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domingo, 5 de octubre de 2025

Jota Urondo, un cocinero impertinente


Lo primero que va a llamarle la atención a mucha gente, a muchos argentinos, es que el protagonista, Javier Urondo, es hijo de Paco Urondo, poeta y guerrillero, pero el filme es otra cosa y es una buena película. Javier habla un poco de su padre, es inevitable, pero como él mismo dice, menciona su lado íntimo, no su participación como personaje público. No le importa que habría escogido ser Paco, incluso desmitifica su muerte. Paco Urondo era su padre, y eso es todo lo que le importa. Javier se crio con su abuela y su madre. Cuando su padre fue guerrillero ya estaba separado de su madre. Su hermana mayor si tuvo un acercamiento político con su progenitor. El filme se centra en que Javier es chef y tiene su restaurante, uno que tiene la particularidad de que no lleva afuera cartel de identificación. Javier es un hombre inteligente, tiene sus propias ideas, y los directores, Juan Villegas y Mariana Erijimovich, las exponen muy bien, con total claridad. Es un documental sencillo, pero siempre interesante, así como el mismo Javier. Dentro de sus ideas personales o definición de su labor es que la comida sea rica y honesta; no exótica, industrial o sólo una mercancía. Vemos a Javier cocinando, desde lo humilde, pero a quien se le ve conocedor y apasionado a su modo. Son de aquellos que no pretenden venderte una publicidad para desfalcarte el bolsillo y servirte muy poco de paso. A Javier se le ve un poco cansado. Él mismo lo dice indirectamente. Lo oímos hablar bastante. El filme es sobre él, sobre su cocina. Éste documental se presentó en la sección Culinary Cinema del festival de San Sebastián 2025. Javier es un tipo que está realmente en el asunto, que lo vive desde lo más pragmático, y lo de él es vocación en toda la palabra. El dinero siempre es importante, que nadie te engañe diciendo lo contrario, pero no es lo principal (tampoco para él). Se ve que ama cocinar, sin ponerle demasiado rollo. Es hacer y ser de verdad, sin banda sonora, más allá del papel, aunque es duro muchas veces (como se percibe de Javier), porque es más fácil cuando eres popular (más allá de si eres realmente bueno). Javier conjuga la música, que el produce a computadora por placer, con cocinar, y se puede ver que también exhibe, con sus explicaciones, muchas semejanzas con el séptimo arte, y el arte en general. Javier se expresa de manera simple, amable. A su argumentación sobre saber aprovechar al máximo los alimentos (con las fermentaciones), desde la sabiduría culinaria coreana, se le puede rescatar -aunque no es una intención directa- una esencia social, en valorar más. En Javier se puede leer una cosmovisión espiritual, tampoco dicha literalmente, el de ser agradecido con la vida. Javier deja ver ideales. Pero no es dejarse arrastrar por los tontos romanticismos, los que muchas veces los inventan otros para anclarnos al masoquismo. Lleva una vida tranquila. Tiene lo suyo y no quiere pelear con nadie. Conversa con amigos de vinos, mientras tienen opinión propia, sustentada, inteligente. Se ve su relación con el mundo coreano, que es sinónimo de integración multicultural, y con su barrio. Lo observamos en el clásico ir al mercado por insumos. Su mirada, en muchos sentidos, es la de ser un buen economista. Otra idea suya interesante es su valoración del pan, más que alucinar con algo grandilocuente lo suyo es ver la genialidad en lo minimalista, en las pequeñas variaciones, en los detalles que rechazan la falsa intelectualidad y señala donde encuentra la verdadera sustancia (he ahí su impertinencia). Expuesto sin revoluciones ni alardes. El pan es rico en matices con pocos ingredientes. El sencillo detallismo de Javier se ve por mencionar algo en usar el caldo de las empanadas en la saborización de las papas doradas. Él experimenta también, como observamos en la película, desde su mirada. Lo suyo es igualmente ser bien argentino, servir provoleta y trozos abundantes de carne. Su restaurante se llama como él, Urondo, como está impreso en la carta del menú, como está estampado en los polos que lleva, aunque también lleva uno de Metallica. 

martes, 30 de septiembre de 2025

Una película de miedo


El brasileño Sergio Oksman quien vive y enseña cine desde hace muchos años en Madrid hace una película de bajo presupuesto, una película de ficción guionizada por él en solitario, hecha un poco como si fuera un documental, con mucho de su biografía. Oksman actúa de sí mismo, junto con su hijo, Nuno, de 12 años, que hace lo mismo. El pretexto, para intelectualizar un pensamiento (leitmotiv) y un cúmulo de sentimientos, es un viaje padre-hijo a Lisboa, Portugal. Mucho de lo que pasa en pantalla son actividades muy simples, cuando yacen en un hotel que han dicho lo van a remodelar y ahora está cerrado para el público. En el hotel sólo están ellos dos y el dueño, un portugués amigo de Oksman, y la historia de un huésped fantasma que vivió 10 años en el lugar, cuando se creía simplemente de paso. Así se van disparando algunas cosas que ponen el toque de "variedad" pintoresca en ésta sencilla película. Se habla del primer asesino en serie de Portugal y de los primeros de la península ibérica, el gallego Diego Alves (llamado el asesino del Acueducto), del que se conserva/preserva su cabeza embalsamada en un frasco, como estudio/desentrañamiento del mal, y del que se quisieron hacer películas/escenas durante el inicio del cine en el país donde se le ejecutó (Portugal), habiendo la particularidad de que en el segundo intento de filmar un relato suyo sólo se cambió la ubicación de la cámara, por el frente en lugar de por detrás, compartiendo casi la misma puesta en escena pero desde otro ángulo, lo que suena a una variación minúscula, pero que se oye curioso (no solemos dar crédito cuanto puede cambiar, cambia, algo con cosas prácticamente imperceptibles). Oímos de varias extravagancias que rodean la vida de éste asesino. Lo conocemos a través de un paseo semejante al de un museo. Por túneles tenebrosos. Muchas de las tomas de ésta propuesta son con la cámara fija, no obstante no se exceden de tiempo, no molestan. Así mismo Oksman habla de su padre (con quien hizo una película), emparentándolo con le genética de los criminales, en cuanto a repetir patrones, como si estuviéramos condenados por un destino a ser igual que nuestros padres. Se dice que esto sucede por al menos cuatro generaciones. Es un filme que se plantea de narrador de cuentos audaz. No llega a tanto, es algo humilde, pero el resultado es más que decente. Es una pequeña obra llamémosle artesanal, aunque profesional en sentido que no hay que pegarla, como espectador, de perdonavidas, en cuanto a que cumpla con lo básico. Se siente un poco como que padre e hijo juegan a hacer cine. El padre lo hace parte de su universo, cosa que es importante como idea de la propuesta porque Oksman quiere mantenerse de cierta manera cerca de su hijo, cuando yace latente la relación distante con su propio padre. Es querer enmendar los errores de su progenitor, no caer en repetir el molde, romper con la estela de un tipo de destino, de ciertos temores, desilusiones y tristezas. Oksman da a entender que quiere mantener la mesura en su existencia, huir de los egos inflados, del narcisismo, del desinterés por los otros, del sólo velar por uno mismo, o de la derrota (claudicar psicológicamente). Es no dejarse arrastrar por la ausencia de compromisos, por el exceso de libertad. También hay en sí un cierto temor a la soledad, es querer evitar mecanizarnos, o a padecer ser olvidados. Oksman "juega" a hacer cine igualmente con amigos, actores y directores de cine. Genera un poco la sensación de estar improvisando, aunque el desnudo de la lluvia revela claramente al espectador que estamos ante una construcción de ficción, a la consolidación de un guion, pero por todo pasa el mensaje de su preocupación. De todas formas, de antemano, ya nos lo había dicho los ángulos de la cámara, la puesta en escena de los momentos, sobre percibir estar dentro de una ficción, aun cuando se le puede haber dicho al niño que simplemente fluya frente a la cámara, que se divierta. Tal lo expresa Nuno mismo, sin sobreactuar, economizando movimientos, evitando el circo. No obstante se nota una construcción, aun en su sencillez. La película narra que el niño no siente miedo con el cine de terror, quien como aventura quiere sentirlo, que aparezca literalmente la gran película de horror con aquel sentimiento. Para eso surge la cinefilia del padre (y el estudio de un conocimiento que se encuentra en movimiento). Una lectura va de la mano con el uso de varios pasajes e ideas de El Resplandor (1980), la desaparición de los afectos o que surja el anunciado arrebato (la fuga), cuando Oksman quiere sentirse realizado/compenetrado afectivamente con su hijo, que lo tenga presente en su crecimiento (dentro de lo ideal), que cuente con él, que venzan cualquier melancolía, como con aquella imagen de lluvia a lo Fight Club (1999). 

