viernes, 17 de febrero de 2017

The Alchemist Cookbook

Una película que luce de muy bajo presupuesto sobre un tipo que vive en un remolque en el bosque en el oeste de Michigan, con su gato Kaspar, y que es visitado por un amigo que le trae víveres y cosas que necesita, aparte de su necesidad de gatorade y doritos, de su medicina para mantenerse estable y coherente, lo que le faltará y se perderá en la locura.

La película del americano Joel Potrykus puede leerse como el viaje de un hombre hacia la insania, el que parece estar fabricando droga, lógicamente a escondidas, que en el filme se dice que yace practicando la alquimia, de la que pronto se aburre y pasa a otro nivel. Lo cierto es que éste joven se siente perseguido y pretende hacer dinero rápido y fácil. En este lugar se pueden observar dos lecturas, una más inocente, y una típica del mundo lumpen de los afroamericanos, habiendo drogas, robo, huida, que compagina con ese mundo alterno en que vive Sean (Ty Hickson), uno más de ficción, que realista. Describiendo a Sean como un ermitaño en busca de producir oro. Pero lo que enseguida nos trae al realismo es la presencia y diálogo con el amigo que habla de pandillas, de compartir este lugar secreto y que recrimina constantemente a Sean la forma en que vive, abandonado, sucio y a puertas de la locura.

El amigo, o quizá hasta un primo, Cortez (Amari Cheatom), no le da el interés debido al medicamento que urgentemente le hace recordar Sean que quiere que le traiga. Esto habla de desconocer una posible enfermedad mental. Este punto más que un error de la trama es producto de la ambigüedad que practica Potrykus con su filme, acerca de si en verdad se trata de un tema de locura; o se trata de una historia de terror, donde la práctica de sacrificios de animales y lecturas en latín invocando al demonio han degenerado en una situación extraordinaria. En esto llegamos incluso a presenciar al demonio, pero más bien todo apunta al delirio y la alucinación, presenciando que Sean va degenerando como si fuera un esquizofrénico que llega a volverse muy peligroso para su entorno.

El filme tiene un toque de impresentable, de fealdad y suciedad, de una estética rustica, propia del cine independiente marginal, cuando vemos la trasformación del protagonista, no obstante La Mosca (1986) le queda muy grande. Ya lo decía de otra forma el arranque del filme con el vagabundeo del protagonista y la música clásica de fondo. El filme también tiene humor negro, y hay diálogos dichos en lenguaje de barrio negro, es decir, quiere ser cool, juvenil. El filme tiene tan solo a 2 personajes, a dos afroamericanos. El deterioro de Sean puede verse interpretado a razón de la perversión del ambiente, tras la invocación del demonio. El filme también es una película de terror psicológico, como a su vez pretende ser tipo The Blair Witch Project (1999). 

Talentos Ocultos (Hidden Figures)

Basado en hechos reales sobre tres afroamericanas que trabajaban en la NASA como matemáticas, ingenieras o científicas que en los comienzos de los 60s sufrían de discriminación racial y en segundo grado del machismo. Es una película que hay quienes tildan de televisiva y sentimental, para agradar a la gente apelando a lo sensible y altruista. La lucha y la superación de la segregación racial. Sin embargo, no la encuentro una mala película. Tiene sus momentos de fácil empatía sí, pero la hallo ligera y distinta a cierto cine, donde existe mucho sentir del sufrimiento, hay un radical reflejo de la crueldad, el dolor y la humillación. Puede que como ya se trata de los 60s y que estas mujeres entregaron un enorme trabajo al desarrollo aeronáutico y del espacio de su país en un lapso clave el trato que vemos no deja de ser duro, pero se da menor a antaño. Lo cual la hacen una película menos efectista, y algo más graciosa, más entretenida, vista bajo una óptica algo diferente, sin por ello obviar la lucha por los derechos igualitarios.

Entra a tallar que las reacciones contra la discriminación y los logros se exponen de manera más relajada. Como ver que Katherine G. Johnson (Taraji P. Henson), la líder del grupo, la que más logros tiene en la historia americana de las tres, suele caer en gestos corporales de apuro y contención para llegar a tiempo al baño que han colocado lejos de su escritorio de trabajo.

Desaparece el quehacer melodramático, de debilidad y melancolía, de extremismo, y se vuelve algo más propio del carácter, donde tanto  Octavia Spencer, Taraji P. Henson y Janelle Monáe muestran atrevimiento, propio de los nuevos tiempos, pero sin que acompañe lo violento, soberbio o hipersensible, cuando éstas afroamericanas no pueden aun integrarse por completo a la sociedad, que separa a las minorías y privilegia a los blancos, como crear el uso de baños, espacios y utensilios para gente de color, no poder ejercer cargos muy altos que dominen personal caucásico o no permitirles el ingreso a muchas universidades, todo lo cual éstas tres mujeres logran superar, ser las primeras y dejar una marca histórica y abrir una puerta para el resto de los afroamericanos, aparte de perpetrar grandes logros en el progreso de la NASA y la lucha de la carrera espacial contra la URSS, tal es poder hacer que el astronauta americano John Glenn pueda orbitar alrededor de la tierra y regresar a salvo.

