domingo, 30 de octubre de 2011

Melancholia

Si El árbol de la vida (2011) de Terrence Malick nos refería al hermoso comienzo del universo desarrollando la existencia en la tierra y el acercamiento a lo espiritual, el danés Lars von Trier nos habla del fin de la humanidad y de la ausencia de todo misticismo. Su mirada es descreída por completo cargando grandes dosis de pesimismo, un ir hacia la nada con estoica resignación.

Dos hermanas presentan la cara emocional de los seres humanos según la interpretación mental de éste cineasta. Una como remite el título yace en el dolor existencial, Justine (Kirsten Dunst, ganadora en el festival de Cannes del premio a mejor actriz por esta película) es autodestructiva y vive perturbada por su propia condición de mártir, siendo una desequilibrada que sufre frente a la desolación que representa el planeta para su persona. En medio de un matrimonio perfecto con un novio afectuoso y comprensivo surge su idiosincrasia que la mueve a tirar todo por la borda. Se acuesta de manera absurda con un joven casi desconocido y sufre un descontrol de cara a la felicidad que rehuye por culpa de sus inseguridades y carencias, de su enajenación que aspira al apocalipsis, la celebración silenciosa y soterradamente macabra del último día de nuestras vidas. Su sufrimiento lo empaña todo hasta engullirla salvajemente.

Claire (Charlotte Gainsbourg) es menos ególatra e individualista aún en su condición engañosa de total probidad ya que posee en su haber feroces sentimientos encontrados hacia Justine a la que ama y odia por igual ya que representa una confrontación de su propia debilidad. Caracteriza una mujer no menos endeble -aunque en otro sentido- que padece ante el horror de lo aparentemente inevitable, las circunstancias del destino, el choque de un astro denominado Melancholia que va a destruir la tierra. Sin embargo contiene una justificación tan fuerte como la de Justine y quizás mucho más valida, quiere que su hijo crezca y tenga un futuro, ese es su único motivo que nace en su estado de progenitora que se desespera viendo que no hay salida a la inminente muerte, porque nada importa más que la continuidad que invoca su vástago, siendo la otra cara de la historia, la que ansia subsistir, la esperanza en su peor momento, el temor a desaparecer aunque se mueve en la trasmutación hacia el indefenso e inocente pequeño.

Trier presenta un ambiente cargado de decepción en el primer capítulo del filme bajo el disfraz de la falsedad que produce las apariencias; ni el dinero, la buena educación o la posición de élite ni las convenciones sociales acallan un fondo ennegrecido y dañado. Gaby (Charlotte Rampling) la envejecida, egoísta y brutal madre que no guarda el rencor que siente de su propio devenir insatisfecho trata de maltratar constantemente a su hija como culpándola de su desventura o vislumbrando su triste desenlace aunque a fuerza de otra ruta. Dexter (John Hurt) el padre mujeriego, indiferente y frívolo que pervive ausente como motor de las desgracias de su esposa y de su prole. La ambigüedad del cariño fraterno. Jack (Stellan Skarsgard) el jefe déspota que ve como a un objeto mercantil a Justine y del que se intuye maltratos aunque adscrito a la hipocresía que entre otras reina en esa noche de fiesta que sirve como punto de quiebre y en parte fundamentan esa locura develada lentamente a medida que pasa el tiempo en aquella casa de campo señorial en la que continuamente el cuñado (Kiefer Sutherland) hace hincapié en que hay que guardar las formas producto de la fastuosidad que debería cumplir con todas nuestras expectativas, sólo que Justine decide hundir el barco y arrojarse al abismo sucumbiendo a la degradación psicológica, a la presión del entorno y de su parentela, en la aniquilación del espíritu, al estar forzada por la malsana convivencia, dejándola en la infranqueable soledad y el hermetismo emotivo, a pesar de que intenta dar algunos gritos de auxilio en ese día decisivo y especial, denotando su falta de compenetración con su pareja que no ayuda porque nunca ha sido parte de su verdad, de esa que mantiene al ser humano distante de las caricias, de la bondad, de la seguridad que pueden fomentar los sueños como en la fotografía de los viñedos.

Una raíz dañada que no puede escoger el camino correcto, semejante a Claire corriendo sin sentido alguno que la saque de la implacable tragedia. La impotencia que se percibe en la segunda parte reducida a pequeños movimientos que solo esperan que la ciencia no se equivoque e igual tampoco a ella se puede recurrir sino en la inmovilidad exceptuando el mínimo recurso de Justine en la dignidad de la aceptación, en la mentira para el sobrino, en las lágrimas de Claire como con la calma de los caballos que anticipan el deceso, o en el suicidio como escape inerme y frío. Eso es lo que nos proporciona Trier: un callejón sin salida, la derrota y la resignación, una obra de arte en la adjudicación de una variante del concepto de melancolía.

Una realización lúgubre aún en su sutileza encallada a una sola familia en alusión a toda la población humana, carente de grandilocuencia visual, mostrándose como una recreación de corte sencillo en la mayor cantidad del largometraje y que aún así guarda bastante complejidad intelectual en desarrollar una suerte de desastre contemporáneo interno y exógeno en notable fusión. Una amenaza observada desde unos alambres que miden el tamaño de la aproximación en un vaivén entre la inesperada salvación o a puertas del unísono fuego del impacto.