domingo, 23 de abril de 2023

El caso Padilla

El caso Padilla (2022), documental del cubano Pavel Giroud, estuvo el 2022 en la sección Horizontes Latinos, sección perteneciente al festival de San Sebastián. Luego ha estado, recientemente, en el 41 Festival cinematográfico internacional del Uruguay que es organizado por la Cinemateca Uruguaya, filmoteca que tiene 70 años de existencia. El caso Padilla obtuvo una mención especial (2do lugar) en éste festival, en la competencia iberoamericana. Es un filme muy interesante, que da para conversar bastante, aun cuando es bastante sencillo formalmente, y no menos inteligente, porque maneja mucha profundidad temática, adscribiéndose a recuperar y difundir una conferencia que se hiciera hace como 50 años en Cuba, durante 1971, en la cede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) donde el escritor, poeta y periodista cubano Heberto Padilla haría una Autocritica. Giroud hace de muchas horas un compendio formidable, que expone de manera notable una situación capital durante el gobierno de Fidel Castro en la misma Cuba donde el gobernante daba un vuelco a su política frente a los intelectuales de su país y la libertad de crítica y expresión dentro -y si se podía fuera también- de Cuba. Fidel Castro gobernó desde 1959 hasta el 2008 si bien murió el 2016. Es un filme que denuncia la situación no solo de la Cuba de Fidel, sino de toda dictadura, que rápidamente coartan la libertad de expresión, por lo general proponen una policía especial encargada del asunto y un ambiente de vigilancia y control sobre posibles disidentes de la política reinante. Heberto Padilla tras un viaje a la URSS regresó a Cuba en 1966, empezó a quejarse y discutir la política de Fidel, esto lo puso bajo cierta marginación, desempleo, y la cosa empeoró con él, escribió poesía donde mostraba su sufrimiento, pena y desilusión, lo que lo llevó a ser visto como un contrarevolucionario, un enemigo del estado. Tómese en cuenta que Heberto vivía en la misma Cuba. La poesía lo hizo ganar un premio y se hizo más notorio su disgusto internacionalmente. Era periodista también. Heberto era socialista, creía en la revolución, pero veía cosas que no compartía. También sentía injusto ser marginado por querer expresarse en libertad. Pero como siguió por esa línea llamada por el estado de contrarevolucionaria fue arrestado en 1971. Estuvo preso poco más de un mes. Muchos intelectuales del mundo, escritores famosos, incluso marcadamente socialistas abogaron por su libertad. Cuando Heberto fue liberado se realizó la famosa conferencia llamada por él de Autocritica. Heberto salió a defender el gobierno de Fidel y a señalarse tal cual decía el gobierno que era él, un contrarevolucionario. Argumentó fieramente en contra suya y hasta señaló compañeros y amigos como partidarios de ésta contrarevolución o comportamiento negativo para la revolución cubana, compañeros que estaban en la sala, en una conferencia que estaba siendo filmada e iba a ser parte del gobierno, ya que ésta era un entidad también adscrita -como todo en Cuba- al partido y a la revolución. Heberto hizo tremenda autocritica, lo que parecía hecha por un demente en cierta manera, no lucía algo natural, ni normal, aunque hacia uso excelso de su inteligencia para exponer argumentos en contra suya, en contra de su trabajo literario y todas sus acciones. Su demencial autocrítica inclusive alcanzaba a su esposa como contrarevolucionaria. Todo esto hacen del material un lujo de visionado, donde hay entrevistas maestras de los famosos escritores involucrados. Gabriel García Márquez, quien era el socialista más duro de roer de los famosos intelectuales y escritores, dijo que ésta autocritica más bien le hacia daño al gobierno de Fidel, daba a entender que no había libertad de expresión y habían hasta posiblemente torturado y amenazado a Heberto y con él, como dijera otro gran escritor, José Lezama Lima, alcanzaban a todos, todos podían estar en la misma situación de ahora en adelante, algo había cambiado. Se pueden tejer algunas teorías, diversas justificaciones de lo que llevó a Heberto a hacerlo, pero el propio Heberto se convertiría en una contradicción andante. Como reza el filme en la apertura, hay que tener convicciones, hay que tener una verdad, creer en la verdad, aunque sea la nuestra, ser auténticos, creer en nosotros de paso. Heberto prácticamente se autodestruyó como intelectual y escritor. Afuera -cuando se fue de exilio a EEUU, a comienzos de los 80s- siguió contradiciéndose apoyando a la Cuba de Fidel, y terminó convirtiéndose en un hombre sin voz, alguien que nadie quería oír ni tener cerca. Él mismo lo dice apenado en un video. En un momento de su famosa Autocritica llega a decir que pudo pasar por algún problema psicológico durante esos años de disidencia hasta 1971, lo dice como quien lanza un gran discurso sin mucho rollo, como parte de un conjunto, luciendo muy a pesar de todo como un hombre muy bien hablado y muy inteligente. Quien sabe si le ofrecieron una mejor vida en Cuba. No obstante no parece el motivo, e igual lo mandaron a vivir al campo, como a quien quieren mantener invisible, y lo triste es que fue él quien lo hizo, aunque seguramente hubo un tipo de fuerza también mayor en el proceso de esa demencial Autocritica, donde se le ve sudando muchísimo, bastante tenso, mientras los amigos presentes lo oían atónitos, aunque muchos también ya debieron estar avisados. Finalmente es un retrato único, de primera mano, sobre lo que significa vivir en una dictadura, sea de izquierda o derecha, o en un mundo sin libertad de expresión, sin poder ejercer la intelectualidad si pretende criticar. Heberto usó sus propios argumentos para aplastarse, haría uso de una demencial falta de convicción, y ese estigma lo arrastraría toda su vida. Se puede criticar con altura, se puede criticar negativamente algo y ser constructivo. Lo que hizo Heberto fue como si perdiera su personalidad, perdió su propia voz y así desapareció. Pero fue el gobierno (fue el poder todopoderoso), quizá el anhelo de prosperidad, la falsa aceptación, el miedo a las consecuencias, pero finalmente fue todo un engaño del poder (la nada en realidad estaba en otra parte), el poder sin meditación, sin esa autocritica que debió ser suya y no de un peón como Heberto, éste especie de Robert Walser cubano. Dentro del aleccionamiento o doctrina que parece le han enseñado los agentes de la policía especial cubana, bajo la batuta de la ideología del líder revolucionario, que curiosamente Heberto denomina de gente muy inteligente, como mejor que él, hasta ahí llega el dominio de su situación por el gobierno, está decir que los contrarevolucionarios con su pesimismo hacen que la revolución esté en peligro de desintegrarse, aun cuando la de Castro es en realidad una dictadura disfrazada de gobierno del pueblo. Pero toda sociedad o gobierno debe ponerse a prueba de poder llegar al éxito a los demás, es un liderazgo que tiene que cumplir con su pueblo, con su gente, y para ello debe poder criticarse para enmendar lo que hay que subsanar, aunque bajo parámetros realistas, pues no existe sociedad perfecta. La sociedad debe construirse con la suma de los intelectos en pos de un mejoramiento argumental que lleve todo a una práctica exitosa, de una convivencia que realice a una nación, es así que todos esos escritores firman por la libertad de expresión, pues ven, en Heberto, alguien capaz de aportar a su sociedad. 

lunes, 16 de enero de 2023

Los reyes del mundo

Ganadora de la Concha de Oro del festival de San Sebastián 2022. Dirige la colombiana Laura Mora Ortega. Es una película que visualmente o estéticamente es muy llamativa, agregando que tiene momentos de mucha velocidad y al mismo tiempo intensidad, de mucho movimiento. Verla te atrapa, es un filme muy físico, es una inmersión notable a ese respecto, aun cuando es propio del cine de antaño digamos, del cine social típico del cine latinoamericano, la historia de los marginados, aquí muchachos de la calle que se mueven en grupitos y ejercen la delincuencia. Mora Ortega no los muestra necesariamente criminales, pero si mataperreros y destructores, un poco desadaptados o ya demasiado libres o rebeldes al común. Pero pelean con machetes, o sea son muy peligrosos. Ortega los humaniza, trabaja sus emociones, sus sueños, los hace aceptables para un gran público. Finalmente son como niños aun. No obstante Ortega muestra cierta madurez de ellos también, con un grupito de 5 mejores amigos o 4 mejores amigos y un colado algo no tan leal. La madurez es que uno de ellos, llamémosle el líder, Rá, ha heredado un terreno y quiere pedírselo al gobierno, con esto quiere que él y sus amigos se arraiguen en esa tierra en el campo y emprendan una vida tranquila a diferencia de la de las calles que tienen en Medellín. Es así que el filme se convierte en una road movie, con personajes típicos colombianos, es una introducción a la tierra y el folclore colombiano (del campo), con viejas prostitutas que son como monjitas alimentando a los necesitados, con "locos" mendigos llenos de perros como el celebre filme debut de Iñárritu, con especie de ronderos católicos metidos en cierto parentesco con el cinismo y quizá la pedofilia, con viajes en canoa muy hermosos, con canteras explotadas por niños esclavos y la ley de la selva, o con venganzas colectivas o ajusticiamientos populares. En todo ese camino y aventura, un mundo de gente bastante dura (un poco) a diferencia de la más soft pero maravillosa Stand by me (1986), iremos desentrañando las emociones de estos niños viejos, simples pero con una interesante dimensión de personalidad por parte de Mora Ortega, incluso oníricamente, como bajo esa niebla blanca. También con los muchachos protagonistas hay un estupendo manejo con bicicletas tipo BMX, hay acrobacias que impresionan, y conducciones en la carretera que haberlas grabado tan naturales y bien acopladas a la narrativa hablan de maestría. Es un filme sólido por donde se le vea, poderoso de ver, aun con un cine social con cierto aire clásico, si bien vemos matices en pantalla, vemos pena pero también personalidad. El momento que representa la autoinmolación Zen en el fuego es tensión en estado pura. Se le puede criticar la musicalización demasiado cursi o muy inocente con la canción de Los prisioneros y el estado de felicidad pero pues Ortega tampoco es que no quiera ponerle corazoncito al tema que trata. Puede que peque a ratos de muy poética o romántica, como con el simbolismo de la isla-balsa en el río, pero no se le puede quitar tanta virtud que ha logrado manejar y estos momentos van mezclados con otros de distintos matices de la personalidad. Al fin y al cabo son un poco héroes estos chicos, como con ir hasta las últimas consecuencias. Tiene la propuesta mucho realismo y es una actualización del cine social, una mirada última si se quiere, mitad vintage. En el cine todo puede volver a utilizarse, no existen reglas finalmente en el cine. 

