jueves, 28 de enero de 2016

El Club

Siempre se ha hablado de la perenne mala actuación de la iglesia católica de ocultar los tantos casos de pederastia de sus miembros, y es justo ahí donde pone el dedo el director chileno Pablo Larraín, sobre esa llaga, de paso critica el apoyo eclesiástico con la transgresión de derechos humanos durante la dictadura de Pinochet, y la adopción ilegal por trámite de curas corruptos que se aprovechan de la pobreza de los feligreses. Estos casos los representan cuatro sacerdotes confinados a una casa de reposo en la comunidad costera de La Boca, Chile, que en realidad es para que piensen sus pecados al no poder ejercer con normalidad su labor cristiana y necesitarse que estén ocultos para no mancillar (más) a la iglesia.

Toda la (injustificada) tranquilidad del reposo de estos ancianos pecadores cambia, se desvanece, cuando llega un quinto cura, un pedófilo, y se suicida frente a todos ante la insistencia atroz y vulgar de señalamiento de culpa (incluyendo la directa), con la verbalización –el monologo imparable- de describir de forma violenta, obscena y brutal ese sexo pederasta acaecido por los engaños, falsas promesas de fe y abusos del sacerdocio, expresados como dentro de una posesión por un personaje capital en la trama, Sandokan (un híper realista e impresionante Roberto Farías), que es un tipo dañado mentalmente, por las apetencias depravadas de los curas, quien deambula como un loco torturando a estos sacerdotes.

Tras la muerte llega el padre García (Marcelo Alonso), un psicólogo y representante de la iglesia que deliberará toda la situación, poniendo orden, imponiendo penitencia y quitando gollerías como el alcohol y la buena comida en esta casa retiro, cuidada por la ama de llaves, la hermana Mónica (Antonia Zegers) que es una mujer sumisa y leve que no juzga a estos padres criminales, al simplemente buscar un escape a su propia vida. Estando la casa habitada por el Padre Vidal (el harto talentoso Alfredo Castro, actor fetiche de Larraín), el Padre Ortega (Alejandro Goic), el Padre Silva (Jaime Vadell), y el Padre Ramírez (Alejandro Sieveking) que sufre de cierto retardo.

Una gran sorpresa, sin duda, le sucede a los que esperan que Larraín haga un filme mainstream típico, porque no lo es en absoluto, sobre todo para los pocos detractores de éste director, recordando que Larraín es la cara más visible e internacional de su país (nominado a los Oscar por “No” el 2013, y que muchos esperaban se repitiera con la presente), donde el filme ha contado con alto respaldo y entusiasmo, digamos que serio, ganando el gran premio del jurado del festival de cine de Berlín 2015, mejor actor –que fue para un pequeño elenco- y guion en el festival de cine de Mar del Plata 2015, y mejor director en el festival de cine de Lima del mismo año.

Notamos, sí, la imponente calidad de producción, el alto estándar estético, la narrativa fácil de procesar (llegando a lo enfático, pero no limitado), y ser una exhibición masiva e internacional, pero yace a su vez la propuesta como la exposición de un quehacer cinematográfico que incomoda mucho, que molesta e inquieta, que no es complaciente (y si lo es, en cierta forma, no de manera ramplona ni para nada unánime ni fácil), en un trabajo que quiere generar polémica, pensamiento y discusión, que es categórico y altisonante en su crítica, mientras no es fácil de digerir (aunque en los tiempos que vamos haya tantos descreídos de la religión, y quienes incluso esperan que siga habiendo descredito, agregando que por un lado es una denuncia muy empática en general),  producto de su brutalidad explicativa (llegando a tener incluso escenas sórdidas y provocadoras, como el pedido de sexo anal de un hombre a una mujer, a lo El último tango en París, 1972), en un filme que es muy enfático, ciertamente, para bien y para mal, que tiene de vulgar (pero aun así no pobre con el idioma), sumo realismo, con una explicites en lo verbal como para que se sienta y duela toda la denuncia, en donde el lenguaje es una de las armas recurrentes de mayor distinción de la narrativa, contra toda esa iniquidad del sacerdocio corrupto, ese que se quiera o no representa una crítica potente hacia toda la iglesia católica, como un intenso llamado de atención, ya que muchos resienten de su silencio aun siendo algo sabido a vox populi.

Otra cosa importante es que Larraín nunca deja de construir una historia cautivante, con giros y sorpresas dentro del leitmotiv de denunciar a los curas pederastas y criminales, creando contradicciones morales en a quien servir (representación de las autoridades eclesiásticas), a la iglesia o a nuestra intachable fe, manejar cierta interesante ambigüedad –entre el cura fiscalizador y el loco, los catalizadores de la trama- hasta resolverla, un toque de vitalidad a pesar de la vejez y los gigantescos pecados (como todo el asunto de la competencia y entrenamiento de los galgos) habiendo una curiosa exhibición de puntos de vista (insalvables, pero osados, tanto como maniqueos) en las entrevistas, y en cómo solucionar todo el problema, en que no primará la comodidad, donde esos curas corruptos tienen vida, son resilientemente fríos, defienden su absurda existencia como seres humanos, tienen emociones, cuando existe el marcado señalamiento de inmoralidad sobre sus cabezas y palabras. Habiendo un pequeño sentido de culpa en el padre García que lava los pies de Sandokan a poco de que el grupo intenta sacárselo de encima, siendo lo más trascendental implantar –no sin cierta ironía- el castigo de la voz de ese loco como un eterno infierno en el que era un apacible purgatorio.  

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