jueves, 28 de enero de 2016

El Club

Siempre se ha hablado de la perenne mala actuación de la iglesia católica de ocultar los tantos casos de pederastia de sus miembros, y es justo ahí donde pone el dedo el director chileno Pablo Larraín, sobre esa llaga, de paso critica el apoyo eclesiástico con la transgresión de derechos humanos durante la dictadura de Pinochet, y la adopción ilegal por trámite de curas corruptos que se aprovechan de la pobreza de los feligreses. Estos casos los representan cuatro sacerdotes confinados a una casa de reposo en la comunidad costera de La Boca, Chile, que en realidad es para que piensen sus pecados al no poder ejercer con normalidad su labor cristiana y necesitarse que estén ocultos para no mancillar (más) a la iglesia.

Toda la (injustificada) tranquilidad del reposo de estos ancianos pecadores cambia, se desvanece, cuando llega un quinto cura, un pedófilo, y se suicida frente a todos ante la insistencia atroz y vulgar de señalamiento de culpa (incluyendo la directa), con la verbalización –el monologo imparable- de describir de forma violenta, obscena y brutal ese sexo pederasta acaecido por los engaños, falsas promesas de fe y abusos del sacerdocio, expresados como dentro de una posesión por un personaje capital en la trama, Sandokan (un híper realista e impresionante Roberto Farías), que es un tipo dañado mentalmente, por las apetencias depravadas de los curas, quien deambula como un loco torturando a estos sacerdotes.

Tras la muerte llega el padre García (Marcelo Alonso), un psicólogo y representante de la iglesia que deliberará toda la situación, poniendo orden, imponiendo penitencia y quitando gollerías como el alcohol y la buena comida en esta casa retiro, cuidada por la ama de llaves, la hermana Mónica (Antonia Zegers) que es una mujer sumisa y leve que no juzga a estos padres criminales, al simplemente buscar un escape a su propia vida. Estando la casa habitada por el Padre Vidal (el harto talentoso Alfredo Castro, actor fetiche de Larraín), el Padre Ortega (Alejandro Goic), el Padre Silva (Jaime Vadell), y el Padre Ramírez (Alejandro Sieveking) que sufre de cierto retardo.

Una gran sorpresa, sin duda, le sucede a los que esperan que Larraín haga un filme mainstream típico, porque no lo es en absoluto, sobre todo para los pocos detractores de éste director, recordando que Larraín es la cara más visible e internacional de su país (nominado a los Oscar por “No” el 2013, y que muchos esperaban se repitiera con la presente), donde el filme ha contado con alto respaldo y entusiasmo, digamos que serio, ganando el gran premio del jurado del festival de cine de Berlín 2015, y mejor actor –que fue para un pequeño elenco- y guion en el festival de cine de Mar del Plata 2015.

Notamos, sí, la imponente calidad de producción, el alto estándar estético, la narrativa fácil de procesar (llegando a lo enfático, pero no limitado), y ser una exhibición masiva e internacional, pero yace a su vez la propuesta como la exposición de un quehacer cinematográfico que incomoda mucho, que molesta e inquieta, que no es complaciente (y si lo es, en cierta forma, no de manera ramplona ni para nada unánime ni fácil), en un trabajo que quiere generar polémica, pensamiento y discusión, que es categórico y altisonante en su crítica, mientras no es fácil de digerir (aunque en los tiempos que vamos haya tantos descreídos de la religión, y quienes incluso esperan que siga habiendo descredito, agregando que por un lado es una denuncia muy empática en general),  producto de su brutalidad explicativa (llegando a tener incluso escenas sórdidas y provocadoras, como el pedido de sexo anal de un hombre a una mujer, a lo El último tango en París, 1972), en un filme que es muy enfático, ciertamente, para bien y para mal, que tiene de vulgar (pero aun así no pobre con el idioma), sumo realismo, con una explicites en lo verbal como para que se sienta y duela toda la denuncia, en donde el lenguaje es una de las armas recurrentes de mayor distinción de la narrativa, contra toda esa iniquidad del sacerdocio corrupto, ese que se quiera o no representa una crítica potente hacia toda la iglesia católica, como un intenso llamado de atención, ya que muchos resienten de su silencio aun siendo algo sabido a vox populi.

Otra cosa importante es que Larraín nunca deja de construir una historia cautivante, con giros y sorpresas dentro del leitmotiv de denunciar a los curas pederastas y criminales, creando contradicciones morales en a quien servir (representación de las autoridades eclesiásticas), a la iglesia o a nuestra intachable fe, manejar cierta interesante ambigüedad –entre el cura fiscalizador y el loco, los catalizadores de la trama- hasta resolverla, un toque de vitalidad a pesar de la vejez y los gigantescos pecados (como todo el asunto de la competencia y entrenamiento de los galgos) habiendo una curiosa exhibición de puntos de vista (insalvables, pero osados, tanto como maniqueos) en las entrevistas, y en cómo solucionar todo el problema, en que no primará la comodidad, donde esos curas corruptos tienen vida, son resilientemente fríos, defienden su absurda existencia como seres humanos, tienen emociones, cuando existe el marcado señalamiento de inmoralidad sobre sus cabezas y palabras. Habiendo un pequeño sentido de culpa en el padre García que lava los pies de Sandokan a poco de que el grupo intenta sacárselo de encima, siendo lo más trascendental implantar –no sin cierta ironía- el castigo de la voz de ese loco como un eterno infierno en el que era un apacible purgatorio.  

miércoles, 27 de enero de 2016

Verano de Goliat, Los Ausentes y Minotauro

El director mexicano Nicolás Pereda es un exponente del cine avant garde, que ha marcado su mayor reconocimiento con su filme Verano de Goliat (2010), con el que obtuvo el premio Orizzonti en el festival de cine de Venecia 2010, y el Cinema of the Future en el festival de cine independiente de Buenos Aires 2011 (Bafici), que nos recrea algunas pocas historias rurales que nos hablan de cotidiana sobrevivencia, principalmente la del periplo emocional de una robusta mujer (Teresa Sánchez), abandonada por su marido, y el de su hijo soldado (Gabino Rodríguez), vago y hasta con algún aire delincuencial, dentro de un juego de apariencias.

En Verano de Goliat, Pereda, hace una docuficción sumamente austera – que incluye harta espontaneidad, como en aquellas entrevistas y sonrisas de los primos de Goliat, o con una mujer con sus tantos hijos-  donde el título de Goliat es el sobrenombre de un chiquillo de aspecto ordinario que cuenta con la leyenda y el misterio de haber matado a una novia, sin que nos remita a ningún castigo. El filme es sumamente libre en su ordinariez narrativa, sobrellevando una gran falta de trascendencia expositiva, salvando la de recordar de memoria una carta de pendientes que revela toda una problemática común de subsistencia, que resulta en escenas repetitivas, morosas y típicas de cierto cine arte, que no por ello no es que carezca de naturalidad y hasta de belleza escénica, en un retrato que esconde en su sencillez el mito de la oralidad y dígase además el primitivismo de un pueblo, el de Huilotepec, donde su gente yace abandonada a su suerte como en aquellas ventas infructuosas de libros didácticos, o en ese cargar por la zona de una maleta de ropa que simboliza la de un pesado, agotador y doloroso mundo a cuestas, donde por más que uno quiere termina como perdido, olvidado, tal cual implica ese río donde Teresa llora desconsolada. Verano de Goliat tiene mucho cuajo y relajo expositivo, a la par que se adscribe al cine social, pero desprovisto de una contextualización canónica, habiendo por su parte crueldad y amoralidad en la comunidad (de lo que no todo se juzga), tanto como alegrías y mataperreo, a la vez que muestra sufrimiento (alrededor del abandono por otra mujer, donde no nos entrega Pereda ninguna justificación).

Todo filme de Nicolás Pereda es un esfuerzo para cualquier espectador, como en Los Ausentes (2014), un cine social minimalista y arty, en que se trata simplemente de un anciano y de su otro yo joven que deben dejar su humilde hogar a orillas de una bella playa (tras ese simbólico esfuerzo, descenso y desnudo, destinado a plasmar el tiempo), con lo cual el cariz fantasmal sobrevuela hasta en ese estar juntos del joven (Gabino Rodríguez) y el viejo en el desenlace, sentados a la mesa alcoholizados, sin poder remediar nada, sin un futuro a la vista, como si ellos fueran toda la comunidad, olvidada e invisible al otro, o el último despojo, viviendo en la soledad de los quehaceres mínimos, siendo tan importante la pertenencia de una vaca, donde todo se ve tan humilde y simple, pero representa una vida, varias existencias (¿una falta de unidad?, ¿un llamado?), mientras la ley dictamina y los deja de lado, en una playa que exhibe chiquillos haciendo surfing (alegrías), mientras aquella demolición se hace tan detallista y expresiva, como ese armado supuestamente militar de un arma, una señal de poca fuerza, de aun bajo la apariencia de poder matar, implica más bien algo viejo y elemental, frente al cambio.  

