martes, 9 de octubre de 2018

The Cannibal Club (O Clube dos Canibais)


En éste filme uno se puede enfocar en la escenificación de la interrelación entre dos clases, la gente adinerada y sus empleados, con el humor negro de que los primeros terminan comiéndose –literalmente- a los segundos. Antes disfrutan de tener sexo con ellos o presenciar cómo lo tienen con otros, y recuerda a ese grupo aristocrático o de poder, oscuro y secreto, de orden sexual de Eyes Wide Shut (1999).

Pero el director brasileño Guto Parente hace cine de género más que cine social o se deja llevar más bien por el terror y por el humor, con su gore bien salpimentado. El filme es curioso, aunque sencillo, con una pareja, un matrimonio, Otavio (Tavinho Teixeira) y Gilda (Ana Luiza Rios) que al estar a la vera de la aventura sexual, de la infidelidad, terminan paradójicamente más unidos que nunca, matando salvajemente y comiéndose a los amantes de Gilda, empleados de la casa, con Otavio dejando todo planeado para que así suceda, con hacha, esperma y sangre de por medio tras tremendo –impactante- arranque, muy visual.

The Cannibal Club (2018) toma un pequeño giro cuando Gilda descubre algo muy íntimo y oculto que el líder del club de los caníbales y jefe de Otavio, Borges (Pedro Domingues), guarda para sí, y se despierta el suspenso; el temor y la preocupación de la pareja. Con ello se plantea notable acción, aunque hay muchas escenas de simple interacción, intrascendentes, algo sosas. El filme es entretenido cuando se pone perverso, cuando te impacta con sus ocurrencias. Es una propuesta bien tratada, no es tan sórdida, aunque tiene escenas fuertes. El filme cree en lo que cuenta, es serio digamos, el humor no domina, permite el terror, el drama, la tensión.

Tiene a Otavio y Gilda, a los ricos, como dominantes de la trama, aunque más tarde esto cambia, sin demasiada argumentación, producto de perder el dominio de la situación, al tener presente a la traición, germen que empieza a germinar por temor a sean descubiertos –individual y colectivamente-, cosa que es más una paranoia o un elemento dudoso que una realidad que se palpe o sea solvente, ya que incluso los guardias –sucedáneos de la policía y la sociedad que los recluta dentro de una pirámide de poder- sirven de sexo y alimento, mezcla explosiva.

Por el final The Cannibal Club se vuelve impredecible –moviliza muchas posibles salidas-, venciendo cierto nacimiento de desorden, apoyándose en breves aclaraciones, y queda bien pegado finalmente. Ésta parte genera mucha acción, harto gore, un estado salvaje, muy buena cuota de terror. Es una propuesta que gana más bien cuando es básica, cuando recurre a lo más práctico, que cuando intenta argumentar o desarrollar más trama, aunque se expande a ambos lados. Deja como lectura anexa o secundaria lo social; plasma escueto y esencial, aunque potente, el abuso del poder y de la clases. Prima el placer, la extravagancia, cierta originalidad, con un atrevimiento que no se sobreexcita, percibiéndose un decente control a ese respecto, aun cuando trata mucho con el sexo y con asesinatos violentos.

viernes, 5 de octubre de 2018

Los demonios (The devils)


Es la película más excesiva, famosa, polémica, odiada y celebrada de Ken Russell, que es una historia religiosa, pero del tipo de quema de brujas o de lucha contra el demonio, la versión hardcore de películas como La pasión de Juana de Arco (1928) o de El Proceso de Juana de Arco (1962), donde un cura es perseguido por la inquisición, pero no por algo sobrenatural, sino por señalarle una vida libidinosa, por ser muy sexual y casarse a escondidas con una joven, que en realidad es porque éste cura, Urbain Grandier (Oliver Reed), defiende la independencia de su ciudad, de Loudon, del poder del Cardenal Richelieu quien manda a destruir a Grandier.

Grandier es como un rock star en su ciudad, y además un sex symbol, que en especial hace que las monjas se sientan fuertemente atraídas, lideradas por la madre Juana (Vanessa Redgrave), quien se mueve con la cabeza doblada, con una joroba, y es la más obsesionada con Grandier. De esto vendrá la idea de la posesión satánica en las monjas con lo que Russell proporcionará tremenda secuencia de locura, de desenfreno, de una orgía brutal, que tiene de esperpéntica, fiel al estilo del director británico, aunque no se percibe del todo explicada. Es más como una histeria que sigue a la madre Juana, de la mano de la persecución de la iglesia liderada por Richelieu y sus peones, el barón De Laubardemont (Dudley Sutton), el padre Mignon (Murray Melvin) y el cazador de brujas o exorcista padre Barre (Michael Gothard).

Es un filme extravagante, pero bien narrado, muy interesante también por su parte histórica, pero como acostumbra Russell se toma muchas libertades y sobre todo excesos. De cierta manera también se puede considerar una película de terror, pero no con un enfoque de miedo, es de utilizar sus elementos para hacer algo distinto. Varias escenas de la película tienen un toque visual artístico de horror, inclusive en la apariencia de la madre Juana, pero el filme propone con ello el drama histórico eclesiástico, el estallido psicológico, la demencia, cierto absurdo. En mayoría los excesos funcionan, porque tiene un background de hechos reales conseguido, sólido, aun cuando sus formas invocan el entretenimiento ligero.

Vanessa Redgrave y Oliver Reed están maravillosos, en los roles icónicos de sus respectivas carreras; Redgrave como una mujer poseída por una obsesión sexual y también afectiva, negada por el hombre que desea, porque a ella en realidad ganas y acciones nunca le faltan. Grandier es un hombre coherente aunque propenso a cumplir con su carnalidad. Yace más cerca de los protestantes -en varios sentidos- que la iglesia católica persigue con ahínco, dejando regados sus cadáveres –que explota visual y constantemente el filme- y tortura. Grandier a pesar de todo es consecuente, hasta confiesa sus culpas, acepta sus defectos, quiere su devoción a Dios pero también ser un hombre libre en su hedonismo, y aun trasgrediendo las reglas no merece la inquisición –las monjas se incitan solas-, ésto queda claro, con Russell haciendo énfasis en casi todo, es el exceso en su máxima potencia, afuera la sutilidad, y por más paradójico que suene funciona, porque es muy transparente, muy propio de su cine.

No todo es genial, pero es un filme más que decente, yo diría que hasta bastante bueno, pero entendiendo que el mal gusto y la vulgaridad coexisten con el interesante interés histórico que valga decirlo lo ha hecho Russell más atractivo que el común. Russell tenía especial aprecio por lo histórico, por lo intelectual, solo que también por plasmar el arte a su manera, volverlo popular, fácil y muy entretenido, con un infaltable toque de locura que queda más que presente en los comportamientos de las monjas, donde brilla la polémica, ya que en los curas más bien yace la maldad o frialdad, el interés personal, y así Grandier es el héroe del relato, pero con su cuota de corrupción, como es visto su deseo sexual –lo cual también lo puede dibujar doblemente heroico visto desde otra perspectiva-, luego hasta calmo al confesarse enamorado, y se le siente un tipo normal, pero trasgresor por ser un cura católico.

En el fondo parece la película tratarse de la defensa del evangelismo y de paso de lo británico –pensando en el tema serio de la propuesta- o, quizá más bien –pensando en el lado más marcado de Russell, el exceso-, de la libertad y liberalidad sexual, del placer per se, con los católicos como los verdaderos demonios, poseyendo en las sombras en realidad a unas monjas reprimidas y neuróticas, mujeres con ganas de tener sexo limitadas en sus anhelos, el resto simple pretexto. Pero a esto hay que agregarle un festín de cierto efectismo, de irreverencia, en una orgia mítica, y así es Ken Russell. Hizo lo que le dio la gana, y se saltó con ello su lugar en los libros más serios, pero se hizo también un cineasta de culto.

jueves, 4 de octubre de 2018

Montenegro: Cerdos y perlas


El presente filme es muy sencillo, con su infaltable extravagancia como distinción, pero de corte medio leve en ingenio y atrevimiento, pero no deja de ser una propuesta placentera y eficaz. Es la historia de cómo una mujer, Marilyn Jordan (Susan Anspach), un ama de casa, se aburre de su existencia familiar, de su marido (Erland Josephson) e hijos, y empieza a comportarse de manera extravagante, quiere aventura, o quiere un respiro, y esto es lo que nos proporciona el filme de Dusan Makavejev, la historia de una momentánea fuga.  

El producto genera distinción con expresiones absurdas o poco comunes en las acciones de sus personajes, como también está la mención de que están dentro de una película y falta emoción, como declarando al mismo tiempo que el cine de Dusan Makavejev va a la par del anhelo hedonista de su protagonista y heroína, digámosle a un punto feminista, aunque la salida o sanación se trate de un deseo carnal cumplido, de un simple aunque gran orgasmo.

Lo que además da personalidad a ésta propuesta es la nacionalidad del director y su mirada hacia la inmigración de sus compatriotas, yugoslavos, ubicados en éste filme en Suecia, país con el que Makavejev se permite bromear –en lo sueco anida la comedia-, y el sueco Erland Josephson como un esposo de ésta nacionalidad ayuda en el proceso, centralmente hablando del aburrimiento que profesan sus ciudadanos en su apacibilidad, su carácter sedentario, su demasiado orden y quizá conformismo, y quien sabe si también se dirige a su cine o hasta la ironía le salpica a Ingmar Bergman, que contó con Josephson en varias de sus películas y hasta en alguna se enfocó especialmente en el matrimonio (Escenas de la vida conyugal, 1973).

Los yugoslavos son representados como unos juergueros/fiesteros en pocas palabras, también algo más chuscos, más irreverentes, más impredecibles, más sucios, más sensuales, más eróticos, más corruptos, pero aun así gente buena o aceptable o de quienes necesita paradójicamente la protagonista. El filme hace que la heroína termine en una taberna de obreros con algo de gánsteres –aunque buena onda-, de striptease, de venta ilegal de licor, de inmigrantes yugoslavos, que la tratan con respeto, aunque ella como nacida americana sea muy llana, muy aventurera, muy en busca de su libertad y liberalidad.