miércoles, 24 de noviembre de 2021

36 Mar del Plata: Jesús López


Jesús López (2021), del argentino Maximiliano Schonfeld, trata de la muerte de un joven llamado Jesús López que tenía de rebelde, algo de abusador, pero también era muy querido por sus amigos; fue un líder con algunas cosas dudosas o reprochables, muerto en un accidente. El filme se enfoca en como su primo, Abel, un chico un poco tímido y más perfil bajo discretamente trata de imitarlo, coger su aura de chico cool. Suele quedarse en casa de sus tíos, padres de Jesús, y como que empieza a llenar el vacío que ha quedado. Entre estos dos personajes hay una pequeña lucha abstracta de personalidades y aceptaciones y rechazos en la provincia de Entre Ríos, en zona rural argentina. El filme en la primera mitad de éste es convencional, pero aun así cautivante y entretenido, luego se torna un poco surreal y toma una forma más explícita con sus abstracciones sobre la usurpación de la personalidad. Abel mediante la simple magia del cine se convierte literalmente en Jesús (o éste se apodera del cuerpo que está invocándolo), hasta coge sus malas mañas. Mientras Abel es un chico más humilde, más del campo, Jesús es atrevido y más propenso a cruzar límites, de toda clase. Abel puede pasar por un poco tonto, Jesús es un muchacho más sensual. Con éstas diferencias el filme plantea su juego de roles, lo maneja de manera sutil -a pesar de su toque surreal-, nunca exagera, es todo propio del cine indie argentino si se le quiere llamar de alguna forma. Es un retrato muy cuidado, no lleva sobredimensión, pero todo luce propio de detalles. Es un filme sencillo finalmente, pero bueno, algo que se disfruta, y no requiere de golpes efectistas ni bajos. 

domingo, 8 de noviembre de 2020

Sin señas particulares

 

Ésta ópera prima, perteneciente a la mexicana Fernanda Valadez, es casi una película de terror. Sin señas particulares (2020) ha ganado un premio por guión en Sundance, fue la mejor película latinoamericana en San Sebastián y la película mexicana del año en Morelia. Es una propuesta que intenta explicar la violencia en la frontera mexicana, tanto como las misteriosas desapariciones. El filme pudo ser tranquilamente peruano, teniendo en cuenta que el terrorismo es un tema que se le presta mucha atención en nuestro cine; el filme de Valadez nos retrata la violencia que produce las guerrillas. Lo interesante del filme, aparte de una búsqueda muy humana, la de una madre de su hijo, es justamente que coquetea mucho con el cine de género, con el cine de terror. Vemos al diablo en sombras en medio de fogatas, mientras se mata gente. Esto es también la perspectiva de una mirada, la de un sobreviviente indígena, quien absorbe la brutalidad que observa mediante la racionalidad de la mitología. Es así cómo puede sostenerse en pie y explicar tanta maldad, sin perder la cordura. La participación del demonio además tiene una segunda explicación, cómo tienta, manipula y finalmente domina a ciertos hombres, poniéndolos frente a un callejón sin salida. La escena que retrata el control y entrega hacia el demonio es simbólica, claro, pero además posee una escenificación atroz, con el uso de un machete, que bien se le podría adjudicar de cine de horror. El viaje de Magdalena (Mercedes Hernández), en busca del hijo, es atractivo, está cargado más que de melodrama de suspenso -pero es emotivo-, el camino que recorre está plagado de amenaza, de miedo, de tentar a la muerte. La protagonista responde muy bien a una amenaza velada: ¿ud tiene hijos?, esto la describe por entero y a muchos. El filme también tiene una particularidad formal, estética, hay muchos desenfoques, se hace hincapié visual en la figura de Magdalena y la de un chico deportado de EE.UU. Es una obra que intenta tener personalidad, salir un poco de lo convencional, y lo consigue, sin ser una propuesta de ruptura. Ciertamente es un buen filme. En la escena en que Magdalena se topa por primera vez con el chico deportado, ambos yacen en la misma toma en medio de un pastizal, la imagen fotográfica del encuentro se ve hermosa. En ese momento se vive mucha desconfianza. Es una película que retrata a una mujer valiente, que humildemente se justifica como una como muchas. Magdalena es intachable, cuando se hace difícil ser así, en un mundo tan cruel. 

jueves, 9 de mayo de 2019

Rojo


Un hombre discute con otro por una nimiedad, finalmente el que parece perder o resignarse avergüenza a su contrincante, estalla en furia el humillado, más tarde se desata la violencia. Tras un espectacular arranque el filme se dedica a explayarse en sus 2 historias, una sobre un saqueo de una hermosa casa y el otro sobre una discusión en un restaurante. Pero el filme es muy suelto, no esperen un abordaje contundente como el del poderoso inicio. El director argentino Benjamín Naishtat retrata 1975, poco antes de la dictadura de Jorge Rafael Videla. En su filme vemos lugares comunes de lo que sería ésta dictadura, pero en forma trasversal. En Rojo hay desaparecidos aunque por asuntos pedestres y por gente común. El filme salvando distancias es como La cinta blanca (2009) y constatar lo que vendría después en Argentina. Es una obra donde todo no parece tener mucha importancia y el clima está un poco enrarecido. El personaje principal es un abogado, interpretado por Darío Grandinetti, quien viaja a una pequeña provincia con su mujer y su hija. Entre lo curioso y hay mucho de ello, pero en tono muy relajado, que puede pasar por medio dormido, está la contratación de un detective en manos de la interpretación del chileno Alfredo Castro. En Rojo hay corrupción, oportunismo y aprovechamiento, parte de lo que sería la dictadura de Videla. Hay culto a la iglesia, como Castro haciendo de un devoto, un hombre que permite lo sórdido, pero ejerce la crítica social. Grandinetti luce muy competente, es un gran actor. En éste filme hay hasta un eclipse, escenificado en una playa. Es una propuesta muy de cine arte y tiene personalidad. No es un filme demasiado original, pero medio que se distingue, como cine de autor. Tiene un clima algo seco, pero no muerto, y contiene humor extraño, será ironía. Es un filme que se pretende inteligente, quizá demasiado para su propio bien, y no resulta un filme maestro. Es más potente y efectivo al hacer cine sorpresivo y violento como en el inicio. Luego cambia de tono. Es una obra a valorar, aunque decaiga, afloje y sea algo parsimoniosa.

domingo, 5 de mayo de 2019

El Motoarrebatador


El Motoarrebatador (2018), de Agustín Toscano, es un filme pequeño y básico. Unos ladrones en moto le roban una cartera a una señora madura y la terminan arrastrando por el piso. El que maneja la moto siente culpa de lo que ha hecho, mandar a la mujer al hospital, la visita y termina siendo como un familiar para ella, la cuida. El hombre se llama Miguel (Sergio Prina) y tiene la suerte de que la mujer está amnésica y esto le permite cuidar de su casa y hacerse pasar por alguien conocido de ella. Elena (Liliana Juarez) es una mujer solitaria, una empleada del hogar que ha juntado su plata y vive tranquila, va a cobrar un dinero y justo la asaltan. Miguel es un tipo pobre y desempleado, vive en casa de su pareja que termina botándolo, tiene un hijo chico. Miguel ve de paso la oportunidad de establecerse, de tener un hogar cómodo en casa de Elena. Elena mientras tanto necesita ayuda por su estado y se apoya en Miguel. Hay una relación algo extraña de definir del todo, ¿hay amistad, atracción o más lo que parece, un cariño familiar? El motoarrebatador no ofrece mucha originalidad, es una película que se siente mil veces vista, pero es ligera y se ve fácilmente, no molesta, entretiene. La escena que sale de lo común es una con Prina desnudo con casco de moto echando aerosol a la casa, dura poco tiempo y parece salida de la nada, algo gratuita. El filme forma un vínculo sólido entre Elena y Miguel, que es de lo que se vale la película, su centro. Ésta relación sin embargo no llega a plasmar gran cosa y llega a una pelea que hace ver a Miguel como un tipo bajo, acomplejado con su estado de criminal. Los protagonistas están bien dibujados, aunque le falta más punche al asunto, un poco de más relleno y novedad. Ésta película argentina estuvo en la Quincena de Realizadores 2018.

sábado, 21 de octubre de 2017

Alanis

Ganadora de mejor director y mejor actriz –para Sofía Gala- en el festival de cine de San Sebastián 2017. La directora argentina Anahí Berneri pone de protagonista a una joven prostituta de la calle, Alanis (Sofía Gala Castiglione), con la que el filme no pretende dibujar a alguien con sentido alguno de culpa o vergüenza, es una prostituta libre y orgullosa de su elección, teniendo además que cuidar sola de un hijo muy pequeño, pero con el que no se busca complicidad de cine candoroso, porque es madre así puta y sin extremismos al cuidar de él. Lo que se quiere es reforzar la idea del relajo de las figuras, no hay que ser pura ni iluminada para ser madre, tampoco ser puta te hace una mala madre en la práctica directa.

