jueves, 13 de diciembre de 2018

Thunder Road


Es una película que tiene humor pero también harto drama, con un personaje especial, un joven oficial de policía llamado Jim (Jim Cummings), que ha perdido recientemente a su madre y divorciado puede dejar de tener la custodia compartida de su hija de 10 años, Crystal (Kendal Farr), y esto lo derrumba por completo, lo lleva a cometer error tras error.

Jim es una buena persona, aunque el filme se pone un poco perverso con él, en su mirada se puede leer en un momento que parece sopesar el querer asesinar a su ex mujer, ya que no puede vivir sin su hija a quien adora. Y no es el único momento así. El filme que dirige y escribe Jim Cummings juega con esto en pequeñas puestas en escena, muy sencillas, pero notables, como cuando Jim pelea con su mejor amigo y en un momento la cámara deja de mostrarlo para pasar a exhibir a toda la policía alborotada con Jim, y es ahí que la cámara muestra la razón al abrir el campo de visión, y es que Jim inconscientemente ha desenfundado su arma.

Momentos como éste hacen ver al protagonista impredecible, pero aunque puede ser algo violento –aunque no lo admita- tanto como un niño viejo o un tipo muy maduro y un gran orador o una persona desenfrenada que puede dejarse llevar por sus emociones, un tipo de múltiples personalidades, la imagen que más perdura es la del final, de nobleza, cuando salta de humor en humor, del llanto a la alegría, de la conmoción, el enternecimiento, a la plenitud y al agradecimiento de la vida, pero no desde lo fácil, sino desde los peores golpes de la vida, cómo perder a quienes más quieres o quien eres en la sociedad o lo material. Por todo ello, como se percibe, es un filme muy rico en profundidad, y todo desde lo claro, amable y directo.

El filme se enfoca también en los matices de la personalidad, la que no agrada del todo, que tiene altibajos con otros, lo cual puede oírse muy normal, pero aquí se maneja especialmente bien, con la relación de Jim y su hermana o con su ex esposa o incluso con su hija y su madre. El filme va descubriendo puntos débiles en todo el mundo, también producto de situaciones. Ésta propuesta también tiene su dotada cuota de humor, mucho en la verborrea, expresividad facial e intensidad de la personalidad del protagonista. La manera como la película maneja las relaciones humanas es tremenda virtud, inclusive con los afroamericanos, habiendo integración pero mucha naturalidad, poco paternalismo y honestidad. Inclusive descubrir porque se llama el filme Thunder Road tiene un uso logrado, aunque directo, más práctico.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Las mejores películas del 2018


Son las mejores películas últimas que he podido ver durante el 2018, sólo pongo las mejores a mi criterio. No tienen orden alguno.

1.       The Disaster Artist
2.       As boas maneiras
3.       El hilo fantasma
4.       La película infinita
5.       Western
6.       El amante doble
7.       You Were Never Really Here
8.       Revenge
9.       El vigilante
10.   La casa lobo
11.   Matar a Dios
12.   Les garcons sauvages
13.   Annihilation
14.   Ayer Maravilla Fui
15.   Un beau soleil intérieur
16.   Damsel
17.   Al otro lado del viento
18.   El infiltrado del Kkklan
19.   Lembro mais dos Corvos
20.   The Ballad of Buster Scruggs
21.   Thunder Road
22.   Wiñaypacha (La mejor película peruana del 2018)

martes, 11 de diciembre de 2018

La balada de Buster Scruggs


Es una película perteneciente a los hermanos Coen que se divide en 6 historias que versan sobre el western. En la primera historia que designa el título al conjunto conocemos a Buster Scruggs (Tim Blake Nelson) y reina la parodia, la ironía, sobre un pistolero y lo salvaje que es el oeste, el sobrevivir siendo un forajido. También brilla por la música, clásica de la región del sur. La mayoría de historias son muy sencillas, pero muy bien tratadas, entretenidas de ver, visualmente imponentes además. Otra historia tiene a James Franco como un rustico asaltante de bancos. Aquí vemos un ataque de indios muy potente, y no va a ser el único, habrá otro con un tal Mr. Arthur (Grainger Hines) que se robará el show a último minuto en otro relato, aun cuando la relación intelectual que manejan Bill Heck y Zoe Kazan inicialmente es notable, despierta curiosidad de hacia dónde se dirige éste segmento.

Al filme no le falta el humor, todo tipo de comedia. Igualmente es atractiva la recreación física de los personajes, los Coen no han buscado que sean personas embellecidas, sino todo lo contrario, más bien realistas, y pasan muchos por bastante humildes y hasta alguno por feo. En una de las historias se luce irreconocible Tom Waits como un viejo buscador de oro que le habla a Dios negando la derrota. Ésta pequeña historia se halla llena de sorpresas. Tiene a su vez toda la magia de los cuentos pioneros del genial Jack London. La mejor historia –por el personaje- es la del actor sin extremidades, interpretado por Harry Melling, que tiene un rostro sumamente expresivo, sobre todo en lo referente a la melancolía. Aunque su personaje vale por ser un gran orador lo mejor son sus gestos tan significativos. En ésta historia le acompaña Liam Neeson, que al igual que Brendan Gleeson en otro relato, tiene una injerencia menor, pero elevan el nivel del conjunto con su presencia y experiencia.

Por último sobresale una historia sobre una simple diligencia –como en otra hay una caravana de colonos- llevando distinta gente a un nuevo pueblo. Dentro del carro se ponen todos los presentes –supuestamente gente respetable- a conversar, hasta discutir, sobre cómo cada uno ve el mundo desde quien es cada quien y aquí se trabaja mucho distintos tipos de dualidad. Pero lo mejor llega después (aun), cuando la historia se convierte en una (sugerente) historia de terror, mezclando un uso poco trabajado todavía en el cine, de western con horror. El filme utiliza la mención de los míticos y despreciados caza-recompensas de manera magistral. Éste relato recuerda un poco a Bola de Sebo, de Guy de Maupassant, pero la vuelta de tuerca es atacar directamente a una señora digamos que honorable, a una señora tradicional, familiar.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Lembro mais dos Corvos


En el documental de Gustavo Vinagre un transexual, Julia Katharine, como si estuviera en un pequeño escenario de teatro le habla al director que yace fuera de campo, le cuenta sobre su vida, sobre su sexualidad –que es lo que suele llamar más la atención y nos tiene en primera instancia aquí escuchándole-, y su afición al séptimo arte que llama su salvación frente a la depresión, e invoca una vida dura. Julia habla con mucha soltura y facilidad, tiene habilidad como narradora y su (casi) monólogo –con intervenciones muy breves y contadas del director- entretiene y es interesante. Julia refiere que a los 8 años descubrió por completo su tendencia sexual con un abuelo tío de 55 años que aunque no se quiere victimizar porque se sentía mujer y la concibió como una primera relación se da cuenta que en realidad si fue una relación de abuso sexual, de pedofilia. De ésta manera, su vida se va mostrando -aunque ésta la rehúsa a concebir así-como una historia triste. Pero su cinefilia también otorga respiro al filme, como su elocuencia y actitud positiva frente a todo finalmente.

Lo bueno del filme es que no ahonda en lo tradicional, en esa parte sexual tan determinante en Julia y en la transexualidad, quien también ha experimentado con ser una actriz porno amateur. El filme se apoya en la personalidad amable de éste medio especie de personaje, porque Gustavo Vinagre también construye uno con una pequeña puesta en escena, un escenario de estilo japonés, dándole a Julia una vestimenta de geisha y servir el té a la manera tradicional nipona –no obstante, Japón es parte de su identidad familiar y vivencial, además-. Pero esto es breve también. Katharine, nombre escogido en honor de -la mítica y dicen también de vida secreta extravagante- Katharine Hepburn, vuelve a su calidad de narradora de su vida. Ahí brilla en su cierta delicadeza para hablar, pero abriéndose al mundo.

Nuestra narradora tiene una anécdota con el perfume Chanel No. 5 que es bastante curiosa, cruel, pero a su vez lleva ironía. Julia de cierta manera intenta desmentir que solo sea un ser sexual –también tiene cierta despreocupación o dejadez por su apariencia física, aunque esto lo toma como una autocrítica-; la cinefilia ocupa entonces otra dimensión importante de su personalidad. Julia conoce muy bien el cine arte, idolatra también a la legendaria Vivian Leigh, actriz sufrida, maniacodepresiva; conoce a Bergman, a Mizoguchi y a Ozu, a éste último lo llama su favorito, y lo describe muy bien; se siente identificada con Terms of Endearment (1983), en su relación con su madre, parte trascendental de quien es y de quien habla bastante. Aunque llega a decir que Nymphomaniac (2013) le queda chica, le parece inocente, al lado de sus experiencias sexuales, es notable que opte por mostrar otra dimensión de su ser.

Hay momentos donde la alegría natural de Julia se convierte en melancolía, el filme del brasileño Gustavo Vinagre logra coger algunos de estos momentos, como cuando hace sonar una pequeña cajita musical. Julia dice ser una mala actriz, pero espera desarrollar una carrera, ir creciendo con el tiempo y la práctica, como su heroína, Katharine Hepburn. Julia menciona amar los premios tipo los Oscars y trasnochar mirándolos en youtube. Ella es insomne, y hoy el filme aprovecha uno de estos habituales días para contarnos su historia, su vida, que como cuando finalmente mueve la cámara hacia la ventana nos descubre que no estamos frente a ningún escenario de teatro, a una puesta en escena, sino a la mismísima realidad.

domingo, 2 de diciembre de 2018

La estrategia de la araña (Strategia del ragno)


Athos Magnani hijo (Giulio Brogi) va al pueblo donde murió su padre, donde lo mataron, quien se ha convertido en un héroe para éste pequeño pueblo italiano, la ficcional Tara. Athos Magnani padre murió luchando contra los fascistas, cuando planeaba matar al mismísimo Mussolini. En Tara el hijo interactúa con los 3 mejores amigos de su padre y su amante, Draifa (Alida Valli). El filme de Bernardo Bertolucci juega con el doble al tiempo que presenta a padre e hijo con ayuda del presente y el pasado.

