viernes, 28 de junio de 2013

The almost man

The almost man, Mer eller mindre mann en el original, se alzó con el máximo premio, el Globo de Cristal, del 48 Festival de Cine de Karlovy Vary (2012). Es una película noruega y ópera prima de Martin Lund que también se encarga en solitario del guion. Su trama no pasa de ser sumamente simple y ligera de digerir. Sencilla de acopiar en unas cuantas líneas. Se fija en Henrik (Henrik Rafaelsen, mejor actor en el mismo festival por esta película) que es un tipo bastante inmaduro, aunque sobrellevándolo dentro de una vida confortable y segura, conformada por un hermoso apartamento, un común buen carro, muchos seres queridos, un deporte entre entrañables camaradas, una relación afectuosa con su madre y un empleo serio. Henrik se comporta como un muchacho teniendo ya 35 años y una nueva responsabilidad que afrontar, el embarazo de su novia, con la que convive dentro de una relación agradable de tono liviano, como si fueran dos muy buenos amigos, sin embargo éste sigue buscando hacer lo que le place, hacerle caso a sus deseos e impulsos primarios y espontáneos. Se aburre de su nuevo trabajo, de sus ocupados colegas, y está siempre atento a la broma, el diálogo chispeante y al relajo, en donde la línea de su naturaleza simpática termina volviéndose una molestia y hasta cierto punto un problema. Pero no tanto como para generar un drama complejo, ya que la historia toca la inmadurez muy superficialmente, como si fuera algo pequeño propio de una decisión reflexiva manejable, no ardua, a un nivel de gente bien educada pero que puede y quiere ser ordinaria.

Se observa el leitmotiv de la película en muchas escenas siendo su historia monotemática, bien centrada sin aparatosidad. Rescatamos una en especial en donde Henrik, un tipo alto, típico caucásico nórdico, manganzón y delgado, tras aburrirse en una reunión de su pareja, baja, se mete en un carro ajeno y orina sobre el trabajo, un libro infantil de Peter Pan, de una compañera de ella, a propósito de sentirse “avergonzado” a instancias de hablarle poco antes mientras le colgaba un moco en la nariz; enseguida tras toparse con su pareja y no saber explicarse, ni interesarle, escapa hacia una fiesta de sus mejores amigos, tan inmaduros como lo es él, y termina peleándose con alguien de su trabajo, a razón de mearle el balcón, y estando íntimamente con una chica fácil del grupo a la que poco antes alguien le ha enseñado la entrepierna entre bromas. Es una trama a la vera del estilo de vida de una generación joven acomodada actual europea con clara influencia americana, y su discurrir es fácil de ver, de entender, de caer en gracia por el lado fresco, ya que todo es muy directo, coloquial y cotidiano, y no sé si tanto de disfrutar en general, porque casi no pasa nada que trascienda o nos cree mucha complicidad. No obstante hay emociones, tocadas en su análisis de forma leve, pero existen, y mucha expresividad al respecto, el protagonista se debate especialmente dentro de una, la de la euforia, y seguro muchos pueden apreciar su tono y contexto rápido de identificar con la buena vida. Una cara que parece el opuesto radical al cine que hace Ulrich Seidl aun teniendo varios ratos exhibicionistas, al que utilizo para comparar lo que verán. Si en el austriaco lo sórdido y sucio es su fuerte, la problemática yuppie es la que asociamos a la presente película.

El protagonista parece un niño viejo como se le suele atribuir en jerga a su clase de personalidad en nuestra sociedad, a todas luces amigable, muy parecido a cualquiera de los íntimos compañeros de juerga de nuestra juventud, y es su trance a la conversión de lo que significa ser un hombre en cuanto a tomar seriedad y responsabilidad en la vida, transformarnos en un ser un poco aburrido digamos o mejor dicho a una existencia menos abierta y más contenida, la de alejarnos un poco de nuestro egocentrismo y enfocarnos en los que dependen de nosotros, lo que tenemos entre manos, en un estado en donde solo se trata de restringir un poco nuestro comportamiento. Y realmente la película parece poca cosa, tema que no es asunto de sutilidad en cuanto a escarbar en ella (sino de sustancia), porque solo ciertas pequeñas partes de su repetitivo mensaje se esconde en eso aunque las apariencias engañen, sin embargo no deja de apreciarse muy real, que pasa más a menudo de lo que creemos, porque no solemos anhelar crecer, salvo en el caso de obtener libertades y permisividad, solo beneficios, y no de asumirnos como la imagen estereotipo de un padre, de un hombre de familia. Siempre esperamos componer ciertas figuras, pero no desestimemos que un día se pueda descubrir que somos lo que menos hubiéramos pensando, así es la vida. De lo que se trata es de un papel que a todos nos llega en algún momento, el de envejecer, primero mentalmente para luego ir hacia lo físico. La forma de la película no le pide mucho al protagonista, ni a través de su persona a nosotros en su mensaje, sino algo tan pequeño como viene a lucir toda esta obra, aunque nos hable de un paso significativo en la vida de toda persona, ese hola tras el diluvio con la pelea de pareja en pos de lo inevitable, aunque Henrik intente bailar seriamente y no crea poder.

Pequeña, afable y llevadera, aunque no en estado de gracia, ni tampoco indispensable, donde no faltaran los que verán un cine independiente de recursos mínimos, lo que yo en realidad veo como un cine comercial de autor, más amable que otra cosa. Propone simpatía y esa es su mayor atracción, recurre al optimismo y tiene algo de original, observando a Henrik en el juego de ponerle un nombre de acuerdo a como se ve.