A Alanis le proponen el trabajo de empleada del hogar, pero le agota mucho y añora la vida fácil de la prostitución, decide sin muchas vueltas seguir ejerciendo de puta, se refleja sin ambigüedad que ser empleada no es lo suyo. La trama es su sencilla existencia, cómo es su día a día, cómo su lugar en el mundo es vender su cuerpo, sin prácticamente discusión que dar (con unos amigos/tíos hay un mínimo sutil de exigencia a ese respecto). Se le ve muy segura de lo que quiere hacer, no hay medias tintas, inclusive es sarcástica con los detractores, como con aquel interrogatorio del servicio social, en un filme que no quiere ser parte del cine social, por lo menos no del típico, aun cuando es un Buenos Aires humilde el que se retrata.

Observamos a Alanis en más de una oportunidad en pleno ejercicio de furcia, no es una fémina violenta, tiene su lado amable y hasta nobleza sin aspavientos, pero no es de carácter sumiso. Hay una escena de cierta duración donde está en la posición del perrito y ella va diciendo palabras que quieren calentar a un cliente que inicialmente no puede conseguir una erección. Ella se aburre por la demora una vez empieza el coito (lo normal), pero sigue fingiendo excitación, a la vez que va poniéndose agresiva e intensa en su expresión facial y en sus palabras eróticas y pedestres. La cámara está cerca, yace casi pegada a ella –provocando un sentir de intrínseca incomodidad, de invasión-, a quien están empujando por atrás con rudeza y ardor en ascenso, y ella luce firme y fiera, como la personalidad de su personaje. Es una escena memorable que pinta de cuerpo entero a ésta mujer, y a la fuerza interpretativa de Sofía Gala, que abre con todo el filme cuando yace paseando desnuda por buen rato por su apartamento, con mucha seguridad y soltura, fresca y entregada a su papel. Se le aprecia bella y trasluciendo espontaneidad, sin ser físicamente perfecta.

El mayor logro del filme es que no hay la intención de provocar conmiseración hacia Alanis, no es una mujer sufrida, maltratada por la vida, o entregada a un infierno; es libre en toda voluntad, anclada únicamente al lugar más cómodo y empático con quien ella es. Cierto la vida es dura en Buenos Aires, pero Alanis tiene opciones, además de que tiene “familia” (como una pareja de tíos), pero no las quiere, le son problemáticas porque en lo que ella cree es en la prostitución, y ésta no es color de rosa, pero nos hace ver que es lo suyo, aunque se enfrenta a posibles clientes violentos –como en el pedido de sexo anal que no quiere aceptar; en un lugar desolado- o como cuando choca con otras prostitutas que cuidan de su zona, de sus ingresos.

El filme de Anahí Berneri no quiere hacer melodramática la historia, no quiere buscar la tragedia, ni el padecimiento –lo lacrimógeno- ni los efectismos fáciles, no quiere la retribución ni confabulación de un público primario de cine amable pecaminoso y redentor, sino a otro, a ese que gusta de la liberalidad y las causas perdidas, quiere ser una película de cine arte seria y madura, condescendiente con la prostitución o, en todo caso, no señalar con el dedo de la superioridad, sino busca tratar de presentar una elección personal, sin traumas ni fuerza bruta de por medio. Sólo a una mujer y su facilidad para vender su cuerpo, su total relajo para que cualquiera le pague y tenga sexo con ella; efectuar una transacción como cualquier otra, un trabajo donde somos buenos y nos sentimos a gusto, nos expresa claramente Alanis, y ésta propuesta. No es una mirada común, pero es una realidad y también una elección, y no es la mayoritaria perspectiva del dolor, tampoco la del placer sexual ni la fantasía perversa, sino la de la economía light, un trabajo, el de mujer barata. 

viernes, 4 de marzo de 2016

El apóstata

Tercera película, tras Acné (2008) y La vida útil (2010), del uruguayo Federico Veiroj que mereció una mención especial del jurado y el fipresci en el festival de San Sebastián 2015, que con ligereza hace una pequeña comedia de la vida de un treintañero llamado Gonzalo Tamayo (Álvaro Ogalla) que es algo vago (el eterno estudiante), relajado como todo muchacho, de cariz inmaduro, pero también una buena persona, muy imaginativo, donde se aplica cierto surrealismo, en tratar de imponerle culpa en la decisión capital que implica el título, con el chisme que llega a su madre cuando todos yacen desnudos en un jardín edénico; o en los momentos -en tono de broma- que se presenta metido en el laberinto, la satanización, el castigo y la subyugación de la iglesia católica.

Gonzalo Tamayo tiene ganas de trascender, por eso quiere apostatar de la fe católica, pero antes debe enfrentarse a la burocracia eclesiástica que tiene sus métodos de persuasión y legalidad para que no sea tan fácil renunciar, habiendo escenas en que la nobleza de un párroco y la sapiencia de un obispo cotejan la voluntad de Gonzalo, que es algo blando, pero también absurdo e impredecible y hasta alguna vez cruel. El filme de Federico Veiroj es curioso, a pesar de su sencillez formal y de tener momentos de sequedad, aunque al final surja la salida en un desenlace de comedia híper laxa bajo el advenimiento de una simple anécdota preparatoria.

Gonzalo vive dando clases a un pequeño y tierno vecino amante del diccionario, hijo de Maite (Bárbara Lennie, que no tiene ningún gran papel en el filme, poniendo Veiroj toda la extravagancia y libertad escénica en su protagonista); acostándose con su prima Pilar (Marta Larralde), por costumbre y sin preámbulos; simplemente dejándose llevar por la vida, similar a la música disonante que escucha(mos), o con su sonrisa cómplice, habiendo un cierto sentido de incongruencia esbozado en el conjunto, aunque el director falle finalmente por lo ortodoxo, como en el perpetrar de un sueño.

El protagonista es un tipo cualquiera, un hombre sin muchas metas, por lo que la apostasía le viene como la gran lucha de su existencia, defendiendo un derecho, un lugar en el mundo y la que cree una causa noble, coherente y redentora en su monotonía y vacío, ese tal cual se ve en la apertura del filme donde Gonzalo yace comiendo pipas mientras descansa en el pasto, sin hacer nada que no sea mirar a su gran rival (la iglesia católica), que tiene muy poco de intimidante, en donde implica una huida que me retrotrae a Habemus Papam (2011), albergando ironía y alguna pequeña queja (con respeto y recato), que hacen de ésta propuesta una irreverencia discreta, pero entretenida.

sábado, 3 de octubre de 2015

La familia Makhmalbaf

La familia Makhmalbaf es una familia que tiene vasto prestigio en el séptimo arte de su país, Irán, e internacionalmente, tanto la esposa, Marzieh Meshkini, guionista y directora de cine, como las hijas, Samira y Hana Makhmalbaf, dos talentosas cineastas al cuidado de la larga trayectoria de su respetado padre, Mohsen Makhmalbaf, que cuenta con una veintena de películas en su haber.

Samira Makhmalbaf

La manzana (Sib, 1998)


El debut de Samira Makhmalbaf, que realizó a los 17 años, es una película sobre el encierro de dos niñas gemelas durante más de una década que producto de ello actúan con mayor lentitud, infantilismo y asombro del mundo, de lo que la calle se abre como un abanico de oportunidades para ellas, que apenas se dan cuenta, en la idea de la libertad por sobre la rigidez ideológica y el miedo, ya que los padres adjudican su dura decisión a que la madre es ciega y temen no pueda cuidar de ellas como se debe y puedan perder su honorabilidad, asunto que siempre sobrevuela sobre la existencia persa, de lo que inteligente y sutilmente se hace un pequeño estudio sobre la sociedad iraní desde un asunto humano y sensible hasta para el más retrograda.

La pizarra (Takhté siah, 2000)


La presente es otra obra trascendental de Samira Makhmalbaf, con la que ganó el premio del jurado en el festival de Cannes, del 2000, y es su mejor película, la más compleja y profunda, sin perder su cualidad de cotidianidad, pequeñez e intrascendencia, su sencillez narrativa, pero en una propuesta en que asoma el compromiso político con los kurdos, bombardeados por Saddam Hussein durante la guerra entre Irak e Irán, y en que surge nuevamente lo humano, en una celebración hacia la profesión de maestro en que dos profesores itinerantes kurdos se mueven por separado, con dos grupos de desplazados alrededor de la frontera, uno con niños que trafican con lo que pueden, y otro con mayormente ancianos y sus familias. Casi todos se niegan a aprender, a escuchar, pero estos dos humildes maestros insisten en querer culturizar a su pueblo, en enseñarles a leer y a escribir para coger al mundo, desde saber redactar tu propio nombre o trasmitir un sentido te quiero en algo material. El filme plasma un quehacer cálido y mínimo, con aventura e inocente comedia.

Hana Makhmalbaf

Buda explotó por vergüenza (2007)


Ésta gran obra de Hana Makhmalbaf es ganadora del premio especial del jurado en el festival de cine de San Sebastián del 2007, que realizó también a temprana edad, a los 18 años, y es una propuesta sumamente enternecedora (tanto como inteligente; el guion está a cargo de su madre, Marzieh Meshkini, y conjuga madurez reflexiva y espontanea frescura). La protagonizada una niña, Baktay (Nikbakht Noruz), de 6 años, con una prominente naturalidad, en quien solo quiere ir al colegio y aprender historias interesantes, entretenidas y bellas, pero el entorno político y social no se lo permite con facilidad, habiendo contratiempos simbólicos donde se presenta la dificultad de estar en una guerra entre los talibanes y los americanos, de vivir en un país conflictivo como Afganistán, todo expuesto desde el trato infantil, de unos niños que juegan a ser un bando y al otro, a amenazar con sepultar y apedrear hasta la muerte a los infieles o disparar contra los llamados terroristas, cuando Baktay muestra temple en unos juegos que tienen de inquietantes, radiografiando la sociedad en la que subsisten, enfrentándose a un mundo demasiado complicado, donde se trata de relegar a la mujer a la ignorancia y al pudor enfermizo (la belleza hasta es castigada por los fanáticos), además de que afluye la pobreza, los pobladores humildes viven en cuevas.