Para diferenciar a Giulo Brogi que hace de ambos Magnani el filme utiliza simplemente una bufanda roja que lleva el padre y una actitud más decidida, como un semblante enojado o serio de éste; el hijo es más de rostro meditabundo y observador. Con ésta sencillez tenemos dos protagonistas en la misma persona, algo importante porque veremos por mucho tiempo como se presentan junto a los demás personajes que mantienen idéntica figura, es decir, edad. Brogi es de lo más austero en su interpretación, pero es realmente efectivo.

Es importante diferenciar padre e hijo para entender pasado de presente, aunque una posible lectura apunta que el hijo se fusionará con el padre y a la vez el presente con el pasado. Esto se percibe en especial con el envejecimiento repentino de las vías del tren. A esto también se le puede agregar que en el filme predomina la manipulación de la idea de que Athos sea un traidor o un héroe, haciendo difícil decidirse por una opción, que es donde yace la maestría del creador original de la historia, el gran Jorge Luis Borges, en su cuento “Tema del traidor y del héroe”, quien con mucha sutilidad plasma una escritura de múltiples miradas con apenas unos pocos detalles puntuales y aparentemente sencillos, pero sorprendentemente ricos.

Bertolucci hace un filme muy competente, uno que logra coger la esencia del original de Borges, y aunque muchos pueden creer que es fácil conseguirlo no lo es en realidad porque son 2 lenguajes distintos y pasar la maestría de la literatura al cine siempre es harto arduo. Uno puede obtener algo sobresaliente, pero muy diferente, como le pasa a Michelangelo Antonioni adaptando el magistral cuento de Julio Cortázar, Las babas del diablo, creando Blowup (1966), una película descaradamente arty, pero divertida e interesante a un punto, pero bastante diferente al original, e incluso bastante menor a su grandeza. Bertolucci no, es artístico, personal, original y curioso en cierta medida, pero coherente y digamos que de cierta manera fiel al magma de Borges, como que comprende notablemente bien el libro. Y rompe con lo que solía decir Hitchcock, que un libro no tan sobresaliente solo puede crear una película notable. Una curiosidad también es que La estrategia de la araña (1970) no es un filme muy conocido y aquí existe una injusticia, porque es realmente una muy buena propuesta.

El filme de Bertolucci es un filme que no recurre a muchos elementos, no es un filme grandilocuente ni fastuoso, ni siquiera en extravagancia, pero es un filme complejo aun así. Y nuevamente es que coge la esencia de Borges, tal cual su escritura. Apenas recurre a cierta poética como con las ancianas sentadas en la carreta de bueyes explicándole al protagonista la situación a puertas de entrar a la memoria de la ópera de Rigoletto. Igualmente la mención del genio de Shakespeare es simple en el filme, muy didáctica, pero invoca al mismo tiempo el metalenguaje, que es donde también trabaja Bertolucci buscando romper con el tiempo, con los personajes, con los propios límites de la narrativa.

Mientras, no descuida la belleza de la narrativa, el arte de contar (y crear modernidad), proponiendo novedad. Conocer a los tres viejos –propulsores de una golpiza variopinta, paradójicamente divertida, curiosa, pero no ridícula- y sentirse atraído por la amante del padre tiene un aire de misterio, de ir contra lo convencional, pero sin caer en la incoherencia. Finalmente (casi) todo tiene sentido. El filme se explica, dice un diálogo que uno no es uno, sino muchas personas, un cúmulo de contradicciones. La obra puede ser catalogada de imperfecta, aunque sea genial, porque no explica en profundidad el lado traidor. No obstante se entiende que esto remite a la complejidad de las personas. Simplemente pudo dudar, aunque finalmente la originalidad vence al destino.

jueves, 29 de noviembre de 2018

La commare secca


Debut cinematográfico de Bernardo Bertolucci que escribió el guion junto a Pier Paolo Pasolini y el guionista y también director de cine Sergio Citti. La maravillosa Accattone (1961) ya los había reunido, Sergio Citti fue coguionista de Acattone junto a Pasolini, donde el hermano de Sergio, el gran Franco Citti, sería el protagonista; y Bertolucci sería asistente del director.

La cosecha estéril (La commare secca, 1968) puede remitir en un inicio a Ryūnosuke Akutagawa, a su cuento En el bosque, donde diferentes personas hablan de un mismo caso proponiendo distintas perspectivas para resolver un crimen. Rashomon (1950), de Akira Kurosawa, adaptaría gran parte de ese cuento. Lo mismo parece hacer la película de Bertolucci, pero finalmente el crimen entre manos se resuelve directamente, aunque como una arista más de la figura geométrica. No hay nada que interpretar, todo está ahí a la vista, claro como el agua, pero hermosamente contado.

El filme muestra mientras tanto personajes propios de una época austera, de necesidad económica, tienen mucho del Pasolini inicial. Un chiquillo pícaro roba a parejas románticas en un bosque. También es el típico ladrón cobarde. En las mejores secuencias de presentación de personajes –que es de lo que se trata en realidad la película- tenemos a un vividor y a su mujer (unos geniales Alfredo Leggi y, en especial, Gabriella Giorgelli), una arrendadora de inmuebles, que orgullosa muestra a su “marido”, un tipo de vida alegre. Un joven militar en lugar de lucir estricto, o disciplinado, se muestra como un muchacho inmaduro. Va molestando -bromeando- a las bellas mujeres con las que se cruza en la calle.

Los mejores personajes de ésta propuesta son Francolicchio y Pipito, dos muchachos pobres, de quienes no vemos familiares, parecen dos aves solitarias, que sueñan embobados y hambrientos con comer ñoquis o pasteles de papa, y pronto pueden ver sus sueños cumplidos al conocer a unas chiquillas. Ambos son musicales, alegres y positivos, aunque se tornen algo criminales, y ahí vuelve a intervenir la figura de Pasolini, con un tipo con dinero que quiere –como con putos- algo con ellos. De las mejores escenas –de aplastante naturalidad- es que se pongan a cantar a capela o a reír sueltos como ríos viendo las féminas bailar.

En el filme hay momentos poéticos, hermosos visualmente, aunque sencillos, como con el soldado dentro de un túnel con mujeres haciendo de peatonas, o con Pipito gritándole a Francolicchio que yace nadando a la distancia, cuando Pipito frustrado, desesperado y melancólico grita no saber nadar. Por último tenemos al hombre de los zapatos raros, suecos, zapatos de madera. Todo bajo las luces del interrogatorio policial, con los policías ocultos en las sombras, muy secundarios porque en realidad es la historia de sus variopintos personajes, pobladores del imaginario italiano clásico, y el crimen suena más a pretexto y así se resuelve.  

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Luna de papel


Luna de papel (1973), de Peter Bogdanovich, es una película tierna y dulce, de las mejores suyas. También es muy divertida. La relación que se forma entre padre e hija, en la vida real, y padre e hija supuestos en el filme es maravillosa, entre Moses Pray (Ryan O'Neal), un pícaro, un estafador, pero un tipo simpático, gracioso, para el espectador, y Addie Loggins (Tatum O'Neal), niña que en el entierro de su madre, pareja fugaz de Moses quien asiste al entierro, le es entregada para que la lleve donde su tía.

No obstante en el camino la niña descubre que Moses es un estafador, inventa llevar de encargo biblias a viudas que encuentra en el periódico rindiendo tributo a sus maridos, mujeres que manipula para ganar compradoras, sentimentales y medio obligadas, en medio de la época de la Depresión Americana, los 30s, en el sur estadounidense. Conocido esto, la niña en lugar de decepcionarse o asustarse muestra que también es muy pícara y aún más audaz que quien cree su padre, y lo ayuda a vender las biblias. De ahí en adelante la niña exhibe otros engaños, al igual que Moses, hasta meterse con un contrabandista de alcohol y éste resulte tener un comisario de hermano, con lo que el asunto tendrá sus repercusiones.

En ésta propuesta no se busca castigar la vida licenciosa de Moses, no es esa clase de película, sino divertirse con él y la niña, por eso estamos más cerca de la comedia, aunque suave, del entretenimiento ligero, con una pareja de compañeros poco comunes de cierta manera. No es extraño que Tatum O'Neal ganase el Oscar, más allá de la primera impresión, aun a los 10 años de edad y en su debut en el cine, porque realmente está espectacular, y el filme de Bogdanovitch le exige bastante, la mayor parte de la película se trata de sus aventuras y astucia. Ella incluso genera un plan maestro para deshacerse de una pareja romántica de su compañero de correrías, alguien que compite por su atención y llevaba la partida ganada, con la interpretación genial de Madeline Kahn, como una artista y medio mujer de la vida –también se enamora-, pero que al igual que Moses paradójicamente exuda simpatía, exotismo y complicidad del público, donde lo negativo no consume su imagen general.

