martes, 31 de octubre de 2017

Una historia inmortal (Histoire immortelle)

Basada en un cuento de Isak Dinesen, dirigida por Orson Welles, guion del mismo Welles y la novelista francesa Louise de Vilmorin. Apenas dura 50 minutos, pero es de una intensidad y complejidad muy subyugante. Arranca con el cameo del actor español Fernando Rey –que no aparece en los créditos- mientras se narra la historia de un hombre malvado, Charles Clay (Orson Welles, con su habitual solvencia para hacer de hombres terribles y no hacerlos unidimensionales), un comerciante millonario expatriado que se encuentra en sus últimos días de vida, pero lo guarda en secreto. Se habla mal del hermético, estoico y solitario Clay, se cuenta que destruyó a su socio, lo dejó en la bancarrota y lo arrojó a la calle con su familia, le quitó su mansión y finalmente éste terminó suicidándose. Tiene una hija ya mayor pero aun atractiva, Virginie Ducrot (Jeanne Moreau), que vive sola, en la pobreza.

El filme se ambienta en Macao, colonia portuguesa en China, con un aspecto típico de la colonia muy bien reflejado en las calles. Nos hallamos en el siglo XIX. El mediometraje de Orson Welles sólo cuenta con 4 personajes, muy bien distribuidos. Es una propuesta donde se habla mucho, y puede uno perderse entre tanta literatura. El filme toma un giro fantástico aunque la pretensión sea otra cuando Mr. Clay, que tiene un rostro enfermo como también uno de aspecto demoniaco, se aburre de oír siempre sobre sus cuentas y fortuna, a su fiel secretario y mano derecha, el judío errante Elishama Levinsky (Roger Coggio). Un día Mr. Clay buscando ser interesante le habla sobre una historia de marineros, pero el inteligente Levinsky le dice que conoce la historia y es falsa, que todos los marineros solitarios se la atribuyen para ufanarse y negar su vacía y monótona existencia. El sagaz Charles Clay rechaza lo bíblico, el destino, lo profético, cree en los hechos, en la verdad palpable y decide hacer realidad esa historia que escuchó del marinero, pero en el fondo planea su redención, aunque silenciosa.

En un vuelco que hace del mundo literalmente un gran teatro donde los actores terminan siendo en el alma y en lo emocional sus propios personajes, creen en su propia ficción, mezclándose fantasía con realidad, ilusión con la persona auténtica, sin distinción alguna, Mr. Clay encomienda a su secretario cumplir con la historia, crear una historia inmortal. Lo que se le ofrece a Virginie no es la prostitución sino una historia de amor verdadero, poético y eterno, aunque ella crea estar en pos de su venganza. La historia que escuchó Clay es sobre el ofrecimiento a un marinero de un hombre millonario que no puede tener hijos de que embarace a su joven y bella mujer. Es la historia de una noche de pasión, del hombre anónimo que coge, embelesa y se va, donde tanto el hombre como la mujer quedan vinculados para toda su vida aunque no vuelvan a verse.

En su carruaje tenebroso el gigantesco y moribundo Mr. Clay va en busca del marinero, recoge a un mendigo y náufrago (como cuando Moreau se siente vieja, pero dice tener 17 años; también es notable la seguridad que trasmite como actriz), un danés de cabello bien rubio y falso, Paul (Norman Eshley). Éste no será un hombre común, por algo es parte importante de una historia inmortal. Aunque es muy joven mostrará inteligencia y sensibilidad. El filme es una historia gótica donde Mr. Clay más que un pervertido y un voyeur o un demiurgo omnipotente que se sale con la suya le entregará a dos almas perdidas una noche que rememorar, un lugar para celebrar la vida, para olvidar la frustración y con ello Mr. Clay sana sus heridas, culpas y suelta sus cargas. La película también se puede leer como la historia romántica y maldita de una puta y un mendigo que le venden el alma al diablo a cambio de amor. 

domingo, 29 de octubre de 2017

Mimosas

La propuesta se divide en 3 partes del rezo islámico (reverencia, levantamiento y postración), la trama significa un recorrido por la fe frente al mundo del escepticismo religioso que se ha vuelto tan influyente, pero primero hay que tener presente que hacia la caravana que lleva a un Sheik a su descanso –quien ha decidido morir-  llegará un maestro sufí y no cualquier persona.

El personaje especial del filme es un maestro sufí que parece retardado y hasta suena cómico, Shakib (Shakib Ben Omar). Inicialmente todos lo ponen en duda, como cuando habla del demonio en la estación de taxis, y hasta se burlan de él, incluso su pupilo que aún no se ve así, sino un avispado hombre de mundo, el corpóreo. Shakib tiene su manera revolucionaria y naif de ver el mundo, como cuando opta en su idealismo, bondad y locura por el sacrificio, una muerte segura ante unos bandidos del desierto de Marruecos, instando a pelear por el amor, expuesto de manera muy básica. Shakib Ben Omar no es un actor profesional y en buena parte está haciendo de sí mismo, pero resulta harto carismático.

Por más curioso que parezca Shakib es el guía espiritual del autosuficiente Ahmed (Ahmed Hammoud) quien con otro truhan se comprometen a llevar el cuerpo del Sheik al lugar que había escogido para descansar, la ciudad de Sijilmasa, pero en realidad no conoce cómo llegar hasta allá cuando están cruzando por la cordillera del Atlas, solamente quería aprovecharse de la situación y coger la recompensa por llevarlo, y pretende abandonarlo. Pero aparece de pronto Shakib, uniendo dos tiempos, perpetrando un espacio conjunto de introspección.