El filme se muestra agradable sin mucho embrollo, uno acompaña cada gesto de progreso (sea con la habilidad matemática o alguna intelectual, cierto, expuesto como aperitivo de McDonalds), en un ahínco que queda explicado por su lado mediante sus relaciones afectivas/familiares. El filme permite que las respuestas sean audaces cuando cuestionan a los blancos. Frente al compañero antipático (Jim Parsons) o el rol de jefe de Kirsten Dunst que guardan prejuicios, pero estos se manejan con más respeto hacia los afroamericanos que lo que se acostumbra en la temática, están dispuestos a escuchar, a comprender y a soltar. Se siente más sencilla la exposición de las desigualdades y se resuelve de la misma manera.

Un discurso naif puede ser determinante, como frente al juez. El jefe ejemplar de mente abierta que hace Kevin Costner rompe un cartel de segregación frente a todos, hay sus momentos de aplausos empáticos corrientes. El filme no es particularmente especial, no hay complejidad en la labor del director Theodore Melfi (la parte científica y matemática se reduce en que son genias y resuelven problemas), pero tiene su gracia como película familiar.

jueves, 16 de febrero de 2017

El soñador

El cine peruano va evolucionando, ya hay mayores ofertas, todavía nos falta, pero se ve que vamos cogiendo consistencia. El filme presente, el segundo del joven Adrián Saba, tras El Limpiador (2012), en la mayoría de la trama uno piensa, esto ya lo he visto mil veces, y aun así es una película simpática, aunque no tanto, le queda muy lejos, a una que inmediatamente me viene a la mente, Romeo + Juliet (1996). El filme luego bien avanzando trata de crear novedad, agregar momentos particulares, como ir a un recinto de acogimiento de menores en busca de papeles que pueden servir para algo futurista o cuando la madre de los amigos asaltantes sale de la cárcel y prodiga un código de lealtad familiar, pero no aportan demasiado al final. No es mucho pero el filme da unos pequeños pasos de mejoría en cuanto a tener una historia propia entre manos. En todo caso el filme es como la adaptación de Saba de lo que existe y se conoce, se reconoce fácilmente y se ha vivido mucho en el cine, aunque no necesariamente peruanizando  el background, ya que el filme posee una cierta ambigüedad espacial y temporal, la que se maneja con la idea de combinar el límite entre el sueño y la realidad, cosa que tampoco es un aporte que se llegue a argumentar mucho, juega a dejar la idea de la ilusión bastante en libertad.

Queda claro que el que sueña es Chaplin (Gustavo Borjas), su meditación en el transporte con la mirada típica perdida en el vidrio, la mezcla de lo urbano y el desierto en la golpiza, la botella con el papel, así lo demuestran.  Se entiende que es Perú –no solo Lima- por los lugares, pero a la vez se maneja un aporte de artificio y un cierto –elogiable- encubrimiento de donde -y cuando- nos encontramos. El filme trata de la historia de un muchacho conocido como Chaplin que yace en una banda de ladrones, dos hermanos pertenecientes a la banda tienen una bella hermana, llamada Emilia (Elisa Tenaud), de la cual Chaplin se enamora, y esto le trae problemas. Al filme le ha faltado imaginación, en casi todo empieza bien y luego carece de materia. El personaje de Manuel Gold, Teta, luce curioso inicialmente, ayuda una estética de la que se rodea, luego termina como un simple joven consumidor de marihuana, ofreciendo snacks, hablando tonterías mal disfrazadas, teniendo un dinero que ni presta atención (con lo que pudo crearse algo más). El filme tiene un trabajo visual más que decente y un reparto que se distingue, también tiene ideas, pero que quedan muy flacas. Es un filme que llega a entretener, y tiene su curiosidad, pero que resulta efímero, más allá de las apariencias y de los antecedentes nacionales.

viernes, 10 de febrero de 2017

Fences

Lo primero que denota el filme es que es una adaptación de una obra de teatro (la del dramaturgo August Wilson con la que ganó el Pulitzer y el premio Tony en 1987), lo cual se siente mucho, aunque no invalida el producto. Lo que significa que hay muy pocos lugares como escenarios, el filme yace dominado por la casa en los suburbios de Pittsburgh Pennsylvania de una familia afroamericana, los Maxson; que se habla mucho, yo diría que harto; que hay una exhibición austera en cuanto a elementos visuales (hay unos pocos intersticios de ubicación y estética). Es la interactuación de unos pocos personajes en un espacio reducido y recurrente. El patio donde el protagonista, Troy Maxson, construye una cerca para su hogar. 