En la otra habitación (o la obra del vibrador)

Comedia dramática que se presenta en el teatro Larco perteneciente a la dramaturga americana Sara Ruhl y dirigida por David Carrillo. Nominada a los Premios Tony 2010 y finalista del Premio Pulitzer 2010 a mejor drama. Contamos con siete actores. De los que más destacan está primeramente Leonardo Torres Vilar que asume un papel serio y de aire convencional en el Doctor Givings, científico estirado que trata a las mujeres que sufren de histeria con un método revolucionario para la época, mediante el uso de electricidad descarga energía a usanza del vibrador. Junto con él sobresale Norma Martínez como Sabrina Daldry, con la marca de la afectación de la voz en una dama casada sin hijos que asiste a consulta para curar su desbordada ansiedad. Después habría que mencionar en tercer lugar a Vanessa Saba con la simpatía que la caracteriza en la interpretación de Catherine Givings, una locuaz y torpe en el habla esposa que acaba de tener una hija y que atraviesa la distancia y el enfriamiento de su matrimonio. Seguida de Claudio Calmet en el efusivo, romántico y acelerado pintor que también acude al servicio de la máquina todopoderosa que sana el desequilibrio mental. Por último yacen con su cuota de valor la argentina conocida en el medio como Grapa en la asistente del Doctor Givings, Malena Romero como la ama de leche afroamericana que realiza la labor que Catherine no puede, en su propia desgracia de perder a su vástago y quedar con la maternidad trunca por tercera vez con el cuerpo dispuesto para alimentar a un recién nacido, y Nicolás Fantino como el señor Daldry, marido de Sabrina que mantiene una relación sin bríos sexuales con su mujer y que está cansado de la mala condición que la aqueja.

La trama pone en contraste lo absolutamente racional de la ciencia con lo emocional en el amor con el trato entre parejas, para ello hay mucho contenido sexual que aborda en diferentes oportunidades, lo cual no es sorpresa ya que la obra tiene ese tono desde el título. Hay mezcla de múltiples aproximaciones afectivas que no llegan a puerto o que buscan solucionarse, además de proveer sentido a las propias vidas, habiendo hasta un discreto acercamiento homosexual y no descarta la infidelidad.

El plato fuerte está en Catherine que siente el rechazo de su marido que anda ausente mentalmente producto de su trabajo en la otra habitación, su sala de pacientes donde brinda las descargas científicas subrepticiamente libidinosas que despiertan la comicidad del público en los diferentes gestos y sonidos que uno acostumbra a dar cuando se siente excitado. Ella está rebosante de alegría por personal carácter y despierta ansía mayores sensaciones existenciales pero su cónyuge está inmerso en el grave invento de Edison (la lámpara incandescente o foco de luz) y en sus méritos intelectuales, lo que la lleva a sentir curiosidad por aquello que tanto ocupa su tiempo y que oculto a sus ojos ve repercutir en el ánimo de sus pacientes que un día salen de su costumbre antisocial y se lucen radiantes.

Otras historias son las de la señora Daldry y el pintor, ambos afectados del mismo mal pero tratados de forma distinta, imaginando el uso natural del vibrador, siendo sus intervenciones en ese sentido las que producen la desbocada y predecible hilaridad de los espectadores. Es una realización que se muestra más cercana a lo ligero si bien contiene mensaje con la falta de demostración abierta y constante de cariño hacia la pareja, el deseo de sentirse querido por alguien que sienta pasión por uno, sanear vacios y carencias.

Tenemos algunas sub-tramas adicionales en la asistente del Doctor Givings que es una solterona entrada en años solitaria y abocada a sus quehaceres caseros mientras el ama de leche sufre por la pérdida de su pequeño acallada por su estoicismo y condición de criada aunque lógicamente su destino será la fragilidad sentimental. El pintor es un mar de confusiones desplegadas por su ímpetu, solo quiere ver a través de la mirada aquella inspiración que le permita plasmar su arte y que lo relaciona con el amor, provocando más de una mala elucidación.

El relato es sencillo, totalmente claro y a la vez proclive a varios giros menores como a diferentes consuelos, divagues y escapes, no escatima esfuerzos en asumir que el ser humano es un ser predominantemente emotivo, saca a flote su lado primigenio que lo hace moverse bajo tanta locura y enredo saltándose incontrolable cuanta regla tenga delante, se mofa un poco de la inteligencia, escapa a las obligaciones o a las convenciones sociales sin remilgos en recomendación interpretativa por ese aire de plenitud que busca y grita incontables veces en ese ambiente victoriano castrador, sojuzgador y limitante aunque en última ocasión da orden al “caos”, vuelve las aguas al cauce a razón de la omnipotencia del autor sin demasiadas justificaciones y no logra afirmarse en ninguno de sus postulados salvo bajo una disposición especial que resuelve todo en un final condescendiente a manera de cuento de hadas dejando cabos sueltos y lapsus momentáneos pero no se le reprocha mucho ya que su intensión no es presumir de demasiadas complicaciones sino dar una noche intensa y entretenida como la que sí ha perpetrado con frescura gracias a la elección del tema.

sábado, 22 de octubre de 2011

Las malas intenciones

El cine nacional debo admitir siempre produce una cierta emoción aún no siendo muy a menudo del todo elogiable y bien logrado; hay una complicidad que se forma alrededor de él, y es que nos vemos identificados como peruanos y eso también nos hace proclives tanto a amarlo a toda costa como a ser más exigentes; nos movemos por las pasiones de nuestro cine.

La ópera prima de Rosario García-Montero se presenta como lo más destacable del año en el panorama de nuestra patria, y con el auge que muchos sienten que vive el cine peruano volvemos la vista con entusiasmo, pero aunque la obra no yace entre ese reducido grupo de máxima gloria que ostentan algunos pocos títulos como La Teta asustada (2009) debo admitir que tiene muchas cualidades que no la dejan mal sino en un lugar decentemente apreciable.

La trama nos remite a una niña de ocho años, Cayetana de lo Heros, que un día descubre que su madre está embarazada, eso le depara muchos sentimientos de consternación guardados que deparan la exteriorización de su enojo y su preocupación como su predisposición a ciertas malacrianzas –el robo del dinero, las manchas sobre los cuadros- aumentando sus ocurrencias –la medicina al canario, la leche a los gatos-, con lo que ella decide que el momento que nazca su hermano será el último en su vida. La pequeña, interpretada por una talentosa y prometedora Fátima Buntinx que con mucha soltura y expresividad se apodera del personaje con algunas deficiencias fuera de su actuación que yacen en el guión, es de carácter complicado, no suele sonreír mucho y alberga un espíritu rebelde e independiente a la vez que una simpatía que irradia al espectador aún en su individualidad e intransigencia. Siente una admiración que la conduce a imaginarse junto a los héroes patrios en una audaz intervención que yace en el filo de lo aceptable y lo intragable, siempre al borde de caer pero sin hacerlo, en ello hay un buen manejo que sobrio escapa del desastre.