Montenegro –quien confiesa ser en realidad serbio- es un joven padrote y cumple sin ningún rollo de por medio ni elaborado background personal su función –el filme tiene un erotismo cuidado-; suena contrario al compañero que enarbola un cine más racional pero el cine de Makavejev es un cine que está tras lo esencial, sensual, liberador y primitivo, por ello no suena tan curioso –conociendo su irreverencia y osadía- que Makavejev fabrique un sueño húmedo femenino o, más bien, se trate al fin y al cabo de la mirada simplista masculina detrás de aquella liberación del lugar de ama de casa. Se plasma una postura rústica y básica; aunque hacia el “pecado” –entre comillas, porque parece no existir en el vocabulario de Makavejev-, con un acercamiento velado a la prostitución, también de cierta convencionalidad.

El filme no parece tener demasiadas pretensiones, aunque es bueno; pensemos que una canción luce como su inspiración o disparador –dejándolo muy claro-, La balada de Lucy Jordan, que llegamos a oír en la versión de la británica Marianne Faithfull, que no se oye tan afinada o fina, más parece cantante de la calle, del tipo de trovadores o juglares. Makavejev crea un filme solvente, entretenido, llamativo, con su suave novedad por doquier, todo desde lo más sencillo del mundo, una narrativa alegre y amable, seductora.

sábado, 29 de septiembre de 2018

WR: los misterios del organismo


WR: los misterios del organismo (1971) es propia de su época, de la época hippie y de la época de luchas sociales, de fuertes ideologías políticas, especialmente la socialista, pero con una mirada que ya lleva un recorrido detrás y tiene noción de éstas ideologías. El director Dusan Makavejev como ciudadano yugoslavo –actualmente Serbia- estuvo bajo un régimen socialista y su posición es marcadamente contraría a ella, como exhibe la película.

La película parte de mostrarnos quien fue Wilhelm Reich que tiene de eje, Reich fue un psicoanalista austriaco nacionalizado americano. Empezó como un estudioso respetado llegando a ser asistente de Sigmund Freud, entusiasmándose y compartiendo su fijación con el sexo que Reich llevó al extremo, en nuevos tiempos. Como Reich habló en libros sobre fascistas –en contra- se ganó la enemistad de los nazis y terminó finalmente en EE.UU.

Reich creo una filosofía que mezclaba la liberación sexual con el marxismo –que no congeniaban- y se ganó el rechazo de todo el mundo, encima inventó la idea del Orgón (organismo + orgasmo) y creo máquinas que usaban la liberación sexual para alegar que podía curar las peores enfermedades, lo que le trajo una alerta y finalmente dos años de cárcel por considerar sus ideas, libros y curaciones, un fraude. Reich terminó señalado de demente y murió en el tiempo que estuvo recluido en la cárcel. Seguramente influenció mucho su persecución no sólo tenerlo por un pseudo científico sino un comunista en los 50s.  

Con ésta partida el filme busca mofarse del socialismo, tomárselo relajadamente con respecto a esa falta de corazón de no poder congeniar liberación sexual con marxismo. El filme no busca la reivindicación de Wihelm Reich, la idea aparte de ser una propuesta original y entretenida es darle un puntapié a la ideología reinante en Yugoslavia, con lo cual obviamente se ganó la censura en su país. Pero el filme va mucho más lejos aún, ganando censura por donde iba, porque también es exigente con espectadores más abiertos, aunque en medio de la revolución sexual, de la liberalidad combatiente, había un espacio por ocupar.

El filme en su gran parte documental –en mayoría; con la imagen de la vida de Reich detrás- muestra la liberación sexual de los 70s, éste mundo hippie, de manera radical. Vemos como Nancy Godfrey esculpe –de forma muy clara y metódica- el miembro reproductor erecto del director de la revista pornográfica Screw, de Jim Buckley, que aguarda desnudo tranquilo la labor de Godfrey que crea un especie de consolador. La liberación sexual siempre tiene una carga política al lado, en este caso mediante el sonido o por quienes son los participantes. Screw es una revista también con ideas políticas, como contra el gobierno de turno.

Otro caso es el de Tuli Kupferberg con quien el filme se burla de la guerra, disfrazado de soldado harapiento cantando una canción contradictoria y disparando imaginariamente. Kupferberg dirige la banda de rock The fugs de corte político y cómico. Otra muestra del uso de neoyorquinos típicos, neoyorquinos freaks (mucho más para le época), es ver al travesti Jackie Curtis simplemente paseando por las calles mientras acompañada de su pareja saborea un helado; luego la musa de Andy Warhol hablará de sus experiencias sexuales.

El filme del atrevido Dusan Makavejev no expone todo de golpe o seguido, sino mezcla todo, juega con todos su contenidos, presentando un collage visual intenso, siempre coherente, con el eternamente heroico y pionero de la liberalidad sexual Wihelm Reich y sus misterios del orgón abarcándolo todo. Vamos viendo de a partes hasta completar el retrato documental de sus estrafalarios protagonistas americanos. El filme siempre es novedoso, muestra y va creando, su aspecto documental tiene suma variedad, autoría y potencia, hay muchas muestras de una misma cara: W.R. Inclusive hace uso de la manipulación del found footage con locos en tratamientos extremos o en sus actos enajenados; igualmente con los filmes propaganda sobre Stalin, a quien vemos llorar un acto impuro a su supuesta condición.

Y aún hay más, existe una parte de ficción, con una historia contextualizada en Belgrado, con una mujer que queda enamorada de un patinador héroe de la URSS –llamado como Lenin- con lo que se proclama pura sátira, como ver fácilmente desnuda a la amiga de la fan obsesionada como animal en celo; Makavejev no tiene ni miramientos con la revolución sexual. En la ocurrencia máxima el filme termina creando una historia macabra, que suma una irónica melancolía melodramática por tanto conflicto.

La locura es manejada con mil tratamientos, como uno de un seguidor de Reich con una terapia mediante gritos, el filme es la extravagancia absoluta, pero entendible sin dificultad, aunque no del todo seguramente para su tiempo. La broma sigue indetenible, imperturbable, la manipulación del aspecto documental está a la par de la descocada ficción, incluso cuando se trata de rescatar un poco la imagen de Reich con entrevistas a sus familiares. Pero que un barbero rústico muy cliché hable de que no había problemas con el loco psicoanalista comunista en su clásico pueblito americano es lo mismo que decir que la propuesta de Dusan Makavejev no representa un remezón de originalidad e innovación, un hito cinéfilo.

domingo, 23 de septiembre de 2018

The Outlaw Josey Wales


Entre el spaghetti western de Sergio Leone y Los imperdonables (1992) aparece Josey Wales (Clint Eastwood), un granjero del sur que asesinada su familia por aliados salvajes del ejército del norte se opone a ellos aun cuando casi todos los de su territorio se han rendido. Como un solitario huye de cazadores de recompensas, de los asesinos de su familia ahora soldados del norte, guiados por Terrill (Bill McKinney), y del traidor Fletcher (John Vernon).

Clint Eastwood dirige éste estupendo western, que está lleno de acción y es muy entretenido. Mil sucesos le suceden a Josey Wales, pistolero temido, que se enfrenta a más de uno a la vez y siempre sale triunfante. El filme pone incluso varias veces una suma gigante frente a Wales, poniendo la cosa muy extrema, pero se las arregla para que el pistolero héroe sobreviva. Josey Wales como le dice al jefe indio Diez Osos (Will Sampson, recordado por One Flew Over the Cuckoo's Nest, 1975, y Poltergeist II, 1986) que quiere matar al grupo de colonos que lo siguen, no teme morir, y lo demuestra a plenitud en toda la propuesta.

Hay una escena brutal donde unos contrabandistas atacan una carreta e intentan violar a la mujer más joven del grupo, interpretada por Sondra Locke, pero interviene Wales, quien tendrá más tarde una relación romántica con la dama en la trama. Wales aunque es un lobo solitario termina siendo siempre acompañado, como por un indio viejo (Chief Dan George) que hace de un complemento irónico. También con ellos una anciana (Paula Trueman) de pico atrevido y algo desatinada, y una joven india (Geraldine Keams) sencilla y guerrera.

The Outlaw Josey Wales (1976) es un filme intenso y cargado de emoción, hay momentos muy violentos, un realismo fuerte. Es una película de bravura, aunque Josey Wales es un tipo finalmente civilizado, que estila defenderse solamente, pero como su cabeza tiene precio todo el mundo está tras él y se halla en constantes tiroteos. El filme tiene muchas aventuras propias del oeste salvaje, es un filme más de acción que de argumentación, lo cual augura mucha diversión, pero aun así es de una trama sólida aunque sencilla, en más de 2 horas de metraje.

Josey Wales es un héroe clásico de Clint Eastwood, un tipo excepcionalmente talentoso con las armas pero justo y humilde, a pesar de ser considerado un criminal o un asesino. De paso el filme define regiones como Missouri, Kansas y Texas. Es curioso que el héroe sea del sur, generalmente suelen hacer de los malvados. Interesante también cuando Wales explica su elección de a quien disparar primero al enfrentarse sólo a muchos pistoleros cuando estos dudan frente a él en una escena emocionante, de suspenso, entre lo macho americano y el spaghetti western; lo cual es vital para que sobreviva y se conozca de su habilidad.

Clint Eastwood le pone relajo e ironía a toda su película, sin perder realismo y crudeza. La guerra de secesión es el detonante de quien es Josey Wales, pero luego queda en segundo plano frente a sus peripecias, leyenda y la orden de captura y recompensa, aunque mezclado con el sentido de conjunto que toma a ratos el filme con los colonos, donde vemos al pueblo, distintas regiones y a los indios unidos detrás de Wales quien es un gran sobreviviente.

Ésta propuesta es muchas cosas, de cara a la noción ducha de entretenimiento con personalidad –que llega hasta la inteligente resolución-, como con aquel arranque con el chiquillo pistolero herido que además proporciona una escena maravillosa con su delirio, lo mismo que con el rescate de la joven india. Tanta mezcla en lugar de sofocar al filme, hacerlo incongruente, toma mayor sentido, lo realza, e igual al héroe.