Troy, Denzel Washington, director además de la película, es el amo y señor de la historia. Un hombre de mediana edad común y corriente, promedio, pero aun así especial y muy interesante, el que nos cuenta en largos monólogos sobre qué ha vivido, cómo se ha hecho quien es y hasta hacia dónde se dirige, qué es lo que espera de la vida que le falta (viviendo en la rutina familiar y la de la carga laboral). Escuchamos de sus hazañas (como retar constantemente a la muerte), sus pequeñas luchas, su manera de ver y ser en el mundo. También entendemos de sus carencias, defectos, errores, crueldades y abusos.

Troy reniega de los blancos que no lo dejan/dejaron ascender en la vida, desde que fue un deportista prometedor (sobre todo a su ver), aunque más tarde se sabrá que presentaba propios puntos en contra. Troy está cansado de cargar y recoger pesados tachos de basura en su barrio, quiere ser chofer del camión de la basura, un trabajo que está destinado a los blancos, y el que le representa más dinero, tranquilidad, un ascenso. Pero el filme que se ubica en los 50s permite ver que los tiempos están cambiando en cuanto a los derechos civiles y oportunidades de los afroamericanos. El hijo de Troy, Cory (Jovan Adepo), puede desarrollar una carrera profesional en el futbol americano, pero su padre -producto de cómo ve el mundo- lo restringe, lo obstaculiza. Lo que pasa es que Troy es un hombre egocéntrico, todo cree que gira -y debe girar- a su alrededor, y su familia y amigos son como su pequeño reino dictatorial.

Lo mejor de Fences es Troy, por supuesto; el retrato de este sujeto es bastante rico, no obstante teniendo en cuenta que es una persona detestable, en buena parte una mala persona, pero a la vez un sobreviviente. Los desaciertos, fracasos y tantos golpes de su crecimiento lo constituyen y lo persiguen (de esto que el béisbol se vive siempre en la trama). No podemos obviar que es tal cual los hombres que se dejan llevar por sus frustraciones y malas experiencias, y siembran a su paso daño, dolor, cargas, humillaciones y conflictos. Sin embargo el filme quiere por una parte congraciarse con la figura de Troy. Quiere que uno le comprenda, que incluso llegue a admirarle de alguna forma, como un hombre complejo, y para el caso vemos a su esposa, la muy talentosa Viola Davis como Rose Maxson, mujer de carácter, intensa, pero una simple ama de casa dócil ante Troy, defenderlo y dirigirlo a la gloria, a razón de una “extraña” nostalgia. La película es la convivencia de este hombre con su esposa, sus dos hijos (uno de un previo matrimonio, un músico pobre y lambiscón), su hermano mayor discapacitado, y su mejor amigo y compañero de trabajo, Jim Bono (Stephen Henderson), que está espléndido en cada intervención.  

El hermano discapacitado mental (Mykelti Williamson, Bubba, de Forrest Gump, 1994) no está mal en su hechura y performance, que va y viene vagabundeando en la trama, pero resulta efectista en gran parte, algo visto –no llega a impresionar ni proporcionar novedad en realidad- pretendiendo ser la audacia/extravagancia del filme. El que apunta a describir otra mala jugada de parte de Troy que presenta ambigüedad en el amor hacia su hermano.

Ver cómo llegan hasta celebrar la existencia de éste hombre terrible vale muy bien ver el filme, perdonando la verborrea, sobre todo del comienzo, y escuchar como Troy abundante nos cuenta hasta lo más mínimo de su pasado y lo que pasa por su cabeza. Este hombre dará una sorpresa tras otra. Es un retrato popular –no solo afroamericano- de un tipo de ser humano que podemos constatar fácilmente que existe. Denzel Washington lo interpreta con gran solvencia, provocando varias escenas memorables, y otras disque memorables, hay para todos los gustos. La interactuación de idas y venidas con el protagonista es intensa y prolífica, a ratos toma mucha velocidad y luego como que explota, para, y vuelve a la carga. Troy Maxson es como decía Forrest Gump, a colación de que Bubba está en el reparto, es tal cual una caja de bombones. 

