domingo, 17 de enero de 2016

Carol

A primera vista puede ser una historia más de represión homosexual, de cierto descubrimiento de una distinta inclinación sexual a la mayoría y por otro lado de un posicionamiento de quien uno es. Pero resulta también la historia de un deseo irreprimible, de una notoria atracción, amor y sensualidad entre dos mujeres, la experimentada y adinerada Carol Aird (Cate Blanchett, obviamente talentosa, de las mejores actrices que hay, como hoy en día medio mundo lo afirma, y es que la admiro desde Diario de un escándalo, 2006, pero, ¡qué Dios me perdone!,  a algunas expresiones suyas se les notan las costuras, me parecen híper-dramáticas, y hasta lucen como tics) y la jovencita medio tímida, o humilde y sencilla más bien, más allá de trabajar como dependiente de un departamento de juguetes, pero que no se retrae en absoluto ante sus deseos, llamada Therese Belivet (Rooney Mara, a quien el papel le cae perfecto con su tipo y estilo).

La historia nos cuenta de Carol, que yace en trámite de divorciase de su marido, Harge Aird (el expresivo y genérico Kyle Chandler), que a pesar de todo no la quiere dejar ir y la castiga con la futura tenencia de la custodia de su hija, aun sabiendo de la clara y fuerte inclinación lésbica de ella, ya que parte trascendental de la ruptura es ocasionada por un affaire ocurrido hace 5 años con la madrina de su pequeña, con Abby Gerhard (Sarah Paulson, pequeño portento de los papeles secundarios). Como también se trata de la historia de Therese, donde el protagonismo esta balanceado y bien repartido,  aunque como anuncia el título, nos hablan de un amor que marca nuestras vidas y en ese punto recae la sofisticación y la mayor edad de Carol, con lo que pudiera pensarse que se trata de la mirada, encuentro de la identidad y crecimiento de Therese, pero es a su vez la lucha con la moralidad de la época anclada a un hecho preciso que evidencia un manejo serio y consistente aunque acorde con otro tiempo (notando que adapta el libro de la muy famosa Patricia Highsmith  de título original “El precio de la sal”, publicado bajo el pseudónimo de Claire Morgan en el año 1951, que será la década que utilice el talentoso director Todd Haynes, maestro de las fantásticas Velvet Goldmine, 1998, trasunto libre sin concesiones del lado icónico del glam rock de David Bowie; y de I'm Not There, 2007, todas las caras, hasta lo ensayístico, de las contradicciones de Bob Dylan), como indica una minusvalía y juzgamiento para la custodia de la niña, y esa es la figura que promueve la separación matrimonial de Carol, los conflictos de madre, viendo que la aceptación social no posee ningún gran revuelo en realidad para ambas, o no se trata de reducirlo a ese tipo de melodrama, ya bien conocido, sino invoca cumplir con reconocer a la otra persona y entregarse al compromiso. Donde Therese enfrenta decisiones sencillas para ella, dejar de lado a un novio y buen partido pero a quien no quiere, y a un pretendiente que le ofrece ayuda en una profesión que desea alcanzar, la de fotógrafa.

El conflicto central es no perder el acercamiento con la hija, por la orientación sexual que se está viviendo, porque de acomodarse no tienen problemas, evitándose a sí efectismos lacrimógenos, pero igualmente teniendo gran empatía con el espectador, porque es la implicancia del amor por sobre cualquier otro sentido, con lo que la precoz Therese al comienzo es arrastrada por la seducción y sensualidad de Carol, pero termina sabiendo bien lo que quiere y exigiendo, por lo que el papel se invierte y más tarde es Carol quien tiene que poner mucho de su parte.

La película de Haynes tiene una narrativa inteligente, que despega del lugar común y el facilismo porque plantea mucho realismo y normalidad, cierta tranquilidad explicativa en cuanto a la pasión de estas mujeres, enfocándose en ser correspondido por el amor que aceptado por la colectividad, no exagerando las trabas sociales, aun siendo los 50s su contextualización (y en ello bastante conocido el impecable detallismo de Todd Haynes), noción clara de que se ha filmado en el 2015 y son otros tiempos, fuera de un cierto desliz de ser grabada la aventura para desacreditar a Carol y hasta generar un chantaje, que lo hay sí –mejor- en lo emocional con la pérdida de la hija, pero que rápidamente toma un vuelo más adulto, exigente y coherente, y es que el personaje de Harge tiene conciencia y ciertos matices, apreciando que el conflicto proviene de estar a punto de ser dejado de lado definitivamente y dolido por quien tanto ama –como bien señala un diálogo de que ella se ha vuelto cruel-, no siendo un fantoche a quien despreciar por tenerlo por enemistad de la libertad gay, aunque tiene de (entendiblemente) patético. 

Otra noción del filme es que imprime un acercamiento que tiene visos de aventura, pero muta, crece, y supera una inicial superficialidad que sirve de base lógica por encima de verse como un defecto, y que va más que de simple lucha social, sino de la historia de la consolidación de una relación sentimental, y aunque temporal o no una que va en serio, cuando pronto la nobleza y el encanto del personaje de Therese, ciudadana promedio pero culta y con aspiraciones, se gana el corazón de Carol, que, bueno, juega a un papel ideal también, donde más que yacer en una conquista de medio pelo propuesta por su libido y al son de los regalos costosos de su posición privilegiada por sobre alguien humilde, imberbe y atractiva, es el vínculo solido del amor, palpable en ambas, ya que una tiene mucho que perder (la hija), con lo que demuestra más que un interés sexual, y la otra porque exhibe que puede ser profesional (crecer, valerse por sí misma), y que entiende más de la vida que el simple apasionamiento juvenil, con lo cual se cimenta una bella historia de enamoramiento bajo adversidades (una separación difícil, y la elíptica autenticidad por sobre algún interés simplemente sexual o económico), con el problema de la represión de la época, por más que suene contrario al normal gancho emotivo, “secundario” o sólo un fondo al fin y al cabo, con lo cual resulta una historia mucho mejor que tantas otras. 

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