hacia ellos, dentro de una mención romántica, como aquel joven que huye sin importarle ya nada. También debemos recordar gente como aquel primer teniente, voz con consciencia y buen mando, una imagen que debe perdurar.