domingo, 30 de diciembre de 2018

The woman who left (Ang babaeng humayo)


El filipino Lav Diaz adapta a su estilo el cuento Dios ve la verdad pero no la dice cuando quiere, del maestro ruso León Tolstói. Como curiosidad está decir que la estupenda The Shawshank Redemption (1994) se basa en la novela corta Rita Hayworth and Shawshank Redemption, de Stephen King, pero éste autor se inspira en el cuento de Tolstoi que recoge Lav Diaz. Diaz ganó con The woman who left el león de oro 2016, del festival de Venecia.

The woman who left tiene el estilo clásico de éste director, las secuencias llevan mucho tiempo real, es decir, corta muy poco o eso muestra el corte final, mucho menos de lo convencional; prolonga extensamente las secuencias, el filme por lo tanto es bastante lento. Lo que puede mostrarlo veloz con una edición prominente se deja fermentar por buen tiempo, y la historia rápida de contar se torna muy detallista y mínima tanto como un poco ardua de ver. Pero sus tomas tienen encanto, sabe poner bien el ojo en la cámara, armar una buena puesta de escena, y mostrar una visualidad virtuosa dentro de ese tiempo tan extenso de las secuencias, en su manera de narrar, lo que podría contarse en menos fotogramas.

La historia en sí es interesante, una vez aguantada la lentitud de su séptimo arte. Una mujer es injustamente condenada a prisión, por un tipo ruin y una compañera que también está encarcelada, pasa 30 años en la cárcel hasta que la compañera se arrepiente y confiesa que ella es la verdadera asesina. Horacia (Charo Santos-Concio) libre pretende entonces venganza, de ese hombre que le malogró la existencia. Una vez puesta en acción va a la ciudad de ese hombre rico y cruel que la perjudicó, llamado Rodrigo Trinidad. Es también en segundo grado un filme de clases sociales en lucha o diferencias sociales.

En la ciudad donde vive Rodrigo Trinidad Horacia se dedica a hacer ayuda social, a mezclarse con el pueblo, conoce a un jorobado vendedor de baluts con quien pasa sus noches entre chismes. También se topa con un travesti, Hollanda (John Lloyd Cruz), que suele bailar en plena calle hasta caer desmayada en ataques epilépticos. Tiene también relación con una extensa familia, de una madre soltera con muchos niños. El tiempo pasa y pasa y parece que su propósito central se diluye, pero en realidad Horacia lucha contra su odio, habiendo sido en prisión una mujer de fe, que solía ser contadora de historias que hablaban de la vida misma.

La película es sutil en manejar las dudas de Horacia, pero yace en el largo tiempo que pasa ella preocupada en los demás -prolongado lo que parece inevitable-, aparte de ser una mirada de bondad hacia los más pobres y un rasgo de identidad, de semejanza con el pueblo, a contracorriente de la hipocresía de Trinidad de ir a la iglesia seguido y hacer donaciones pero prácticamente va a comprar al cura y el supuesto perdón celestial. Dios está presente en toda la propuesta pero muchas veces sin ser mencionado. No obstante un diálogo del jorobado lo deja claro, dice que Dios lo hizo feo y pobre no sabe por qué, pero siempre retaba a Dios y la situación trágica cambiaba, él aparecía de cierta manera, por eso cree en milagros y en él.

Existe una relación conmovedora entre la protagonista con el travesti y el jorobado por separado, mostrando el alma de Horacia, al tiempo que Trinidad se hace más despreciable con algunas pocas apariciones. El filme es algo obvio, pero efectivo. El tiempo pasa, se siente, y empieza uno a pensar que ya es hora de resoluciones; perdonar, dejar todo atrás, aun siendo 30 años perdidos o acabar con ese hombre que dice no sentir remordimientos por destruir a sus enemigos. Queda por último en la memoria una gran escena de carácter en un interrogatorio. Lo curioso es que faltan unos 40 minutos para que termine el filme y ya parece finiquitado. Lav Diaz es detallista hasta el último suspiro, no deja cabos sueltos y tiene cierta pequeña rareza en su haber, como con el final con los papeles de alguien perdido revoloteando alrededor de un cuerpo que toma un halo surreal.

Django Sangre De Mi Sangre


Django Sangre De Mi Sangre (2018), es la mejor película que ha hecho Aldo Salvini (Bala perdida, 2001; El caudillo pardo, 2005). Abre con una persecución en auto –la policía, secuestradores motorizados y Django forman trepidante movimiento en la pista-; ya desde el inicio plantea ser un filme intenso, lleno de acción, y cumple al 100 por ciento. Luego de aclimatarnos al lenguaje vulgar el resto fluye. Hay personajes muy ricos, como el malvado mafioso que hace Aldo Miyashiro, que le cae perfecto, que tiene un criollismo muy natural y que se pliega a su quehacer de criminal astuto. Los secundarios están muy bien, como el que hace Stephanie Orúe como una mujer avispada y malhablada, aun cuando es muy salvaje; muestra harto barrio, como se diría. Óscar López Arias como un tartamudo secuestrador, matón a las órdenes de Freddy Marquina (Miyashiro), también destaca especialmente.

Entre los protagonistas está Montana (Emanuel Soriano), hijo criminal de Django, que tendrá una confrontación con otro secundario interesante, Chamaco (André Silva), que lo han vuelto tipo cómic, pero que encaja con el mundo criollo del hampa. El filme de Salvini presenta varias líneas narrativas, propone mucha acción, y todo se mezcla sin problemas. Django (Giovanni Ciccia), vuelve más filosófico, más profundo digamos, con tremenda leyenda encima, y todo el mundo le anda diciendo lo genial que es, así pues es el mundo en el que se mueve. Intenta arreglarse, pero su hijo criminal lo regresa a su realidad pasada. Como Montana trabaja con Marquina entra de todo ahí, además de que quien recibe y ayuda a Django tiene una hija criminal, Magda (Orúe). Así el guion de Yashim Bahamonde y Aldo Salvini le meten nuevos vínculos delictivos a Django, poniendo sobre la mesa muchas más aristas que antaño.

Django se apoya de la película anterior, pero juega una partida totalmente distinta, más espectacular, más inteligente, despliega muchos personajes y muchos frentes. Es así que cuando aparece la Chica Dinamita (Melania Urbina) hace su entrada triunfal, pero es más una anécdota, un poco de nostalgia, aunque ficticia, porque la anterior película no era muy buena, pero no obstante produjo personajes que se quedaban en la memoria. Django es leyenda, carácter, respeto, producto de tantos bancos robados, montón de plata cogida, y ningún muerto inocente en el camino. Es un (anti)héroe que tiene una cierta ley, en el presente filme regresa a lo criminal por una causa de fuerza mayor, salvar a su hijo de la cárcel.

El filme tiene su sensualidad, ésta vez no la pone la Chica Dinamita que no sea su boca malhablada, quien tiene la palabra cachar –tener sexo, en jerga peruana- en la punta de la lengua, tanto que así lo recibe a Django (justo he soñado que cachábamos). Ya otrora había toda una escena con poder decir ésta palabreja. Por eso que cuando la dicen no escapa cierta ironía, un aplauso soterrado, y otro sonoro desde lo popular. Django incorpora ésta palabra a su mítica. La figura que la convierte en realidad es el cuerpo ardiente en una mujer contenida que hace Tatiana Astengo, con su desnudo y erotismo infaltable (nuevamente). Pero, además, Salvini, que rompe con toda regla del cine que no quieren supuestamente los peruanos y hace lo que le da la gana, pone las lisuras, las calatas y la violencia nuevamente en la palestra en toda fuerza, agrega la figura de Magda, que es sumamente picante, potente, no solo sensual.

Django Sangre de mis Sangre se ampara mucho en sus notables personajes, los nuevos engrandecen a los viejos, ahí en una sub-trama sigue el policía que hace Sergio Galliani, compitiendo por la mujer de Django, y suma otra el hijo menor, boxeador, de Django que tiene un momento de sobrevivencia que es de destacar. El criollismo en el mundo subterráneo criminal igualmente yace muy logrado, como ver en la cárcel a Marquina con dos travestis por putas y una piscina inflable por jacuzzi. El director parece que hubiera visto Al filo de la ley (2014) y se habría propuesto emular su conchudez y criollismo, pero hacer algo mucho mejor, de mayor exigencia y lo consigue con creces. Marquina yace rodeado de putas, también es caficho/proxeneta, el hombre está en todas, punto pleno a favor del conjunto. Django y Marquina son antagonistas jugosos, Marquina hecho en éste filme, Django producto de la misma realidad (basarse en un famoso ladrón peruano), y paradójicamente de su película anterior.