A ese respecto el filme es audaz, propio de una época de sobrevivencia, donde todo el mundo carga a la pobreza, no solo literal, también simbólica; nadie es juzgado con rigidez, más bien hay ligereza y mucha tolerancia con lo que habitualmente nos mantendría alejados. De todas maneras vender biblias no suena tan terrible, aun cuando estriba sobre la muerte de alguien, pero esa es la picardía, ironía, travesura y libertad del filme que busca ser intrépido.

No es típico que una niña haga de antihéroe, sin tampoco ser una comedia de trazo grueso, pero es más importante el vínculo que forma con el que cree su padre, aun cuando éste se basa en pequeñas estafas. Esto no toma mayor trascendencia, producto a su vez que hasta la policía rural tiene de corrupta, a la que se le suma un buen toque vulgar, rustico, propio de la imagen popular del sur. Todo es ligero y veloz, así mismo el castigo a Moses no lleva demasiado melodrama. La separación es lo capital, y es curioso a un punto que sea la niña la que solidifique su vínculo, que sea ella la que lo mantenga. El filme se apoya bastante en la pequeña, y aun así no resulta incoherente o fantasioso, tiene mucho realismo, lo cual es tremenda virtud, proponer mucha naturalidad con algo poco visto, una niña realmente astuta.

El filme es cálido y amable, y se mueve dentro de una mezcla perfecta, de consistencia, humor y relajo, tiene de ligera, de entretenida, pero sin perder un interés mayor, y no se adscribe al drama tampoco, aquí no existe llanto, pero igualmente no hay burla fácil.  El filme también se las arregla para ser sensible, en medio del hambre y la extrema necesidad de una época. La gente es propia del imaginario del sur, gente más tosca. Bogdanovich tiene habilidad para retratar el opuesto a la que llamaríamos su realidad. También papá e hija encajan y al mismo tiempo sobresalen; no rompen la figura, aun siendo especiales. Maridajes en su punto, así debería llamarse éste filme; un filme familiar a fin de cuentas, pero una película que le va a encantar a todo el mundo, que tiene la sensibilidad en la medida y brilla a través de ello.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Expectante


Segundo largometraje de ficción del peruano Farid Rodríguez Rivero. Recuerda los filmes de Eduardo Quispe, en su economía, sencillez formal y austeridad, pero la realización de Rodríguez Rivero tiene tomas y, en especial, seguimientos de sus personajes, mucho más competentes. Tiene tomas sencillas, pero bien ejecutadas. Conceptualmente es muy básico. En los filmes de Eduardo Quispe se tiende a hablar mucho, a tratar de profundizar en algún tema o simplemente dejar volar la mente en diferentes puntos. Digamos que Farid prefiere lo puntual y común, lo intrascendente, el diálogo del día a día, que imaginar un cine intelectual. El filme es un logro técnico en comparación al llamado cine indie nacional en general, pero en las coordenadas de lo esencial. El protagonista camina con sus amigos a comprar unos sanguches y más tarde acompaña a dos amigas. En estos trayectos la cámara se luce eficiente, ágil y estética. Ésta pasa al frente o los sigue por detrás sin crear secuencias o encuadres imperfectos. El filme gira alrededor de la inseguridad de nuestra ciudad, Lima. La propuesta abre con el muchacho protagonista observando por la ventana; logra mirar a la distancia a una patrulla. Se encuentra solo en su hogar, de un rato a otro coge un fierro –lo que suena algo un poco irónico, o extremo- y camina por dentro de las habitaciones. En estos momentos uno puede imaginar que tratamos con una película de terror, pero es por un breve lapso. Luego pasa el filme a la intrascendencia, con los amigos, chiquillos aficionados a los juegos de vídeo que escuchan la música bailable que les ha tocado vivir. Hacen chacota, se toman el pelo mutuamente, escuchamos un lenguaje coloquial, pero no demasiado vulgar. Pertenecen a la clase media o media alta, dentro de un distrito seguro, con sus incontables rejas y guardias nocturnos –la ubicua noche imprime su misterio-. Pero aun así la atmósfera va de la mano de aquella experiencia real que cuenta una compañera. Ella describe un asalto en plena calle, lo mismo que articulará esa caminata solitaria del protagonista en su regreso a casa, donde cada vehículo que pasa cerca o cada persona apoyada en un poste generan expectativa, ¿ocurrirá algo? Ésta propuesta alienta ese pequeño estado de conciencia en el espectador, de temor, que bien apunta el título, aunque resulta algo obvia en sus postulados. El filme en su parte gruesa narrativa nos muestra a chicos comunes, chicos felices, muy bien descritos en su afición al anime, a la modernidad. Se ve una película relajada (humilde), fresca. Es un buen inicio, para pasar a un filme más atrevido, más original; pensemos que no demasiado lejos tiene tampoco el cine de Hong Sang-soo, en cuanto a economía, austeridad y a sencillez formal, solo que éste despliega mucho más recursos.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

El infiltrado del KKKlan (BlacKkKlansman)


Éste filme de Spike Lee se ubica en el pasado, es una historia de mediados de los 70s, una historia real, pero se emparenta con el presente, con el gobierno de Donald Trump, que incluso al final vemos en imágenes reales cómo neonazis americanos generan disturbios y no son rechazados firmemente por el presidente del país. Una línea de diálogo señala que no cree que un presidente como Trump fuera a existir, hablando en general, pero el filme de Spike Lee pone la mano sobre la llaga, ironiza un poco también a ese respecto.

En el filme hay un trabajo conjunto, entre dos héroes, uno judío, Flip Zimmerman (Adam Driver), que no es muy practicante de su fe, pero con la investigación se sentirá identificado; y un afroamericano, Ron Stallworth (John David Washington), el primer policía negro de Colorado Springs. Ambos logran infiltrarse en el moderno Ku Klux Klan. Stallworth es la voz en el teléfono y en las negociaciones y tratos; y Zimmerman es el cuerpo, la figura en el lugar. El filme habla del abuso policial que también remite a la época y gobierno de Trump, pero Spike Lee como su personaje aún guardan fe, distinguen, entre los buenos policías y los corruptos y violentos, que asesinan afroamericanos, por estereotipos o por racismo. En ello Harry Belafonte, en su labor de activista, describirá al mínimo un brutal asesinato de éste tipo.

La propuesta de Spike Lee presenta varias aristas y puntos de vista alrededor del racismo. Esto admite discutir la mirada del resentimiento y la violencia como respuesta a los supremasistas, que deja en claro la presencia y el discurso de un joven intelectual al estilo de Malcolm X,  Kwame Ture (Corey Hawkins), dirigiéndose a los estudiantes de color que están que se debaten en qué hacer, en cómo reaccionar ante la discriminación. A la cabeza de los estudiantes está una activista y bella mujer, Patrice (Laura Harrier), que aparte de ser la sección romántica del protagonista, será el punto medio o decisivo finalmente de cómo piensa el director. Ahí entra a tallar Ron Stallworth que enfrenta al racismo, no es un ente pasivo, pero tiene la mente abierta y es tolerante, sabe separar el grano de la paja, como policía y como ser humano, está abierto a llevarse pacíficamente con los blancos, pero luchando contra los racistas, por eso su intervención en el KKK es capital, cosa que sucede producto de su iniciativa, porque también es un policía emprendedor.

Por un lado tenemos a un extremista y estudioso afroamericano en Kwame Ture, y por el otro a un doctor racista interpretado por Alec Baldwin, ambos exponen sus discursos brutos, peligrosos y oscuros o agresivos. En la práctica el líder, la mano dura, del KKK, la representa Felix Kendrickson (un magnifico Jasper Pääkkönen), ya que Walter Breachway (Ryan Eggold), el líder formal de Colorado Springs, es un tipo suave, de poco carácter, y quien es el que le abre la oportunidad de integrarse a Ron Stallworth en la figura de Adam Driver, pero con la personalidad de la interpretación de John David Washington, lo que genera una gran ironía cuando el máximo líder, David Duke (Topher Grace), es engañado, burlado, por Ron con quien suele tener conversaciones racistas sin percatarse Duke que sólo sabe de estereotipos, y que Stallworth representa un afroamericano inteligente, educado, sano y ganador.

Lo interesante del filme también es que Spike Lee recurre a gente común, no a grandes estructuraciones de protagonistas, en esa línea tenemos a la esposa robusta de Kendrickson, una sencilla ama de casa, pero una extrema racista, producto también del amor e influencia que siente por su marido, aun cuando éste es un salvaje, un criminal. Ella es Connie (Ashlie Atkinson), que es determinante en la conclusión del filme, uno que tiene un final abierto porque ésta situación racista sigue en pie gracias a un gobierno como el de Trump, según nos indica el director, ya que Spike Lee es muy notorio en dejar ver sus ideas políticas y sociales.

Aunque el grupo político estudiantil tiene mucha ira y se le percibe propenso a entusiasmarse con figuras como la de Kwame Ture, a ser manipulados hacia la violencia, el policía afro Ron es más abierto a trabajar con blancos, a integrarse, a generar inclusión y compañerismo mutuo. En la policía hay un mal elemento, un tipo racista y abusivo, un tipo con poder manejado negativamente, el filme de Spike Lee lo distingue, y hace que el enfrentamiento sea lógico, sea especifico, y no generalizado, esa es la influencia saludable de un héroe como Ron. Éste agente y mal elemento, Andy Landers (Frederick Weller), no es un estereotipo, es más bien del tipo que uno no lo percibe extremista, sino naturalizado, fresco, como muy seguro de sí. Es lo instituido que viene a derrumbar la película, mirando siempre hacia el presente, no tanto en la obviedad del asunto que ya cae por conocimiento, por ello Felix Kendrickson más que discurso y efectismo representa primitivismo y furia, aunque su criminalidad tiene poco de exageración.

