viernes, 25 de abril de 2014

La cara del diablo

Quizá no debería escribir de esta película, ya que se presta a que la machaques, y con ello a caer antipático, por no decir peores adjetivos adversos, aunque parte del deporte nacional sea despotricar sobre el cine peruano, siendo por más extraño que suene simpático para muchos hacerlo, no obstante no es mejor esa corriente paternalista y contemplativa que todo lo aguanta y defiende, por mayor llegada del séptimo arte patrio se dice (y no por lo que verdaderamente importa, el placer artístico y cinéfilo), si bien habría que ver que exigirnos, poner ciertos parámetros de excelencia en lo suyo, resulta una opción más constructiva que pasar por alto todo juicio crítico serio, aunque no lo parezca a simple vista. Pero, tampoco podemos obviar que se trata de cine destinado a un público amplio, y que como terror juvenil como lo define el director Frank Pérez-Garland, no pretende más que entretener de forma sencilla. Entonces, a esta introducción me rijo, desde mi absoluta, personal y honesta subjetividad, por lo que acometer esta crítica resulta entonces (algo) intrépido.  

De arranque hay que empezar diciendo que la visualidad del filme es bastante buena, se ve que estéticamente han hecho algo encomiable, bien conjugado con la belleza del paraje de la selva del Perú, de Tarapoto, y todo desde lo aparentemente básico, dejándose creer sin mayores dificultades (bajo la contextualización del escepticismo, claro, aunque con cierto respeto, aprehensión/aprensión, la cotidianidad narrativa, a la vera de una pandilla de amigos que viene de tour pero que conocen el mito y juegan con él –que se convierte en una lectura universal, no solo folclórica-, de donde el Tunche, el demonio de la Amazonía peruana, el silbido ensordecedor de su presencia, su ductilidad morfológica y su mística macabra se impondrán en clave accesible, limpia y segura de sí, haciendo del filme uno curioso –innato- en el género, gracias a su vez a un buen guion en cuanto a conocerlo, fuera del efecto, tomando en cuenta que hay experiencia y escuela en el Ande a pesar de sus múltiples fallos, de lo que Pérez-Garland hace algo propio, pone su grano de arena, físicamente mejorado); que a diferencia de Cementerio general (2013), verle nunca llega a molestar (léase también sin contradecirnos como una virtud de la película de Dorian Fernández-Moris), ya que la predecesora hace uso de una cámara demasiado temblorosa y –aun siendo deliberada- torpe al fin durante parte importante de su metraje, en la posesión de la niña tras la ouija, la que vive en un color verde que refleja una visión nocturna, presentando al mismo tiempo un mockumentary pobre, pero intenso, realista y sorpresivo a un punto.  

Un problema de La cara del diablo, la lentitud premonitoria al “terror”, la atmósfera de acondicionamiento, es demasiado constante, obvia y fácil, como una muletilla –semejante a la naturalidad a la que se aspira en el habla con las constantes lisuras, y que, bueno, funciona sin más a lo que implica, sin ningún tipo de ingenio creativo- o parte de una forma cuadriculada que desespera, genera fastidio más que miedo, lo que disminuye o predisponen paradójicamente mal al espectador para las audacias en los hechos de muerte en sí, que las tiene (y se ve que se han hecho esfuerzos), si bien en general carecen de fuerza, de verdadera violencia, no logrando llenarnos de inquietud, y es que los acontecimientos en el lago son (en parte) inteligentes, no obstante pesa más lo frío, lo seco, como con las actuaciones donde el grupo de noveles intérpretes carecen de sangre (incluyendo los principales, miremos no más a Sergio Gjurinovic cuando tiene que pasmarse, recurre a una forma mínimamente gestual ante algo tan grave e inaudito, con una modorra, distancia en la convicción contextual y simplicidad que no le creemos nada luego, y esto es garrafal; o a Vania Accinelli que a ratos logra sensaciones de complicidad con el público y en otras se ve apurada, limitada, monocorde o caricaturesca/esquemática), salvo el logrado aire antipático de Mateo (Nicolás Galindo), la comicidad llana y la excesiva precaución de Pablo (Guillermo Castañeda), y algo de sensualidad y normalidad del conjunto si bien tiene mucho de plano, de vacío y superficial, pero en el sentido de yacer la interrelación y las caracterizaciones -a vista y paciencia flagrante de uno- apagadas, poco contundentes, no estando metidos en sus personajes aun no teniendo la responsabilidad de nada complejo entre manos (y tampoco es que no se deba recurrir a la broma de las tetas turbadoras –en sí el sexo/el desnudo está medido, cuidado-, a una pancita conchuda que remite lejana al estereotipo, o al guía “loco” que avisa e invita al rito satánico –un infaltable en el género- , haciendo notar que esto último tiene un cierto volumen en la trama, que sirve como un pretexto más de homicidio, y bien así tal cual, como también al giro último tras la fluctuación y complementariedad de distintas ideas, la virginidad, el don, la pesadilla y al final el sentido central escogido; una virtud, más que indecisión; se trata de flexibilidad y novedad, aunque trascienda poco el relato a la hora de la verdad, dentro de una historia con deseo de solidez argumental, sin pretender originalidad o muchas complicaciones, únicamente mover lo precedente y general). Se extraña mucha vitalidad, de la que la trama escasea para hacer más entretenido el instante en que el mal haga su labor.

Las muertes son algunas variadas, y no están mal por una parte, tienen una construcción elíptica o artística si se quiere, que no las desestima del todo, pero hubieran requerido de brutalidad, de visceralidad, de pasión o energía aun no siendo explicitas, que no lo tienen tanto, habiendo una ausencia notoria de naturalidad. Estas lucen artificiales, orquestadas y esto no debe notarse, como en los machetes que más es un efecto de sonido y tirar un balde de “sangre” al asesino. Mientras esos jalones invisibles, vertical y horizontalmente, cumplen su cometido, pero no movilizan emociones, no para desestabilizar al observador.

No niego que el efecto de cámara, velocidad y sorpresa sea un recurso manido, pero uno siempre se sobresalta (quien puede olvidar las gloriosas cintas de terror japonesas, las que nos recuerda ésta película, el personaje de Vanessa Saba nada en completo déjà vu al respecto), y lo hice en dos momentos, no lo niego, pero el conjunto no intimida en absoluto fuera de estos lapsos de reflejos. Después, tiene de ingenioso poner a la madre posesa en pleno paisaje de día (un rato a favor, otros intentan también lo mismo, ser distinto, pero lástima porque aminoran el horror, no agregan, fallan), algo que sale del uso breve o episódico en medio del anhelo flojo de perpetrar oscuridad, aun siendo uno de esos aportes cliché y que con la cruz en el estómago más parece traje de Halloween.  Saba no asusta en absoluto, solo están muy bien sus convulsiones en la cama, generan el verdadero descontrol que el autor prueba y no explota convincentemente, lo mismo que la intención del gore, se intuye algo que se termina escurriendo por los dedos, y no solo es la sombra de efectos especiales más poderosos en los machetazos. Predomina mucha inmadurez/facilismo en su rol, lo de juvenil huele a lastre muchas veces.

No es un filme terrible, o insoportable, no desagrada; lo que sí, ligero en todo sentido y eso lo salva de la quema, frente a su aspiración, pero lo deja muy abajo en cuanto a efectividad, llega a entretener solo que dando algo austero en cuanto a sustos (no concreta la esencia, no solo es hacer. Cementerio general no es una maravilla ni por asomo, muchos de sus efectos molestan, el sonido es uno, pero producía temor, que es de lo que se trata, aunque la arquitectura/estructura de Pérez-Garland me agrade más, solo que le falta “color”), su amabilidad ayuda a llenar butacas pero como vemos es insuficiente, y es que el terror es más complicado de lo que creemos, valgan verdades, hay mucha agua bajo el río, hacer algo especial es un reto, y ese ni siquiera es su principal problema, si le importa porque parece que le va muy bien en taquilla (incluso no se lo imputamos mucho, puede ser algo ordinario), sino que permanece muy por detrás en cuanto al toque de locura que toda obra de terror básicamente requiere. Solo cumple. Se queda en ser un ejercicio cinematográfico, algo artesanal aunque con buena factura, porque hay que entender como aquellos chiquillos de cara al diablo que el Tunche es más que una historia.

lunes, 21 de abril de 2014

Especial de cine: El Decálogo

Se le puede considerar como una de las obras maestras del séptimo arte, o mejor dicho, una de las grandes hazañas de un director de cine, ya que fue destinada a la televisión como una miniserie, basada en los 10 mandamientos, anclados a los días modernos de Polonia (lo que sirve para una relectura de esa muletilla que señala con desprecio a una película supuestamente mala como un telefilme, habiendo excepciones a la regla). Realizados en 1989 por Krzysztof Kieślowski, con una duración de entre cincuenta minutos a una hora cada uno. Siendo estos diez mediometrajes mi contemplación por semana santa.

Decálogo Uno: Amarás a Dios sobre todas las cosas


Son historias hermosas e inteligentes, hay que decirlo de frente, muy universales, que se salen del encasillamiento de ser películas religiosas (que lo son por la temática tratada, pero van más allá, se hace arte, presentando una notable autonomía), porque trascienden y no solo son audaces, empáticas, lecciones de vida, vivencias y conflictos intensos que llevan reflexión, de convincente libre albedrio, sino interesantes y cautivantes dramas, que simplemente entretienen, con facilidad pero con sustancia. 

La presente posee toques notorios de arte, como se ve en sus momentos simbólicos, véase cuando se derrama la tinta, en un contexto premonitorio y estético; en la computadora encendida de repente invocando que está lista para algo (o alguien lo está) que el propietario desconoce y le parece una broma; o en especial el desenlace cuando el protagonista derriba un banco con velas encendidas a la Virgen, un lapso cargado de visceralidad y emotividad, que presenta un choque y un descubrimiento violento, que hace llorar a la madre de Dios en la conjugación del calor de la cera con el lienzo.

En todo momento está la discusión en un ambiente culto y avanzado -en la electrónica, para su época- de la ciencia, el cálculo y el ateísmo por sobre la (“simple”) fe, y  es el caso de que se expone que hay mucho misterio, “sin sentido” y espontaneidad en el mundo, que da una lectura de en lugar de ver a la humanidad como una matemática (valga la paradoja a la normal mirada de la perfección divina, aquí trabajada desde su opuesto, un sentido de cierta incapacidad de completo orden, pero por parte del hombre) la dibuja con la libertad y a un punto la calidad de impredecible o complicado de comprender en toda su medida en un Ser Superior que tiene la última palabra. 

Los personajes principales, el padre, Krzysztof (Henryk Baranowski), el hijo, Pawel (Wojciech Klata, y la tía, Irena (Maja Komorowska), exudan química, ternura, afabilidad, afecto y ejemplo, un vínculo familiar que aporta mucho al relato. Y que revela un contraste imponente en la laguna y meollo del asunto. Es tan buena la caracterización de éste grupo de actores que es sorprendente ver que lo hacen mejor que muchas caras populares y reconocidas del cine. Tanto que se vive una cierta injusticia de que no sean admirados por muchos, desde una humildad y naturalidad encomiable. Su trabajo es un pilar de esta obra, una basa que la hace aún más trascendente.

Una “curiosidad” de la propuesta es la presencia de un vagabundo en la intemperie, frente a un fuego, que yace luchando contra el frío, una metáfora. El que parece un ángel melancólico.

Otra virtud es la buena dosis de tiempo que se proporciona el filme para los momentos capitales, e incluso los ratos de detalle que no agotan ni molestan ni se sienten de relleno. Da la sensación de que nada sobra, que sobresale una gran distribución, y todo desde lo sencillo, desde lo que luce común. Y no menos glorioso.

Decálogo Dos: No tomarás el nombre de Dios en vano


El segundo es una nueva genialidad, que versa sobre la infidelidad, y el juramento roto en distintas formas. Pero el más importante es el de cara a Dios, y se da la audacia de no pegarse al pie de la letra del mandamiento, por una razón noble, de existencia. Y que lleva la noción de saber lo que es perder a un ser querido, en el caso se une el futurizar en el ajeno una carencia personal inconmensurable.