The Last Frontier


El eje sobre el que gira éste western es sobre lo salvaje y lo civilizado. El protagonista es un explorador, Jed Cooper (Victor Mature), que es un hombre que se mueve a lo bruto, es como un típico adolescente americano de gran tamaño, se alcoholiza, toma en sus brazos a las mujeres de manera agresiva, hace bromas de mal gusto, es impetuoso, emocional y un hombre de acciones más que de reflexiones, pero esto cambiará.

Lo que es el motor es que Cooper siempre pregunta por lo civilizado –lo anhela habiendo un lado inocente en su persona-, él se tiene por salvaje, su calidad de explorador es un reflejo de su personalidad, de quien es él, esa vida a la intemperie, ese especie de aislamiento lo definen. Pero al conocer al Capitán Glenn Riordan (Guy Madison) quedará enamorado de su traje azul, de ser soldado, cosa que aún no está listo para ser, y curiosamente, o poco típico, no implica el cuerpo, la violencia, las acciones, la cualidad de sobrevivencia y combate –que le sobran- sino sencillamente la disciplina, lo civilizado.

Pero aun así hay soldados que no merecen ser soldados nos dice el filme del genial Anthony Mann, y se agrega una cierta confusión que parte de adentro también, que se ve claramente en aquella negación de encerrar al líder visto como enajenado. Todo esto se aprecia dibujado en la presencia del coronel Frank Marston (Robert Preston), un hombre lleno de ira, de violencia, amante de la guerra. El filme se aboca a enaltecer el nombre del ejército asumiéndolo desde su mejor valor, lo civilizado, pero esto se piensa de manera más libre, con anexiones, es decir, el soldado debe combatir, pero antes tiene un deber con la ética y la justicia frente a sus acciones. El ideal vive en el filme de Mann.

De manera inteligente, se ve que Cooper es el más apto para la guerra de todos, a diferencia del regimiento del fuerte del coronel Frank Marston que no están preparados y el filme pelea porque no se enfrenten a los indios, porque es una derrota y muerte segura. Pero Cooper es un salvaje, alguien criticable, y en más de una ocasión se deja ver esto, aunque se le dan concesiones, es finalmente el héroe. Una muy discutible es con la mujer de Marston, interpretada por Anne Bancroft. Con ella incluso se le dice a Cooper que haga lo correcto, hasta se menciona lo cristiano, donde Mann como todo gestor de arte se toma concesiones. El filme trata de la evolución de su protagonista, aunque parezca algo leve, es hacia lo civilizado.

El filme tiene muchas excelentes escenas de acción, de combates con harto indio y soldado matándose, incluso una más personal y emocionante entre el héroe y un sargento. Cooper no agrada a todos, es también inicialmente una mala influencia en la disciplina del regimiento, pero el capitán Glenn Riordan y un explorador más viejo, Gus (James Whitmore), lo van haciendo mejor persona. Se trata de creer en él, cosa que también la inteligencia del filme dirige hacia Marston, aunque más desde un lado humanitario.

El filme hace a Cooper muy intenso, suelto en plaza, quien a ratos parece un niño grande, se entiende de la propuesta en “descargo” que sea salvaje, al punto que humillado llega a cachetear a una mujer, pero esto es propio del siglo XIX –estamos en medio de la guerra civil americana- o, peor, aun de los 50s, que podía ver sensual y quizá hasta necesario estos actos, aunque hoy parezcan difíciles de digerir, tratar de menos a la mujer, eran otros tiempos, como con aquella frase del marido militar que dice: amo el sabor de la victoria, tú eres mujer, tú no lo comprendes. No es por defender éste trato pero también se debía a la rudeza y ruralidad que enarbolaba el género, aceptada en sus mujeres.

Lo que sí es que Mann en cierta manera estaba adelantado a muchos de sus contemporáneos en el western en la imagen que hace de los indios, parecía respetarlos, les ponía humanidad, heroísmo y no solo peligrosidad. Aunque también le eran funcionales les daba razones, los mostraba maltratados u ofendidos. En la presente propuesta se debe a la presencia de los fuertes y los soldados y el atisbo de la dominación e invasión del territorio que se deja ver puntualmente en la primera aparición de los exploradores y el cerco de los indios.

Tierras lejanas (The Far Country)


A muchos western de Anthony Mann los define su gran argumentación, son narrativas muy nutridas, inteligentes, con sucesos imprevistos, llenos de giros emocionantes, la acción está supeditada a la historia, como en la presente que va cocinando los grandes tiroteos y duelos en dramas de ambición en plena fiebre del oro del Klondike, con personajes pintorescos, tal es el de Ronda Castle (Ruth Roman), mujer sensual, entre la elegancia y el cabaret, autosuficiente; y el corrupto sheriff Gannon (John McIntire), representante del político clásico, pero que no solo es malvado sino pícaro y con un cierto carisma.

Del lado de los buenos tenemos al símbolo del heroísmo por antonomasia del western de Anthony Mann, James Stewart, como Jeff Webster, a quien en Tierras lejanas curiosamente no le gusta meterse en cosas ajenas, o sea Mann lo excusa del heroísmo, y encima lo tiene por un misántropo, incluso avergüenza a un hombre que quiere hacer el bien, hacer respetar la ley, en otro personaje pintoresco aunque clásico del western, un borracho rustico de buen corazón, Rube (Jay C. Flippen), que nos habla de paso de la fe en uno cuando nos menospreciamos, que es lo que le pasa con el vicio hacia la botella.

Con ellos está el querido Ben Tatum (Walter Brennan, nombre legendario del western), que pone el lado sentimental, noble e inocente en el filme, aparte de ser amante del café, hasta morir por él, junto a Renee Vallon (Corinne Calvet), como una jovencita enamorada del héroe, a la que le molesta que no la vean como mujer, que no la tomen en serio (curiosidad aparte de que Calvet tenía por ese entonces 29 años), pero que no sólo es híper independiente y emprendedora, en realidad está para hacerle ver que hay que velar por los demás, por los débiles, en aquella frase elíptica que señala que si uno no sabe observar el bien, el deber, no es una buena persona, y no hay que explicarlo, se ve fácilmente, verlo nos define.

Pero Webster lo tendrá que aprender, y a la mala, y otros con él, al alejarse del egocentrismo y pensar en los demás, cuando vea sufrir a gente honrada, sana, indefensa y querida por uno, todo expuesto de la manera más clara y sencilla, pero con una estructura narrativa que es difícil de predecir, que sigue un recorrido hacia la aventura.

Mann no necesita de muchas escenas de duelo o tiroteo para generar adrenalina, pero cuando llegan son poderosas, con mil sucesos de un golpe, aunque prefiere lo impredecible, de esto que busque la narrativa por encima de las escenas de acción, especialmente con Gannon al que deja de lado y luego magistralmente retoma, sumándole bandoleros, emoción. Las balas son el colofón glorioso a mil y un preámbulos dramáticos, presenciando al pueblo levantado sosteniendo al héroe finalmente entregado a ellos.

Bend of the River


El filme se centra en una caravana de colonos, en los distintos viajes y quehaceres para solventar una comunidad, liderados por Jeremy Baile (Jay C. Flippen), pero quien depende de Glyn McLyntock (James Stewart) que los guía y los protege. La idea que Anthony Mann maneja en ésta propuesta es que Baile suele decir que alguien que ha cometido un delito no puede redimirse, reformarse, que una manzana podrida siempre lo será y va a corromper al resto. Pero lo que no sabe es que Glyn ha sido un outlaw que ha cambiado y que lo suele oír hablando negativamente de los criminales con posibilidad de reformarse, lo que más bien puede inducir a que se lo tome por un muro al que hay que rendirse.

Sobre ésta premisa trabaja el filme, y pone de complemento la participación de Emerson Cole (un estupendo Arthur Kennedy), otro ex outlaw, muy amigo de Glyn cuando éste lo salva de la horca en un juicio popular. Tanto Glyn como Cole son pistoleros fieros. El filme pone a muchos enemigos imprevistos, gente común que salta del bien al mal y viceversa, trabajando con las diferentes posibilidades de su temática, solidificando su eje.

La caravana –que incluye seguir por barco, con la curiosidad de haber un marinero de color, pero propio de tiempos muy humildes para la gente de color, interpretado por Stepin Fetchit- atraviesa por muchas escenas de acción bastante intensas y emocionantes; tenemos indios y distintos vaqueros atacándola por parajes montañosos y salvajes. Se da una secuencia de acción de orden mínimo donde Glyn al ras del suelo con la cámara cerca al salto de la sorpresa se mueve por el terreno en busca de 5 indios escondidos que los están atacando.

La obra de Mann planea sobre la ambición, la lealtad, la confianza y la traición, y tiene cierto aire de romance, sostenido por Julie Adams, recordada por ser la mujer que rapta el monstruo de la laguna negra (1954). Hay una escena sorprendente, de alto impacto, con un ataque salido de la nada hacia ella. Otra distinción es que con Glyn se maneja en buena parte la mítica y el heroísmo con el fuera de campo. En un momento de fuerte tensión el ex outlaw promete vengarse y es él sólo contra el mundo; su éxito se oye improbable, pero como todo héroe ciego y osado lo emprende generando entusiasmo, adrenalina y entretenimiento.

Se presentan a muchos héroes y enemigos como volubles, rompiendo con cualquier imagen preconcebida, generando mayor argumentación. Participa en la película también Rock Hudson aunque como actor secundario, pero que ayuda a sostener la mayoría de tiroteos, siempre con la amplia sonrisa y su cualidad de tipo seductor, atractivo, en contraposición de un James Stewart que luce como un hombre común pero que es eficiente en todos los campos, generador de una identificación que nunca discute y evita la sobreactuación o endiosamiento; Stewart hace de un hombre que hace cosas excepcionales pero a la vez se mantiene humilde.

En el filme predomina la acción, pero hay una dotada estructura, se dan muchas novedades, tiene una sólida argumentación y narrativa, presenta originalidad e incluso cierta pesadez. El recorrido de los colonos tiene muchos contrincantes, y ahí para protegerlos está Glyn McLyntock, con quien se plantea la lucha entre el ideal y la corrupción, el derecho a cambiar, la fe en el criminal que quiere redimirse, también la ética por sobre el dinero, en un mensaje contra el capitalismo ramplón; primero es el ser humano, nos dice la obra de Mann, aduciendo que el agradecimiento puede ser más poderoso que la fiebre por el oro.