Un elemento a destacar es el contexto de la guerra interna y de la aparición del terrorismo, estamos en 1983 y las maniobras militantes de esa revolución popular fratricida son vistosamente colocadas en el filme, otro acierto de la creatividad de la novel directora.

La relación con la madre es tirante y tampoco alberga mucho afecto hacia su padrastro, un tipo tranquilo y flemático que no se nos describe demasiado salvo por un pasatiempo y por su clase social privilegiada, en cambio como no puede ser de otra forma el padre es la luz de sus ojos; el cantante Jean Paul Strauss hace una actuación ineficaz al respecto y junto con él la progenitora tampoco logra sobresalir, la actriz Katerina D'Onofrio como Inés, que a ratos parece querer reírse involuntariamente o esa es la sensación que deja, aunque a la mitad en delante de la realización mejora. Por la pantalla atraviesan muchos familiares de la niña, cada uno leve sin llegar a crearse mucha complejidad en su propia imagen, y en ese sentido se denota que sirven para ampliar el espacio de movilidad de Cayetana, que es la ama y señora de éste filme, tanto que su cotidianidad y visión infantil controlan el panorama que observamos, y es loable esa recreación; en ningún momento dejamos de creer en ésta. Destaca que muchos actos se mueven en base a nuestra realidad con cierto aire calmo de creatividad que eleva su intervención, vemos a un pescador invitar un trago de aguardiente a una menor, a la empleada amenazando a su pequeña patrona con ese latiguillo autóctono de “te fregaste niña” pero sin llegar a más o a los empleados siendo irónicos frente al incumplimiento inmediato de su pago a puertas de navidad. Sin embargo, hay lugares comunes en detrimento de la sorpresa, el seguridad cuidando la garita en el cerro no es algo ingenioso, y en ello hay que criticar que mucha de la gracia del filme es bastante predecible y hasta de aspecto seco en un ambiente que a instantes se hace un poco pesado; lastre de nuestra idiosincrasia cinematográfica el buscar la fácil comicidad a falta de mejor drama, aunque hay algunos momentos lucidos y originales. La película al manejar tantas circunstancias menores tiene de donde escoger, el momento con los cuyes cae simpático aún siendo manido; o los monólogos de Cayetana suenan a veces extraños al decirse en voz alta hacia su propia consciencia, siendo un vaivén de asertividad y de fuera de lugar; son aciertos y defectos de una cineasta que gana por conjunto.

Se agradece que no se busque el efectismo y la arbitrariedad de algún drama, pero también es notorio que falta algo de fuerza en lo que postula si bien el filme termina siendo una contención de las emociones que siente fluir en su interior la niña, que despertará en su pecho la muerte, otro subtema que circunda en el filme, en la mejor amiga, la protagonista o el futuro bebe.

Hay que recalcar que la interacción con el entorno tiene sus gratos resultados a pesar de algunos clichés en los que a futuro tiene que trabajar más García-Montero, en general es un mosaico de pequeñas aventuras intrascendentes para un adulto pero vitales para un chiquillo y en ello se irgue con triunfo siendo esencia de la película; la anciana sirvienta queriendo darle un vaso de leche a paso de tortuga es impagable; el viejo barquero explicando sobre la ceguera de los peces de un río de la selva o el chofer de color rechazando un chicle proporcionan una rutina con datos adicionales que dibujan la procedencia social y su convivencia; sin romanticismos y sin crítica social; cada uno ejecuta su rol y tienen sus perspectivas, como cuando lo deja saber el conductor que transporta a Cayetana al colegio en su intensión de poner una renovadora de zapatos. Y ese sendero es el que asume el filme; está la presencia del conflicto armado pero solo su subsistencia distante; no hay mayor reflexión ni mensaje sobre éste aunque seguramente corre por cuenta personal alguna conclusión.

Las particularidades de la niña, los héroes, el terrorismo, la invisibilidad, dan material para otorgarle profundidad a la trama indirectamente. Hay una calma que implica una evolución emotiva y mental de Cayetana que busca ser el centro de atención, de no perder su sitio ante el fracaso del matrimonio de sus padres o de la llegada de un recién nacido; como no sabe que lo es desde la ficción en que está involucrada, y en donde a través de su difusión se encumbra la importancia de nuestra humanidad desde sus ojos que nos hacen de prisma para ver el mundo con su inocencia, con sus sueños y sus problemas, tan importantes como los de cualquiera, por lo que la elección de la artista principal y la dirección de la cinta merecen nuestro respaldo.

Crónica de una muerte anunciada

El teatro Británico alberga ésta adaptación a la dramaturgia de la novela de Gabriel García Márquez en la dirección de su compatriota Jorge Alí Triana, notable director con premios en Estados Unidos, cineasta y difusor de la literatura latinoamericana.

En cuanto empieza la puesta en escena sale el personaje principal desnudo, ¿vulgaridad o alto realismo?, quizás un poco de los dos, sin embargo se ha de reconocer que la realización dramática vale lo que promete y sabe sacar sustancia de su precedente convirtiéndola en un impacto visual que nos absorbe en su relato. Una buena ejecución que recoge el sentido de la literatura del Nobel.

Utiliza el mismo método fiel, didáctico e investigativo de la crónica que se basa en detalles precisos y datos de primera mano recreando la historia desde diversas posturas de todos aquellos que tuvieron relación con el difunto, repitiendo los hechos sucesivamente hasta darnos un panorama completo que nos cuenta la muerte a puñaladas de un joven de 21 años y de ascendencia árabe llamado Santiago Nasar en manos de los gemelos Vicario a razón de ser señalado como el culpable de quitarle la virginidad a su hermana Ángela que fue devuelta en la noche de bodas por el millonario forastero Bayardo San Román aludiendo la deshonra familiar.