Jackie

El 22 de noviembre de 1963 es asesinado  el presidente americano John F. Kennedy, y el filme se enfoca mayormente  a partir de ese momento, en la reacción de su esposa, Jacqueline Kennedy (Natalie Portman).  En cómo afronta la situación Jackie. Pablo Larraín pega el salto a Hollywood, pero aunque es un filme destinado a mucho público, Larraín sorprende haciendo un filme harto personal, con un estilo de cine arte exigente que se deja apreciar en considerable medida.  La propuesta del director chileno ralentiza el tiempo y vemos como Jackie-Portman pasea por los cuartos de la casa blanca, con una lentitud que hace pensar en su sufrimiento y constante meditación. Jackie aparece como una mujer culta y más sofisticada de lo que uno cree. No solo la esposa florero, refinada, bella, familiar, la esposa ideal para complementar al presidente exitoso, idolatrado, comprometido y capaz.

La esposa de JFK aparece -en su elemento- el 14 de febrero de 1962 enseñándole a la cadena de tv CBS la renovación exquisita de su casa, la casa presidencial, en un especial llamado “Tour of the White House”. Es otro espacio que se conjuga con el asesinato de JFK y los momentos a continuación de ese lamentable hecho histórico donde llegamos incluso a ver como Jacqueline se limpia la sangre del rostro que le ha salpicado la muerte de su marido (en un lapso incómodo e intrépido). El filme de Larraín trabaja con unos cuantos momentos históricos importantes a los que vuelve, fragmenta, repite, fusiona y luego desarrolla.

Jackie, la mujer del momento, como ella misma expresa que le atribuyen, afronta todo con memorable disposición, bajo una honda tristeza que nunca desaparece, quedando como un tono general, construyendo con su maestra y dedicada intervención la leyenda de su marido, eso que llamaba, a su círculo y a su gobierno, Camelot. Una idea que se cimentaría y perduraría. Otro momento clave y que es la línea narrativa central de interrelación del filme es una entrevista que daría una semana después de la muerte de JFK, al querido periodista, amigo de su familia, Theodore H. White, para la revista Life, que lo publicó el 6 de diciembre de 1963, en una entrevista que llevó el título de “President Kennedy: An Epilogue”. Una labor periodística que marcaría cómo quedaría en la memoria ella y su marido. Jackie, además, propuso un cortejo fúnebre célebre y muy emotivo, el 25 de noviembre de 1963, caminando al aire libre al lado de un féretro tirado por caballos detrás de un velo negro que dejaba ver su dolida expresión, poniéndose en peligro –por un posible nuevo tiroteo- para mostrar llaneza, entrega y valentía a la población americana y a la leyenda de JFK. Estos cuatro momentos históricos son los pilares del filme.

En la película queda de lado la parte libertina, débil y ambigua del presidente, mostrando la visión de Jackie, la “fantasía” que fomentó -de felicidad e idealismo- de Camelot.  A su vez es un filme que es mucho un tono, un estado de ánimo, el de un dolor tremendo, que incita a lo trunco, a la derrota y a la frustración, quizá incluso al suicidio. Sin embargo, nuevamente Larraín pone temple, confrontación y reflexión en ver como Jackie va rearmando los pedazos que la conforman. En esto entra a tallar los diálogos que tiene con un cura católico irlandés interpretado por John Hurt. Este cura presenta mucha libertad filosófica –mientras trata de encantar a cierto público- y es un punto medio endeble del filme, salido de la imaginación y de la búsqueda de estilo, no todo es perfecto, y en sí el filme tiene de difícil, muchas veces se permite ser contemplativo, y es irregular. Hurt, desde luego, actúa muy bien, pese a todo ayuda a consolidar el estado existencial de Jackie, de melancolía y caída, el del camino a la reposición. El de preguntarse por las mismas preguntas que nos hacemos todos cuando el mundo resulta tan incomprensible y violento.

En la propuesta se presentan ratos donde se ve la intromisión en la figura histórica, en la mente de los personajes, en manos del guionista -y productor de tv- Noah Oppenheim y del director Pablo Larraín, donde hay algunos diálogos vergonzosos e imposibles donde Jackie o Bobby Kennedy (Peter Sarsgaard) se juzgan a sí mismos de manera poco natural, y denotan inverosimilitud y una notoria intromisión, se peca de ligereza. Son libertades que se justifican en varios otros momentos, porque tratan de completar las imágenes, lo que pasó  y sintió Jackie, pero un deseo de trascendencia fácil circunda de igual modo en algunos casos. Jackie está muy al tanto de cierta superficialidad que se le achaca y del lugar en la historia al que quiere pertenecer, y tiene de cierto más que seguramente, pero también de exageración, en un cálculo expuesto poco complejo; de mito que se ensalza, que no se discute, y es complaciente.