El filme no genera demasiado humor, no es que sea especialmente gracioso, pero es bastante entretenido, muy ágil, muy relajado, muy ligero. John David Washington es un policía efectivo, valiente, pero de esa consistencia –tal cual sus movimientos de karate, cuando se fastidia-, igualmente Adam Driver, que como actor representa el relajo por antonomasia, y que va meditando su judaísmo de manera ciertamente inocente –muy opuesto a la inteligencia de un Philip Roth-, quizá hasta lleve una leve ironía muy contemporánea. Topher Grace sí produce gracia intrínsecamente, como líder máximo del KKK, aun articulándose seriamente, de manera ofensiva o sofisticada. Laura Harrier también es una gran pareja, forma con David Washington un dúo perfecto, redondo. Sus diálogos sobre Blaxploitation son cool e interesantes, así mismo su percepción de dos filmes indicados de racistas, El nacimiento de una nación (1915), que es una mención clásica, y Lo que el viento se llevó (1939), que es más discutible.

martes, 20 de noviembre de 2018

What's Up, Doc?


What's Up, Doc? (1972) es una de las mejores películas de Peter Bogdanovich, una obra por la que se inmortalizó en la comedia, en la historia del séptimo arte, y es una screwball comedy, una película alocada, una película de enredos. La película de Bogdanovich se hace algo complicada de seguir exactamente, en querer saber cómo 4 maletas idénticas terminan mezclándose entre sí y generando un estado de locura, de caos, de tremendo desorden. Pero eso no importa, lo que interesa es reírse con esto. El filme se reta, va al extremo de la anarquía y eso gracias a una simple maleta de cuadrados que llevan distintos personajes.

Otro punto capital del filme es la presencia de una genial Barbra Streisand, que puede parecer que la mueve la sinrazón, porque genera el caos de la nada, más allá de que desde el arranque se ve que le produce a todo mundo accidentes o desperfectos por naturaleza, pero su andar lo motiva en realidad una simple atracción, un flechazo profundo, un amor a primera vista, o quizá un capricho, por Howard Bannister (Ryan O'Neal), un profesor estudioso de unas rocas ígneas musicales con las que ha formado una teoría y lo llaman un arqueólogo musical. Bannister es un tipo de lentes, un hombre formal, digamos que aburrido, pero es su atractivo físico el que hace que Judy Maxwell (Barbra Streisand) lo persiga, hasta hacerse pasar por su esposa e incluso a “obligarlo” a que acepte esto.

Lo gracioso viene a ser también que Bannister tiene una prometida, Eunice Burns (una muy graciosa también Madeline Kahn), que hace de la típica esposa dominante y poco agraciada. En un momento con ella llegaran a la apoteosis cuando un televisor se incendie y destruyan una habitación de un hotel, uno de los puntos de máximo desorden de la propuesta. Ya para eso la confusión con las maletas estará sembrada. No solo Bannister y Judy tienen cada uno una de la maletas endemoniadas, sino también una vieja rica llevará sus joyas en una igualita, desatando la codicia y corrupción de los empleados del hotel a donde todos irán a parar. A su vez la cuarta maleta le pertenece a un sujeto que parece un espía, seguido por alguien que quiere hacerse con los documentos secretos del gobierno que lleva encima.

El filme de Bogdanovich realmente es alucinante apretando los botones hacia el caos, hacia el absoluto despelote, hay ratos en que la confusión es enorme y, desde luego, la risa abundante. El incendio en el hotel no es nada, viene mucha más diversión. Salen a la calle y como en una película de acción surge una persecución en vehículos con hasta cuatro autos siguiéndose. Pero antes sigue la buena broma con el robo de un triciclo que produce una de las imágenes más clásicas de la historia de la comedia moderna, con Streisand y O'Neal subidos en éste. Entre ellos hay lugar para destellos de comedia romántica. Existen momentos tiernos, aunque no es la típica comedia romántica, es más una comedia de enredos.

Hay dos movimientos clásicos muy graciosos en el filme que me vienen a la mente. A un empleado poco agraciado le dan la misión de que seduzca a la vieja de las joyas, y el hombre no sabe mejor forma de detenerla para una conversación que ponerle cabe y derribarla al piso, algo que puede sonar ridículo, pero que también se puede ver de manera seria en el debut en el cine de Tom Hanks que en el slasher He Knows You're Alone (1980) recurre a éste artificio. El otro es que una cruel Judy manda a Eunice –su designada competencia en el amor- a una casa de miedo donde aguardan unos gángsters por las joyas de la anciana. La imagen de Eunice es impecable, aunque sea en buena parte un estereotipo; toda ella produce mucha gracia. Igualmente el actor Kenneth Mars como un malvado musicólogo engreído y celoso de Bannister es sumamente entretenido.

En la casa del director de la fundación, de Frederick Larrabee (Austin Pendleton), llegamos hasta un segundo momento de frenética locura. Una persecución muestra un triciclo de repartidor convirtiéndose en dragón chino y otra desnuda su esencia como un festival de disfraces, tal como lo son las maletas. En el juicio se manifiesta todo de lleno, como última gracia, se dicta que no se entiende nada, cosa que el filme de Bogdabovich maneja perfectamente de la manera más sencilla, pero proponiéndose anárquico, libre, potente, práctico y muy humorístico, en la que es una de las mejores screwball comedy que ha dado la gran pantalla, una hazaña moderna teniendo a genios como Ernst Lubitsch y Howard Hawks como antecesores, y manipulando nada menos que el show de Bugs Bunny.

sábado, 17 de noviembre de 2018

The Last Picture Show


Estamos a comienzos de los 50s en un pueblito texano, seguimos la vida de unos muchachos, en especial de 2 mejores amigos, Sonny (Timothy Bottoms) y Duane (Jeff Bridges). Están en la edad de buscar sexo, asunto por el que girará bastante la propuesta, y Sonny termina siendo el amante de la esposa del entrenador de su colegio, de Ruth Popper (Cloris Leachman). Lo que resalta de una de las mejores películas de Peter Bogdanovich es que no se hace mucha diferencia con la edad en cuanto a manera de ser, los adultos se comportan como chiquillos, y los chiquillos como adultos, y entre ellos surge una interrelación horizontal. La relación entre Ruth y Sonny aunque toca la diferencia de edad, ella se siente vieja a los 40s, en el trato es muy similar a cualquiera, ya que Ruth parece una niña enamorada. También tiene importancia que ambos son emocionales, y quieren vencer sus aflicciones mediante el soporte del otro.

Bogdanovich a ratos en sus diálogos hace ver medio cursis a sus personajes, no provocan sensibilidad, sino que lucen demasiado sentimentales. El héroe del pueblo, Sam El León (Ben Johnson) se mete un discurso de aquellos sobre una relación extramatrimonial en el pantano, igualmente por separado Ruth Popper –sobre su situación sentimental y matrimonial- y Lois Farrow (Ellen Burstyn) –sobre Sam, cerrando el círculo-. El filme retrata la realidad de la gente del sur, pero pierde cuando pone la música popular de la zona en momentos que considera típicos de ellos; suena la música country cuando se le quiere dar identidad al producto, y resulta fácil, redundante y hasta molestoso. Salvo además cuando le rompen a Sonny una botella de cerveza en la cabeza, que se ve bastante falso, como de utilería, el resto está bien.

El deseo de todos los muchachos, incluidas las jovencitas, de tener experiencias sexuales, está tratado con naturalidad, soltura y una dosis de realismo vulgar o corriente. Jacy Farrow (Cybill Shepherd), una chiquilla guapa rubia del pueblo, entra en esa búsqueda. De la mano de Jacy los dos mejores amigos pelearan; es la mujer como trofeo, pero que manipula por su sensualidad y físico a todos los machos a su gusto. Por otro lado sorprende descubrir que en la relación de Ruth y Sonny hay más amor y empatía que en las relaciones más convencionales. Entre ellos hay hasta diversión, chacota, se siente mucha complicidad. Por lo demás es vivir en un pueblito sin muchas aventuras extraordinarias, hay un cine, un billar, una cafetería y paramos de contar, en estos sitios vemos la sencillez de sus vidas. Es un filme muy americano, pero propio de sentirse uno identificado por su universalidad. El título alude al cine, los muchachos son visitantes comunes del séptimo arte, hasta vemos que ven una película de John Wayne.

Está grabado en bello blanco y negro, como buen cine independiente. Sonny es el personaje principal, aunque no habla mucho y es muy común; no presenta maldad, es un muchacho bondadoso, aunque se toma libertades con una mujer casada –pero es ella la que se le insinúa-; esto proviene también de la exaltación del sexo que hay en el filme, como de la admiración y ejemplo que produce Sam en los muchachos, también el dueño de casi todo, pero un tipo llano, humilde, aunque típico vaquero. Realmente vemos mucha intrascendencia en éste filme, observamos lo habitual en el sur digamos, sin poner énfasis tampoco en su aspecto más rural, lo rudo o rustico. Se producen dos muertes que tratan de tocar la sensibilidad del espectador, una expresada de manera elíptica, otra de forma muy visual. Apuesta por la emotividad, aunque no es tan audaz; y lo palia con el sexo, sin explicites, sino con mucho cuidado, como con los muchachos desnudándose en una fiesta, en una piscina, un clásico acto de juventud. The Last Picture Show (1971) es un filme coming of age entretenido.

martes, 13 de noviembre de 2018

Al otro lado del viento


El gran Orson Welles dejó esta propuesta inconclusa a mediados de los 70s y más de 40 años después Netflix terminó de producirla con la guía a la cabeza de Peter Bogdanovich, amigo cercano de Welles. Al otro lado del viento (2018) se contextualiza en el cumpleaños número 70 de un director de cine –también su último día de vida-, Jake Hannaford (John Huston), quien trabajaba en su última película, una película que pretende romper con el pasado clásico hollywodeense e instaurarse en la modernidad, que proviene de Europa, con la que pretende competir. Ésta película aun inconclusa se llama igual al título. Como se ve hay mucho metacine, en una película que se auto-alude, al propio Welles con Hannaford y a su también último filme.