La presentación teatral cuenta con 15 actores reconocidos, muchos de ellos del cine, la televisión y con amplia experiencia en las tablas, cada uno desde su individualidad muestra un desempeño entregado y disciplinado, hay una compenetración latente y juntos desde su personal aporte no desentonan en ningún momento. Se nota que tanto los intérpretes como el guión han sabido fusionarse con éxito y el magma que emerge del ingenio de Márquez es potenciado hacia su concepción dramática con múltiples miradas que nos van enseñando variopintas idiosincrasias vinculadas entre sí por una divulgación pública y masiva de lo que iba a acontecer que nos desnudan el crimen cayendo en el conocimiento de un drama que en palabras del director nos describe el pensamiento instintivo primario prejuicioso de nuestros países latinoamericanos.

Es una obra orgánica que vale por su conjunto ya que la variedad de voces es lo que le da esa fuerza a la trama y ese agregado que representan uno a uno los mensajes que van repartiéndose en el trayecto de su representación que nos entregan la riqueza de un suceso que atañe a una cosmovisión psicológica y compleja que nos delata en esencia con los intereses que nos identifican. Es una invasión de la psiquis que nos gobierna y que no nos justifica pero nos permite acercarnos a lo que tenemos en la mente para conocer los tantos varios rostros.

Los actores cambian de papel constantemente menos los ejes protagónicos, jugando a distintas personalidades, el vestuario ayuda, sencillo y práctico pero adecuado al igual que efectivo como la escenografía que ostenta un fondo elaborado en la infraestructura de una vieja casona, unos muros de ladrillo sin pintar y a su vez la de una iglesia teniendo un frontis menor con unas defensas semejantes a las de las plazas de toros que hacen de cama o de mesas en otras partes de la función.

Hay erotismo en los papeles de las actrices Stephanie Orúe (elogiando además su buena tonalidad vocal en las canciones) o Nidia Bermejo y ratos cómicos con Sebastián Monteghirfo en la imagen de Bayardo San Román que suman pero en general va de serio el homenaje a estas letras lo cual resulta más verídico para asumir los acontecimientos. Los protagónicos como Ángela, Santiago Nasar (mención especial de un estupendo Emanuel Soriano) o los dos Vicario (el hermano endeble que hace un menos vistoso Franklin Dávalos y el gestor decidido en el otro que dibuja Oscar López Arias) no caen en el recurso fácil de la risa sino mantienen el tono grave que envuelve su destino, y eso se agradece para no perder empatía con lo que importa que es el homicidio y sus nexos humanos.

También destaca aún siendo complementaria Gabriela Velásquez resaltando principalmente su papel de la cocinera de la familia Nasar, Victoria Guzmán. Después los veteranos Carlos Victoria, Carlos Mesta, Víctor Prada y Claudia Dammert con varias representaciones secundarias, y aunque más joven el multifacético Gonzalo Molina, y en menor medida pero no menos necesarios están Ebelin Ortiz (que como monja lo hace muy bien), Leslie Guillen y Tommy Parraga, reconociendo el alto nivel que tiene éste reparto.

Al final cuando viene el repaso lineal de lo sucedido hasta la caída de la lluvia (grato efecto con lo que creo es arroz) estamos imbuidos de mucha información colocando sentido a cada personaje siendo cada pequeño momento adición de valor. Hemos asistido a cada indiscreto y revelador instante armando el vasto contexto de la búsqueda de la verdad que esconde un homicidio y en su derroche de fragmentación que luego se pliega al marco general se ha logrado vivir la fantasía de reconstruir la realidad ante nuestros ojos. De esos hechos concretos que acaecieron ya en un tiempo distante y que se ha perennizado en la escritura para luego en poco más de una hora por medio del teatro renazcan.

martes, 18 de octubre de 2011

Sospecha

Un director que supo hacer continuamente una obra maestra tras otra es Alfred Hitchcock y ésta no es la excepción aún con algunas pocas imperfecciones y un aire a ratos naif que es parte de ese pasado glorioso. En ésta oportunidad gracias a ésta película y a su actuación la actriz principal Joan Fontaine ganó su único Oscar. Entre las filas de los protagónicos está el carismático Cary Grant que hace un papel destacado como un seductor y vago oportunista que enamora a una mujer esperando arreglar su existencia –o será que el afecto cura todas las limitaciones personales- debido quizás a una herencia y a su buena condición social, lo cual está por verse. Ella, Lina, a quien cariñosamente le llama carita de mono, se debate entre la desconfianza y el amor que le provoca su pareja, siendo una dama de poco mundo, una solterona bien educada e intelectual con dotes de amazona que producto de un menosprecio y por la atracción física que siente se envuelve con un caballero que parece siempre estar al acecho de la trampa y del engaño para su beneficio, un pillo capaz de cegar a una señorita sin que ésta pueda advertir su verdadera jugada o que la conmueve a últimas instancias ante el inminente peligro, sin embargo Lina vive en completa tensión imaginando no solo a un embaucador sino hasta a un asesino aficionado a las novelas de criminales, y continuamente se debate entre confiar o no.

Es una cinta que nos moviliza constantemente en el suspenso de manos de uno de sus mejores artífices, Lina se enfrenta a una verdadera prueba de supervivencia creyendo que su marido quiere eliminarla para cobrar un cuantioso y suculento seguro, sus emociones se mezclan y no sabe si huir o seguir al lado del hombre que ama perdidamente aunque otorgándole el sentimiento de duda sobre su comportamiento.

Cary Grant no solo es guapo sino despliega un encanto y una verborrea prodigiosa, es en su personalidad que logra cautivar al espectador sosteniendo un personaje muy simpático tanto que esa característica suya tan propia y bien ganada por su talento nos confabula con él para presenciar por ratos momentos que se hacen cómicos involuntariamente producto del temor que genera en su esposa que trata de descubrir su esencia, su auténtico yo. Eso no significa que todo sea leve sino es una mirada fresca de una posibilidad que guarda el misterio de quien es realmente Johnnie, hasta qué punto puede llegar su ambición y su falta de escrúpulos, es todo una invención o existen pruebas que indican un futuro homicidio.