Las dudas de Jackie nadan en el dolor, pero como esa actitud que vemos –muy cinematográfica- frente al dibujo antipático que hacen de Theodore H. White muestra como quien está en una misión con el legado familiar. El contraste se presenta interesante, a un lado debilidad emocional en la intimidad frente al dolor intenso de la pérdida, que pregunta (duda, experimenta vacío) hasta por su fe; en otro temple frente a la obligación pública como primera dama en relación al amor a su marido. Todos sabemos que Jackie es una celebridad, pero pocos saben de la dimensión de inteligencia que presenta el filme. Por una parte creíble e interesante, en otra se siente sobredimensionada. El filme es algo redundante. La actuación de Portman es sobresaliente. Larraín es un director ambicioso, un talento, y eso se deja ver a pesar de lo negativo. Se nota que está buscando, experimentando, y eso hace de Jackie una propuesta valiosa aun más. 

sábado, 4 de febrero de 2017

Aquarius

En un edificio denominado Aquarius vive una mujer sesentona aún muy guapa y sobre todo libre en todo sentido, de espíritu rebelde pero bien definido. Se llama Clara (Sonia Braga). Ella lucha contra una empresa constructora que quiere comprarle su apartamento y construir un edificio mucho más moderno en el lugar. Clara que ha desarrollado muchos recuerdos en esta zona de Recife, como vemos en el inicio, no quiere irse ni vender por nada del mundo, quedando como único obstáculo para la empresa y su proyecto económico. Pronto la empresa empieza a molestarla cuando no pueden convencerla y el filme proyecta de contexto esa lucha, la de una empresa con harto poder adquisitivo contra una mujer de buena sociedad pero “ordinaria” (su belleza a su edad y súper temple no lo es tanto), una ex crítica de música de gusto juvenil, viuda, madre de tres hijos ya adultos e independientes, salvo por una hija (la prometedora Maeve Jinkings) que pasa problemas económicos y se comporta medio traidora por la necesidad.

El segundo filme del director brasileño Kleber Mendonça Filho es como si se tratara de una lucha socialista, donde el pequeño ciudadano se enfrenta al poder o statu quo. Aunque Clara es una mujer bien relacionada, como veremos más adelante. El filme no se queda en solo la lucha entre David y Goliat, se enfoca en quien es, como se comporta y vive esta mujer mayor. Doña Clara es una mujer que ha sufrido un cáncer, y le falta una mama, se mantiene tal cual se la sacaron, mostrando un estado de fuerza expresiva poco común, el que no la inhibe de tener relaciones sexuales casuales, como vemos que tiene con un gigoló, al poco de excitarse con una orgía que se presenta como método de disuasión, sólo que no conocen a Doña Clara y su gran modernidad.  
Doña Clara, en la impresionantemente natural Sonia Braga, quizá en el papel de su vida, aunque en un filme no del todo glorioso, es como el intermedio, por una parte trata con mucha dignidad y respeto a la gente humilde, como cuando va a una fiesta de su empleada doméstica y cruza a pie la playa a la zona donde esta vive. Y por el otro tiene una idea y sueño recurrente de que una criada negra le roba por lo bajo, cosa que lo ve muy normal. Lo curioso es que aquella pesadilla le hace pensar en otro posible atraco, mucho más peligroso.

En cuanto a la línea general del filme decae por el final, se maneja decentemente – a ratos de forma intrépida- aunque con cierto toque infantil –tanto como vulgar y efectivo- de parte de la empresa que trata de molestar horriblemente a Clara para que se vaya, sin embargo llega la trama hasta el cuento, que tiene su originalidad y su tontería. En ese momento Sonia Braga trata de ser creíble, pero resulta algo ridícula producto de los hechos. Lo mejor del filme es ver al personaje de Clara en su diaria rutina, todo esto tiene su encanto, es una construcción sencilla, pero interesante. A ese respecto Mendonça Filho ha fabricado cierto paradigma de la mujer mayor, de la mano de una actriz precisa en el papel. Doña Clara contiene muchos atributos y todos los sobrelleva con frescura. Como cuando escucha música, duerme en su hamaca o decide ir a bañarse a la playa. El personaje compagina lo bueno de distintos mundos, uno joven y otro viejo. Con un 1980 de introducción que se mantiene incólume.

sábado, 28 de enero de 2017

Un monstruo viene a verme (A Monster Calls)

Un monstruo viene a verme es un filme conmovedor (aunque hinca sin contemplación), en la transición de dejar ir a una madre, por enfermedad terminal, a través del tratamiento -plenamente realizado- de maduración de un niño.

El director español J. A. Bayona pone para paliar esta terrible situación –ver sufrir y morir a tu madre- la fantasía de interrelacionarnos con un monstruo, un árbol curativo inmerso en la figura de un gigante. Ese monstruo (con la voz de Liam Neeson) vendrá a contarle 3 cuentos a un niño de 12 años llamado Connor O'Malley (el joven talento Lewis MacDougall, todo un descubrimiento), y espera que Connor le revele un cuarto cuento, como forma de soltar un secreto y se libere, en esta película coming of age que no teme punzar –darle duro- al espectador con lo lacrimógeno.