La puerta del diablo (Devil's Doorway)


Un indio, Lance Poole (Robert Taylor), vuelve de la guerra de secesión condecorado por el Congreso y pronto se hace de un gran terreno, lo trabaja y lo hace muy próspero. Éste indio se ha acogido a la vida de hombre blanco, pero en su rancho da hospicio a otros indios y sigue las costumbres de sus orígenes. Es un hombre que une dos mundos, pero pronto la discriminación, la envidia, el resentimiento y el odio se harán presentes en el cuerpo de un abogado, Verne Coolan (Louis Calhern), que manipulará la situación y enfrentará a éste indio intachable con la población americana blanca.

En ésta propuesta Anthony Mann mezcla capitalismo y lucha de clases con discriminación. Vaqueros blancos requieren de tierra, pasto fresco y agua, y no tienen recursos para que sus animales subsistan -su alimento, y fuente de ingreso- mientras Lance Poole los tiene. Poole no es del todo individualista, es decir, un terrateniente adinerado, en confrontación con un gran número de personas necesitadas, porque él ayuda a su comunidad y esa tampoco es la imagen que Mann fabrica, pero su orgullo hace que le hierva de ira que se le obligue a que los vaqueros blancos utilicen sus terreros, su esfuerzo y beneficios personales.

Esto que en otros casos puede verse como una repartición justa –aunque Poole ha trabajado su tierra, no es gratuita-, y se trate de la necesidad de que se beneficien muchos, tiene la injerencia en realidad de que los indios no pueden tener tierras a su nombre y son tratados de menos. El panorama cambia entonces, y aunque pareciera que fuera una defensa del capitalismo y no de un socialismo que ya está en práctica con la propia comunidad india que asila el protagonista –como si fuera una cierta ayuda social de derecha- el asunto que maneja el filme es la discriminación y el odio a los indios.

Se tiene que sopesar que el indio que representa Poole es uno que se ha adaptado al hombre blanco, a sus reglas, reglas que terminan pagándole mal, y queda un abuso, una mala práctica de los ideales americanos, con los que juega Mann para que el espectador se identifique, mezclando los elementos propios del western y del heroísmo.

Pero el filme además pone en circulación otro elemento en favor de Poole, la mística con la pertenencia a la tierra, la unión trascendente del hombre con la naturaleza. Como dice el padre moribundo del protagonista: Un hombre –un indio, en especial- no es nada sin tierra; y ahí anida otra lectura, una lucha capitalista, el conseguir propiedades, tener dinero. Poole es un personaje al que se le hace fiero, provocando hermosos combates de ver, entre los vaqueros blancos y los indios; busca defender su tierra, lo que le quieren arrebatar. Ya las razones quedan en segundo plano dando pie a la acción.

Más tarde con la abogada Orrie Masters (Paula Raymond) entrará a colación la compasión, hacia el outsider. Para todo esto Louis Calhern es perfecto como el demonio azuzador. También no faltan grandes escenas como la pelea a puño limpio en el bar entre Poole y un vaquero. No obstante el filme va más allá de dos enemigos puntuales, enfrenta a toda la población con sus propias leyes, aunque la pone más difícil éticamente, ya que el hambre suele matar la razón; hace un pequeño sucedáneo de esa guerra de la que vuelve Poole y no se menciona nombre, que se sobreentiende.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Damsel


Los hermanos David Zellner y Nathan Zellner dirigen, escriben el guion y actúan ésta película, que es cine marginal de cierta manera, no va acorde con el cine comercial amable, es humor negro marginal valga la redundancia, lo que la hace una película fácil de rechazar. Pero los hermanos Zellner muestran también personalidad y autenticidad. El filme busca en sus protagonistas lo que todos, felicidad, pero en lugar de hacer que todo el mundo la consiga, como sería un cine más comercial y empático deja a sus personajes con las ganas, mirando melancólicos el horizonte mientras cruzan en barca en pos de un eterno nuevo comienzo.

El filme es uno que habla de volver a comenzar, desde el principio vemos a uno de los tres protagonistas, interpretado por David Zellner, que no tiene nada, lo ha perdido todo, y de manera muy alegre se topa con un predicador, también agotado de intentar y siempre fallar, que renuncia y quien escucha toma su lugar. El filme desde el inicio nos indica que veremos, es bueno atenerse a ello para apreciar el cine de los hermanos Zellner. Nos dice que presenciaremos mucha mierda y cosas fantásticas –entretenimiento-, igualmente que el resultado será el mismo que el del predicador por estas tierras, la frustración, encontraremos vacío, en medio de muchas aventuras y seguir y seguir intentando. De eso parece decirnos que se trata todo, aunque no sea un mensaje optimista, sino muy poco empático.

Éste western moderno es más humor negro que otra cosa, bromea con lo que no debería darnos risa, así están varias muertes, chocantes, en medio de cierto absurdo, que luego toma sentido, en aquel del predicador. Samuel (un muy talentoso Robert Pattinson) parece una buena persona, inicialmente es nuestro héroe, pero aunque el filme se encarga de que le tengamos aprecio, luciendo fuera de lugar en medio de un oeste salvaje, él no es lo que parece. En la segunda mitad, que le pertenece a Penelope (Mia Wasikowska), la primera es de Pattinson, lo sabremos. Ella mostrará un lado feminista, aunque sin rehuirle a la felicidad que todos buscan, pero sin conformarse ni querer el camino más fácil. Ese que quiere un desesperado Parson Henry (David Zellner), el nuevo predicador, a quien nadie convence, pero que como el estribillo del filme salta de aventura en aventura.

Es un filme que narrativamente hablando no busca ser comercial, convencional, te lo cuenta medio extraño, y sus aventuras no son tan audaces, tienen un lado un poco raro, atípico, al menos en la manera de mostrarlo. La violencia está al servicio del humor negro. Es un humor que no da risa, pero que te impacta y finalmente tiene sentido, hasta hace pensar, en aquello de la frustración constante, de la sinrazón existencial. Parson es un hombre débil, es un perdedor, los hombres en ésta propuesta todos lo son, mientras Penelope es la luz, pero que se niega a dar cobijo así nomás, primero es su propio camino.

Con una narrativa extraña, con sucesos idénticamente extraños a su vera, con asuntos intrascendentes a ratos, con un humor difícil y héroes que no lo son éste es un filme que tiene todo para ser rechazado, pero por lo mismo genera interés, por su cuota de personalidad. También hay ternura, con Butterscotch, por la que uno se halla pendiente. El filme pega giros brutales, por lo menos dos, uno una novedad que sale de la nada como una locura, que implica generar mucha acción, y otro una revelación, como truco cruel. El filme tiende a desconcertar, por lo que su marginalidad está asegurada. El filme es como su título, pero acorde con los nuevos tiempos, pero en un sentido poco complaciente. El anterior filme de los Zellner era un homenaje a los hermanos Coen –los top del humor negro-, y éste un grito de terquedad o, mejor dicho, del amor por el humor negro, por uno de los más radicales en su tipo.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Tumbbad


Con una estética de lujo y una producción de primera ésta obra india, mitad película de terror mitad película fantástica, tiene una historia trepidante y muy entretenida, alrededor del folclore nacional siendo India un territorio de grandes mitos, muchos dioses y misticismo. Ésta propuesta tiene una potente parte visual de terror, primeramente con la presencia de una abuela maldita encerrada en pasadizos lúgubres, que tiene un aspecto de cadáver, de bruja y de monstruo, cuidada por su familia en una mansión que guarda una gran historia que involucra a un demonio, un dios e hijo maldito, rechazado, marginado, una cantidad inagotable de monedas de oro y contagios de maldiciones al simple toque del hambriento demonio.

El filme debut de Rahi Anil Barve y Adesh Prasad tiene una velocidad narrativa increíble y cada parte de su mitología está contada de la mejor manera, hilando y aumentando la información sobre el útero de una Diosa que es como una bóveda del infierno donde el ambicioso protagonista se interna en busca de tesoros. Es una obra llena de aventuras, con una visualidad imponente, con su toque de terror fuerte, girando alrededor de estos encuentros con lo oscuro y sus maldiciones con cuerpos encendidos en fuego, mientras presenciamos al vuelo algunos hechos históricos y el héroe pasa de niño a hombre y de hombre a su hijo.

Es una película que sabe explotar a plenitud la mitología del demonio y las monedas de oro, creando siempre novedad a su diestra, pasando a completar una figura de a pocos. Tumbbad es pura acción, un cine comercial audaz, toda una experiencia. No se trata de grandes argumentos, salvo lo mitológico, sino de mucha aventura, de grandes emociones. Se hace mucho uso del detalle hasta en la más mínima creación, proponiendo un mundo autosuficiente en sí mismo que es la exuberancia estética. Todo tiene un aspecto embellecido, con unos efectos visuales, digitales, gloriosos. India demuestra que tiene todo para hacer cine en grande, cine masivo de entretenimiento, capaz de competir con el mayor Blockbuster.

Su terror no da miedo, no va por ahí, pero tiene harto encanto, cada pieza brilla por su notable imaginación, la mitología india del filme es muy rica y su materialización produce entusiasmo. El dramatismo está en su punto, cuando su cine tiende a exagerar y ahí radica su habitual falla. El filme tiene una tosquedad en el comportamiento de sus personajes que va acorde con su poderoso ritmo, con su narrativa bajo la orden del impacto.

Tiene también una notable picardía aunque prima un mundo masculino, de hombres bravos, donde un niño se permite seducir a una mujer, a la amante de su padre, a la que le promete riquezas y un futuro matrimonio ante la sonrisa irónica y descreída de la hembra deseada, en un rito de sucesión. Pronto el niño hace a un lado a la madre mostrando el lugar que pronto va a ocupar en la sociedad. Los padres azotan a los avispados hijos, es un lugar no muy políticamente correcto. India propone sus propias reglas cinematográficas, su universo, y consigue entretener en grande.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Un beau soleil intérieur


En ésta película de la francesa Claire Denis, Juliette Binoche es una mujer en busca del amor a través de varias parejas, acumulando varios fracasos afectivos, aunque también suele cometer el error o la licencia de meterse con hombres casados, hombres que le dicen directamente que la ven como una amante. Binoche hace de una mujer inteligente e independiente, una artista, pero una mujer torpe para el amor.