Minotauro (2015) es apenas un esqueleto narrativo, en donde se pueden percibir tres lecturas, la de unos cuerpos que se echan a dormir de forma extravagante, con unos jóvenes protagonistas que yacen cansados en posiciones ociosas y poco ordenadas, como que se han desplomado como sea, y que dan a entender una abulia política, social y especialmente afectiva, dibujando una generación apagada, sin fuego en la sangre, una juventud sin apasionamiento. Por otro lado yace la frustración, representada en esas lecturas de rechazo en concretar un enamoramiento, darse tiempo de separación, no reconocer al otro, lo cual hablan de una línea general de detención del nacimiento de la acción, léase nuevamente política, social, partiendo de lo afectivo, lo cual es culpa, desde luego, de ese cansancio crónico que vemos en el rol de Gabino Rodríguez y sus compañeros de vivienda, que empieza con no recoger el vuelto de una pizza, en una exposición argumental de lo más insulsa. Por último tenemos a una empleada y a su hija cuidando de sus patrones, que parecen minusválidos, o son parte de otro tipo de ociosidad, abulia (¿un liderazgo o el Estado mediocre?), los dueños duermen todo el tiempo, no importa el ruido, mientras todo el trabajo lo hacen los empleados (mismo Pasolini, donde solo ellos están despiertos y funcionales, pero son quizá demasiado secundarios, o así lo creen), hasta verlos caerse y no poder levantarse, recogerlos, que indica a pensar en las clases sociales, donde todo el esfuerzo es del pueblo, que deben sostener a unos cuerpos débiles y dormidos, de lo que también asoma la perplejidad, la falta de comunicación, la pequeñez o el éxito en medio de ese letargo. 

Santa Teresa y otras historias

Película del dominicano Nelson Carlo De Los Santos Arias presentada en el festival de Marseille 2015 donde ganó el premio Georges De Beauregard, y luego el de mejor película latinoamericana en el festival de Mar Del Plata 2015. Una propuesta experimental y una docuficción, teniendo un audiovisual bastante humilde, mientras hace de pequeño ensayo crítico y denuncia sobre la violencia, una que también es política, como lo refleja la voz en off de la egresada de la carrera de cine y activista Judith Gómez en su alter ego Polly Krac, en un filme que contiene imágenes de archivo, otras documentadas por el mismo director, o unas que hacen de soporte narrativo ficticio, como ver una estructura con una chiquilla leyendo escenas de tipo literario, a continuación recreadas (contextos rurales con juegos infantiles o con el deambular de perros), habiendo varias formas de expresión visual, de lo más simples, como la estática o el pase lento de alguna casa vieja o el de un zaguán poco iluminado, a manera de fragmentos, en buena parte inconexos, libres, incompletos y paralelos, bajo la idea de un narrador de cuentos, que sobrevuela todo el formato, la mayor parte propios del director y harto sencillos, pero que contienen la libre inspiración (y centro argumental) de la adaptación de un capítulo del libro 2666 de Roberto Bolaño, tomando de contexto la ciudad imaginaria de Santa Teresa (creación de Bolaño), como también a un guía literario del mismo texto, el investigador y fotógrafo Juan de Dios Martínez, que yace tras los crímenes sin resolver de mujeres halladas muertas en la frontera de Ciudad Juárez que sería el lugar real en que se basa Santa Teresa, un México violento sintetizado, como la idea de la sombra de la muerte y lo endeble de la existencia en el soporte visual sacado del Museo de Momias de Guanajuato, en un México que hace de representación del feminicidio y la brutalidad latinoamericana, en una obra que está dedicada a las distintas visualizaciones de la mujer, tanto en su veneración, como a su agresión, pasando por ver el detallismo de la transformación de los muxes, travestis con una mítica folclórica zapoteca detrás. 

sábado, 23 de enero de 2016

Right Now, Wrong Then

Del director coreano Hong Sang-soo siempre se dice que hace variaciones de la misma película en toda su filmografía, o sea, sus filmes se parecen bastante, que hasta se podría decir que se “repiten”, hace la misma película una y otra vez, incluso presenta sus variaciones aún mucho más directas y explicitas haciendo solo algunos cambios, como sucede en el presente filme que cuenta dos veces el mismo relato, pero desde distinta perspectiva.

En su obra presenta constantes temáticas y técnicas, como exhibir a un protagonista que estudia cine o es director de cine, algún enamoramiento, aventura o relación afectiva, suma cotidianidad, o que sus personajes mientras comen y dialogan suelen tomar soju (bebida alcohólica surcoreana a base de arroz), como usar una técnica cinematográfica convencional, sencilla, muy práctica, llevadera y de recurso mínimo.  

El filme nos cuenta en dos oportunidades como el famoso director de cine arte llamado Ham (un impresionantemente natural Jeong Jae-yeong, que ganó el premio de mejor actor en el festival de Locarno 2015 por esta película), un hombre de trato fácil, corteja a una guapa jovencita (Kim Min-hee) que no necesita ser sensual ni pretensiosa, a la que conoce casualmente en la visita a un templo, con lo que se les depara un itinerario donde la lleva a tomar un café, ella le enseña su trabajo en la pintura (una vez abstracta, otra realista, felicitándola en la primera, criticándola en la segunda),  luego él a un restaurante a tomar soju, ella a una reunión íntima con sus amigos amantes del arte, y por último se ven en la proyección de una película y conversatorio de Ham.

Esto a rasgos generales es toda la película, en ambas versiones, pero (principalmente) habrán diálogos que cambien, sobre todo actitudes y el tipo de como proponerse para una infidelidad, de lo que la excusa central en una de las opciones es que Ham es un mujeriego que siempre repite el mismo truco (como el cine de Hong Sang –soo), pero de lo que se dice que son sólo rumores en la otra visión, donde es que simplemente siente una atracción grande hacia una mujer a la que suponemos especial (es como si ser franco –asumiéndolo de auténtico- perdonara toda libertad y anhelo), con la cual pudo comprometerse de estar libre (como alude el simbolismo del anillo, en uno no hay, en otro sí), observando que el tiempo tiene cierto papel elíptico (en que se manifiesta que Ham se casó muy temprano, y esto juega a interpretarse positiva y negativamente), a la par que apreciamos que la ligereza con el asunto del affaire no parece molestar a nadie en realidad (aunque dentro hagan algunos de fiscalizadores de la moralidad, de lo que se llega a decir en cierto momento de que no importa el juicio ajeno, articulándose que solo interesa el anhelo y el convencimiento), total en el filme la esposa no existe como ser humano, se trata solo de Ham, la joven Yoon y en medio una traba moral de ella (o, mejor dicho, que haya honestidad hacia ella) que abra las puertas de su corazón y de algo más, aunque brevemente, y es que el filme es lo más sencillo que uno puede esperar, pero aun así se hace gustosamente entretenido. Tratando lo que a todo hombre -y en parte féminas, en lo poético, en las relaciones afectivas- promedio pero culto le gusta, el arte, la cerveza, su ciudad, los diálogos amenos y las mujeres bellas.

Cambiando detalles y bajo un nuevo enfoque, Hong Sang-soo parece defender la premisa de su séptimo arte, uno que esta vez se ha hecho merecedor del leopardo de oro 2015, máximo premio del festival de Locarno. Vemos como Sang-soo propone otro cuadro con apenas algunas pinceladas y cierto pequeño ingenio (o sensibilidad e intuición, parafraseando a sus criaturas), y es como decir que es otra película distinta, una que tiene el aire de lo clásico en sus formas, pero que su espontaneidad y frescura no tienen tiempo, salvo que la modernidad urbana imprime la época, aun sin aparatosidad sino la misma sencillez que brota de todo el conjunto. Como que en un momento Ham presume de extravagante –no obstante tiene lógica su acto- al desvestirse frente a las amigas de la chica deseada.

Hong Sang-soo nos expresa claramente, como en el título, (que es) correcto ahora, (estuvo) mal entonces, enseñando primero un simple engaño (una justificación además para el segundo relato); en el otro, Ham cuenta por sí mismo que se halla casado y lamenta tener la traba matrimonial, siendo digamos que honesto, con lo que es apreciado y maneja una sensibilidad, sin embargo donde yace su verdadero triunfo es en lo platónico, romántico, simpático e inofensivo, producto de no forzar nada, y no es que no se quiera algo más, pero simplemente la situación fluye (desde luego no lo que le contarías a tu esposa, ni te gustaría que le pasara a ella), en ello Sang-soo es harto delicado, también pícaro, pero inocuo, bellamente inocente al fin y al cabo, aunque en Our Sunhi (2013) queda como mensaje final que uno es libre de ser como le da la gana, aludiendo la seducción de una chica e ilusión de varios hombres hacia esta. 

La habitación (Room)

Nominada a 4 premios Oscar 2016, mejor película, dirección, actriz principal y guion adaptado, es el año de la merecida notoriedad del cineasta Lenny Abrahamson, que con su anterior película, Frank (2014), llamó cierta atención y muchos dicen se convertirá en un filme de culto, donde se relata sobre un extraño músico que usa una cabeza de papel maché que nunca se quita de encima, vive con ella, en la interpretación del gran Michael Fassbender, que hace del gurú de una pequeña banda musical aun no conocida por el mundo y no destinada a hacerlo (donde yace la jugada maestra del filme), que dentro de una trama en parte cruel nos habla del natural desmedido anhelo de éxito (movido por el rol de Jon Burroughs, de Domhnall Gleeson, que quiere dejar de ser un perdedor y por sí mismo no puede lograrlo), de los fracasados, problemáticos, locos y quizá no tan buenos músicos (toda la banda de freaks y outsiders, liderados por el extravagante Frank, Fassbender), de la autenticidad y de la verdadera razón de hacer música, en medio de un humor corrosivo, a veces chocante y desestabilizador, también de algo de inocencia y alguna exageración de postulados para plasmar lo que significa una movida musical, en sus propias condiciones especiales y bajo jugosas contradicciones, dejando posibles lecturas en el que es un filme raro y por ratos chirriante, que es la conjunción narrativa de dos mundos, uno alternativo y otro de cine amable, que a más de uno descolocará si han de profundizar en los giros de la trama, una que se inspira en el músico y comediante británico Chris Sievey que inventó a su alter ego Frank Sidebottom, el de la cabeza de papel maché, como también se basa en las experiencias del guionista del filme Jon Ronson, que fue parte de la banda de Sidebottom.