Mohsen Makhmalbaf

En Mohsen Makhmalbaf profundizaré en tres películas interesantes, auscultando en el cine iraní un arte distinto al occidental, también valioso, con su cuota de riqueza personal, donde a veces parece que no existiera en realidad una trama en especial, sino meros pretextos de enseñar la sencillez vivencial y las costumbres de su gente.

Gabbeh (1996)


En Gabbeh existe una clara vocación de narrador de cuentos, atípico, conteniendo un toque leve de fantasía inmiscuyéndose en la realidad folclórica, como aquella magia en materializar los colores de parte de un maestro y guía protagónico, en el tío viejo que quiere hallar una esposa, que busca en el canto hermoso de un ave, destilando romance y poética, que invade todo el filme, como aquel de tragedia y de legendario que exuda la bella inspiración narrativa llamada Gabbeh que tiene nombre de alfombra persa, en relación a la alfombra artesanal de ciertas tribus. El meollo pareciera que fuera el amor frustrado por un padre dominante, en prolongar la demora de la correspondencia de un pretendiente, pero el filme apunta más bien a palpar la idiosincrasia de un clan, una región, la cultura, sus representativas manualidades y sobre todo su vocación de hacer volar los sueños y la imaginación, enseñando y provocando emociones a su paso, que van más allá de las edades o de cualquier limitación de poder.

El silencio (Sokout, 1998)


Nos remite a un niño de 10 años llamado Khorsid (Tahmineh Normatova), que vive en Tayikistán, que por encima de sus limitaciones tiene un sentido en la vida, auspiciado por un don, la música, que llega hasta sintonizar con otras formas de oír lo que la mayoría no, trabajando afinando todo tipo de instrumentos de sonido, para ayudar a sostener su hogar y a su madre. Sin embargo siempre llega tarde a laborar, y aunque amenazado de ser echado no puede contener su esencia y cuando toma el ómnibus –lugar de cotidianidad, repetición y mínima sorpresa- suele perderse en busca de la poética de su alma, anclada a la música popular, la de las calles, que persigue como poseído, teniendo un gusto amplio, abierto a lo occidental, a lo universal, tomando forma con la quinta sinfonía de Beethoven. El silencio es un canto de discreta superación, de una potente pasión que retrata el amor por el arte, proponiendo la auto-referencia. El filme señala drama social pero del que se escurre optimista sin mayores elucubraciones, cargado de vitalidad y simpatía, como en aquel simbolismo claro del caballo flaco desbocado hacia la inmensidad de la “prodiga” libertad, más allá de sociedades como las de la URSS, a la que perteneció Tayikistán, o, desde luego, la propia iraní.   

Kandahar (Safar e Ghandehar, 2001)



Retrata el viaje de una afgana que radica en Canadá, partiendo desde Irán, a Kandahar, una ciudad inestable de Afganistán, encaminada por tierra, y en su propio ingenio ocasional, como en su ánimo de ganar tiempo, cuando Nafas (Nelofer Pazira) ya posee otras costumbres, más libres, occidentales. No obstante la necesidad la empuja y apremia, debiendo buscar a su hermana que con la caída de un eclipse piensa suicidarse, al cabo de tres días (un pretexto para conocer la realidad de éste país), por lo que Nafas emprenderá un periplo hacia el pasado, en medio del peligro y el difícil acceso, rumbo a una cultura cerrada, de burkas, múltiples esposas sumisas, honorabilidad y reglas estrictas de conducta contra el deseo y lo sensual, a una nación conflictiva donde los talibanes se pasean imponentes impartiendo su rigidez ideológica y bélica (vemos hasta un adoctrinamiento popular, un tipo de escuela de guerrilleros, de cómo ser talibán, dirigida a niños hambrientos), en medio de la pobreza y la necesidad, bien reflejada en el niño guía capaz de robar un anillo a un cadáver en el desierto o hacer lo que sea por dinero, o cuando se nos deja ver un grueso grupo de mutilados, por minas casuales, movilizados apresurados en sus muletas tras piernas artificiales que caen del cielo lanzadas en paracaídas por la cruz roja. El filme posee un potente cariz social y político. Se exhibe el caos, el hambre (en un momento se confunde una enfermedad con la necesidad básica de un pan) y la tensión latente de la zona, donde las costumbres sojuzgan y hay que sobrevivir como se pueda (véase el ingenio del afroamericano nacionalizado árabe escondido tras una barba postiza). Uno pudiera pensar que es un viaje triste, cargado de dramatismo, pero es notablemente reflexivo y tranquilo, mediante un estudio atento y curtido de la idiosincrasia nacional, generando aventura y emoción, con imprevistos, levedad y entretenimiento. La propuesta de Mohsen Makhmalbaf busca plasmar el sentir del aprecio por la vida, a manera de bitácora de viaje, como perfectamente lo simboliza el amor fraternal y todo el esfuerzo y riesgo que circula en ir a Kandahar.

sábado, 14 de marzo de 2015

Magical Girl


La gran ganadora del Festival de cine de San Sebastián 2014, Concha de Oro a mejor película y Concha de Plata al mejor director para Carlos Vermut en su segundo largometraje, uno que dejó a la mayoría contenta, tras el humilde tanto como potente éxito de su ópera prima Diamond Flash (2011) que le generó un grupo de fanáticos. Magical girl era la verdadera gran rival (en el espíritu cinéfilo) de La isla mínima (2014), aunque ésta última le duplicaba en nominaciones y era a todas luces la favorita de la Academia española, en los premios Goya, en donde Magical girl sólo se alzó con mejor actriz protagonista para Bárbara Lennie.

Una niña enferma terminal de cáncer de tan solo 12 años hará que su padre, un profesor de literatura desempleado, quiera cumplirle un sueño a toda costa, incluso corrompiéndose, al querer tener el costoso traje de diseño de un anime llamado Magical girl (mención especial de un Luis Bermejo muy natural, y una pequeña debutante Lucía Pollán que trasmite sentimientos y delicadeza sin esfuerzo), que lo llevará a chantajear a Bárbara, una mujer con ciertos desequilibrios mentales y un pasado “oscuro” en unión a un profesor de matemáticas que influenciado por ella termina en la cárcel. Éste filme me recuerda un poco aunque en otra variante a Belle de jour (1967) en una doble vida, cierta locura/fantasía y un silencio que mantener, en éste caso hacia el esposo psiquiatra y adinerado.

No es una trama muy compleja de seguir, pero mantiene la sorpresa, tiene un tono seco, austero, mínimo, en un estilo narrativo que rehuye la emotividad o el dramatismo exacerbado teniendo entre manos mucho de ello intrínseco –pensemos que hay una niña con cáncer como razón de ser y desencadenante- que como dice el propio director, Carlos Vermut, hablamos de víctimas convertidas en verdugos, habiendo una definición de España representada en la corrida de toros, en estar en medio de lo racional y lo apasionado, que no es una idea plus ultra, pero que éste buen thriller tiene muy presente.

En sí no es que el filme sea un lugar de extrema originalidad, aunque tiene virtudes, como que parece una obra en completo control, notando que hay ratos en que roza el ridículo y lo esquiva con seguridad. Contiene en su narrativa general cierto cariz de cómic, de sombra fantástica, algo razonable viendo que hay una fuerte alusión al dibujo japonés, pero que nunca pasa la línea, se mantiene en ésta tierra a fin de cuentas.

El aspecto de Bárbara es sutilmente particular, fuera de aquellas cicatrices en el abdomen, parece signada por la cultura de La India que de la nipona, en la vestimenta y en la marca en la frente, si bien al final luce mucho más como una audacia decorativa que un lenguaje o juego más oculto. Sin embargo puede verse como un contraste interesante en cuanto a lo sagrado frente al desequilibrio mental y la promiscuidad, que recuerda a Rompiendo las olas (1996).

Tampoco es en realidad un filme muy raro como muchos quieren pensar, aunque contiene ciertas extravagancias, hay la mención elíptica y artística de una sexualidad sin límites en la figura de una salamandra negra, un culto secreto al estilo de Eyes Wide Shut (1999), pero no está trabajado en profundidad como si lo hiciera Enemy (2013). Más parece un simple suceso que va empujando a la protagonista, a Bárbara (Bárbara Lennie), en el sacrificio para subsanar un gran error, que sirve de pretexto para manipular la devoción ciega, de esclavitud psicológica, de Damián (José Sacristán), como si estuviera dominado por fuerzas mayores, al estilo del poder mental de un vampiro sobre su siervo. Bárbara Lennie exhibe en su personaje una mezcla de madurez y desequilibrio, al igual que una inocencia enferma que proyecta consecuencias, en el desarrollo de una vulnerabilidad conceptual y posible fuerza en sus actos, como en la prostitución, y en ese trayecto destila fría sensualidad, lo que hace que su papel se consolide, sea tan rico y coherente.