En la trama se percibe mucho sentimiento, ubicado desde el remordimiento (por ello la protagonista rompe objetos distraída en castigarse, o mata una planta floreciente, y esto último refleja una decisión que es el argumento del relato y que va en contra de sí, porque ella ahora tiene una única fijación) y es que todo se centra en el marido moribundo que lucha por salvarse al son de las gotas de una cañería defectuosa, quien fuera agredido sin merecerlo, ya que se dice que proporcionaba estabilidad y tranquilidad familiar.

El relato implica no contener el deseo, el ser uno demasiado ambicioso por encima de los valores, lo que se corrige en una mirada que si se quiere ver reditúa lo socialista, que Kieślowski llega a manejar más, se puede ver en el tipo de clase que reina, la que está pegada a la austeridad, incluso en un médico (se trata de una clase media). Y que con todo ello hacen de ésta una trama compleja en su profundidad que no en su exhibición y muy contemporánea sin buscar ningún regodeo o exaltación, hay mesura, no se pontifica, no se fuerza el mensaje y mientras tanto el autor enriquece el panorama dramático (la espera, la desconexión que no sea la pareja como ese insecto en el líquido, el quebrar el egocentrismo, entregar en lugar de recibir, ser fuerte), como se luce en dar forma a un tercer punto en discordia que representa una opción decente –lo que no se suele hacer, el amante es músico, sensible, controlado y al parecer de buena posición social- pero en un momento prohibido, el matrimonio; y dada las circunstancias, un obligado punto álgido y de consciencia (cuando esto en la vida real suele fallar/faltar). Igual que antes lo divino hace una jugada maestra. Bien dice el paciente con su reflexión de poder tocar la mesa.

Decálogo Tres: Santificarás las fiestas


El aporte de este decálogo, una historia menor dentro del grupo pero igual atractiva a un punto, es el misterio, eje y atractivo, humilde pero efectivo, ¿qué esconde la mujer, acechadora, en sus intenciones buscando a su antiguo amante, a un hombre que se viste de Papa Noel para la alegría de su familia?, de lo que el filme en parte logra sacudirse de la obviedad, o compaginar poco más de una lectura manejando su buen toque de intriga e inestabilidad, en una medida decente al menos, con las vueltas de lo que será una aventura de nochebuena que nos dibuja la importancia de esta fecha (¿puede haber un crimen en el contexto?, nos preguntamos a ratos, que se sugiere. Kieślowski  lo pone en la balanza mezclándolo  con la vitalidad, el afecto conmiserativo –con impulso carnal y nostálgico- y la diafanidad o llaneza frente a un estado de dramatismo personal algo elíptico (un ser frágil propenso como arguye el lugar común a dejarse seducir, a necesitarlo, una proclividad al pecado, en contraste natural al orden trabajado y ganado generador de recompensas y castigos, en esas persianas cerradas al extraño, una lección múltiple y alterna).

La anciana con demencia senil con quien se ve la protagonista nos da pautas, precisión y proyección, llevando el relato al terreno de lo existencial, y no solo del afecto. Habiendo una sensación de humanidad, de ver por los demás sin necesariamente amarlos de manera intima, como se ve en el enojo de Janusz (Daniel Olbrychski) con el maltrato a los vagabundos y borrachos. Siendo un retrato de cine noir, de aspecto familiar, en esa búsqueda detectivesca del marido de Ewa (Maria Pakulnis). Acompañado por algunos toques ligeros, breves, rebeldes, de “locura” (generar emoción y adrenalina en el vivir, teniendo a veces rabia, en el querer escapar del predominante letargo, la frustración o la monotonía, la soledad y el vacío, la infelicidad), como con la seguridad y el skate que la sostiene despierta en la estación, o en el acelerar del carro mucho más de la cuenta poniéndose en peligro, y mientras tanto la esencia de Dios parece observar, e incluso aunque brille lo impredecible, cuidarnos.

Decálogo Cuatro: Honrarás a tu padre y a tu madre


Las historias del Decálogo tienen puntos de convergencia entre ellas, como en parte la estética aunque entre algunos capítulos hay cambios en la fotografía, pero en general sí el mismo estilo formal de su narrativa, de lo que se nota que Kieślowski ha tratado de darles una unidad global a pesar de la libertad creativa e independiente que maneja en cada expresión existencial, de la auscultación personalizada de sus mandamientos, como la importancia de ubicar las tramas en un conjunto habitacional de pertenencia estatal en Varsovia y de lo que se desprenden varias características y definiciones de una población que sirve de modelo, en la esencialidad humana y la clase social a la que se adscribe (que aunque comunista invoca en cierta forma un equilibrio, gente culta sin excesos materiales, más hacia la austeridad), donde pasean antiguos personajes; o que yazca  en casi todos los relatos la intervención del actor Artur Barcis con cameos que lo muestran como un ente misterioso, meditativo, silencioso o de gestos breves, en que todo apunta a que sea un ángel o un punto de soporte simbólico, la proclividad a un estado de consciencia  o una ayuda discreta, mística, en varias formas difícil de catalogar.

Estamos en esta oportunidad ante un relato muy complejo en lo sustancial que no en su narrativa, que es minimalista, austera, no obstante bastante inteligente valga la obviedad, que despierta el aplauso sonoro y el entusiasmo por éste séptimo arte, el que paga con creces su parsimonia y cotidianidad (reiterativas en el conjunto, en los 10 capítulos), siendo entendible sin dificultad, ya que hace esfuerzos denodados, se explaya con generosidad bajo una continua argumentación que consolida una redondez, generando la comprensión absoluta hasta para el espectador promedio pero comprometido, solo que poniendo a prueba su empatía (la hija es a ratos antipática, invoca tensión y presión, “trasgrede”, tienta), con una dosis de oscuridad y cierta taimada y secreta malicia en completar nuestra interpretación general, con múltiples lecturas, incluso con un cariz irreverente aunque calmado que pone en jaque la religiosidad de algunas personas y la convencionalidad a esa vera (lo que hace muy maduro que estos filmes sean parte de la recomendación cinematográfica que hace el Vaticano sobre los valores morales, y no están equivocados en su designio, pero cómo lo propone éste cuento hace de ellos una opción osada, moderna y poco ortodoxa, una audacia de ambas partes y a todas luces), siendo atrevida intrínsecamente.

Se trata de poner a prueba la devoción de lo que es ser un padre, más allá de la sangre, sino primando la crianza y el afecto, tanto como el respetarlo como tal, entender un lugar mutuo, ganarlo y asumirlo, confrontándolo con lo sexual, contra la fantasía freudiana o una perversa, del enamoramiento y la sombra del incesto. Bajo una composición donde priman los diálogos, el sinceramiento, lo descarnado, en medio de huidas del escenario y confrontaciones, la capacidad de saber escuchar, y de cotejar inquietudes, buscar y llegar a una resolución no solo racional, civilizadamente, sino ante y por una  profunda emotividad. Véase el símil con la interpretación teatral de Anka (Adrianna Biedrzynska), la hija.  Conocerse, expresarse, lograrse. Mientras hay un ente dócil, y un poco plano, funcional, pero firme en Michal (Janusz Gajos) que es el espíritu religioso, de amor, del relato, la razón sustentada de honrar al padre (y a la madre), en manos de una composición artística, que no gratuita, en una carta que se quema, tratando de “sabotear” sospechas, elipsis, intuiciones, que perpetran ambigüedad, tras una lección, y consolida un vínculo, triunfante, que es lo que domina, pero dejando un resquicio de lujuria, de pecado, de extrañeza, una hazaña que no a todos va a gustar o van a ver, pero que sirve como vía de agudeza para concebir una historia única.

Decálogo Cinco: No matarás


Estamos ante un decálogo un poco pesado, en parte agotador, pero finalmente efectivo y a pesar de la crítica en contra con su gustito agradable y sobre todo sabio pero sencillo, y es que ninguno deja de serlo, no se empaña el conjunto que mantiene una línea, un equilibrio. Se trata de una historia bastante convencional, muy conocida, la de un tipo con problemas de amor propio, de muchos vacíos, y claro, abismos, con un evidente enojo contra su realidad y el mundo reflejado en sus actos desde el inicio. Estamos ante una mala semilla que yace predispuesta a agredir. Como con la piedra arrojada del puente sobre la ventana de cualquier auto paseante a costa de generar un accidente, o empujar al orinal a un tipo que le sonríe en el baño, quizá un acto homofóbico, y valga lo curioso el protagonista luce algo disforzado en sus gestos y movimientos, por lo que el autor al parecer sin proponérselo nos predispone a generar una idea, puede ser que sea reprimido sexual, pero lo dejamos ahí sobrevolando, aunque las razones de porque es un ser nocivo quedan bastante veladas a la libre interpretación, se nos entrega al respecto muy poco, y es porque no es tanto juzgar el proceder del asesino, por qué –el mandamiento en lo central, y sabemos que Kieślowski es hábil e ingenioso, y no sigue al pie de la letra las reglas-, sino verlo desde el lado general, humano, compasivo, del errar y ser reinsertado o perdonado tras el acto de contrición. Más que una auscultación a partir del aparato judicial (un orden a discutir) que sirve de contexto, es una consideración sensible primaria y total en su tipo.

Lazar Jacek (Miroslaw Baka) inventa o busca cualquier pretexto para generar violencia, hasta que traza un plan siniestro, poco después de darnos a conocer su lado sentimental (descubre una foto de infancia, de una época noble e inocente, cuando conversaba con su hermana, su favorita nos dice, y él de ella, pero que lo marco con su muerte, le hizo cambiar). De donde su decisión gravemente infractora  no está del todo explicada, hay un hueco en parte en ese lugar, se trasluce el protagonista excesivo al background que se nos entrega  en el filme y es una elipsis que requiere de cierta condescendía del espectador inquisitivo, que entiende una conducta manejada de forma pueril y endeble al comienzo, más tarde impactante, de aspecto resuelto y sumamente cruel (estrangula, golpea repetidas veces con una barra de metal y con una enorme piedra rompe la cabeza de su víctima; un punto a favor de la historia, porque no encubre la bestialidad y la iniquidad asesina en la búsqueda de empatía, haciendo más exigente y realista el comprender algo tan brutal como quitarle la vida a alguien), aunque lo que se maneja es un aire algo absurdo, que no está para nada mal ya que en buena parte todo crimen u homicidio puede llegar a serlo, que en este versa mucho en lo inconsciente, en el estudio psicológico, como indica el contraste que evoca la exposición del abogado en su graduación y contrato profesional.

Se expresa que el estado ejerce -según el letrado- una venganza en la pena de muerte, que se discute como parte del mandamiento auscultado. Elevando el alcance de su significado, no solo mata el criminal sino el gobierno, el pecado lo comparten ambos, y se arguye que ningún castigo cambia la intención asesina (un argumento racional, de estadística), aunque bien vemos como sufre y teme este despiadado y salvaje joven delincuente  frente a la horca, llevándolo a ser reflexivo y dócil a la orden del cadalso, por lo que vamos a ser neutrales y decir que tener la soga al cuello, literal y metafóricamente dicho, sirve para cavilar la perversidad de nuestra vida, como me viene a la mente por hacer una semejanza toda la sustancia, intimidad, complejos, ira, fragilidad, carencias, anhelos, ternuras y personalidad oculta que logro conocer Truman Capote para concretar su obra magna A sangre fría, y es que qué trágico que matar a alguien y estar a puertas de la pena capital sea tan contundente como para poder revelar nuestra esencia y abrirnos a que nos conozcan realmente y se puedan enfrentar nuestros demonios. Pero hay que tomar en cuenta que el ajusticiamiento legal no da oportunidad de verdadera redención, porque estos seres salvajes, descarriados, incluso enfermos en el alma, en el largo encierro o de por vida pueden caer más profundamente en lo que han hecho, tener tiempo, y no solo ser eliminados. Dejamos volar la elucubración, y es que lo mejor del filme es eso justamente, la chance que nos brinda de discutir sobre algo tan importante en la sociedad, que va más allá de lo eclesiástico, hacia la humanidad y sentido, esa que se palpa fehaciente en el abogado que está comprometido con quien ha dejado de ser su cliente, y ve a un ser humano, a un hermano.

Los gritos finales que recriminan, que no entienden tanta muerte (si bien de forma fantástica un “ángel” aconseja al próximo homicida que no lo haga), es el lado escondido, complejo, honesto, intelectual y la libertad que propone Krzysztof Kieślowski con su obra.