La habitación es otra grata película, que tiene la particularidad de parecer que se trata de dos historias intercomunicadas, una que acaba a la hora de metraje y otra que empieza a continuación en donde la otra finaliza y pocos han decidido contarlo y donde yace la audacia. Pero partamos de ¿qué es la habitación? Es un lugar mental, psicológico, de tortura y trauma (en la madre, interpretada por la talentosa Brie Larson), pero a su vez -por extraño que suene- un lugar mágico a lo Alicia en el país de las maravillas para el hijo de 5 años de nombre Jack (un impresionante Jacob Tremblay) que llena de vida el ínfimo espacio, ya que no conoce el mundo, y ahí anida la pregunta e idea de qué es real y qué no, cuanto implica nuestra percepción mental, sueños y proyecciones en el planeta y lo que nos rige.

El filme parte de un secuestro de hace 7 años por un tipo al que conoceremos solo como Old Nick (Sean Bridgers) que tiene cautiva a Ma (Brie Larson) y al hijo nacido de este encierro. En una propuesta que es siempre un drama de adaptación (la segunda parte yace muy bien tratada, exuda madurez y coherencia, aun a costa de no ser tan cautivante para el público masivo, aunque también posee sus escenas emocionales e híper dramáticas que conmueven), donde cada parte de la habitación es una geografía, un pequeño espacio convertido en algo mucho más grande de lo que habitualmente es (tal cual notamos cuando queda vacía, y se ve que es minúscula, un simple cobertizo), de lo que ese espacio tan reducido se convierte en todo nuestro universo, y uno debe contener todo dentro, con lo cual conviven dos perspectivas en la habitación, la del niño por un lado, inocente e imaginaria, una del pequeño es como si estuviera en el interior de un cohete o cápsula que uno espera despegue hacia ese cielo que ve en el tragaluz; y la otra de la madre y el captor, de suciedad, criminalidad, crueldad y abuso sistemático –en ese sexo mecánico y animal en el peor sentido, razón del cautiverio, que apenas se ve y se oye a través del closet y la pantalla, dibujándolo como un acto oscuro sin ningún tipo de erotismo, del que se genera una paradoja con el nacimiento de aquel hijo, como brevemente deja ver la falta de aceptación del padre que hace William H. Macy-, de lo que Abrahamson exhibe que el compartimento es lógicamente paupérrimo y en condiciones no muy higiénicas, como tan bien lo demuestra ese diente podrido que se le cae a Ma, pero que rápidamente se convierte en un símbolo del amor, protección y unión con la madre (como llegará a serlo el cabello más tarde, lo físico, primario y sobre todo la representación de lo real, una entrega psicológica, como quien intrínsecamente corta las ataduras con el pasado y deja solo lo que los ha hecho sobrevivir, el amor de madre e hijo), un residuo a un punto desagradable, pero que Jack no lo ve, se lo mete igual a la boca, ya que para él es otra cosa, tiene otra lectura, una pura, lejos de la notoria corrupción que le circunda.

La propuesta fuera de ciertas apariencias y sutilezas, de su calidad de entretenimiento, a la que muchos se han asimilado, sin preguntarse más allá, es compleja y tiene una velada polémica, que apunta a separar al hijo de la violación que lo engendra, aunque lo vemos desde ya crecido y eso ayuda mucho, de lo que la decisión parece tan clara, aunque habría que acotar que el dolor es tremendo, de lo que toda la pesada carga recae en la madre, como bien presenciamos en sus crisis emocionales, aunque el filme tiene las anotaciones de Jack como dirección y yo veo más bien como complemento –aun con más presencia física- ya que en realidad se trata de la historia de Ma (una espectacular Brie Larson, que ya encandila con Short Term 12, 2013, como esa cuidadora de albergue de chicos nada privilegiados, conflictivos y poco adaptados, que tiene un pasado traumático y que debe definir su futuro familiar a través de su trabajo de cara a su propia inadaptación social), es su secuestro, continua violación, encierro y gestación, y no del pequeño, aunque en el filme él es tan determinante en analizar y proponer el contexto, donde no reconoce ni menciona al padre, no genera opinión del sexo que ojea y del que se esconde, es el héroe, quien revitaliza a la progenitora cuando ella se deshace en pedazos.  

martes, 19 de enero de 2016

Joy: El nombre del éxito

El director David O. Russell hasta su anterior película ha sido un engreído de Hollywood, nominado tres veces seguidas al Oscar por mejor director y en dos oportunidades por guionista, hoy parece que su suerte ha virado de cierta forma y se ha encontrado con un duro rechazo de la crítica hacia Joy: El nombre del éxito, aunque su actriz protagonista Jennifer Lawrence ha resultado nominada por la presente, logrando su cuarta nominación profesional (3 veces gracias a O. Russell, una de estas le mereció una estatuilla dorada, por Silver Linings Playbook, 2012).

Su última historia se basa libremente en una persona real, en Joy Mangano, inventora del Miracle Mop, el trapeador milagroso, un trapeador que no necesita escurrirse y puede lavarse fácilmente, hecho de plástico, ligero, y que cuesta 4 veces más que un utensilio simple pero resulta más higiénico, efectivo y duradero. Mangano es además una exitosa empresaria que sale vendiendo sus productos e invenciones en televisión. Con lo cual parece que tuviéramos una historia particular, con un invento poco deslumbrante o no tan atractivo para muchos espectadores, diga lo que digan las amas de casa, las tantas que llegaron a comprar el producto. Por lo que fácilmente pudo caer el filme en el ridículo, y no lo hace.

La propuesta capitaliza el sueño americano, marcadamente, de forma obvia, con diálogos que empiezan diciendo literalmente que Joy es una perdedora, tal cual lo refleja su madre echada en la cama absorbida por las telenovelas hasta que llega el amor romántico a sacarla de su sopor (en una línea endeble), cosa que evita la trama central, y se inspira en el éxito laborioso pero realizable de todo ciudadano promedio, no obstante la narrativa banaliza un poco el triunfo del sueño americano, donde O. Russell simplifica todo, y lo entrega bien empaquetadito y fácil, como para que el público masque bien su canchita, para ello todo se dice directamente, Joy fue una niña con grandes sueños, que se convirtió en una divorciada con 2 hijos a cuestas (aunque con un gran ex marido, que es su mejor amigo, aun siendo en parte un fracasado), un trabajo agotador, muchas cuentas y poco dinero, una madre mueble, inerte, cero productiva, y un padre y una media hermana que son un bache constante en su vida, y hasta incluyen la intromisión de una madrastra igual de ambiciosa, tacaña y de cierta forma aprovechada, ganando realismo en cuanto a la realidad de la familia americana no del todo afectiva, sino conflictiva. Sin embargo, Joy ve a través del surrealismo ese cambio que necesita, por medio de las telenovelas de la madre, y se lanza a inventar algo útil, práctico, que este en el diario vivir.

Lo que viene después son dos giros bastante pobres que lastran la credibilidad del conjunto y su mayor alcance, ya que son capitales, un conflicto descubierto como cuando John Cusack halla esa pequeña puerta en una oficina a tremenda revelación, en Cómo ser John Malkovich (1999); en el otro aparece una salida arbitraria y simplista en todo sentido, en una habitación de hostal, otro de esos encuentros milagrosos, tras revisar el papeleo, como con el trapeador, tal cual salta de ser menospreciado a ser visto como una mina de oro por Neil Walker (Bradley Cooper), ejecutivo de un canal de ventas.

Joy: El nombre del éxito tiene un lado tipo de comedia de enredos inicial, donde todo luce barroco, altisonante y extravagante, que es muy entretenido, además de que el asunto del trapeador y la fortuna tiene cierto humor en sí, aun teniendo el lema de esa frase que dice de que lo ordinario se topa con lo extraordinario y hacen perfecto maridaje, tomando de ejemplo al legendario productor David O. Selznick y a su esposa, la popular actriz Jennifer Jones.  

O. Russell hace todo el trayecto del filme espolvoreando sencilla simpatía, una buena onda en ideas y lugares, apreciando que uno rápidamente se identificará con la protagonista, una magistral Jennifer Lawrence que realmente esta perfecta en todo momento, aun cuando pueda estar diciendo algo tonto o poco elaborado, que en buena cantidad hay en el filme, tratando de ser empático de forma tan clara y poco original. Lo único que faltaba era que Joy cayera en algún romance y todo quedaba como un cuento de hadas, tanto como un manual básico para triunfadores, donde los esplendidos Robert De Niro, Isabella Rossellini y la desconocida Elisabeth Röhm son los parientes de miedo, en una falsa fachada de ayuda, habiendo un diálogo de negocio y préstamo que impone un deber y retribución, unas preguntas de compromiso y una reunión donde se ve una familia caótica y compleja que es lo mejor del filme, como esa comedia coral inicial, hasta que llega la decepción empresarial, pero a continuación enseguida el filme se vuelve predecible, convencional y va perdiendo su encanto.