La niña de fuego no luce como ninguna amenaza, son únicamente circunstancias, aunque sobrevuela un espíritu de magia, como el del juego de desaparición de la mano, y es que Magical girl es luminosa, gozosa, no a fin de cuentas macabra ni tan misteriosa, tiene de la esencia infantil y desconcertante de Bárbara (el eje), de lo que brilla el costumbrismo musical y la audacia tranquila como en el encuentro del vómito y la sangre, o que se baile al son de un anime en el Madrid de los despidos, los paros y la crisis. 

miércoles, 8 de octubre de 2014

Relatos salvajes

Parecía que no la iba a ver nunca, en la gran pantalla, estando bien avanzada en la cartelera, luego de presentarse en el 18 festival de cine de Lima, pero finalmente lo he hecho. He podido apreciar una de las películas más taquilleras de la historia del cine argentino. Y se trata sobre todo de una comedia, con tintes sociales y hasta políticos, pero que se acoplan a la predominancia de hacer reír, y disfrutar del contundente entretenimiento que nos ofrece, uno que no es realmente demasiado original, es cierto, pero sí suficientemente creativo, audaz, elocuente –a pesar de ciertos bajones narrativos, aunque breves- y coherente consigo mismo. Se trata de 6 episodios de justamente violencia, lo salvaje, en que alguien se harta de alguna fuerte presión, sea emocional, vivencial, accidental, psicológica, social, económica, de poder, o del futuro que se nos viene, y reacciona de manera radical. 

En tres de los relatos se retrata lo político. En uno invoca la corrupción del sistema judicial y penal ante un atropello que se lleva dos vidas humanas, con la muerte de una mujer embarazada, en el padre –interpretado por Oscar Martínez- de un muchacho que debe lidiar con negociar pagarles exorbitantes sumas de dinero a abogados, peritos, intermediarios, falsos acusados y fiscales que quieren desfalcarlo y aprovechar el pánico a las represalias del accidente, para que su imberbe y lacrimógeno vástago salga indemne de ir a la cárcel. Lo mejor, que es la base, de este episodio es como se van articulando las salidas y los consiguientes conflictos dramáticos que avanzan y retiran la antiética salida producto de la desmedida ambición y la desesperada necesidad. Puede ser éste relato producto de un argumento bastante sencillo, pero la disposición de cómo se nos cuenta, cómo lo vemos, lo engrandece. Tiene un especie de despliegue matemático, calculado. Yace en un espacio reducido tanto como simbólico, en medio de lo claustrofóbico pero secamente refinado. A esto se suma la constante de la vitalidad y espontaneidad latina (marca y plus del conjunto, de la mano de la violencia), propias de nuestras tierras cargadas de intensidad, frescura y soltura, que generan en la estrategia de la historia un continuo toque de interrupción a razón del vulgar criollismo, que no solo es peruano. Éste hace lugar en varias oportunidades sin ser dominante u omnipotente, ya que los protagonistas no saben cómo manejar ciertos asuntos peliagudos, de hartazgo y abuso, y sus elecciones son más bien dadas en un fuera de sí.  Vemos por ello que el filme puede ser a ratos grotesco e impiadoso con las formas de la civilidad y la educación. A la vera de poder sacar más de la cuenta hacen que termine siendo una opción envolvente y cautivante que sitúo al medio de los logros conjuntos, en el tercer lugar de una supuesta clasificación y nota, en el equilibrio. No obstante el final aunque no falla es abrupto, siendo una puerta a una continuidad elíptica de la esencia corrupta y negativa que se esconde a flor de la inconciencia y que tan bien está descrita. En ello no le falta lo salvaje como anuncia el idóneo y precio título del filme, bajo un colofón formal, más que todo, que expresa la representación de lo sugerentemente caótico e imprevisto en nuestras vidas, el límite (si bien todo está diáfana, fácil y espléndidamente narrado), como suele ser el meollo del asunto que implica una solución potente, extrema y exagerada, siendo en general un roce con la caída secuencial de cada trama, del que sale indemne y muestra su audacia e inteligencia como propuesta, redituada en el éxito de su totalidad episódica.

Otro relato, a un punto político, enfatizando que lo importante es gozar de una comedia que destila ciertas verdades o las toca con desparpajo pero sin evitar la lógica, es el de una joven mesera, interpretada por Julieta Zylberberg, con la predominancia de un rostro compungido, uno que acierta plenamente, siendo empujada al descarrilamiento. Ella se encuentra, en el restaurante en que trabaja, con un tipo que hizo que su progenitor se suicide. Esto sucede a razón del abuso absoluto y una dureza implacable. El hombre despreciable yace sentado a la mesa de un lugar como perdido en algún episodio de The Twilight zone, esto porque como que no hay nadie más que ese espacio mental y posible mortal ajuste de cuentas, tal como en un desierto. Mientras suena un especie de ubicuo western de fondo, tanto como el uso de melodías sarcásticas a la hora de la verdad o la explosión interna. Es un aspirante a un hueco en un cargo público, símbolo de la idea común de que el mundo está gobernado por estos hijos de puta, como dice la cocinera –interpretada por Rita Cortese en una representación muy bien lograda de lo ordinario y lo fríamente bestia-. Ella expresa además que quiere hacerle un favor a la sociedad.  Si bien no es el episodio más destacado, yo lo sitúo al final de los 6, funciona y entretiene lo suyo, se pliega al resto, aunque chirria un poco en el trayecto. De todas formas, recalco que ninguno es despreciable, y suma alguna novedad o afirmación del argumento conjunto.

El tercero y último de orden político lo actúa el reconocido, onmipresente en el séptimo arte de su país, y hasta internacionalmente, merecido ante su talento como aquí lo demuestra, y muy popular Ricardo Darín, viendo que en los episodios siempre está algún famoso actor argentino. Deja un relato salvaje que se acomoda a él, en algo más pensante que visualmente imponente en su crudeza (que los hay, si bien a su vez el tono escogido aplaca la brutalidad y lo explicito que se desarrolla, véase las múltiples cuchilladas en una espalda y un charco feroz de sangre, bajo lo estético; o una incineración que deja dos cadáveres abrazados en una ironía final). De todas formas igual su intervención es un ajuste de cuentas y un despliegue de furia, que deja en el recuerdo uno de los sobrenombres que el cine argentino seguro recordará, “Bombita”. En éste episodio la crítica es hacia el sistema y los cobros desorbitados, como en una bola de nieve, tantas veces injustificados, o no del todo justos; es la dificultad de sobrevivir en una economía capitalista o taxativa. Ésta vez se defiende el derecho de la persona de a pie, aunque se indique a un ingeniero demoledor de edificios como protagonista, a diferencia de que antes “sutilmente” se hablaba del hombre adinerado puesto a manos de unos buitres que quieren saquear una condición social de alta burguesía para sacar un provecho de clase media ramplona. Darín no se exalta demasiado como para apabullar, pero se enoja. No obstante muestra un gran cálculo y premeditación que genera hilaridad y aplausos, literalmente, y a través de la pantalla. Es un buen episodio, pero la promoción de éste es un poco desmedida. Puesto 4.

Pasamos a los tres restantes, que son más de orden social. Uno es cómo nos ven los clichés de la sociedad en la infidelidad masculina y el machismo; otro es cómo se fomenta nuestra personalidad de cara al resto, que nos vean como perdedores o nos hagan la vida miserable con la falta de consideración; y el tercero es el segundo mejor de todos los 6, el de la lucha de clases y la supuesta diferencia cultural. Éste tercer relato es un despliegue fenómeno que no mide consecuencias, en dos hombres, entre un bruto y poco agraciado pobretón –no digo, respetuosamente, humilde porque no tiene nada de ello en su comportamiento- dentro de un carro viejo que no quiere que lo rebasen en la carretera, contra un guapo y elegante acomodado respingado profesional en un vehículo último modelo. En dicha viñeta, se enfrentaran estos dos personajes en una guerra campal de suma violencia, siendo de los más intensos y descarnados del grupo. Se harán daño hasta lo criminal, mismos gladiadores en la arena, y como acontece todo, a partir de algo que parece minúsculo, casual o cotidiano. Habrá mal gusto y extremismo de por medio, como ver al tipo corpulento haciendo deposiciones sobre el auto del enemigo eterno. Se hace gala de los lugares comunes (en sí todo el trabajo total se mueve en ello, pero provocando su toque novedoso en su narración), pero luego se rompen, y se humanizan ambos, como si en realidad la clase fuera más un lugar ilusorio, es decir, son dos locos sin pedigrí, dos seres humanos demostrando lo bestias que pueden ser, llevados por la revancha y la supremacía de la ley de la selva. Éste episodio es harto cómico y audazmente corrosivo en su sarcasmo, siendo zafio, pero al fin y al cabo digno por su calidad de cuenta cuentos, aunque suene increíble decirlo. Tenemos al actor Leonardo Sbaraglia como el tipo privilegiado, que con su performance brilla entre los primeros de todos, junto a Érica Rivas, superando a sus compañeros de reparto, incluyendo a Darín. Sbaraglia tiene una transformación verosímil, del miedo a no soportar la humillación dibujada en el cuerpo de nuestro peor monstruo. Puesto 2.