Decálogo Seis: No cometerás adulterio/no amarás


Este decálogo es uno de los más bellos, uno poético, romántico, y por ende agradable en el quehacer artístico de los mandamientos de Kieślowski, sin embargo el genio polaco no llega a entregarnos una trama empalagosa que si dulce, no lo niego, ya que ostenta mucha lírica, sensibilidad a flor de piel e inocencia, en un primer amor y obsesión, y como cuento se ve actualmente manido, hay que decirlo. De la mano de un consabido, visto el conjunto, toque dramático, que incluye múltiples decepciones y hasta un suicidio.

En la trama tenemos a una mujer madura, solitaria, liberal, independiente, de grave atractivo, sensual (véase el detalle de dejar los zapatos de taco alto sobre la mesa a plena toma, o el deambular por su casa a través de ventanales sin cortinas con el pelo mojado tras alguna faena casual, calzón/bragas y camisa únicamente), de nombre Magda (Grazyna Szapolowska), la que no cree que exista el amor (en un momento se hace hincapié y demostración de su postulado de forma sarcástica con el final prematuro del placer embrutecedor diríamos parafraseando la consciencia de la esencia que trasmite la protagonista, no obstante aquello lleva a una revelación), y solo anhela aventuras sexuales, no cree en más, y ejerce con soltura su resolución existencial. Hasta que un joven de 19 años llamado Tomek (Olaf Lubaszenko) se mete a la fuerza en su existencia, tras espiarla a hora exacta con un catalejo especializado que roba con esa intención, atraerla al correo en que trabaja con falsos cupones o madrugar de lechero en su puerta. El inexperto muchacho es contrario a ella en su creencia, el invoca el enamoramiento más puro, y hará que su fijación amada entienda empíricamente que se puede amar apasionada y fielmente a una sola persona, como reza el título, dejando espacio también a una jugada maestra en que el peligro de hacerlo se impondrá como consecuencia.

Puede que estemos ante un decálogo bastante simple, más aun de lo acostumbrado, muy poco espectacular (en sí la mayoría no presenta muchas ínfulas, aun llegando a ser bastante hondos), pero debo admitir que es una debilidad, al igual que una delicia, toda ésta poética del amor virgen con la mujer madurita, una fantasía recurrente de muchos acotamos (que con atrevimiento e imaginación puede degenerar o estimular una idea como la de Mientras duermes -2001- tanto como caer en la suavidad del mejor cine de Makoto Shinkai, y yo diría que el ingenio del autor bascula un poco, percibes algo de necesaria oscuridad humana, aun teniendo parámetros nobles principalmente), y la dialéctica de la lucha tal actual pero con elegancia entre el amor y el sexo, que tanto nos compete y nos humaniza.

¿Qué le pasa a la esperanza?, esa es la interrogante que cada uno debe ver por sí mismo, sin embargo adelantamos que a un lado y a otro la realidad enseña pero no mata las ilusiones  -¿cómo no guardar espacio para un sentimiento tan especial como el amor?, ¿cómo morir descreyendo entonces? nos “dice” el filme; como se interpreta de uno de los diálogos, se pueden comportar ligeramente, pero toda mujer, y lo extendemos a todo ser humano, ama la entrega, que se desprende de la ternura y la transparencia- porque hay verdades como la expuesta que corroboran la fe, y nosotros como espectadores lo vemos en medio de nuestra naturaleza imperfecta, y aunque dudemos, aprehensivamente positiva.

Decálogo Siete: No robarás


¿Se puede robar lo que en principio es de uno?, de esta premisa que se expone de forma directa -y en su desarrollo- de boca de su protagonista, parte este decálogo en que Majka (Maja Barelkowska), una joven de 22 años que vive con sus padres le reclama a su madre Ewa (Anna Polony) la hija de seis que le entregó a su cuidado, habiéndole “usurpado” ante su debilidad e inexperiencia el papel de su crianza, siendo ésta una mujer que se siente muy identificada y realizada con la pequeña a diferencia de lo dura, poco empática y exigente que fue con Majda, firmando a Ania como suya ante la necesidad de esquivar el conflicto y la inmadurez de una relación penada (que esconde una segunda oportunidad, una de enmienda –espíritu que sobrevuela e inquiere la trama- y otra en el encontrar el retoño que siempre se ha deseado), al ser su hija una menor durante esa época, la escolar, frente al affair pasajero pero apasionado, por el lado de la muchacha, con un maestro y hombre frío, distante, que nunca ha querido ninguna responsabilidad, y es servil con la matriarca. A pesar de que actualmente diseña osos de peluche, lo cual da a entender que posee capacidad de persuasión, de parecer sensible y seductor sin realmente ser el adecuado para una relación, habiendo de por medio doblez, aspereza e indiferencia que parecen resumir el pasado. Uno decisivo ante el presente. Aunque ¿quién puede negar una reinvención?, por ambos lados, entre Ewa y Majda.

El empaque del relato es uno muy cautivante, potente, de un ritmo especial, sobresaliente dentro del grupo a ese respecto que por lo general suele tomarse su tiempo, fácil de generar atención y confabulación primaria y entusiasmo ligero como lo son muchas de las decisiones en los mandamientos de Kieślowski que sin coartar las metas que se deducen de su trabajo, la búsqueda de profundidad, sensibilidad, su propio tempo de autor y la seriedad con los temas, argumentos, dramas y existencialismos que retrata, su madurez y coherencia, se reviste de contemporaneidad, amabilidad, aire fresco, a veces (aunque poco pero suficiente para notarse) de humor y hasta de agradable irreverencia y curiosidad, pero de la que aporta al panorama hay que recalcar para no robarle su sentido, dejando lugar a no tomarse tan en serio, no obstante si para el espectador receptivo/agradecido por bien ganado mérito. Se trata de un rapto y el intentar no dejarse encontrar, mientras planean huir a Canadá (que resulta de un tiro por la culata y la desnudez de las pretensiones dominantes, el rostro del monstruo), aunque con pocos medios, desamparados y bajo poca cabeza, con una inocencia y deficiencia ante un duro despertar a un punto enternecedor (las pesadillas de la niña absorben toda esa idiosincrasia, plantean una intromisión y una labor posible al fin y al cabo, pero requiere resolución y una lucha titánica dada la negativa de la potestad por quien tiene el poder, el conocimiento y las ventajas, dejando cabida a clamar por su nobleza y un acto de mucha consciencia, como en la absorta y culpable mirada del desenlace), frente a un tono de tristeza e injusticia sentimental, que no de las reglas que rigen este mundo donde el más fuerte se engulle al menos preparado, que en cierto motivo va más allá de las circunstancias, hacia ese grito a Dios del capítulo cinco, pero que nos remite inmediatamente al libre albedrio, al manejo de nuestro destino y a la expulsión de la simbología del paraíso ante la falta de contenerse ante la tentación, la ausencia de buen juicio en todos los actos, tanto como por otro lado a la imperfección, las limitaciones o la (poética) estupidez que a muchos lastimosamente nos gobierna. En sí, Ewa ha convertido a su vástago en un ser en buena parte inútil y falto de confianza (pero como somos capitanes de nuestro barco, al final cada uno debe hacerse cargo de su realidad, como puede), le ha arrinconado y le provee de desesperación tanto que parece solo quedar el suicidio, uno metafórico y hasta literal (ese que desde ya asoma discretamente en el río; Kieślowski juega con varias alternativas aunque termine escogiendo una, como a su vez deja algunas puertas abiertas), además de sumirla en cierta depresión, complejo y carencia emocional, algo a todas luces cruel y el verdadero sentido del mandamiento, ya que el robo en realidad es de la abuela y no de la progenitora.  

Decálogo Ocho: No levantarás falsos testimonios


Uno de los decálogos más discutibles en cuanto a la recepción y aceptación del espectador riguroso, en sentido de que muchos sienten una cierta impostura, una artificialidad o una lavada de rostro en la trama, cuando ven polacos ayudando a judíos durante la segunda guerra mundial y el holocausto, siendo una etapa que muchos ven oscura para esta nación, que más bien colabora con aquella decisión final. No obstante, justamente diríamos que esa duda yace presente en buena parte del metraje, llegando a ser importante el sentido moral de escoger entre un niño y la salvación de muchos adultos y la misión de una resistencia polaca, usando antes la noción del mandamiento, en el hecho de mentir para salvar una vida.

La solitaria, anciana y apacible Zofia (Maria Koscialkowska), catedrática de ética en los actuales fines de los 80s de la trama, se negó a acoger a una pequeña niña judía a detrimento de arriesgarla ante la exterminación hace 40 años atrás, enviándola a una muerte segura por la supuesta rigidez de unos principios, aduciéndose que no podía mentir, hacerla pasar por otra religión y familia, lo cual abre una discusión escueta sobre hasta qué punto puede ser importante una mentira (y me viene a la cabeza ese lucido monólogo en la universidad de parte de Jorge Jellinek en La vida útil, 2010), o no seguir un mandamiento al pie de la letra, sino hacer uso de nuestro entendimiento en cuanto a la resolución adecuada a un dilema moral, en el escoger de las prioridades, esquivando la inflexibilidad de algunos dogmas, amoldándolos al contexto más justo y humano (que como vemos es lo que respalda la iglesia con el apoyo de esta obra), de la mano de un mensaje sin palabras en aquel contorsionista del bosque que nos expresa que tenemos distinta capacidad de maleabilidad, unos la tienen y otros nos, y eso te hace especial (como en aquel diálogo sobre salvar a alguien y ser salvado que dado el contexto retratado no solo pone una situación de desventaja y humillación, quizá, que es lo de menos frente a la esencia y requerimiento, también hace ineludiblemente iluminador el acto para ambos, generando un aura a cada lado), no siendo solo algo curioso, fresco y moderno en el relato.

La trama, sin embargo, pronto crece a una problemática mayor, necesaria para no quedar en tan fácil y directa proposición, aun siendo uno de los decálogos más literarios, menos visuales (pero con otros momentos virtuosos como esa oscuridad de la que se provee el filme en el recuerdo por los pasadizos de la quinta en que se dio el rechazo de la historia, manipulándose la posibilidad de la locura, observándose un remordimiento traumático y de irrealidad, donde otra cara es el silencio voluntario y la melancolía del sastre que iba a dar el cobijo, a diferencia de la vida metódica y sana de Zofia, articulándose distintas marcas de vida, la indiferencia o la secuela dolorosa de una época negra, lo cual decimos que pudo ser mucho mejor, deja material en ebullición para imponer una mayor profundización y realismo), siendo presentado el conflicto por la exposición verbal de Elzbieta (Teresa Marczewska), la niña de antaño que ahora se reencuentra con su pasado, pero no nos equivoquemos porque lo hace desde la paz de su fe, buscando conocer a quien le negó la oportunidad de salvarse, pero en un tono amistoso, atípicamente comprensivo y bastante complaciente donde se introduce en una conversación y se retoma con un poco de menos atractivo el decálogo dos que sirve de pretexto para  ampliar la mirada, generar otra posición, discutir la complejidad de la vida en sus distintas alternativas de respuesta y la libertad del mejor juicio frente a cada caso en especial, por medio de la riqueza mental de Kieślowski que sabe potenciar la (aparente sencilla) premisa anterior, que arguye que salvar la vida de un niño es lo más importante ante todo.