Shakib en el presente es un taxista marroquí, vemos los vehículos ir por el desierto (luego uno transportando gente no identificada), como si fueran conducidos por ángeles, lo cual dígase que sonaría bastante cómico si lo pensáramos/emuláramos literalmente en nuestra realidad (la peruana), donde por lo general brilla la vulgaridad, la misma que se representa en los bandidos y asesinos y los peligros del desierto.  

Marruecos es un lugar místico para el director gallego nacido en Francia Oliver Laxe, que está por encima de lo salvaje o, en todo caso, cohabitan. El filme recurre a lo mínimo aunque es una película de aventuras también, un neo western metafísico sin mucha acción, de andares cansados frente al poder de la naturaleza, contextualizado en un lugar imponente, el desierto y la cordillera marroquí, agradeciendo de paso la fotografía del catalán Mauro Herce. Mimosas (2016) ganó el gran premio Nespresso de la semana de la crítica, festival de Cannes 2016. 

Que Dios nos perdone

El Papa Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, está por llegar a Madrid, estamos en el 2011. Aunque se halla en pleno el movimiento 15-M el gobierno intenta hacer lo más apacible la visita del Papa, pero anda suelto en la ciudad un asesino en serie, alguien que mata ancianas solitarias, pero no pueden hacerlo público, con lo que el asesino se cree impune y acrecienta sus crímenes. El thriller de Rodrigo Sorogoyen se forja a la vera de dos compañeros policías. Uno es Velarde (Antonio de la Torre), tartamudo que vive sólo y se siente atraído por una mujer (María Ballesteros) que limpia su edificio; el otro es Alfaro (Roberto Álamo), un hombre violento, de poca paciencia, pero un policía muy competente y entregado a su labor. Ambos investigan al asesino en serie, mientras que los demás están más que despistados.

Alfaro es un problema para la policía, hasta ha dejado casi tuerto y cojo a un policía (esto tiene de comedia involuntaria, también hay que decir). Alfaro es un tipo de trato bruto por un lado, pero alguien analítico en su investigación. Los protagonistas tienen profundidad gracias a su vida social, el filme permite ver como son fuera del trabajo y es un gran aporte. Velarde es torpe con las relaciones afectivas y lo vemos en una escena que puede verse como violencia doméstica, pero todo es producto de unos movimientos apresurados. Ésta escena es chocante, pero interesante, bien manejada.

Ya la dupla en guion de Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen dirigiendo Sorogoyen mostraba intrepidez y personalidad en su película anterior, Stockholm (2013), una película convencional pero con su cuota de simpatía durante una hora, en la seducción del chico listo y seguro de sí (Javier Pereira) detrás terco de la chica difícil (la bella Aura Garrido), pero que se convierte en su última media hora en una película curiosa y original (justificando además la existencia de esa parte convencional), dura, dolorosa, incómoda e impactante –la última escena puede ser algo predecible, pero está escenificada con suma belleza, si cabe ante tanta melancolía-, al cotejar la actitud del muchacho autosuficiente.

Durante hora y media asistimos primero a la investigación de Alfaro y Velarde, para pasar al karma de Alfaro por su comportamiento violento, y el vacío de Velarde. Vemos a ancianas muertas, provocando una explicites mortuoria, pero esto es parte del cine de crímenes, no hay que ser demasiado sensible tampoco. También esto sirve de soporte para la dualidad del asesino en serie que es otra construcción valiosa, como personaje, y apreciar su demencia, brutalidad e incongruencia de personalidad, la misma que se puede ver en las debilidades y torpezas de los policías, pero, lógicamente, en menor grado.

Parte importante de la película es la pérdida de la fe, cómo muchos empiezan a descreer, aunque a su vez vemos al Papa atrayendo multitudes en España que ha mostrado cambio hacia la religión. El título por eso se hace apropiado, que Dios nos perdone (nuestras perversiones, carencias y soberbias).

La última parte muestra quien es el asesino, con una magnífica actuación, digna de un gran premio previo. Los policías aun lo buscan, las fichas ya están sobre la mesa, la exposición primera de un misterio pasa a exhibirse en toda magnitud. Por último la trama conjuga la tartamudez y el asesinato, o hacer daño a otros (el centro del filme y todos lo hacen de alguna forma), es algo que va en ascenso nos dice y hay que parar, evitar, pensar o aminorar. La tartamudez –lo emocional- se asocia con la violencia, el feminicidio –la mayoría de muertes en el filme son de mujeres-, en distintas vertientes, de forma sutil. 

sábado, 28 de octubre de 2017

La luz en el cerro

Ópera prima de Ricardo Velarde. Es un filme que se ambienta en Marcapata, Cuzco, que nos pone de protagonistas a 2 muchachos, Jefferson (Manuel Gold) y Chino (Emilram Cossío), que son forenses y mejores amigos. Están a las órdenes de un policía, Padilla (Ramón García), que suele ser honesto y digamos que justo en su cargo pero es rudo y violento.

Éste thriller peruano es bueno en potenciar su misterio, que es algo pequeño, pero se proyecta notablemente. El filme se dedica sólo a manejar unos cuantos elementos, unir la ambición, el peligro (natural, místico-sobrenatural y físico) y algo de leyenda inca, teniendo un ritmo un poco sosegado, no tiene un ritmo hollywoodense, veloz, clásico del thriller, pero tampoco uno demasiado lento, pero es cine de género, uno bien adaptado a nuestra realidad, muy peruano.