lunes, 17 de junio de 2013

Pastoral Americana

En un momento del libro se hace alusión breve y directa, una sola vez, al título y nos quiere decir que hay que llevar la fiesta en paz, podemos convivir pensando de forma diferente, dando el ejemplo de judíos y católicos en que sus distintas festividades son un pretexto más para reñir, para distanciarse. En el texto se da mediante la relación de una pareja de próximo matrimonio que antes de formalizar busca la aceptación del patriarca de la familia, el que es judío, y quien esperaba que su hijo se case con alguien de su misma ascendencia religiosa. Lo cual no llega a ser así. Pero la trama específica es otra, se trata de la perdida de cierta ilusión de lo que representa por entonces Estados Unidos (publicada en 1997 es una especie de revisión nacional del siglo XX) para una población convencional e idealista, a través de su protagonista, Seymour Levov, conocido como el Sueco. Un hombre intachable, un ganador neto y una buena persona digna de alabanza, destacado deportista en varias disciplinas, educado, sensible, hogareño, humilde,  ídolo integro de su barrio, orgullo familiar, empresario exitoso, patriota, ciudadano modelo, un ser digamos que perfecto. Sin embargo un suceso en especial traerá abajo todo aquello, su hija reniega del capitalismo americano y del que concibe como un país imperialista, y muy joven pero muy firme y solvente se convierte en una terrorista que llega a ocasionar la muerte de un vecino en su ciudad, en Old Rimrock, New Jersey, lo que abre un abanico de defectos que en primera instancia no lo parecían, y con estos una reflexión de lo pequeño hacia lo más grande. Una representación y una razón para analizar al país desde su más típico ejemplar a razón de la problemática que podemos tildar de la semilla del diablo o un error en el manual.

El autor de este libro se llama Philip Roth (Nueva Jersey, 19 de marzo de 1933), con el que ganó el Premio Pulitzer de 1998. Es uno de los grandes escritores de la historia literaria de EE.UU. y un continuo candidato al Premio Nobel. Para muchos uno de los mejores escritores del mundo. Su prosa es muy clara pero sumamente profunda, es muy minucioso con la temática que aborda, tanto la ideología que se esconde detrás como de su contextualización con El Sueco. Pero no se trata de descripciones sino de ideas, el libro es admirablemente introspectivo, sabe escarbar hasta “agotar” el tema. Parece que se repitiera pero no es así, sino es como ir nuevamente y sacar más sustancia, otros  ángulos. La novedad, dentro de unos parámetros, es una virtud en su escritura. El tener la noción y clarividencia para distribuir la información, estructurarla y añadir nuevos descubrimientos.

Philp Roth mediante su álterego Nathan Zuckerman decide hacer la crónica de la vida de Seymour Levov, alguien de su infancia y que él admira e idealiza. Lo decide tras algunas revelaciones poco después de un encuentro con él en 1995. Zuckerman no niega que hará uso de su imaginación, que completará el contexto con su propia cosecha, y nos sorprende su alegato, pero en la prosa de Roth vemos al respecto que tiene mucho sentido, y paradójicamente abre más puertas, se convierte más en la cavilación de una mancha, de un estado de ánimo oculto, de una derrota, de una verdad dolorosa y mortificante, la cruz que no merece un padre (que quiere demasiado), y por el modo tampoco su nación.

Roth ante todo es estadounidense, hasta los huesos, y su amor es el del sueño americano pero auscultado bajo la lupa de la crítica con argumentos. Y después judío, ya que su mundo descrito es desde ellos (lleva indudables tintes autobiográficos), pero absorbidos por el antecedente admirativo y patriótico del Norte de América. El autor rompe con varias ideas preconcebidas y es muy libre interpretando la religión, la política y lo sexual. Debajo de su historia prototipo se despiertan muchas interrogantes que Roth aborda y resuelve, sin confundir ni pecar de abstracto, de misterioso o de críptico, él es la luz que ilumina, que te permite ver, que quiere que veas, subyace a flor de piel pero sin perder aun así la complejidad de lo que trata, lo que es importante. Una característica notable de la lectura es que asume todo lo que pregunta, que es bastante, proporcionando un amplio panorama ceñido a algo central. La lucidez es total. Incluso su conocimiento de los guantes que se manufacturan en Newark Maid sorprende hasta sentimentalmente. Parece tener una mente abierta y da la impresión de ser tolerante solo que teniendo una posición. Se pone en la piel de otros para contrastar. No parece una historia de ficción sino una tesis, pero con la amabilidad y la espontaneidad que atribuimos al genio “informal”. Aunque viendo detenidamente su tipo de escritura es solo una cubierta, un estilo, porque lo que desentraña es hondo, muy coherente, inteligente y tiene mucha personalidad pero a su vez sirve para todos los demás, es útil, teniendo un cariz anclado a su país y dentro universal a su población. El libro es muy norteamericano pero su historia nos ayuda a entender entre otras el riesgo de la libertad y el de la convivencia confrontada, mientras es una historia pormenorizada de una mente, porque nos metemos en la cabeza de Seymour y con ella conocemos a la nación más poderosa del mundo.

A simple vista parece que Roth no tuviera pretensiones trascendentales pero nos damos cuenta que desde luego que las tiene, que procesamos el libro de inconmensurable pero que aparenta no serlo, detrás de su transparencia y sin perder su cualidad de relato, donde podemos ver además muchas emociones primarias y una telaraña compleja sobre ellas (mientras su protagonista razona impenitentemente), las de un padre cualquiera, las de un ser humano modelo que esconde también imperfección y sufrimiento, una figura que nos remite a algo actual a la que la mayoría se adscribe pero para ver solo el cartel y el goce, permitiendo la presente observar al ser detrás del ídolo, y eso nos hace pensar en la estrella musical, en el actor de cine o alguien reconocido mundialmente que creemos subyace en la absoluta felicidad (cosa que ya deberíamos entender que al nacer se viene naturalmente mucho a sufrir tanto como a buscar la alegría). Podemos simbolizar a La Gran América a esa vera, la que se hace con los Levov y que debe resolverse frente a las Merry, en manos de un progenitor que no sabe qué hacer para remediar el caos que ella induce, porque la niña gorda, independiente y tartamuda también padece aunque por su propia culpa, por su locura y estupidez como le atribuye a boca de jarro el narrador, la voz de Roth, la de Nathan, la de El Sueco.  Ha sido varias veces violada, yace por sus decisiones desamparada, vive en un cuchitril, está expuesta a la violencia, sufre su extremismo, tiene ideas “raras”, es una criminal consumada pero aun así pervive indefensa.

