domingo, 30 de agosto de 2015

Magallanes

Ópera prima del actor peruano Salvador del Solar que adapta La Pasajera, novela corta del compatriota Alonso Cueto. Sobre la historia del encuentro clave de un taxista, interpretado por el mexicano Damián Alcázar como Harvey Magallanes, viéndose efectivo como un peruano cualquiera, uno que fue soldado en la época de la guerra interna con el terrorismo. El choque sucede cuando se topa con una mujer apodada la ñusta que muchos años atrás fue raptada en una intervención casual en Ayacucho y convivió sexualmente a la fuerza con un coronel (Federico Luppi) cuando aún era una menor de edad, ella ahora mayor, Celina (Magaly Solier), pasa por necesidades económicas y es cuando Magallanes quiere ayudarle, chantajeando y secuestrando al hijo de éste coronel.  En la que es una historia que puede verse como muchas veces contada, o típica del relato redundante de nuestra idiosincrasia, aunque definitivamente no mal narrada, pero carente a cierto punto de originalidad, que se vale de cierta gravedad para dar con un mensaje sobre el abuso en la etapa de la guerra civil, el maltrato a gente humilde, como la que representa como leitmotiv la chica en la piel de la muy talentosa y apasionada Magaly Solier que ganó el premio de mejor actriz en el 19 festival de cine de Lima.

El filme tiene un mensaje loable y recordatorio que juega como trascendencia en buena parte enfática que apunta a destacarle, como bien dice una sentencia desdeñosa de Celina, “haga como el coronel, olvídese de todo”, que, desde luego, implica el inverso, algo que debe quedar perpetuo en la memoria y en la reflexión sobre un tiempo importante en nuestra historia nacional como país, que en su deseo de profundidad ideológica queda por un lado un poco fuera del logro artístico, de mayor alcance, en cuanto a los límites de la despreocupación y el entretenimiento, que no es que no lo tenga, pero hace más sopesar un pensamiento crítico, tan buscado, se convierte aunque de forma sencilla en una propuesta de marcada política y cariz social, que una obra de mayor creatividad, libertad y complejidad, no obstante sí es placentera y cautivante a buen recaudo, aunque puede que el ritmo a veces pase por lento en parte del metraje, que avanzado se torna trepidante en su noción de thriller, con los intentos de Magallanes de sacar dinero a la familia rica del coronel.  

Es de elogiar que tiene una cadencia y formas narrativas de relajo que le quita el peso de quedar asumida en la solemnidad, la esquiva por completo, habiendo como una perpetua y sutil válvula de escape general en su estructura que resulta bastante saludable al producto sin caer en absoluto en la pérdida del realismo, la seriedad y la atención dramática, sobre todo porque tiene grandes momentos a ese respecto y no se recargan ni se vuelve un panfleto (mal que pudo caerle encima, notando que el mensaje, lo que se quiere decir y dejar, es tan importante para el director), como las confrontaciones de Magallanes con Celina y en especial con el hijo rico que hace Christian Meier, en que ella explota y se expresa en quechua, quedando la rabia y la injusticia en un tono violento, de carácter y orgullo en el aire, sin necesidad de entendimiento especifico, que ya ha quedado bien expuesto en toda la propuesta y es como el remate, tras las explicaciones y desentrañamientos que hace Magallanes como eje de exhibición, tanto como de introspección personal, que se trasmite tan fehaciente al espectador, y queda un sentir donde no hay héroes, sólo víctimas y culpables.

Antes, el choque de hallarse con el pasado, reencontramos con la memoria, en el emblemático correr de una toma larga hacia el cerro oscuro, iluminado solo por las luces lejanas de la ciudad (hay gran dominio natural de explotación visual de las zonas populosas y populares, no de una Lima embellecida, sino más se trata de nuestra precariedad y humildad urbana), que es toda una catarsis en medio del grito del dolor, frente a la impotencia y la vejación simbólica de antaño, una perteneciente a muchos y en espíritu a todos los peruanos.  

Magallanes tiene también ratos poco inspirados, los menos, si bien implica algo de sequedad, para bien y para mal, como en la supuesta violación al rol de Meier que queda como irrisorio en su caminar de dolor (una broma adrede, de lejos mucho mejor la de la requisa y el helado, en una obra en la que no abunda el humor, bien en dicha decisión, con este tipo de madurez, ya que muchos tiemblan cuando no oyen algunas risas en las salas, además de que como peruanos somos propensos a reírnos de todo), y mucho tiene que ver que el  personaje del también ex soldado amigo de Magallanes que le alquila el taxi, de Bruno Odar, es excesivo, caricaturesco, y pudo ser mejor, como que sobrevuela la ambigüedad sexual en él, debió ser menos marcada su corrupción para pasar por un señalamiento menos burdo de la repudiable figura del militar envilecido por la guerra, donde incluso la golpiza que le dan es hasta innecesaria. En sí, ambos son lo de menor alcance del filme, uno por demasiado austero, básico (Meier, al que, eso sí, le queda, sin duda, de tipo adinerado), y el otro por exagerado y subrayado (Odar, que se pasa de vueltas, luce histriónico, teatral).  El resto se podría decir que está en estado de gracia, principalmente Damián Alcázar y Magaly Solier, que hacen un dueto de competitividad escénica estupendo, haciendo mención especial de Federico Luppi que con sus exabruptos y estado de inconsciencia aunque en un papel chico lo hace perfectamente, en un reparto solido en general, dando actuaciones sensibles y explosivas en medio de la intensidad de la acción, como la de Polvos Azules que marca el ingenio del director novel, en el quehacer de la voz histórica contra la impunidad del silencio. Y es ahí que podemos perdonar la reiteración primaria, por la memoria. Y en ese recordatorio, queda cimentada y comprendida la historia en plena efervescencia, en una atractiva línea de crimen, en el juego de policías y delincuentes, con un antihéroe balanceado entre la nobleza y lo repudiable, en no saber de dónde viene el mal en todas sus formas. 

domingo, 16 de agosto de 2015

Planta madre

Gianfranco Quattrini hizo una de las mejores películas que se han hecho en el Perú, Chicha tu madre (2006), por lo que habían muchas expectativas con su próximo largometraje, y el resultado ha sido regular, en ésta coproducción peruano-argentina, que cuenta con actores de ambos países, acertando en el ambiente del rock argentino de fines de los 60 y comienzos de los 70s en esos flashbacks constantes dispuestos con la narrativa central, sobre la búsqueda espiritual, medicinal y el propio perdón del sobreviviente del grupo de los hermanos Santoro, ya que el otro hermano, Nicolás, murió, cuando tenía el sueño de viajar a Iquitos y probar el ayahuasca y un viaje psicodélico al interior de nuestro yo, con lo que Diamond Santoro cumplirá ese anhelo, más por salir de un especie de trauma tras el mal comportamiento y abuso que tuvo con su hermano menor. Aquellos flashbacks ahondan en la relación fraternal, no obstante llega un momento donde cansan, parecen agotarse y se nota que sobran imágenes, que empiezan a repetirse y a llenar espacio como por gusto, ya no ejercen la complicidad (marcadamente buscada) inicial, adolecen del toque necesario de creatividad.