Es un filme favorablemente autóctono, se plasma bien el Ande y a la gente oriunda del lugar sin tantas vueltas, a lo fresco. Hay una buena conjunción que evita lugares añejos, salvo en el anciano padre de la esposa del hombre fallecido, lo cual resulta muy lógico siendo un hombre híper tradicional y básico. El filme “criolliza” el asunto de la ambición, hace que la gente del Ande también sienta mucha codicia, como esa turba con antorchas a lo Frankenstein. El filme maneja una notable fusión de orígenes nacionales. La gente del Ande no está romantizada ni idealizada, pero se puede percibir un lado de inocencia y pureza en la esposa e hijo del fallecido.

Es bueno ver que no es necesario recurrir a la grandilocuencia, todo es muy sencillo y crece en la interacción, no necesita de un regadero de muertos en la mayoría del metraje, como la autopsia hace más bien de multiplicación e intensidad en su lugar, con un toque gore razonable que pega idóneo con el heavy metal que escuchan los forenses. La propuesta como que se mueve con mucho cuidado y algo rígida, pero lo que produce en conclusión es destacable en su medida. Como ópera prima es conservadora en varios puntos, mientras apuesta al entretenimiento, pero tiene muchas sorpresas en el desenlace.

El tipo mafioso (Mario Velásquez) aprovechado de los débiles y su compinche mudo del machete (Daniel Núñez) están perfectos, así básicos pero creíbles de acuerdo a la historia y lugar. La sexy Stephanie Orúe es una lugareña fácil y ambiciosa en la trama. Sólo su rabieta cuando la botan al piso se ve muy amateur, parece momento de humor de telenovela, pero en general está bien, es una actriz con potencial, e igualmente también Ramón García tiene algún pequeño desliz, en cierto momento se traba con las palabras, pero en su mayoría tiene momentos decentes, aparte de gran naturalidad para llorar.

Tres personajes –mafioso, guardaespaldas y amante- son muy elementales, pero simpáticos al uso, lo que le da un toque al producto digamos que típico de cine regional. Pero los 3 protagonistas –el policía y los forenses- generan algunos matices cuando también se ven codiciosos y llegan hasta pretender pasar por alto el sacrificio de vidas humanas. Esto puede sonar algo endeble con la figura de Jefferson al llegar a romper demasiados vínculos, pero el filme es más movilidad que profundidad, además de que se olvidan de su pasado. El maleficio inca –detrás de la ambición colonialista- cumple a cabalidad, con lo que el filme se hace cargo de una leyenda sencilla, pero muy efectiva, como lo es ésta propuesta.

viernes, 27 de octubre de 2017

Mindhunter (serie)

El departamento de Ciencias de la Conducta del FBI en Quantico, Virginia, tiene a un profesor muy especial, el joven Holden Ford (Jonathan Groff), que es un hombre -en apariencia- muy formal (su traje de sastre es parte de la identidad de su personalidad), pero audaz, inteligente, imaginativo, quien aplicará su ímpetu, instinto y buena cabeza a la investigación de la conducta y psicología de psicópatas asesinos, aunque con autocomplacencia, un gran ego y vanidad. Todo esto es algo nuevo para la ley para el año en que se contextualiza la serie, 1977. Aun la policía cree en la conducta normal del criminal, la de tener siempre algún motivo, generalmente la codicia o la necesidad, pero hay un nuevo criminal suelto en Estados Unidos, y es cuando el departamento de Ciencias de la Conducta a la cabeza de Holden Ford acuña un nuevo nombre, el de asesino en serie.

El departamento de Ciencias de la Conducta está en pleno ejercicio de consolidación, están desarrollando un nuevo estudio sobre criminología, para ello Holden Ford se hace de 2 aliados, compañeros. Entra a tallar Bill Tench (Holt McCallany), un hombre en los cincuenta, un típico policía rudo, pero también muy inteligente, consciente, de comportamiento fresco y suelto con una existencia tensa. Tench es un ducho profesor itinerante de la ciencia de la conducta criminal, y pronto queda identificado con Ford. Luego el tercer puntal del departamento es la psicóloga y estudiosa de criminología Wendy Carr (Anna Torv), una mujer bella, sexy –nunca deja los tacos altos- pero ultra racional, seria y ética, tiene una dominante aspiración académica. Los 3 se conocen sin tanto rodeo –la serie va al grano rápido- y pronto se unen para éste proyecto -que como la mayoría parte de nada- de querer detectar como piensa el asesino en serie, buscan hallarle una lógica al nuevo depredador americano, sistematizar patrones a su aterradora crueldad y frialdad, que por la fecha era prácticamente inexplicable e incomprensible. 

Los asesinos en serie son como sabemos lo peor de lo peor, y solían ser vistos solamente como locos, pero el atractivo de la serie es hallarles sentido, su propia manera de ver el mundo y sus actos sanguinarios. Holden y Tench se sientan a escucharlos –a entrevistarlos-, los asesinos hablan directamente sin cortapisas sobre sus atrocidades, mentalidad y su pasado, de dónde provienen, qué los ha hecho así, como justifican sus actos descabellados. El estudio los dividirá en asesinos organizados y desorganizados. Los organizados son los que planean todo al milímetro y fantasean con lo que hacen al punto de llamarlo una vocación. Los desorganizados son los que espontáneamente se dejan llevar por el momento, pero se comportan igualmente sádica y extrañamente. Producen con su victimas caprichos homicidas, torturas y perversiones.