La sonrisa acompaña ésta película y la curiosidad, Hitchcock nos involucra con su magia y nos brinda la tensión que nos mueve a pensar en que algo grave va a suceder y luego nos tranquiliza ante la resolución de ese clímax momentáneo, es un ir hacia adelante pensando en hallar la carta que esconde el encantador de serpientes . El misterio es el plato fuerte del maestro y de ésta realización que discurre en el romance y en su compenetración o en su falsedad, con una ambientación bien dispuesta, metódica y acompasada como ya es marca de la casa, con un reparto de secundarios idóneos como el gracioso, inocente y chismoso Beaky, compañero alcohólico que pretende invertir su dinero en una empresa con Johnny, otra circunstancia que desencadena los temores de Lina.

Joan Fontaine no solo es pequeña, delgada, rubia y bonita sino una actriz histriónica muy verosímil que se hace querer tanto como Grant, el galán que mantiene el equilibrio en la ambigüedad que ha de proveer su presencia, ella en un alarde de dominio escénico se desmaya, se enferma, se enturbia, vigila y produce inquietud con respecto a un calmado, ladino y escurridizo Johnny que cambia de piel y se guarda de ser hallado culpable de la pesquisas que va montando Lina, una Fontanie que hay que decir que cuando sonríe ilumina el cielo y cuando se ensombrece nos hace temblar, con su habilidad nos tiene al borde del infarto, de la locura. No escatima esfuerzos para hacernos creer que Johnny, un agraciado, distinguido y amable aunque ocioso Cary Grant, ese amigo entrañable, ese ser humano listo que supo atrapar al ratón y conquistar su corazón, es un temible homicida.

Hitchcock es un despliegue completo de asertividad, de un derroche de proyección creativa que se impregna en el público bajo la dócil empatía, como con la escena de una entristecida Lina escuchando a su padre hablar a sus espaldas en la mesa junto con su madre y luego voltear en toma abierta con un rápido galán a la mano para acallar aquellas críticas. En otro de esos ratos destacables de la cámara los forcejeos en la cima nos sobresaltan del asiento mientras la frase precisa es la dirección que toma la realización en toda la trama, el amor y la contracara de si existe o solo es un pretexto para otros intereses menos encomiables.

Hay que agradecer la pulida destreza de aquellos planos tan llenos de estética y provistos de giros imprevistos que no hacen más que enriquecer el filme. El favor de una estructura completa que nos ha brindando una inolvidable satisfacción que en ningún instante decae –disculpando una efectiva conclusión aunque algo precipitada que ya no daba para más porque ha sido demasiado explotada- sino que se ajusta a decirnos que cada parte ha sido prevista como necesaria en otra incursión cinematográfica de la cual hay que puntualizar que es un clásico de aquellos que no se puede dejar pasar.

La hija del Caníbal

Libro de la reconocida escritora y experimentada periodista española Rosa Montero, uno de los nombres más populares dentro de su país con un lugar bien ganado en el panorama cultural, debo decir primeramente que no escribe mal y que hasta me agrada pero que tampoco es de mis favoritas. De sus características más resaltantes ella gusta poner al descubierto el conocimiento de forma superficial y no como parte de la historia lo cual encuentro admisible y muy llamativo por algunas sentencias notables pero menos creativo que hacerlo de la otra manera como parte entendida y procesada en nuestra literatura. Suele echar a volar alguna frase que a ratos parecen ocurrencias como llamando nuestra atención con algún hecho impactante y que quizás puede fallar al no apreciarse tan relevante, el que se reconoce como un riesgo en su intensión de cautivarnos y por ende plausible en su voluntad. En el libro asoma un aire reflexivo o eso es lo que se entiende que se intenta, que a ratos se presenta audaz y a otros produce indiferencia lo que es normal ya que no todo nos atrae. A Montero le funciona el uso de su personaje que rememora su pasado anarquista con vaivenes y hazañas que abundantes se dibujan abigarradas por su variedad, fluyen pero con algún sentimiento inevitable en su prosa de inconexión entre sí, siendo la trama paralela al secuestro del esposo de Lucia y parte principal de la obra.

La mayoría de cambios en el tiempo no desentonan, son primordialmente imperceptibles y esto es importante ya que son constantes en ésta narración para lo que hay que reconocer que se prodiga un éxito en su utilización. Existe una vasta cantidad de pretérito revolucionario asumiendo que hay mucho de hechos verdaderos envueltos con eso que en la literatura se les llama de mentiras verdaderas, lo que es admisible desde el punto de vista de la ficción, de lo que Montero hace gala en toda su obra mezclándolos para bien y convencimiento del lector. Son criticables algunos párrafos desafortunados que se perciben como ofensas con respecto a las personas y hasta contra su principal alter ego de lo que se intuye que trata de dotar de una palpable franqueza y transparencia al escrito que por ratos puede herir susceptibilidades si nos hallamos muy sensibles y siendo menos emotivos nos resultan en parte simplificadores.

Se debe hacer la grata mención sobre el arranque de la historia que es muy intenso y atractivo, el hombre que desaparece en los sanitarios públicos de un aeropuerto sin el más mínimo rastro a sus espaldas provocando el desconcierto y el pánico existencial de su esposa, desatando la auscultación personal de la propia vida de la protagonista que es lo que intenta proyectar el relato teniendo buenos resultados en su cometido. Enseguida como una de las salidas que ofrece la vida, Lucia conocerá a dos vecinos con los que mantendrá un vínculo por un lado de carácter paternal y por otro amoroso en la mujer madura insatisfecha y agotada que siente rejuvenecer en su idilio con un muchacho, apelando en ese sentido al carpe diem que no distingue más que la propia complacencia a costa de una ausencia de consciencia analítica que al final termina apareciendo implacable para terminar con esa aventura instintiva, revitalizadora e inconsciente. Felix, el viejo que le narra todas sus peripecias pasadas como aquel narrador que vive a través de sus memorias aún secretas e incomunicadas que no resisten más el silencio, y Adrian el joven de aspecto inocente, en parte tonto y romántico en contradicción con nuestra modernidad despierta y zafia, el que suele preguntar por adivinanzas pretendiendo ser sanamente perspicaz como lo es la misma Montero con sus citas aunque en la autora con otro nivel más duro, denotándose una clara transfiguración en ese personaje.