Se trata del sueño infantil de su verdadero yo –y el de cualquiera, no ser perdedores- y el aliento y fe de la abuela que espera un matriarcado de Joy, que manos a la obra debe imponerse en acción (cuando se pone ruda, decidida, feminista, a través de -valga la curiosidad- un utensilio de limpieza, hasta triunfante colocarse sus lentes de sol y venderle al espectador una historia más del gran sueño americano), evitando caer en la nada, la inutilidad y el desperdicio que representa la madre interpretada por Virginia Madsen (y todo el lastre familiar en otro grado).  

domingo, 17 de enero de 2016

E Agora? Lembra-me

Ganadora del fipresci y del premio especial del jurado en el festival de cine de Locarno 2013, dirigida por el portugués Joaquim Pinto, quien fuera sonidista de Raúl Ruiz y Manoel de Oliveira entre muchos otros, y cuenta con una filmografía poco conocida pero con más de 20 años de trabajo. En esta su película más personal y reveladora, autobiográfica, que cuenta su vida en pareja con su compañero Nuno Leonel con quien llegaremos a verlo teniendo sexo de lo más llano y explicito pero con cierto estilo de arte y no tan dilatado, en ese quehacer de alto realismo y gran carga de sinceramiento, donde recorremos la vida actual de Joaquim quien sufre hace 20 años de SIDA y de Hepatitis C, pero que aun así logra disfrutar de la vida a pesar de los fuertes dolores y esa existencia que se resiste a morir a costa de entregar harto cansancio, desgaste y sufrimiento físico que llegamos a palpar, como una luz que se va apagando pero no quiere desaparecer.

La felicidad la marca su pareja y la crianza de tres perros gordos y algunos viejos, tal cual escuchamos de sus propias palabras agradeciéndoselo a la vida que tiene, tanto como compartidas actividades diarias siendo muy activos, de lo que el filme en sus casi tres horas de duración presenta una variedad encomiable de labores y entretenimientos, de tipo medioambientales como sembrar plantas, hacer agricultura, apreciar a los insectos o bichos (en un momento se maravillan juntos, porque realmente es la historia de una pareja, de Joaquim y Nuno, viendo como una audaz abeja trata de sacar un pequeño bocado de una hamburguesa en un pan, que comen en un parque), al mismo tiempo que comparten un agrado natural y fresco por lo intelectual y una latente curiosidad reflexiva y cultural, mientras vemos los tratamientos, las drogas e inyecciones a las que se somete Joaquim, y que es asistido -y compartido cada momento, en cámara o fuera de ella-  por Nuno, quien es más silencioso y corporal que nuestro perpetuo guía Joaquim, teniendo Nuno un aire rebelde que ostenta y se nota en su aprecio por el heavy metal, su pinta relajada y sus tatuajes (uno dedicado a Joaquim, en una relación que en gran parte del metraje se maneja con sutilidad y recato, pero avanzando el filme empiezan a surgir ciertos desnudos en esa cotidianidad que tanto marca la propuesta, que trata de revelar tal cual es su existencia en todo los aspectos), donde se dan tiempo para pensar el mundo, sobre todo el suyo, auscultar distintas artes y ciencias, cuando Joaquim va relatándonos con su voz over las conversaciones que tiene con su compañero, su enorme curiosidad por el planeta,  la humanidad e incluso comparando lo vivencial por medio de la biblia y creencia en Cristo que en la iglesia, rememorando su pasado, desde esa vida ajetreada e interesante que logró cultivar gracias al cine, trayendo a cuenta ciertos años a través de sus grandes acontecimientos y famosos encuentros personales, como el estado de la evolución de su enfermedad y de esta en el planeta.

Es una propuesta que tiene una gran calidad narrativa, luce un filme muy técnico cargado de pequeños trucos, y una exhibición que nunca para de ser novedosa, aun retratando la cotidianidad de una vida y el padecimiento de una enfermedad. Otro punto es que aunque desnuda a Joaquim en toda arista personal, no deja este siempre de mirar hacia lo que le rodea, y en lugar de ser únicamente su historia, la matiza con lo que pareciera una investigación y registro del SIDA y sus tratamientos,  o ese hambre por conocer cosas, y ver un lado práctico y darlo al público de forma cautivante, como todo documentalista entiende y busca, y él denota haber aprendido muy bien.

Inicialmente es la historia de Joaquim y luego despega lentamente hasta ser una completa exhibición de una vida en pareja (sin sentimentalismos, sino acciones), a compartir el protagonismo, a elogiar al compañerismo en cada explicación como dentro de un subtexto, reflejando que el afecto hace que el dolor merme o se pueda sobrellevar mejor, aunque también Joaquim pone de su parte yendo a todo control medicinal, usando las últimas drogas y calmantes, viéndolo a ese respecto viajar mucho a España.

En la narrativa asoma una melomanía contemporánea y cool, bajo un muy buen gusto musical, a la par de una gran cualidad de viajeros (en su pequeño núcleo familiar), donde el auto se moviliza bastante, siendo seres inquietos, con ganas de sabotear un destino anunciado y una depresión cruel que eluden con un estado de vitalidad notorio, aun habiendo tanto cansancio, y momentos donde Joaquim por fuerza mayor no puede salir de casa. En un filme íntimo, pero casual (más nada intrascendente), de cautivante humanidad y con su toque de intelectualidad. 

Carol

A primera vista puede ser una historia más de represión homosexual, de cierto descubrimiento de una distinta inclinación sexual a la mayoría y por otro lado de un posicionamiento de quien uno es. Pero resulta también la historia de un deseo irreprimible, de una notoria atracción, amor y sensualidad entre dos mujeres, la experimentada y adinerada Carol Aird (Cate Blanchett, obviamente talentosa, de las mejores actrices que hay, como hoy en día medio mundo lo afirma, y es que la admiro desde Diario de un escándalo, 2006, pero, ¡qué Dios me perdone!,  a algunas expresiones suyas se les notan las costuras, me parecen híper-dramáticas, y hasta lucen como tics) y la jovencita medio tímida, o humilde y sencilla más bien, más allá de trabajar como dependiente de un departamento de juguetes, pero que no se retrae en absoluto ante sus deseos, llamada Therese Belivet (Rooney Mara, a quien el papel le cae perfecto con su tipo y estilo).

La historia nos cuenta de Carol, que yace en trámite de divorciase de su marido, Harge Aird (el expresivo y genérico Kyle Chandler), que a pesar de todo no la quiere dejar ir y la castiga con la futura tenencia de la custodia de su hija, aun sabiendo de la clara y fuerte inclinación lésbica de ella, ya que parte trascendental de la ruptura es ocasionada por un affaire ocurrido hace 5 años con la madrina de su pequeña, con Abby Gerhard (Sarah Paulson, pequeño portento de los papeles secundarios). Como también se trata de la historia de Therese, donde el protagonismo esta balanceado y bien repartido,  aunque como anuncia el título, nos hablan de un amor que marca nuestras vidas y en ese punto recae la sofisticación y la mayor edad de Carol, con lo que pudiera pensarse que se trata de la mirada, encuentro de la identidad y crecimiento de Therese, pero es a su vez la lucha con la moralidad de la época anclada a un hecho preciso que evidencia un manejo serio y consistente aunque acorde con otro tiempo (notando que adapta el libro de la muy famosa Patricia Highsmith  de título original “El precio de la sal”, publicado bajo el pseudónimo de Claire Morgan en el año 1951, que será la década que utilice el talentoso director Todd Haynes, maestro de las fantásticas Velvet Goldmine, 1998, trasunto libre sin concesiones del lado icónico del glam rock de David Bowie; y de I'm Not There, 2007, todas las caras, hasta lo ensayístico, de las contradicciones de Bob Dylan), como indica una minusvalía y juzgamiento para la custodia de la niña, y esa es la figura que promueve la separación matrimonial de Carol, los conflictos de madre, viendo que la aceptación social no posee ningún gran revuelo en realidad para ambas, o no se trata de reducirlo a ese tipo de melodrama, ya bien conocido, sino invoca cumplir con reconocer a la otra persona y entregarse al compromiso. Donde Therese enfrenta decisiones sencillas para ella, dejar de lado a un novio y buen partido pero a quien no quiere, y a un pretendiente que le ofrece ayuda en una profesión que desea alcanzar, la de fotógrafa.

El conflicto central es no perder el acercamiento con la hija, por la orientación sexual que se está viviendo, porque de acomodarse no tienen problemas, evitándose a sí efectismos lacrimógenos, pero igualmente teniendo gran empatía con el espectador, porque es la implicancia del amor por sobre cualquier otro sentido, con lo que la precoz Therese al comienzo es arrastrada por la seducción y sensualidad de Carol, pero termina sabiendo bien lo que quiere y exigiendo, por lo que el papel se invierte y más tarde es Carol quien tiene que poner mucho de su parte.