El guion lo escribe Joe Penhall, guionista de The Road (2009). Se basa en el libro Mind Hunter: Inside the FBI's Elite Crime Unit, de John E. Douglas, ex agente del FBI especializado en perfil criminal y en quien Holden Ford está inspirado; y Mark Olshaker, estudioso de larga data y consultor de justicia criminal. Dirigen los episodios 4 directores de cine. David Fincher, la cabeza más visible y famosa, se encarga de los 2 primeros y los 2 últimos episodios, además de ser productor de la serie, aportando su buen dominio de la temática de asesinos en serie, con sus magistrales Se7en (1995) y Zodiac (2007). En un arranque es algo pesada la serie pero le sobreviven momentos maestros, está cuando recién se conoce Holden y su futura novia, Debbie Mitford (Hannah Gross), que es rica en personalidad, estudios y diálogos; y cuando Holden se acerca por primera vez a Edmund Kemper (Cameron Britton), alias The Co-ed Killer, que es el mejor asesino en serie caracterizado en la serie, de los 4 que conocerá, agregando que cada uno de los asesinos en serie entrevistados genera grandes y jugosas conversaciones, incluso clímax –como con el pájaro o los zapatos altos de mujer-.

Los otros tres directores dirigen 2 episodios cada uno, es un grupo sólido y compacto. El danés Tobias Lindholm aparte de cineasta también es un consagrado guionista, fue guionista de The Hunt (2012) junto a su compatriota Thomas Vinterberg que dirige la película, y la temática de la pedofilia y el señalamiento dudoso de culpa también es parte de la serie. Esto le da matices a la personalidad de Holden y al trabajo en Quantico. Andrew Douglas ha dirigido el remake The Amityville Horror (2005), un clásico del cine de terror basado en un criminal real que decía oír al demonio y acababa con toda su familia, y aparte de encajar a la perfección aunque no sea un nombre célebre entre el grupo se podría decir que aporta momentos de miedo, momentos oscuros, como con los temores y repulsión -camuflada, ya que deben ganarse su confianza y seguirles el juego perverso- que producen los asesinos en serie, los que sirven también para resolver casos anexos (es típico que los policías locales les pidan ayuda tras sus exposiciones sobre los nuevos criminales), casos de asesinos con su primer homicidio, lo que justifica la existencia de sus estudios y su consagración como criminólogos. Asif Kapadia, reconocido documentalista inglés de ascendencia india, director de Amy (2015), ganadora del Oscar, es más clásico o cae preciso cuando llama Sherlock Holmes a Holden. Kapadia moviliza simpatía, humor inteligente y ritmo.

La serie será muy clara en general, con muy buen manejo del background criminal, será interesante y entretenida, tendrá ratos sutiles también, y a sus tres protagonistas les brindará alguna idea de vida social, familia, pareja o soledad, mostrando una visión más grande que se incorpora a su vida profesional, a lo que hacen y más nos importa. No será algo superficial o de relleno, sino que se mezclará muy bien con el conjunto y nos dibujaran quienes son los protagonistas, les brindará personalidad y profundidad real, como el cambio de la predecible homosexualidad al cuidado elíptico de un gato. Los diálogos y la palabra son de suma importancia, la conversación brilla por su ingenio transparente.

Habrá sexo y sensualidad, pero es irrelevante en realidad y avanzada la serie se diluirá, aunque los hippies sobrevuelan la trama y la época, haciendo de pequeño inicial contraste, como también Tarde de perros (1975) hace de soporte elemental, pero todo esto es pasajero aunque paradigmas y prejuicios a destruir. Abre la propuesta una escena muy violenta pero para bien la serie evolucionará en la sugerencia que en la explicites (innecesaria), aunque recurriendo a la constante de las fotografías de los asesinatos que reflejaran el lado macabro del asunto, que no hay que perder de vista, y está bien al tanto la serie, de esto que se argumente bastante al respecto y halla cambios de humor entre los asesinos brutales y los policías que quieren comprender su modus operandi. No todo es perfecto en la serie, como el compañero soplón y la crisis final que son bastante ordinarios y desangelados, pero la serie está bastante bien. 

sábado, 21 de octubre de 2017

Alanis

Ganadora de mejor director y mejor actriz –para Sofía Gala- en el festival de cine de San Sebastián 2017. La directora argentina Anahí Berneri pone de protagonista a una joven prostituta de la calle, Alanis (Sofía Gala Castiglione), con la que el filme no pretende dibujar a alguien con sentido alguno de culpa o vergüenza, es una prostituta libre y orgullosa de su elección, teniendo además que cuidar sola de un hijo muy pequeño, pero con el que no se busca complicidad de cine candoroso, porque es madre así puta y sin extremismos al cuidar de él. Lo que se quiere es reforzar la idea del relajo de las figuras, no hay que ser pura ni iluminada para ser madre, tampoco ser puta te hace una mala madre en la práctica directa.

A Alanis le proponen el trabajo de empleada del hogar, pero le agota mucho y añora la vida fácil de la prostitución, decide sin muchas vueltas seguir ejerciendo de puta, se refleja sin ambigüedad que ser empleada no es lo suyo. La trama es su sencilla existencia, cómo es su día a día, cómo su lugar en el mundo es vender su cuerpo, sin prácticamente discusión que dar (con unos amigos/tíos hay un mínimo sutil de exigencia a ese respecto). Se le ve muy segura de lo que quiere hacer, no hay medias tintas, inclusive es sarcástica con los detractores, como con aquel interrogatorio del servicio social, en un filme que no quiere ser parte del cine social, por lo menos no del típico, aun cuando es un Buenos Aires humilde el que se retrata.