sábado, 29 de diciembre de 2018

La invasión de los ladrones de cuerpos y La invasión de los exhumadores


La invasión de los ladrones de cuerpo (Invasion of the Body Snatchers, 1956), de Don Siegel, es una película bella por donde se le mire, perfecta. Es una película que en una hora quince minutos sugiere a mil. Parte como un posible caso de psiquiatría en manos del doctor Miles J. Bennell (Kevin McCarthy), luego se convierte en un sci-fi pleno. En un pueblito americano donde todo el mundo se conoce dicen muchos que personas queridas no parecen ser ellos, aunque se ven físicamente idénticos. El filme luego tras el hallazgo de un cadáver extraño –un cuerpo en construcción- arranca de lleno a la fantasía y a lo espectacular. En adelante es una carrera desenfrenada por sobrevivir a una invasión alienígena, producto de entes medio inexplicables, producto de vainas –como las de las arvejas-, de plantas de otro planeta, aunque se guarda cierto misterio, de ambigüedad, puede ser algo nuclear se especula. En el trayecto hay un romance, entre el protagonista y héroe, el doctor Miles, y Becky Driscoll (Dana Wynter); esto tiene bastante injerencia en el filme y hay mucha química y simpatía. Cada descubrimiento nuevo es un momento de alta efectividad y grata impresión, algo puntual se proyecta bastante, genera muchas ideas. El Dr. Miles nos irá narrando lo sucedido. Es una propuesta veloz y súper entretenida. En una escena genial cuando son perseguidos los únicos humanos del pueblo por hordas de usurpadores de cuerpo y deben esconderse surge tremendo suspenso, y una escena visualmente rica, en el encuadre de aquellas pisadas tan próximas al escondite. Es un filme clásico y contiene lo maravilloso de esta época de oro. Es una propuesta diáfana, fácil de seguir, limpia y muy apasionante. Es un filme que prácticamente nunca descansa, es decir, mantiene el pico de la emoción. Lo interesante es como lo cuenta, como no requiere de grandes efectos especiales y todo está ahí. Un perro genera un rato de tensión, algo tan sencillo produce una gran escena de persecución. Esa es la grandeza del cine clásico, el ingenio para entretener y ser profundo al mismo tiempo, aun trabajando con el cine de género. Es una propuesta que tiene de subtexto la desconfianza del vecino frente a la guerra fría. Me viene a la mente con ésta película, aunque viene después, El pueblo de los malditos (1960).

La invasión de los exhumadores (Invasion of the Body Snatchers, 1978), de Philip Kaufman, es uno de los mejores remakes de la historia del séptimo arte, cuando sabemos que hacer una nueva maravilla de un filme glorioso y celebrado unánimemente es casi imposible y Kaufman logra ésta hazaña. Casi todo está ahí, todas las grandes ideas de la primera película, la de Siegel, pero con nueva narrativa, con su aporte de originalidad. Ésta vez la pareja romántica surge en el transcurso –bien adelantado el filme, pero está muy bien trabajado- y es original e igual de perfecta que la antecesora. El héroe es Matthew Bennell (Donald Sutherland), un inspector de sanidad, que pone del actor su cierta extravagancia y ligereza escénica, sin perder un ápice de credibilidad. Con él está la actriz Brooke Adams con la que forma una gran química y se presta para la risa suave, para la complicidad desde el arranque. Leonard Nimoy hace de un renombrado psiquiatra y tiene un papel sorprendente, memorable aunque secundario. Veronica Cartwright (Alien, 1979) y Jeff Goldblum hacen de una pareja de amigos de Bennell. Todos estos nombres aportan bastante, implican empatía o fuerte identidad, aun cuando Goldblum hace de un tipo medio antipático producto de sus frustraciones. Éste filme es más claro aún que su predecesor, pero proponiéndolo en la modernidad; la invasión alienígena de unas plantas de otro planeta queda totalmente esclarecido con la introducción. El filme igual trata de sobrevivencia y escape, pero ahora en San Francisco y con media hora más de metraje para huir, pelear o hacer llamadas. Ésta propuesta contiene gore, sólo que breve y poco, pero tiene un par de éstas escenas. También lo de los gritos extraterrestres, histriónicos, exagerados, unos chillidos realmente, es marca de distinción de éste remake. A su vez es curioso ver que la escena de la mina de la primera está reinterpretada de otra manera aquí aunque finalmente con una elipsis y un buen remate, un clásico. La escena de las plantas en plena labor de generar los dobles de cuerpo no tiene nada que envidiar al cine de Cronenberg, aunque por ese entonces el maestro canadiense recién empezaba. Don Siegel aparece en el remake como un taxista en tensión, un soplón; y también el genial Kevin McCarthy, dando en desesperación la alarma de la invasión, repitiendo una escena icónica del pasado.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Feliz cumpleaños para mí (Happy Birthday to Me)


El director de Los cañones de Navarone (1961) y Cabo de Miedo (1962), J. Lee Thompson, dirige ésta película de terror con Melissa Sue Anderson (La familia Ingalls) y Glenn Ford (Gilda, 1946; Los sobornados, 1953). Es un slasher de culto y se debe en especial por la narrativa de la mitad hacia adelante, cuando el filme empieza a dar una tras otra vuelta de tuerca, cambiando el final una y otra vez hasta el último minuto. Pero viene de atrás colocando perspectivas sobre el culpable, deja pistas, juega con la intriga, el suspenso y el misterio. No solo eso, plantea la perspectiva psicológica. Es un filme que intenta variedad de interpretaciones y da además un background homicida bastante extenso. Ésta propuesta intenta hacer una pequeña crítica sobre clases sociales e integración social. Empieza muy ligero, de la mano de 10 jóvenes llamados los destacados 10, que tienen fama de niños ricos jaraneros y bromistas. Entre ellos se halla Virginia (Melissa Sue Anderson). El filme tiene muertes geniales, de estilo gore, bastante creativas. El desarrollo de los asesinatos es pormenorizado, a un punto cada uno extenso. Aunque es un filme canadiense se percibe británico, como el origen del director. Sue Anderson luce histriónica, se le exige mucha emotividad, y aunque es bella no pretende ser sensual ni muestra nada. En sí el filme carece de erotismo, lo cual le da un toque más serio al asunto, pero vemos carreras de motos, autos saltando puentes levadizos y bailes modernos de discoteca, que colocan la nota cool. Hay un aire clásico en el filme también -como el típico bar de pueblo de terror-, que está muy bien fusionado con lo moderno, porque lo clásico domina la situación. Glenn Ford como un psiquiatra no es tan contundente, pero deja creer en él. Es una propuesta muy entretenida, sobre todo a partir de la última mitad cuando empiezan las revelaciones y éstas no paran hasta el final, mutando, no solo agregando. El título se resuelve de gran manera avanzado el metraje, genera una de las mejores secuencias del filme, propicia una orgía macabra.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Christmas Evil (You Better Watch Out)


Lewis Jackson dirige y escribe éste filme sobre un Papa Noel asesino. Pero ésta película no es tan simple y práctica como Silent Night, Deadly Night (1984), es más elaborada, con una trama y estructura de mayor exigencia. El protagonista, Harry Stadling (Brandon Maggart), es un hombre que es difícil de definir de a qué se debe exactamente su locura, pero aun así es un filme coherente, mostrando una personalidad algo compleja, superando con el pasar del metraje la imagen austera –sensual y banal- que abre la propuesta y su fijación.

Pero también Harry es un tipo solitario e inseguro, el filme propone que Harry quiere definir el bien y el mal en el mundo a través de Papa Noel. Finalmente es un argumento simple. Pero el filme tiene bastante trama y no todo es asesinato, más bien hay pocos homicidios y se entienden en la locura del protagonista, como producto de la burla y el aprovechamiento del débil, de una buena persona digamos.

El filme muestra bastante de la fijación de Harry con la noche de navidad y lo hace con creatividad, desde poder convertirse en Papa Noel con una barba postiza y que no sea tan fácil de quitar y la pruebe y sienta regocijo o por su gusto a ver desfiles navideños por la televisión. Otro punto que se pliega muy bien a la trama es que Harry trabaja en una fábrica de juguetes.

Christmas Evil (1980) es el perfecto complemento de Silent Night, Deadly Night, como películas de terror sobre navidad, con Silent Night, deadly Night muy de acción con excelentes escenas al respecto y Christmas Evil de narrativa pero con escenas de muerte sorpresivas decentes siempre trabajadas al son de una argumentación con su fijación. Christmas Evil en un momento convierte a Harry en el monstruo de Frankenstein, dando cierta pena aun cuando es un asesino, siendo perseguido hasta con antorchas.

La relación entre hermanos es también sólida y aporta a la locura; hay cierta nostalgia por no tener la familia perfecta del hermano –que  hasta se luce haciendo ejercicio y teniendo sexo con su bella mujer (Dianne Hull)- , como el hecho de que Harry quiere ser exitoso a los ojos de su hermano, Philip (Jeffrey DeMunn), cosa que es discutible porque es promovido en el trabajo, pero como es algo mayor y vive solo y no es muy sociable lo pintan de perdedor.

No obstante Harry pretende en su delirio enfocarlo todo a ser un Papa Noel que puede manejar el bien y el mal del planeta, en pos del bienestar de los niños, y no suena ridículo, por como lo expone el filme. Pero se entiende por imposible y fantasioso, claro está, pero es en ese lugar que el filme apunta a la locura del aislamiento social, producto a su vez de cierto misterio en su personalidad –Papa Noel es Dios para el protagonista, su modelo en todo sentido-, más que a una sobredimensión en consecuencia a la vera de algo mínimo. Se habla en realidad de bullying, cosa que pudo haberse profundizado más. La ira que siente un amable y delicado Harry de ser menospreciado y abusado es finalmente el detonante.