Hannaford prepara una gran fiesta, invitando a todo el mundo, incluida la molesta e invasiva prensa, o a una crítica de cine que suele andar sobre Hannaford y tiene una escritura afilada, Julie Rich (Susan Strasberg), con quien se alude a la crítica de cine real Pauline Kael, amada e incisiva a la vez. El filme como anuncia y abre la voz en off de Peter Bogdanovich trata de mostrar todas las aristas de la personalidad y el arte de Hannaford. Bogdanovich interpreta a Brooks Otterlake, también director de cine, amante del cine de Hannaford. A la fiesta asisten todos los acólitos de Hannaford, que en el filme son como soldados o llamados luciérnagas. Hay una secuencia homenaje a estos soldados, gente que acompaña a un director valiente pero autodestructivo. Cantan su idiosincrasia, mientras tanto se despierta el arrebato en Hannaford, para librarse del fastidio, de la decepción, con los disparos a los maniquíes.

En ésta propuesta de Welles presenciamos una película dentro de otra película, con una obra que recuerda a Zabriskie Point (1970), de Michelangelo Antonioni. Muchos ven sátira a ese respecto, lo que agrega que Welles hace ver a Hannaford compitiendo con Antonioni, con Godard, con Bertolucci, con la nouvelle vague, con el nacimiento de un nuevo cine que ha dejado atrás la gloria del cine clásico americano. Son nuevos tiempos, y el público quiere ver otra cosa, los directores europeos están haciendo un cine distinto, es la revolución como mencionan los americanos tratando de ponerse al día con ésta revolución, y eso es justamente el filme de Welles, y el filme ficticio que vemos también dentro. Una secuencia con fuegos artificiales que parece a primera vista un despelote en realidad ironiza sobre ésta “guerra” contra los nuevos autores, que hasta se menciona al neorrealismo y al último Marlon Brando.

Por partes algo extendidas vamos viendo el último filme de Hannaford, una primera muestra a un productor en una pequeña exhibición personal en una sala de cine, después en la casa de Hannaford con sus tantos invitados, y más tarde en un autocinema, algo bien americano, como el desierto -de los westerns- y un poco el quehacer de su ciencia ficción –también por su índole futurista, de mostrar el nuevo cine-, ambientes a los que alude el filme de Hannaford. Al igual que Zabriskie Point el filme dentro del filme Al otro lado del viento plasma un escenario hippie. Un motociclista, a lo protagonista de Il grande silenzio (1968), el actor John Dale (Robert Random), ve a una mujer en el desierto, a una india americana (Oja Kodar), en una cabina de teléfonos, y queda flechado de su belleza y sensualidad, y la sigue. Mientras tanto el ojo voyerista del director y el de sus acólitos van explicando ésta propuesta, incluso en un momento se oirá como si fuera la voz de Dios -ambos generadores de misterio- indicaciones de Hannaford, no como dirigiéndose a un actor literalmente, sino como en una película sobrenatural.

Billy Boyle (Norman Foster), un viejo actor secundario y asistente de dirección dice que la india silenciosa lleva una bomba pero no se ve que la cargue y luego esto se olvida; aun no lo filman, se menciona. El motociclista la ve mirar una muñeca –esto se explica, no se ve tampoco-, la compra para regalársela, para seducirla; más luego la indígena destruirá la muñeca, presenciando algo de absurdo y efectismo propio del cine moderno. Los baños rústicos de una discoteca son usados como lugares de muestras de sexo, tipo fantasía pornográfica. La película que hace Hannaford es propia de los nuevos tiempos, muy liberal sexualmente.

Finalmente ella se desnuda, cosa que Oja hará por bastante tiempo, de lo más natural, no luce algo demasiado trasgresor o atrevido, no hoy, ni tampoco es lo que se busca, no hay regodeo. Aparece una escena sexual en un carro, se produce una secuencia tensa, con mucho suspenso –hasta se menciona luego a Hitchcock-, sobre todo con un tercer tipo que acompaña a la pareja protagonista, y por el tratamiento visual y del sonido. Ésta escena es perfecta, de lo más potente, de las mejores presentes. Todo se ve mejor aún gracias a que el filme de Welles tiene una edición endiablada, aunque algo complicada, que recuerda la maravillosa F for fake (1973).

No me gusta mucho el simbolismo, dice Hannaford, aun cuando se habla mucho de simbolismo en el filme de Welles, y además se ve que se utiliza en cierta medida. En un ómnibus hacia la fiesta hay otro gran actor hablando, de su relación laboral con Hannaford, Cameron Mitchell como el maquillador Zimmer, esto suma, él es interesante. Es notorio que muchos de los que trabajan con Welles no son celebridades o gente exitosa al 100%, son actores algo menos glorificados o algo sufrientes como Welles, pero todos ostentan un aura de cierta magnificencia, de pasión y entrega. Sobresale también Lilli Palmer como Zarah Valeska, una extranjera con dinero y una relación amorosa pasajera con Hannaford.

Los hombres no gustan de idolatrar a las grandes mujeres dice Valeska, el filme intenta hacer lo contrario, pero en clave simbólica, porque predominan los hombres. Hannaford y su gente en plena fiesta dialogan con periodistas, fotógrafos, otros directores y con la fiera crítica. A ratos el personaje que hace Bogdanovich se luce astuto y carismático mientras John Huston luce imponente –aunque también veremos un lado flaco en su persona-, aun con muchas manías encima, movimientos poco estéticos pero muy propios y de aire cool y hasta derramando ya viejo su licor mientras bebe; él habla cuando quiere, lo cual ocurre a media película en adelante, brillando recién en el rol.

Se menciona al fracaso y a la autenticidad, Hannaford, Welles y la verdadera cinefilia lo enfrentan siempre, aun cuando se deja en el aire el querer que el público de John Wayne vea la película. La crítica de cine, que además es guapa pero, más, inteligente menciona que Hannaford es un voyerista, cosa que Welles no desmiente, más bien corrobora con su filme. Se explica que Dios –partiendo del cine- es femenino en realidad y que todos queremos volver a donde está nuestra madre, a su barriga. Más tarde la crítica mordaz señala que Hannaford es un homosexual reprimido, lo cual hará que reciba una bofetada, y el menosprecio y el odio del director. No obstante parte importante del filme se mueve en éste sentido, en la relación maestro-protegido entre John Dale y Hannaford.

Una de las escenas mejor logradas del filme es sobre ello, aun cuando es rara e incómoda, ahí un profesor de arte dramático descubre quien es John Dale, un fraude, un timador, un gay, un tipo con quien Hannaford comparte una tendencia suicida, artística también en ese sentido -John Dale era de buena familia, pero era un renegado-. Hay mucho argumento o background sobre esto, se menciona que los directores tienen la moda de poner hombres que parecen mujeres, suponiendo que implica la belleza a su vez, no solo la homosexualidad. La leyenda de que John Dale se estaba ahogando y lo salvó Hannaford, lo hizo marinero, fue más bien algo menos maravilloso, el filme también desmitifica, como con su crítica al sistema. Hannaford tenía la tendencia de volver actores a gente simple, como un Pasolini tras putos callejeros. No hay que olvidar que sobre éste hay también una comparación cursi con Hemingway.

Por ahí igualmente hay una mención a los indios sin mayor relevancia, ¿no hablaban también de Marlon Brando al vuelo? La película fracasa, finalmente todos saltan del barco. Es el aire maldito y poético de todo verdadero artista, podríamos responder. El fantasma o los sufrimientos existenciales que siguen al director perduran, propio del mito romántico. Puede ser también la añoranza del actor que fue el propio Welles, hacia sí mismo. Una secuencia estética, arty, indica la liberación femenina del poder masculino –hasta por ahí parece verse la agresión a un miembro simbólico y no faltan las tijeras que recuerdan a Anna Karina- , también un asunto trabajado en el filme aunque de manera más relajada. Se hace ver que el cine vampiriza la belleza, y puede entenderse como una autocrítica hacia una fuerte sexualizacion.

martes, 30 de octubre de 2018

Saraband


En un inicio uno cree que será la historia del reencuentro de Marianne (Liv Ullmann) y Johan (Erland Josephson) tras 30 años de separación, pero la última película de Ingmar Bergman es otra cosa o es más que eso. El filme tiene dos líneas narrativas, una más tratada, la poco esperable. La más obvia en el papel, la relación entre Marianne y Johan, ha mutado totalmente, no se trata ya de amor, aunque algo brilla entre ellos por un momento, cuando Johan se angustia y terminan desnudos acompañándose en una pequeña cama.

Parte de su sistema reproductor de Marianne ya no está con ella, como menciona la mujer al vuelo, el sexo ha dejado de ser importante, justamente lo que dicen los separó, la constante infidelidad y superficialidad de él. Pero existe afecto entre ellos, al menos se palpa en Marianne, justamente la que siente curiosidad, anhelo, y va en busca de Johan. El trato romántico de ésta pareja queda muy de lado, ya viejos quizá no existe, o no se percibe con facilidad, existe en realidad algo menos sofisticado, mucho más directo, difícil de definir del todo, puede que sea el recuerdo de su compañerismo o la sensación de haberse conocido tan bien, de haber pasado 16 años juntos en matrimonio y hay algo de confabulación afectiva, pero es algo más inmediato, automático, propio de la (velada) nostalgia.