Observamos a Alanis en más de una oportunidad en pleno ejercicio de furcia, no es una fémina violenta, tiene su lado amable y hasta nobleza sin aspavientos, pero no es de carácter sumiso. Hay una escena de cierta duración donde está en la posición del perrito y ella va diciendo palabras que quieren calentar a un cliente que inicialmente no puede conseguir una erección. Ella se aburre por la demora una vez empieza el coito (lo normal), pero sigue fingiendo excitación, a la vez que va poniéndose agresiva e intensa en su expresión facial y en sus palabras eróticas y pedestres. La cámara está cerca, yace casi pegada a ella –provocando un sentir de intrínseca incomodidad, de invasión-, a quien están empujando por atrás con rudeza y ardor en ascenso, y ella luce firme y fiera, como la personalidad de su personaje. Es una escena memorable que pinta de cuerpo entero a ésta mujer, y a la fuerza interpretativa de Sofía Gala, que abre con todo el filme cuando yace paseando desnuda por buen rato por su apartamento, con mucha seguridad y soltura, fresca y entregada a su papel; a la que se le aprecia bella y trasluciendo espontaneidad, sin ser físicamente perfecta.

El mayor logro del filme es que no hay la intención de provocar conmiseración hacia Alanis, no es una mujer sufrida, maltratada por la vida, o entregada a un infierno; es libre en toda voluntad, anclada únicamente al lugar más cómodo y empático con quien ella es. Cierto la vida es dura en Buenos Aires, pero Alanis tiene opciones, además de que tiene “familia” (como una pareja de tíos), pero no las quiere, le son problemáticas porque en lo que ella cree es en la prostitución, y ésta no es color de rosa, pero nos hace ver que es lo suyo, aunque se enfrenta a posibles clientes violentos –como en el pedido de sexo anal que no quiere aceptar; en un lugar desolado- o como cuando choca con otras prostitutas que cuidan de su zona, de sus ingresos.

El filme de Anahí Berneri no quiere hacer melodramática la historia, no quiere buscar la tragedia, ni el padecimiento –lo lacrimógeno- ni los efectismos fáciles, no quiere la retribución ni confabulación de un público primario de cine amable pecaminoso y redentor, sino a otro, a ese que gusta de la liberalidad y las causas perdidas, quiere ser una película de cine arte seria y madura, condescendiente con la prostitución o, en todo caso, no señalar con el dedo de la superioridad, sino busca tratar de presentar una elección personal, sin traumas ni fuerza bruta de por medio. Sólo a una mujer y su facilidad para vender su cuerpo, su total relajo para que cualquiera le pague y tenga sexo con ella; efectuar una transacción como cualquier otra, un trabajo donde somos buenos y nos sentimos a gusto, nos expresa claramente Alanis, y ésta propuesta. No es una mirada común, pero es una realidad y también una elección, y no es la mayoritaria perspectiva del dolor, tampoco la del placer sexual ni la fantasía perversa, sino la de la economía light, un trabajo, el de mujer barata. 

martes, 17 de octubre de 2017

Your name (Kimi no na wa)

Your name (2016) es una película muy popular, un éxito histórico de taquilla en Japón, dirigida por Makoto Shinkai, y tiene los mejores elementos cinematográficos de su cine, mística, una historia de amor, superstición, folclore nipón y ciencia ficción. El filme arranca algo complicado de entender; una chica se toca los senos y grita, su nombre es Mitsuha y vive con su abuela y su hermana menor. Esto a la media hora de metraje se explicará directamente. Mitsuha se aburre en su pequeño pueblo, Itomori, y cómo que pide un deseo, quiere ser un chico guapo viviendo en Tokio y, sin más, eso es lo que presenciamos. Ella se mete en el cuerpo de Taki, y Taki en el de Mitsuha, de esto los gritos, al descubrir Taki que de la nada es una mujer; y viceversa, Mitsuha se sonroja al descubrir el órgano masculino. Esto se ha visto muchas veces en el cine, aunque siempre es divertido, pero lo que agrega al filme en esta parte es que el genial Shinkai tiene un sentido del humor fino y gusta de la tradición japonesa.

Your name tiene mucho de la mística y las creencias populares de su país, a cada gran suceso se le asigna un nombre y argumentación nipón, pero la superficie siempre es amable y simpática, y fácil vernos todos retratados, Shinkai maneja una buena universalización sin perder la identidad, hace una buena combinación, un buen cine comercial con autoría. El filme versa en su primera parte sobre el intercambio físico entre Taki y Mitsuha, ella sobre todo es beneficiosa para la vida de Taki que es un poco retraído aunque buen muchacho. En su trabajo hay una beldad que a todos aturde, y es cuando el invisible Taki muestra un lado femenino, sensible (cuando Mitsuha es él), que la enamora, pero en el trayecto el verdadero amor surgirá, ese que no ve sólo aspecto físico, sino lo que llena la personalidad, actitud, espontaneidad, nobleza, alegría, inteligencia y el desarrollo de virtudes. Como demuestra su filmografía Shinkai sabe movilizar muy bien los afectos, hacerlos próximos y empáticos, y entregarnos una bella historia romántica, dentro de un aire relajado y con cierto humor.