El filme que estuvo en la sección hecho en el Perú, del 19 festival de cine de Lima, es bastante sencillo, es el camino que emprende Diamond en busca de un reputado chamán, que actualmente es vendedor de pescado, para probar la ayahuasca y votar el mal que le aqueja, mientras con la exnovia de Nicolás conoce a su nueva pareja y a su hermano menor, dobles de la relación principal, quienes se meten en problemas con unos maleantes de la zona a los que deben dinero y surge un conflicto donde hay disparos, por lo que el periplo por la selva también resulta una persecución. En sí es todo lo que sucede, lo que hace de éste filme en buena parte plano, sin demasiadas aristas, ni suficiente jugo como trama, aunque tenga a la música como papel trascendental, donde la fogosidad y el ritmo tropical se mezclan con el rock y hacen una incursión potente, con personalidad (en que Diamond no canta nunca directamente, producto de un dolor que le genera impotencia, pero que de regreso terminará supuestamente poético, en tremendo lugar común), sin embargo el rol principal, que recae en Robertino Granados, como Diamond, se hace a un punto insoportable con su gesto de eterna compunción en medio de su escapismo constante que roza por ratos el ridículo, lo infantil, haciendo de él un personaje sin gracia, insignificante, a pesar de que tiene un background “prominente” en su amor, necesidad y control de la vida de Nicolás. Con lo que estar dirigidos por éste tipo de personaje, tan anodino en su presencia y alcance propio, hacen un mal contraste con los buenos momentos de esa historia del pasado, y no porque sea un tipo de aspecto ordinario, que tiene mucho sentido, sino porque su tono y su intervención no poseen riqueza alguna, solo una perspectiva ínfima de culpa y desazón que no movilizan mayor proyección ni generan ninguna conexión.

La participación (y gran gancho nacional de publicidad) del cómico Manolo Rojas no es nada especial, como suele ser a fin de cuentas, tiene un papel pequeño, es solo un presentador de conciertos, un promotor musical, y, bueno, está en lo justo, pero sin más, no es Aristóteles Picho. Con ello Planta Madre sufre de falta de creatividad y verdadera atracción más allá de lo que puede dictar en el papel (rock, drogas, muerte, sufrimiento y redención), como que dilata bastante una historia que no tiene mucho que contar, toda la trama se la pasan esperando por el viaje de la ayahuasca, y termina siendo algo natural y realista, pero poca cosa al final, y ese es el mal del filme, que le han faltado aristas, esquivar la redundancia y el vacío, y tener mayor composición narrativa, que en la edición está bien y en la recreación de la selva y las costumbres, pero en general como relato simplemente no logra brillar como conjunto, y no pasa de cierta sobredimensión, esperar algo grande por el pasado musical, y verlo representado en un presente (40 años después) que describe el alcance del filme en la figura última de Diamond y de esa forma termina concluyéndose como producto. 

jueves, 13 de agosto de 2015

El abrazo de la serpiente

La película del colombiano Ciro Guerra, que estuvo en la Quincena de Realizadores, Cannes 2015, ganando el premio Art Cinema, y que se encuentra en la competencia oficial del 19 festival de cine de Lima, aparte de ser un largo viaje visualmente hermoso en medio de sombras por la poderosa y enorme selva, de 2 horas de duración, pero harto entretenidas, tiene distintas vertientes como significación y temática a explorar y cautivar, predominantemente y por encima yace la mirada “antropológica” de lo indígena amazónico y la agresión del mal foráneo del europeo caucásico contra su forma de vida, induciéndolo a perder su identidad y mostrarlos perdidos en la locura y el maltrato, recuperados y correctamente fusionados en la costumbre representada en el viaje del tipo de la ayahuasca, en la medicina tradicional, en la cura mística silvestre, con la planta de la yakruna, droga y fuente de conocimiento del hombre en sí, como un gestor de los sueños y de lo imposible, en la ruptura con la hegemonía déspota y destructiva a cambio de recoger al “otro”, ser parte y uno, por medio del conocimiento compartido (que como se dice, es de todos, entre la ciencia y las plantas), ya no enfrentados ni temiendo por no liberar la sabiduría de sus respectivas cosmovisiones, tanto como dejarse abrazar por la simbólica serpiente que es la representación general de las tribus, véase una lucha entre un gran felino y el reptil característico que es la recurrente embestida violenta entre dos mundos, unos que deben aprender a convivir, a superar sus traumas e iniquidades, su desconfianza, aunque sea una lectura en mayoría anacrónica, desde la omnipresencia y libertad impoluta de la selva, de su recorrido por ríos y su tupida vegetación, domesticada desde la perspectiva dominante indígena que nos moviliza por el filme, aunque desde lo atemporal en aquel blanco y negro, si bien remite siempre al pasado, a comienzos del siglo 19, no obstante con pequeños datos históricos en el aire, que no hacen mucha diferencia, porque lo “indefinido” fusiona perfectamente todos los tiempos, el dolor pretérito, lo contemporáneo perennizado en la droga medicinal y la proyección de la introspección histórica y la consciencia de esos pueblos amazónicos originarios, en un respeto por su cultura bajo mucho mayor aprecio que lo europeo, habiendo maniqueísmo, y efecto primario en sus figuras generales, aunque lógico no desestabilizador en su construcción, para terminar en un mensaje con una revelación capital positiva, de sanación a distintos niveles, habiendo una cierta homogenización a través de la risa altisonante de los indios que a través de Karamakate tienen una figura de mucha seguridad y fuerza, creyendo en sus dotes de curandero, en un folclore que es determinante en el filme.

Otra vertiente sumamente interesante es la de la reencarnación, el de un viaje a lo esencial, a través del mundo indígena de la selva colombiana, pero perpetrándolo como quien se mete en un mundo alterno, ya no de nacionalidades, ni siquiera la de Colombia, sino del espíritu autóctono e independiente puro, lo ancestral (aunque yace su mundo contaminado, dañado y en extinción, en una exhibición del choque cultural y la ambición del colono por el caucho y la destrucción del territorio y sus pobladores trasformados en siervos o fanáticos, en una imitación de un ridículo Cristo pagano influenciado por El corazón de las tinieblas, o en criaturas azotadas por su falta de adaptación a las reglas extranjeras, al hablar la lengua nativa), y para ello se habilitan dos vertientes temporales, con personajes aparentemente distintos, pero que los separa la edad (40 años) y el lugar-tiempo, a manera de que dos científicos son la misma persona, pero distanciados por la memoria, el olvido, mal del que adolece el chamán amazónico Karamakate y que irá a recuperarla, puesto en su juventud y en su ancianidad, ambas de aspecto imponente.