La película de Haynes tiene una narrativa inteligente, que despega del lugar común y el facilismo porque plantea mucho realismo y normalidad, cierta tranquilidad explicativa en cuanto a la pasión de estas mujeres, enfocándose en ser correspondido por el amor que aceptado por la colectividad, no exagerando las trabas sociales, aun siendo los 50s su contextualización (y en ello bastante conocido el impecable detallismo de Todd Haynes), noción clara de que se ha filmado en el 2015 y son otros tiempos, fuera de un cierto desliz de ser grabada la aventura para desacreditar a Carol y hasta generar un chantaje, que lo hay sí –mejor- en lo emocional con la pérdida de la hija, pero que rápidamente toma un vuelo más adulto, exigente y coherente, y es que el personaje de Harge tiene conciencia y ciertos matices, apreciando que el conflicto proviene de estar a punto de ser dejado de lado definitivamente y dolido por quien tanto ama –como bien señala un diálogo de que ella se ha vuelto cruel-, no siendo un fantoche a quien despreciar por tenerlo por enemistad de la libertad gay, aunque tiene de (entendiblemente) patético. 

Otra noción del filme es que imprime un acercamiento que tiene visos de aventura, pero muta, crece, y supera una inicial superficialidad que sirve de base lógica por encima de verse como un defecto, y que va más que de simple lucha social, sino de la historia de la consolidación de una relación sentimental, y aunque temporal o no una que va en serio, cuando pronto la nobleza y el encanto del personaje de Therese, ciudadana promedio pero culta y con aspiraciones, se gana el corazón de Carol, que, bueno, juega a un papel ideal también, donde más que yacer en una conquista de medio pelo propuesta por su libido y al son de los regalos costosos de su posición privilegiada por sobre alguien humilde, imberbe y atractiva, es el vínculo solido del amor, palpable en ambas, ya que una tiene mucho que perder (la hija), con lo que demuestra más que un interés sexual, y la otra porque exhibe que puede ser profesional (crecer, valerse por sí misma), y que entiende más de la vida que el simple apasionamiento juvenil, con lo cual se cimenta una bella historia de enamoramiento bajo adversidades (una separación difícil, y la elíptica autenticidad por sobre algún interés simplemente sexual o económico), con el problema de la represión de la época, por más que suene contrario al normal gancho emotivo, “secundario” o sólo un fondo al fin y al cabo, con lo cual resulta una historia mucho mejor que tantas otras. 

jueves, 14 de enero de 2016

Rastreador de estatuas

Una película sentimental, en el buen sentido de la palabra, contada en tercera persona por un Jorge imaginario y alter ego del director chileno Jerónimo Rodríguez que va revisando sus recuerdos  y entregando apuntes que surgen como en un hipertexto en medio de un diario personal de viaje y búsqueda a través de la rememoración infantil, de cuando su padre lo llevó a ver una estatua de un neurocirujano como lo era él y no recuerda bien la figura de ese momento pero quiere atraparlo en su significación, que empieza con el disparo de la memoria tras ver una película (Monos como Becky, 1999) y ser mencionado el neurocirujano portugués Egas Moniz, que cree haberlo visto en aquella visita de pequeño con su progenitor, y con ello salta a cada lado a describirnos su actual hogar en New York y sus raíces en Chile, paseando por la cultura y política de su ascendencia y origen y esa aventura que resulta hallarle razones de existencia a ciertas estatuas en ambos lugares, que yacen abandonadas y son de lo más raras, albergan intimidad, afectos y un sentido perdido, aunque haya quienes hagan vandalismo con ellas.

Es una película simpática y pequeña, enternecedora, bella, que resulta bastante espontánea, muy fresca, que da la sensación de ir fluyendo en el camino uniendo cabos y siguiendo huellas casuales, teniendo un material entre manos, creer algo de éste y encontrar otra cosa finalmente, como esas tantas señalizaciones de socialismo que pululan por la historia de Chile, en un sentir más que de frustración de no darle mayor importancia a algún tipo de derrota o daño, habiendo la notoria presencia de la ideología social del padre y gen de admiración y cariño, leitmotiv del filme, en el que es como un homenaje a ese vínculo paterno (e inspiración, de lo que se dice que el padre “le pidió” hacer un documental en su país, como forma de que regrese a Chile y este a su lado), creando un sentir de tranquilidad y suma amabilidad en el ambiente, alejado de todo conflicto, pero hablando de este, de tantas confusiones y hasta matizándolo con el ingenio del séptimo arte de un cineasta capital chileno, Raúl Ruiz, que se permitió bromear de las ideologías socialistas sin perder identidad nacional, humanidad y esa genialidad que Rodríguez siente vive en él, tanto como por el fútbol y hallar referentes didácticos en el camino.

Rastrear estatuas es solo un pretexto, anecdótico, curioso y carismático (no esperen nada académico ni demasiado serio, sino dinámico y vital), tanto como que solo sea una partida el hallar una estatua de Egas Moniz en Chile y completar un recuerdo (que se logra contener, asociándolo con valores y atribuyéndole sentidos afectivos), habiendo un culto a lo pequeño pero  a lo lleno de sentimiento, de tiempo, de historia, porque la cena está servida en la aventura emocional e íntima de interpretar y (re)vivir lugares del pasado, nacionales e individuales, mediante una entretenida y libre narrativa, que tiene mucha alma mientras las verdades surgen de lo aparentemente intrascendente, habiendo ingenio para generar tanta atención, huyendo de lo aparatoso. Siendo el sentir de que cualquier ser humano (de lo más común) puede tener en sí un gran relato si sabe contarlo, trasmitir amor y enseñar la grandeza de lo que nos define.    

miércoles, 13 de enero de 2016

Sueñan los androides

Interesante que el director Ion De Sosa coloque su mirada futurista en la ciudad española de Benidorm, donde, claro, los rascacielos ayudan mucho como la inmediata sensación de prosperidad, belleza y riqueza del lugar, a orillas del mar mediterráneo, al igual que ver la (sencilla) felicidad en la cotidianidad de sus habitantes retratados en bailes, sentidos de banal orgullo y fotografías familiares, no siendo además mucha la distancia del tiempo futuro que hace de contexto, estamos en el año 2052, que dígase fácilmente, está a la vuelta de la esquina, sin embargo la ilustración es precaria, como bien representa este séptimo arte ibérico denominado cine low cost, o el otro cine español, como el alternativo o independiente en el Perú, propio de (pequeños) festivales, aunque hay que apuntar que estuvo en la sección Forum, la sección Avant garde y experimental del festival de Berlín 2015.

Ion De Sosa utiliza ese fondo y crea su propia interpretación (apocalíptica) sobre un contexto turístico idílico haciendo ver lugares abandonados, descuidados y medio destruidos, creando un contraste social, una denuncia de invisibilidad y falsa tranquilidad, al igual como pasa con los replicantes o androides que son especie de marginales, perseguidos, cazados, sin motivo especificado, aun siendo idénticos a cualquier ser humano, en ello De Sosa no se hace problema alguno, están sumergidos plenamente en la sociedad, pero como supone la novela de Philip K. Dick de la que se inspira libremente el filme y la maravillosa adaptación de Ridley Scott, Blade Runner (1982) son buscados (y negada su existencia) por una clase de cazarecompensas.

Esta vez Deckard es un tipo cualquiera de traje, que resulta curioso de lo tan básico que es, cuando va por ahí repartiendo disparos a diestra y siniestra (asistido por una música española típica folclórica que tiene suma gracia, en que España vive entera en la propuesta, mientras la adaptación es la austeridad en plena gloria), sin ningún trabajado argumento de por medio, salvo yacer acompañado de vez en cuando por una mujer, y tener el deseo de comprar una oveja mecánica, que es un animal muy raro de conseguir y costoso para la época.

Entre los perseguidos yace un homosexual (infaltable en el cine español) que viste zapatos de plataforma y ropa de cuero negro, y se manda su baile de discoteque, antes cuenta brevemente que tener sexo con humanos siendo androide es de lo más normal. Mientras amigos suyos, una pequeña familia formada por unos jóvenes esposos y su bebé, son igualmente buscados para ser eliminados, y sigue la lista de gente de lo más común, que se supone son androides, que cae abaleada de golpe o huyendo (habiendo cierto aire irónico) y no parece haber salida creándose un sistema implacable y monótono, en que todo apunta a ser una lectura social simbólica del ciudadano promedio español que sufre la crisis económica, que valga la curiosidad en la trama utiliza su propia moneda nacional (un estado de independencia de la idea de prosperidad de la comunidad europea). El presente filme trabaja con lo más mínimo, tiene una argumentación harto esquemática, dura apenas una hora y tiene un final de lo más digno. 

martes, 12 de enero de 2016

La gran apuesta

¿Cuán importante puede llegar a ser el éxito o volvernos ricos?, es una pregunta capital,  y a esa vera ¿cuán importante es ser un tipo moral, preocupado por la decencia y el buen obrar de nuestras acciones? Y yendo hacia un quehacer argumental más complejo ¿cuánto nos costaría sacar provecho del mal colectivo para conseguir ese éxito y opulencia, aunque sea legal? Que es parte trascendental de lo que encierra La gran apuesta (The Big Short), donde unos outsiders de Wall Street en tres líneas narrativas separadas en sus propias argucias y mirada del mundo hacen justamente eso, sacar beneficio de la futura crisis financiera del 2008, de la burbuja inmobiliaria, de las hipotecas entregadas a diestra y siniestra sin soporte económico coherente, entregadas por los ambiciosos y poco meditativos bancos americanos sueltos en plaza, que cada vez empeoraban la situación sin pensar en ninguna verdadera solución sino mantener un ciclo vicioso con rumbo anunciado a la caída, tan claro como con esa ilustración de ese juego de sacar bloques, extrayendo torpemente los de soporte, tirando abajo la torre, es decir, la economía nacional. Para lo que los protagonistas visionaron esa debacle y apostaron en contra del mercado inmobiliario y la estabilidad, haciéndose ricos, a costa de no tener consciencia, ganar con la crisis, esperarla y hasta celebrarla, como no tener remordimientos con la ingente cantidad de desempleo y pérdida de casas del ciudadano y compatriota promedio. 