Lo interesante del filme es que a su protagonista no la hace una mujer exagerada con su sexualidad, en ello la muestra libre pero sin ensimismarse en esto, punto a favor, sobre todo en tiempos que se quiere recalcar y fomentar esto. Lo de Denis es más una soledad y un deseo sencillo de felicidad, hallar a la persona correcta para uno, y la sexualidad es un plano complementario, no el centro del mundo.

Binoche hace de una mujer satisfecha sexualmente, no tiene tapujos en el asunto, pero como relación sigue fallando. Es una mujer divorciada, pero incluso vuelve a intentarlo con su ex esposo. Ésta es una película en busca del amor, tiene poca comedia; el remate con Depardieu tiene un toque irónico, pero el resto es serio, aunque ligero. El filme tiene un lado que evita ser alevosamente comercial, pero mantiene una amabilidad y calidez que lo hace abierto y accesible a muchos. Es un filme inteligente, aunque nada del otro mundo. La propuesta tiene una estructura que trata de no repetirse; en un comienzo los affairs son más largos, luego están editados de tal forma que más cortos hacen uso de la elipsis y la sugerencia.

El filme tiene un claro derrotero que es la gran dificultad de la protagonista de hallar a la persona indicada para ella y eso la deprime un poco lógicamente pero sin tampoco igual dejar de tener fe, mientras tanto sus amantes tienen un lado simpático y amable, pero terminan decepcionándola. Otro punto a favor es no subrayar a los amantes como gente desagradable, simplemente no son los apropiados, y con ellos hay fallas propias y otras pequeñas ventajas que se toman estos personajes. Lo curioso es que un 80% de ellos no son hombres agraciados, mientras Juliette Binoche tiene 53 años bien llevados, inclusive luce sexy y provocativa, aunque inevitablemente luciendo cierta edad –edad que no se machaca de ninguna manera-.

El filme no es súper divertido, pero es agradable y además tiene su interés; no tiene solemnidad, muestra relajo, ostenta un buen equilibrio. Binoche es una buena actriz y eso se nota, mucho porque ella es la que sobrelleva casi todo el filme. Los amantes giran a su alrededor, y salvo un par están poco desarrollados, pero todos dejan siempre alguna idea. No es tratar de hallar mucha profundidad en ésta película, pero no es una obra superficial, está bien escenificada y mantiene una dignidad intelectual, aunque austera.

Definitivamente un Depardieu como vidente y hablando sobre amores suena gracioso, mientras Binoche se plantea como el alter ego de Claire Denis. Notable ver que es una película que ha mermado su lado sensual y liberal europeo, por un quehacer más maduro, aunque sin perder naturalidad y realismo. El filme abre con Binoche desnuda teniendo sexo, pero luego se prefiere algo menos obvio, menos europeo; siempre, como se señala en una decepción, en busca de lo auténtico, pero por encima de lo barato y de cierto promedio.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Solos


Cuatro actores, 3 peruanos y un argentino, Diego Lombardi, Wendy Vasquez, Rodrigo Palacios y Alberto Rojas Apel, van a la selva a poner en un ecran inflable una película gratuita en lugares abiertos buscando un público, pero éste no se siente atraído por la oferta; con esto se quiere pensar en el éxito o fracaso de recepción de ciertas películas, que no sean americanas, y en especial en alusión al anterior filme de la directora, Joanna Lombardi, Casa dentro (2013), que no tuvo una buena recepción, tuvo poco público y no duró mucho en las salas de exhibición.

El filme pareciera un documental, pero también es un filme muy planificado, que busca argumentar sobre la recepción de obras de muy poco espectáculo, de la importancia del tipo de propuestas de cine más personales, ¿plasmar nuestra voz con el simple hecho de hacer el filme a nuestra entero gusto y pensamiento o de que éste sea justificado por la asistencia e interés de la gente?, la respuesta seguramente esté en medio de ambos lugares.

También el filme aunque propone diálogos casuales y un aire como que están improvisando se ve en todo aspecto una propuesta visualmente cuidada y a ratos acomodada, que aparte de documental maneja un lado de preparación o ficción, aunque no tenga ninguna trama, solo sean cuatro actores en busca de público para su película ambulante, película que no se llega a ver cuál es, pero se intuye cual puede ser, Casa dentro.

En el trayecto se trata de proponer conversaciones muy modernas, muy de cine ligero, cool, pero no siempre surten el efecto esperado. Ver fumar marihuana en el cine peruano en calidad de chicos bien no es muy original. La conversación sobre el chico de los jueves –o el sexo de los jueves- tampoco es todo lo genial que puede parecer. Lo de la arañas que suele mencionar Rodrigo Palacios más pega como la comedia del filme, con poca trascendencia.

No es una película que gane por diálogos atrapantes, sumado al lenguaje vulgar y demasiado cotidiano que utilizan los actores. Pero en general genera naturalidad y espontaneidad que da una imagen de competencia de película de viajes, provoca su empatía. El filme es como ir de aventura a la selva con amigos, acampar, matar el rato, aunque tenga poco folclore, cultura y acción como película de viajes. Esa risa que manejan en sus conversaciones no es contagiosa, no genera mucho interés, pero sí naturalidad.

El filme en realidad argumenta poco sobre la recepción, pero lo tiene claro, finalmente su propuesta al aire libre es otro fracaso, pero con aquel final de los 4 actores frente al ecran y como dice una argumentación, el filme está hecho para uno mismo, y ya de por sí debe considerarse un triunfo, más allá del publico exógeno, el gran aplauso. Es hablarse a uno mismo, reflexionar como un lobo solitario, aunque en éste caso sea un grupo de 4 personas, lo que hace un público, más que un –noble, satisfactorio y feliz- orgasmo solitario. Es un filme simpático al fin y al cabo, aunque haya que escoger de todo lo que hablan en el trayecto.

Es una obra estética y técnica aun con algo tan simple entre manos, un sencillo viaje en camioneta por nuestra hermosa selva, por unos pueblitos que lucen tranquilos, a través de imágenes austeras, preguntando por el cine local, que es como la ausencia de salas de exhibición, no existe para muchos, que ni se han percatado, pero es tan importante para otros, como para la directora defendiendo su cualidad de autora ante todo, su salto al vacío, su autenticidad, su pequeño estado de locura. Puede sonar poético, pero el cine también lo es, no todo es dinero, como menciona otro diálogo.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Mi cinefilia


Cuando pienso en la primera vez que sentí emoción por el cine me remonta la memoria hacia los 10 u 11 años de edad más o menos, en Sullana, Piura. Fue con la película Batman (1989). Por ese entonces todos los niños coleccionábamos figuritas del álbum de la película y cuando llegó el filme a todos nos invadió el entusiasmo. Fui a verla a un cine que no era de los más simpáticos en infraestructura ni en su cuidado, pero la experiencia en el ecran –con la historia y la película en sí- cumplieron de lleno todas mis expectativas. La lucha entre el Joker y Batman con aquel aire medio infantil de Tim Burton acertó de lleno. Hasta hoy en día soy fan de éste superhéroe en épocas actuales no tan interesantes de tantos de ellos.

Otra película que recuerde en especial es Gremlins 2: La nueva generación (1990) que vi en el extinto cine Alhambra, de Lince; la mitología de los Gremlins me parece genial como el carácter festivo del director, Joe Dante. Otra es Space Jam (1996), aunque no sea una gran película, pero que me entretuvo sin mayores pretensiones.

No era mucho de ir al cine, pero en casa miraba muchas películas en la televisión, de todo tipo, pero en particular veía mucha película de terror, considerándome fan del género desde siempre. Tenía especial atracción por las películas de hombres lobo y fui muy fan de la saga de películas que se hicieron de los Critters (1986, 1988, 1991, 1992). Igualmente de la saga de Pesadilla en Elm Street; he sido muy fan de Freddy Krueger. También del western y del terror en el que participaba el actor alemán Klaus Kinski, pero sin saber de grandes directores ni conflictos ni requerir de grandes películas suyas. Me fascinaba su expresividad y caracterización de un hombre loco, como se le solía retratar.

Una película de la que siempre oí hablar de muy chico y tenía mucha curiosidad de ver fue Psicosis (1960), aun cuando no abundaban ni me topaba con cinéfilos, y poder ver un título buscado podía tardar buen tiempo, lo que hizo que en mi imaginación la casa de Norman Bates tomara una forma de cierto miedo y harta expectativa, hasta finalmente verla y que me agrade y la considere especial, no obstante las historias de las que oí hablar quedaron más grandes. Llegué a leer el libro de Robert Bloch y se me quedó grabado su audaz final, eso de disimular ante los demás y en pantalla era representado tan cinematográficamente con aquella sonrisa contradictoria de locura del mítico Norman Bates, en el papel de su vida de Anthony Perkins.

Por ahí alquilé videos también, aunque nunca fui muy entusiasta de esto, ni siquiera cuando apareció Blockbuster aunque algo llegué a rentar; salvo aparte con los VHS del UFC y similares que llegué a coleccionar y terminé regalando a un buen amigo fan de los eventos. Sí tuve una época donde fui asiduo comprador de dvds en Polvos Azules, me llevaba cerros de películas, que hasta el noble vendedor me decía que debería ver de a pocos porque los dvds se malograban rápido, con el tiempo, cosa que me hizo empezar a pensar en una mejor forma de ver películas, y sería el streaming luego mi total identificación. Finalmente un taxista se fue muy contento cuando le regalé durante una mudanza los miles de dvds que solía atesorar.

