La presente sin quererlo en parte incomoda, fastidia, te
hace sentir un poco mal, es muy irregular tirando para abajo, sin embargo tiene
ratos salvables y su trama ostenta cierta originalidad. La sexta película del
director peruano de origen ayacuchano Palito Ortega Matute realizada el año
2002 y que ostenta una continuación el año siguiente nos presenta un relato
sobre un mito andino. Entregándonos una película de terror. Hay varias en la
región por lo que el género es popular en todo sentido. Cementerio general que
se autodenomina como la primera del terror nacional y que está próxima a
estrenarse, seguramente se erige de esa manera por poseer mayor calidad y ser
promocionada en los cines comerciales en todo el Perú. Sin embargo
Jarjacha es su principal antecesora ya que ha ganado notoriedad respaldando lo autóctono
desde una mirada afable y supuestamente divertida. Por algo el terror siempre ha
acompañado a los amantes del cine, su capacidad de llegada suele ser
indiscutible, y aunque apunta a ser un género desenfadado y poco trascendental,
incluso visualmente simple, no nos alcanza a perdonarle a la presente todos sus fallos.
No obstante
seamos un poco indulgentes, y busquemos aspectos favorables, algo que
efectivamente podemos alabar es la historia y las ideas detrás, como se han
desplegado los acontecimientos. Jarjacha en manos más hábiles y mejor
presupuesto sería algo bastante más atractivo, pero seamos justos, también eso
se debe a su director. Una característica creativa es que el demonio de los
andes aparece recién a media película, antes es una aclimatación a lo rural
desde tres estudiantes de antropología que viajan a un pueblito en la Sierra y
encuentran un lugar hostil, oscuro y esquivo. El paisaje refleja a la
población, hay un halo de salvajismo, de emotividad e instinto, que hacen de
subtexto para reforzar la imagen del Jarjacha, monstruo curioso que tiene de los
mitos del terror, de los zombies y del hombre lobo, aparte de monje
enloquecido, come cerebros humanos tras escupir sangre e inmovilizar a su
víctima y se transforma en llama en la copula incestuosa que genera su
naturaleza asesina. El personaje posee leyenda propia y personalidad aun siendo
algo redundante en un cúmulo de aspectos conocidos en el terror, y es que se
nutre mucho del entorno andino, genera su personal transformación a nuestra
idiosincrasia sin que se desvirtúe su carácter general y asimilable por
cualquier espectador.
La figura esencial increíblemente dada nuestra proclividad general
a la sencillez argumental a la que se adscribe tiene -aun así- mucho potencial.
Pareciera que no, pero sí que la tiene, y por ende el relato ya contiene una
parte ganada, pero vemos que no queda solo en eso y hay más ingenio ya que el Jarjacha
demora en aparecer mientras se van creando antecedentes que parecen
independientes pero terminan sumando, generando expectativa, formando una
atmósfera y solidificando a los personajes y a la comunidad. Y de esta forma,
hay datos que juegan sueltos y a la vez
suman al conjunto. También hacemos la salvedad o mejor dicho cierta enmienda que
no todo lo técnico es malo, hay una mixtura entre una cantidad de tomas muy profesionales
y otras poco apetecibles. Sin embargo en ese aspecto termina dominando en la película la sencillez a menos.
Todo lo malo de alguna forma tiene algo que la rescata un
poco, porque se siente que tiene alma el producto, y no tratamos con un cliché,
ni con la ceguera de la condescendencia, sino con la llana y pura honestidad de
una subjetividad. Se da el caso de que
ese neorrealismo del que hablamos termina generando una aura de llaneza que nos
hace asumir una esencia contextual propia de la historia que se nos cuenta,
como dé lugar perdido en el limbo, atrasado y primitivo pero atemporal, capaz
de albergar una bestia demoniaca de carne y hueso. Si amas el cine B, si tienes
esa predisposición sentimental no puedes evitar cierta confabulación, y es que
además un síntoma malsano termina masoquistamente atrayéndote a cierto grado,
como lo de la revelación del padre incestuoso atado desnudo vomitando y sangrando
tras el apedreamiento del pueblo reunido (la mejor escena de la película, aun
en toda esa clara imperfección y suciedad). Se trata de realismo en cuanto a lo
fantástico que se nos narra, hay algo decente en todo ello, se logra crear un
contexto solvente.
Lo sexual está pero hay que resaltar que hay buena mano al
respecto, rehúye el sensacionalismo o la explotación del tema aun siendo parte
de la leyenda; lo maneja con mayor sutileza de la que muchos hubieran optado,
pero con ello gana muchos puntos. Muy provocativa la delicada escena del vecino
mirándole las piernas a una campesina.
Otra mención importante para quien escribe es la de la
autoridad, no nos parece gratuita su intervención sin que sea algo obvio de
manipular sino juega de simbolismo sobre la ruptura de los hechos y la realidad,
un reflejo de que todo es más inverosímil de lo que realmente parece, que se
puede permitir algo tan espectacular. Un guiño
a una solvencia que si posee. Y es que hasta el final del metraje nos
movemos en los confines del Jarjacha, creyéndonos lo que no existe más que en
la imaginación y el agradecido temor del entretenimiento.
Bonus track
La maldición de los Jarjachas (2003), la segunda parte
exalta más la comedia, lo que debilita la trama, y no resulta atrapante como
finalmente tiene en sí la primera, aunque ostenta algo (menos) de la anterior en
su vocación de cuenta cuentos con esos dos comunes jóvenes cazadores de
demonios que viajan entre comunidades y que son perseguidos como terroristas
por una turba que quiere matarlos (lástima que el personaje del padre se haga
tan cargante), además de poseer en su forma sus mismos defectos; pero que también
resulta novedoso al cambiar los rasgos
del demonio de los Andes y agregar otros retos como el de los condenados.