Es una película harto interesante e inteligente, tomando mucho en cuenta que tiene de protagonistas a tipos que son potentes enemigos de las empatías, por lo que el director Adam McKay, experto en comedias (todas con Will Ferrell), adaptando el bestseller de no ficción “The Big Short: Inside the Doomsday Machine”, de Michael Lewis (escritor del libro que inspiró la película Moneyball, 2011), hace uso de todo su ingenio para mostrar estas figuras sin que a uno le provoque mandar al diablo la película, de lo insoportable que puede resultar ver la felicidad y gloria de unos cuantos contados con los dedos tras el mal ajeno masivo,  porque toda rata tiene la “salvedad” hasta que es descubierta, hecha pública, y aquí lo vemos con pelos y señales, como iba movilizándose el proceso hacia la crisis y no se decía nada, de lo que el filme arranca enseñándonos a un tipo antisocial, quizá con asperger, que viste casual tipo hawaiano en el trabajo y es aficionado al heavy metal y a tocar la batería, interpretado por Christian Bale como Michael Burry, sujeto que fue el primero en apostar en contra del mercado inmobiliario.

Otra línea narrativa la tiene un segundo avispado en la performance de Ryan Gosling como Jared Vennett quien descubre la inusual apuesta de Burry y se lo comunica a Mark Baum (Steve Carell), líder financiero que entra en el negocio contra la burbuja inmobiliaria tras mandar a su equipo de allegados a averiguar si es verdad lo que informa Vennet. Para lo que Carrell, la mejor interpretación del filme (seguido de Bale), demostrando que es un actor talentoso, más allá de estereotiparlo en la comedia, tiene en su papel el deseo de demostrar que el sistema abusa del ciudadano ordinario, teniendo un trauma psicológico a cuestas y una cierta deficiencia de sociabilidad, apuntando a ser un tipo particular, por lo que es como ganar una causa, hacer valer su pensamiento y exponer digamos que al capitalismo más duro de su país, más que deseo de volverse rico (que hace de  cierto balance para paliar algo la gran carga negativa de la calidad humana de los protagonistas, como que el  personaje de Brad Pitt, el frío y calculador pero “consiente” Ben Rickertun, un lobo de Wall Street, le haga ver el daño gigante que conlleva su estado de fiesta a la dupla de la tercera línea narrativa y parte algo floja del filme, donde unos inteligentes y afanosos arribistas que empezaron en su garaje y en trabajos humildes quieren seguir creciendo y entrar por la puerta grande a Wall Street y no importa casi el cómo lo logren), por lo que tiene dudas morales en escuchar y apoyar a Vennet que es justamente lo contrario a él, un tipo ladino y frívolo que rompe la cuarta pared a cada rato y nos explica abiertamente la podredumbre que lo hará adinerado, siendo el que más se acerca a recordarnos cierta influencia del cine de Martin Scorsese y a The Wolf of Wall Street (2013).

El filme tiene bastantes ratos de respiro y mucha ocurrencia, como con los referentes de averiguar si es cierta o no la burbuja, comercializadores de hipotecas yuppies, una casa abandonada con cocodrilos o mujeres strippers clientes inmobiliarias –cosa que hace de distinción en formas, no hay ese sentido de juerga o fiesta que había en The Wolf of Wall Street, a lo sumo Gosling luce cool dando check con la palma a unas chicas en un gimnasio, pero vemos en realidad como Pitt frena en seco más bien a sus pupilos, los llama al orden y al perfil bajo como él mismo actúa-, o con la música hip hop o rock que acompaña irónicamente, como que los protagonistas son extravagantes y con algo de carisma a pesar de todo, siendo, además, claro, muy famosos, con lo cual se crea entretenimiento y mayor curiosidad, que vence un posible fastidio y agotamiento ante la ardua y densa temática.

La propuesta tiene de comedia (un éxito y audacia cuando podría generar incongruencia), pero no en demasiada cantidad, porque el filme es realmente serio y profundo en su análisis, como también resulta un llamado de atención a que haya habido impunidad con los culpables, los bancos, y que solo haya pagado y aguantado el ciudadano común, y puede hasta repetirse otra crisis si se cree en un capitalismo impoluto/perfecto, y no hay fiscalización y ojos abiertos, como bien representa el sentido del personaje de Baum, incrédulo y desconfiado pero trabajando dentro del sistema, en pos de su mejora.

La terminología –como bien dice algún diálogo- y el sentido de conocer a fondo la crisis financiera del 2008 es sumamente complejo y difícil de coger para un espectador y ciudadano común, es una temática de comprensión completa para especialistas, no nos vamos a engañar (si no para los más valientes y tozudos tienen Inside Job, 2010), pero Adam McKay y el magma de su filme, hacen algo realmente entendible, en lo posible, y eso es maravilloso e ingenioso, teniendo figuras como al famoso y carismático chef Anthony Bourdain, a la estrella juvenil Selena Gomez o a la preciosa actriz Margot Robbie (en una bañera) hablándole y explicándole al público de forma fácil y directa de que va toda la burbuja inmobiliaria con ejemplos prácticos y cercanos como un juego de apuestas en el casino o qué se hace con el pescado que no se vende en un restaurante. Es un filme poderoso argumentalmente y llevadero, que tiene la gracia de explicarnos un tema de gran interés en medio del placer cinéfilo y artístico.

sábado, 9 de enero de 2016

Rosa Chumbe

Ópera prima de Jonatan Relayze Chiang que nos retrata como una mujer policía llamada Rosa Chumbe (Liliana Trujillo) lleva una vida caótica signada por el azar, hasta la desesperación cuando recurre a su última carta de salvación tras la mayor culpa que llega a acarrear tras constantes faltas y desinterés personal, que puede tener de casualidad pero más de lección de vida y ahí anida un buen argumento de porque creer en la religión, un lugar para ser mejor ser humano, que de milagros y resguardo espiritual.

Rosa Chumbe es una policía torpe, ociosa, mal vista en su comisaría, cuando la fuerza policial nacional no es que sea exigente con los atributos de su personal, seca (apenas habla), malhumorada y aficionada al “buen” ron y a los tragamonedas, quien en su hogar tiene la carga de cuidar a su nieto ante tanta ausencia de la madre, su hija Sheyla (Cindy Díaz, con una sub-trama a cuestas) que debe hacerse cargo de su también silenciosa, depresiva y conflictiva vida. 

Rosa Chumbe, que apenas dura 74 minutos, es un pequeño filme que pone en pantalla algunos pequeños momentos de "luz" narrativa, que denotan marcada intención pero que poseen su cuota de audacia, donde vemos que existen gestos y exigencias en personajes muy secundarios y hasta extras, que es algo que muchas veces se suele descuidar, da la sorpresa que roles bastante menores resultan interpretados muy natural y verosímilmente que son un buen detallismo en la propuesta, aunque humilde, como que se escuche legibles conversaciones de señoras mayores en el ómnibus, que un niño junto a un amigo cantando por una propina le pida a Rosa que le invite su plato de tallarines, que una empleada de limpieza reniegue ante el vómito que deja Sheyla regado en el baño, o que la caminata de Rosa en la procesión tenga tanta vitalidad y realismo, lo cual hace de sencillo pero sólido soporte y valioso contraste amalgamado con esa elipsis, sutilidad y minimalismo que exhibe el recorrido ordinario y diario de la protagonista, especialmente por la calle, en una narrativa central donde nada extraordinario parece pasar que no sea la clara imperfección de Rosa, sus monótonas y enfáticas fallas y carencias, sin que por ello sea unidimensional o maniquea, aunque es cierto que no es ningún ejemplo de amabilidad y sensibilidad, ni siquiera consigo misma, siendo claro que tiene una frustración existencial, un descontento general en sí, como se ve hacia su trabajo –con el mandato de hacer de empleada de la esposa del jefe de su dependencia policial- y hogar –con la hija que siente le es un dolor de cabeza-, sin embargo Jonatan Relayze le pone a su vez cierta humanidad que crea misericordia del espectador hacia Rosa, como verla renegar y gritar pero finalmente cuidar, sonreír, besar y cuidar de su nieto, más allá de su indiferencia natural, pero sobre todo observarla caer en el abismo absoluto, esperando lo peor de su próximo acto, donde yace el gran giro.

La putrefacción llega a matizarse en la narrativa, con lo que el filme gana mucho a su favor, imponiendo mítica cinematográfica gracias a la exhibición de la procesión del Señor de los Milagros, que lleva tanta fuerza natural e identidad nacional, y no es que uno tema ver la corrupción en todo apogeo (aunque el espectador de cine latinoamericano y el peruano ya esta cansado de ver sólo miseria, merece originalidad y variedad, también virtud, no eternamente cine social miserabilista), como que incluso aquí la hay en aquel hurto desesperado, pero la trama clama por luz en medio de tanta suciedad, donde hay que acotar que la fe tiene de real como esperanza, cambio o soporte emocional, distintas posibilidades, como que aparezca el Gordo Casaretto de ángel premonitorio, sueño de alcohol y simpática ocurrencia.