Cuando llegué a la Universidad, mi segunda Universidad, comienzos del 2000, se desarrolló en serio mi atracción por la cultura y el arte, sobre todo por la literatura, el teatro y el cine. Me propuse ir al cine con mucha mayor regularidad, cambiar eso de haber tenido tan pocas experiencias en la sala de cine, por lo menos ir dos veces por semana. Entonces me paseé por cantidad de cines limeños y a cada rato, buscando películas cada vez más novedosas; iba hasta Jesús María –que me quedaba un poco lejos- por ver una película. Todavía no surgía el boom de las cadenas de cine y te tenías que ajustar a los cines de barrio. El cine Arenales -que tampoco ya no existe- fue un lugar que visitaba a menudo ya que ponían películas más rebuscadas que en otros lugares, como latinas u europeas. Una película que recuerde con mucho agrado haber visto ahí es Whisky (2004), de la que se me marcó en la memoria aquella frase con la que se despedía diariamente por la noche la melancólica protagonista: “Hasta mañana si Dios quiere”, con aquella soledad y apatía de su existencia. Iba muy poca gente a éste cine, de poca iluminación, que tenía un estacionamiento que parecía extraído de una película de terror. También caía de vez en cuando, aunque poco, en algún festival limeño, los he visitado todos, aunque el que más he gozado es el festival de cine de Lima. El primero al que fui es al festival de cine europeo del Centro Cultural PUCP.

Tuve un profesor de computación en la universidad que me habló de los blogs y los recordé más tarde al terminar la universidad, hice algunos pocos, uno de ellos fue bastante popular, se llamaba Fiat lux, y fue un blog pionero, a puertas del boom de los blogs, pero lo cerré sin mayor razón, los otros han sido muchísimo más discretos. El primer blog fue de cosas personales, de variedades –que incluía las artes-, otro únicamente de literatura –por 1 año- llamado El fin de la literatura, hasta el actual de cine que ya tiene más de 7 años de vigencia, y es el que más tiempo lo tengo. En mi blog de cine, Nenúfares efervescentes, alimento mi curiosidad, mi eclecticismo, mi hedonismo, veo todo tipo de cine, pero siempre películas con algún factor que las destaque, busco la novedad, lo distintivo, lo mejor en su tipo. Cada una de mis críticas es pensada a fondo, sacan mi alma, mi personalidad, mi espíritu, mis ganas de dar mi visión del cine, tratando de dar lo mejor, lo personal, lo auténtico y original.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Ken Russell


Tommy (1975)

Parece una película típica salida de la mente loca, entretenida y extravagante de Ken Russell, pero en realidad es una ópera rock creada por el famoso grupo británico The Who, por el guitarrista y compositor Pete Townshend, llevada al cine por Russell que agrega su toque visual atrevido, su recreación extrema, como ver a Ann-Margret, que hace de la madre de Tommy, el protagonista sordo, ciego y mudo traumado por presenciar la muerte de su padre en manos del amante de su madre (Oliver Reed), bañada en tremenda piscina de suciedad, en todo tipo de líquidos salidos del televisor y de su imaginación. El barro le queda chico, y ella los asume con total gracia y aplomo. Tommy (Roger Daltrey) se convierte en un especie de gurú religioso al volverse campeón de pinball, juego que se emparenta fácilmente con la música. Tommy pasa por montón de momentos en busca de su recuperación, con figuras destacadas como Eric Clapton, como un predicador de un culto a Marilyn Monroe como la Virgen María. Otro con la eléctrica e intensa Tina Turner como la reina del ácido, convertida en una stripper. O con Jack Nicholson como un terapista quien se anima también a cantar en éste musical a lo Ken Russell, o sea, sin límites. Tenemos además al estrafalario y divertido Elton John como el rival en el pinball de Tommy. Roger Daltrey, vocalista de The Who, tiene una gran disposición para la actuación, la comedia y la peor locura, por lo que se presta para todo, y lo hace muy bien, agregando su espléndida voz. Es un musical que nunca para de ser potente, que no aminora el ritmo, sucediendo una tras otra cosa de impactante calado, es algo muy visual. Vemos como Tommy representa la popularidad y la fama, y como el mundo tiende hacia la ruptura, se agota finalmente, en el que es un vínculo con los fans y la relación con el arte o el entretenimiento. Las letras de Tommy son muy intrépidas y libres, como cabe esperar del rock. Se acoplan perfectamente al cine de Ken Russell. La siempre sexy Ann-Margret está notable, deja la piel en su papel, tiene una enorme presencia en el filme.

Lisztomania (1975)

La cosa de ser muy loco, desenfadado, irreverente y extravagante es tener gracia, estar en el punto adecuado, y no caer en la mala broma, lo cual logra perfectamente ésta película, una obra que tiene de todo, que no contiene vergüenza alguna pero que es toda una genialidad. Podemos ver un baile con un miembro masculino gigante rodeado de bellas danzarinas, a un luchador-demonio raptando vírgenes mientras niños gritan de miedo, a un Hitler como monstruo de Frankestein con una guitarra metralleta, una lucha con naves espaciales, vudú, una historia con vampiros y un sinfín de momentos imaginativos y muy libres. Todo a partir de la historia universal, de hechos reales, modernizados y satirizados, alrededor del compositor clásico y excelso pianista Franz Liszt, aunque el más perjudicado sea Richard Wagner, como adalid del nazismo, sabiendo que sus ideas del superhombre y una Alemania poderosa fueron acogidas por ellos. Wagner murió antes de que sucediera el nazismo. Liszt está interpretado por Roger Daltrey y, como siempre, se entrega en cuerpo y alma a la broma, como un tipo muy sexual. Es gracioso y hecho con inteligencia como la realidad se trastoca para darle un quehacer lúdico y extravagante al filme. De esto que veamos a la religión entrar a tallar, Liszt fue franciscano, y en el filme juega a ser enviado a traer al redil al subversivo Wagner, por el Papa que hace otra estrella musical, Ringo Starr. Liszt supone haber sido históricamente la primera celebridad pop, con sus groupies vestidas a la manera de otra época. La revolución será musical, el arte es más grande que la política, clama la película.

Altered States (1980)

Aunque es una película para no tomar demasiado en serio, muy libre, un sci-fi poco científico y poco lógico, cargado de absurdos, si lo leemos como la representación de la esquizofrenia tendremos que el filme vuela más alto. Un científico, Eddie Jessup (William Hurt), mediante el uso de tanques de agua aislantes busca descubrir/contener los lugares oscuros de la mente, los que suelen ser criticados –minusvalorados- de irracionales o de demenciales, pero éste investigador pretende darles un lugar prominente, una mejor lectura, como ventana al conocimiento, a la superioridad y al autodescubrimiento humano. Jessup viaja a México y experimenta con drogas místicas indígenas para conocer ese lugar secreto de la psiquis. El filme tiene mucho del viaje alucinógeno de las drogas. Muchos efectos especiales están a esa orden y no tienen tanta estética. También es importante notar que la iconografía cristiana está presente en estos viajes, como parte del mundo esquizofrénico que lo alude constantemente. El filme es muy entretenido. Muchas explicaciones suenan ridículas de boca del protagonista, se habla mucho, pero verlo en la práctica es muy emocionante, como cuando aparece el hombre-simio y pre-visualiza escenas de esa obra maestra llamada Un hombre lobo americano en Londres (1981). Cuando los estados se alteran surgen cambios corporales también, varios WTF en pocas palabras, pero geniales como séptimo arte, como convertirse en una masa perdida en otra dimensión, lo que puede leerse como un estado de perdida de la realidad, sólo recuperado por el efecto del amor, de la comprensión, de la paciencia, que representa la mujer de Jessup, Emily (Blair Brown), con la que se trabaja un vínculo sensual además, y la ruptura formal, todo dentro de lo muy característico de la sociedad americana. El filme es pseudo científico, pero muy atractivo, la cosa es “creer” el cuento, seguir el juego, los avances de Jessup, un hombre con una fijación intelectual, con quien en sus fallos hallaremos grandes momentos.

Gothic (1986)

Tiene de partida la reunión de poetas y escritores alrededor de la creación de la novela Frankenstein, la noche que se pusieron a hacer y/o contar relatos de terror los famosos poetas Lord Byron (Gabriel Byrne) y Percy Shelley (Julian Sands), la futura escritora Mary Shelley (Natasha Richardson), el escritor de “El Vampiro” John William Polidori (Timothy Spall) y Claire Clairmont (Myriam Cyr), la hermanastra de Mary Shelley y pareja de Lord Byron. Gothic es una película descocada, extravagante, explosiva, rebelde. No posee muchos límites en cuanto a manejar los elementos del terror, que maneja bastantes, pero a su estilo, aunque no produce ni un mínimo de miedo, ya que recurre mucho a la burla, al sarcasmo, al humor extremo y a lo estrafalario. Produce algo de vergüenza ajena, hay mucho oropel y menos oro del pensado, y escatología, pero también se maneja en el ámbito típico del autor que no posee cortapisas a su libertad. El filme tiene partes reales, históricas, anecdóticas, pero están manejadas al gusto de Ken Russell que retrata a sus personajes muy exagerados o ridículos, en especial a Polidori que es el que más recuerda a The Rocky Horror Picture Show (1975). Byron y Shelley son muy sensuales y mujeriegos, pero los fija tanto en lo sexual que parecen caricaturas.

No obstante el filme es al fin y al cabo coherente porque trata de vencer los miedos, los complejos, las neurosis y las frustraciones de sus personajes instándolos a botar todo afuera como un fuerte vómito, creando un torrente de emociones, por lo que todos resultan muy expresivos, muy exteriores, totalmente desinhibidos, hasta invocar lo infame, lo muy íntimo y secreto, como si al día siguiente se fuera a acabar el mundo. En especial es una noche donde el miedo sale del interior de ellos y sin avisar toma forma real en el entorno, de ahí vemos cosas propias de las historias de terror. Una de ellas es la clásica aparición del íncubo de la pintura La pesadilla. Pero existen muchos momentos dramáticos, como la reiteración de la tortura o el continuo simulacro de la muerte, como despertando de una alucinación o una pesadilla. Se da mucho juego con éste método de proyección mental, el problema es que en lugar de buscar el horror se prefiere la extravagancia, el extremismo y el humor negro, que llega a molestar. Es una noche cargada, llena de muchos momentos de todo tipo, donde se manipula la verdad histórica y se crea la fantasía del terror y lo burdo, todo lo real se presta para mortificar, por lo que la propuesta tiene su encanto, más allá de aguantar tanta histeria. 