La historia que más se aborda –sorpresivamente- es la relación entre Johan, su hijo sesentón Henrik (Börje Ahlstedt) y su nieta Karin (Julia Dufvenius). Entre los tres hay relaciones muy distintas, a lo que se suma el fantasma de la esposa de Henrik, de Anna, que es un ser amado y mencionado en el filme por todos, una especie de mujer abnegada, inteligente, humilde, de poca palabra, una santa. Henrik y Johan tienen cierto odio, resentimiento y quieren venganza el uno por el otro, se tratan mal, el viejo lo humilla, especialmente con el dinero, y el hijo porque lo considera un mal padre. Hay diálogos crueles y malvados, algo violentos, aunque dentro del comportamiento de gente educada, de ellos dos, por separado y en un encuentro donde la nieta es el vínculo de afecto y unión familiar.

Bergman dibuja seres humanos, aunque hace más difícil el trabajo de que nos generen empatía, pero se les percibe más reales, más profundos de lo habitual en el cine. Tanto Henrik como Johan caen mal a ratos, especialmente el hijo, a quien Bergman deja como peor persona. Lo que salva un poco a Henrik es su desesperación, su sufrimiento, su soledad, su cualidad de perdedor, aun cuando Bergman trata mucho con el sexo, y lo hace en dos sentidos, uno muy artístico, y otro polémico, pero encubierto en un paquete complejo. Se percibe entre Henrik y Karin un halo de incesto, pero esto se puede entender como algo simbólico, aunque visualmente -en un beso veloz pero ardiente- nos impacte una escena, nos genere un shock.

Entre padre e hija esto implica una relación absorbente, abnegada, castradora, haciendo que evitar el sufrimiento del padre sea una tara para la realización plena de la muchacha, donde Bergman pone de complemento -de escape- la independencia que le puede generar la música –tocar el cello- a Karin en el extranjero, tras múltiples ofertas, un futuro brillante. Es romper con los parámetros, con las cadenas, con el nido, o con el quehacer de ama de casa. Es el padre –que puede representar además el país- arrastrándonos hacia un nivel inferior, a una vida menos libre, menos lograda. Todo esto involucra la proclividad al suicidio, la dependencia de la esposa traspasada a la hija, aun cuando la madre quiere enmendarse en su lecho de muerte y deja una carta al marido, que bien refleja la brutalidad de lo malsano, la idea del incesto.

Tenemos enfrente un filme impredecible e interesante, Bergman prefiere la suma de relaciones humanas, colocando lo viejo como un coherente colofón y remate, abordado levemente, tras ser el punto de partida o seducción del espectador para correr a hablar de otras tantas relaciones, generando expectativa, trabajando con el misterio, con otros conflictos, aunque todos familiares; igualmente de distintas etapas, es Bergman ahora el abuelo, ya no solo el hijo, es ponerse en otros lugares y mostrar más complejidad, dualidad. Los intercambios entre unos pocos personajes –tan solo cuatro, más el uso siempre magistral de un fantasma- muestran la brillantez del director sueco para con el manejo de la austeridad, hacer de pocos elementos algo importante y atractivo. Por algo Bergman no solo fue un maestro del cine, también del teatro, y esto lo vemos claramente aquí. Maestro en auscultar la vida, a la humanidad en sus parámetros más próximos, más reales.

lunes, 29 de octubre de 2018

Los comulgantes (Nattvardsgästerna)


Éste maravilloso filme de Ingmar Bergman abre con una liturgia, que observamos de manera pormernorizada, dentro de un logrado estado de austeridad visual, donde hay pocos elementos, pero yacen ayudadas las imágenes de tomas que hacen más palpable, más próximo, más potente cada movimiento y momento. Veremos cómo viven el orden religioso unos feligreses, entre ellos un pescador y su mujer embarazada, Jonas (Max von Sydow) y Karin Persson (Gunnel Lindblom). Cinco personas yacen arrodilladas frente al pulpito, toman la sangre y la carne de Jesús, de manos del pastor Tomas Ericsson (Gunnar Björnstrand).

Pero detrás de éste muy representativo y bello momento, no tan extenso tampoco, se esconde el sufrimiento y la frustración que esconde el llamado silencio de Dios, es decir, que los hombres estén expuestos a un mundo cruel, a la desesperanza y a la desesperación, sientan que están abandonados, perdidos en su soledad. Todos los personajes del filme sufren de esto, a pesar de que todos de alguna forma viven alrededor de la trascendencia eclesiástica, incluso los que no creen o dudan de Dios.

Lo más llamativo es que el pastor Tomas es el peor de todos en cuanto a poner en juicio a Dios, el peor en carecer de fe, el que más lo recrimina, el que dice que es pastor por medio imposición de su padres,  o sea que ni vocación dice tener, quien no puede tolerar la muerte de su mujer, muerta hace 4 años, y que trata a la gente con dureza –principalmente por sus argumentaciones sobre su falta de fe-, y esto es grave porque gente creyente pone su esperanza en él y éste los desalienta, pero aun así éste tipo no muestra mucho remordimiento o se maneja con cierta frialdad, lo que lo hace ver como un terrible ser humano. No solo se niega el amor, y una oportunidad de ser feliz, con la maestra de colegio, Marta (Ingrid Thulin), su ex pareja, sino que envenena al resto, hace más trágico el mundo, influye en los demás.

No hay mucha conmiseración o respiro para con el protagonista, para con el pastor, pero éste sigue en pie, se mantiene igual, y se nos habla de hipocresía, de falsedad, de ruina, cuando claramente tiene un muro mental que no lo deja avanzar, y no se siente como un callejón sin salida, una historia melancólica, porque simplemente la salida es renunciar a ser pastor, y quizá se nos esté hablando de la fe, cosa que ya depende como discusión. En él queda muy claro, no obstante el filme deja discurrir todo. Lo desnuda, dentro de un existencialismo cruel, un existencialismo solitario, poco empático, el más pesimista. El pastor es un hombre analítico, pero poco receptivo, y esa imagen del cadáver que debe ayudar a recoger es un momento imponente, muy simbólico, abre un hueco en el alma y en la discusión.

El filme tiene monólogos muy poderosos e inteligentes, como aquella carta de Marta, puesta la cámara sobre su rostro en primer plano. El filme hace llamado del amor, de la sensibilidad, aun cuando la personalidad del pastor, sus dudas, lo inundan todo, de paso lo destruyen todo. La gente es dura en éste retrato de Ingmar Bergman. No obstante los que más se perjudican son los más débiles, como el pescador y su familia, porque aun cuando el pastor sufre se ve que es un tipo fuerte, que sigue dando sus liturgias, continua fingiendo.

Otros, como el organista (Olof Thunberg), no creen en nada, son seres fríos, insensibles, discuten todo sin alma, juzgan desde lo alto, sin ponerse en el lugar, de esto que sus bostezos y picardías lo dibujen de cuerpo entero. En cambio en el sacristán (Allan Edwall) aún se puede percibir fe, aunque argumenta; deja ver que la situación es difícil, con el silencio de Dios, que es de lo que gira la propuesta. Su interesante monólogo habla sobre que Jesús no sufrió tanto físicamente –cosa que suena ligero y muy discutible, pero coherente a su argumento- sino enormemente el sentirse solo, no únicamente de la humanidad, sino de Dios; padeció con mayor brutalidad el hecho de que el silencio ponga en tela de juicio su camino, cosa que suena al sucedáneo del encuentro bíblico con el demonio. Esto nos refiere que somos como hijos que quieren que su padre los reconforte, nos abrase, nos salve del dolor y, según el filme, no sucede.

Pero el amor de Dios toma distintas formas –que aquí se puede oír y ver que se le resta importancia o se le mata; la maestra es fuerte también-, pero el retrato como el clima del pueblito perdido en que nos ubicamos es muy duro, como le afecta a Jonas, la maldad de la humanidad, reflejada en la tensión que le produce la guerra nuclear, curiosamente la frialdad de los seres humanos, pero acudiendo al más frío (exterior) de todos, porque el pastor sufre (internamente) y odia su existencia, y no puede contenerse, y culpa a Dios, a su silencio.

domingo, 28 de octubre de 2018

Un verano con Mónica (Sommaren med Monika)


Mónica (Harriet Andersson) es una chica intensa que está ansiosa de emociones y aventuras, tiene una existencia humilde, un padre pobre y aficionado al alcohol, aunque no mala persona, y un trabajo donde todo el mundo intenta toquetearla. Todo esto le fastidia, pero al tener novio, estar con Harry (Lars Ekborg), se siente feliz, alegre, libre, ella misma. La situación, que puede entenderse por la parte social, económica, también se puede estacionar en el simple anhelo de tener una vida placentera, entretenida. En un momento Mónica hace mención que hay personas, uno puede suponer gente con dinero, que se lo pasan bien, pero ella –otros- no.

Lo mismo siente y pasa Harry –por su trabajo y hogar-, pero él lo ve de otra manera, se comporta distinto, entiende que necesita un trabajo normal, un trabajo sencillo, pero además sueña con estudiar y ser profesional para acceder a una vida plena. Es un hombre simple. No obstante se cansa, sufre de cierta explotación y malos tratos, aun cuando es un tipo educado, amable, inclusive algo tímido, y le termina desagradando su centro de trabajo, un lugar que refleja la condición social, la condición de obrero.