El clímax y desenlace es ingenioso porque otorga sentido, y es que se ve venir, dicho en lo positivo, porque este sentido nos tiene aguardándolo. Existe más que antipatía en ella, brilla un lado conmovedor, que viene de un grito silencioso que se ve de lejos, hasta la conmiseración mayúscula que llega con el callejón sin salida, un dolor tremendo que cargar hasta la apoteosis, y a esa vera la potencia del mensaje de fe expuesto -más bien, y mejor- en un fuera de campo.

viernes, 8 de enero de 2016

Videofilia (y otros síndromes virales)

Todo un logro e hito para el cine peruano, que ésta película de Juan Daniel F. Molero ganara uno de los Tiger Awards, máximo premio, del festival de Rotterdam, evento que apuesta por lo más extravagante, independiente y experimental del cine mundial en primera o segunda obra. Una película que se posiciona históricamente como lo mejor que se ha hecho en el cine alternativo nacional hasta la fecha, un logro de ésta apuesta cinematográfica de composición austera, que en lugar de competir con NN por el puesto de la mejor película del año se debería de ver como un empate técnico donde se trata de dos opciones de un cine de autor de gran nivel, aunque distintas en formas y tipo de complejidad, donde luce obvio que Videofilia se alza con mayor originalidad, personalidad y atrevimiento, pero su estética y expresividad luce mucho menos cuidada, defectuosa, pero habiendo la notoria noción de que las formas de Videofilia más bien aportan a su mundo y aquí lo hace de manera ingeniosa en ese aspecto, propiciando una cierta suciedad especial, viendo que hay muy buen manejo de la llaneza expresiva formal pero buscando en la trama enseñar a una Lima particular, distinta, curiosa, extravagante y digna de una mítica de distinción (juvenil), una que ostenta cualquier parte del mundo reflejando lo cool y lo irreverente, y a la que Perú con lo propio en la presente se inscribe, en medio de drogas, pornografía y supuestas simulaciones de asesinatos, digamos que dentro del juego de cierta perversidad, valiéndose de las nuevas tecnologías como que el uso de drogas luce como un virus, mediante la pixelación, una visualización incoherente, ilegible y la proliferación de iconos e imágenes inconexas, extrañas y audaces, que dan una impronta que otorga el sentido de vivir en un mundo virtual, en la videofilia, una enfermedad dependiente.  

De otra forma existe una línea narrativa central, la del encuentro sexual y aventura, el amor es otra cosa, que viven Junior y Luz (la prometedora Muki Sabogal), que tiene de juego loco, osado, imaginario y extremo terminando en cierta telenovela u ortodoxia de trascendencia (el llamado a lo oscuro, hasta la muerte, el asesinato consentido, en el fin de todo exceso), a la vez que de aprovechamiento muy bien tratado (que vuelca en “amistad” colectiva, un intimar social y no resulta incongruente), como que Junior quiere vender el sexo con ella en esa videofilia que respira por todas partes, y una sexualidad tan abierta y anhelante (tratada con una exposición directa, indie si se quiere). En ello hay una frescura alejada de lo naif que de verdad sorprende dicha madurez en el realizador, cuando no abunda en nuestro cine; que tiene de vulgar y de negatividad, pero funciona a la perfección, habiendo un panorama acorde con la sordidez humana del mundo, dentro del relajo argumental y el criollismo (habiendo rasgos que tienen su buena impronta), no exagera figuras ni amoralidades, no llegamos a lo patético ni aborrecible, se toma de forma natural, en donde la propuesta tiene un lado desatado (a veces demasiado notorio), algo ridículo y llamativo, como con esa fiesta de disfraces de animes, o con los tantos encuentros con gente ordinaria libertina, caustica y corrupta que pulula por el filme, inmersa en la inconsciencia. Siendo interesante ver la descarnada lujuria en la vida de los jóvenes peruanos (fáciles lesbianismos aparte), que se mueven en la época de las cotidianas y omnipotentes tecnologías, pero yacen eternamente básicos en sus necesidades. 

martes, 5 de enero de 2016

WolfCop

Porque no solo de trascendencia intelectual y profundidad vive el hombre, sino también de entretenimiento superfluo en toda regla, en donde el terror es un placer perpetuo. En esta película canadiense de bajo presupuesto tratamos con un policía ocioso y aficionado a la bebida que ha caído en un rito satánico donde lo han convertido en hombre lobo en una temporada especial en el pueblo donde recuerdan muertes memorables con alguna relación con eclipses lunares. Lou Garou (el novato Leo Fafard, y no es que descolle como interprete, en un filme que tiene actuaciones básicas y otras apenas aceptables, pero igual mantiene su cierta simpatía) inicialmente tiene destellos de recuerdos de destripamientos salvajes y un secuestro con sacrificio y pentagrama satánico tallado en la piel incluido (en flashbacks que tienen una construcción medio cutre y no tan clara, a ratos bañados en un solo color y medio en collage o bien fragmentado), pero no figura del todo lo que le ha pasado ni viene sucediendo, hasta que contacta con el loco del pueblo que cree en lo paranormal y en especial en los hombres lobos, y da con que Lou es uno, con lo que transformado empieza a cuidar de la zona.

Aparece de acompañamiento marcado la música de rock pesado del grupo canadiense Shooting Guns, haciéndose notar y creando un ambiente cool, surgiendo como parte de un relajo narrativo y argumental, pero a veces el director Lowell Dean se excede en el uso de este elemento y cae algo disonante. El humor es otro componente de distinción, no pretendiendo ser un filme muy serio, más bien uno divertido, como que tiene un tono contemporáneo de seducción juvenil, aunque los interpretes no son chiquillos, con la chica guapa en tacos altos que es barman y le quita el sueño al protagonista habiendo atracción mutua, o con el despertar continuo perdido en el alcohol y acompañado de una bella mujer ocasional.

El filme tiene más de una ocurrencia como que intervengan unos reptiles humanoides que pueden cambiar su apariencia física –hay algunas transformaciones y descubrimientos que tienen su buena ironía, su lado grotesco, en que la película intenta ser descarnada cuando necesita, tanto como irreverente, pero cuidada en lo posible- con una pequeña conspiración a cuestas, que hacen una mezcla bastante extravagante, perdiendo la idea de terror en gran parte, pero convirtiéndose en una especie de adaptación de novela gráfica, como que Wolfcop resulta un antihéroe y superhéroe a partes iguales enfrentando enemigos sobrenaturales.

Los efectos especiales son más que decentes, sobre todo siendo tan vitales para solventar al protagonista, aunque tampoco extremadamente laboriosos en todas partes, pero sí que sorprende el realismo con la transformación plena, variante y continua a hombre lobo, donde un babeo grosero y un carácter sucio y pegajoso generan su gran toque de verismo. Uno sucede justo cuando Lou está orinando y se da inicio desde la particularidad del cambio de su miembro. En un hombre lobo visto con pelos y señales, que tiene credibilidad moviéndose normalmente en pantalla. Al igual que el gore de las muertes tiene su lado lúdico y su creatividad (con alguno que otro momento medio defectuoso, como cuando le quitan un ojo a un pandillero y lo clavan en la pared, en el trabajo esquemático de la banda criminal que luce como pretexto funcional), donde se arrancan fácilmente los rostros, siendo cimiento principal del goce general.

No es que sea un filme especialmente dotado, de lo que Wolfcop tiene resonancias del tipo de Lobo de la DC Comics, la narrativa tiene aires de básica, le falta mucha densidad y originalidad a muchos personajes y los sucesos son interpretados algunos con bastante simplicidad y hasta cierta limitación, pero tiene su gracia, como que logra ser entretenida, con un hombre lobo luchando paradójicamente contra el mal, siendo melómano, bebedor, sexual y peleador. 

Yakuza Apocalypse

Nuestro héroe recibe un mensaje encriptado que revelado dice: sigue al absurdo, y eso mismo hace nuestro director de culto en su tipo de trascendencia, Takashi Miike, fiel a su lugar en el mundo, el de maestro de cine fantástico, de acción y de terror, que es lo que justamente nos trae ahora, una mezcla de todo ello, donde vemos vampiros, yakuzas y artes marciales reunidas en una película disparatada. Estamos ante uno de sus mejores filmes, ya que siendo tan prolifero hay que saber escoger dentro de tanta oferta e irregularidad.

Un gánster, Genyo Kamiura, que tiene la ideología de cuidar a los civiles, hacerse querer por la gente común que no profesa la violencia (cosa que cambiará en el pueblo, con el llamado de una epidemia vampírica que transforma a todo el mundo en yakuzas, o sea armas brutales de matar), y que solventa su carácter de indestructibilidad y leyenda tras su escondido vampirismo, es traicionado y muerto por un dúo extravagante tras una capitana de su banda criminal, un especie de cura oriental colonial de cuello cervantino y crucifijo en el cuello, y un experto en artes marciales interpretado por Yayan Ruhian en una figura medio geek. Kamiura acompañado en dicho momento clave por un fiel servidor llamado Kagayama (Hayato Ichihara) querrá ser vengado por lo que lo convertirá antes de desaparecer definitivamente del panorama.