El libro es la historia de un drama familiar, una cara que se extiende a otros personajes desnudados en su interior y son como aristas de un conjunto, los amigos, los familiares, la esposa que fue Miss New Jersey, y en ir viendo que hay más detrás de la fachada, como infidelidad, debilidad, apariencias, soledad, miedo, desequilibrio, y lo peor, sentir que todo es más endeble de lo que parece, que el esfuerzo a veces no alcanza a cumplirte como se debe, como se nos ha dicho, como lo hemos intentado tan tenazmente (aun siendo por uno mismo impoluto), y hace falta una gota hinchándose cada vez más para sentirnos ahogados y desvalidos –en el libro ir incrementando el conocimiento sobre los trapos sucios de los Levov (un tótem que algunos quieren destruir, anhelo que lastimosamente lo anhela su hija), junto con quienes son, como piensan, actúan, como se han hecho y hacia dónde van en el temor de una (sutil) decadencia-, tanto como que lo irracional puede colarse en tu vida, roernos pensando en alguna culpa, y de que hay asuntos complicados y duros que nos hacen contradictorios y que se nos van de las manos.

El libro tiene 546 páginas y no resulta ligero de leer como parece, agota un poco su centralismo en un contexto tan explotado aun siendo continuamente original en ello, que si no enganchas pues es cuesta arriba, aunque nunca hay reglas para la empatía de ningún texto. Lo que es bueno es que su introspección es de una sabiduría abrumadora y no presenta ínfulas en el trayecto sino es distintiva de esa humildad que tratan de atribuirse los americanos entre ellos, como que son de a pie, de visión existencial sencilla y viven  bajo esa perspectiva (solo que el autor es un ente muy racional, mentalmente nada simple), sin que el -muchas veces molesto pero no en esta oportunidad- nacionalismo americano termine comiéndose la lectura y ganándose el desinterés ajeno, una audacia porque más norteamericano no puede ser. Es entretenido si amas la lectura que implica algo de esfuerzo, teniendo contundentes argumentos, pero finalmente con un aire monotemático (el golpe a la idealización) aunque como es normal cuando se es profundo despierta muchas ideas. Hay que repetir que vale más como mensaje aun luciendo como una trama, es una fuente para pensar la historia más que quedarse en simplemente conocerla, para padecerla intensamente a través del análisis (la que no deja de tener emotividad y ostenta vida), y por ende superar los conflictos para llegar a lograr la plenitud de la llamada pastoral americana. La de todos felices.


lunes, 10 de junio de 2013

Stoker

La primera incursión de uno de los grandes directores coreanos, Park Chan-wook, en Estados Unidos ha dado como resultado la presente. Que nos recuerda un poco lejanamente a La sombra de una duda (1943) de Alfred Hitchcock, sin embargo hay que decir que la obra del británico es muy superior, y me duele admitirlo porque soy fanático del cine coreano moderno, aunque mucho también del maestro del suspenso, pero lo que hace el famoso director de Oldboy (2003) es bastante simple e inferior fuera de las apariencias, denotando muy poca sustancia y muchos errores, en pocas palabras es un bluf. No es todo lo interesante que si es la de Hitch que aunque subyace en su constante inocencia y apertura, tiene algunos ratos de antipatía, diálogos explicativos varias veces molestos, es notoriamente toda una obra maestra del séptimo arte, con un Joseph Cotten haciendo lo que a Cary Grant no le estaba sido permitido, y seguramente fue porque es un actor menos carismático y menos estrella, sin embargo su entrega y disposición no hacen más que alabarlo y darle un mejor lugar en nuestro recuerdo. Junto a una Teresa Wright que como se solía ser, era toda una señorita, una dama, madura pero dulce, simple y familiar, aparte de bella (tanto como deseable sin esforzarse) y común a muchas, guardando esas formas que naturalmente la hacían tan idónea con su personaje.  

Ver a Mia Wasikowska también ha sido un deleite de alta categoría en aspectos más típicos a nuestros tiempos, con una personificación muy destacable (su solvencia como actriz es irrefutable y mucho se debe a que no sea todo lo grande que parece ser a que sus elecciones cinematográficas no suelen ser tan atractivas o son secundarias), como una chica con muchos conflictos internos, que por fuera como es normal ante ello se muestra extraña, defensiva, y es captada de esa manera, aunque es muy inteligente y segura de sí. Puede ser capaz como dice en un rato de celos de abrir una puerta nueva a su personalidad y en ese lapso deparar un momento inolvidable a otra persona. Ella está pasando por el trance de convertirse en una mujer –al punto de competir con su madre- en medio de la muerte violenta de su padre, el egoísmo, egocentrismo y anhelo de deseos de su hermosa progenitora (también muy destacable Nicole Kidman que se asume en un papel más de cartón que complejo pero que sus gestos de delicadeza, esnobismo y vanidad la hacen digna de mención, aunque por detrás de una Wasikowska que es demasiado dominante en cuanto a talento e historia) y la interrelación de un nuevo modelo en su solitaria existencia, su tío Charlie que acaba de regresar y meterse en sus vidas (Matthew Goode, que lo hace bien en un papel de lujo para alguien muy desconocido, pero que no es finalmente tan atractivo en el guion y se queda en una figura de monótona expresión que termina cansando).

Park Chan-wook hace de un filme que en realidad es muy comercial en cuanto a su historia algo más elaborado, le proporciona morosidad, calma, lo reviste de la elegancia de antaño. Complejiza la forma, la ennoblece y la disfraza con su estética, que tiene un aire vintage delicado, de colores opacos y oscuros. Nos pone en un “anacronismo” aceptado, en un lugar de clase alta culta y refinada de un pueblo americano. Envolviéndonos bajo su toma técnica y audaz, en sus detalles y en una personalidad que recubre el ambiente.  Como si nuestros rasgos trataran de salvar y transformar lo que parece destinado a no ser importante.

El problema es que no abundan los aciertos en la historia, e incluso la exageración propia de la contemporaneidad, el mismo Park Chan-wook y el cine de su país terminan siendo incongruentes con la elegancia e intelectualidad que antes ha estado trabajando. El nuevo toque pesa en contra y no es ingenioso, hasta desdibujar el elogioso precedente. Abarata el logro y muestra tal cual al relato. Ya por entonces todo está perdido, y solo queda la belleza de la sangre sobre las flores. La estética de Park Chan-wook.