El mejor sketch llega al final del grupo, con la actriz Érica Rivas como una novia engañada que se vuelve loca, pierde los papeles, al saberlo en plena celebración del agasajo de su boda. Ésta mujer decide destruir, castigar, amenazar e intimidar a su marido tras la infidelidad, el dolor y la vergüenza de ver a la amante invitada y notar que se está burlando de su persona. Éste supera al de Sbaraglia, es más rocambolesco, apreciando como en pocos minutos todo resulta un desenfreno tras otro (preciso en el baile, a poco de tocar el punto de partida al copular con un cocinero). Pudo irse el relato a pique –se vislumbra solamente- pero no lo hace, tomando coherencia, en un clímax perfecto, valorando a nuestra pareja en toda magnitud. Tenemos un lugar común que triunfa, como toda la obra presente del director Damián Szifrón, que ya con El fondo del mar (2003), demostraba su cualidad y talento de autor (mezclado con la amabilidad y simpatía de Tiempo de valientes, 2005), sacando mucha ventaja a pequeñas anécdotas, que desproporciona hasta lo descabellado, lo obsesivo y la redención a prueba de todo, venciendo cualquier limitación clásica.

Por su lado la viñeta con el actor Darío Grandinetti es como la entrada al gran espectáculo que es ésta película. Simple, pero contundente, una vez exhibida la sorpresa macabra del avión y la risa “fácil” pero agradecida. Y ese es el modelo del filme, reírse, pasarla bien, con buenas historias, en medio de la enajenación de la violencia y su acidez social/política. Estuvo en el festival de cine de Cannes 2014 compitiendo por la afamada palma de oro (fue premio del público en el festival de San Sebastián del mismo año), y aunque no es de las que ganan serios premios artísticos si son de las que alimentan la cinefilia pura y dura con sostenimiento, en su rotura de prejuicios, su humanidad primaria y la libertad revolucionaria creativa eficiente que mira al espectador con ojos enamorados. 

domingo, 3 de agosto de 2014

Pelo malo

Uno siente inmediata emoción por ver la ganadora de la concha de oro del festival de San Sebastián de cada año, porque es un festival catalogado como de máximo nivel en el mundo, si bien no es que tenga seguido a una premiada que sea espectacular. Y viendo que es la última había más interés aún, contando además de que era latinoamericana. Pero muchos decían que era una obra pequeña, y que bastante había ayudado que el presidente del jurado haya sido el director americano Todd Haynes, quien es abiertamente gay, viendo que la temática del filme es principalmente sobre un niño con tendencia homosexual, que tiene el rechazo de su supuesta opción sexual por su progenitora, la que además pasa por un mal momento siendo madre soltera de dos vástagos, uno un bebé y el otro Junior, nuestro protagonista. La madre de Junior está desempleada y tiene harto carácter –no por nada es vigilante de seguridad, y es el único sustento de su hogar en tiempos de crisis en Venezuela, a puertas de la muerte de Hugo Chávez- que la implican más posesiva, determinante e intolerante (aunque suele estar siempre próxima a tirar la toalla con el hijo “rebelde”), queriendo defenderlo de una elección que conlleva cierta marginación, y porque cree que irá a sufrir mucho en la vida a ese respecto, para lo que el pequeño aunque muy ágil mental y con su ya fuerte personalidad, a un punto, no puede congraciarse y obtener el tan anhelado amor materno, que lo manifieste (véase el reproche de que ella no mira cuando todos lo hacen). Junior dirige las energías negativas de su progenitora, que suele ser intensa en sus actos, como quien tiene un peso encima que quiere desterrar, hacia poder alisarse el cabello, sin percatarse que es peor para él con ella, verse diferente (habiendo dos interpretaciones personales que chocan entre sí), señalando que quiere ser más bello, a lo que él llama pelo malo al suyo crespo, y que es un simbolismo de su virilidad en disputa.  

Visto el meollo del asunto todo apunta a que en efecto le ha tocado el corazón a Todd Haynes, lo cual más que un favoritismo injusto hablan de su honestidad para con la sensibilidad que le ha llegado, y pues el filme no es pequeño sino uno muy bueno, y creo que se están olvidando de arranque los detractores del hecho de que fuera de la temática, o mejor, a razón de ella tantísimo también, por el modo de manejarla, es definitivamente una gran película, y lo digo a secas como introducción, porque antes de adentrarnos en ella hay que dejar las cosas en claro, darle el lugar que se merece, el de ser una gran galardonada, una de excepción.

Mariana Rondón asume su temática central con aplomo, pero sugiere en buena parte -acomodando las cosas a su estilo y narrativa- ya que a su vez mucho se trata de arte, lo que invoca la lucidez de su trama e historia con un protagonista de poca edad en algo que puede ser delicado viendo que solo tiene 9 años, pero que se manifiesta con una seguridad que se traduce en sumo acierto. Ahí yace la atracción admirada/emuladora o simplemente precoz y primaria hacia el muchacho atractivo y masculino que le da fósforos, le hace bromas simpáticas o le presta una polera, que lo trata amablemente, que es su amigo adulto, o el choque en el ómnibus con un hombre desconocido y seguramente intimidante que advierte su inclinación delicada o que quizá solo se tropieza con él del apuro y la aglomeración y la madre reacciona con rabia al malinterpretar una especie de aceptación, un destino supuestamente oscuro, y es que existen posibles distintas lecturas, lo que exhibe una “necesaria” y sabia ambigüedad propia del cine de autor, que espera la inteligencia selectiva, compleja del espectador.

El filme presenta dos caminos. Uno es el de la abuela que acepta a primeras la vislumbrada opción sexual de Junior, por el interés de que el pequeño le retribuya y le cuide en el futuro, tanto que quiere hasta comprarlo, y para lo que trata de consentirlo en su deseo de salir en una foto escolar a su estilo soñado, no sin soltarle un poco de identificación de esa libertad que el autoritarismo y los prejuicios de la progenitora rechazan, en los movimientos de baile, la peluquería o en cualquiera de sus caprichos, echando vientos hacia su propia causa, para lo que éste quiere ser un cantante de cabello lacio, en donde la autora coloca una cierta intencionalidad a la vieja pariente morena en ponerle un traje que parece un poco un vestido, desde el glamour de carnaval del artista que se imita, el cantante venezolano Henry Stephen, al que se recuerda específicamente en su canción más popular, “Limón, Limonero”, pero que indican más un halo de paranoia infantil inducida por el auto-recelo producto de la contaminación ajena, lo que se espera de él en una nación que cree tener el pelo malo, no se acepta como tal, aparte de una sociología de la pobreza y la necesidad, bien declarada en la búsqueda de trabajo de la progenitora, que es de clase trabajadora y que debe recurrir a acostarse con su jefe para recuperar su empleo – y de paso darle una lección/mensaje de hombría a su hijo “confundido” en el deseo carnal heterosexual escenificado a “sacrificio” del que parece un anhelo incestuoso, pero que ahonda en un ejemplo universal femenino de placer y excitación con un hombre, un rol ausente-, culpa del caos que reina e invoca la enfermedad del presidente, la devoción ciega de un sector y el augurio del derrumbe de su mandato totalitario, o de una sucesión debilitada o enrumbada a la debacle. El otro camino es la imposición de la madre, y hay una delicia de acontecimientos que hacen de éste un filme destacado, para paladares observadores, comprometidos y sensibles (no exento de sumo entretenimiento), el plato fuerte, luchas, arrebatos (véase ese baile raro y bipolar que termina en explosión, más tarde rememorado como una huella de un posible trauma o más una decepción existencial), sensualidad, inocencia, exaltación, tensión seca, silenciosa, preocupación (muy bien tomada por los cuernos en la declaración honesta de Marta, la madre, al doctor), en medio de la llaneza del día a día, del despertar optimista, alegre, avispado, que se topa con los conflictos de los adultos, del que ha perdido mucho la fe y trata de sobrevivir, en un tira y afloja en el trato, por un cariño oculto en alguien de naturaleza recia, de poco sentimentalismo, práctica, simple, con un sentir de responsabilidad, una carga, un cansancio, y sobre todo una decisión.

Rondón maneja dos pensamientos bastante relevantes, aparte de la homofobia, en un juego de espejos entre sociedad y personajes íntimos. Induce a pensar en el racismo, hacia los rasgos negros como debilidad o menoscabo personal, de ahí que el protagonista quiera quitarse un rasgo afro (pensemos en la broma reduccionista de la foto del negrito en el estudio fotográfico); o bien dibujan políticamente los llamados bloques (esos que proporcionan una anécdota homenajeando La ventana indiscreta, 1954), las viviendas de construcción comunitaria de concepto socialista, como el país implicado en los conflictos internos de Junior, bien reflejado en una escena trascendental, en ese patio escolar, de corte militar, despersonalizado, castrado, dolido, abandonado, disminuido, de lo cual se desprenden distintas perspectivas sobre el gobierno venezolano de Chávez, en que observo de ambas interpretaciones, a favor y en contra. Junior antes yace atemorizado, confuso, deseoso sencillamente de ser amado y aceptado. El mensaje es pesimista, pero es un llamado de cambio.

La urbe se pinta de cuerpo entero en la película con apenas unos trazos, ayudada de la cotidianidad de un hogar humilde, habiendo mucho carisma e imponente personalidad a temprana edad departe de Samuel Lange Zambrano como Junior, como en su trato con su mejor amiga que nos hace pensar en Pequeña Miss Sunshine (2006), papel secundario pero que agrega al conjunto como con la abuela (que como reparto imponen mucha naturalidad, sentido del humor amable y realismo enriquecido aunado al valioso feedback que tienen con Junior). Junto va la dualidad que representa Samantha Castillo como Marta, provocativa, guapa, fogosa, temperamental, pero también ruda, ahombrada, seca, cuando quiere serlo, en su traje de guardia, en su pasión por ese trabajo (mírese su fijación, su asistencia a ese festejo y círculo laboral), un ser impredecible, rico en matices y emociones como el mismo Junior.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El muerto y ser feliz

Ganadora del Fipresci, el premio de la crítica, y Concha de Plata a mejor actor para José Sacristán en el Festival de Cine de San Sebastián 2012, y premio Goya 2013 también para Sacristán. Es una película pequeña que ostenta mucho de autor, pero de aquellos que quieren divertirse más que complicarnos la vida, se divierten con sus audacias y ocurrencias, y quieren trasmitir una onda de entretenimiento y complicidad entre autor y espectador mediante el séptimo arte, jugar con su plasticidad, dejar volar la imaginación, la libertad de una trama que parece rehuirle al encasillamiento definitorio de una narrativa, fluyendo en un aura de espontaneidad, de broma, de relajo, sin mermar esa molestia y dificultad de afrontar la existencia, de ahí que una voz en off haga de camino con esa intención, genere esa sensación, mientras las continuas dosis de morfina o drogas mitigan la tortura y el dolor que vuelve una y otra vez impenitente, en el verse el protagonista a puertas de la muerte por múltiples tumores.