Decálogo Nueve: No desearás a la mujer de tu prójimo


Uno de los libros que más me han entusiasmado, que son muy pocos en realidad a pesar de haber leído una cantidad decente a mi parecer, y es que se puede disfrutar y admirar a muchos autores pero los libros claves para uno se reducen a un puñado, es Fiesta de Ernest Hemingway. En dicha obra se hace una elipsis muy especial, el hombre ideal de una mujer, la que es libertina y podría dejar de serlo no tiene intimidad sexual con ella a pesar de sentirse una fuerte pasión y una compenetración particular entre ellos. Deduciéndose la impotencia del personaje. En ese punto se abre el mandamiento propuesto por Kieślowski. Y la pregunta de rigor ¿se puede amar plenamente a alguien sin tener sexo con él/ella nunca? , que acompaña la siguiente menos fácil de lo que creemos en general, ¿se puede ser fiel así por siempre y sentirse realizados? Los esposos Hanka y Roman deberán encararlo enfocándose en su sensibilidad (es capital ver la enorme frustración que acaece, adaptarse y superar la tragedia, peor aun no teniendo hijos juntos), convicción y amor verdadero, no obstante ella sufrirá la tentación del cuerpo, con un amante que poco importa como persona para ella en realidad, Mariusz, el que si se siente enamorado, y eso es tomado como irrelevante en parte ante lo que -y quienes- agrede y destruye, siendo simplemente un acto de placer y llenar un deseo primario aunque natural y humano, que también es importante, pero ¿qué tanto de cara a la infelicidad del hombre de nuestra vida?, que es lo que Hanka aun joven y físicamente atractiva debe asumir, sin poética, con lealtad, la cabeza fría, la prioridad de su existencia, el respeto y el sacrificio a esa vera. Ya que el decálogo claramente invoca un precepto en el cual no repara Mariusz –al que se le dibuja como gracioso, fresco, muy llano e incómodo, y poco reflexivo- y la humanidad que representa, la que no escucha y solo vive para sí, y que tanto dolor trae a Roman en un conflicto mayor al usual de la infidelidad, pero ligado a una trama muy utilizada y que no presenta mucha novedad, tanto como hacerse complicado el ejecutar un melodrama digno visto los parámetros y el tema, sin manipular la ubicua artificialidad vacía, manida y plana, de donde Kieślowski sale airoso a un punto, con acciones/momentos dramáticos aceptables aunque comunes, no negándose a dejarse llevar por lo esencial, el dolor, sino acometer con aplomo y explotación todo ello, conteniéndolo de forma más que decente en la cámara subjetiva del esposo espía o los viajes en bicicleta que suele hacer en su depresión y desfogue el protagonista, en el dejarse llevar por el deseo de autodestrucción, desconfianza, celos y decepción que anida ante la incapacidad que aqueja su matrimonio.

Este decálogo hace mucho uso de la lírica y tiene de hiperbólico (aún bajo lo que intenta atrapar, una gran frustración), sentimental y compacto en resolver una problemática, lo que tiene de muy simple e inevitablemente fallido en cierta manera, en convencernos al 100%, y con ello me refiero a entusiasmarnos que no lo logra, aunque no podemos ser insensibles y no anotar que nos conmueve un poco. No obstante no deja de ser un retrato efectivo, claro y útil (aunque redundante como cine, si bien este es de hace como un cuarto de siglo atrás) si persigue la noción del espectador para con el mandamiento, que se entiende de pies a cabeza, quedando en la memoria, y fuera de esos límites aceptándose como una especie de placer culposo (valga la ironía involuntaria de la inconciencia). Porque no se puede negar que estamos ante el decálogo más débil en cuanto a sorpresa, desarrollo y argumentación compleja/original, pero aun así uno bastante entretenido. 

Decálogo Diez: No codiciarás los bienes ajenos


El último decálogo es el que viene con notoria comedia, donde muchos ven humor negro, y yo lo veo poco o medido, la verdad (aunque anoto que suelo ser algo ciego y distante con la risa), ya que no creo que sea lo suficientemente ácido para vanagloriarse bajo esa característica, aunque Kieślowski no suela ser normalmente exagerado, sino más bien contenido, delicado si se quiere, serio aun con la broma. No obstante, esa apertura con el hermano y protagonista rockero cantando socarrón sobre los mandamientos nos remiten a un autor que se toma las cosas sin demasiadas presunciones, de manera natural, aceptando lo moderno dentro su estilo clásico. E aquí que hace gala notable de esa vena que corona y cierra su conjunto con una sonrisa, una despedida bastante amable. En medio de un sinfín de conflictos tras una herencia casual y alguna que otra tragedia bajo un tono relajado, cómico; centralmente en la pérdida voluntaria de un riñón a cambio de una estampilla inubicable en Polonia que completa una colección de tres décadas de existencia, que despierta tras el hurto total de la suma la desconfianza mutua de dos hermanos en lo que implica el título (habiendo un perro gran danés negro como señal múltiple de la culpa de tres sujetos de labores dudosas, sumada a su proclamada argucia), girando alrededor de una afición millonaria con los sellos de correo, la del excéntrico vecino recluido con un materialismo emocional que lo contenía menesteroso, ahora descubierto como padre, que hizo aparición breve en el decálogo ocho.

No será demasiado divertido este decálogo aunque alegra lo suficiente, como reza esa declaración de que lo infantil abre paso a la felicidad y al desfogue de las preocupaciones y responsabilidades, permite que uno se olvide del mundo y simplemente se viva, mientras roba confabulaciones bajo su frescura diáfana y al mismo tiempo audaz, luciendo interesante acometer un mandamiento a través de un tono cómico corrosivo, uno inteligente, viendo que la idiotez, la ambición, la envidia intrínseca a cada mente insegura y el continuo error sirven para sopesar una idea trascendente si se quiere. Una bocanada de aire para palear tanta melancolía, un colofón grato que concluye con la ironía –y el sentido utópico- de que si todos tenemos lo mismo nadie querrá lo ajeno. En la proclama ligera de un canto socialista de buena onda, que sirve para soltar unas cuantas carcajadas y reflexiones, y anexarlo a nuestras existencias interpretándolo de distintas formas, como con el enriquecimiento que nos brinda éste hermoso decálogo que hay que ver, comunicar y sobre todo cumplir y celebrar.

martes, 15 de abril de 2014

Nymphomaniac. Volumen 1 y 2.

El sexo a menudo es polémico, aun en el siglo XXI. De alguna forma llega a provocar histeria a mucha gente, tanto como siempre el ser humano lo busca y lo disfruta, si bien ya es algo normal no sorprenderse demasiado con el tema, ya que el arte lo ha explotado sobremanera. Y es ahí donde encaja un director como el danés Lars von Trier, el que suele estar donde las papas queman, ansiando ser rebelde y mediático, trasgresor e irreverente, no por nada ha sido catalogado como persona non grata en Cannes, tras unos desafortunados comentarios sobre el nazismo y que bien que lo usa para promocionarse, para atraer ovejas a su rebaño, aunque no podemos negar que su arte tiene atractivo, y que su ingenio ostenta agudeza, originalidad y mucho entretenimiento con su cine de autor.

Sin embargo, todo cansa cuando se malgasta o se vuelve notoriamente artificial, se le notan las costuras, y algo de ello también se puede ver en su última película, dividida en dos partes de dos horas cada una para su exhibición comercial en un trabajo recortado de cinco horas de origen, que versa como reza su título sobre el relato de la vida de una ninfómana llamada Joe (Charlotte Gainsbourg), a partir del descubrimiento de su naturaleza sexual en juegos infantiles de sobarse su parte noble deslizándose con agua, hasta hallarse acogida en el cuarto de un culto, sensible y virgen sujeto maduro de ascendencia judía conocido como Seligman (Stellan Skarsgard, idóneo en su caracterización de inocencia, soledad, apocamiento y calma) que la encuentra en un callejón tirada golpeada. El que servirá para acotarle nociones intelectuales a su descaro y brutalidad vivencial, como un complemento de trascendencia de lo llano, de lo impactante, de lo burdo, e incluso de lo vulgar. Recurriéndose a la música clásica, al símil de la pesca, a la historia universal, a la matemática, a lo blasfemo, a la botánica o a la religión católica y a la ortodoxa.

En el trayecto vemos distintas prácticas sexuales, muchas radicales, la promiscuidad en un tren dentro de un concurso entre unas jóvenes amigas por unos caramelos a cambio de superar a la otra en tener encuentros casuales, un trio con dos africanos bajo la dificultad del lenguaje haciendo un sándwich (doble penetración), lesbianismo (aunque más como parte de la continuidad del relato que exhibición, detalle o descripción), sadomasoquismo con “K” (el sencillo pero talentoso Jamie Bell, que por su cuerpo pequeño y su cara amable de niño rubicundo y bonito no parecería la figura que maneja, no obstante cumple  y bien, sin inmutarse, en la imagen que se ciñe al extraño acto de placer –en un estilo que aunque a veces grotesco es a todas luces vital, lujurioso, buscando impresionar, como a favor de tantas locuras, o intenta ser mucho menos tajante de lo normal y deja la idiosincrasia y el propio acontecer de las decisiones y resultados de la existencia retratada como juicio discreto- y no al ser humano que lo realiza, que sería más fácil en cuanto a contundente, y que al fin y al cabo hablan de una estética de embellecimiento, una arquitectura que a una distancia cuenta con rasgos delicados, que no por ello siempre la mejor, aclaro, pero en esta oportunidad funciona en toda la película, disminuyendo la carga ya de por sí violenta y difícil, partiendo desde el título y la temática hacia su desarrollo descarado) que incluye el fisting a lo que le llama Trier el pato silencioso y un sinfín de aventuras continuas con variados hombres de distinta complexión física, edades y fetiches a los que se les maneja con horarios apretados sin ningún tipo de afecto sino puro y duro placer orgásmico. De donde uno de los amantes de la protagonista se enamora de ella y quiere dejar a sus hijos, para lo que su esposa interpretada por Uma Thurman como Mrs. “H” hace uso de una toma de consciencia mediante el sarcasmo, el trauma y el remordimiento y hasta diríamos que el humor negro.

Se debe advertir que existe una buena cuota de sexo explícito en el filme, que valga la curiosidad no llega a molestar como para arruinar la visualización del conjunto ni a generar demasiada inquietud, más allá de la necesaria, porque de eso trata la película y sería (un poco) raro no tomarlo desde la realidad que invoca, sin convertirlo en una película pornográfica que no lo es, más bien como espolvoreando incluye momentos peliagudos por aquí y allá, pero componiendo una historia mayor al uso que es lo que predomina (se ciñe por un lado al cine de autor que es lo que dirige la obra a pesar de las apariencias y así se disfruta mejor, si bien la carnaza es otra, aunque cumple con lo prometido; y por otro a lo erótico que no es una novedad en Escandinavia que tiene una historia fílmica en el sexploitation), y más siendo quien es Lars von Trier. Vemos penetraciones (aunque por tiempos cortos de exposición), exhibición de genitales de forma directa y recurrente, y varias escenas de sexo oral, hasta con eyaculación que cae de la boca en un retrato compuesto artísticamente, con una estética aunque de desestabilización/excitación del espectador, que hay que decirlo sin tapujos, y es que evoca nuestro lado primario y ordinario, cómplice con nuestra simplicidad, fantasía y erotismo. No obstante, definitivamente no es lo más importante ni lo convierte en un filme trascendente en absoluto, yo diría que hasta todo lo contrario, sino fuera por las lecturas, los argumentos, el soporte imaginario y su trama, que tratan de dirimir la (casi) imposible aceptación de una esencia vapuleada a diestra y siniestra, mitificada por el imaginario sensual pero repelida con fuerza en la sociedad, marginada, siendo vista como un vicio de inadaptación, que a veces no nos parece tan real o no es lejano, pero que en la presente es una declaración de feminismo, aunque bastante extremo, y efectista, no se puede negar. Paradójicamente mediante la misoginia que se le achaca al autor por la rudeza y compromiso que éste le exige a su actrices en la caracterización de sus personajes, o como recuerda mucho su película Anticristo (2009) que parece a un punto mal entendida ya que en lugar de un drama uno debe ver una cinta de terror en una posesión del mal y estoy seguro que la óptica con que se le mira cambiará y verán una muy interesante aunque espeluznante historia de entretenimiento muy bien concebida. Trier logra comprometer por completo a su musa, a una muy solvente Charlotte Gainsbourg; tanto como a la novata Stacy Martin que hace de Joe de joven, la que está a la altura de su futura versión, viéndose sucia o dulce, desconcertada o curtida, dependiendo lo requerido, en un empaque pedestre muy efectivo.

Hay que reconocer que todo el genio de Trier no le es favorable, es una mezcla de buena creatividad y otras de fallas garrafales, y eso lo hace carne de cañón, lo expone a ser recriminado, a generar descontento, pero a su vez a sentir admiración por su arte, en ver que tiene personalidad, osadía y seguridad en lo que hace, dando la sensación de que cree en sí, y eso fallido o no siempre es remarcable. Intenta verter su audacia argumentativa como con la pedofilia y la represión personal y “voluntaria” que terminan en una insólita premiación consuelo, y pues hay ratos en que éste no tiene tino, aturde y se vuelve (un poco) estúpido, como con el desenlace final en que por no ser complaciente y digno del “y finalmente todos fueron felices”, cae en la sinrazón, en la mala broma, en desbaratar a un personaje, pero también hay que decir que tampoco es muy creativo, solo (algo) correcto, el cierre de “Nymphomaniac. Volumen 1” que termina como el llanto de una telenovela erótica, en un aire manido, aun siendo más tarde muy bien sobrellevado y asumido en la trama.