Noche de Paz, Noche de Muerte (Silent Night, Deadly Night)


Un niño cree ver en una alucinación a su abuelo catatónico hablándole, o quizá efectivamente le habla, esto no queda muy claro y tiene de macabro; se hallan en un instituto mental. El abuelo muy sádico le dice que navidad es la peor época del año y que Papa Noel no solo trae regalos a los niños buenos, también castiga a los niños malos -a la gente mala- y de la peor manera.

El niño queda asustado, y todo se pone feo cuando un asaltante de lo más burdo, exagerado y violento ataca a sus padres –poco después de que estos padres han sido “malos” y el niño les ha dicho que Papa Noel los castigará-. La escena es grotesca, extrema, potente, con su aire general a película porno setentera-ochentera –no faltan tampoco las tetas-, y el niño queda traumado. Pero aun la cosa se pone mucho peor cuando el niño traumado, Billy, pasa al cuidado de una monja con mano de hierro, la madre superiora (Lilyan Chauvin).

Toda esta parte –unos 25 minutos- es regular, algo cansina, salvo cuando aparece el asaltante que es brutal. Pero en adelante cuando Billy se convierte en su trauma, un Papa Noel asesino, el filme se vuelve muy jugoso como película de terror. Billy (Robert Brian Wilson) moviliza su trauma en dos direcciones, una hacia la castidad y otra hacia el castigo -producto de la interrelación con la torpe educación de la madre superiora-. De ahí en adelante un hacha es el arma principal homicida y Billy mata como un autómata, quien tiene además una fuerza sobrenatural, mientras pone –sencilla- cara de loco. Como curiosidad del filme está que se oyen muchos villancicos, incluso en momentos de tensión la gente los canta.

El filme de Charles E. Sellier Jr es muy argumental en el trauma del niño, hasta está sobre-explicado, aunque resulta muy lógico, cuando esperaba que fuera un filme más extravagante. Pero esto es bueno, en sentido de que habla de un filme sólido, si se quiere, no tan chusco o de segunda clase. Éste Papa Noel es siniestro, decapita chiquillos y se pasea por una tienda matando gente del personal uno por uno, proponiendo un filme de terror entretenido.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Dulce país (Sweet Country)


Western australiano perteneciente a Warwick Thornton, ganador del Premio Especial del Jurado en el festival de Venecia 2017, que resalta por la inclusión en la historia de negros aborígenes como servidumbre explotada y maltratada. Cuenta la historia de un hombre de color que en defensa propia mata a un caucásico. El filme utiliza la elipsis en varias oportunidades y hasta algunos flashforwards como destellos. Hay un hombre blanco que sufre de problemas psicológicos, lo vemos sufrir a solas, preparando su arma y disparando a campo abierto, cuando se encapricha con la sobrina de un empleado negro. A Sam Kelly (Hamilton Morris) entonces no le queda otra que disparar y matarlo en una escena potente, visualmente hermosa. El filme no cuenta con muchas escenas de acción, portentosos tiroteos o grandes duelos, pero sí una buena aventura en el escape, donde la película se hace totalmente impredecible, con una llanura de especial estética, salina. La personificación del niño Philomac (interpretado por los gemelos Trevon y Tremayne Doolan) es impresionante, aun cuando su aporte a la narrativa es menor, pero sus mataperradas, su fuerte carácter y su sencillez formal deslumbran en la entrega al rol. En el filme se vive una atmósfera de injusticia hacia los aborígenes negros, pero éste niño no presenta un cariz melancólico, sino una recia y astuta sobrevivencia. Igualmente otro aborigen, Archie (Gibson John), es una personificación magistral, un viejo lobo o, mejor dicho, un dingo. Hay tremenda naturalidad. Bryan Brown es el sargento Fletcher, el tipo rudo, duro, pero finalmente honesto y justo; es un sujeto con mucho carácter, pero no un superhombre. En el filme se da la expectativa de que se enfrenten Fletcher y Kelly. Kelly aunque es un hombre humilde maneja muy bien el arma larga, es de lo más básico, pero aun así imponente. Es un western con todas las de la ley, muy bien plasmado en suelo australiano, de manera esencial y efectiva. Sweet Country (2017) habla de lugares oscuros del pasado y de un futuro incierto. No obstante el levantamiento de una iglesia es la puerta a la esperanza.

sábado, 22 de diciembre de 2018

The Green Fog


The Green Fog (2017), de Guy Maddin, Evan Johnson y Galen Johnson, es un filme de misterio, mediante el uso del found footage, de volver a interpretar las imágenes encontradas, en éste caso se trata de películas de toda época, que al final veremos en una lista completa. Se hace mucho uso de la ciencia ficción, porque el nuevo filme de Maddin junto a los Johnson es una “historia” de ese corte. Si podemos seguir alguna trama ésta se mueve lógicamente en base a la niebla verde, que puede significar alguna catástrofe apocalíptica, de grandes envergaduras, como si la niebla fuera un especie de veneno o algo por el estilo.

No obstante al final el filme deja ver que todo puede reducirse a las relaciones de parejas, a las rupturas. No hay que olvidar que éste filme homenajea a Vértigo (1958), y el filme de Hitchcock habla de la pérdida. En The Green Fog hay escenas que recrean momentos icónicos de Vértigo, como cuando James Stewart pende de una cornisa o cuando Stewart reencuentra a la mujer amada frente a una pintura o cuando nos deja ver el puente de San Francisco dominando el panorama y el contexto. Esto lo observamos a través de otras películas que producto de la enciclopédica cinefilia de los realizadores dan con la semejanza narrativa.

The Green Fog prácticamente no tiene diálogos, apenas una breve voz en off en un único momento y en poder oír algunas voces. El filme hace exhibición de actores populares en su época aunque no consagrados artísticamente como Chuck Norris, Adrian Zmed o John Saxon. También vemos desde a Meg Ryan, Jeff Bridges o Nicholas Cage hasta Rock Hudson o Karl Malden, estos dos últimos por reiteración quedan plasmados en el filme de Maddin y los Johnson como los investigadores de su historia. Vemos escenas reiteradas, lugares abundantes del séptimo arte, como besos, persecuciones o paseos en auto o caídas de grandes alturas.

El filme tiene un lado policial marcado, recurrente, junto a lo sobrenatural que percibimos al ver yuxtapuesta una niebla verde en las películas antiguas que se manipulan, y tiene por su parte su pequeño toque de humor como ver a NSYNC como parte de la investigación y hasta a la imponente inmensidad de Godzilla. Es un filme que como historia se entiende no tiene total coherencia, se comprende en poca medida una trama. No obstante es entretenido ver todas éstas películas reinterpretadas. Tiene un look algo sucio, es decir, tiene muchos baches y huecos, pero es prácticamente imposible no evitar que el corte final sea de ésta manera. Pero hay una manipulación notable, interesante, creando variedad de expresiones, aparte de que es una obra muy cinética, es cine puro, movimiento, aun con estos baches y huecos lógicos.  

viernes, 21 de diciembre de 2018

The House That Jack Built


La última película del danés Lars von Trier recuerda a su anterior película, Nymphomaniac (2013), en las citas intelectuales que acompañan la narrativa central, que pueden parecer intrascendentes, pero hacen más divertido el filme, cuando no exagera. Trier intenta hacer de su cine un cine más profundo, aunque nunca deja de ser polémico, y con ello tratar de plasmar un tipo de entretenimiento rebelde, revolucionario no, sino un hedonismo punk.

The House That Jack Built (2018) no es una de las grandes ideas de Trier, como Breaking the Waves (1996), su mejor película, pero sigue teniendo su encanto, su interés. No todo es perfecto, a veces la irreverencia le cobra factura, como con la historia de la familia y la cacería, muy endeble, muy efectista, pero tiene otras escenas que sobresalen. En particular la historia de Simple (Riley Keough, la nieta del mismísimo Elvis) luce la más destacada, con su ironía detrás del lugar común de la mujer hueca, acto irreverente por donde se le mire.

La interrelación de Simple con Jack (Matt Dillon) está en su punto, aquí uno se olvida un poco de tener que hacer de Jack un tipo cruel necesariamente, sabiendo que es un asesino en serie que en la película es quien cuenta de su vida homicida en cinco capítulos, o cinco separaciones de asesinatos. La muy bella Riley Keough hace de una mujer distraída que muy lentamente descubre quien es realmente su novio, un tipo brutal, sádico, sin pizca de misericordia, al que ridículamente le llaman Señor Sofisticación. Jack construye sus asesinatos como si fueran arte, justo lo que hace Trier, haciendo de la sencillez algo más complicado, arduo. 

En el filme hay de donde escoger, hay momentos buenos y otros menos logrados. La interrelación con Uma Thurman, que hace de una mujer antipática y muy inteligente pero paradójicamente descuidada, es otro momento cumbre. Se resuelve de la manera más siniestra, pero antes hay unos diálogos y prolongaciones jugosos. Así Trier no es estricto en sus 5 capítulos, vuela libremente, se expande a su gusto, mete otras cosas, todo formando la imagen de quien es Jack, un tipo que hasta tiene un toc de limpieza extrema y desde luego lo pone en práctica en perturbadora y satírica manera.