Los cuentos versan sobre la realidad del chiquillo, son buenas historias –las 2 primeras- que llevan metáforas (cosa que maneja muy bien el americano promedio, nunca les falta alguna), distintas a las que se suelen contar, ya que muestran la complejidad –la ausencia del maniqueísmo- y ambigüedad de los seres humanos; y la coherencia y honestidad con nuestros fundamentos a costa de no fallarnos por el favor de la realidad, por más brutal que sea la elección.  El tercero es harto práctico y poco genial en realidad, trata de la invisibilidad social y la responsabilidad (con una reacción poco creíble).

Connor O'Malley no solo sufre el desgastamiento, sufrimiento y agonía de su madre, que interpreta la talentosa Felicity Jones, como una madre con los pies bien puestos en la tierra, muy comprensiva y sumamente amorosa, también padece el bullying escolar, sus padres están separados y su progenitor –que es una buena persona, para el caso el divorcio no sataniza a nadie- vive en EE.UU. y él en Inglaterra, y tiene que lidiar con la falta de química que tiene con su abuela (la genial Sigourney Weaver) que apunta a convertirse en su tutora.

Connor se libera con estas “extrañas” fantasías (el árbol real lo tiene afuera de su casa y su madre parece haber alentado su imaginación, por lo que la terapia viene más que como curiosidad por natural en su persona), las que no puede resistir, evitar y le invaden, pero en lugar de infantilizarlo lo obligan a madurar, a razonar su situación, y es una buena alteración del que podría ser un cuento infantil, de temática adulta, adaptando la novela homónima del estadounidense Patrick Ness, mediante el uso de impactantes y bien desplegados efectos especiales (que suma encantadores dibujos animados), al servicio de una buena  e íntima historia. Nunca mejor fusionados los efectos especiales, que llegan con potencia y remiten a algo personal, familiar, el dolor, la aceptación de uno y sobre todo del mundo, enfrentar la muerte, el rechazo social, la responsabilidad de nuestras elecciones, y proponer la conciliación con la realidad.

Animales nocturnos (Nocturnal Animals)

Esta película junta dos mundos diferentes y los une detrás de una lectura simbólica. Uno de los universos –el contextual en primera instancia - es el del director de ésta película, Tom Ford, famoso diseñador de modas, hombre de dinero y alta sociedad, que en su primera película tocó un tema sensible para él, su sexualidad, Ford es gay, y le resultó un filme poético y melancólico, en la adaptación de una novela de Christopher Isherwood, Un hombre soltero (2009), que fue un muy buen debut cinematográfico, y como todos sabemos/presenciamos Colin Firth estuvo más que iluminado y de esto saltó como actor a la fama. El mundo del dinero, la elegancia y la superficialidad es también el universo de Susan Morrow (Amy Adams), una famosa galerista, que presenta performances artísticas también, las que por lo general van en busca de lo distintivo o extravagante y muchas veces el arte moderno resulta esperpéntico en cuanto a significación. En pocas palabras, Susan es una mujer algo antipática (aminorado por la simpatía que exuda Amy Adams), como en buena parte se siente así igualmente su mundo.

Cuando vemos como disfruta Susan con sus amigos y familiares esnobs, y su marido guapo y físicamente perfecto (Armie Hammer), del que se bromea orgullosamente a ese respecto, uno puede sentir cierta desidia como espectador, pero el filme no se queda ahí, por supuesto; Ford criticará -aprovechará más bien- su propio mundo, en otra buena elección de adaptación de una novela, “Tony y Susan”, de Austin Wright. Una desidia que se emparenta con la desilusión que siente Susan de su vida, producto de un marido infiel y distante, un trabajo en etapa de baja –y mediocre- inspiración, y de esa superficialidad que decidió escoger por sobre un amor romántico, poético, para quedarse con su alto nivel social y su dinero. En esto hay una gran escena con la actriz Laura Linney detrás de repetir/aceptar el lugar que uno tiene en el mundo, y del que se desprenderá tristeza, pesimismo e inmovilidad.

El filme coloca al romanticismo de las mano con la pobreza pero sin esa entrega, sacrificio y nobleza que suele acompañar como ideal de aceptación, la pobreza se dice que es producto de la debilidad de carácter, la del aspirante a escritor y primer marido de Susan, un sujeto noble y con un sueño –escribir- pero que a los ojos de la familia de Susan luce mediocre, Edward Sheffield (Jake Gyllenhaal). No se le recrimina a Susan –en primer lugar- la debilidad por no querer apoyarlo ni creer en él. El filme termina exhibiendo en ese otro mundo más atrapante (aquí cinematográficamente más entretenido), el de un sur americano rural, pobre, medio primitivo y muy violento, el golpe de vuelta a la crueldad de Susan.