El meollo del asunto es la proximidad de la frustración, como una sombra perenne, el llamado inclemente del abismo, y que tiene una línea más concreta en la relación de Joe con Jerôme (Shia LaBeouf) que valga la anotación y significado es su primer encuentro sexual (y que proviene del acercamiento solido afectivo con su padre, en la aparición emocional en el papel de un enternecedor y empático aunque ligero Christian Slater, exceptuando los gritos del delirium tremens, que le deja a la protagonista una posibilidad de intentar amar, aun no queriendo hacerlo), de lo que se infiere (en ese momento que no es perfecto sino humillante pero uno que le marca y la define, y de ahí que ella se niegue a aceptarlo al re-encontrarlo, lo rechace en primera instancia como una fuerza en disputa premonitoria) la lucha que determinará la existencia de nuestra antihéroe que sabe que su naturaleza es mala aunque su interlocutor asexual trate de apaciguarla con una mirada clínica, fría, despersonalizada y condescendiente, sin embargo como dice la frase que se le atribuye a Kurt Cobain y que ella en sus actos parece seguir –con la quema del auto de su consejera psicológica, en una liberación de aspecto juvenil, como con la música de Rammstein que abre el filme, que hacen de Trier un infante terrible-, es mejor ser odiado por lo que eres que amado por lo que no eres. Y ella se acepta tal cual, pero seamos conscientes y maduros ¿qué acepta? Y nuevamente Trier juega con nuestras ideas preconcebidas, derrumba lugares comunes, se recrea con nuestra mente, y puede ser audaz pero es solo eso, algo ocurrente aunque bien argumentado, que no tenemos que compartir. Mientras nos hemos entretenido.

viernes, 11 de abril de 2014

Grand Central

Presente en Un certain regard en el festival de Cannes 2013 y en el festival de cine independiente de Buenos Aires (Bafici) de este año en la competencia oficial internacional, la segunda película de la francesa Rebecca Zlotowski es una historia que versa sobre la adaptación a una vida confortable en la clase trabajadora de parte de un joven llamado Gary (Tahar Rahim, actor en ascenso que hace de un espíritu noble pero pedestre, con solvencia,  aunque deja un resquicio de oscuridad bajo una frase común, tú no me conoces, y sin salir de su cuadrante puede ser enérgico e impredecible como en Un Profeta, 2009, de donde una vez más el “hambre” más que la malicia empuja) que viene de una existencia austera, con una madre indiferente, una hermana recriminadora y una educación básica, que encuentra la ansiada paz en la localidad del bajo valle del Rhone, donde labora en una planta nuclear, solo que pronto –como no podía faltar- esto se quebrará cuando se enamore de la bella, seductora y desinhibida Karole (Léa Seydoux, en toda boga, que llora como las grandes, y tiene en sus movimientos un aire campechano que bascula con su atractivo y su provocación, cuando quiere, sobre todo en esos ojos hipnotizadores), futura esposa del mejor amigo de su patrón.

Con esta sencilla trama se arma una estructura que se mueve muy bien esquivando ser cuadriculada en un marco reducido y manido, provocando el alargamiento del descubrimiento y la consabida debacle creando a un punto muy saludable su lado de novedad, sabiendo escapar y potenciar a la vez su contexto que se mueve en el ambiente de la planta nuclear mientras el eje es la oculta relación que mantienen Gary y Karole.

En el estilo de Zlotowski está que maneja muy bien la elipsis, y el acortar harto las explicaciones y por ende las escenas haciendo que llenemos espacios, saltemos preámbulos y avancemos a un ritmo cautivante sin caer en lo abrupto o lo mutilado, si bien hay uno que otro momento algo corto al buen uso. Gracias a una visualidad imponente, a lo que llamaríamos puro cine, sugiriendo y proyectando, bajo una mirada bella, artística, como la voluptuosa pierna y el roce en el carro o el caminar guiados por el silencio y las miradas del deseo hacia un paraje boscoso donde la pareja pecaminosa hace el amor.

Otro rasgo, la ambigüedad, ¿a quién ama o le es fiel, Karole? Que es el leitmotiv y objeto de creación o destrucción de los seres humanos involucrados, y yo diría que ambos, en una pasión que valga la redundancia hierve de fuego “secreto”, sin sobrexplotarlo o anunciarlo literariamente, sino más bien haciendo uso de la elegancia, mucha arte, el buen hacer cinematográfico y la inteligencia de su autora, alguien a quien seguir definitivamente.

La proyección y la imaginación del espectador son muy necesarios con este filme (la compenetración con el vínculo afectivo de la pareja de protagonistas que pienso asegurada ayudará mucho a poner de nuestra parte), aunque muchos no lo noten y no lo perciban así, para apreciarlo en toda su medida aun siendo fácil de ver y seguir, porque sin ello será como ver disminuido su verdadero valor –auspicioso con unas formas, esquives, engrandecimiento de los detalles y anexos que hacen de éste relato una composición mayor- y muchos creerán que están ante una obra menor en su magma y sentido, donde mucho hay que interpretar y cavilar para deducir una posición, ya que tiene muchos rodeos además, habiendo mucha duda, y misterio, un cierto aire raro y endeble en la atmósfera que crea su trama, como con esa constante alerta de contaminación, la sombra de la muerte que vuela apenas perceptible pero muy perenne si aguzamos la vista (véase ese anticipo de terror y discreta brutalidad en el rasurado de cabello de la amiga de Karole, una chica radiante, como observamos en un canto suyo anterior, que llora, teme y facilita la noción del peligro inminente).

En su reparto contamos con Olivier Gourmet como Gilles, quien entrenará al joven ágil de entendimiento y entregado a su trabajo, hasta lo heroico, Gary. Tiene algunos ratos memorables, como cuando yace desnudo en la banca ante el chorro de agua que trata de limpiarlo de la radiación, o sobresaltos y gritos imponiendo su figura “ordinaria” y absorbida por la planta nuclear. Es loable ver que este actor siempre puede cambiar de registro emulador con algunos simples toques. Parece una persona distinta con naturalidad y simplicidad, pero con mucho talento. Con él, Denis Ménochet como Toni, el tipo rudo pero también extrovertido, novio de Karole. Articulará más complejidad de la que se cree, si bien es mucho un accesorio pequeño de la trama. De sí se desprende la sensación de conflicto, como en tantos momentos, sin embargo muchas veces Zlotowski como en la vida misma hará caso omiso de ello, como apagando o prendiendo nuestra atención en pseudo climax, aunque tendrá sus lapsos de entregarnos lo que predispone, pero siendo una historia madura, coherente, realista y no tan efectista. 

miércoles, 2 de abril de 2014

Only Lovers Left Alive

Competidora por la palma de oro en el festival de Cannes 2013, Jim Jarmusch, representante por antonomasia del cine independiente americano desde hace como treinta años, y uno de los cineastas más queridos y admirados del planeta por infinidad de cinéfilos, nos trae una cinta atípica al uso, como suele ser su séptimo arte, aquel que reinventa el lugar común y lo hace suyo, tan propio como íntimo, como se puede ver con facilidad en dos de sus obras claves; el western a modo de viaje espiritual en la “reencarnación” de un poeta interpretado por Johnny Depp como William Blake en una especie de road movie de tintes cómicos y violentos, Dead Man (2005); o el chanbara o cine de samuráis, asimilados desde la urbanidad angloamericana en un antihéroe afroamericano que es un sicario con un poderoso código ancestral personal, el que se ciñe fielmente al título que lo define, por un lado a un perro, que en jerga gringa indica a alguien que se las sabe todas (por decirlo igual de forma coloquial), un tipo ladino y duro, y por el otro, el de un fantasma, alguien que vive a la sombra de su deber y entrega total como la mítica nipona que representa y contextualizan su figura, Ghost Dog: The Way of the Samurai (1999), partiendo de un registro en el conjunto de su obra que muestra siempre la calle desde adentro, la cotidianidad de la gente de a pie que tiene a la música, su vitalidad, su astucia y picardía, su sobrevivencia y recurso, su cariz de entretenerse banalmente y de manera tramposa o hasta en parte criminal, y su espontánea y pura vaguedad como bastión de libertad e identidad.

Only lovers left alive hace de los vampiros un continuo recuerdo/pretexto de los slackers de Permanent Vacation (1980) o -una de sus mejores propuestas, que en lo particular me resulta fascinante, como a muchos amantes del sencillo cine de autor- Stranger Than Paradise (Extraños en el paraíso, 1984). Y es que aquí no pasa mucho, es el vagabundeo y modo de vida de siempre, pasar el tiempo, solo que ambientado a la eternidad, al apetito y la necesidad por sangre, el rechazo y miedo al sol, a los rasgos conocidos de estos famosos y populares monstruos folclóricos, literarios, y, por supuesto, también cinematográficos. Y es que en realidad se trata de los mismos outsiders, los de la cosmovisión que dibuja Jarmusch, esos de genio puro y duro, los que retratan la diafanidad de una esencia que no pelea con quienes son, sino simplemente se dejan llevar tal cual en un mundo donde como regla no son bien vistos, sin embargo el problema en la trama y en esa simbología que exuda, yace con los llamados para el caso, zombis, los seres humanos, que (valga la ironía y la audacia) a diferencia de los vampiros (que deberían ser en su lugar la verdadera fuente de conflicto) resultan tantas veces un problema de convivencia y de búsqueda de felicidad y de asentar digamos que un estilo, y (por lo tanto) una existencia.

El filme de Jarmusch tiene como una declaración de sus ideales, y de su arte, mientras se amalgaman varias capas, permitiendo varias lecturas. Aunque es bastante fácil de entender, requiere de un espectador calmo y paciente, ya que no hay demasiadas emociones fuertes, más es como detallar esa conjunción y reinvención que ha hecho de su mundo y el de los vampiros. Unos que son civilizados, instruidos, elegantes, melómanos, viajeros, cosmopolitas, emocionales (como esa idea que circula del suicidio), afectivos (es la historia del amor milenario de una pareja), sacrificados (evitan matar gente y beben sangre de laboratorio), solitarios, un poco místicos, con un aire de artistas de culto (uno de los protagonistas es músico), en un sinfín de características que son el plato fuerte de esta propuesta. Y es que se evita ser lo que se espera de ellos. Han llegado a un estado superior a su condición, dado con la experiencia y la época contemporánea. Algo que puede ser interesante visto desde una nueva interpretación del quehacer cinematográfico de Jarmusch, que como David Cronenberg, siguen siendo ellos, pero con una estética y un alcance más complejo.

Como en toda obra que se precie, siempre brilla la independencia, a fin de cuentas. Y esta no es la excepción en absoluto, es un placer ver una nueva pieza de la labor que realiza este atrayente cineasta, pero se puede ver que en ella la filmografía de Jarmusch pasa ante nuestros ojos.

Los actores que acompañan sirven para ganar todas las cualidades que recrean personajes polifacéticos, oscuros pero aceptables, simpáticos y raros, fabuladores de temor y seducción, universalidad y particularidad, siendo arduos al manejar esas dualidades o complementariedad  que enriquecen el séptimo arte y toda historia atractiva, proyectando el quehacer de una leyenda novedosa. En Tilda Swinton y Tom Hiddleston, como Eve y Adam, que no se hacen incongruentes en sus distintas edades, al estar unidos como pareja, ya que ella aunque suene increíble de creer en la vida real tiene 53 años, y él a penas 33, pero no se siente mucho, pasa desapercibido al punto de lo efectivo, e incluso aquello incrementa el panorama de los pensamientos que se pueden desprender, desde lo visual que no se articula en pantalla como relato, de lo que ayuda mucho esa calidad de albina y fantasmal que maneja Swinton, tanto como su frescura y distinción de la manada, sin tampoco perderse de no ser un referente ubicable en la gente. Con ello su buen cuerpo (sale desnuda en una toma fotogénica y delicada), y su intensidad interior como artista que la hacen tan creíble y auténtica. Por el lado masculino, Hiddleston no malogra la imagen que se quiere concebir con el halo de su inocencia, su cariz de sano, su innato carisma o su llaneza, sino más bien matiza su elíptica esencia, la realza, haciéndola enigmática y diferente desde sí, sin ser forzado a nada, o mejor dicho, a poco porque algo se le empuja a proponer rudeza, fastidio o enojo que resulta menor en calidad de forma, no obstante lo mejor es su fragilidad, el ser refinado y profundo. A su vez lógicamente aporta mucho la idiosincrasia de a quienes retratan, lo que se explota libremente pero de donde se recuperan todas las ideas centrales. Se flexibilizan o se vuelven maleables en las manos de la creatividad de Jim Jarmusch, que no solo dirige sino escribe el guión, como suele hacer, y que aúna mayor compromiso con su obra.