Trier muestra que es un tipo muy inteligente y tiene un sentido del humor perverso, y puede que no todo sea genialidad, pero le quedan varias cosas muy a su favor también. Todo tiene un giro de último minuto o más de uno o una estructuración de cierta manera extraordinaria, siempre hay un reto, un lugar en que Jack ha cometido un error y va a ser atrapado, pero aunque esto es divertido es en realidad lo que menos importa, ya que Jack es un monstruo condenado a ese glorioso epilogo del filme, que es muy surreal y hasta el final irónico.

Jack habla con Verge (Bruno Ganz), que puede ser varias cosas, aunque al final se muestra. Pero lo importante es que esto ilustra a Jack como un psicópata absoluto,  y no, no es Verge un demonio o quizá sí, sea un especie de Mefistófeles, como lo es el mismo Jack, aunque un demonio más perverso. Él llama cínicamente salvación a que muera, mientras sigue en pie tras su existencia podrida, sin ley. Valga mencionar la intrépida curiosidad de su infancia, la de amar ver segar la hierba, ver esas enormes hoces en movimiento perfecto, rítmico, un último bastión de inocencia rural -inocencia que el filme intelectualiza-, en medio de una herramienta que simboliza también la muerte. Trier trabaja con mitología y crueldad.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Roma


Roma (2018), de Alfonso Cuarón, es el retrato de los 70s en México con algunas protestas sociales de estudiantes y la represión violenta del gobierno, con ayuda de matones asalariados. Pero lo social se remite más a un hogar, donde la empleada del hogar Cleo (Yalitza Aparicio), de origen indígena, proveniente de Oaxaca, es la protagonista. A través de  ella vivimos ese México de inicios de los 70s. Junto a ella vemos también la simple vida cotidiana de una familia de clase media alta. Llegamos a presenciar un lugar de separaciones y decepciones. También de tragedia con una escena brutal, bastante fuerte, excesivamente cruda, al tiempo de muy realista.

La empleada del hogar, Cleo, es parte de ésta familia; el filme se encarga de mostrarnos cuan significativa es ella para ellos, cuanto la quieren, no solo los niños, también la abuela y la madre de los niños. Hay escenas muy detallistas, muy enriquecidas por la cámara como cuando el padre de familia llega en su auto gigante a su hogar, y vemos tomas de detalle mientras estaciona el vehículo en un garaje bastante estrecho. Vemos como el auto va hacia adelante y atrás lentamente tratando de encajar en la pequeña abertura del campo de entrada. Esto es un pequeño espectáculo de buen cine, aunque parezca algo discreto y común.

En el filme se sienten conflictos sociales, pero se dicen sutilmente en varias oportunidades, antes de la marcha y los disparos, como con un breve comentario en el almuerzo por uno de los niños o cuando unos terratenientes disparan sus armas a la distancia burlándose de los guerrilleros o cuando se mencionan al vuelo expropiaciones que incluyen la familia de Cleo. Pero lo central es la visión de Cleo, de cómo comparte con ésta familia. También hay una relación muy interesante con un novio que ella tiene; hay escenas muy curiosas, como cuando el novio, practicante de artes marciales, le hace una demostración desnudo en un hostal. Éste chico es violento, aunque tiene ratos que se muestra dulce, con lo que enamora a Cleo. Después toma mucha lógica la formación de éste muchacho, de éste personaje.

Es un filme de crecimiento, pero a costa de un gran dolor, algo demasiado grande, y cómo ambos sufrimientos –los de la familia y Cleo- se unen para mostrar amor mutuo. En el trayecto Cleo no deja de hacer sus quehaceres del hogar, como se ve hasta el final, esto es normal, donde se enfoca Cuarón es en que Cleo es querida, es parte de la familia, como con aquel abrazo en la playa cuando Cleo arriesga su vida y a la vez es parte de una liberación personal.

El retrato se hace muy bello en blanco y negro, y la vida común se siente a plenitud, el correr por las calles siempre tupidas de gente, las idas al cine o los carritos en la pista de juguete. También es notable la escena donde el entrenador extranjero hace su demostración marcial y fundamenta sobre lo cotidiano como especial, justo como el retrato que estamos viendo, y aunque en primera instancia le tiran pifias, luego le dan todos los presentes la razón. Éste hombre parece salido en realidad del imaginario de la lucha libre mexicana, o sea de la identidad nacional, como lo es todo el filme, tan potente en su mexicanidad, pero que trasciende hacia nuestra latinoamericanidad. Cuarón es duro y sensible por igual, te hace vivir cada momento, con la mirada de Cleo, que es sencilla, pero llena de humanidad, esencialidad.  

domingo, 16 de diciembre de 2018

Cassandro el exótico


Documental perteneciente a la francesa Marie Losier. En éste conocemos a Cassandro, un hombre gay que es luchador de lucha libre mexicana profesional hace muchos años, y se le dice exótico como eufemismo por su tendencia sexual, tendencia que no vemos realmente con ninguna pareja sino a través de la sutilidad, porque esto queda como complemento de su actividad que lo hace ver un tipo también singular en esa amalgama. Ya que los machistas pensarían ¿qué hace un gay haciendo algo tan masculino?, y es que Cassandro aunque lo toma como una actividad de entretenimiento y no de violencia hace algo propio de los bravos digamos, entre comillas, y lo hace muy bien, es ágil, tiene gracia y da la talla. Al mismo tiempo que Cassandro nos muestra su pasión por la lucha, como con incontables dolencias que lleva encima producto de su afición, nos muestra que es un tipo agradable, simpático, educado y muy bien articulado y aunque es un hombre sencillo en general luce también algo sofisticado. No es un tipo vulgar, puede que porque el documental ya muestra a alguien maduro. Éste documental es bastante simple, no hay rimbombancias por ninguna parte que no sea parte de quien muestra, pero yace muy bien explicado y exhibido, y se basa mucho en la personalidad de Cassandro que es un tipo especial, sin tampoco ser efectista. Se ve tal cual. El filme recorre su vida, de manera que muestra a alguien que lleva una vida tranquila y humilde. Es una historia que vale porque retrata la normalización de lo llamado exótico, que rompe con los lugares comunes y con el rechazo que algunos pueden tener, y lo hace de manera contundente, porque Cassandro cumple con los requisitos del buen luchador y tiene una personalidad amable y cálida, y lo sexual queda en segundo plano. Lo importante es que es una buena persona y puede hacer todo igual que los demás. La lucha no es expresión única de machos brutos, tampoco es un cliché.

Melancholic

Un muchacho solitario y de poco hablar que todo el mundo admira inmediatamente al saber que ha terminado sus estudios en una universidad de prestigio nacional vive una realidad muy diferente a lo esperado, vive con sus padres –con los que vemos cenar muy monótonamente- y no ha tenido nunca grandes empleos. Así termina trabajando en un lugar donde la gente va a bañarse, a relajarse, conteniendo un sentido de tradición japonesa. Pero lo curioso es que en ese lugar de baño matan gente por encargo, de manera brutal. Nuestro tímido joven protagonista finalmente acepta limpiar el baño en esas circunstancias. Éste filme de Seiji Tanaka se toma mucho su tiempo, tiene una narrativa muy detallista, clara y lenta, pero tiene su gracia. Ésta propuesta busca ser racional, cuando matar no lo es, aunque se dice que solo se mata a yakuzas, es decir, gente que no produce remordimiento matar, que vive bajo ese código. Pero también el filme habla de estar atrapado en ese mundo criminal, como le pasa a los trabajadores del lugar de baño, incluido el administrador. Melancholic (2018) también muestra una relación romántica que por la química de la chica en especial se hace dulce y natural. Hay momentos que no son tan logrados, momentos tontos, pero es un filme llamativo, aunque narrado a la inversa. Lo cuenta todo con racionalidad, pero es un filme muy loco en el fondo –matar no es tan superficial-, como cuando el limpiador del baño que parece un chiquillo idiota se descubre como tremendo asesino profesional, incluidas escenas marciales y con armas que harían la envidia de cualquier actor de acción consumado. No obstante esto es solo momentáneo. No hay demasiada acción, pero tampoco es tanto lo que anuncia el título. De todas formas trata la vida extraordinaria de un yakuza en manos de un hombre muy común, aburrido de su existencia.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Thunder Road


Es una película que tiene humor pero también harto drama, con un personaje especial, un joven oficial de policía llamado Jim (Jim Cummings), que ha perdido recientemente a su madre y divorciado puede dejar de tener la custodia compartida de su hija de 10 años, Crystal (Kendal Farr), y esto lo derrumba por completo, lo lleva a cometer error tras error.

Jim es una buena persona, aunque el filme se pone un poco perverso con él, en su mirada se puede leer en un momento que parece sopesar el querer asesinar a su ex mujer, ya que no puede vivir sin su hija a quien adora. Y no es el único momento así. El filme que dirige y escribe Jim Cummings juega con esto en pequeñas puestas en escena, muy sencillas, pero notables, como cuando Jim pelea con su mejor amigo y en un momento la cámara deja de mostrarlo para pasar a exhibir a toda la policía alborotada con Jim, y es ahí que la cámara muestra la razón al abrir el campo de visión, y es que Jim inconscientemente ha desenfundado su arma.