Hablando un poco de la trama, son dos historias que tienen varias ("sutiles") semejanzas y que van intercaladas, en una tenemos a un etnólogo extranjero enfermo que quiere buscar una flor medicinal, interpretado por Jan Bijvoet, que con un fiel y sumiso ayudante indio acriollado (si notamos su vestimenta) irá en busca de su salvación con el maestro, y en el camino veremos el perjuicio de lo colonial y de la religión, aquí específicamente en la orden de los Capuchinos, mientras que la imponente selva hará de viaje “eterno”. En la otra está otro investigador que anhela por igual la misma extraña y escasa flor, ahora convertida en leyenda, con lo que Karamakate, hará nuevamente de guía espiritual, ahora tratando de redimirse al entender en su trayecto una misión, la razón de la oscuridad de sus recuerdos, la de conjugar a la jungla y lo mítico con el hombre blanco, el que debe coger su trascendencia, limpiar su alma, lo trunco (curioso aunque discreto lugar de culpa en pantalla para lo indígena) y que se mezcle con la/su naturaleza en un periplo lisérgico. En un gran viaje del cine colombiano.

Las elegidas

Presente en Un Certain Regard, Cannes 2015, y actualmente en el 19 festival de cine de Lima, en la competencia oficial de ficción. Una película sórdida como cierto cine mexicano suele exhibir, como en otroras años en nuestro festival con la notable Heli (2013), y hay que decir que está muy bien, no siendo reacio a negarme a éste tipo de filmes, sino simplemente a contemplarlos y ver si tienen o no calidad, y en efecto, Las elegidas, aunque es bastante cruel y escabrosa, lo tiene, está muy bien hecha, tiene arte, y es muy interesante, aunque, claramente, la  película de David Pablos es para quienes tienen un buen estómago, para escuchar sobre una familia, padre e hijo mayor, que manejan un burdel, los que para llenarse de prostitutas secuestran chiquillas, tras primero enamorarlas y engañarlas para luego vigilarlas y obligarlas en medio de suma violencia con amenazas a que vendan su cuerpo a altas exigencias populares, despersonalizándolas hasta cambiarles el nombre y alejarlas del contacto normal con sus seres queridos y hasta con el mundo, con lo que el hijo menor de esta familia criminal, Ulises, tendrá la misión de iniciarse en el negocio, pero éste más adolescente y mucho menos contaminado se enamorará de su víctima, y aunque ella cae en las manos de la prostitución, él tratará de que se la devuelvan, con lo que en una segunda línea narrativa observaremos como se lleva a cabo todo el enganche para atraer una presa más al redil, y hacer el ansiado reemplazo, teniendo un filme muy sólido y potente entre manos.

En la propuesta destacan las escenas de sexo de Sofía (donde curiosamente ella nunca yace desnuda, sino son otras las que aportan ese matiz explicito, no en gran cantidad), que impactan en su creatividad, son hechas con detalles y acomodos artísticos amparados en el realismo exógeno, como dejar condones usados, proyectar imágenes mentales con el cuarto austero y paupérrimo, ver los cuerpos casi desnudos de los distintos hombres, verla a la protagonista, a Sofía, de frente a la cámara en plano de busto, tensa, cabizbaja y golpeada por su entorno directo, simbolizando el aguante de la agonía, el abuso y la promiscuidad ruin, pero sobre todo trabaja bastante bien, mucho la imaginación, el sonido de los coitos, que son tanto capitales como molestos, incomodan harto y tienen gran fuerza escénica en el fuera de campo, llegando a ser una recreación aturdidora y con toda la vulgaridad que requiere plasmar el momento del atropello y de la maldad del sometimiento, la humillación de una chiquilla de 14 años pasada como adulta en las peores circunstancias, donde éstas mujeres han perdido su identidad y asumen su condición plena de putas, de objetos sexuales que deben reunir una cantidad diaria para no ser maltratadas, cuando esperan en una banca dentro de un encuadre estético, sumidos en la precariedad y en lo mínimo, habiendo muy poca luz de personalidad propia como en otra prostituta/victima que solo quiere ver a su hijo, procurando espacio a la reflexión implacable, como acontece con éste tipo de filmes que son intensos, aunque a través de la punzante y desagradable miseria humana, abriendo los ojos del espectador ante unos hechos quizá típicos criminales de México, y de otras partes del mundo.

Es un filme que además genera mucha atención como ficción, aunque en ello no es que haya demasiada originalidad, sino más bien trata de mostrar lo que se conoce o se ha escuchado, agregándole suspenso y expectativas, habiendo dos formas de escape en proceso, una que parece solamente un sueño. De lo que el filme opta por machucar a su protagonista, mientras cunde la desesperación y se requiere de drogas para adormecernos, en medio de la marcada sequedad y la brutalidad en buen aparte elíptica, y la necesidad de ejercer corrupción –que yace en toda la propuesta como agente predominante- para sacarla, es como una esencia indestructible, y contagiosa, en medio de un relevo brutal, donde no hay espacio para la humanidad, solo para el cálculo y la transacción, en un mal que nos gobierna naturalizado (véase la repetición del cumpleaños 54 del padre y la parrilla familiar previa a catar y conocer a una nueva víctima, una simple fuente de dinero, como se dice en un diálogo, espérate que goces de la plata y te olvidarás de todo lo demás), en un daño que yace como en medio de cualquier persona, como lo reflejan las chiquillas humildes cautivas, en lo que es amenazante aunque silencioso, velado a nuestros ojos indiferentes por creerlo distante y de cierta forma “inexistente”, pero que en el filme se hace tan palpable, a pesar de que es mucho una historia de “entretenimiento”, de cine-arte, que toca la fibra emocional, duele, inquieta, atrae,  cava en nuestra memoria un duro golpe.

miércoles, 12 de agosto de 2015

La vida de alguien

Va a sonar cruel de arranque pero lo que llama la atención en el acto de la cuarta película del argentino  Ezequiel Acuña es que fácilmente pudo ser la historia de un grupo como Menudo o Parchís, y no cambiaría mucho, en su vocación marcada de ser enternecedor y cálido con el público, proveyéndoles de una trama que más se basa en simplemente tocar canciones dulzonas, suaves, movidas de tipo pop melancólico y sencillo, con letras y musicalización muy cortos y austeros como en un diálogo se dice de lo fácil que es tocarle. Se inspira en el grupo uruguayo La Foca adaptándose a su estilo sonoro, y es la historia de una banda homónima joven que tras la pérdida y desaparición de uno de sus integrantes deciden romper, sin embargo con el tiempo que intenta curar heridas luego vuelven a unirse con la idea de lanzar el disco que hicieron durante su antigua época musical, que empezó hace 10 años.