Dentro de lo positivo funciona durante un tiempo correcto el halo de misterio del relato y la hazaña de develarlo rápidamente gana puntos a favor ya que es irrelevante oliéndose a metros. Funciona en lo necesario sacándole el debido provecho. Luego el resto de lo que se guarda en secreto no es una revelación que sea atractiva sino muy ordinaria y manida, no obstante la mano del coreano en la manera de visualizarlo es la que vuelve a hacer algo mejor de lo que es en sí. Lástima que nuevamente el guion sea tan poca cosa y el querer ser original a través de este termine siendo tan vacío. Asunto que cobra la factura al conjunto que no teniendo una base jugosa representa una continua desilusión tras otra. La sorpresa falla cada vez que aparece, por superficial y no tener asidero argumental. Solamente India (Mia Wasikowska) sobresale al respecto,  con cierta forma y valor que relacionada a una perversidad que parecía prometer a través del tío Charlie crea una expectativa que se diluye hasta pasar desapercibida. 

Volviendo a lo negativo, los crímenes caen mayormente en ser algo absurdos y poco impactantes, salvando uno predecible pero inteligente en el recuerdo de la arena en donde juega el hermano pequeño, y algún otro parcialmente logrado.  El filme nos hace recordar un poco las de Psycho, el hallazgo en la heladera, el pasado en el manicomio o la sonrisa de Goode en comparación a la de Anthony Perkins junto con un pasaje donde a este se le percibe con mucha inseguridad, la que más tarde le abandonará por una personalidad nueva (radicalmente distinta a la de Norman Bates, digamos de paso, ya que lo hemos mencionado). Seductora y firme. Que deparará  la lección y admiración del alumno hacia el maestro. El tolerante “somos familia, no importa querernos”, leitmotiv de toda la película, quedará de lado por un apasionamiento, aunque apuntando que no sobreviven muchos instantes en la memoria; los que brillan en su inducción a través de las cualidades del último tío Charlie, de quien nos preguntamos ¿de dónde provienen? Pero ya que hemos mencionado a Hitchcock, debemos de refrendarlo diciendo que él no creía en esas preguntas de verosimilitud sino en preocuparse solo por el entretenimiento. Que hay que decir que la presente tiene lo suyo solo que no resiste una crítica aguda.

Tratar de darle un background asesino a la historia a través de la caza o la taxidermia queda muy suelto, artificial e insustancial, tanto como no darle motivos a otro personaje. Escenas como la sensualidad de la imaginación en la pieza apasionada en el piano aportan un sentido que pudo caerle mucho mejor a la trama si lo hubieran explotado y direccionado más y con mayor ingenio, como no pasa visualmente en el orgasmo en la ducha tras la excitación homicida, una buena idea no conseguida en toda su magnitud. Sumando simbolismos desafortunados, como el del rifle o la correa, mientras alguno como el de los zapatos de taco alto aunque obvio, es atrevido, honesto y resulta atractivo. Estamos ante un Park Chan –wook desperdiciado, al observar su estética y la forma que ha labrado delicadamente –como muestra tenemos la intervención repetida de las arañas, una especie de simbolización de posesión o envenenamiento-, y no en su mejor intervención por un guion y una historia bastante mala. Esperemos regrese con algo mejor. Desde aquí creemos que nadie lo tiene seguro, mucho menos si se es atrevido, e ir a trabajar a Estados Unidos siempre lo es. Pero desde ya es un tipo de condecoración, aunque muchas veces –creo, mayormente- termine siendo el producto una decepción.

sábado, 8 de junio de 2013

Catfish

Documental dirigido por Henry Joost y Ariel Schulman, que se nos desnuda completamente en todas sus aristas no dejando nada a la imaginación en medio de un aire de precisión, descubrimiento e información cinematográfica “sorprendente” que a un punto desconcierta y nos hace dudar un poco de su total credibilidad –donde parece colarse cierta artificialidad, premeditación y direccionalidad que denota demasiada subjetividad envuelta que como ya sabemos es admisible actualmente en el concepto artístico y recepción del documental del siglo XXI, mientras sea lo honesto que proclama ser- bajo una crítica al engaño que pueden fabricar las redes sociales, algo que en realidad puede aparecer en todas partes y no representa mayor contundencia negativa para con internet que sigue siendo un mar de ventajas por encima de sus detractores tanto como fuente de apariencias y falsas imágenes también, que es el tema que se trata en la película y que se sostiene en la búsqueda de un encantamiento banal en un gancho atractivo para un hombre soltero –la promesa de un romance con una mujer hermosa, interesante y sensual- y que oculta algo patético y triste.

El argumento gira sobre la relación de Yaniv “Nev” Schulman, un joven fotógrafo profesional y ciudadano común americano de buena presencia física y agradable personalidad, con la familia de una niña de 8 años de edad llamada Abby con la que entabla amistad principalmente por facebook, en una relación que inicia cuando la pequeña  le envía una pintura basada en una de sus fotografías publicadas en el New York Times. Luego vienen más obras pictóricas y amigables conversaciones, hasta conocer a su media hermana, Megan, de la que Nev se siente atraído virtualmente, creando con ella un vínculo afectivo a través del teléfono, las redes sociales, sus imágenes provocativas en la web y la música que ella canta haciendo cover subidas en el chat. Sin embargo la relación que se ha vuelto solida con toda la familia de Abby en pocos minutos de descripción visual, en especial con Megan, y que es la constante que muestra la película, guarda un misterio por resolver tras un giro “inesperado” producto de algunas mentiras descubiertas en el camino, que nos dirigen hacia un cambio en buena medida rotundo. Que a tan solo 25 minutos de metraje ya alimenta notablemente nuestra emoción y tensión por poder conocer que se cuece detrás de la propuesta, cuáles son las revelaciones que nos esperan.