El director Ingmar Bergman es muy sutil, relajado, ve más por las emociones y los parámetros regulares de la existencia, tiene a lo social como parte de, no el todo. El filme se apoya en la libertad, el placer y la felicidad, en ésta búsqueda, que representa la personalidad y esencia de Mónica, con un desnudo suyo en la playa que es todo ello en una pequeña secuencia. Sin embargo el mundo invade a la pareja, tiende a agredir a los seres humanos, les pone dificultades, sufrimientos. Mónica entonces reacciona y no lo hace de la mejor manera, el filme de Bergman la muestra negativa, hasta antipática o mala persona, ya que Harry es un tipo ideal, un santo prácticamente.

Es entonces que Mónica representa esa felicidad siempre escurridiza, efímera, veraniega. Cuando una hambrienta y salvaje Mónica roba un asado –el mismo, una y otra vez, a lo que suma enojo- el filme se presta al humor, a la aventura, a la terquedad, a la inconsciencia, más que a lo social, aunque desde luego está presente también. Ésta propuesta pasa de la vida libre o feliz a la vida de responsabilidades y así, Mónica, pasa a ser como una ilusión, una cierta utopía, una continua fuga.

No obstante Bergman se permite hacer de la playa, de un bote, del mar y de la pareja protagonista un logro, aunque con el tiempo contado, creando momentos felices en el anhelo, la personalidad, de Mónica, que se resiste a regresar a la civilización que no es otra que el mundo donde hay poco placer, donde convives con lo desagradable. Lo económico está presente elípticamente, la llegada de un bebé se opone a la isla. Igualmente la infidelidad persigue la relación, partiendo de lo que es simple envidia, una esencia básica.

Mónica pierde parte de su belleza, su inocencia que parecía a prueba de todo, se mella su naturalidad, se muestra banal e inmadura, quizá está agotada –de la vida-, es débil, quizá es demasiado sensual –el sexo la domina, detrás de la excitación vivencial-. En cambio Harry es un tipo austero en todo sentido. Pero Bergman tampoco la hace desagradable todo el tiempo, sólo por un rato, y al final lo bello perdura –ese flashback del desnudo-, aun cuando surge la decepción, aun cuando no pueden sacarse de encima lo social.

viernes, 26 de octubre de 2018

Fanny y Alexander


Dirigida y escrita por Ingmar Bergman, uno de los más grandes directores del séptimo arte, que tiene cierto toque autobiográfico, ganadora de mejor película extranjera en los Oscar. Trata sobre como dos niños pierden a su padre, y su madre se vuelve a casar, con un obispo (el magistral Jan Malmsjo), un tipo estricto que se lleva mal con los pequeños. El filme de Bergman se enfoca en Alexander (Bertil Guve), mientras Fanny (Pernilla Allwin) es más decorativa o simplemente sigue los sentimientos y dolencias de su hermano. Alexander es un niño con carácter –sabe lo que quiere- aunque también luce muy sensible, de ahí que su choque con el obispo sea tan rotundo, por ser dos polos opuestos.

El filme también abarca la familia de Alexander, los Ekdahl, una familia pudiente que regenta un teatro y suele celebrar a sus actores. Son una familia muy fiestera, en especial el tío Gustav (Jarl Kulle), que es un mujeriego, y tiene una aventura con su empleada, Maj (Pernilla August), una risueña y robusta mujer que curiosamente todo el mundo quiere, incluida la esposa de Gustav que muy liberal tolera su relación extramatrimonial. Con Gustav Bergman da pie a mostrarse audaz con el matrimonio, saltándose cierta moral muy tranquilamente.

En la familia Ekdahl no hay vistos de maldad o incordio, todos viven muy felices, no sólo se quieren, se respetan mutuamente, a pesar de que hay cierta sensualidad trasgresora en ellos, como cierta bohemia por su sangre, pero finalmente su condición de artistas o próximos al arte los hace más libres que el resto. El problema llega para el feliz y satisfecho Alexander cuando su madre cambia la vida alegre de los Ekdahl, que tiene a algún pariente haciendo fiesta de pedos, que llama fuegos artificiales, por un hombre estirado, frío, poco afectivo, resentido, que todo lo quiere corregir y dirigir, que quiere dominar a sus hijastros, castigándolos misma inquisición, quiere convertirlos en seres tristes.

El presente es un filme básico, pero muy bien hecho, como cabe imaginar del genio de Ingmar Bergman. La propuesta se realza con cierto surrealismo, misticismo, lado tenebroso, mágico, cuando en especial Alexander pasa a vivir con el amante de su abuela, Isak Jacobi (Erland Josephson), un empresario judío que maneja un teatro de títeres con un sobrino. Ahí un joven extraño, mitad demonio, mitad el criminal en el que puede convertirse Alexander, por su odio al obispo, aparece dentro de esa fantasía que muestra a los fantasmas comunicándose con los Ekdahl, tal cual el padre que jura siempre acompañar a sus hijos aun muerto.

Fanny y Alexander (1982), pasa de mostrar a una enorme familia, a muchos personajes -manejados con maestría-, dentro de una fiesta navideña a comienzo del siglo XX, a poner el lente sobre Alexander, un pequeño Ingmar Bergman, sufriendo la autoridad patriarcal y religiosa, una dictadura, al tiempo que le atrapa la nostalgia por la vida artística nacida en el seno de su gran familia y sus relacionados. Alexander es un héroe común, sin súper poderes, con una fortaleza que nace de su interior. El filme tiene un uso del terror recurrente, pero suave, normalizado en el día a día, no por lo sórdido, sino por lo fantástico, como quien asume mitos y leyendas en su existencia. Lo sobrenatural siempre está presente como una luminosidad existencial aunque prima lo universal, lo familiar, el calor humano, la libertad.

miércoles, 24 de octubre de 2018

First Reformed


Ethan Hawke interpreta a un pastor protestante que tiene dudas y que se halla en la desesperación (silenciosa), además sufre de una enfermedad terminal y se siente culpable de la muerte de su hijo al convencerlo de ir a la guerra, como de la desintegración de su matrimonio. Esto luce como la mezcla de Diario de un cura rural (1951) y Biutiful (2010), pero con más diafanidad que Robert Bresson y más acertado que Alejandro G. Iñárritu.

El director Paul Schrader se enfoca en que los seres humanos están destruyendo el planeta y, por ésta razón, Dios nos odia. Hawke como el pastor Toller se siente mortificado además por el silencio de Dios,  por tanto mal en el mundo. Esto se pone en la palestra cuando el pastor conoce a una pareja, y el marido de ésta se halla muy desesperado; aquí se enfocan en el cambio climático, cosa que Schrader potencia y le da varios sentidos, lo que pudo sonar tonto. Toller está a puertas del abismo, a puertas de convertirse en Travis Bickle, y como en esa hermosa y perfecta película algo improbable sucede, algo cambia a último minuto.

Schrader juega con el escape, aprieta la vida de Toller, pero al final hace valer la otra mitad que convive con la humanidad, la esperanza. La luz parece imposible de llegar, incluso desarticula la opción que todo lo mejora, el amor, proponiendo que el necesario cambio interno que todo hombre debe manejar desaparezca, por pesimista. El mundo es caos, la humanidad con el cambio climático va hacia la autodestrucción, el hombre es malo, Dios simplemente se cansó, nos detesta. Todo suena muy dramático, trágico y drástico.

No obstante hay momentos en que se respira normalidad, en el quehacer diario del pastor, teniendo a la iglesia de la primera reforma como un lugar histórico, salvador y turístico, como con las historias de la época de la esclavitud, aunque les persigue el miedo, la muerte. El filme también juega a poner en discusión el poder y la necesidad del dinero, con financiamientos dudosos, obligados, y que uno debe callar, pero pasa, como quien pone la situación más desosegante, y es algo que no queremos ver o ya no tenemos fuerza para enfrentar.   

El filme acierta de lleno cuando logra manejar el silencio de Dios, sin que necesariamente el pastor deba negar a Dios u olvidarse de él, pero debe buscar en aquel mundo que tanto dolor le causa, debe enfrentarlo tal cual, y la salida es sencilla, pero efectiva, una de las pocas, o la mejor. La salida es terrenal, sin tener que odiar o renegar de Dios. Es algo que finalmente no se puede comprender del todo, lo mismo con el planeta y la humanidad. El panorama es cruel y duro en el filme, se siente incluso la soledad en las calles y en el trato de la gente, algo muy americano. Pero no obstante hay momentos donde Toller parece estar tranquilo, aunque su mal es interno y en mucho silencioso.

Lo bueno de la película es que es como una montaña rusa de emociones, hay momentos aparentemente apacibles, suaves, y luego surge –se toca- la desesperación, lo intenso. Una de las grandes escenas del filme donde surge paz es un momento a lo Bruno Dumont que toma plena lógica, que tiene de sensual, de atrevido, de místico, de apocalíptico, todo adornado dentro de una pequeña levitación, un momento erótico convertido en algo intelectual. Schrader yace iluminado en ésta propuesta, abundan los diálogos y son todos muy coherentes y aunque muy argumentales no dejan de ser humildes, con esa humildad que evoca la idea del americano promedio que no se toma tan en serio su inteligencia, su facilidad para pensar lo existencial, la trascendencia, porque finalmente todo pasa por lo mundano, por nuestra simplicidad vivencial, frustraciones, carencias y sufrimientos.

domingo, 21 de octubre de 2018

The Coca-Cola Kid


Dusan Makavejev hace una película ambientada en Australia con el actor americano Eric Roberts como un genio del marketing y de la promoción de la gaseosa Coca Cola –promoción que será bastante nutrida en la película, aunque al final prima lo nacionalista-, para ello él mismo suele decir que es él quien decide quien lo necesita y no al revés. Bajo esa idea se pone la tarea de visitar un pueblito aledaño a la sucursal local de su empresa, donde no venden Coca Cola, esto por el éxito de otra bebida, perteneciente a T. George McDowell (Bill Kerr).