En el medio tenemos una historia de amor melódica y de espíritu dulce y ñoño si se quiere amparada en la iniciativa femenina y el cariz despreocupado e intrascendente de él que vive recordando (sojuzgado) al entrañable amigo ido, que queda mucho en mera superficialidad verbal, como leitmotiv del filme que tiene de inspiración además al baterista y fundador de la banda argentina de postpunk Los pillos, Pablo Esau, que desapareció en 1990 en un viaje con su novia al Amazonas, como también en Eddie and the Cruisers (1983) en que comparten dejar un precedente musical una vez que el tiempo olvida sus tocadas y surgen los conflictos, donde en La vida de alguien, título que alude a Nico y, claramente, al anonimato, se conjuga con la amistad de sus miembros musicales y la melomanía de pura y autentica filia que cimentaron en sus inicios (por encima del aplauso masivo, un lugar común en la trama).  

La pareja que hacen Guille (Santiago Pedrero), líder de la banda y escritor musical, y la joven tierna y naturalmente cool Luciana (Ailín Salas), que se roba el show, sobre todo cuando canta que tiene muy bella voz, y me recuerda a la mexicana Julieta Venegas, yacen en un tira y afloja que recorre el largo del filme por destellos de delicada sensibilidad habiendo buena química entre ellos, aunque en Salas más que todo porque es muy carismática y luce especial sin ser impresionantemente atractiva, digna de una belleza atípica anclada a su seguridad y canto, en una relación que se pospone a menudo ante escuchar la banda sonora diegética de La foca ficticia, sonido que predomina tanto casi como si tratase de un documental musical. Los desacuerdos blandos pero capitales son por novias y contratos, desde algo humilde, un pequeño grupo que suena en tocadas discretas, da entrevistas locales y tiene un manager muy joven que se deja llevar por las ofertas como ola del mar.

Un defecto es que se verbalizan mucho las historias y los sentimientos, aunque el actor Santiago Pedrero no lo hace mal, desde un gesto autosuficiente, contenido, tranquilo, de poca expresión, lo cual es bueno por su lado porque no requiere de extravagancia (que suele ser recurrente en el retrato cinematográfico musical, algo que atrae bastante la atención), como pasa con la banda que es muy formal en general.

Aparte de ello, en la película, que se haya en Múltiples Miradas, del 19 festival de cine de Lima, casi está ausente el relato, prima tocar, hacer como que se están promocionando y reconstruyendo como grupo, preparándose y ejerciendo equipo, de lo cual si no te agrada mucho su tono musical, no eres propenso a quedarte escuchándolos por largo tiempo, además de que es melosa como narrativa y argumentación, en la pena del amigo jamás reencontrado y en la lealtad a su tocada fuera de llegar lejos, o al romance y seducción entre bambalinas de tono naif, pues el resultados será una pequeña tortura, pero si por el contrario todos estos elementos te sintonizan tendrás la otra cara de la moneda, tu pequeña gloria cinéfila, con lo que la obra de Acuña bascula entre los puntos contrarios, producto de tener una esencia demasiado subrayada, y un estilo para mi gusto de poética inocente, en una ternura dentro de lo minimalista que no hace mucha novedad, salvo reinterpretarlo nuevamente, y ponerle un cierto sello romántico y a un punto lacrimógeno de nostalgia a prueba de balas, a pesar de que más tarde el misterio será destruido, por un final que, aunque suene irónico, me recordó el juego en la playa de A los 40 (2014), y hasta ahí llegamos, porque no faltarán esos recursos de empatía sumamente primaria, en que se extraña ver a los amantes del cine-arte sentirse atraídos por ella, cuando en Hollywood se hace este tipo de filmes muy a menudo, en esencia, y suelen ser rechazados, diciéndoselo a quienes lo hacen ya que si eres asiduo fan, desde luego el resultado será de inmediato enganche. 

martes, 11 de agosto de 2015

Una segunda madre (Que Horas Ela Volta?)

Presente en la sección de la competencia oficial del 19 festival de cine de Lima, merecedora del premio especial del jurado en actuación en el festival de Sundance 2015 para Regina Casé y Camila Márdila, madre e hija respectiva en la historia de una empleada de servicio, cama adentro, desde hace muchos años (cuando su hija recién nacía y debía hallarle sustento y tuvo que sacrificarse, siendo criada por una pariente, cuando mandaba dinero, y un aura de bienestar y comodidad, como de la ilusión de riqueza con sus visitas), que es muy respetuosa de su lugar en un hogar de clase pudiente en que labora, hasta sufrir la incomodidad que le presenta su joven hija que suelta y fresca no se percibe distinta y puede ser algo confianzuda con los dueños y patrones, que sienten su llegada en sus vidas, la madre con los celos crecientes y la desconfianza, poniendo distancias de clase social, como que se mueva de la cocina para adentro; el padre con la atracción del deseo y el buen humor que ella le produce; el hijo con su estado virginal, engreído y adolescente fumando marihuana, andando con amigos y divirtiéndose. Jessica (genial la novel Camila Márdila) pone de vuelta de cabeza el estándar mental de su madre, de Val (inconmensurable Regina Casé, que es fuerte candidata a mejor actriz en el festival de Lima), cuando con su actitud, palabras y relajo le da una clase de igualdad y de menor sumisión con las diferencias de ser una empleada, en una auscultación social y política de sencilla premisa, basada más en su comedia, en la luminosidad de sus postulados y narrativa, y en su entretenimiento cálido.