Momentos como éste hacen ver al protagonista impredecible, pero aunque puede ser algo violento –aunque no lo admita- tanto como un niño viejo o un tipo muy maduro y un gran orador o una persona desenfrenada que puede dejarse llevar por sus emociones, un tipo de múltiples personalidades, la imagen que más perdura es la del final, de nobleza, cuando salta de humor en humor, del llanto a la alegría, de la conmoción, el enternecimiento, a la plenitud y al agradecimiento de la vida, pero no desde lo fácil, sino desde los peores golpes de la vida, cómo perder a quienes más quieres o quien eres en la sociedad o lo material. Por todo ello, como se percibe, es un filme muy rico en profundidad, y todo desde lo claro, amable y directo.

El filme se enfoca también en los matices de la personalidad, la que no agrada del todo, que tiene altibajos con otros, lo cual puede oírse muy normal, pero aquí se maneja especialmente bien, con la relación de Jim y su hermana o con su ex esposa o incluso con su hija y su madre. El filme va descubriendo puntos débiles en todo el mundo, también producto de situaciones. Ésta propuesta también tiene su dotada cuota de humor, mucho en la verborrea, expresividad facial e intensidad de la personalidad del protagonista. La manera como la película maneja las relaciones humanas es tremenda virtud, inclusive con los afroamericanos, habiendo integración pero mucha naturalidad, poco paternalismo y honestidad. Inclusive descubrir porque se llama el filme Thunder Road tiene un uso logrado, aunque directo, más práctico.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Las mejores películas del 2018


Son las mejores películas últimas que he podido ver durante el 2018, sólo pongo las mejores a mi criterio. No tienen orden alguno.

      1.       The Disaster Artist
2.       As boas maneiras
3.       El hilo fantasma
4.       La película infinita
5.       Western
6.       El amante doble
7.       You Were Never Really Here
8.       Revenge
9.       El vigilante
10.   La casa lobo
11.   Matar a Dios
12.   Les garcons sauvages
13.   Annihilation
14.   Ayer Maravilla Fui
15.   Un beau soleil intérieur
16.   Damsel
17.   Al otro lado del viento
18.   El infiltrado del Kkklan
19.   Lembro mais dos Corvos
20.   The Ballad of Buster Scruggs
21.   Thunder Road
22   Roma
23.  The green fog                                                                                                              24. Wiñaypacha (La mejor película peruana del 2018)                                                                                                                                                                                 

martes, 11 de diciembre de 2018

La balada de Buster Scruggs


Es una película perteneciente a los hermanos Coen que se divide en 6 historias que versan sobre el western. En la primera historia que designa el título al conjunto conocemos a Buster Scruggs (Tim Blake Nelson) y reina la parodia, la ironía, sobre un pistolero y lo salvaje que es el oeste, el sobrevivir siendo un forajido. También brilla por la música, clásica de la región del sur. La mayoría de historias son muy sencillas, pero muy bien tratadas, entretenidas de ver, visualmente imponentes además. Otra historia tiene a James Franco como un rustico asaltante de bancos. Aquí vemos un ataque de indios muy potente, y no va a ser el único, habrá otro con un tal Mr. Arthur (Grainger Hines) que se robará el show a último minuto en otro relato, aun cuando la relación intelectual que manejan Bill Heck y Zoe Kazan inicialmente es notable, despierta curiosidad de hacia dónde se dirige éste segmento.

Al filme no le falta el humor, todo tipo de comedia. Igualmente es atractiva la recreación física de los personajes, los Coen no han buscado que sean personas embellecidas, sino todo lo contrario, más bien realistas, y pasan muchos por bastante humildes y hasta alguno por feo. En una de las historias se luce irreconocible Tom Waits como un viejo buscador de oro que le habla a Dios negando la derrota. Ésta pequeña historia se halla llena de sorpresas. Tiene a su vez toda la magia de los cuentos pioneros del genial Jack London. La mejor historia –por el personaje- es la del actor sin extremidades, interpretado por Harry Melling, que tiene un rostro sumamente expresivo, sobre todo en lo referente a la melancolía. Aunque su personaje vale por ser un gran orador lo mejor son sus gestos tan significativos. En ésta historia le acompaña Liam Neeson, que al igual que Brendan Gleeson en otro relato, tiene una injerencia menor, pero elevan el nivel del conjunto con su presencia y experiencia.

Por último sobresale una historia sobre una simple diligencia –como en otra hay una caravana de colonos- llevando distinta gente a un nuevo pueblo. Dentro del carro se ponen todos los presentes –supuestamente gente respetable- a conversar, hasta discutir, sobre cómo cada uno ve el mundo desde quien es cada quien y aquí se trabaja mucho distintos tipos de dualidad. Pero lo mejor llega después (aun), cuando la historia se convierte en una (sugerente) historia de terror, mezclando un uso poco trabajado todavía en el cine, de western con horror. El filme utiliza la mención de los míticos y despreciados caza-recompensas de manera magistral. Éste relato recuerda un poco a Bola de Sebo, de Guy de Maupassant, pero la vuelta de tuerca es atacar directamente a una señora digamos que honorable, a una señora tradicional, familiar.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Lembro mais dos Corvos


En el documental de Gustavo Vinagre un transexual, Julia Katharine, como si estuviera en un pequeño escenario de teatro le habla al director que yace fuera de campo, le cuenta sobre su vida, sobre su sexualidad –que es lo que suele llamar más la atención y nos tiene en primera instancia aquí escuchándole-, y su afición al séptimo arte que llama su salvación frente a la depresión, e invoca una vida dura. Julia habla con mucha soltura y facilidad, tiene habilidad como narradora y su (casi) monólogo –con intervenciones muy breves y contadas del director- entretiene y es interesante. Julia refiere que a los 8 años descubrió por completo su tendencia sexual con un abuelo tío de 55 años que aunque no se quiere victimizar porque se sentía mujer y la concibió como una primera relación se da cuenta que en realidad si fue una relación de abuso sexual, de pedofilia. De ésta manera, su vida se va mostrando -aunque ésta la rehúsa a concebir así-como una historia triste. Pero su cinefilia también otorga respiro al filme, como su elocuencia y actitud positiva frente a todo finalmente.

Lo bueno del filme es que no ahonda en lo tradicional, en esa parte sexual tan determinante en Julia y en la transexualidad, quien también ha experimentado con ser una actriz porno amateur. El filme se apoya en la personalidad amable de éste medio especie de personaje, porque Gustavo Vinagre también construye uno con una pequeña puesta en escena, un escenario de estilo japonés, dándole a Julia una vestimenta de geisha y servir el té a la manera tradicional nipona –no obstante, Japón es parte de su identidad familiar y vivencial, además-. Pero esto es breve también. Katharine, nombre escogido en honor de -la mítica y dicen también de vida secreta extravagante- Katharine Hepburn, vuelve a su calidad de narradora de su vida. Ahí brilla en su cierta delicadeza para hablar, pero abriéndose al mundo.

Nuestra narradora tiene una anécdota con el perfume Chanel No. 5 que es bastante curiosa, cruel, pero a su vez lleva ironía. Julia de cierta manera intenta desmentir que solo sea un ser sexual –también tiene cierta despreocupación o dejadez por su apariencia física, aunque esto lo toma como una autocrítica-; la cinefilia ocupa entonces otra dimensión importante de su personalidad. Julia conoce muy bien el cine arte, idolatra también a la legendaria Vivian Leigh, actriz sufrida, maniacodepresiva; conoce a Bergman, a Mizoguchi y a Ozu, a éste último lo llama su favorito, y lo describe muy bien; se siente identificada con Terms of Endearment (1983), en su relación con su madre, parte trascendental de quien es y de quien habla bastante. Aunque llega a decir que Nymphomaniac (2013) le queda chica, le parece inocente, al lado de sus experiencias sexuales, es notable que opte por mostrar otra dimensión de su ser.

Hay momentos donde la alegría natural de Julia se convierte en melancolía, el filme del brasileño Gustavo Vinagre logra coger algunos de estos momentos, como cuando hace sonar una pequeña cajita musical. Julia dice ser una mala actriz, pero espera desarrollar una carrera, ir creciendo con el tiempo y la práctica, como su heroína, Katharine Hepburn. Julia menciona amar los premios tipo los Oscars y trasnochar mirándolos en youtube. Ella es insomne, y hoy el filme aprovecha uno de estos habituales días para contarnos su historia, su vida, que como cuando finalmente mueve la cámara hacia la ventana nos descubre que no estamos frente a ningún escenario de teatro, a una puesta en escena, sino a la mismísima realidad.

domingo, 2 de diciembre de 2018

La estrategia de la araña (Strategia del ragno)


Athos Magnani hijo (Giulio Brogi) va al pueblo donde murió su padre, donde lo mataron, quien se ha convertido en un héroe para éste pequeño pueblo italiano, la ficcional Tara. Athos Magnani padre murió luchando contra los fascistas, cuando planeaba matar al mismísimo Mussolini. En Tara el hijo interactúa con los 3 mejores amigos de su padre y su amante, Draifa (Alida Valli). El filme de Bernardo Bertolucci juega con el doble al tiempo que presenta a padre e hijo con ayuda del presente y el pasado.