Otro punto de soporte que pretende -o anticipa en el espectador- algún giro a la parsimonia general es la intervención de la actriz Mia Wasikowska como la hermana menor de Eve, que tiene vida libertina, es cruel e imprudente como inconsciente con sus actos, pero no quiebra la estructura ni el estilo conseguido, que para quien se entregue a éste saldrá ganando, más que confundirse y no asumir los parámetros expuestos desde el inicio que son los que dominaran la propuesta. Yo diría que si bien lo suyo crea sorpresa y auspicia el camino hacia una decisión concluyente (el meollo del filme), no pasa de mera “anécdota”, o mayor conocimiento descriptivo o pequeño contraste. Lo de ella es una buena actuación, desenfadada, aunque algo artificial en la performance. Del grupo de reparto, sobresale Anton Yelchin como Ian, el fan underground que le consigue todo lo que quiere a Adam, está logrado y es sumamente limpio. Pero no surte el mismo efecto en John Hurt como Marlowe que es bastante poca cosa, verle y sentir simpatía por él como actor, nada más, pero en verdad no provoca nada importante.

El aire culto del filme le juega algunas malas pasadas, puede ser algo cursi o ridículo, como algunas audacias en las acciones pueden ser algo bobas o pasar por disonantes, pero todo hace también de amplificador de una personalidad entera y contundente, es jugarse por el arte de uno, y buscar entender que el cine es imponer nuestra marca, nuestra autoría y todo ello está en Jim Jarmusch. No es que sea lo más perfecto lo que hace ni lo más cautivador, pero tiene un nombre muy bien ganado y lo sigue demostrando fehacientemente. La trama es un paseo existencial y vivencial al corazón de un vampiro de los últimos tiempos, pero no solo eso, sino al alma de un creador de pies a cabeza. Ese al que se parafrasea, la necesidad nos empuja a succionar sangre, de unos bellos ejemplares al son de una hermosa luna romántica en pleno Tánger, pero vamos a convertirlos. No vamos a matarlos ni a corrompernos.

viernes, 21 de marzo de 2014

El desconocido del lago

No vamos a entrar en rodeos, las películas de temática y predominancia homosexual no son fáciles de ver para un heterosexual común, siempre implican un esfuerzo de tolerancia, en distinta medida, dependiendo de cada espectador (y mucho desde esta parte del hemisferio), pero quien quiere hacer crítica no puede obviarle, sobre todo siendo parte del cliché de que este séptimo arte suele ir mucho inmerso en el cine independiente, por lo que el “arte” siempre suele tenerle presente, más viendo que es algo minoritario y tendemos a creer que eso es parte del conjunto más trascendental en cuanto a autoría, sin embargo para quien escribe es una verdad que muy pocas películas de esta tendencia suelen ser realmente valiosas, a diferencia de lo que muchos creen o quieren creer.

Por lo antes dicho, se hace aún más difícil de visionar la propuesta presente porque es bastante explícita en lo sexual, y no solo por el contexto en plenas vacaciones de verano de una paradisíaca playa gay y nudista a orillas de una zona boscosa que clama ser totalmente liberal, que llega a lo libertina, pero dentro de un orden, donde los hombres van desnudos enseñando de forma directa sus partes genitales, constantemente, para así generar una especie de mercado de oferta y demanda donde gratis se ofrecen al agrado físico mutuo y personal para ir a copular entre las plantas. Porque llegaremos a presenciar la ambientación de la aventura sexual, de lo casual, en el coito, el sexo oral y la masturbación de mano ajena hasta el clímax, bajo pelos y señales (sobre todo en estos dos últimos, en que llega a implicar lo pornográfico, lo innecesario), que para el director Alain Guiraudie  es parte importante de lo que quiere retratar (no permite concesiones que puedan generar mayor recepción, su decisión es férrea y se hace de un compromiso de entrega, transparente y total, hacia su público objetivo, que debe tenerlo si se ve lo que hace, y no como articula la revista francesa Cahiers du Cinéma en que la cataloga como dentro de una lista de las 10 mejores del 2013), con la auscultación de compararla sutilmente con el amor, criticando el desenfreno y el apasionamiento superficial de los homosexuales, su tendencia a ello. Y es que este filme va dirigido demasiado a esta comunidad o inclinación, y no como muchos querrán adjudicarle, de que va bajo lo universal (que tiene algo no se puede negar, desde luego, pero es más un segundo plano, porque su adjudicación es el de un mundo, eso sí, concebido con mucha solvencia y autenticidad). 

No solo por ser contundentemente realista regodeándose en todo ello como quien no puede dejar de ver -y verse- en dichas características (yo creo que es demasiado, va más allá de la atribución de ambición de veracidad, y no parece que ese haya sido el móvil, es retratar lo que te gusta, gustará a un sector determinado y le es natural al autor, y por más paradójico que suene, implica menos arte y alcance, aunque más emotividad seguramente en quienes se sientan reflejados), y harto exhibicionista, poner incentivos claros y continuos a cierto hedonismo, porque incluso lo que retrata es propio de su idiosincrasia, de seguir la perspectiva de dar mayor predominio a lo carnal, a lo pasajero, hablando dentro de estados de madurez y aceptación cabal de un rasgo de adaptación evolutiva, pero haciendo la salvedad de que pretende sopesar otra alternativa, lo sentimental (aunque escogiendo finalmente ir hacia las tinieblas y el abismo o lo literal en la muerte, donde la pasión domina el escenario y a eso se adscribe), en el amor puro digamos, en el trato, en la afinidad, en la personalidad, en el diálogo y en la empatía de varios caracteres, en el gordito que no se saca nunca el pantalón corto, el que yace solo cada tarde, como que no genera entusiasmo, solamente conmiseración y afabilidad, y a un punto su representación luce un poco irónica –como una especie de sabiduría popular del creador; basta ver al voyeur que se masturba a la vista de la promiscuidad reinante- o es que los sucesos lo indican de esa manera con tanta muerte y proclividad hacia ella (¿es una treta de Henri señalarle su culpabilidad a Michel, algo inconsciente, con una connotación sexual hacía sí?, por un lado me lo parece aunque no se pretenda necesariamente, viniendo a ser la acción contra él una negativa), de lo que se deduce que Guiraudie no anhela ningún mensaje muy profundo, o no se lo toma tan en serio, y es que en general su historia es un tanto endeble, no muy sólida aunque con sus posibles lecturas, que bascula en cierto lugar común –lo cual tampoco es una tragedia, sino aguzar el ojo sobre un interés masivo- y en el afianzamiento muchas veces gratuito o redundante.

Como con su anterior filme,  Le roi de l'évasion (2009), aunque este era más abierto en su anhelo de risa, si bien comparten -en ese aspecto- sutilidad, solo que yace inclinada a pertenecer a la comedia, pero sin llegar a ser tampoco bastante directa (o es que yo no me rio así nomás ni encuentro la broma con facilidad), si bien tiene mucho de descocada con este Armand Lacourtade (Ludovic Berthillot) que cae en una crisis de pasados los 40s cuando se ve soltero viviendo con su madre, y decide enamorarse de una mujer siendo un homosexual declarado y activo (aprovechando una raíz “mágica” que permite la excitación sin importar con quien uno esté), de una chica de 16 años, Curly (Hafsia Herzi), y tirar a escaparse con ella de la policía y los padres de esta, como quien no quiere afrontar una realidad, una elección y una idiosincrasia, como indica el título traducido, en El rey de la evasión. Mientras El desconocido del lago parece tener cierta discreta ironía soterrada. Ya que Guiraudie tiene un sentido del humor bastante fino, hay que admitir, y a su vez dentro de toda crítica en contra, audacia e inteligencia en su quehacer cinematográfico. Aun siendo la actual, L'inconnu du lac en el original, no una obra de envergadura dentro del arte del cine, que tampoco mala, no obstante es bastante seguro que termine convirtiéndose en un clásico gay. Gratitud por semejante convicción no le va a faltar.

El filme es sumamente simple, tanto que su trama “arranca” a partir de los cincuenta minutos de metraje más o menos, sin embargo hay que decir que economiza muy bien sus elementos y los proyecta con cierta novedad aunque llana (en especial con la participación del inspector de policía, y el desenlace de la película, que además resultan muy lógicos al uso). Trata sobre como un joven gay, Franck (Pierre Deladonchamps) pierde la cabeza por otro similar sin siquiera conocerlo, por Michel (Christophe Paou) que esconde –y no tanto- algo turbio, oscuro (los motivos son bastante flojos, y ni el título, el desconocido del lago, ayuda), siendo alguien voluble, frío, temperamental y peligroso. En medio, diálogos con Henri (Patrick d'Assumçao), los que son buenos siendo cotidianos, parte virtuosa del conjunto, como las reflexiones e interrogantes que suelta el inspector Damroder (Jérôme Chappatte). Dejando precisado que como se ve todo resulta muy amable de comprender y por ende de llegar a entretenernos, ostentando su buena fotografía como la del lago iluminado por el sol ante la vista del protagonista recogido expectante en la arena, como por algunos ratos de buen suspenso en el agua o en la oscuridad de lo impredecible de éste thriller tardío, salvo por la gran dificultad de digerir su explicites y la excesiva rotundidad de su contexto, que es chocante de soportar en buena parte, ¡qué le vamos a hacer!, no es uno tan avant-garde a fin de cuentas, que te da por estar varias veces a tiro de lanzar la toalla, y no la hace recomendable para cualquiera, como tampoco creo que el “sufrimiento” pague demasiado el precio. Pero esa es su gracia.

martes, 18 de marzo de 2014

The Selfish Giant

Dos mejores amigos, Arbor y Swifty, se meten mucho en problemas, más por culpa del primero que representa una mala influencia, el otro es el niño grande y tonto de buen corazón como dicen todos, y él mismo se conoce. Soy blando nos expresa en un momento de estar cansado de tanta fechoría, pero evitando dejar de lado a su problemático camarada. Entre sus actividades para conseguir dinero, ya que son de familias pobres inglesas, está recoger y llevar material al negocio de un chatarrero, Kitten, que los explota, y un poco los maltrata. Un diálogo nos coloca el panorama, hacen lo que los adultos temen en la ley, para no tomar riesgos propios, y en esa búsqueda, está robar cable eléctrico, pero también ayudar con su caballo, con el que se realizan apuestas de carreras. En sí, ese es todo el contexto.

Estamos ante una cinta pequeña, algo repetitiva si se quiere, al punto que da la sensación de estar dilatada a pesar de su corto metraje, si bien varia dentro de sus mismas coordenadas, es decir, a razón de las malacrianzas de Arbor, su insolencia y total espontaneidad como rebeldía, en el colegio y con cualquiera, no respeta ni a su madre, y su refracción en Swifty que por hacer de leal compañía le sigue, comparte culpas –como la expulsión tras el bullying, el afecto y la ambigüedad de la lección- e hiere a su débil madre –la de perenne rostro compungido, un cliché en sí, aunque existe y mucho- que solo quiere que sea una buena persona, que estudie, siendo todo lo contrario a exigente o autoritaria; y sus correrías tras objetos de metal para recibir una propina. En ese trayecto se exhibe las personalidades de estos pequeños de 13 años, su libertad, desarreglos y nobleza.

Es un retrato que maneja muy bien la idiosincrasia de la adolescencia, sostenida por el vínculo de la amistad, eje del filme, que llega a conmover como drama. En un vuelco de trascendencia. Y en esa novedad yace el punto fuerte y éxito del conjunto, cuando parecía muy poca cosa, aunque ostenta además una lograda elucubración cotidiana, amplificada por los exabruptos, arrebatos, enojos, gritos y un cierto cariz primario de ir a la gesticulación violenta y a las acciones, aunque no terminen siendo extremas. Hay mucha exaltación, que puede ser un recurso que se sobreexplota para dar con la imagen que se quiere, de vivir entre gente ordinaria, pero también es que Arbor propicia mucho la reacción ajena, al no contener su constante reto, intensidad y osadía. Que hasta toma pastillas.