Val es una mujer muy sana, anda todo el tiempo sonriente y feliz, espolvoreando pequeña comedia inocente en el filme con su manera de ser, quien es bastante cariñosa con el hijo de la casa, que hasta tiene más cercanía con ella que con su propia progenitora que le pide más atención literalmente, a lo que alude algo lejano, más en un lugar común, el título en español con su acercamiento maternal de aire adoptivo, o más, en que da la sensación de que Jessica está descubriendo en ella una segunda madre (en el rótulo original en portugués ¿A qué hora ella vuelve? que indica no solo la añoranza infantil del momento, sino más tarde en el nuevo trato acerca de la recuperación de aquella otrora figura de admiración, tanto como mayor cercanía y compatibilidad), ya que Val parece tener distintas conformaciones de identidad frente a ella, una como la madre que venía de pequeña y alimentaba su ilusión, trayéndole regalos y paseos, creándole proyección, como lo muestra su anhelo de superación en lo universitario, en querer ser arquitecta, aun bajo dificultades económicas y responsabilidades que repiten el modelo anterior de madre e hija con Val y ella pero bajo otra decisión, y la nueva en una mujer demasiado hacendosa y sojuzgada por decisión “propia” en un trabajo donde hay lugares distintos (típico) para comer para ella y sus patrones, como en el simbólico helado y la rebeldía de Jessica con comerse el más fino y del hijo aprovechando la afabilidad del padre; un cuartito pequeño de servicio para dormir, en comparación al de visita que es enorme y elegante; el ausente trato próximo y semejante sin lugar de ubicación como pasa con Jessica que se asume de esa manera sin remilgos, dándole dolores de cabeza  a su madre que hasta la vigila y la cree pretenciosa; o en no poder meterse nunca a la piscina, en el que es una relegación común a un lugar menor producto de su orden social y empleo, que su recién venida hija removerá, alentando su espíritu, hasta esa tierna figura en la piscina a poco llenar, que es el cambio de aquella “sutilidad” de haberla desaguado por una rata. Uno de los pocos instantes donde la familia se comporta mal, ya que no se trata de ningún melodrama de maltratos, todo se mueve con mucho cuidado y elocuencia fina, aunque sea un filme directo y bastante llevadero, fácil de llegar al público, no obstante asume su cariz social con delicadeza y arte, sin énfasis ni subrayados, ni demasiados efectismos primarios, logrando una propuesta sencilla y amable, pero inteligente, a buen punto. En donde no hay una crítica muy dura, o mejor dicho, sostenida, sólida, contra las diferencias sociales, en el trabajo de patrón y empleado, aunque se agarre bien para cautivar  a través de ello, más bien se trata de un cambio mental, el de proveernos de nuestra identidad, personalidad y libertad, haciendo lo que queramos finalmente, como todos pretendemos, proponiendo tener sueños, y acciones “mayores”, o sea, algo enteramente nuestro, ser en toda palabra si se quiere, vivir a plenitud, y no solo estar entregado a otros, donde lo maternal, como en Jessica, una generación ambiciosa, no debe dejarnos que se escapen las metas.

El filme de la brasileña Anna Muylaert es una historia que tiene dos caras, la de la humildad de Val, y la de lo quiero todo de Jessica, y debe coexistir un balance entre ellas, aunque lo de la menor sea la influencia capital en el filme ya que Val como el centro de la obra necesita respirar una transformación, de tantos años, más de 15, y la hija es el detonante y a todas luces el camino, refiriéndonos a su actitud, aunque de alguna forma como que su tiempo ya se ha ido, y pasa a ser lo mismo en otro mundo, madre (y hasta abuela, aunque cierto no lo va a dejar de ser nunca, es el amor inamovible), ya no en un hogar ajeno, en otro, el suyo, y hacerse cargo de la hija nuevamente, ahora in situ, con lo que en realidad el filme adolece de mayor premisa, porque se estanca un poco en la simpleza de las diferencias sociales (en lo inmediato, hay que ver y aclarar), en solo dejarlas atrás. pero ¿cómo?, en realidad, al fin y al cabo, con la independencia nos dice, y una buena onda para atraer público, y queda un vacío en su alegría y auto-complacencia, en solo pedir la ruptura de la madre (la ayuda es secundaria, y, desde luego, naturalmente voluntaria, le hace feliz como madre), con lo que debió haber una resolución con oportunidad de lucir esa libertad, más allá del abandono, en la elipsis del futuro encallada en hacerse cargo de sus propios familiares, quedando endeble a mi ver, pero puede que sea realismo y miras convencionales, no buscando la grandilocuencia, solo el afecto, la esencia y la empatía, con lo que funciona, y queda un filme simpático, que es lo predominante de su búsqueda.

domingo, 9 de agosto de 2015

Luna de cigarras

Con Al filo de la ley (2015) se intenta hacer cine de acción puro y duro en nuestro país, entre comillas, porque es una película de acción sin acción, más se trata del lucimiento (supuestamente) cool de los otroras sex simbol de las series de Iguana de los 90s, de Julián Legaspi y Renato Rossini (ahora ambos en los 40s), éste último el productor de la obra y quien se disputa la dirección y autoría de la propuesta, ya que tuvo mucha injerencia, según se ha llegado a conocer. Legaspi y Rossini son dos tipos duros y relajados a lo Miami Vice criollo, o como Starsky y Hutch, pero sin profundizar en absoluto en las diferencias y vivencias de las buddy movies, a las que remiten, quienes son un surfista peleador (Rossini), el que siempre está soñando con su novia (la ex vedette Karen Dejo, aquí curiosamente sin exhibir su anatomía, sino unos escasos dotes histriónicos);  y un Rocky de postura militar (Legaspi), los que ofrecen harto regodeo y jactancia con bellas modelos y un aura de seductores inmediatos (hasta disfrutan de un inexplicable Rave en un taller al final de una pelea, y en general de un alarde bastante machista, que no menosprecio del todo, porque puede ser signo de identidad), ellos son un imán para las beldades (como con la físicamente impresionante Milett Figueroa, gancho cantado del filme, y a la que se le ve poco), a la vez que se circunscriben a una misión de atrapar a un capo nacional (un afectado y exagerado, caricaturesco, Reynaldo Arenas) para pagar una deuda de clandestinidad a la policía (Fernando Vásquez, más que decente como jefe policial), en que lo chicha, mayor extravagancia y la personalidad debieron ser lo dominante, como aquella huida final en ómnibus, sin embargo se queda en la notoria falta de originalidad, en la sencillez de su estructura y en la ausencia continua de verdaderos giros novedosos, habiendo incluso una explosión bastante penosa como efectos especiales, con lo cual la ópera prima de los hermanos Hugo y Juan Carlos Flores queda bastante pobre y fallida.

Hacer películas como Al filo de la ley, me refiero a la idea de un cine de acción nacional, es  a todas luces bueno y necesario, para tener diferentes ofertas cinematográficas, géneros, goce cinéfilo y atraer distinto público nacional, no obstante el resultado fue malo, repito, por lo que ver el filme paraguayo Luna de cigarras, de Jorge Diaz de Bedoya, que se haya en Múltiples Miradas, del 19 festival de cine de Lima, se hace de visión “indispensable” para por una parte conocer cómo manejar el género, que tiene de comedia además, y aquello le da sabor a su realización, un aire cool efectivo, aunque de forma sencilla y directa, a veces tonta e inocente, y aclaro, no es tampoco espectacular, ni por asomo una obra maestra, sino tiene muchos defectos, es bastante simple y repetidamente fácil, sin embargo tiene lo que le ha faltado a la obra de los hermanos Flores, resulta muy entretenida, su relajo logra ser competente y atractivo, de lo que en buena lid no se le puede tomar en serio como que el jefe máximo criminal es un tipo llamado el brasiguayo que es igualito al Kingpin de la Marvel, con lo que tienes una propuesta ciertamente superficial, pero que te hace pasar un gran momento.