En la segunda parte surge la ciencia ficción, cuando Taki de pronto se pregunta por Mitsuha, y empieza una nueva historia, y viajamos en el tiempo, 3 años adelante y vamos atrás, un cometa amenaza con destruir una parte de Itomori y matar a mucha gente. Empieza la aventura, y se mezcla con la tradición, lo místico y legendario. Interviene uno de los primeros sakes de Japón, que es bastante curioso, se fermenta a base de saliva humana, se llama kuchikamisake. La abuela también agrega historias, y hace mención de que en su familia siempre han existido esos sueños raros que tiene Mitsuha (cambiar de cuerpo). Entra a tallar el musubi, que quiere decir conexión, y es sentirse unido a varias cosas de forma trascendental, esto incluye el amor, la muerte, la religión, la cultura. Después tenemos el kakuriyo, que es el ultramundo y el trasmundo, el portal en la tierra hacia donde descansan los muertos. Idéntico a quien prepara una deliciosa cena, todo se mezcla y se reúne en otra dimensión, como en un limbo. Para ello Shinkai maneja sin ciertos preámbulos los tiempos y sucesos, le da ritmo y vertiginosidad a su historia, sorpresa, novedad, originalidad.

En medio yace siempre la relación de amor, apelando al romance por circunstancias especiales y fantásticas de aferrarse a no olvidar el nombre del amor tras entregarse a la aventura reconstitutiva del ser amado. La ciencia ficción y el folclore danzan de la mano. La tercera parte son estados de ánimo, sensibilidad, rodeos y melancolía, vuelve a manipularse el tiempo y de forma veloz pero coherente. Si en la primera parte se impone el humor, en la última es puro romance y poesía, aunque tampoco muy distendida. Ya no se puede vivir sin algo que no se sabe que es, pero abarca toda nuestra existencia.

La segunda parte es la verdadera imaginación y sustancia del filme, pero se complementa bien todo el conjunto, la primera parte genera el vínculo, finalmente una forma curiosa de profundizar en alguien (que incluye bastante respeto por el otro género), meterse literalmente en su piel, en su mundo, sin grandilocuencia, todo de lo más sencillo y general (como cuando Mitsuha lamenta no tener cafés en Itomori, sólo una máquina). También el desastre se dibuja con arte (no es lineal, la ciencia ficción en ello da mucho juego), hay más de una recreación de lo mismo, posibilidades, una notable construcción hasta armar la figura y termine el clímax, el armagedón en varios sentidos. 

sábado, 14 de octubre de 2017

Lover for a day (L'amant d'un jour)

Una jovencita, Jeanne (Esther Garrel, hija del director), pelea con su enamorado, rompe su relación, y se va de su apartamento, sin no tener a donde ir va donde su padre, Gilles (Éric Caravaca) que vive con una muchacha, Ariane (Louise Chevillotte). Mientras Jeanne detesta la vida y se haya muy desolada sin el hombre que ama, Ariane ve la vida con mucha libertad y promiscuidad, engaña a Gilles con amantes de un día, como indica el título. El director Philippe Garrel se mueve como pez en el agua en las complejidades de las relaciones amorosas, la temática de sus películas. Suele ser muy relajado en su exposición; Gilles es profesor de filosofía pero sus respuestas son muy sencillas, como el filme.

Hay un manejo interesante de cómo nos relacionamos, de cómo se presentan distintas miradas y cómo éstas se complican cuando se interrelacionan, producto de que las personas están en diferentes momentos en sus vidas. Gilles quiere una relación seria y antes ha sido liberal con las mujeres, les ha sido infiel, y puede que le toque como karma ahora sufrir lo que antes fue e hizo él. Ariane está en una etapa de no limitar su ánimo sexual, si quiere algo lo busca, pero tiene una relación formal, sólo que cree que no debería afectarse por su decisión de acostarse por sexo a la vez con otros. Ariane quiere las dos cosas, y aunque está consciente de que no es viable, igual lo practica, lo cree normal, pero, claro, lo guarda en secreto.

Hay dos líneas narrativas en el filme, dos lugares de profundización de las relaciones amorosas. En la otra, Jeanne ama con locura a un único hombre y éste sin mayor importancia la ha echado de su hogar. Jeanne valora mucho lo que tenía, aunque en un inicio fue dura con su amor. Ella está tan deprimida que llama a su reciente ex pareja y no habla en el teléfono, espera un especie de milagro de reconciliación, que el hombre recapacite. Garrel no nos dice exactamente a qué se debe la ruptura, pero se entiende que en muchos los afectos son volubles, un día quieres y otro no, o te hartas de aquella persona sin que haya algo grave de por medio, es así de simple y a la vez insoportable el existir, como se ve en Jeanne, que aunque luce una mujer hermosa en muchas capas y leal sufre por desamor.

Como unión narrativa de los casos está la relación de Jeanne y su padre, y ambos argumentos se relacionan, hablan entre sí, pasando porque el tema central es la fidelidad y el amor entregado. Es un filme en blanco y negro, muy cálido y amable, entretenido, como son los filmes de Philippe Garrel, que ausculta y piensa sin ínfulas sino como una persona como uno, una que genera empatía, su sabiduría viene de ese lugar, de identificar y hablar como muchos; pero sin ser demasiado conservador ve en la madurez de las personas. Existe un compromiso. Esto puede sonar algo contrario al uso, cuando la liberalidad y permisividad impera en los discursos, pero se entienden sus argumentos. Jeanne es ese catalizador, porque a pesar de que ama a su padre no delata a Ariane en su sensualidad con otros ni con los desnudos, y es que al querer a Ariane, Garrel también quiere a la liberalidad, pero son etapas y consentimientos. 