Al final lo que se esconde resulta nada del otro mundo, si atendemos a lo que es objetivamente, es además algo previsible en su idea esencial pero que articula un inconfundible aire de inocencia y melancolía dentro de las falsedades, porque son a fin de cuentas inocuas salvo manipular las expectativas de aguardar hallar gente muy atractiva socialmente y no un espacio de desilusión y sensación de derrota (lo que termina siendo productivo de todas formas y que denota que no es una regla inamovible lo de estar o no “dentro del grupo” o lo que se entiende por lo que es o no felicidad), viviéndose eso sí mucha emotividad ante la confesión que tiene de continua colaboración, honestidad y timidez, lo que cambia fehacientemente nuestro estado de ánimo como espectadores (en cambio los directores del filme que también son personajes del documental en el hermano y el amigo, junto con Nev, se mantienen muy tranquilos y hasta yacen contentos con lo que han develado, y no podemos desmerecer que se debe al mérito de su trabajo ya que es un documental solvente y atrapante, una muy buena historia que han conquistado y está bien ejecutada aparte de tener calidad estética como poseer una gran estructura con diversas tomas, registros y técnicas electrónicas, solo que lastimosamente duele y molesta un poco), ya que a pesar de reprobar las acciones sientes conmiseración y lastima.

Da la impresión de que se explota el tema, lo que incomodaría a cualquiera, y que es una exposición que por más reprobable que sea el engaño involucrando a otros y su derecho como tal a destaparlo, termina siendo un documental que utiliza y expone a un ser humano con baja autoestima y que pasa por la frustración de su vida. Además de que se respira el egocentrismo de Yaniv Schulman que es pieza importante tanto en lo que vemos como en lo que significa, y que él mismo lo anticipa con una línea salida de su boca en que parece lavarse las manos y dice que no quiere ser centro de nada en una película ni que se exhiba su vida, y eso mismo hemos pensado de otros en el documental, y seguro por eso el filme no cala demasiado en cuanto al aplauso emocional si bien el logro como trabajo es notorio. Sin embargo, no podemos dejar de notar que ese lapso vital en la obra al que “contradictoriamente” criticamos y es el sentido del filme, disminuye un poco cuando leemos las letras del epilogo y como termina el asunto en algo constructivo que finalmente queda como mera anécdota, como es realmente la película, una hipérbole de emociones para con la curiosidad del público basado en un tema ordinario, en dilucidar una mentira a través de la cámara que enseña en el fondo a un ser humano soñador y bondadoso –tiene encima a una familia difícil- con deseo de que le rodee un aprecio distinto, un error ya que lo que debe hacer es mejorar desde su realidad, como termina pasando, agregando, respetándose y proyectándose, lo mejor del filme, y eso son sus 5 minutos finales, para lo que ha valido la pena ver la película ya que sino como tal no valdría como retrato de vida humanitario como es la razón primordial del documental.

La trama se basa en lo que se titula, el pez gato (traducción al español de catfish) que como se nos cuenta en la historia proviene de la necesidad de ese animal para la mayor conservación del bacalao en una época en que se enviaba en cantidades industriales desde Alaska hacia China, y que significa que uno se apoya en algo especial y exógeno a nosotros para cubrir la vacuidad, el vacío y lo soez de nuestra existencia. Algo que bien visto lo es alguien en el filme para Nev y no solo viceversa. Y es que las grandes historias no serían nada sin las pequeñas. Muchas veces -hay que repetirlo- más importantes. 

viernes, 7 de junio de 2013

Mekong Hotel

El director tailandés Apichatpong Weerasethakul tiene su grupo de seguidores fieles en el mundo como ocurre con los cineastas extravagantes a los que se les suele encontrar sustancia. Pero como se ve en su filmografía no es alguien que vaya a ser muy popular (no por ahora, no como va, cree y hace, aunque claramente es muy respetable en su honestidad consigo mismo, en defender su cosmovisión personal), ya que su arte es un cine raro y ciertamente aunque original poco entretenido como solemos denominar a esa palabra comúnmente. Habrá quien te diga que es maravilloso y que no lo entiendes, lo que es normal porque le pasa a muchos aunque poco importa ya que la última palabra es personal y tampoco te puedes engañar, como tampoco limitar tu libertad de apreciarlo (que estamos seguros serán los menos y sobre todo si son realmente sinceros), pero lo que sí es verdad es que una vez conocido su trabajo empiezas a ver –como una iluminación- parte de lo que hace, ya que se suele “repetir”, tiene constantes, y en ese lugar cae su última película.

Mekong hotel es un documental que tampoco lo es al 100% sino que articula mucha ficción, la mayoría del metraje. Y no está mal en nuestros tiempos ya que el documental actual ha mutado y ahora exalta su subjetividad. El propio director sale entrevistando a un músico, y en adelante ante ese arranque nos acompañará siempre una guitarra acústica, hasta verlo nuevamente una vez más al compositor con la cámara estática por un tiempo muerto ante su humilde presencia en donde el sonido ha de hipnotizarte o abstenerte a su sufrimiento. Seamos justos, si bien no amerita tanta presencia, tampoco es detestable, la melodía tiene su hermosura. Pasada cierta molestia ante la repetida musicalidad que es bella pero cansina, pasamos a estar en general en una única localización, la del mencionado hotel Mekong que está a orillas del río del mismo nombre que es la frontera entre Tailandia y Laos. Luego la historia de ficción retratará a una madre con su hija junto con la interrelación de un vecino de ellas en el mismo espacio. La particularidad subyace en el retorno de una de esas constantes de Weerasethakul, se trata de los fantasmas y la reencarnación que ya vimos en su anterior película, la mucho indescifrable –si es que el director no sale a explicarla en alguna entrevista- El Tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas (2010, la que “insólitamente” fue palma de oro en Cannes). 

Otra curiosidad es que la concepción de los fantasmas del cineasta tailandés es distinta a la que conocemos. Y seguramente viene del folclore de Tailandia, un país muy místico y supersticioso. Pero concebida desde la singularidad de Apichatpong, que por algo es admirado y visto como único, siendo su cine independiente. No subyace como mainstream ni siquiera en su nación. ¿Cómo son entonces? Los entes en cuestión pueden convertirse en materia una vez que toman un cuerpo ajeno. Pasar por personas normales. Mientras son ocultas bestias carnívoras, tanto que se rumorea que se alimentan también de seres humanos. Muchos los consideran una especie de vampiros, ya que aman la sangre además.