Para diferenciar a Giulo Brogi que hace de ambos Magnani el filme utiliza simplemente una bufanda roja que lleva el padre y una actitud más decidida, como un semblante enojado o serio de éste; el hijo es más de rostro meditabundo y observador. Con ésta sencillez tenemos dos protagonistas en la misma persona, algo importante porque veremos por mucho tiempo como se presentan junto a los demás personajes que mantienen idéntica figura, es decir, edad. Brogi es de lo más austero en su interpretación, pero es realmente efectivo.

Es importante diferenciar padre e hijo para entender pasado de presente, aunque una posible lectura apunta que el hijo se fusionará con el padre y a la vez el presente con el pasado. Esto se percibe en especial con el envejecimiento repentino de las vías del tren. A esto también se le puede agregar que en el filme predomina la manipulación de la idea de que Athos sea un traidor o un héroe, haciendo difícil decidirse por una opción, que es donde yace la maestría del creador original de la historia, el gran Jorge Luis Borges, en su cuento “Tema del traidor y del héroe”, quien con mucha sutilidad plasma una escritura de múltiples miradas con apenas unos pocos detalles puntuales y aparentemente sencillos, pero sorprendentemente ricos.

Bertolucci hace un filme muy competente, uno que logra coger la esencia del original de Borges, y aunque muchos pueden creer que es fácil conseguirlo no lo es en realidad porque son 2 lenguajes distintos y pasar la maestría de la literatura al cine siempre es harto arduo. Uno puede obtener algo sobresaliente, pero muy diferente, como le pasa a Michelangelo Antonioni adaptando el magistral cuento de Julio Cortázar, Las babas del diablo, creando Blowup (1966), una película descaradamente arty, pero divertida e interesante a un punto, pero bastante diferente al original, e incluso bastante menor a su grandeza. Bertolucci no, es artístico, personal, original y curioso en cierta medida, pero coherente y digamos que de cierta manera fiel al magma de Borges, como que comprende notablemente bien el libro. Y rompe con lo que solía decir Hitchcock, que un libro no tan sobresaliente solo puede crear una película notable. Una curiosidad también es que La estrategia de la araña (1970) no es un filme muy conocido y aquí existe una injusticia, porque es realmente una muy buena propuesta.

El filme de Bertolucci es un filme que no recurre a muchos elementos, no es un filme grandilocuente ni fastuoso, ni siquiera en extravagancia, pero es un filme complejo aun así. Y nuevamente es que coge la esencia de Borges, tal cual su escritura. Apenas recurre a cierta poética como con las ancianas sentadas en la carreta de bueyes explicándole al protagonista la situación a puertas de entrar a la memoria de la ópera de Rigoletto. Igualmente la mención del genio de Shakespeare es simple en el filme, muy didáctica, pero invoca al mismo tiempo el metalenguaje, que es donde también trabaja Bertolucci buscando romper con el tiempo, con los personajes, con los propios límites de la narrativa.

Mientras, no descuida la belleza de la narrativa, el arte de contar (y crear modernidad), proponiendo novedad. Conocer a los tres viejos –propulsores de una golpiza variopinta, paradójicamente divertida, curiosa, pero no ridícula- y sentirse atraído por la amante del padre tiene un aire de misterio, de ir contra lo convencional, pero sin caer en la incoherencia. Finalmente (casi) todo tiene sentido. El filme se explica, dice un diálogo que uno no es uno, sino muchas personas, un cúmulo de contradicciones. La obra puede ser catalogada de imperfecta, aunque sea genial, porque no explica en profundidad el lado traidor. No obstante se entiende que esto remite a la complejidad de las personas. Simplemente pudo dudar, aunque finalmente la originalidad vence al destino.

jueves, 29 de noviembre de 2018

La commare secca


Debut cinematográfico de Bernardo Bertolucci que escribió el guion junto a Pier Paolo Pasolini y el guionista y también director de cine Sergio Citti. La maravillosa Accattone (1961) ya los había reunido, Sergio Citti fue coguionista de Acattone junto a Pasolini, donde el hermano de Sergio, el gran Franco Citti, sería el protagonista; y Bertolucci sería asistente del director.

La cosecha estéril (La commare secca, 1968) puede remitir en un inicio a Ryūnosuke Akutagawa, a su cuento En el bosque, donde diferentes personas hablan de un mismo caso proponiendo distintas perspectivas para resolver un crimen. Rashomon (1950), de Akira Kurosawa, adaptaría gran parte de ese cuento. Lo mismo parece hacer la película de Bertolucci, pero finalmente el crimen entre manos se resuelve directamente, aunque como una arista más de la figura geométrica. No hay nada que interpretar, todo está ahí a la vista, claro como el agua, pero hermosamente contado.

El filme muestra mientras tanto personajes propios de una época austera, de necesidad económica, tienen mucho del Pasolini inicial. Un chiquillo pícaro roba a parejas románticas en un bosque. También es el típico ladrón cobarde. En las mejores secuencias de presentación de personajes –que es de lo que se trata en realidad la película- tenemos a un vividor y a su mujer (unos geniales Alfredo Leggi y, en especial, Gabriella Giorgelli), una arrendadora de inmuebles, que orgullosa muestra a su “marido”, un tipo de vida alegre. Un joven militar en lugar de lucir estricto, o disciplinado, se muestra como un muchacho inmaduro. Va molestando -bromeando- a las bellas mujeres con las que se cruza en la calle.

Los mejores personajes de ésta propuesta son Francolicchio y Pipito, dos muchachos pobres, de quienes no vemos familiares, parecen dos aves solitarias, que sueñan embobados y hambrientos con comer ñoquis o pasteles de papa, y pronto pueden ver sus sueños cumplidos al conocer a unas chiquillas. Ambos son musicales, alegres y positivos, aunque se tornen algo criminales, y ahí vuelve a intervenir la figura de Pasolini, con un tipo con dinero que quiere –como con putos- algo con ellos. De las mejores escenas –de aplastante naturalidad- es que se pongan a cantar a capela o a reír sueltos como ríos viendo las féminas bailar.

En el filme hay momentos poéticos, hermosos visualmente, aunque sencillos, como con el soldado dentro de un túnel con mujeres haciendo de peatonas, o con Pipito gritándole a Francolicchio que yace nadando a la distancia, cuando Pipito frustrado, desesperado y melancólico grita no saber nadar. Por último tenemos al hombre de los zapatos raros, suecos, zapatos de madera. Todo bajo las luces del interrogatorio policial, con los policías ocultos en las sombras, muy secundarios porque en realidad es la historia de sus variopintos personajes, pobladores del imaginario italiano clásico, y el crimen suena más a pretexto y así se resuelve.  

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Luna de papel


Luna de papel (1973), de Peter Bogdanovich, es una película tierna y dulce, de las mejores suyas. También es muy divertida. La relación que se forma entre padre e hija, en la vida real, y padre e hija supuestos en el filme es maravillosa, entre Moses Pray (Ryan O'Neal), un pícaro, un estafador, pero un tipo simpático, gracioso, para el espectador, y Addie Loggins (Tatum O'Neal), niña que en el entierro de su madre, pareja fugaz de Moses quien asiste al entierro, le es entregada para que la lleve donde su tía.

No obstante en el camino la niña descubre que Moses es un estafador, inventa llevar de encargo biblias a viudas que encuentra en el periódico rindiendo tributo a sus maridos, mujeres que manipula para ganar compradoras, sentimentales y medio obligadas, en medio de la época de la Depresión Americana, los 30s, en el sur estadounidense. Conocido esto, la niña en lugar de decepcionarse o asustarse muestra que también es muy pícara y aún más audaz que quien cree su padre, y lo ayuda a vender las biblias. De ahí en adelante la niña exhibe otros engaños, al igual que Moses, hasta meterse con un contrabandista de alcohol y éste resulte tener un comisario de hermano, con lo que el asunto tendrá sus repercusiones.

En ésta propuesta no se busca castigar la vida licenciosa de Moses, no es esa clase de película, sino divertirse con él y la niña, por eso estamos más cerca de la comedia, aunque suave, del entretenimiento ligero, con una pareja de compañeros poco comunes de cierta manera. No es extraño que Tatum O'Neal ganase el Oscar, más allá de la primera impresión, aun a los 10 años de edad y en su debut en el cine, porque realmente está espectacular, y el filme de Bogdanovitch le exige bastante, la mayor parte de la película se trata de sus aventuras y astucia. Ella incluso genera un plan maestro para deshacerse de una pareja romántica de su compañero de correrías, alguien que compite por su atención y llevaba la partida ganada, con la interpretación genial de Madeline Kahn, como una artista y medio mujer de la vida –también se enamora-, pero que al igual que Moses paradójicamente exuda simpatía, exotismo y complicidad del público, donde lo negativo no consume su imagen general.

A ese respecto el filme es audaz, propio de una época de sobrevivencia, donde todo el mundo carga a la pobreza, no solo literal, también simbólica; nadie es juzgado con rigidez, más bien hay ligereza y mucha tolerancia con lo que habitualmente nos mantendría alejados. De todas maneras vender biblias no suena tan terrible, aun cuando estriba sobre la muerte de alguien, pero esa es la picardía, ironía, travesura y libertad del filme que busca ser intrépido.