El filme es muy suelto con ésta trama, pero se puede entender como lectura el poder empresarial avasallador americano por sobre lo autóctono, pero sin romperse las vestiduras, ya que prima la extravagancia, la comedia, el romance algo atípico, la aventura. En el romance tenemos a Terri (Greta Scacchi), una divorciada medio rara que se enamora del igualmente particular Becker (Roberts), alias The Coca-Cola kid, y lo persigue con ahínco. Con ella tenemos una escena de navidad y seducción –vestida la fémina de papá Noel- que suena ocurrente, moderna y muy cálida. Terri tiene también una hija y la pequeña pone la cuota de ternura. En sí todos aportan buena onda y simpatía, como el padre de la niña que se presta al asunto aun cuando tiene todas las del alcohólico, generando momentos de locura naif.

Se trata de entretenimiento, con una historia que quiere ser original y un tratamiento a esa vera. No es una obra muy excéntrica pero tiene lo suyo –como cabe esperar del cine de Makavejev-. Eric Roberts personifica a un tipo que se comporta distinto al común, que busca la novedad, como cuando se pone a lanzar golpes de karate al aire, hacer ejercicios y como bailar cerca de una piscina, pero sin exagerar su distinción o empalagar, aun cuando en un inicio parece algo autista –recordemos el rato en que le preguntan si quiere té o café y no responde cual pero siente que ya respondió-, y ciertamente es una muy buena interpretación.

Es una propuesta que tiene de memorable, pero sin ser tampoco plus ultra, es sencilla, sólo que con gracia y encanto, produciendo diversión e interés, se deja ver bien. En otras manos sería una historia convencional, pero Makavejev le da estilo y personalidad y la narrativa proyecta más de lo que se tiene en realidad. Hay hasta una pequeña historia de conspiraciones y una avioneta persiguiendo al paladín marketero cuando yace en su vehículo. Todo esto pareciera que huele a Hitchcock, tanto como a ratos a la comedia americana, pero el filme prefiere bañarse en la personalidad del cine australiano, junto a la locura de Makavejev que pretende coger el sonido australiano (implicando su esencia), dicho en la trama, expuesto en un jingle, compuesto por el neozelandés Tim Finn. Finalmente sobresale la hechura de personajes curiosos, locales, en medio de una mirada cosmopolita.

Sweet Movie


Sweet Movie (1974) es una película híper excesiva de Dusan Makavejev, donde supone burlarse de todo. Tiene a 2 mujeres como protagonistas en dos historias independientes, pero muy bien mezcladas en lo visual, sabiendo que Makavejev es un genio del mix.

Miss Canadá (Carole Laure) gana un concurso de belleza en el que se busca la virgen más gloriosa y para ello un ginecólogo revisa la composición y estética de sus vaginas, con el fin de que la ganadora se case con un millonario de la leche, El Señor Kapital (John Vernon). Pero tras una fallida noche de bodas producto de una sorpresa Miss Canadá termina enviada a París metida en una maleta por un culturista negro que antes tratará de violarla tras ocultarla en una botella de leche gigante publicitaria.

La locura y extravagancia de éste filme no es poca cosa, lo cual llegará a su apoteosis cuando una catatónica Miss Canadá sea parte de una comunidad anárquica donde vomitar desenfrenadamente y competir por producir la mejor caca sean los momentos de felicidad máxima orgiástica de éste grupo. Miss Canadá despertará finalmente –cosa de nada- tras sobar su rostro con un genital masculino a vista y paciencia del mundo.

El sexo es algo que a éstas alturas no presenta ningún tabú para Makavejev y lo explota en total desparpajo, frescura, sinvergüencería si se quiere, no como algo necesariamente pornográfico, sino algo extremo, irónico, extravagante, revolucionario para los estándares convencionales del séptimo arte; es el cine moderno en pleno momentum, aunque no sea un filme a llamar de demasiado estupendo, pero tampoco malo.

En una historia predomina el sexo, veremos la filmación erótica y la fantasía de tener a una mujer desnuda lúdica bañada en chocolate, con su pubis manchado sobresaliendo en la toma. Esto se mezcla con el humor sarcástico, como ver a un macho latino, a un francés (Sami Frey), pegado con alguien como si fueran perros en celo. Lo kinky (fetichista, “pervertido”) hace gala cuando un hombre es tratado como un bebé, un juego erótico extravagante. Esto no es nada, el filme no teme tocar la línea hacia la peor corrupción, como vemos en la otra historia.

Parte de la esencia de la segunda protagonista es ser pedófila, a quien vemos seducir desnuda con dulces a niños sonriendo inocentemente, toda histriónica. Ésta historia aun así es más política que la otra. El dulce es la contradicción que acompaña la perversión de ésta mujer, la capitana Anna Planeta (Anna Prucnal), que tiene sexo en medio de mucha azúcar suelta –provocando una escena con sangre, bastante estética, bella en colores-.

Ésta trama utiliza a su vez violencia, tiene homicidios a su alrededor, yuxtaponiendo una parte documental, videos de archivo (pseudo) científicos de los nazis, y en especial una terrible matanza perpetrada por comunistas. En su trayecto se hace burla de un romance socialista con una navegante que lleva una proa con el rostro de Carl Marx y un marinero soviético sacado del acorazado Potemkin (Pierre Clémenti).

El filme no es sutil en su humor ni en su construcción crítica que incluye al capitalismo con Miss Canadá, busca ser la irreverencia absoluta, la novedad en estado demencial, y aunque hace pensar en un director como Alejandro Jodorowsky a Makavejev se le entiende mejor. No obstante de que tiene mucho mal gusto eso es indiscutible. También que entretiene, como anuncia su título, con una comedia insolente.

Innocence Unprotected


Un hombre rubio de musculatura de culturista profesional muestra su fuerza excepcional, hace acrobacias y pruebas de riesgo, mezcla de superman, Houdini y un strongman pionero. Dragoljub Aleksic es el protagonista de ésta película, con partes documental y otra de ficción -con una película en el interior de otra, o el logro del cuarto de edición tipo director´s cut o el de un remake-, de Dusan Makavejev, quien hace un homenaje a una obra serbia –primera hablada de su país- que fue censurada tanto por los nazis durante la ocupación alemana como por el gobierno comunista de Yugoslavia.

Aleksic en 1942 producía, dirigía, escribía y protagonizaba la película del mismo nombre, un melodrama donde una huérfana es maltratada por su madrastra, la que quiere sacar provecho casándola –con un tipo bruto-, pero que halla la salvación en el amor, al enamorarse del personaje que interpreta un carismático Aleksic, casi un superhéroe, dedicado el filme a mostrar sus habilidades y talentos propios del circo, y a cierto egocentrismo. 

Makavejev exhibe gran cantidad de la película original, y hace una propuesta esencial, como si estuviéramos casi viéndola en su totalidad, sumándole –fiel a su estilo y a lo que intensificaría más tarde- newsreels de la ocupación alemana y de propaganda nazi; también entrevista a muchos involucrados de la película homenajeada, de gente que estuvo enfrente y detrás de cámaras, inclusive vemos en repetidas ocasiones a Aleksic quien aún más de 25 años después mantiene un gran estado físico y se dedica a mostrarlo.

Makavejev celebra un lugar de identificación cultural y un pilar cinematográfico para su país al abordar el filme de Aleksic, propuesta que puede entenderse -en un mínimo- como producto nazi si observamos que el protagonista maneja la imagen estereotipo que buscaban promocionar los alemanes de la época. No obstante curiosamente el filme fue censurado. Pero la realidad es que Aleksic se dedica a ser un héroe popular serbio –dentro de alguien exhibicionista, consciente de hacer un show y al que se le puede emparentar prácticamente con cualquier ideología-, a mostrar su extrema masculinidad, a vencer a los malvados –violadores y rapiñas crueles y calculadores- y a rescatar a la damisela en peligro.

Es un filme entretenido, simpático y curioso, gracias al original, pero al que se le hacen ciertas manipulaciones, como colorear algunas partes de los fotogramas, y se le da un toque mix bien efervescente, austero en pensamientos, pero los hay, como pensar en la segunda guerra mundial, los nazis y un melodrama inocente de la época en contraste o complemento desde el punto que se quiera ver, un sueño frente al mundo desmoronándose o alguien no pudiendo ponerse al margen de la realidad porque finalmente la censura le vino encima.

Se recoge que sea un filme placentero, con el interés de ver el humor y la personalidad serbia. No luce un filme muy político el de Makavejev, el original menos para tanta censura, pero Aleksic es un tipo interesante capaz de solventar toda una película tras él, y es lo mismo con su realización que está a la altura, que aunque tiene mil defectos al mismo tiempo tiene personalidad que poco importa que no sea una obra maestra. Makavejev juega sus fichas como quien arma un atractivo cuadro lleno de cosas ingeniosas, que te mantienen atento, divertido, sin demasiada proporción, prefiriendo en ello ser sutil, pero aun sencillo, como disfrutar con cada proeza de Aleksic, verlo doblar un fierro o romper cadenas con los dientes.