El filme que debemos aclarar no es ninguna película de terror consta de algunas pláticas ordinarias, como encuentros casuales entre sus tres protagonistas, o algunas escenas donde salen convertidos en fantasmas, y otras trascendentes en amigable soltura. Como decimos, Weerasethakul vuelve a sus ideas base y se conversan sus pensamientos en sus personajes que miran a ratos a la cámara o se confunden dialogando y dando la espalda como parte del equipo de trabajo que subyace en medio del documental.

Uno de los temas es una hipotética inundación y destrucción de Bangkok ante algunos indicios exógenos, una ciudad privilegiada en el país que parece no tener la fuerza de otras provincias para subsistir ante semejante desastre. También se habla del pasado militar y un campo de refugiados para habitantes de Laos. Entre fantasmas, protección ante ello y reencarnación.

En su corta duración, el filme dura un aproximado de 56 minutos, se articulan bastantes sentimientos y se juega con diversas actuaciones aunque como es lógico son breves y no llegan a explotarse demasiado, hay lágrimas, risas, algo de discreta sensualidad, momentos meditativos, sinceramientos, algunos otros de salvajismo con pedazos de carne ensangrentada o con la historia ausente en lo visual de un perro agredido hasta matarlo. Ven televisión mientras comparten historias o yacen en sus cuartos o por el hotel. También hay imágenes de labores de jardinería y construcción (otros tiempos muertos y que remiten  a un esfuerzo de paciencia para con el espectador) en donde en general predomina una paz y tranquilidad alrededor (no faltan los estados contemplativos habidos en espiritualidad y reflexión meditativa silenciosa), incluso los ratos de aparente violencia son muy pasivos, muy dominables o crean esa impresión. Aunque hay conflicto existencial muy particular, la cualidad de fantasma resulta un peso importante algo inmanejable y torturador.

Finalmente la película termina con un encuadre de cámara que se fija en el río Mekong y lo que parecen motos de agua circulando por el espacio. En fin, es el entretenimiento que propone Weerasethakul que a cierto punto su rareza y algo muy personal que tiene que decir nos atrapa aunque no sea uno de nuestros cineastas favoritos. Para quien quiera verlo debería primero prepararse, atenerse al riesgo y a lo atípico, y luego apostar por sus mejores películas, las que creemos son las dos primeras. Misterioso objeto al mediodía (2000), su ópera prima, que es una especie de trama echa en el camino de forma espontánea por gente común que van tomando la posta como si fueran actores sin actuación. Y Blissfully Yours (2002), su mejor película, en que se puede entender lo que significa la felicidad desde el máximo sentimiento y estado del amor, que lleva imágenes explicitas sexuales, ritmo lento y presenta una historia muy sencilla en una narrativa de apariencia intrascendente que subyace dividida en dos partes, un antes en la vida dura y traumática, y otra romántica e idealizada en la naturaleza y la libertad. Mientras para otros puede ser Tropical Malady (2004), en las sencillas aventuras cotidianas y diario vivir de una pareja de homosexuales rurales tailandeses, y más tarde la complicada leyenda que se cuece en su territorio próximo a la familia de uno de ellos.

Diamond Flash

Película española de bajo presupuesto que presenta cuatro historias entrecruzadas por un personaje misterioso. Una es la de Violeta (Eva Llorach) que ha sufrido de abuso sexual infantil de parte de un familiar, recuerdo que le regresa tras el secuestro de su hija; otra, la de Elena (Ángela Villar) que padece maltrato físico doméstico de parte de su pareja; una tercera, la de Lola (Rocío León) y Juana (Ángela Boix) que cada una tiene marcas del pasado –la muerte de una hermana, el abandono de la madre- y diferentes intereses que moldean su conducta criminal; y la de Enriqueta (Victória Radonic) como la malvada ejecutora de una mafia, pero que guarda un rasgo de femineidad y sensibilidad, buscar a un hombre que la haga reír.

La dirección corre a manos de Carlos Vermut, es su ópera prima, y se solventa en una visión femenina o, siendo más preciso, en una interpretación masculina del universo femenino, en donde se articula la aparición de un superhéroe, Diamond Flash, que es como el salvador que en realidad no necesitan éstas mujeres, sino que deben ser solventes por sí mismas dentro de sus vidas y conflictos, en los papeles de las noveles y efectivas actrices. Las que presentan personajes muy bien dibujados, desde la delicadeza y dulzura de Lola, la inocencia y simpatía de Elena, la fuerza de Violeta (que en realidad es -o debe ser- de todas), y la sensualidad y la determinación de Juana. En sus respectivos contextos donde son descritas sus personalidades de forma contundente y bastante hábil condensándose y proyectándose en la trama sin previsibilidad sino manteniendo la atención del espectador en el orden de cuatro episodios (separados algo arbitrariamente) que contienen escenas cómicas y cotidianas ágilmente descritas –la emoción en la anécdota sobre la aparición intempestiva de Diamond Flash; la de las citas de Enriqueta en un bar- , otra intensa y melodramática (una porción generosa, 40 minutos más o menos en el interior de un baño y a razón del vómito, literal y metafórico), alguna surrealista –la del sueño de reencuentro con la madre muerta-, una muy salvaje y violenta (la del pasadizo), otra de fuerte tensión y miedo –la de Elena atada a merced de la muerte- o envueltas en deseo físico y de lugar perdido en el tiempo (en un restaurante abandonado en medio de una relación lésbica y de conveniencia).  

La visión de éste filme del superhéroe es atípica al uso cotidiano, pero acorde con el mundo en que vivimos, lo que hay que tomar como una crítica en general, porque busca destacar la idea de que realmente no es necesario para nuestras vidas (en especial de ninguna mujer), ya que no es un ente superior que ostenta un código idealista y humanitario, sino el de un tipo imperfecto, abusivo, asesino y hasta vengativo (de ahí la nota en la boca de un cadáver). No obstante Diamond Flash hace el bien a fin de cuentas, como rescatar a una niña de un secuestro o salvar a una mujer de un inminente robo y violación, teniendo alguna defensa en sus espaldas (explicita en varios diálogos, uno de Enriqueta haciéndose pasar por policía y otro de la madre enferma de Elena). Pero de lo que va es no saber enfrentar la violencia sexual y física (todavía, y realmente se vislumbra elípticamente como un desenlace pesimista y conformista).