La directora Clio Barnard no es que nos traiga algo arduo, pero sabe enfocar y aprovechar su temática (el leitmotiv, el egoísmo, es el trabajo de un 80% del relato para llegar a la simbología del caballo que es cepillado), siendo un cuadro verosímil, cargado de energía, como sus criaturas. Sabe reflejar a la clase trabajadora, aunque tienda a mostrarlos belicosos, sin que lleguen a actos demasiado deplorables, ya que maneja en ellos también estados de consciencia a fin de cuentas, aun habiendo “necesidad” de romper las reglas, hay vandalismo y robo, se recurre a la picardía, que en los niños es producto de una excesiva vitalidad y falta de una figura de autoridad. La permisividad es flor de sus días. Y en ello la trama nos hace en buena parte indulgentes en cuanto a simpatías, no obstante nos permite ver con claridad que requieren de mayor firmeza y de una conducción.

Es una película que puede gustar a muchos, sin que sea de suma originalidad, pero sí que cautiva con los pocos y sencillos recursos que administra, en como los ejecuta con humildad, solidez y sabiduría, algo de corte familiar bastante concreto con pinceladas de autoría muy leves pero harto atinadas, que se ve con facilidad. Habiendo una sensibilidad y perspicacia muy femenina en todo el filme, manejada con sutileza, como en segundo plano ante la contundencia intrínseca, rechazando ser melodramático, y yo diría que se es en todo momento opuesto a ello (se esconde el rostro, se escurre incluso del acto literal de lo lacrimógeno, se encierra uno a manera de la representación de desaparecer, de atrincherarnos, mientras se espera el ataque o castigo, el juicio sentimental, el del alma, recurriendo al gesto de compartir con la persona clave a la que se emparenta lo que se lleva en lo profundo), de la mano de un ambiente atrevido, rústico, llano, directo, sobre todo en los comportamientos, que denotan masculinidad. Y con ambos la diafanidad universal. Donde llega a haber plena complicidad tras una cruel lección de vida.

sábado, 15 de marzo de 2014

Especial de cine: La filmografía de Armando Robles Godoy

Debo empezar diciendo que he profundizado en este director por ser actualmente muy bien considerado en nuestro panorama cinematográfico, siendo un realizador antiguo de quien su última película fue en el año 2000, pero su quehacer artístico se remonta hasta los 60s, y del que se dice que una de sus películas, La muralla verde (1970) es la mejor de todo nuestro séptimo arte. Y tenía que comprobarlo, y de paso conocer toda su obra, que cuenta con 6 largometrajes, de los cuales no he visto solo Ganarás el pan (1965), su ópera prima, y la dejo para un futuro próximo cuando la encuentre.  

He visto dos veces La muralla verde a ver si me convencía, si contenía el importante título que se le otorga, la de película número 1 del cine peruano, aunque tampoco es que hayamos hecho muchas grandes obras, pero como en todo lugar las hay y ésta encaja entre las merecidas a elogiar, sin embargo en mi más honesta apreciación definitivamente no me parece la mejor, ni siquiera dentro de su filmografía, pero si una muy estimable propuesta, pensando en lo que nos dejó Armando Robles Godoy en conjunto, algo a valorar mucho como parte de la riqueza cinematográfica del Perú.

En la selva no hay estrellas (1967)


Esta película es un gran comienzo para revisar la obra de Armando Robles Godoy, si bien se parece mucho a La muralla verde, parecen hermanas gemelas, hechas bajo las mismas características, cualidades y defectos, ésta es más cautivante en su relato. Aun siendo una historia muchas veces contada (que se basa en un cuento del propio Robles Godoy, como La muralla verde en una novela suya, que nacen de su experiencia de colono por casi una década en la selva), la del oportunista y tramposo,  un criminal (mata por dinero a un hombre supuestamente correcto, un líder comunal, en la Sierra, mismo western o película bélica de francotiradores, o incluso de ambas, lo cual invoca emoción de lo que es plano de por sí), que quiere robarle el oro en polvo escondido en unas botellas de cerveza a una anciana legendaria que vive con los indios y lo salvaje en plena selva. La que nos suena un poco premonitoria al Coronel Walter E. Kurtz (Marlon Brando), en Apocalypse Now (1979). Pero se queda en mero pretexto, aunque uno bastante bueno, reconocemos, ya que el rey de la historia, el protagonista, es simplemente conocido como el hombre (Ignacio Quirós), un viajero que irónica pero sagazmente se da a conocer por buscador de oro, que acude a conocer y aconsejarse de a quien solo se le llama la vieja (los títulos son funcionales, como muchos personajes pero anuncian más que una falta la importancia de las formas y de la aventura y el juego que estas proveen, su verdadero fin. Su fuerza yace en el recorrido de la selva pero requiere del ingenio para seguir sorprendiendo), que es rica aunque únicamente acumula sin mayor razón el que ha encontrado en grandes cantidades, dice que ha perdido el motivo, mientras es idolatrada y cuidada por los indios, que impiden cualquier robo, empero no dejan de atraer a muchos tras el rumor de esa mítica existencia.

Es una historia muy atractiva, sin duda, y es que uno no se cansa de meterse en ellas, y hay que decir que Robles Godoy tiene sus muy buenas virtudes contándonosla en su realización. Por decir una, darle matices a su antihéroe, que es detestable por un lado, como el trato que le da a su novia y que suscita una tragedia, o por su naturaleza ambiciosa que quiebra cualquier precepto humano, pero a su vez le da remordimientos, o nos sensibiliza con un pasado de pobreza, con una poética que se maneja muy bien. El niño que fue, que crea una hermosa y audaz ambigüedad. Y no podemos dejar de lado su cariz de Indiana Jones (En busca del arca perdida, 1981), su intrepidez y carisma. La lucha a muerte que arranca en la película.

Los flashbacks sostienen el contexto central en que el hombre intenta salir de la jungla con su botín (es el verdadero enemigo como anuncia la vieja aunque al final lo sea él mismo y la frustración de la leyenda, la inminente derrota de un karma), imprimen novedad, y crean una biografía. Engrosan la trama que brilla en la predominante actuación del argentino Ignacio Quirós que con buen ojo del director saca una performance imponente, la misma que se verá en el mexicano Julio Alemán. Para muchos no será su filme más importante dado su cariz “primerizo” y de aventura (que en La muralla verde también está como algo autobiográfico), pero siendo su propuesta más entretenida y confabuladora con el espectador, más accesible, y en general bien ejecutada, es una más idónea opción de introducción. Y una mejor elección a cualquiera suya en plano emotivo, de goce.

Puede que se vea alguna leve crítica social y política debajo, pero en manos de Robles Godoy no tiene que ser la prioridad, felizmente, aunque deja ver una inclinación de denuncia (la que acompaña siempre como complemento de su arte). Aunque creo fehaciente que más pesa su cualidad de contador de historias, y suena más destacado verlo de esa forma, porque como se ve en La muralla verde esa vocación puede tender –que no llega a hacerlo- al fallo del conjunto o ser demasiado palpable pero dentro de un arte mayor en Espejismo (yo confieso que el cine social no es mucho de mi agrado, pero nunca me cierro a darle una oportunidad).

Es notable ver que para 1967, nuestro cine buscaba la innovación, tenía ese atrevimiento, es una película que tranquilamente puede convencer al público cinéfilo, sin que sean necesariamente cazadores de rarezas.

La muralla verde (1970)


Si algo tiene claro uno cuando ve esta película es que está ante una obra ambiciosa, aunque en el trayecto se contengan varios defectos, como en la edición abrupta, la que no fluye imperceptible, la que denota intención. Otro es la forma de hablar de los actores, parece que declamaran, los que por momentos lucen como si estuvieran leyendo, hay cierta rigidez (yo diría que un poco en general). Pero una vez acostumbrados a su forma de expresión artística, como con los continuos flashbacks que dan una estructura personal al conjunto, al que se le suma un cierto naturalismo y un sonido que influye como marca de casa, es como entrar a un mundo, en donde una vez acostumbrados empezamos a apreciarlo, a sentirnos absorbidos por él. Aunque en si nada del otro mundo se nos cuenta, la verdad, pero con la solvencia de quien sabe ser un buen narrador, incluso poniéndose el trabajo complicado en sus formas de exhibición, de donde crea arte, se hace cine en toda palabra si bien no todo es perfecto.

El escenario principal es la selva, la diosa región que trata de ser domesticada, la que es un escape, una oportunidad, y una apertura. El “paraíso habitado”, no temido, sino apreciado, tratado como cotidiano siendo un lugar arduo en su misterio y cualidad de salvaje e impredecible. En donde en todo momento vemos esa casita de madera en medio de la inmensidad de lo verde y de las aguas, pero también apreciamos como el hombre no se doblega, como busca dominarle. Más allá queda la ciudad de Tingo María (aunque todo lo es, el otro espacio parece independiente, representa el corazón de la selva), como una especie de sucursal, inferior al uso, de esa Lima burocrática que tanto enoja a Mario (Julio Alemán) y a cualquiera pero a la que uno se resigna, como a la continua lucha contra el desempleo, la borrachera, la corrupción, la pobreza, la pesadez de vivir o la sobrepoblación en el cemento con todos sus males a cuesta.

Mario vive con su esposa Delba y su pequeño hijo Rómulo, y nada es fácil ahí como uno hubiera creído ante Lima, y aunque distinta a la capital, yace igual de compleja en otras muchas características que versan en una nueva forma de vida (algo que no se sobredimensiona, incluso no se explota tanto, y se debe a alcances más maduros, de apreciar con mayor coherencia, calma y cariño el entorno), en donde hasta ahí llega el poder del gobierno, a diferencia de lo que solemos sostener, pero es más torpeza y distancia que ayuda de avance. Como la llegada del presidente, formalismos e invisibilidad.

Luego de una aclimatación al paraje, viene el recuerdo de un proceso para conseguir un lote en la selva, tras construir una familia, y más tarde una desgracia. Es un filme que se sustenta mucho de sus formas, su estructura, su tempo, y en ello puede molestar un poco, pero en si sabe otorgarse realismo, superando la imperfección. Tiene fuerza emotiva e intensidad, maneja muy bien sus conflictos, que son dos, conseguir un terreno en Tingo María y salvar a su hijo de una mordedura de serpiente. Otro punto es que sabe construir aprecio por sus personajes, cuando les genera un background desde la proximidad a nuestra idiosincrasia humana y peruana, siendo muy simpática la escena de la primera noche de casados, tiene su gracia, como en ese ardor de la excitación muy típico de nuestra jerga (se ve un erotismo trabajado, como en el tul del arranque). Es una película que asoma con nuestra esencia, que articula algunas críticas políticas llevándolas al terreno del relato, si bien parece en parte por ese lado documento histórico. No obstante no llega a abrumar mucho, ni a malograr la cualidad de narrador, que se sostiene muy bien. Sí, es una buena película, pero no la número uno, y yo diría que mejor apuesten por empezar por la anterior dentro de su filmografía.

Espejismo (1972)


Esta película fue nominada a los Globos de oro de 1973, y Robles Godoy la tenía por su principal obra, y coincido que es la más lograda de todas las que hizo, aunque la más apasionante es En la selva no hay estrellas (que dicen que el título es por lo tupido de los árboles que cubren el cielo y no permiten verlas, a diferencia de lo que me ha parecido, que era que todos somos iguales en la metáfora de la selva, bajo una idiosincrasia reprobable si se quiere, algo como la pobreza por mencionar una alusión). Una propuesta que llega a vencer varios defectos pasados, y a un punto parece una pequeña “reinvención”, algo que acompaña la filmografía de este director, hasta en tres oportunidades, con cuatro muestras “distintas” de lo que entendía por arte, ya que tienen claramente muchos nexos en común y como se sabe una filosofía creativa detrás, la del lenguaje misterioso.  

Esta vez deja sus flashbacks aunque nuevamente sigue una línea en el presente y otra en el pasado en su estructura formal, conjugando los tiempos de forma menos marcada (los fragmentos son menos palpables), hace creer que dos historias distintas, unidas por un niño en común, la de su amigo que se muda de Ica a Lima al no tener sus padres oportunidades de progreso, y la de un amor prohibido castigado por ser de distinta clase social, pertenecen al “mismo plano” y contexto temporal (véase el hurto de la uvas de un terreno desconocido pero intuido de a quién puede pertenecer,  una trampa). Siendo un as de ingenio que hace de cada pieza un poético rompecabezas perfectamente concebido y entendido por el espectador, ya que Robles Godoy es audaz pero nada críptico, si bien deja algunos lugares sin resolver, al libre albedrio y a la elipsis (la pareja de enamorados).