Hay que darle mucho crédito a la narradora por armar una historia simpática y crear personajes con decente solidez que a ratos parecen no tomarse en serio como relajándose del peso de la misma realidad, y es que las vueltas que dan los actores de su novela los denotan a lapsos algo volubles y no tan serios, siendo esto una virtud creativa por asumir que las personas son comúnmente de ésta manera aunque con el pecado de caer en incongruencias de la que sus pensamientos pierden respaldo, cuando un ser humano justamente es lo que piensa, y el lector puede desconfiar de su cercanía con ellos.

El desenlace resulta aceptable pero uno percibe que es como el castillo de naipes que se desbarata con el viento, se manifiesta una sensación de promesa incumplida, porque lo que esperamos termina siendo bastante efímero e intrascendente a cambio de tanto misterio que nos ha mantenido expectantes la mayor parte del tiempo, resuelto con justificaciones que se ajustan a entenderse no sin cierta desilusión, en conclusión bajo una emoción trunca.

Surge la corrupción en éstas letras de carácter más próximo al entretenimiento, se culpa a la falta de ideales que son tan importantes pero no deja de tocarlos sin la firmeza y consistencia que merecieran y es que no estamos frente a un ensayo político ni a un recorte periodístico aunque el arte también ostenta compromisos intelectuales desde otra forma comunicativa de particular libertad imaginativa simbólica, sin embargo se le perdona porque estamos frente a la Rosa Montero más personal, menos comprometida con aquellos temas complejos y formales aunque en boca de todos, muy dispuesta a hacer de la anfitriona que da una cena para sus amigos.

Volviendo a lo positivo se intuye la seguridad de la autora para escribir, provee de su esencia al libro, se siente sin dificultad que hay mucho de ella como en las últimas páginas deja ver por sus palabras. Como es de augurar quien sienta empatía con su derroche de sabiduría y su mirada emocional del mundo seguro la disfrutará.

El título es una metáfora en alusión al padre de Lucia y su relación distante-mítica con él, de lo que hay que mencionar que no llega a apreciarse de grave magnitud, uno no deja de atribuirle cierta insuficiencia y quizás estemos siendo exigentes pero se da porque la novela destila una honrosa aura de aspiración que es lo que hay que aplaudir aún en su imperfección ya que quien escribe ésta crítica cree en la loable reivindicación de la perfección del arte que la modernidad trata de soslayar mediocremente.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Serpico

El director americano Sidney Lumet nos dejó hace tan solo 6 meses atrás, en su filmografía yace ésta película que se adscribe al cine comprometido, con un personaje que realmente existió, Frank Serpico, interpretado por el célebre Al Pacino.

Serpico ingresa al hospital por un disparo en la cabeza y desde ese momento volvemos atrás en busca de su pasado, ¿qué de especial tiene éste detective de investigaciones policiales como para hacer una cinta en su honor?, y al indagar en ésta pregunta descubrimos que se lo merece y que llena los zapatos de semejante distinción, siendo un héroe de nuestra contemporaneidad. ¿Pero qué es lo que hace? Serpico descubre que hay corrupción en la policía, no solo en mandos menores sino hasta los altos líderes y que esa mafia se extiende por toda la ciudad de New York, se recibe dinero tanto de las apuestas como del narcotráfico, no hay oficial que no acceda a una suma de dinero y que incluso los moviliza a actuar como verdaderos criminales yendo a cobrar por la fuerza su porción de los negocios ilícitos. Al toparse con esa realidad tan escalofriante para un idealista como él enseguida se encuentra con que se le quiere obligar a ser parte de esa suciedad moral, sin embargo no acepta ser sobornado y no solo se contenta con rechazar ese sistema deleznable sino que decide tomar cartas en el asunto y denunciar los hechos. Lo sorprendente del caso es que nadie parece hacer nada para remediar ese caos, siendo ignorado por cuanta autoridad solicita. Sobre éste argumento gira todo el filme, somos participes de la lucha por sobrevivir en esa jungla de cemento, en medio de una profesión que albergaba las mayores ilusiones, Serpico ansia tener una placa de oro pero rápidamente ve que sus sueños son usurpados por una carencia de escrúpulos que lo mortifican.

Dentro de la película vemos que Serpico es un policía encubierto que está en las calles vistiendo de hippie mezclado con gente ordinaria tratando de entender la modernidad que distancia a la fuerza de seguridad de la población. Descendiente de italianos sus días vagan entre su honestidad y su aire fresco que no discuten entre sí, se ve como se enamora de su vecina y como a su vez se derrumba su vida por la idiosincrasia que envuelve su vocación. Tiene un amigo de nombre Bob Blair que relacionado con políticos quiere ver un cambio en la cochinada que asoma en el departamento de policía, no obstante también yace a merced de la incapacidad de acción que rodea la falta de integridad del cuerpo efectivo público.

El valor de Serpico se sustenta en su filosofía existencial que podemos denominar Kamikaze al poner en peligro su propia integridad física al no sucumbir ante ninguna tentación económica y discutir abiertamente la ausencia de ética de sus compañeros. La escena en el parque incrementa la tensión gracias a su convicción, para lo que Lumet muy diestro nos va dando elementos que colocan a Serpico en un pedestal aunque sin desproporcionar hasta lo inverosímil su imagen, empero estamos hablando de un sujeto excepcional si nos atenemos a la historia que se nos cuenta. ¿Es creíble o no? Es una pregunta respetable y me parece que sí lo es a un punto de compenetrarnos con el personaje, solo que finalmente hay una cierta carencia de sentir más que valor y rabia por parte de quien escarba en toda esa calamidad, a ratos parece la actitud de un demente que no teme morir, que no exuda miedo y que se manifiesta solo contra el mundo caminando sin graves repercusiones aún con tanta muestra de coraje y control de cara con su entorno.