La guarida del gusano blanco (The Lair of the White Worm, 1988)

Ésta es una película de terror muy divertida, propia de cine B, adaptación de una novela de Bram Stoker, y que trata de un folclore británico que inclusive le han dedicado una canción (que vemos actualizada en el filme con una banda de rock rural), la leyenda del gusano de Lambton, con un gusano gigante más parecido a una serpiente o a un especie de dragón. Los hilos los mueve una sacerdotisa oculta en una mujer vampiro-serpiente (la mezcla de los monstruos que asechan la zona), una mujer adinerada y muy sensual; su cuerpo es un arma de seducción, una trampa para incautos. Ella es Lady Sylvia Marsh (Amanda Donohoe), sacerdotisa de un culto pagano romano que lucha contra el cristianismo. En las alucinaciones tras las mordidas vampíricas está toda la serie B de Ken Russell con unas imágenes chabacanas pero con su gracia al fin y al cabo. Éste filme tiene su humor sencillo, infaltable en una película de Ken Russell, como cuando dos azafatas de avión pelean en ropas sexys y al “héroe”, Lord James D'Ampton (Hugh Grant), descendiente del legendario asesino del gusano de Lambton, se le viene una erección ilustrada con un plumón rojo. El filme tiene su lado gore y su parafernalia digna de un filme de terror de culto de bajo presupuesto. El grupo de los héroes lo completan las bellas hermanas rubias Mary (Sammi Davis) y Eva Trent (Catherine Oxenberg) y el arqueólogo escocés Angus Flint (Peter Capaldi) que se parece mucho a Egon Spengler de los Ghost Busters (1984), perpetrando bastante cine B con sus intervenciones –involucrando el sacrificio de una virgen-. Pero el especial de la casa es Sylvia Marsh, una vampiresa en toda la palabra, y un Hugh Grant muy británico e inútil, humorísticamente decorativo.

Saya Zamurai


Un samurái es encarcelado y condenado a morir, a hacerse seppuku, pero puede conmutársele la pena y obtener la libertad si es que logra hacer reír al hijo del lord del territorio, que yace muy similar a lo catatónico producto de la pena de haber perdido a su madre. Ésta prueba se hace una muy difícil y da su decente cuota de novedad aunque a simple vista parece bastante sencilla. El samurái condenado, Kanjuro Nomi (Takaaki Nomi), un samurái miope, usa lentes, perpetra los trucos más vistosos y arriesgados y las bromas más bobas para tratar de sacarle ésta importante sonrisa al hijo del lord, pero día a día falla. El filme en ese sentido trabaja muy bien cada broma desde la más simple a la más elaborada sin repetirse y cansar al espectador con la forma narrativa, ya que se hace cargo en pantalla de cada uno de los días de derrota, algunos más veloces que otros, claro está, concibiendo en el trayecto una pequeña lección de cine, del uso del tiempo y escenificación en el arte de crear películas. Nomi sufre también internamente y eso lo ha hecho rechazar su calidad de samurái quien sin su espada es yacer en un estado de vergüenza, pero él igualmente ha perdido las ganas de vivir. Su hija Tae (una muy carismática Sea Kumada) busca resucitarlo, y es ella la que impulsa a Nomi a hacer el ridículo necesario para salvar su vida. El filme se centra en la habilidad para hacer reír, algo que conoce muy bien el director del filme, el comediante Hitoshi Matsumoto. Es un lugar de espectáculo centralmente, el filme es un especie de circo, la gente va a ver, a divertirse y a alentar a Nomi que monta show tras show para el niño sin emoción y, de paso, para su ferviente público. Otro eje es el duelo, frente a una pérdida demasiado grande, el superar ese trance, algo que se maneja de distintas maneras, que aquí se enfoca en la infancia, por lo que el filme aunque sorprendente a un punto en el enfrentamiento con la muerte termina siendo lógico en lo argumental. Otra muy buena gracia del filme que recuerda al cómic y al anime es la cualidad de Nomi de no morir, perseguido y atacado por tres extravagantes pero clásicos cazadores de recompensas –el pistolero oriental, la geisha guerrera y el monje budista-.

miércoles, 29 de agosto de 2018

¿Qué fue de tía Alice? (What Ever Happened to Aunt Alice?)


Una mujer mayor queda viuda y es dejada sin dinero para mantenerse cuando creía que su marido le iba a dejar mucho dinero, la sra. Marrable (Geraldine Page), y decide mostrar el carácter del que le hablaba su padre. Es cuando planea matar empleadas del hogar tras tomar el dinero de su seguro o de sus ahorros. Desde el inicio vemos ésta práctica, con una mujer muy cruel y fría, que parece decir que no le queda otra salida, es ella o morir de hambre, como cuando al final ríe en la ironía del descubrimiento del valor de unas estampillas.

Geraldine Page hace un gran papel como ésta mujer temible, llena de histrionismo, con la emotividad a flor de piel, de movimientos inquietos, muy expresiva, aunque muy calculadora y capaz de matar sin el menor remordimiento y saber ocultarlo, a una empleada tras otra. Éste filme lo dirige Lee H. Katzin y es producido por Robert Aldrich, por lo que el título no es casual, intenta seguir la estela de las famosas ¿Qué fue de Baby Jane? (1962) y Hush… Hush, Sweet Charlotte (1964) y lo logra aunque denota un menor presupuesto, unas imágenes más austeras, un quehacer más rustico, pero es de una trama más directa, más cruel.

Hay subtramas con otras relaciones, entre parientes y parejas que no importan mucho, están demás, ahí falla la película porque no provocan interés, pero sobrevive la participación de Mike Darrah (Robert Fuller), un tipo que queda intrigado por la sra. Marrable cuando su tía Alice, la sra. Dimmock (Ruth Gordon), decide ser la nueva empleada de Marrable, pero que es porque en realidad desconfía de ella y está ahí para investigarla; porqué lo hace también se siente poco justificable, otra debilidad del filme, pero Ruth Gordon es un contrapunto genial y un buen enfrentamiento con la actuación de Geraldine Page, que dígase de paso lucharan cuerpo a cuerpo en una escena formidable, llena de suspenso y emoción.

La intromisión de la vecina, la hermosa Harriet Vaughn (Rosemary Forsyth) y su curioso hijo adolescente tiene sentido, pero no es tan atractivo. Tanto Fuller como Forsyth no presentan actuaciones que impresionen, aunque tampoco lo hacen mal. La que es un despliegue de gestos e interesantes momentos es Geraldine Page, que hace muy entretenido el filme cada vez que aparece, fluye maldad y buen terror con su presencia, lo bueno que es ella la que domina el filme, y Gordon pone la cereza del pastel, lo adorna, lo pone más picante.

Ya la resolución no es lo que más atrae, es la justificación lógica de que la sra. Marrable debe ser detenida, pagar sus culpas, sus asesinatos. Pero incluso el filme se da cuenta que ella es lo mejor de todo porque la hace brillar hasta el final. Y dentro de lo bueno está que la hacen tal cual, una mujer mayor, no una mujer físicamente fuerte, pero con carácter y mucha ambición, querer mantener su estatus social, una situación económica decente. El filme es básico, pero muy efectivo, ver como mata a las empleadas tiene un sentir muy terrorífico, al igual que cebarse en su maldad como cuando adora su jardín y vemos en escena como el viento mueve a sus queridos y macabros árboles, sembrados sobre el abono de cadáveres, de ancianas.

martes, 28 de agosto de 2018

El legado del diablo (Hereditary)


Éstas películas habiendo tantas películas de terror siempre llegan a nuestros oídos con un gran hype, y aunque está bien lógicamente por el asunto de voltear a ver no siempre es lo que se promete. Éste filme no es malo, pero su hype no es del todo cierto. Ésta película es mucha alharaca, más que argumentación, y recurre a mucho efectismo, sobre todo al final, que ya meten cualquier cosa que sea capaz de moverte a miedo.

El filme de Ari Aster tiene mucha atmósfera, se percibe que algo anda mal, que algo va a suceder, llamémosle un logro entonces, aunque no sepamos en realidad a que se debe del todo, es decir hay un vacío debajo. El filme usa a una chiquilla, a Milly Shapiro, y la hace ver freak, comiendo su chocolate, decapitando un ave, paseando por una fiesta de chicos mayores que ella, luego simplemente es sádico con su persona, sumamente extremo, que tanto lloriqueo ante semejante impacto no se fusiona bien y queda una sensación de incredulidad con esto, que luego medio olvidamos para bien, aunque el histerismo juegue solo. Puede ser como dicen, en el cine tienes que ser más coherente que en la realidad para que te crean.

Luego pasan al muchacho, el hijo de ésta familia protagonista, tocado de nervios, y entra a tallar el sonambulismo asesino y la sugerencia macabra –en una subtrama que es lo mejor de todo-, con una madre histérica, interpretada por Toni Collette. El hijo, Peter (Alex Wolff), es igual de inquietante que lo que muestra la actriz Milly Shapiro. Hay que dar crédito a todos, mueven sensaciones, están muy bien, el problema es el filme en realidad, ya que finalmente se puede resumir en una palabra, o en una película, El bebé de Rosemary (1968).

Puede que le esté pidiendo mucho a ésta película de terror, las hay más planas y aun así divertidas, pero por lo mismo hay mucha agua bajo el río, y a uno le es más difícil sorprenderse, comprar un hype, aunque espero oír de muchas películas del género. Pero también hay que reconocer que los momentos de locura del muchacho son perturbadores, ésta propuesta juega cruelmente, aunque no es gratificante. No obstante ahí aguanta mucho.

El misterio no es lo que uno espera, optando por lo muy sencillo, también lo sobrenatural –el creer y funcione la ouija- presenta demasiada naturalidad cuando no representa ninguna originalidad, es solo aceptar que existe sin más, lo mismo que el mal. Después es una explosión de sustos, propio de decapitaciones autoinducidas, un hombre en llamas, cuerpos monstruosos flotantes y etc y por ahí alguna relación con las miniaturas, en otro manejo de la locura, en una subtrama que pega un giro como quien ya no da más.

viernes, 24 de agosto de 2018

Las Furias (The Furies)


Éste western de Anthony Mann es más un drama que una película con llamativas escenas de acción, apenas hay un par y sirven a la historia, a ese respecto tiene muy poca adrenalina. Pero hay varias escenas dramáticas bastante intensas y alguna hasta chocante. El filme pone primero un vínculo muy cercano entre padre e hija, entre Vance (Barbara Stanwyck) y T.C. Jeffords (Walter Huston, padre de John Huston, en su último papel en el cine), para luego enfrentarlos.