Tiene un arranque potente, a un punto, que luego irá hacia atrás, 24 horas, para ver cómo llegamos a ese estado donde de una burla surge tremenda y por un parte ridícula matanza, donde miles de disparos se oyen en negro. El encuentro definitorio del filme es con sus 5 principales protagonistas y hampones en un lugar clave de negociación y traición, la que es una banda y reunión que recuerda a Reservoir Dogs (1992), ellos son Gatillo, el líder mesiánico y cowboy; Rodrigo, que parece retardado de lo que de todo se anda burlando y quien es impulsivo y agresivo; Duarte, que carga un termo costoso para todas partes, regalo de su abuela, y que engaña de pastor a una feligresía para robarles; El chino, que es el cobarde del grupo, como quien no sabe cómo él anda con criminales de alto vuelo, y parece un típico chiquillo drogo; y el Torito, un tipo de mediana edad que es muy fogoso y es secuaz de Rodrigo. En la línea de retroceder y conocerlos y a sus fechorías, el filme traza la trama de un joven guapo americano que quiere comprar tierras de cultivo y el brasiguayo hace la sucia transacción, pero al recoger el dinero, Gatillo traza un plan y busca convencer a los demás, con lo que surge una historia rocambolesca, donde hay muchas líneas narrativas y personajes, pasando por momentos luminosos como enamoramientos, pero más se trata de sacar provecho de la situaciones, con lo que lo lumpen hace de bumerán para todos.

Es un filme que tiene su cuota de sensualidad, se ven desnudos, coitos (hasta “vulgares” y bromistas) y mujeres bellas como putas, los cuales aparecen sin afectación, de forma realista y dura, con lo que se hace de personalidad al respecto, y aunque los sucesos tienen un fuerte aire cómico y desmitificador de cánones solemnes, las acciones toman forma, y hacen de pleno divertimento puro y duro, donde poco importa si la credibilidad o la exageración le cobra factura. Su conformación con matar el rato es tan evidente que darle significado al título parece una ocurrencia más de una mala broma de creerla por un instante una obra de cine-arte, de lo que le hubiera caído mejor un nombre menos pomposo, como lo es el filme, que parece por momentos digno de un cómic irreverente, una de gángster, de buena cantidad de  aire falso, adrede, que tiene mucho de pedestre y típico del país, ya que por su lado se otorga identidad, nacionalismo, hasta exudando chascarrillos como que agredir  a los turistas no es correcto ni para un criminal, en un hurto de órganos con el típico gancho de la prostitución.

Es un lugar donde hasta hay mafiosos rusos involucrados, y un tractor y cortadora de pasto para castigar errores, por lo que todo su ambiente es bastante risible, y su acción digna de espectáculo, por lo que no será una película trascendental, pero sí un goce cinéfilo de esos tipo trash en cierta forma, aunque con gran factura y con buena noción narrativa, un placer culposo que es cuidado, pero donde brilla mucho lo light, el relajo naif y el toque absurdo, como si estuviéramos viendo la adaptación de una novela gráfica latinoamericana, de cómo sería, aunque robe de aquí y allá, tenga lugares comunes y ostente un desenlace supuestamente gracioso con un aire social en el hallazgo de un panadero, mientras es digno de la ironía de la fe, y hay que recalcarlo, está cargada de imperfección, pero su locura y vocación de sencillez y aprehensión primaria, no la harán digna de grandes logros, pero si de una acogedora presentación, y un público enamorado del más sincero filme comercial hecho en el idioma. 

viernes, 7 de agosto de 2015

El incendio

Se ha hecho mucho cine en el mundo y hay lugares que se repiten constantemente en el séptimo arte que sorprender al espectador con cierto background cinematográfico es complicado, por lo que muchas veces más importante se torna el tratamiento de la película que su originalidad, aunque aparezca de otra forma. En ese punto cae precisa El incendio, del argentino Juan Schnitman, donde se nos habla desde el título, de un estado de conflicto perenne que raya en la destrucción de una relación, la de los guapos treintañeros Lucía y Marcelo que a 24 horas de esperar pagar por su nueva casa no pueden contener la erupción del volcán en sus vidas y pelean por casi todo, desde el préstamo de parte de la cuota de pago del nuevo lugar por parte del padre de la chica, pasando por saber guardar con seguridad el dinero del banco, hasta al parecer desconfiar del otro, no contar sobre una enfermedad o sobre un ataque de menores a nuestro auto, en sí estar distanciados afectivamente, como en el dudar de dar un simple abrazo de reconciliación y un sinfín de pequeños detalles que van minando su situación, y van exponiendo una y otra vez que algo se quema, se muere.

Es un filme bastante bien trabajando, que tiene un arranque muy misterioso y curioso, sale la pareja guardando gran cantidad de billetes en unas bolsas sobre su ropa interior, con lo que uno se imagina un robo o que están pasando algo ilegal por algún lugar policial, sumado a que cruzan rejas de seguridad eléctricas, no habiendo identificación del espacio en que están, en lo que Schnitman muestra su ingenio para seguir alimentando la novedad de una historia aparentemente fácil de llevar, muchas veces vista, la que implica por cierta costumbre visual el agotarse rápidamente, pero que sin embargo siempre está generando algún impacto y atención, desde varios espacios como no solo la propia casa que están por abandonar, sino el trabajo de cada uno y los compañeros o jefes que tienen, uno como maestro escolar de chicos problemáticos, la otra como chef de un restaurante.

Puede que haya momentos carentes de verdadera creatividad, pero se trata mucho más de lugares de pequeña sorpresa común, además de que la narrativa y exposición es muy competente, quizá algo híper dramática y exagerada, como todo el filme (e igual ¿no nos hablan de un incendio?), pero saludablemente interesante y decente en general, como la llamada de atención en la escuela que crea una gran incógnita sobre algo grave y sumamente reprochable, y luego se descubre como algo menor en realidad, y en sí el filme no presenta más que discretos detonantes en sus problemática, pero acumulándose y dándole una perspectiva personal, como sobredimensionar una supuesta agresión a un chico de 16 años mimado pero delincuencial por una madre sobreprotectora, consigue el esperado convencimiento. Sobre todo en la relación, que tiene un cariz ligeramente violento, donde se juegan a las manos frecuentemente, son muy sensuales e intensos, en ello el incendio es también el fuego de su vitalidad, en que llegan a bajar la marea con una escena poderosa de sexo rudo que puede que recuerde a Relatos salvajes (2014), pero en sus formas descuella personalidad, en que ejercen brutees propio del calor de sus cuerpos y apetito nacido de tanta frustración, enojo y ausencia.