Edward Sheffield le envía una novela llamada “Animales Nocturnos”, escrito bajo la esencia que le señalaban faltante a Edward, lo que significaría que Susan lo inspira pero erra al mismo tiempo, de lo que se suceden múltiples lecturas con el manuscrito -que le dedica- por medio de la reflexión de su pasado en común. Hay solvencia en las similitudes libro-pasado, un lugar intermedio entre difícil y fácil de coger, pero hay más que suficiente genialidad en su interrelación. Ayuda mucho también en qué situación última se hallan los ex.

Jake Gyllenhaal interpreta también al protagonista de la obra literaria, y presenta una actuación magnifica, la mejor del filme, intensa y al filo de lo emocional. Mientras va leyendo Susan y vivimos/presenciamos el libro, en un buen thriller, del que surge una propuesta emocionante y extrema, con dos puntales en estado de gracia, el rustico villano salido de la carretera, que hace Aaron Taylor-Johnson (que sorprende y bien mereció un Globo de Oro), y el oficial a cargo que no tiene nada que perder, del querido y talentoso Michael Shannon.

Lo entretenido que nos resulta la parte del thriller es la comprobación además (realista) del futuro éxito de Edward, que en la trama impacta y admira a Susan; como que el mundo de Susan tiene su salvedad, tal que Ford nos parece estar diciendo, es malo este universo porque Susan lo es, aunque se deja aflorar un lado humano en ella, claro que desde donde ahora tira menos la cuerda en esa especie de competencia en que se convierte el divorcio. No obstante, la melancolía inunda todo el filme, y lo torna más complejo, estando plagado de sucesos tristes, y ni que decir de la novela, que hace del filme uno bastante brutal, demostrando que Ford piensa/escoge muy bien qué adaptar, dando a entender compromiso artístico, identidad. 

jueves, 26 de enero de 2017

La La Land

No soy muy afín a los musicales, me he sentido desilusionado y abrumado con varios musicales célebres y queridos, pero, desde luego, no me niego la oportunidad de ser sorprendido. Ha habido también musicales que me lograron entusiasmar. Son los menos, pero existen. Además de que ver bailar a Gene Kelly, Cyd Charisse, Leslie Caron, Ginger Rogers o Fred Astaire es una verdadera delicia. La magnitud de la técnica, fluidez y belleza de las coreografías que manejan enamora hasta al más duro espectador y crítico. Cuando vi Cantando bajo la lluvia (1952) me quedé pensando que una película como ésta no podría superarse fácilmente, y en efecto representa un hito en la historia del séptimo arte. La La Land, del talentoso Damien Chazelle, es una película más humilde que las mejores de antaño. Sin embargo, tiene una apertura por toda la puerta grande con una coreografía que refleja la multiculturalidad en un deslumbrante y apabullante baile entre autos producto de un atolladero de tráfico en Los Ángeles, bajo la canción “Another Day of Sun”.

Terminada la magnética e “independiente” introducción pasamos a contemplar la relación entre un pianista amante del jazz más clásico llamado Sebastian (Ryan Gosling), el que no halla trabajo acorde con sus expectativas (la contemporaneidad exige una música más comercial, ligera y entretenida, como representa el rol de John Legend); y la aspirante a actriz y barista de una cafetería que puede ser un Starbucks de nombre Mia (Emma Stone), la que se encuentra dentro de un estudio de cine. Tómese en cuenta que recién pasada cerca de una hora de película se darán el primer beso, y esto apunta a proclamar la –en parte- inexplicable dificultad de su amor.

La pareja protagonista pasará por una resistencia a complementarse (¿del destino?, en medio de un poderoso deseo de auto-realización, el típico -y a veces realista- egoísmo que invoca el anhelo-fijación de éxito), y de aquello sale la que para mí es la mejor escena del filme. Mia se reencuentra con Sebastian cuando ya a ella le había interesado y este la había ofendido con su indiferencia. Él toca covers en una banda de temática ochentera. Ella aprovecha para pedir una canción (I ran, de A Flock of Seagulls) y desquitarse, haciéndolo ver ridículo (lo que suma la ropa que viste), lo describe como un perdedor, y esto se debe principalmente, fuera de lo gestos bobos que ella hace, a la letra de “I ran”, que encaja al milímetro, y describe la situación pasada –su segundo encuentro, el primero en la autopista- como estúpida y a favor de ella. Este momento es hilarante, Emma Stone recurre a su lado más clown y funciona a la perfección. Este estado virtuoso mayor –extremo- no se repetirá –y se entiende, no es una comedia, el filme busca la trascendencia- porque a Emma Stone se le exige más un lado serio e incluso dramático (no exenta su simpatía, más alturada), que lógicamente está bien, la demuestra versátil como actriz, pero que exhibe también un repetido semblante compungido, que resuena en parte a falla.