No es típico que una niña haga de antihéroe, sin tampoco ser una comedia de trazo grueso, pero es más importante el vínculo que forma con el que cree su padre, aun cuando éste se basa en pequeñas estafas. Esto no toma mayor trascendencia, producto a su vez que hasta la policía rural tiene de corrupta, a la que se le suma un buen toque vulgar, rustico, propio de la imagen popular del sur. Todo es ligero y veloz, así mismo el castigo a Moses no lleva demasiado melodrama. La separación es lo capital, y es curioso a un punto que sea la niña la que solidifique su vínculo, que sea ella la que lo mantenga. El filme se apoya bastante en la pequeña, y aun así no resulta incoherente o fantasioso, tiene mucho realismo, lo cual es tremenda virtud, proponer mucha naturalidad con algo poco visto, una niña realmente astuta.

El filme es cálido y amable, y se mueve dentro de una mezcla perfecta, de consistencia, humor y relajo, tiene de ligera, de entretenida, pero sin perder un interés mayor, y no se adscribe al drama tampoco, aquí no existe llanto, pero igualmente no hay burla fácil.  El filme también se las arregla para ser sensible, en medio del hambre y la extrema necesidad de una época. La gente es propia del imaginario del sur, gente más tosca. Bogdanovich tiene habilidad para retratar el opuesto a la que llamaríamos su realidad. También papá e hija encajan y al mismo tiempo sobresalen; no rompen la figura, aun siendo especiales. Maridajes en su punto, así debería llamarse éste filme; un filme familiar a fin de cuentas, pero una película que le va a encantar a todo el mundo, que tiene la sensibilidad en la medida y brilla a través de ello.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Expectante


Segundo largometraje de ficción del peruano Farid Rodríguez Rivero. Recuerda los filmes de Eduardo Quispe, en su economía, sencillez formal y austeridad, pero la realización de Rodríguez Rivero tiene tomas y, en especial, seguimientos de sus personajes, mucho más competentes. Tiene tomas sencillas, pero bien ejecutadas. Conceptualmente es muy básico. En los filmes de Eduardo Quispe se tiende a hablar mucho, a tratar de profundizar en algún tema o simplemente dejar volar la mente en diferentes puntos. Digamos que Farid prefiere lo puntual y común, lo intrascendente, el diálogo del día a día, que imaginar un cine intelectual. El filme es un logro técnico en comparación al llamado cine indie nacional en general, pero en las coordenadas de lo esencial. El protagonista camina con sus amigos a comprar unos sanguches y más tarde acompaña a dos amigas. En estos trayectos la cámara se luce eficiente, ágil y estética. Ésta pasa al frente o los sigue por detrás sin crear secuencias o encuadres imperfectos. El filme gira alrededor de la inseguridad de nuestra ciudad, Lima. La propuesta abre con el muchacho protagonista observando por la ventana; logra mirar a la distancia a una patrulla. Se encuentra solo en su hogar, de un rato a otro coge un fierro –lo que suena algo un poco irónico, o extremo- y camina por dentro de las habitaciones. En estos momentos uno puede imaginar que tratamos con una película de terror, pero es por un breve lapso. Luego pasa el filme a la intrascendencia, con los amigos, chiquillos aficionados a los juegos de vídeo que escuchan la música bailable que les ha tocado vivir. Hacen chacota, se toman el pelo mutuamente, escuchamos un lenguaje coloquial, pero no demasiado vulgar. Pertenecen a la clase media o media alta, dentro de un distrito seguro, con sus incontables rejas y guardias nocturnos –la ubicua noche imprime su misterio-. Pero aun así la atmósfera va de la mano de aquella experiencia real que cuenta una compañera. Ella describe un asalto en plena calle, lo mismo que articulará esa caminata solitaria del protagonista en su regreso a casa, donde cada vehículo que pasa cerca o cada persona apoyada en un poste generan expectativa, ¿ocurrirá algo? Ésta propuesta alienta ese pequeño estado de conciencia en el espectador, de temor, que bien apunta el título, aunque resulta algo obvia en sus postulados. El filme en su parte gruesa narrativa nos muestra a chicos comunes, chicos felices, muy bien descritos en su afición al anime, a la modernidad. Se ve una película relajada (humilde), fresca. Es un buen inicio, para pasar a un filme más atrevido, más original; pensemos que no demasiado lejos tiene tampoco el cine de Hong Sang-soo, en cuanto a economía, austeridad y a sencillez formal, solo que éste despliega mucho más recursos.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

El infiltrado del KKKlan (BlacKkKlansman)


Éste filme de Spike Lee se ubica en el pasado, es una historia de mediados de los 70s, una historia real, pero se emparenta con el presente, con el gobierno de Donald Trump, que incluso al final vemos en imágenes reales cómo neonazis americanos generan disturbios y no son rechazados firmemente por el presidente del país. Una línea de diálogo señala que no cree que un presidente como Trump fuera a existir, hablando en general, pero el filme de Spike Lee pone la mano sobre la llaga, ironiza un poco también a ese respecto.

En el filme hay un trabajo conjunto, entre dos héroes, uno judío, Flip Zimmerman (Adam Driver), que no es muy practicante de su fe, pero con la investigación se sentirá identificado; y un afroamericano, Ron Stallworth (John David Washington), el primer policía negro de Colorado Springs. Ambos logran infiltrarse en el moderno Ku Klux Klan. Stallworth es la voz en el teléfono y en las negociaciones y tratos; y Zimmerman es el cuerpo, la figura en el lugar. El filme habla del abuso policial que también remite a la época y gobierno de Trump, pero Spike Lee como su personaje aún guardan fe, distinguen, entre los buenos policías y los corruptos y violentos, que asesinan afroamericanos, por estereotipos o por racismo. En ello Harry Belafonte, en su labor de activista, describirá al mínimo un brutal asesinato de éste tipo.

La propuesta de Spike Lee presenta varias aristas y puntos de vista alrededor del racismo. Esto admite discutir la mirada del resentimiento y la violencia como respuesta a los supremasistas, que deja en claro la presencia y el discurso de un joven intelectual al estilo de Malcolm X,  Kwame Ture (Corey Hawkins), dirigiéndose a los estudiantes de color que están que se debaten en qué hacer, en cómo reaccionar ante la discriminación. A la cabeza de los estudiantes está una activista y bella mujer, Patrice (Laura Harrier), que aparte de ser la sección romántica del protagonista, será el punto medio o decisivo finalmente de cómo piensa el director. Ahí entra a tallar Ron Stallworth que enfrenta al racismo, no es un ente pasivo, pero tiene la mente abierta y es tolerante, sabe separar el grano de la paja, como policía y como ser humano, está abierto a llevarse pacíficamente con los blancos, pero luchando contra los racistas, por eso su intervención en el KKK es capital, cosa que sucede producto de su iniciativa, porque también es un policía emprendedor.

Por un lado tenemos a un extremista y estudioso afroamericano en Kwame Ture, y por el otro a un doctor racista interpretado por Alec Baldwin, ambos exponen sus discursos brutos, peligrosos y oscuros o agresivos. En la práctica el líder, la mano dura, del KKK, la representa Felix Kendrickson (un magnifico Jasper Pääkkönen), ya que Walter Breachway (Ryan Eggold), el líder formal de Colorado Springs, es un tipo suave, de poco carácter, y quien es el que le abre la oportunidad de integrarse a Ron Stallworth en la figura de Adam Driver, pero con la personalidad de la interpretación de John David Washington, lo que genera una gran ironía cuando el máximo líder, David Duke (Topher Grace), es engañado, burlado, por Ron con quien suele tener conversaciones racistas sin percatarse Duke que sólo sabe de estereotipos, y que Stallworth representa un afroamericano inteligente, educado, sano y ganador.

Lo interesante del filme también es que Spike Lee recurre a gente común, no a grandes estructuraciones de protagonistas, en esa línea tenemos a la esposa robusta de Kendrickson, una sencilla ama de casa, pero una extrema racista, producto también del amor e influencia que siente por su marido, aun cuando éste es un salvaje, un criminal. Ella es Connie (Ashlie Atkinson), que es determinante en la conclusión del filme, uno que tiene un final abierto porque ésta situación racista sigue en pie gracias a un gobierno como el de Trump, según nos indica el director, ya que Spike Lee es muy notorio en dejar ver sus ideas políticas y sociales.

Aunque el grupo político estudiantil tiene mucha ira y se le percibe propenso a entusiasmarse con figuras como la de Kwame Ture, a ser manipulados hacia la violencia, el policía afro Ron es más abierto a trabajar con blancos, a integrarse, a generar inclusión y compañerismo mutuo. En la policía hay un mal elemento, un tipo racista y abusivo, un tipo con poder manejado negativamente, el filme de Spike Lee lo distingue, y hace que el enfrentamiento sea lógico, sea especifico, y no generalizado, esa es la influencia saludable de un héroe como Ron. Éste agente y mal elemento, Andy Landers (Frederick Weller), no es un estereotipo, es más bien del tipo que uno no lo percibe extremista, sino naturalizado, fresco, como muy seguro de sí. Es lo instituido que viene a derrumbar la película, mirando siempre hacia el presente, no tanto en la obviedad del asunto que ya cae por conocimiento, por ello Felix Kendrickson más que discurso y efectismo representa primitivismo y furia, aunque su criminalidad tiene poco de exageración.