El incendio, que está en el 19 festival de cine de Lima, tiene a dos actores en completo estado de gracia, a Pilar Gamboa y Juan Barberini, que está demás decir que todo el peso lo llevan a cuestas, ella llegado un momento siempre al borde de tirar todo por la borda, proclive al llanto y cansada, pero aun dudosa con respecto a él, quien sensible y excesivamente analítico confunde los actos de Lucía y juzga bruscamente sin tregua su inconsciencia, se toma todo demasiado en serio, aparte de que como todo hombre piensa que como mujer exagera las cosas, con lo que no se percata de todo lo que le sucede, propiciando generar mayores dificultades, hasta estar contra las cuerdas y sentir el fin tan cerca y recién reaccionar, en las que son dos almas resentidas uno/a con el otro por nimiedades, cosas de toda pareja que magnifica errores y estados de ánimo, habiendo cierta soledad aun conviviendo, mientras yacen contenidos o fuera de sí, continuamente cambiantes, si bien llegado a un punto en el filme solo vibran los estados explosivos y emocionales, en la pugna de la desilusión y el querer aguantar, escapar un rato o para siempre, en eso la imperfección de ambos es desde toda arista palpable, que además consumen drogas de lo más orondos, en la naturaleza de la edad (otro motivo general).

Recrear muy fidedignamente y sostenida cada disputa es todo un logro del filme, dolor, pequeñez, esencialidad, anécdota y justificación otorgan mucho realismo y solidez al producto. No menos es la fuerza de los disgustos de Marcelo, es todo un espectáculo, en unos arrebatos desmesurados e increíbles (asoma incluso el desequilibrio, teniendo un arma, curiosamente un regalo nostálgico, y varias situaciones amenazantes en proyecto o entre manos, como algo latente y silencioso). Las discusiones son muy bien argumentadas y prolongadas, y aunque continuas, no exentas de seducción para con el espectador, que siente que es todo un largo trance, tanto que el tiempo, 24 horas, parece una eternidad, yendo de pequeño instante de conflicto a otro en una vida cargada de actividad al milímetro, en que se valoriza cada segundo y no se ve forzado, ya que están en plena cuerda floja, generando la gran expectativa de la pregunta hiperbólica que es el filme ¿seguirán como pareja, es decir, sellaran su amor con la compra sacrificada y compleja de su nueva casa, o cada uno tomara rumbo por separado? 

Paulina (La patota)

Ganadora de la semana de la crítica y del fipresci en las secciones paralelas, en el festival de Cannes 2015, presente en el 19 festival de cine de Lima. El filme del argentino Santiago Mitre presenta a Paulina (Dolores Fonzi), una joven idealista licenciada en derecho que quiere ir a enseñar a una zona rural, a pesar de su condición social, de cierta clase privilegiada o clase media alta, teniendo a un padre juez (un espléndido Oscar Martínez) que no quiere que tome riesgos, no obstante ella sumamente terca, decidida, por lo general elocuente, inteligente y sumamente ideologizada con ayudar, hacer la diferencia, aminorar la corrupción del ser humano, cambiar al mundo, decide ir de todas maneras, y sucede una tragedia en su vida, es violada por un grupo de muchachos alumnos de su escuela. Sin embargo, ella en lo que parece cierto trauma “oculto”, pero optando como dice a no ser una víctima actúa de distinta forma a lo convencional, es decir, no quiere denunciarlos, por más que llega a saber quiénes son y donde encontrarlos, amparada en sus ideas de altruismo excesivo, que roza con la inocencia y la falta de realidad, por lo que quiere perdonarlos simplemente hablándoles como si fuera tan fácil evitar semejante crimen, superarlo sin consecuencias ni resoluciones legales. En ese trayecto se da una obra que permitirá sopesar al mundo tal cual en su indisoluble iniquidad, anclada a una parte de nuestra naturaleza como seres humanos.

Paulina es un filme que busca romper con las ideas demasiado puristas, en el ejemplo de una chica intachable, proba, fuerte, generosa, independiente y llena de sueños hacia el bienestar del prójimo, hasta el punto de que se suelta una definición de ella como que es la más bondadosa, como quien anticipa su descripción central y el eje del filme, pero a su vez se suelta desde ya una pequeña crítica con un quehacer muy noble, pero también un poco irreal y quizá hasta por una parte estúpido, no por querer ayudar a gente humilde llena de carencias, entregarse a una buena causa, aunque ellos movilizándose dentro de malacrianzas y rebeldías, como quienes en su inmadurez se comportan indiferentes (los alumnos, que hasta hablan otro lenguaje nativo y se marca una barrera que la protagonista quiere romper con su tenacidad y buena voluntad, vencer a la marginalidad), sintiendo además en el ambiente una cierta lástima/compasión por su precariedad y ausencias de parte de Paulina, como se dice de que a nadie le cae bien y genera en su lugar animadversión cuando la presienten, sino por llevar su pensamiento hasta el pleno agotamiento, tras proponer una postura que llegará a no agradar, a girar y a perder su perspectiva inicial, porque se hace daño a sí misma y exhibe una condescendencia destructiva y peligrosa para los demás,  porque esto sin castigo puede no solo repetirse, también quedar aceptado tácitamente como superficial, por lo que el idealismo surge como lo contrario al antídoto, engordando el problema, arrullándolo, y en su impunidad crea un golpe psicológico y general, un libertinaje amenazador, por lo que Paulina cae en el martirio, generando rabia y sufrimiento a quienes no pueden comprenderla del todo, aun respetando ideas contrarias, como en esas discusiones sabrosas que ella tiene con su padre demasiado tolerante, al ser una heroína absurda, y la rechazas tanto como sientes misericordia por su autoengaño y extraño proceder , junto a toda esa ideología suya socialista de libros y literatura, que en la práctica falla en su totalidad y absolutismo, enajenada en su caparazón, en una especie de mundo de fantasía, lejos de la realidad que debe hacer de equilibrio, para actuar con inteligencia y mejor juicio, no exento de reglas, ya que una sociedad sin ellas es un espacio perdido, por lo que se requiere de un orden y para eso de una voluntad de penas y límites, de castigos y potentes trabas, para pensar dos veces antes de hacer un acto criminal, dejar un mensaje, no lo hagas, o sufre las consecuencias, paga por tus crueldades y bajezas, y no importa que haya alcohol de por medio o conflictos que nos afligen y nos mueven a la inconciencia temporal, si el acto en sí daña a alguien de manera trascendental durante su existencia, provocándole una carga traumática.

