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miércoles, 15 de mayo de 2019

Dragged Across Concrete


Dragged Across Concrete (2018), de S. Craig Zahler, dura 2 horas 35 minutos y se cocina lento, pero es una película muy entretenida, te mantiene interesado todo el tiempo. Es un filme con 2 policías suspendidos donde uno de ellos quiere hacerse de un dinero corrupto para sacar a su familia de un mal barrio –una hija adolescente peligra de ser violada en un futuro-. El policía de esta idea lo interpreta Mel Gibson como Brett Ridgeman, y su compañero es Vince Vaughn como Anthony Lurasetti.

No es un filme perfecto, pero es definitivamente bueno. Dentro de lo malo está el humor grueso en la presentación y salida de Jennifer Carpenter. También darle mucha importancia al personaje que hace Tory Kittles. Lo interesante está en la interactuación entre Gibson y Vaughn y como lentamente se va armando el filme tras un robo y el seguimiento de un tal Vogelmann (Thomas Kretschmann) y como sus secuaces son presentados. 

La acción cuando finalmente llega –aparte de lo que hacen independientemente los secuaces enmascarados del robo- es potente y full jugosa, el filme tiene muy buena acción, secuencias y escenas de antología. La propuesta es impredecible, anárquica, trasgresora, hedonista. Gibson y Vaughn hacen grandes papeles, están magistrales, hablan bastante entre sí. Dragged Across Concrete es cine punk, cine que no teme ser rebelde y hacer lo que le plazca. El filme tiene un timing lento, pero también es sumamente interesante, que uno no siente el tiempo en absoluto, sino que más bien te haces de expectativas.

La trama es inesperada en su discurrir de corrupción, con unos policías protagonistas carismáticos y a la vez unos malditos en cuanto a astucia y estado cool. El filme aunque no tiene el timing de Tarantino que suele ser veloz recuerda a su cine. S. Craig Zahler definitivamente con sus tres películas a cuestas es un director a tener siempre en la mira, es un cineasta del hedonismo cinéfilo, un gran cineasta del entrenamiento en total libertad.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Brawl in Cell Block 99

La segunda película de S. Craig Zahler es pura diversión, su brutalidad es exagerada, en parte irreal y fantástica. Vince Vaughn en la segunda temporada de True Detective (2015) ya había demostrado ser un tipo rudo como el gánster Frank Semyon, pero en Brawl in Cell Block 99 (2017) su inspiración parece ser Charles Bronson, aunque Vince Vaughn como Bradley Thomas no solo pelea a puño limpio sino rompe huesos.

El filme tiene a Bradley tratando de resarcir su matrimonio, buscando tener un hijo, por lo que al querer tener mucho dinero se mete a la venta de drogas. Durante un negocio es atacado por sus indisciplinados compañeros y Bradley simplemente acaba con ellos. Es arrestado y enviado a la cárcel. El mafioso que controlaba a los indisciplinados matones pretende vengarse de Bradley, quien obligado debe cumplir una misión y pasar a la peor cárcel, donde le espera el jefe Warden Tuggs (Don Johnson). Para todo esto Bradley debe ponerse muy violento.

S. Craig Zahler hace una película con mucha acción y peleas imponentes. Bradley es un arma de combate cuerpo a cuerpo implacable. Los efectos especiales de algunas muertes en manos de Bradley lucen a leguas falsos, pero esto más bien genera una gran sensación de entretenimiento y placer. La brutalidad no escatima gore alguno ni tremenda sobredimensión estética. Tiene escenas muy extremas, sobre todo al final.

El halo de fantasía es a todas luces claro, y es una película muy emocionante cargada de adrenalina y potencia visual. Tanto Don Johnson como Vince Vaughn son dignos de antología, de novela gráfica, de cómic, de las mejores películas de medianoche. El final del filme es irreverencia pura, pero justificada, por más impactante que sea. Otro personaje maquiavélico es el de Udo Kier, como el intermediario del mafioso tras Bradley.

Bradley Thomas es un tipo meditativo y hermético, guarda sus sentimientos para sí, suele ser muy neuronal, inclusive para golpear salvajemente o matar a alguien. Lo hace por más paradójico que suene, o difícil de comprender, por fuerzas mayores. Tiene sus razones. Por su familia es capaz de matar a quien sea. Tendrá que lidiar con éstos mafiosos que lo manipulan y quieren castigarlo. Sólo al final vemos a Bradley abrirse al resto.

Lo de tratar con un tipo que entiende perfectamente lo que hace es atractivo, inquietante y también complicado de aceptar, cuando es alguien que ante una necesidad superior le pasará por encima a cualquiera. Lo dice el diálogo con un policía, usted tiene el raciocinio suficiente como para estar del otro lado de la mesa, es decir, defender la ley y a los indefensos. Pero Bradley es también un asesino nato, un tipo que busca el camino fácil del dinero. S. Craig Zahler es tremendo entertainer. 