Una mañana simplemente no le alumbra la suerte y en eso hay una sensación extraña de calma temeraria, un acierto del cine de Lumet, fuera de pedir quizás mayor adrenalina en las consecuencias el filme sigue su ruta indetenible en el heroísmo y en sus enemigos observándole al acecho pero sin dar pie a ningún ataque decisivo, los datos biográficos proporcionados por el libro de Peter Mass en que se basa la trama parece delimitar la intensidad, agregando robos, violaciones y criminalidad que describen la esencia de nuestro arriesgado protagonista.

Lumet juega bien sus piezas y no se entusiasma como para tergiversar el relato, parece ser fiel a los hechos aunque claro que al enfocarse en Serpico se le erige como símbolo de admiración conllevando algo de segura fantasía y méritos propios combinados. Busca más bien generar inquietud con pequeñas agresiones, comunicaciones y roces. Es un ambiente de presión cuando no perdemos la perspectiva de lo que tenemos entre manos y de notoria ambigüedad, en eso tenemos que poner de nuestra parte ya que de no hacerlo se puede sentir algo de vacío. En conclusión no sabemos por donde van a salir los tiros ya que la narración afloja a ratos y luego aprieta la cuerda, mientras Serpico implacable sigue acusando y haciéndose notar. Las representaciones y diálogos con los entes estatales o policiales son cortos y fluidos ya que de no darse de esa manera sería pesado de digerir para el espectador, y por más que se repiten se compensan audazmente con variedad de secuencias, en saltos de un momento a otro distinto que van regresando al tema de la corrupción sin agotar.

Lumet fabrica un filme completo destacando la hazaña de Serpico, el propulsor de una transformación que nos abre la esperanza en el mañana, el mensaje está servido para la sociedad, para los individuos que a fe de la verdad aspiran a remecer lo que parece inamovible de nuestra proclividad a la degeneración, al menoscabo de los valores, prodigándose la luz cuando se está en la oscuridad.

lunes, 10 de octubre de 2011

El olor de la papaya verde

El vietnamita Tran Anh Hung con ésta cinta ganó la cámara de oro del Festival de Cine de Cannes, un Premio Cesar a la ópera prima y fue nominado en 1994 al Oscar a mejor película en lengua no inglesa, con lo que su inmersión en el séptimo arte empezó muy bien. En su estructura nos presenta tres líneas argumentales en dos tiempos distintos.

Mui es el personaje eje de la historia, una niña pobre, silenciosa, acomedida, feliz y tranquila que pasa a ser sirvienta a la edad de 10 años a una casa acomodada, en la que hay cierto constante conflicto, el padre suele ausentarse del hogar escapando para darse al abandono, la madre padece la falta de una hija mientras los tres vástagos sobre todo los pequeños sufren psicológicamente de esa inestabilidad familiar reaccionando negativamente.

La niña comparte su día a día con esta parentela y con otra empleada más vieja que le va enseñando los quehaceres laborales. En su deambular cotidiano suele maravillarse con la naturaleza como con en el aprecio por el corazón de la papaya verde y con los animales entre sapos, grillos u hormigas a los que les brinda amplias sonrisas y cuidados, las tomas de detalle amplifican su fascinación visual, hay un enriquecimiento sentimental trasmitido con su detenimiento. En ese aspecto la cámara ayuda a compenetrarnos con la pequeña que despierta nuestra complicidad con tiernas actitudes, con su obediencia y recato, a través de su desborde de humildad. Ella es un ente observador y lateral de lo que sucede entre las cuatro paredes en las que trabaja que es el escenario de un microcosmos lleno de matices vivenciales, la problemática acaece sobre sus patrones y descendientes, vemos sin mucha rimbombancia el acontecer común de estos, su apego por la música en sus instrumentos tradicionales, su preocupación por mantenerse tras los escapes del marido, el rezo perpetuo de la abuela, las malacrianzas del más chico, las explicaciones de la criada antigua y un sinfín de momentos discretos que hacen de la trama un discurrir cambiante pero sin atribuirse efectismos sino creando un contexto de auscultación emocional calmo y sugerente que busca la recreación promedio de una morada vietnamita pero compartiendo esa lucha natural frente a las tragedias que a todos los seres humanos les sucede.

Uno de los beneficios de ver cine es poder conocer otras culturas y en éste filme la ambientación identificativa no falta con la religión, la gastronomía, la educación o el arte. Algo a rescatar es la interacción que tienen con la naturaleza, no hay mucha tecnología y se vive con mayor aproximación a lo rural. El discurrir es poco artificial o quizás hasta nulo en ese sentido, donde brilla la lectura, la música, la meditación, la limpieza y la cocina casera. Los diálogos son los justos, tanto que nuestro personaje principal indaga con los ojos y solo bajo pocas preguntas. La motricidad humana impera en la película, los gestos tratan de ser completos sin necesidad de palabras pero estos movimientos no albergan mucha complejidad porque la cinta finalmente no dramatiza con fervor sino mantiene un aire algo indolente y contenido aún en su transparencia que parece ser propio de ver al mundo desde la perspectiva oriental con una mayor contemplación y reflexión que una poderosa materialización del dolor existencial, se siente que tiende a eludir el sufrimiento, a sobrellevarlo con dignidad o a ocultarlo mucho más que en occidente aunque frente a la muerte todos caigamos rendidos por igual.

En la segunda parte de la realización nos transportamos una década después y nos abocamos al romance, Mui yace enamorada de un amigo del hijo mayor de la casa en que siempre ha servido, pero debido a su timidez y a su condición social solo puede aspirar a atenderlo hacendosa a la distancia, observando que nuevamente la música predomina. El joven pianista y compañero cercano del más adulto de la prole de la que fuera como una segunda madre para Mui está prometido con una dama moderna y más sofisticada pero en la típica representación del amor seremos participes del intento de lo aparentemente imposible, de lo romántico y de lo inocente, de la demostración del sentimiento más abierto, en parte insípido, como carente de prejuicio, del sueño que rompe los límites impuestos por la sociedad.