El filme se articula sobre un contexto muy fácil de identificar con nuestro entorno inmediato, las mujeres criminales tienen de ordinarias damiselas, buscando enamorarse, compartiendo ratos intrascendentes, apasionándose, divagando en existencialismos sutiles o simplemente haciendo un pasatiempo artístico que requiere una sensibilización. Se nos presentan cuatro personajes (incluimos a la mandamás en las tinieblas, detrás del teléfono y el secuestro), los antagonistas de Diamond Flash, que al igual que él presentan una personalidad tanto reprobable como sentimental. El filme sirve para la reflexión, bajo un espectro audaz propio de un cómic urbano, de que el futuro no nos está señalado, no existe el destino (lo demuestra la lectura del tarot con barajas de animales prehistóricos), sino está en nuestras propias manos, ser bueno o malo nos concierne tanto como poder resolvernos en situaciones determinantes, saber decidir y superar todos esos trances, en un disfraz de historieta que juega a la par a lo realista y fantástico.

Juana dice haberse rendido a la última frase de su madre, el amoldarse a la oscuridad, por la falta de fe en una vida correcta y optimista, mientras Lola persigue un acto reivindicativo que cuestiona su nobleza. Y es que muy a menudo nos movemos por el espacio menos asertado. Porque superar problemas es verdaderamente un reto personal y un acondicionamiento. Y aunque el filme trata de no cuestionar ni el bien ni el mal en cada persona sino atender a su ambigüedad y complejidad, si se trata de saber hallar la salida más inteligente y justa, de ahí que la tragedia envuelva muchas decisiones, nos hagan caer por nuestro propio peso, salvándose solo la pura superficialidad, por innecesaria de lección como le pasa a Enriqueta; un jugoso personaje, cínico y seguro de sí, que se amolda a ese mundo que el conjunto parece señalar con aire de conmiseración, desilusión y más tarde resignación (no para el espectador que puede cavilar al respecto), en un tono muy contemporáneo, el de la neutralidad, el de la autosuficiencia.

Diamond Flash y su rival “principal”, Enriqueta, aparte de amoldarse más al juego que plantea el cómic y ser la presencia original -cada uno a su modo siendo además representativos- dentro de la normalización realista (haciendo la salvedad de los súper-poderes del superhéroe que se dan solo en dos casos puntuales en un único momento) son gérmenes del mal que vivimos (aun siendo ella otro ser humano más con algún requerimiento afectivo). Ambos son piezas de un universo que debemos reemplazar, proporcionando en esa línea dejar a la abusiva pareja. En la película aunque sea increíble de creer –yo he dudado si era o no semejante ocurrencia- pasa por un pedo que dicen juega con una frase hecha, una “audacia” bastante boba, pero que no creo que llegue a destruir los tantos logros.

Cada parte encaja perfectamente en el relato una vez que las tenemos bien vistas, a lo que hay que estar atentos, donde no parece sobrarle mucho aun vistiéndose a veces de mucha intrascendencia, aunque también deja rastros y elucubraciones a la imaginación. El filme brinda lo necesario para hacernos de un escenario actual, que parece llamar a la consciencia de la mujer en particular, transportándolo a nuestro deseo de cambio a través de su “verídica” contextualización y su singular en apariencia pero repetitiva esperanza o inacción; sin obviar que luce atractivo, entretenido y original, y aunque contenga diálogos demás o ciertas tonterías sobresale su personal dramatización (que es algo unidimensional aunque los personajes se hagan querer; rígida en Enriqueta o muy cándida en Lola, pero que crean empatía y viven en la riqueza del conjunto), su consistencia argumental, su atrevimiento y su personalidad, que no hacen más que señalarla como una obra que propagar.  

jueves, 6 de junio de 2013

Safety Not Guaranteed

Cinta indie que obtuvo premio a mejor primer guion en los Independent Spirit Awards 2013 y que se ampara en los tipos marginados, los raros, con una historia que los reivindica mostrando antes el lugar que ocupan en la sociedad y como se les observa. Una historia que peca de ñoñez y es muy ligera creando poco convencimiento en su sub-trama o segunda historia, en la del jefe de redactores, Jeff (Jake Johnson, popular por la serie de televisión y comedia New Girl) cuando quiere reencontrarse con una mujer que le ha resultado un recuerdo imperecedero hasta contener fantasías sobre ella, teniéndola por el mejor sexo oral que ha tenido en su vida, y eso habla de su personalidad, que es el típico sujeto superficial que lleva el background de abusador de colegio, el que suele burlarse de los tontos, para lo que además luce endeble pero que se ampara en su belleza física. Sin embargo con esa faceta se transforma de forma atroz en un tronar de dedos en una persona altruista, dulce y simpática, enamorándose sin un desarrollo intermedio solvente de una mujer que al verla gorda en su primera impresión prácticamente echa a correr de su cita, cambiando más tarde rotunda e inverosímilmente. Y de eso cada vez se enfanga más esa línea argumental, ayudando a continuación a un nerd de ascendencia india a concebir una primera relación sexual ante su tímida figura y comportamiento, que sea dicho describe mucha facilidad de parte de las mujeres americanas. Solo que felizmente esa es la franja secundaria del conjunto y la principal tiene mayor sedimento, si es que la antes descrita en realidad tiene algo fuera de su notorio engatusamiento básico.