miércoles, 13 de abril de 2016

Bone Tomahawk

Bone tomahawk (2015), el debut celebrado de S. Craig Zahler, es una película que mezcla el western con el terror, algo que casi no existe o no suele trascender, específicamente con el subgénero del canibalismo, donde es como si John Ford tuviera que lidiar con Ruggero Deodato. La mayor parte del metraje, casi hora y media, es típico western, de bajo presupuesto, pero saludablemente serio y muy bien hecho, incluso hay un rescate que recuerda a Centauros del desierto (The Searchers, 1956) y un vaquero (anti)héroe a William Munny de Los imperdonables (Unforgiven, 1992), el vanidoso y dandy John Brooder (Matthew Fox) que cuenta haber matado más de 100 indios incluyendo mujeres y niños, y que no demora en cargarse en el trayecto a 2 mexicanos sin saber a ciencia cierta si son o no asaltantes en esta tierra de nadie que es en buena parte el oeste. Brooder es uno de los cuatro hombres civilizados y del lado de la ley que tienen que salvar a una mujer y  a un joven compañero de una tribu de indios sin mayor identificación que considerarlos trogloditas, ellos son: el inválido Arthur O'Dwyer (Patrick Wilson) que tiene una pierna rota y es esposo de la bella dama que van a rescatar, por lo que le urge ir y nada le detendrá; el anciano, viudo y ayudante bonachón Chicory (un irreconocible Richard Jenkins);  y el sheriff Franklin Hunt (Kurt Russell), el hombre de acero.

El filme en la última media hora se transforma en una película de terror, con el antecedente de que han profanado un cementerio indio (con la breve participación de esa leyenda del cine explotation y del terror, Sid Haig, El capitán Spaulding), y que los salvajes hayan ido al pueblo por venganza, o simplemente se vieran arrastrados por la curiosidad de los rastros del vagabundo y ladrón que hace David Arquette en una endeble performance. La propuesta vira en el gore y en la lucha desigual entre el bien y el mal de la forma más violenta, fría e impiadosa, pero a la vez inteligente (sumado a que casi no existe score o banda sonora y se imprime una sequedad narrativa, que aporta al filme más bien, aunque a sacrificio de disminuir los fuegos artificiales), contra unos extraños indios espolvoreados de blanco y dueños de un esperpéntico silbido producto de una joya incrustada en la tráquea, de lo que a ese respecto se ha trabajado una figura bastante básica, pero que acentúa la brutalidad de sus acciones. El filme previo al terror ahorra espectacularidad y, desde luego, imaginamos que gastos, con un western que es muy sencillo, pero formal, habiendo ese ámbito donde los héroes son gente ordinaria, no muy culta y se percibe en las conversaciones, no vulgares pero sí bastante humildes y algo inocentes adrede, habiendo también cierto humor negro en esos diálogos, y esa audacia de hablar de algo intrascendente pero curioso, típico de buenos guiones, en ese sentido hay mucha palabra, y no resulta ni ridícula ni pesada, sobre todo cuando yace muy presente, como las que discuten las relaciones de matrimonio y la inteligencia o como leer en la bañera sin mojar los libros.

El filme en gran parte es como que no pasara nada importante, en el recorrido que lleva a interrelacionarse al grupo del sheriff en medio del desierto tras los trogloditas, en ese punto puede que a muchos les parezca una propuesta sosa y larga, sin embargo toda esta descripción, aventura y comunión de la banda yace bien formada (el viejo, el cojo, el Billy de Kid dandy y el “bruto” idealista recio líder), va creando un background y una aclimatación que habla de trabajo individual por sobre la forma del contexto que es bastante austera, y de la solvencia y sumo peso de las interpretaciones, todas destacadas en el orden de la necesidad. El aspecto rudo y firme de Kurt Russell que dibuja al clásico cowboy héroe o de excepción (pero que tiene momentos de tocar piso que dan cierto balance), el engreimiento y la fría supervivencia de Matthew Fox (hasta ese final a lo teniente Dan Taylor, Forrest Gump, 1994, con esa línea cáustica y políticamente incorrecta de “soy demasiado vanidoso para vivir lisiado”), el cariz de granjero tipo clase media de Patrick Wilson (el americano promedio haciendo lo correcto, convirtiéndose en héroe frente a las circunstancias, producto de un intrínseco aire poético y romántico, como el de la carta para la amada, donde no es la estética, sino los sentimientos y las emociones lo que cuenta), y el tipo humilde, gracioso, leal y simpático de Richard Jenkins, el Walter Brennan o el Thomas Mitchell de la película, donde en el trayecto pelean, se ayudan, ríen juntos, se admiran mutuamente, en un trato sin demasiados adornos, pero lleno de momentos “especiales”, formando una banda entrañable de alguna forma, provocando esa magia que plasma confabulaciones y emociones y es tan vital para soportar hora y media de “simples” correrías, sumado a que la brutalidad de los indios tiene sentido (aunque la propuesta no es que busque lo políticamente correcto, sino se afirma en su creatividad, humor negro y verosimilitud, teniendo sus propias reglas), de lo que estos indios no resultan insalvablemente incongruentes con el conjunto, aunque no sean típicos del western por su exageración y gore en el primitivismo y la deshumanización absoluta de los contrincantes, más allá del eterno cliché de secundarizar como enemigos bárbaros y poco justificados a los indios, de lo que en este filme son producto de la imaginación y el género del terror, monstruos salidos de oscuros actos primarios, asesinos por naturaleza, crueles caníbales (profesando un sentido de comunidad, en aquel silbido, y creer en la espiritualidad), peligrosos, magnificados y temidos incluso por sus propios congéneres.