El proceder de Paulina resulta muy firme, aun a toda costa, en una bella y entregada Dolores Fonzi que se mantiene en un semblante estoico, en buena parte como algo neutral, donde poco se deja a la lágrima fácil, aplicando una cierta naturalidad y falta de trasmitir emociones explícitas, que puede ser medio fallida, contener cierta ausencia, aunque se evite el facilismo de una empatía banal e inmediata, dejando lugar a momentos claves o delicadas frases.

Paulina puede que se halle en velado shock hasta la ruptura con sus ideologías, de camino al despertar, luego de que nuestro entorno ha hecho hasta lo imposible por hacernos cambiar, producto de estar tan afectados por ella. Y es que su labor social está demasiado arraigada en su ser hasta que nada parece definir su existencia que no sea ello, ni sus padres, novio ni amigos. Tiene una fijación, y de aquello nace algo atípico como crítica, una excepción al altruismo y a la motivación, viendo el riesgo que hay que enfrentar. También es algo azaroso, “imprevisible”, en lo que se aleja bastante bien de lo didáctico, o lo hace a la inversa de lo esperado o tradicional, aunque se remarque el punto central, idealismo contra realidad, pasividad contra castigo, bondad contra cierto absurdo. En un filme bellamente contado, intenso, fresco, con detalles y anexos importantes que nos describen más allá de la protagonista y su padre, para darle mayor profundidad al producto, como el simbólico sexo inicial de Paulina con el novio que nos hablan de una mujer que no es virginal, que conoce la vida, por lo que sus decisiones pueden ser extrañas pero no paupérrimas, ya que se rigen a una ideología dejada muy en claro, perdón de creernos que alguien puede ser tan noble y diáfano, sin recurrir a la religión, solo al apasionamiento de la profesión y de quien queremos ser, de lo que nos revitaliza, siendo la violación un golpe existencialista muy violento.

jueves, 6 de agosto de 2015

La obra del siglo

Ópera prima cubana de Carlos Quintela que se alzó con uno de los tres premios Tiger, del festival de Rotterdam 2015, actualmente presente en la competencia oficial de ficción del 19 festival de cine de Lima. Es una película que mientras nos narra su historia principal digamos que convencional van en paralelo aunque en menor cantidad imágenes de apoyo tipo documental que remiten al tiempo del filme, ubicado en las Olimpiadas de Londres 2012 de lo que vemos el desfile de deportistas y campeones cubanos, y de otros temas (en que mucho aflora el color, en la exhibición de lo radiante), como el de una magna obra nacional de viviendas en enormes bloques habitacionales, cumpliendo además con otras necesidades mayores, llamada la obra del siglo, como a su vez se ven trabajos en un edificio que hace un símil con un cohete (fantasía e ilusión), habiendo mucha mención de los viajes espaciales, como de la guerra fría y la lucha por conquistar primeros el espacio, aparte de que no todo es de aire documental, sino hay creación imaginaria en el visionado de esos pequeños recuadros menores al tamaño de la pantalla general, que es el estilo escogido de soporte, donde hay background ficticio de acuerdo a la trama,  en qué anticipan momentos o complementan la historia central. Es una forma creativa de decir subtextos, y dar un alcance mayor al relato tradicional, con lo que apela  a contextualizar el filme en la ciudad nuclear de Juraguá, provincia de Cienfuegos, que invoca cierta nostalgia por un mundo perdido, creando una especie de universo alternativo en su narrativa, que al inicio en su dominante blanco y negro pareciera que fuera a contarnos una de ciencia ficción, y algo queda en el ambiente, cuando los protagonistas pasan el rato en un bunker de la central electronuclear, que es como un pasadizo a otro mundo, donde juegan en el abandono (como lo hace el filme), un tiempo que va desapareciendo.  Es un pequeño aspecto político sutil en el filme como quien le tenía fe al socialismo, y puede que al fin y al cabo sea la declaración de una claudicación, el final, desde el respeto por el pasado, en la otrora igualdad de combate entre dos frentes mundiales, y el seguimiento de la población cubana, al punto de que una mujer pide caliente que le hablen en ruso, y ahí por su lado hay un buen toque de humor.

En su epicentro está una familia, abuelo, padre e hijo, que articulan una vida austera en Cuba, peleándose sobre todo porque el anciano es molesto y no se guarda ninguna ocurrencia. En ese aspecto es algo natural, sencillo, que fluye como un retrato típico de los habitantes cubanos contemporáneos, con problemas menores como por conflictos de interrelación,  donde se llora por una mujer, cuando se hacen alusiones irónicas a preferir una buena cocinera más que una fémina bella, o que se peleen por el control de la casa en común, en un espacio de hombres que tienen mucho de niños. En este lugar no hay nada espectacular que recordar, pero mantiene nuestra atención con su cotidianidad y su chispa, por la audacia como relator de simplezas que tiene Carlos Quintela, tanto que un pez llega a ser parte de los personajes, y es que uno disfruta con su frescura y ligereza, en su aparente superficialidad ya que los intersticios que yacen paralelos van fomentando mayores profundizaciones, haciendo ver una lectura íntima y una social y nacional, con lo que es un triunfo de la creatividad, aunque tampoco el producto sea algo sobremanera imponente como arte, es algo discreto pero valioso, y poco más, en la que es como la película experimental del grupo de la competencia  oficial del 19 festival de Lima, con su toque cool a la cubana, donde se dice de todo sobre su realidad, desde el atractivo de lo ordinario.

La mezcla es potente y perfecta, sobre todo porque los efectos lucen muy primarios, en que tenemos a una ciudad fantasmal como dicen los personajes, un mundo perdido, olvidado, semi-destruido, ayudado por el blanco y negro que da la sensación de precariedad, pero otrora cargado de sueños, como la propia mirada de Cuba. De esta manera van surgiendo las ideas inteligentes en el filme cuando estamos cautivados por la vagancia de estos tres familiares, ya lo dice una línea, en lugar de estar rodeado de mujeres tengo a dos negros que ni son deportistas, ironía por doquier, pero desde lo poco percibido, un sentido del humor y una sapiencia muy encomiable para hacer un retrato con tantos matices y aristas, donde el ingenio va de la mano con lo sencillo, con el trato siempre novedoso o curioso aun en algo tan fácil como creer muerto al abuelo y luego enterrar a un perro, o decir que la gordura es la gran entrega a la nación por un trabajo sedentario, como un “alarde” de lo que no existe.