Los pequeños detalles, que son trascendentes en todo arte cinematográfico, también son parte del repertorio de este director, y juegan a unir lugares, como lo que rodea el descubrimiento del niño que repite el enigma de ¿quién es el hombre que corre?, que vive en una narrativa romántica, que se devela como un cuento con cierto aire gótico, aunque nos traten de cautivar con el escenario de los arenales, en los partidos de fútbol que llevan una saludable y referencial lírica nacional, al menos desde esa niñez que juega descalza, mataperrea libre en toda sencillez. Y vaya mezcla me dirán, pero hay una casona abandonada y a medio derruir habitada por una especie de leyenda, que finalmente tiene un sustento "real" que conoceremos.  

Algunos detalles dan complejidad y color a la narrativa, como esa quema de máscaras de presencia amenazante en medio del rezo de un poema sobre sufrimiento existencial, contextualizado en nuestra idiosincrasia, como muñecos de año nuevo, rituales populares.  Que se codean con discursos religiosos contrastados con la realidad para ser desarmados. Como también una introspección y crítica social que finalmente se difumina como parte de un relato artístico, que tiene éxito en hacerse de esa forma, porque queda el concepto implicado, aunque predomina más la trama de ficción. Ya que en buena parte –tanto como lo contrario- no parece una historia de ese corte, y si lo es se asume desde parámetros que exudan arte o contienen un alcance de posibles distintas lecturas, una que puede pasar desapercibida ante otra dependiendo el espectador, pero que saben fusionarse, como la imposición del silbido para que no se coman la uvas del terrateniente autoritario y déspota, con la subversión de ello en un cantico revolucionario. Hay originalidad en presentar éste "retrato social". Habiendo lapsos menos discretos, como en el contraste de la pisa laboriosa de uva y una procesión festiva con un Señor en andas, un escenario cultural y quizá una crítica a la unión de dos realidades que se influyen mutuamente. Pero también provistas de mutua belleza.

Un don ver que Robles Godoy sabe fabular su propia historia bajo aguas conocidas, pero creando esta vez una estructura y unas formas mayores a sus antecedentes, mucho más naturales, más sabias, más elegantes, sin perder sus rasgos, como esa pelota lenta moviéndose en la cancha, esa música instrumental peruana que circula constante o esa dunas y sensación de espejismos que invoca toda la obra. Rupturas, comienzos, revelaciones, sanación. Quitando algunos momentos ideológicos, su historia está muy bien conseguida. Pudo ser más limpia, pero el resultado es tanto personal, como muy peruano, y con una estética y calidad de por medio que hacen de este un trabajo no tan subyugador internamente pero que produce bastante admiración por la buena conjunción de sus elementos, a veces dispares, venciendo al cliché y al panfleto aun teniéndolo presente.

Sonata soledad (1987)


Robles Godoy, como Tarkovski, cree que el buen cine tiene muchas semejanzas con la música, y que mejor forma de defender este punto, que haciendo cine guiado por composiciones musicales (Heitor Villa-Lobo, Ludwig van Beethoven, Carl Orff), en tres segmentos independientes que versaran sobre la soledad, como anuncia el título. En un trabajo dedicado a sus alumnos de taller cinematográfico, y a todo aquel que conciba el cine como arte, con algo que requiere entrega aun no habiendo premio de por medio. Lo que en buena parte le sucedió a este director durante su carrera, aunque hoy goza del reconocimiento y el descubrimiento de muchos amantes del séptimo arte en el Perú.

Se dividen en tres movimientos Tempo, Contrapunto y Variaciones. El primero es bastante fácil de interpretar y ya se ha visto a menudo pero está bien hecho, tiene de personal. Se trata del mismo director, de Robles Godoy evocando etapas pasadas, como la infancia, la suya o la que representa a una idiosincrasia general, siendo más seguro que sean ambas, la de la represión sexual que promueve una iglesia ortodoxa, donde se recrimina la masturbación de un niño, hasta con un golpe en sus partes nobles, o los deseos sexuales sin ataduras en la temprana juventud que deben esconderse aun sintiendo felicidad (viviéndose una cierta nostalgia en capas mentales que separan lo bueno y lo malo del pasado), recreados con el juego en la maleza o en las doncellas corriendo libres por el campo.

Bajo la atenta observación quieta pero cómplice de nuestro “protagonista” se miran variadas expresiones de cariño y pasan distintas edades, ancianos en un tren, chiquillos por un bosque o jóvenes Romeos delante de balcones de casonas, mientras en este ambiente de aire rural algo empieza a desaparecer, a olvidarse, se destruye lo anacrónico o pasado de moda, lo que yace al parecer superado. Como en la introspección final de una mirada optimista frente a una época opresiva que encontraba sus momentos de libertad y alegría como defiende y llega a expresar el conjunto, la que llega a consolidarse.

El segundo es claramente el mejor del grupo, un poco enredado pero finalmente entendible, se trata del desdoblamiento, de la proyección del pensamiento, de la mirada al pasado y al futuro, de segundas oportunidades, de pensar en la salvación del amor de una realidad matrimonial, de la pareja formada por los conocidos actores Orlando Sacha y Elvira De La Puente. Es la profundización a través de distintos escenarios superpuestos, que indican un antes y un después o una vía de escape, hasta la ficción de una máquina de escribir. O la soledad de una mujer y el desconcierto y la ceguera de su marido. Maravilloso, redondo, en sus tantas lecturas.

Por último llega el desastre, pero visto como un ejercicio de cine, un juego cinematográfico de arte, sin darle demasiada importancia a lo que cuenta, genera cierto aplauso. Es una metaficción/metacine que inmiscuye a un trio de amantes, una mujer (la hija del director, la poeta Marcela Robles que nos enseña una cara atrevida, con besos apasionados a diestra y siniestra, que se hace también bastante divertido, sin otorgarle mayor dimensión) y sus dos amantes, o un marido/director y una infidelidad/un operario de grúa, en todo caso la liberalidad de la dama termina matándola (el que abra los ojos ante la cámara inmóvil es algo a lo que uno no se resiste o espera). Se llama variaciones e implica como antes alternativas, pero se ejercen de forma poco clara, inconclusa, demasiado entremezclada y no tan significativa, que uno se queda solo con la visión de la plasticidad creativa, sin atender el fondo, y queda algo más que decente. 

Imposible amor (2000)


Con este filme salta la pregunta de rigor, ¿estamos ante un bodrio de escala mayúscula o una película incomprendida aunque fallida?, y yo creo que la percepción será muy radical en la mayoría que se atreva con ella (quedan avisados), si bien apunta a que habrán muchos más del primer grupo, aunque que dilema si admiramos a este director por cuatro de sus seis películas (habiendo mucho consenso en la maestría de tres de ellas, La muralla verde, En la selva no hay estrellas y Espejismo), pero intentando dar algún veredicto yo creo que oscila entre los dos lugares de la interrogante, tiene de ambos, y uno queda balanceándose a un lado y a otro.

Se trata de cuatro historias de amor imposible como invoca un título preciso. Hay dos que terminan nadando en el cliché y el facilismo, sin ser la intención. Uno es el relato de una periodista ruda, sencilla, de calle, en la actriz Mónica Sánchez que gira alrededor del enojo de tener que entrevistar a alguien de quien detesta su personalidad pública, sin tratarlo directamente (y lo deja ver flagrantemente bajo trazo grueso, tanto que los dos parecen caricaturas y no objetos de ninguna profundización romántica y sensual como se pretende con un aire pseudo trascendental que se oye -en mucho- forzado, incluso hueco, mostrando los artificios endebles de un magma quizá mejor, mal encaminado), a un intelectual claramente antipático (en el uso de arquetipos mil veces manipulados en telenovelas). Basta escuchar su efectista exposición que borra de sopetón nuestro cine, un lugar común sea dicho, con el mismo Robles Godoy de interlocutor que lo usa como representante de sus disgustos, frustraciones y llamados de ayuda política y cultural para el séptimo arte nacional (necesarios pero fuera de lugar ante su forma directa, al estar inmerso en una ficción).

En esta historia se explota demasiado lo sexual al punto que uno pierde toda esperanza de que remonte su débil argumentación, ya que en realidad se trasparenta superficial (¿pueden creer que llegue a incomodar ver desnuda a Mónica Sánchez?, no por las razones buscadas sino porque uno tiene otras expectativas artísticas con la propuesta, y ve irse al diablo todo ello, aunque lógicamente no lo ha notado el autor de esa manera).

Finalmente termina fabulando una audacia de que todo pudo ser producto de la imaginación literaria, la cavilación del apasionamiento dentro de un idilio complicado entre dos polos opuestos, efímeros pero cargados de placer y alta excitación, plena realización, y como se deduce, puede ser engañoso, o quizá ser mejor de lo que creemos a simple vista, y queda una cierta duda, una intención que no llega a tener todo el éxito esperado.

La otra es sobre un anciano pianista que ve todo el tiempo en la gente que le rodea a quien suponemos su difunta esposa, o el amor de su vida en todo caso, plasmada en la juventud, simpatía (sonríe todo el tiempo en cada rincón) y belleza de la actriz Gianella Neyra (de quien su mejor aporte es exhibir su anatomía en un piano, mostrando sus voluptuosos senos). Y es algo muy gastado, y que se repite hasta el hartazgo, como si fuera comercial de televisión. Puede que algunas conexiones lejanas con las otras dos historias, en transfiguraciones y algunas ambigüedades (que lastimosamente luego se evaporan) hubieran podido ser un espacio creativo fértil, pero se desaprovechan, no se ven, y queda la noción de un relato menor, repetitivo, cansino, y muy poco en cuanto a alguna reflexión mayor.

Una tercera historia es como un sketch, que termina siendo grotesco, ya que la desinhibición termina matando la dulzura y gracia de la actriz Vanessa Robbiano (cuando suele poner de cabeza a San Antonio, y le pide el milagro de ser correspondida por un seminarista, interpretado por Giovanni Ciccia). De donde su polémica no produce el efecto esperado, siendo banal, manido, sensacionalista, más que trasgresor y edificante en su rebeldía. Y es que a ratos el conjunto requiere de mayor consciencia, ponerle filtro, complejizarle, de donde se vislumbra que se revela mucho la percepción del mundo de Robles Godoy, que en una diálogo nos hace escuchar, que la estupidez es lo natural (superpuesto en dejar manejar a un niño), o nos parece revelar gustos íntimos, la mención de una experiencia con el compositor alemán Mendelssohn en el personaje que interpreta Javier Echevarría –en una de su revelaciones a tomar por serias, ya que todo su composición no da para ello, sin querer- y quizá un poco alter-ego de este cineasta peruano, que hay que decirlo, suena en parte pedante en su utilización (no pinta color, chirría), siendo nuestro cine auspicioso de lo popular, de la empatía colectiva cultural, a diferencia de ponerle ese mismo nombre a un toro del que se encariña un chiquillo, que funciona, en La muralla verde.

Sobresale un relato de los cuatro expuestos, que resulta interesante, y paradójicamente es el más leve en cuanto al concepto que se atribuye todo el conjunto en su rótulo. Flota en el aire una conseguida diafanidad. En el teatralizar unos conflictos familiares con respecto al cuidado de un hijo, con el disgusto que le crea a la madre el vínculo afectivo con su abuelo. Por un momento en el movimiento de las sillas me hizo recordar una performance de Pina (2011). Ahí hay una gran idea, que pudo sacar mucha más sustancia aún.

La película termina con la aparición de cada pareja desvaneciéndose en un efecto digital, al son de un director de orquesta en un teatro derruido, el personaje del abuelo (Orlando Sacha). Como la telenovela brasileña, y muchas otras, Tieta (de Agreste), una de las pocas que he seguido con entusiasmo, y que me decepcionó a último minuto, en cómo concluía, y es que no todas las teatralizaciones son plausibles, no obstante sintiendo el orgullo que exuda el filme en su culminación, uno no puede dejar de recordar la frase, nadie nos quitará lo bailado, y no lo hacemos. Tiene a fin de cuentas, un extraño encanto tanta malacrianza. Vive cierto sentimiento y apasionamiento, aunque tanta falla nos lo haga difícil de apreciar.