En lo central se trata de una historia de arranque original, un anuncio en el periódico  solicita un compañero para asistir a alguien en su máquina del tiempo y volver al pasado, proponiendo que la seguridad no está garantizada como dicta el título de la película. En ese trayecto una revista envía a tres personas tras el reportaje, un redactor profesional, Jeff,  y dos practicantes de facultad a sus órdenes, el chico indio llamado Arnau (Karan Soni) y la protagonista, la chica rara de nombre Darius (Aubrey Plaza). Pero como es de esperar la entrevista no está en los planes de Kenneth (Mark Duplass) quien parece estar loco de remate pensando que lo sigue el gobierno y que está a punto de volver en el tiempo a recuperar a un amor fallecido. Aunque el filme juega con la ambigüedad y se luce más como otro tipo extraño al que poder sacarle una buena historia.

La trama implica un tema universal, la necesidad de hallar nuestra otra mitad afectiva, de sentirnos amados, además de atravesar por la soledad y el no poder adaptarnos al grupo hegemónico, el yacer desubicados en el mundo incluso hasta avanzados los treinta, padecer el rechazo y sufrir las apariencias. El lugar que toman las personas en una sociedad que agrupa a los seres humanos en tipos atractivos e interesantes, como otros en extraños y bobos. 

Seguro que la película será interpretada como muy condescendiente si no nos enmelamos tan ciegamente, sin embargo llevarlo hasta las últimas consecuencias remite a un estado consciente y seguro de ello, al establecimiento de una defensa de ideas y afinidades que reditúa finalmente de forma satisfactoria, aun en la total compenetración con el marginado y el freaky outsider, porque a fin de cuentas es una declaración de principios, no de cambio sino de concebir el triunfo desde ese marginamiento. Para lo que el amor es definitorio mucho tácitamente aunque sea visto en el filme como algo complementario frente al hecho de hallar respeto, imponernos o que nos hagan un lugar sin desmerecernos, lo que oscila sobre el invento del aparato del tiempo balanceándose con el amor,  resolviendo las dos temáticas generando su propia importancia y espacio aun estando unidas, en un estado que va sobre uno y luego el otro en momentáneo predominio y así hasta el desenlace, tanto que uno pudo haberle dado al respecto otro giro haciendo que el amor sea explícitamente el meollo argumental más que una parte. Pero mejor de la forma que sucede porque funciona y da el punto adecuado que viene manejando el director Colin Trevorrow en su primera película de ficción.

Es importante hacer notar que los actores, en el papel de Darius y Kenneth están precisos, muy naturales aunque no sean tremendos intérpretes y demuestren alguna irregularidad; parecen realmente dos tipos singulares y su compenetración cae como anillo al dedo, uno se lo espera de cierta manera ya que Jeff parece ya tener su propia historia y Arnau resulta improbable al uso siendo muy accesorio. Pero todo surge muy bien planteado. Tanto como la locura que asoma en Kenneth a la que le ayuda su expresión o sus arrebatos (como el de la oreja postiza) dando la sensación constante de que puede propiciar una tragedia, incluyendo a lo físico y violento. Su persona siempre exalta esa noción al alimón de su conducta aunque solo pueda ser factor de una futura depresión o desilusión. Y eso yace mucho a favor del personaje que es el más sólido del grupo siendo bastante necesario que así sea ya que la fuerza de la realización subyace sobre sus espaldas provocando que se articule mejor el contrapeso en Darius que yace atraída e identificada hacia éste, compartiendo supuestamente perdidas indispensables en sus existencias aunque la más contundente sea su propia soledad y desadaptación.

Los pequeños momentos que comparten los protagonistas  juegan a una gran trascendencia en el resultado, entre lo estúpido y paranoico, ya que están dentro de una realidad que Kenneth cree, y lo noble, inocente y romántico de cualquier relación en camino. En donde hay partes en que se funden perfectamente como en la práctica de tiro sobre las botellas o el desnudar de sus motivos dentro de las planificaciones que llevan una presencia de intercambio de cariño y atracción.

El final se vuelve simplista en sus diálogos, ya que la confianza como se anticipa mucho se llega a romper, y en ello se resuelve inmediatamente, pero eso lo salva (y vastamente) las circunstancias que son tan particulares y encajan por sí solas, que lo otro está demás y se diluye, pierde importancia si es que ahí hubo algún guionista, y entra a tallar aquello de una imagen vale más que mil palabras, y para ella un beso y seguro un encuentro sexual (qué más prueba con la entrega de su ¿virginidad?), aparte de encarar a un “demente” minutos antes del desencadenamiento y revelación.

El filme a ratos es muy sentimental pero no es para nada desechable a fin de cuentas, el trayecto termina siendo amable sin consumirse en sus limitaciones y resulta hasta sencillamente valioso en su reflexión; es entretenido sin aspavientos con forma y mensaje que como tal ya deviene en algo rescatable. Partiendo de una premisa particular que no se hunde sino se le sabe manejar. También luce medio tontorrón, por qué no decirlo, y está plagado de errores, pero la mayoría de señas defectuosas son parte del himno que entona toda la obra conjunta, es parte de su esencia, de su defensa, de sus argumentos, sensibilizar al bully, al matón, al tipo que se cree mejor que otro  en su condición humana, luchar contra su extirpación, así como con las bellezas indolentes y crueles, como cuando la ex-novia (que ni siquiera lo fue) solo se regodeaba con las atenciones que recibía sin creer o apreciar a ese ser humano que las daba, o cuando dice que no hubiera podido estar con un tipo tan extraño, como si -sin la menor indesición- estuviera defendiendo una verdad, sí, es muy notoria la crítica y quienes son sus culpables (da dos ejemplos en personajes y luego es inteligente en lo abstracto), hay mucha ñoñez y peca de obvio el artilugio emotivo y vinculante pero toda esa consistencia genera frutos en una historia que nunca llega a ser vacía ni negativamente comercial sino mantiene su carácter de cine independiente pero de forma próxima y accesible, bailando con la locura y apreciando el amor, como un canto de un freak a otro (y aunque suena alentador mucho se debe a la fantasía del séptimo arte aunque muchos quieran ser, se sientan a veces así o sean uno de ellos), como Darius escuchando a la “ex novia” a la que hasta una canción se le ha compuesto –el colmo de la soledad, la alienación y la condición romántica y tontamente idealizada de un tipo muy extraño- y a Kenneth, escogiendo el camino más lógico que muchas veces no aparenta serlo.