El seductor (The Beguiled)

Contextualizada en la guerra civil americana, un soldado del norte es encontrado por una niña del sur, ella pertenece a una escuela de señoritas, que está casi vacía, y al verlo herido de una pierna el puñado de mujeres de la escuela deciden curarlo primero antes de entregarlo, pero terminan resguardándolo. La escuela la dirige Miss Martha (Nicole Kidman) y sólo le queda una profesora, algo tímida, Edwina (Kirsten Dunst); con ellas hay 5 alumnas, la que más se hará notar es la que interpreta Elle Fanning.

El filme de Sofia Coppola se basa en la novela de Thomas P. Cullinan y el guion también ha corrido a su cargo; otro filme que también adapta la misma novela es el de Don Siegel del año 1971, es bueno traerlo a colación porque viendo las 2 películas uno puede apreciar la diferencia entre hacer una película osada, ambigua e inteligente y otra sosa, naif y cuidadosa. El seductor (2017), de Sofia Coppola, está bien, tiene oficio, es muy limpio y entretiene, pero por lo mismo le falta audacia, riesgo, es bastante bonito. O sea, es demasiado plano y austero como narrativa, aunque estéticamente impecable.

El filme de Don Siegel se prestaba para varias interpretaciones, era ambiguo con muchos de sus protagonistas; tanto el cabo McBurney (Clint Eastwood) como Miss Martha (Geraldine Page) tenían de corruptos, uno sexualmente y por violencia, la otra por incesto. Pero tienen también un lado simpático o noble aun así. El McBurney de Siegel es muy racional y normal, imperfecto; Coppola añade muy buenos diálogos eso sí, las conversaciones entre su cabo McBurney (Colin Farrell) y su Miss Martha son muy cáusticos y jugosos.

En el filme de Siegel hay más aventuras y suspenso también, incluso el final muy parecido entre ambos en la película de 1971 tiene un matiz macabro, cruel e irónico, en la de Coppola es sólo un hecho, un momento muerto. La personificación de la chiquilla sensual que hace Fanning tampoco presenta mucha vida o matices, la que hace en cambio Jo Ann Harris tiene de rebelde, de pícara y de malvada. El problema es cómo expone Coppola los momentos, muy simples, muy limpios, hasta rápidos, y se ve que está todo muy calculado y embellecido, pero carece de existencia, de mayor espontaneidad, luce muy artificial. La cara de Geraldine Page está como nerviosa, igual la profesora Edwina que hace Elizabeth Hartman, están algo sudadas; Hartman es un poco unidimensional en su performance, es una mujer retraída y apocada, desconfía de los hombres como ella misma dice, pero más tarde con los sucesos que trae el vínculo con el avispado personaje de Eastwood toma vuelo, se vuelve más abierta a otras realidades, la humillación, el perdón, enfrenta los puntos flacos del mundo.

Lo que hace Dunst como Edwina está escogido al mínimo, no trata de ser tan lenta y temerosa como el personaje de Hartmann, lo cual está bien, pero no aporta casi nada en su lugar, salvo una escena sexual muy bien trabajada, muy lógica, y ese es otro problema en el filme de Sofía Coppola, curiosamente cuanto más coherente en general menos película, menos interesante. Y es que todo es demasiado sencillo, está simplificado en exceso, dejando únicamente un esqueleto narrativo ciertamente entretenido, pero de empobrecida argumentación y proyección. La mejor parte del filme de Coppola es cuando Farrell despierta tras la caída de las escaleras y lanza unos alaridos de sorpresa -justificados- que parecen humor negro.

Coppola carga las tintas con la religión, haciendo de las mujeres unas devotas, pero luego se trastoca esto con una facilidad inaudita. Se magnifica la situación de peligro, en un ataque de feminismo extremo, o vulgar, que el mal está despierto y hay que hacerse cargo. Pero se diluye mucho la malicia de la sexualidad que en Siegel late virtuosa en todas partes. 

lunes, 2 de octubre de 2017

A Ghost Story

Ésta película trata de un fantasma, del lugar común más inocente al respecto, un hombre (Casey Affleck) muere, exactamente a los 13 minutos de comenzada la película, y no se va a ninguna parte, no decide cruzar la puerta de luz hacia se supone que el cielo, y se queda  en la tierra cómo una sábana con 2 agujeros por ojos. Sale de la morgue y camina así de sencillo hacia su hogar donde su gran amor (Rooney Mara) sufre horriblemente su pérdida y se come un pie de manzana frente a nosotros por 5 minutos, es decir, en tiempo real. Es el momento melancólico Jeanne Dielman (1975) más la patata/papa de The Turin horse (2011).

Ese hombre, ahora tan sólo una sábana con 2 agujeros, nuestro protagonista, se dedicará a observar en silencio qué viene después de su muerte en su mundo perdido. El filme tiene un centro muy cautivante; no es ninguna película de terror aun con elementos suyos. La película es primero la observación del vacío que le ha dejado éste hombre a su amada y como su figura se va difuminando y va surgiendo su olvido. La propuesta logra trascender su simplicidad, su estado mínimo y su “artificioso” inicio, el que huele a imitación de cine arte minoritario, se siente un poco forzado. El filme maneja muy bien la especulación y el lugar común sobre los fantasmas, presenta en su última parte viajes en el tiempo, ciclos de vida, algo de reencarnación, cuentas pendientes, patrones. Ese hombre se fue temprano y abruptamente y presenciamos su camino para conseguir la paz.