La propuesta es por una parte como esos sencillos filmes de luchas marciales donde no hay más que enfrentar y eliminar a expertos enemigos en forma grandilocuente para resarcir un mal evidente (de lo que Miike luce su propio lenguaje, todo su eclecticismo y anarquía, por algo es junto a Sion Sono, quien lo supera, un cineasta pico –genio- y sólido del séptimo arte más extravagante de su país), ésta vez se trata centralmente de la misión de un ronin por la muerte de su líder –ya que hay varias líneas, algunas balbuceantes e insignificantes, y reina cierto caos narrativo-, contra unos matones con alguna mítica o destaque físico, en lo que Miike simplemente plantea el humor descabellado, la locura y el entretenimiento más irreverente sobre estos haciendo que el gran rival en la trama sea lidiar con un ente de poderes sobrenaturales disfrazado de rana, en un traje de peluche verde como del tipo de promoción de algún producto comercial.

Casi se trata de una pelea de todos contra todos, entre disparos, vistosas luchas a puño limpio (alguna clásica, pero no es al fin ese tipo de película), explosiones, mutilaciones, decapitaciones y las infaltables mordeduras de vampiro yakuza, habiendo varios cambios de bando, y un tira y afloja entre el atropello y la defensa de la gente ordinaria que se revela de armas a tomar –ya lo dice el estribillo de una de la lecciones del filme, que es mejor dar literalmente un golpe, exteriorizar la ira, que sufrir internamente por no hacerlo; Miike no es que sea un filósofo, es solo un cinéfilo loco al que disfrutar sin tomar en serio- como en un notorio comic donde cualquier suceso extraordinario puede pasar por normal, en que no hay lógica alguna, porque Miike hace siempre lo que le da la gana, y por eso lo quieren tanto sus fanáticos. 

El nivel de reto en combate irá subiendo, como se estila, tomando un derrotero inimaginable, con lo que uno se pregunta con cara de eterno sorprendido, a ratos temeroso, ¿Cuánto demorará en aparecer  tontería de la mala o hechos carentes de verdadera gracia en pantalla?, pero felizmente en esta oportunidad más son los aciertos, bajo el intrigante ¿qué va a pasar luego?, mientras sucede el ¿cómo venceremos a ese prodigio raro e imposible del combate? de lo que, claro, toma en el autor japonés hasta la idea del ridículo, y es que todo vale, hasta esperar un ataque a lo Ultraman, en un al diablo toda regla convencional, el mainstream, el lugar seguro, la coherencia, por algo se cita al apocalipsis diría más de uno, sin embargo se ve que Miike ha tenido un cierto orden narrativo y explicativo, algo de buen gusto que antaño, alguna contención de ese genio muchas veces autodestructivo, como en ese sueño e ironía de querer sembrar inocentes civiles, en la imaginación de uno niños bajo el arco iris, mientras los sesos convertidos en un líquido lechoso van escurriéndoseles por las orejas a una protagonista, en toda una declaración de un tipo de entretenimiento, dentro de la rebeldía de culto que profesa su carrera.

sábado, 2 de enero de 2016

The Hateful Eight

Ya se sabe que todo filme de Quentin Tarantino es una celebración del entretenimiento, donde despierta fanatismos, y también por supuesto rechazos, yo en particular me uno a esa línea de vitoreo hacia su séptimo arte, porque realmente uno se la pasa bien con sus filmes, aun siendo tan largos, éste dura casi 3 horas, pero lo valen y vuelan ya que son tremendo divertimento, y éste western no es la excepción, aunque luzca rabiosa y descaradamente misógino (trapea el piso con la actriz Jennifer Jason Leigh), ultra violento y no le faltan los apelativos de negro que afectan sensibilidades en su país, y es que más claro no puede ser que a Tarantino le importa un bledo la corrección política, al igual que la intelectualidad, lo suyo es entretener a las masas de forma gloriosa, vibrar en la rebeldía inocua contemporánea, cargándose de furia e irreverencia, de lo que a Tarantino le sale un marcado lado afroamericano en la presente película (en ese ecran que aguanta todo, y no necesariamente es lo que uno anhela allá afuera en lo real, como es el caso que todo el conjunto nada en lo repulsivo y la amoralidad, pero como es entretenimiento, ficción, una trama a capturar nuestra atención más superficial, uno no se lo toma en serio y simplemente se deja llevar por el delirio, aparte de que como siempre posee un gran guion que distingue al producto de la mayoría), dictando una cierta vulgaridad que festeja como retribución y reivindicación de los afroamericanos, como vemos en aquella historia del sexo oral en venganza hacia un masacreador esclavista, que no resulta una escena memorable, porque la llaneza de este mal gusto pega a un punto, pero a muchos les va a parecer jocoso, audaz y desfachatado.

De los ochos odiosos primero lleva la batuta Kurt Russell como el cazarecompensas John “El ahorcado” Ruth en una etapa donde todo gira alrededor de una diligencia moviéndose en la nieve, quien transporta a la rustica, lengua larga y perversa asesina Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh, que deja todo en la cancha y tan maltrecha se gana -fuera del discutible “mensaje”- su nominación a los Globos de oro 2016) ante la ley para ser como dice el sobrenombre ahorcada, teniendo sobre ella un trato muy plano y bruto (viendo que varios personajes están dibujados por la vulgaridad y lo primario, lo cual tiene de realismo, aunque también sean capaces de conmoverse, tener algún respeto y sentir admiración como con la pertenencia de una carta del presidente Lincoln), de lo que en el camino en plena ventisca recogen a dos individuos con los que el filme se reparte el mayor protagonismo, uno es el mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson), un ex militar del ejército vencedor de la guerra civil americana, convertido en cazarecompensas; y el otro el nuevo sheriff, Chris Mannix (Walton Goggins), que va a recibir el cargo, dentro de una performance que resulta cierta sorpresa.

La diligencia se detendrá en una mercería y ese es todo el escenario y contexto de la propuesta, mayormente a puertas cerradas, donde yacen cuatro sujetos, los otros 4 odiosos (descontando al chofer de la diligencia, interpretado por James Parks, que tiene poca injerencia en el relato y el apelativo de odioso le queda lejano o grande, ya que luce inocuo, en comparación de la vistosa maldad, participación intensa y putrefacción física del rol de Jason Leigh), viendo que entre estos cuatro odiosos el más llamativo o digamos que más laborioso en su argumento aunque casi no se mueva de un sillón es el viejo general confederado Sandy Smithers (Bruce Dern), que yace acompañado del mexicano Bob (Demian Bichir) que no tiene la más mínima gracia en su figuración, no obstante está bien actuado como el administrador temporal de la mercería, y no le faltan sus buenos diálogos, marca de la casa (como todos los portan, siendo harto conocido de que Tarantino llena sus filmes de conversaciones y extensos párrafos verbales superficiales, pero a la vez interesantes, cáusticos o curiosos, tal cual ráfagas de metralleta, que son tan animados, frescos y ricos como narrativa, que en lugar de caer en la verborrea abrumadora, más bien cautivan, son parte importante del placer general); otro es el inglés y supuesto verdugo Oswaldo Mobray (Tim Roth) que tiene su audacia en la elegancia y manejo de la dicción, como lo hace Bichir en el lugar común; y por último tenemos a Joe Gage (Michael Madsen) que hace de su personaje eterno, un tipo rudo, temido, ruin, cruel e impredecible pero que tiene la ironía de decir de que las apariencias engañan postulando de que en realidad es del tipo que da un largo viaje para visitar a su madre, o sea un ser noble.

En ese contexto esperamos que el agua hierva, surja algún pretexto y empiece a acaecer lo ineludible -dentro de la mayor sencillez en los motivos, pero que estriba en el genio de como lucen las acciones, que hasta Channing Tatum puede pasar por Tarantiniano con apenas un diente defectuoso, como lo hiciera antes con Brad Pitt, aunque el rol resulte en parte más funcional que creativo en sí, en donde el guion, claro, gana de otra forma-, que empiecen a matarse entre sí, a estallar el gore más sanguinario y una gran anarquía visual, cuando aguardamos impacientes de más y apoteósico entretenimiento, que siga asomándose la crueldad a razón de la sobrevivencia e interés más pedestre (una gracia es que no hay medias tintas para matar en el acto, saltándose ciertas convenciones de consciencia, los personajes en ese aspecto son siempre excesivos), con la previa de una interrelación constantemente indagatoria que llega a un envenenamiento y hay que buscar al culpable, al puro, bien conocido y clásico estilo de Agatha Christie, pero sumergidos en el genio e intrepidez del siempre finalmente distintivo Tarantino que consuma muchos giros en la trama y una estructura narrativa de cierta creatividad, bajo una noción aventajada del ritmo y un trato totalmente irrespetuoso con sus criaturas, en que a ninguna le perdona nada bajo la noción de ser detestables, empujando todo el cuadro al límite en las condiciones menos glamorosas y desmitificadas con lo cual poco de western tiene en realidad, haciendo gala del humor negro, con lo que cumple con el espectador dándole toda esa locura y frenesí que uno busca en su cine. A quien no hay que pedirle más coherencia que darnos un buen momento de personajes atrapados esperando estén a punto de explotar.