El filme no genera demasiado humor, no es que sea especialmente gracioso, pero es bastante entretenido, muy ágil, muy relajado, muy ligero. John David Washington es un policía efectivo, valiente, pero de esa consistencia –tal cual sus movimientos de karate, cuando se fastidia-, igualmente Adam Driver, que como actor representa el relajo por antonomasia, y que va meditando su judaísmo de manera ciertamente inocente –muy opuesto a la inteligencia de un Philip Roth-, quizá hasta lleve una leve ironía muy contemporánea. Topher Grace sí produce gracia intrínsecamente, como líder máximo del KKK, aun articulándose seriamente, de manera ofensiva o sofisticada. Laura Harrier también es una gran pareja, forma con David Washington un dúo perfecto, redondo. Sus diálogos sobre Blaxploitation son cool e interesantes, así mismo su percepción de dos filmes indicados de racistas, El nacimiento de una nación (1915), que es una mención clásica, y Lo que el viento se llevó (1939), que es más discutible.

martes, 20 de noviembre de 2018

What's Up, Doc?


What's Up, Doc? (1972) es una de las mejores películas de Peter Bogdanovich, una obra por la que se inmortalizó en la comedia, en la historia del séptimo arte, y es una screwball comedy, una película alocada, una película de enredos. La película de Bogdanovich se hace algo complicada de seguir exactamente, en querer saber cómo 4 maletas idénticas terminan mezclándose entre sí y generando un estado de locura, de caos, de tremendo desorden. Pero eso no importa, lo que interesa es reírse con esto. El filme se reta, va al extremo de la anarquía y eso gracias a una simple maleta de cuadrados que llevan distintos personajes.

Otro punto capital del filme es la presencia de una genial Barbra Streisand, que puede parecer que la mueve la sinrazón, porque genera el caos de la nada, más allá de que desde el arranque se ve que le produce a todo mundo accidentes o desperfectos por naturaleza, pero su andar lo motiva en realidad una simple atracción, un flechazo profundo, un amor a primera vista, o quizá un capricho, por Howard Bannister (Ryan O'Neal), un profesor estudioso de unas rocas ígneas musicales con las que ha formado una teoría y lo llaman un arqueólogo musical. Bannister es un tipo de lentes, un hombre formal, digamos que aburrido, pero es su atractivo físico el que hace que Judy Maxwell (Barbra Streisand) lo persiga, hasta hacerse pasar por su esposa e incluso a “obligarlo” a que acepte esto.

Lo gracioso viene a ser también que Bannister tiene una prometida, Eunice Burns (una muy graciosa también Madeline Kahn), que hace de la típica esposa dominante y poco agraciada. En un momento con ella llegaran a la apoteosis cuando un televisor se incendie y destruyan una habitación de un hotel, uno de los puntos de máximo desorden de la propuesta. Ya para eso la confusión con las maletas estará sembrada. No solo Bannister y Judy tienen cada uno una de la maletas endemoniadas, sino también una vieja rica llevará sus joyas en una igualita, desatando la codicia y corrupción de los empleados del hotel a donde todos irán a parar. A su vez la cuarta maleta le pertenece a un sujeto que parece un espía, seguido por alguien que quiere hacerse con los documentos secretos del gobierno que lleva encima.

El filme de Bogdanovich realmente es alucinante apretando los botones hacia el caos, hacia el absoluto despelote, hay ratos en que la confusión es enorme y, desde luego, la risa abundante. El incendio en el hotel no es nada, viene mucha más diversión. Salen a la calle y como en una película de acción surge una persecución en vehículos con hasta cuatro autos siguiéndose. Pero antes sigue la buena broma con el robo de un triciclo que produce una de las imágenes más clásicas de la historia de la comedia moderna, con Streisand y O'Neal subidos en éste. Entre ellos hay lugar para destellos de comedia romántica. Existen momentos tiernos, aunque no es la típica comedia romántica, es más una comedia de enredos.

Hay dos movimientos clásicos muy graciosos en el filme que me vienen a la mente. A un empleado poco agraciado le dan la misión de que seduzca a la vieja de las joyas, y el hombre no sabe mejor forma de detenerla para una conversación que ponerle cabe y derribarla al piso, algo que puede sonar ridículo, pero que también se puede ver de manera seria en el debut en el cine de Tom Hanks que en el slasher He Knows You're Alone (1980) recurre a éste artificio. El otro es que una cruel Judy manda a Eunice –su designada competencia en el amor- a una casa de miedo donde aguardan unos gángsters por las joyas de la anciana. La imagen de Eunice es impecable, aunque sea en buena parte un estereotipo; toda ella produce mucha gracia. Igualmente el actor Kenneth Mars como un malvado musicólogo engreído y celoso de Bannister es sumamente entretenido.

En la casa del director de la fundación, de Frederick Larrabee (Austin Pendleton), llegamos hasta un segundo momento de frenética locura. Una persecución muestra un triciclo de repartidor convirtiéndose en dragón chino y otra desnuda su esencia como un festival de disfraces, tal como lo son las maletas. En el juicio se manifiesta todo de lleno, como última gracia, se dicta que no se entiende nada, cosa que el filme de Bogdabovich maneja perfectamente de la manera más sencilla, pero proponiéndose anárquico, libre, potente, práctico y muy humorístico, en la que es una de las mejores screwball comedy que ha dado la gran pantalla, una hazaña moderna teniendo a genios como Ernst Lubitsch y Howard Hawks como antecesores, y manipulando nada menos que el show de Bugs Bunny.

sábado, 17 de noviembre de 2018

The Last Picture Show


Estamos a comienzos de los 50s en un pueblito texano, seguimos la vida de unos muchachos, en especial de 2 mejores amigos, Sonny (Timothy Bottoms) y Duane (Jeff Bridges). Están en la edad de buscar sexo, asunto por el que girará bastante la propuesta, y Sonny termina siendo el amante de la esposa del entrenador de su colegio, de Ruth Popper (Cloris Leachman). Lo que resalta de una de las mejores películas de Peter Bogdanovich es que no se hace mucha diferencia con la edad en cuanto a manera de ser, los adultos se comportan como chiquillos, y los chiquillos como adultos, y entre ellos surge una interrelación horizontal. La relación entre Ruth y Sonny aunque toca la diferencia de edad, ella se siente vieja a los 40s, en el trato es muy similar a cualquiera, ya que Ruth parece una niña enamorada. También tiene importancia que ambos son emocionales, y quieren vencer sus aflicciones mediante el soporte del otro.

Bogdanovich a ratos en sus diálogos hace ver medio cursis a sus personajes, no provocan sensibilidad, sino que lucen demasiado sentimentales. El héroe del pueblo, Sam El León (Ben Johnson) se mete un discurso de aquellos sobre una relación extramatrimonial en el pantano, igualmente por separado Ruth Popper –sobre su situación sentimental y matrimonial- y Lois Farrow (Ellen Burstyn) –sobre Sam, cerrando el círculo-. El filme retrata la realidad de la gente del sur, pero pierde cuando pone la música popular de la zona en momentos que considera típicos de ellos; suena la música country cuando se le quiere dar identidad al producto, y resulta fácil, redundante y hasta molestoso. Salvo además cuando le rompen a Sonny una botella de cerveza en la cabeza, que se ve bastante falso, como de utilería, el resto está bien.

El deseo de todos los muchachos, incluidas las jovencitas, de tener experiencias sexuales, está tratado con naturalidad, soltura y una dosis de realismo vulgar o corriente. Jacy Farrow (Cybill Shepherd), una chiquilla guapa rubia del pueblo, entra en esa búsqueda. De la mano de Jacy los dos mejores amigos pelearan; es la mujer como trofeo, pero que manipula por su sensualidad y físico a todos los machos a su gusto. Por otro lado sorprende descubrir que en la relación de Ruth y Sonny hay más amor y empatía que en las relaciones más convencionales. Entre ellos hay hasta diversión, chacota, se siente mucha complicidad. Por lo demás es vivir en un pueblito sin muchas aventuras extraordinarias, hay un cine, un billar, una cafetería y paramos de contar, en estos sitios vemos la sencillez de sus vidas. Es un filme muy americano, pero propio de sentirse uno identificado por su universalidad. El título alude al cine, los muchachos son visitantes comunes del séptimo arte, hasta vemos que ven una película de John Wayne.

Está grabado en bello blanco y negro, como buen cine independiente. Sonny es el personaje principal, aunque no habla mucho y es muy común; no presenta maldad, es un muchacho bondadoso, aunque se toma libertades con una mujer casada –pero es ella la que se le insinúa-; esto proviene también de la exaltación del sexo que hay en el filme, como de la admiración y ejemplo que produce Sam en los muchachos, también el dueño de casi todo, pero un tipo llano, humilde, aunque típico vaquero. Realmente vemos mucha intrascendencia en éste filme, observamos lo habitual en el sur digamos, sin poner énfasis tampoco en su aspecto más rural, lo rudo o rustico. Se producen dos muertes que tratan de tocar la sensibilidad del espectador, una expresada de manera elíptica, otra de forma muy visual. Apuesta por la emotividad, aunque no es tan audaz; y lo palia con el sexo, sin explicites, sino con mucho cuidado, como con los muchachos desnudándose en una fiesta, en una piscina, un clásico acto de juventud. The Last Picture Show (1971) es un filme coming of age entretenido.