El filme es una mezcla de lo clásico y lo actual, hace un homenaje con múltiples pequeñas referencias a icónicos musicales del séptimo arte, incluso a los musicales europeos, los coloridos y sensibles de Jacques Demy, pasando por los hollywoodenses. Mientras, se pierde en hacernos creer en una época maravillosa (maneja diferentes tipo de exhibición musical, únicamente baile, cantos breves, sin mucha pompa y a ratos muy tranquilos), en la que yacen soñando Mia y Sebastian, con la música jazz y el cine. Vamos viendo como sufren la contemporaneidad –que se ve en los detalles, alguno innecesario pero audaz, como lo de las tapas y la samba- y la desilusión propia de la brutalidad de los nuevos tiempos. El filme es uno bastante romántico, que llega hasta lo melancólico, y es algo arbitrario, o ligero (producto de la glorificación de Hollywood), para lo que vemos cómo cambia una situación clave sin mucho problema. Está en el escoger un sueño “importante”, no obstante sin criticarlo abiertamente, sino apelando a lo más primario (a un tono, y puede que sea más eficaz para la mayoría que la intelectualización), destacando a la vez la ilusión –fácil- del reconocimiento (que en aquello del café de regalo suena banal y tonto).

Brillan los vínculos musicales. En ello Chazelle hace un hermoso y largo enamoramiento, muy clásico. Se hacen los difíciles -pero siendo ambos indirectamente seductores- en el estacionamiento, se ilusionan y fantasean en el planetario, dejando de lado el anhelo profesional, reflejado en el pare de Rebelde sin causa (1955). Muy discretamente hay una línea divisoria (puede que una crítica velada), donde la canción símbolo de “City of stars” tiene harto encanto, bien trabajado, pero que como refleja el ideal (en aquella formación del último ensueño) implica mayor trabajo, riesgo, desprendimiento y menos individualismo. Duplicar el sueño.

jueves, 19 de enero de 2017

Mountains may depart

La película del director chino Jia Zhangke es la declaración de un aprecio por la cultura occidental, manteniendo el respeto por China. Tal lo dice un dialogo de padre e hijo, en el ejemplo de la prohibición de tenencia de armas en el propio país, en comparación de la permisividad de Australia. El padre le grita al hijo, que en China uno implora por tener un arma, tiene sentido tenerla ahí, pero en Australia para un chino es totalmente inútil dicha posesión. Suena a un pequeño alegato de anhelos y situación analítica general del país. Entonces se intenta sostener un balance entre el propio país y el de afuera, un lugar intermedio entre la valoración y el sueño frente a las carencias y el de la abundante y fácil posesión. Otra muestra de lo que significa China en su forma de poder adquisitivo y, claro, el mundo, trabajo llano de sobrevivencia y negocios propios y mucho dinero. En China colinda la pobreza con el enriquecimiento y el lujo. No es que Zhangke nos complique el panorama.

Nuestra protagonista, Tao (Zhao Tao), es una mujer que la pretenden dos hombres, uno será pobre y otro rico. Habrá un triángulo de amistad que pronto el amor destruirá. El modo de vida contradictorio que facilita el gobierno chino lo vivimos en el filme sin revuelo, aunque la propuesta se mueve por los cauces sociales de un romance (y eso se extiende hacia el futuro), lo que abunda en la telenovela, pero que en Zhangke tiene fuerza cinematográfica, expuesto con sencillez, como quien además de demostrar aprecio por la cultura occidental, lo hace por el cine comercial. La canción Go West, de Pet Shop Boys, que se utiliza de símbolo ya lo dice todo a ese respecto, que a su vez sirve de reflejo de regreso al estado feliz de la juventud, a una época de mayor inocencia, por ello abre y cierra la película, cuando ya han pasado tristezas, frustraciones, desilusiones.

El filme se ambienta en 3 tiempos, 1999, 2014 y 2025. Sigue a Tao y a sus dos pretendientes en las 2 primeras partes, luego toma en la última parte otra línea con el hijo de Tao crecido, a los 18 años. Con él interviene la buena actriz y sesentona sexy Sylvia Chang. El hijo de Tao, Dollar, padece las consecuencias negativas del pasado, dejando a Tao quien es una mujer muy simple el espacio para seguir siéndolo, en un estado de felicidad naif. Dollar es sinónimo de sufrimiento, aunque es vivaz como todo muchacho, agregándole sensibilidad. Tao pasa por trances, pasa por tomar decisiones, desprendimientos, donde vuelve a aparecer la condición económica, e igualmente en Dollar. En todo ellos hay soledad y romance pasajero, sobre todo una lucha de amor por uno mismo.