Éste filme posee una belleza artística que realza la simpleza de sus postulados, no posee una carga fuerte de dificultad en su trama, no prolonga ningún acontecimiento por más grave que parezca ni alborota el relato sino se dedica a proyectar un momento y huir hacia otro campo, y aunque tiene muchas ideas debido a variedad de desgracias e inconvenientes no pretende exagerar o ser persistente sino más parece decir que los obstáculos se dan y que la vida continua, como cuando falta dinero, se venden unos jarrones caros y se compra arroz, la suegra culpa a su nuera de las fugas de su “santo" retoño y ésta en lugar de amargarse o resentirse mantiene su bondad, un viejo se conforma con averiguar por la salud de la abuela y observarla a los lejos aún habiendo sido rechazado toda su existencia. Hay mucha exhibición de afecto, acariciando el cabello o lo pies, regalando un vestido, viendo dormir a Mui, es una cinta que no aspira a las pasiones sino a los sentimientos sencillos de los que estamos rodeados y que nos dibujan de cuerpo entero, quizás por eso sea un estupendo filme sin que medie nada realmente espectacular más allá de la personal idiosincrasia que por pedestre no menos trascendente como refleja la magia de éste cineasta vietnamita. Es en su roce que vislumbramos la esencia de nuestra humanidad, del corazón y sus dosificadas tribulaciones, de sus dulces y dóciles apetencias, de su diario vivir, del inevitable transcurrir.

jueves, 6 de octubre de 2011

La tierra tiembla

A solo tres años del hito central de una nueva corriente cinematográfica llamada como neorrealismo italiano, Luchino Visconti, uno de los más grandes directores que ha dado el séptimo arte, realizó una película que está enmarcada como principal pilar de dicha filosofía. Con una mirada social hacia el contexto de su país que empezó a ser hegemónica tras la segunda guerra mundial, el cineasta nacido en Milán, nos sensibiliza con las desventuras, la pobreza y los sueños de una familia de pescadores apellidada Valastros.

Ntoni es un joven que harto de la explotación de los comerciantes quiere buscar la prosperidad mediante la independencia, para ello hipoteca su casa y compra un barco, con lo que se enfrenta al grupo dominante de su región en un pequeño pueblo denominado Aci Trezza, en la costa de Sicilia, pero en su periplo no es visto como un visionario sino como un enemigo, incluso por sus compañeros. Ntoni ha ido en contra de esa sumisión y pasividad que los trabajadores poseen bajo el pensamiento de una virtud que pasa a través de generaciones, confunden esfuerzo con conformismo. Y mientras los Valastros arriesgan su buen nombre, su poca economía y sus relaciones sociales liderados por el vástago mayor, el pueblo espera su caída, su humillación y su retorno como en la parábola del hijo pródigo, viéndole semejante a una oveja descarriada y no como el hombre que quiere mostrarle a los demás un futuro mejor, el progreso se enfrenta a las convenciones.

La cinta inicialmente parece una propaganda para luego girar un poco su rumbo transformándose en el canto de la melancolía cayendo en lo sutil sin llegar al melodrama. Los actores no son profesionales sino son la auto representación de sí mismos, quienes carentes de mucha expresividad optan por la naturalidad, con esa virtud uno puede identificarse sin dificultad haciendo el intento de ponerse en su lugar, porque la trama si bien cada vez se hunde más en la desgracia no llega a ser sentimentalmente empalagosa sino tenue en sus efectos a contraposición de una cierta carencia artística asumiendo el realismo que caracterizaba al movimiento cinematográfico.

Los actores para ser novatos capturan la esencia de la tragedia, sus sonrisas y sus tristezas no enarbolan la precisión sino la imperfección de la postura pero es en su inocencia, su frescura y su falta de pretensión que se nos hacen entrañables, porque lo que se rescata es una simpatía para con los personajes desprovistos de rudeza y más cerca de lo afable si bien simples. Los paisajes y las tomas panorámicas en paneo son bellas, aproximándonos la naturaleza de la que se respira incólume alejada de las penas y dificultades propias de cada ser humano igual a la sombra de una madre.

Se vive una italianización del cine, por un momento nos asomamos a esa cultura desde sus más humildes y no menos importantes representantes, el corazón de la patria. La música de la voz y el instrumento se nos hace romántica y prodiga en filiaciones emocionales. La tierra cobra vida, los pobladores pasean descalzos y su ruralismo se vislumbra bajo la proyección del respeto, por ese momento nos vemos inmersos en aquel ambiente que aún siendo particular se extrapola hacia lo universal por su cariz existencial, la lucha contra el devenir y por la evolución desde su idiosincrasia.

Hay ternura y afecto, lujuria e interés, desilusión en las relaciones amorosas que nos presenta el relato, Mara ama al albañil Nicola que tiene un alma elemental y arraigada a lo social, Lucía ambiciona suntuosidades de las manos del materialismo que representa Don Salvatore, un Don Juan en pleno ejercicio de su figura, jugando con las damas incautas y reprochables, Ntoni quiere a una mujer que no le corresponde sin ciertos factores lo que denota un condicionamiento que no es sinónimo de la palabra amor en su verdadera acepción.

Un defecto es la voz en off que todo lo explica y que trata de infringir zozobra, la cual termina molestando por resultar forzosa, se percibe como manipuladora y dando apariencia de ineptitud con respecto a la recreación de hechos. Por ratos hace notar carencias interpretativas y estructurales al significar una escena que no alcanza a ser autosuficiente. Vista la locución como un objeto secundario más no complementario no desmerece el producto, hay que darle predominancia a las imágenes y en ese sentido logran cumplir airosamente aún con algunas limitaciones.

Surge un escape hacia el contrabando y en otro caso un rechazo fraternal que señala la inmoralidad, el descalificable escape ante las circunstancias que empujan y que no se justifican sino se asumen como parte de la decadencia, una desintegración y varios conflictos. La familia, ese núcleo vital tan latino, sufre ante el fracaso e igual se mantiene estoica ya que no queda otra salida, y aunque hay un aire de fe en la niña que se encuentra con Ntoni en la bahía o el previsible matrimonio de Nedda, la existencia golpea como en los versos de Vallejo, similar a los heraldos negros, mientras el planeta sigue girando.