El filme es sobre un patriarca dueño de muchas tierras, con gente que vive en ellas sin su aprobación, colonos, y éste terrateniente, T.C., quiere botarlos, pero su hija Vance defiende a una familia de estos habitantes, en especial al hijo mayor, Juan Herrera (Gilbert Roland), galán enamorado de ella, todo un caballero, pero ésta corresponde más bien a un tipo más discutible, de cierto aire vanidoso, jugador, apostador, materialista, seductor, Rip Darrow (Wendell Corey). Pero guarda una gran amistad y lealtad por Juan y viceversa.

Ésta propuesta es una épica, que recurre a caminos imprevistos, muy ricos, es todo un clásico que parece tomar de pretexto ser un western. No hay pistoleros ni outlaws, no hay duelos ni tiroteos grandiosos. Apenas hay un pequeño choque entre los colonos y el patriarca y su gente, y el resto son relaciones de familia y de negocios. Rip tiene una vendetta con T.C. pero piensa como capitalista y no con las armas, ganar dinero, quitarle el poder al patriarca.

Tanto Rip como T.C. están muy bien dibujados para el oeste sin ser pistoleros, como unos excéntricos y amantes de sí mismos. Rip es más fino, pero con un toque machista; T.C. es más brusco, como cuando coge a un borracho y lo arroja como un saco de papas, o domina un buey frente a su tropa de trabajadores. Pero ni Juan hace ninguna gran demostración con las armas, todo queda en imaginación, prefiere quedar como un tipo de poeta.

Vance es inteligente, pero también salvaje y un poco engreída, gracias a una gran Barbara Stanwyck, como cuando le dice una mujer voluptuosa que los hombres las prefieren flacas, como quien quiere decir actrices talentosas y con personalidad primero que demasiado atractivas. El filme tiene un lado romántico rudo propio del oeste en Rip y uno muy suave en Juan. Hay varias escenas en ese son, de seducción, de traición, rechazo y sensualidad.

El filme es algo pesado, es un gran drama, pero también tiene momentos impactantes, tanto como discutibles, como los que propicia la relación tirante entre la madrastra Flo Burnett (Judith Anderson, la muy recordada señora Danvers de Rebecca, 1940) y Vance, que salta del intelecto avispado a lo bruto y criminal. Con esto los personajes tienen un lado bárbaro y bastante recriminable, no hay figuras limpias de polvo y paja. También está el maltrato físico visto como seductor y macho, propio de la época.

Pero también tienen un lado de nobleza. El trato de T.C. con Flo y su trato con Juan, el bien y el mal habitan en todos, hacia lo extremo. La franqueza de Flo –aun con cierta ambición de por medio- y su argumentación no merecen lo que le pasa en la trama, luce más como un error del filme y flagrante contradicción en Vance, algo demasiado extremo y que se toma a la ligera.

El filme brilla por su interacción, por sus relaciones tensas, y lo típico de lo rural, con un pie en el pasado –lo tosco, lo violento, la falta de ley- y otro en la civilización –el poder del dinero, los negocios y no las armas-. Es más que todo un drama, un clásico que puede bailar en varios géneros, que un western en toda la palabra, pero aun así una buena película.

jueves, 23 de agosto de 2018

Canción de cuna para un cadáver (Hush... Hush, Sweet Charlotte)


Tras el éxito de la espléndida What Ever Happened to Baby Jane? (1962) el director Robert Aldrich se planteó hacer algo parecido y de esto nació ésta película que aunque es una nueva historia y no es ni secuela ni precuela de What Ever Happened to Baby Jane? tiene semejanzas, una misma base que es la manipulación y las falsas apariencias, además de compartir actriz protagonista, la genial Bette Davis.

La trama se enfoca en el desequilibrio mental de Charlotte Hollis (Bette Davis), vista en la vejez como la loca y la asesina del pueblo. El filme parte de que una joven Charlotte quiere huir con un hombre casado que le corresponde, John Mayhew (Bruce Dern), pero el padre de ella se interpone y terminamos presenciando el asesinato macabro de John, la gran escena de terror del filme; le cortan una mano y es decapitado, algo gore, pero muy cuidado.

El filme aunque señala a Charlotte como la asesina, la que se salvó de ir a la cárcel, pero quien quedó perturbada y en el delirio, va jugando con el misterio y propone producto del fuera de campo –no vemos al asesino- manipular el suceso central del homicidio, varias veces. En primera instancia no se comprende del todo la empatía que se le quiere atribuir a Charlotte porque el asesinato fue horrible, tras la imagen sugerente de la luz sobre un enorme machete de cocina, pero la propuesta la hace ver muy patética. Se le humilla, yace rastrera, perdida, enloquecida con el recuerdo de John. Davis hace tremendo papel, maltratada por su entorno.

Más tarde ésta empatía, por lastima, aun de un asesino tan cruel, se mezcla con otros puntos, como su defensa del lugar en que vive, también que no es una mujer materialista, sino una mujer digna del sur americano, a pesar de que tiene una cuantiosa herencia. Ella aun tan golpeada por el pueblo que habla mal de su entera situación quiere mantener la casa familiar en su poder. En un inicio la vemos combativa, pero esto desaparece y se hace peor con la llegada de su prima, Miriam (Olivia de Havilland).  

La parte de terror está colocada en las visiones de Charlotte, en la fijación hacia las mutilaciones, en la canción que le recuerda la muerte del ser amado, que oye en el piano, y en la expresividad de Bette Davis. También suceden muertes muy vistosas. La primera parte moviliza el mal que representa Charlotte, quien al mismo tiempo trata de manejarse contra el daño. Se le presenta como una especie de sobreviviente aunque en estado ruinoso, enfermo. Existe gente que siente lastima de ella, pero otros –la mayoría- se ceban en su mal. Hay un buen manejo del misterio en las consecuencias hacia los otros, de la prima Miriam.

La historia por la última parte se llena de giros, medio mundo cruzan líneas éticas, aunque todo queda coherente argumentalmente. Pero tantos giros quitan un poco de presencia al producto. Aquí muestra con más notoriedad similitudes argumentales con What Ever Happened to Baby Jane? (aunque ésta primera propuesta es mejor), mientras se vuelve un policial. Todo el filme se mueve en base al desequilibrio de Charlotte, que no es una santa, pero se trata de demostrar que tampoco un demonio.

Hay un quehacer de abogado del diablo con Charlotte que tiene un uso valioso en varias líneas narrativas, en la conmiseración y el melodrama de su existencia, la de un criminal, y en más de lo que en un inicio se cree aunque tampoco sea demasiado genial el meollo de todo, porque sobrecargan la maquinación, y esto se nota claramente con la resolución, con el último crimen, que aunque es un recurso muy simple se ve más efectivo.

También es notable la interacción que generan actores de la talla de Bette Davis, Olivia de Havilland y Joseph Cotten, y una menos glorificada en el cine pero muy buena Agnes Moorehead, recordada como la madre pícara de la serie Bewitched, en la presente como una inculta y algo chusca pero despierta empleada del hogar.

lunes, 20 de agosto de 2018

Harold y Maude


Ésta es una película trasgresora aunque amable, con humor. Le pertenece a Hal Ashby. La trasgresión está en el enamoramiento de un muchacho en los 20, Harold (Bud Cort), de una mujer a punto de cumplir 80, Maude (Ruth Gordon). El filme no es realista, tiene un tono más de simpatía, más de diversión, más hippie como lo conocían al director. La relación amorosa es más propia de la amistad y de la reunión de dos personas extravagantes, en las orillas opuestas de la existencia, uno en la efervescencia de la vida y otra en el ocaso de la suya pero tan iguales en sus locuras y en la felicidad y empatía que sienten de estar uno cerca del otro.

Harold es un muchacho hijo de una familia millonaria que quiere que el chico deje de ser un freak y se adapte socialmente, para ello su madre, la sra. Chasen (Vivian Pickles), le prepara citas para que pueda elegir una esposa. Cada reunión con una chica especialmente estudiada termina mal, producto de que Harold tiene una fijación con la muerte, el suicidio, y suele aparecer muerto en su propia escenificación de efectos especiales. Inicialmente, en la apertura del filme, esto resulta impactante, ver a un chiquillo suicidarse con pelos y señales, ahorcarse, el tener una imagen creíble ante nuestros ojos, muy fuerte. Pero enseguida se explica que esto es parte de la personalidad del muchacho protagonista y pasa a ser un juego de la película, presenciar suicidios más vistosos que otros.

Maude no se queda atrás, también es muy excéntrica, justamente conoce a Harold en un entierro, ambos suelen ir –sin conocer de quien se trata- y al verse tanto se hacen amigos, comparten el mismo pasatiempo. Maude también es de espíritu hippie, ama el medio ambiente en particular. Tiene un lado criminal pero tomado como jocoso, suele robar autos, no se dice cómo pero igual se los lleva, y se burla de paso de la policía, algo muy hippie. La relación de Maude y Harold es sorprenderse mutuamente, simplemente divertirse. El filme a ese respecto se dedica a poner locura tras locura, es una película muy libre, casi sin narrativa. Lo que trata es de lo extravagante que son sus protagonistas y celebrar su rareza.

Harold va al psiquiatra, aparece conversando con él en varias ocasiones, hay un empeño en que sea convencional, normal, pero lo que vemos es que se acepta tal cual, como un freak. Maude es más una reacción, como víctima del Holocausto. Hay una escena que se asume el fin de un coito, pero no tiene nada de impúdica visualmente, es más ocurrente que otra cosa. Maude a pesar de que es muy vieja nunca es ridícula, punto a favor del filme en su buen manejo del personaje. Ruth Gordon yace en estado de iluminación, y Bud Cort físicamente está perfecto en el papel. También como buen filme hippie hay una ironía hacia la guerra representado en el tío Víctor (Charles Tyner), amante del ejército.