Tener a éste tipo de protagonista en manos del director David Lowery, el mismo director de la maravillosa Ain't Them Bodies Saints (2013), no es un acto de irreverencia, como inicialmente lo es Frank (2014) por mencionar una película con similitudes, aunque sí una curiosidad y audacia, pero terminan siendo películas más profundas de lo que uno creyó en principio. El filme como con Rooney Mara y sus sublimes y sugerentes silencios reflexivos en Ain´t Them… se moverá a través de ellos con su fantasma, que se enoja, se frustra y sufre sin poder hablar, pero debe aceptar la muerte. Un personaje de "relleno" lanza un largo monólogo sobre que nada trasciende al final porque todo se terminará olvidando, perdiéndose, destruyendo, a raíz de si no existiera Dios, en quien Lowery cree.

El filme escoge como razón del mundo al amor, el vínculo íntimo y humilde es la trascendencia. No lo pomposo, grandilocuente, la fama, la inmortalidad, ni siquiera el arte. El filme es un hermoso cuento romántico, mucho dolor y una aventura mística para sanar. La historia del filme y la solución son muy básicas, incluyendo la manipulación de la información temática. Lo distintivo es el empaque, la forma de contarlo. Tenemos un inicio lento, pero una fragmentación (detallismo) que se hace interesante al revisarle más tarde; poco diálogo y mucha observación, pero con ritmo y fuerza escénica; un largo monólogo (lógicamente) autosuficiente y algo pedante, pero que luego queda poéticamente contrastado, respondido; mucho “rodeo” -algo confuso- por el final,  efervescente, siempre novedoso y sobre todo justificado, lo que hace de éste filme uno bien engranado, donde brilla personalidad. Además, Lowery suele continuar e inspirarse donde la mayoría pone el final.

domingo, 1 de octubre de 2017

¡Madre! (Mother!)

Una mujer hacendosa, una mujer dedicada a su hogar y a su marido, interpretada por Jennifer Lawrence, desea tener un hijo y reparar la vieja y enorme casa que tienen; su marido (Javier Bardem) es un escritor sin inspiración hace buen tiempo y se siente decaído. Un día un fanático (Ed Harris) llega sin invitación a su casa y el personaje de Bardem –que no tiene nombre en la película- hambriento de celebridad y reconocimiento lo hace su huésped. El invitado incomoda a la madre –así solamente se le conoce al personaje de Lawrence- y esto irá en aumento, y se desbordará –hasta lo inimaginable, fantasioso y artístico- en un estado de frenesí y locura propio de una pesadilla; llegará más tarde su esposa (Michelle Pfeiffer) y sus 2 hijos adultos. La madre –Lawrence- sólo quiere una vida apacible, humilde y familiar, y la gente le mortifica, pero su marido es un hombre que ansía lo público y su deseo invadirá a su mujer que sufrirá la fama y popularidad del escritor que vuelve a saltar a la palestra.

En un inicio el filme es sutil, la pareja de huéspedes generan pequeños fastidios, son conchudos/frescos, mientras tanto ella toma algo para controlarse, siempre está a punto de caer en una crisis (el filme maneja mucha tensión). Esto, desde luego, no es nada, para lo que nos tiene preparado más adelante el director, Darren Aronofsky. Tras un incidente de violencia fortuito, en realidad todo sucede como una explosión, lleno de absurdo, vuelve la calma. Pero esto dura muy poco tiempo, Aronofsky vuelve a encender la llama de la intranquilidad de Lawrence. Regresan a la casa los huéspedes. En la segunda parte del filme Aronofsky se dice, vamos por más, vamos con todo, y estalla el pandemónium.

El filme se transforma en una invasión absoluta, en una muchedumbre destruyendo la casa, la que literalmente sangra y late (y representa a la madre naturaleza, maltrecha por el hombre); en una fiesta tipo rave o como en una intervención de la policía especial contra secuestradores, en un saqueo, en un culto de fanáticos paganos enardecidos. Esto entretiene, todo resulta muy loco. Pero Lawrence con lo que sucede yace pasando las de Caín, todo se concentra en su emotividad, frustración, en su desesperación. El filme a ésta altura genera reacciones distintas, por un lado todo ese desborde tiene hasta de gracioso, pero la histeria que rodea al personaje de Lawrence encrespa, fastidia. 

La propuesta de Aronofsky se vuelve muy cruel y sádica con la madre, pero si uno conoce la filmografía de éste director sabe que no es nada nuevo en su tipo de cine (Aronofsky suele apretar sin pena ni contemplaciones). La madre pasa por tremendo, intenso y largo tormento, es todo un tour de force para su actriz protagonista y pareja (para generar un pequeño cristal, una ofrenda surgida en el sacrificio, malagradecido), producto de ser dejada de lado por su marido, el que se aboca a su egocentrismo y tiene de muy básico.

Se da una crítica a la popularidad, hacia el creador obnubilado –que deja de lado a su familia y a la paz e intimidad de su existencia- y hacia el fan ciego de pasión animalizado, intrusivo e inclusive peligroso. Lo que vemos es sólo la exageración de éstos patrones (el terror, digamos); que muera gente sin mayores justificaciones (una editora disparándole a la gente, Kristen Wiig), o que el contexto parezca como el de una turba enloquecida por un día de suculentas ofertas es sólo la montaña rusa cayendo hacia el precipicio, diversión pura y dura.