El director Javier Rebollo en su tercera película, tras Lo que sé de Lola (2006) y La mujer sin piano (2009) retoma sus formas, de aquellas que parecen ser historias mínimas ensanchadas, como cuentos cortos que albergan y generan un magma novelesco, pero que son apenas unas líneas de historia, todas con una fuerte carga motivacional en la vida de alguien en especial, algo que nos genera una huida o una persecución, o hasta ambas, que en la presente se intensifica en tener el reloj apremiando la salida; es “robarle” el aliento al mundo, hacerle trampa de alguna forma, si bien la felicidad es una constante en toda realidad. 

En Santos (José Sacristán) es una tragedia intrínseca, muy arduo, ya solo le queda rodar sin más. Todos los protagonistas de las películas de éste director español se mueven, pero éste no tiene a donde ir realmente, es solo no quedarse quieto, no pensar, porque León va tras Lola y Rosa va tras otra vida, aunque tienen en común que todos terminan solo experimentando, para doblegar sus heridas y ausencias. Ésta propuesta tiene una diferencia mayor de sus antecesoras, del repertorio de Rebollo, ya no es ni siquiera una lucha que nos regenera o una intromisión silenciosa que nos subyuga y nos entusiasma venciendo lo anodino, nos repone, es la contundencia de ser un hombre muerto que sigue caminando, un asesino que ya no puede matar, que ha olvidado su primera víctima, y aunque suene descabellado como aquel primer amor, aquel destello de intensidad, con un pasado que aun en lo extraordinario vale casi nada o tan poco, en el peso del mucho kilometraje que se pierde en la niebla de la vejez que quiere comerse hasta nuestro último ánimo. 

Nuestro protagonista ya no tiene forma que lo ampare ni camino por fabricar. Sin embargo, se rehúsa a claudicar, a ser un tipo lacrimógeno, sino es un hombre duro, de temple, pero que alberga sutil sensibilidad (y se respira en su entorno), un criminal sentimental, o un criminal que también es un hombre (aunque es un estado endeble el que lo figura y lo conforma actualmente, y ya no su deleznable trabajo), y no importa que esté en un callejón sin escapatoria ni que ya no tenga nada en sí, le queda el anhelo de sobrevivencia tan intrínseco a todos los seres humanos, el movernos a pesar de todo, y aun así sigue experimentando, riendo, gozando de la clara noción de lo efímero, sin agarrarse ya a nada, como ha sido su vida sea dicho, por lo que no es una nueva lección (teniendo en cuenta que la filmografía de Rebollo plantea búsquedas en otros países al propio). 

Es seguir siendo uno sin importar ninguna limitación, nada nuevo en realidad (la terquedad del eterno viajero, a orillas de su último periplo), porque Santos no pide la lastima de nadie, sino como un viejo aventurero sin rumbo echa a seguir su secreta leyenda, en una road movie que brilla en el detalle de lo intrascendente, que a su vez tiene de tan importante; él yace sin reglas, como acostarse con una desconocida, entablar una relación de compañerismo y necesidad sin ataduras, y rodearse del sueño del idilio seco, del tipo cansado, pero aun dispuesto a vibrar por unos instantes, en la seducción y poder de un clímax (de un estado perfecto de atemporalidad y ausencia espacial, en la ilusión de trascender, sin avanzar), embellecer los pocos minutos que nos quedan, vivir el presente y luego seguir picoteándole a la existencia, de donde sea, porque sí, porque no queda otra, porque así uno es, tiene que ser, porque sufren más los cobardes aunque todos vengamos a padecer sufrimiento como parte del existir, por eso ese helado último es tan importante, más que un ataque de absurdo intempestivo, y es que Rebollo siempre está al filo de la tontería, por querer anhelarse cautivante, original, personal, aunque lo pretenda natural, o quizá es una motivación, y oscila entre serlo y sernos indiferente sin llegar a tacharle del todo, nunca, aun fallando varias veces en generar una esperada reacción con sus formas osadas y coladas un poco a la fuerza, o con rasgos de extravagancia disímil con sus conjuntos más convencionales y fáciles de seguir. Suele ser aun siendo creativo, sencillo, quitando algunas aparentes locuras.

El filme aunque se contextualiza en la muerte, que es una constante que se visualiza mucho y que no permite que la olvidemos, tanto que es como una muletilla cargosa (y está bien en parte ya que el tono de la propuesta nos lo hace olvidar), tanto como esa voz en off de los guionistas, de la dupla inseparable y efectiva de Lola Mayo y Javier Rebollo, es un canto de vida, de un optimismo a toda prueba, aun con tantas decepciones, que yacen en fueras de campo asumidos desde la proximidad de la muerte, tras la enfermedad terminal, y el vacío, la soledad, porque Santos es un ser casi sin biografía, nulo y que seguirá siéndolo en vida por el implacable destino, al que solo podemos hurtarle ratos de gloria pasajera, o quizá mitificarnos como un triunfo y fantasía de último momento.

Santos como dice un diálogo de su consciencia se ve reflejado en Érika (Roxana Blanco) que es una mujer frustrada de y para la familia, el amor, y toda esa solidez estructural que conlleva. Hasta ha sido renga, y se siente como tal que incluso lo finge. Ella quedará como congelada en ese jardín, en esa imagen, aunque notando que es algo que se veía venir, y es la osadía del reto de vivir, lo que como a Santos la hace una persona de piel dura, resistente aunque pequeña. El narrador nos dice que no es la típica chica de las películas, y aunque se dice no ser una tipa tonta, cuando no quiere mostrar la tetas, subyace mucho en una torpeza que se mezcla con la fe y rompe estereotipos, la complejiza sin embrollos. Mientras, la carretera nos libera, nos regala un ensueño. Santos oculta y no deja ver su melancolía, un ser que desde afuera conmueve sin que haga el esfuerzo de revelarnos su interior, es un ente de la superficie, un tipo simple aun siendo particular, es un asesino. Lo golpean en un bar (el tiempo), y teme que lo persigan por no cumplir un encargo al ya haber recibido el dinero del pago, viendo al tipo grande que lo contrató como un recordatorio de su frustración, papel chico aunque mostrándose vistoso, que hace Jorge Jellinek (La vida útil, 2010).

Es una road movie por algunas geografías de Argentina, pero sin volverlo costumbrista, sino muy moderno, aunque albergando alguna curiosidad como la playa que tiene de paraíso y de apocalipsis, la dualidad terrenal existencial (y que es el sentido del filme, como el mismo título anuncia), que además juega con una metáfora, la del perro que no es de raza y se escapa de la finca y se reproduce tercamente cuando quieren eliminarlo, algo así como las malas semillas, el mismo Santos, esos seres humanos destinados a ser outsiders de la sociedad, negados para una felicidad “estable” (y que el relato parece decirnos que como esa abundancia de canes callejeros no molestan a nadie), si eso realmente existe.

Éste filme resulta un goce cinéfilo, una historia entretenida, como un cuento de personajes fantásticos que aunque no lúgubres no ostentan demasiado brillo, que lo aparentan o lo intentan, quitando lo banal que siempre nos seduce, pero que ésta vez se justifica, como con la enfermera, su voluptuosidad, apenas vista pero legible, su sensualidad natural, y su imponente sonrisa, interpretada por Valeria Alonso; y que nos masturbe, es como la representación no solo de la fantasía, dentro de lo común, que exuda la historia, sino el goce del consuelo, una salida inteligente al pesimismo y la tragedia, un refugio, un canto de rebeldía. El muerto y ser feliz es como estar dentro de una novela gráfica de la cotidianidad, quebrada con la huida que siempre representa la latente aventura de la carretera. Aunque está muy lejos de ser una obra de arte, se disfruta sin pretensiones, sin que su simplicidad formal con toques de inventiva y soltura/relajo narrativo nos eche en falta ausencias, mayores conflictos, porque como está construida tiene mucha lógica, siendo las verdaderas batallas silenciosas, la violencia va por dentro, y que mejor que sacarles la vuelta que es ahí donde subyace la gloria.

miércoles, 8 de mayo de 2013

En la casa

Basado en la obra teatral El chico de la última fila del español Juan Mayorga, el galo Francois Ozon nos trae un filme –ganador de la concha de oro en el festival de San Sebastián 2012- que narra la relación de un alumno con su profesor de literatura en medio de una historia que se va haciendo en la pantalla con la tutoría del maestro (segunda línea narrativa que termina fusionando vida y arte) y escritor frustrado que encuentra talentoso al chiquillo y funden ambos su pasión por las letras.

El jovencito mientras descubre un sentido para él y se lo da a la literatura busca desarrollar su imaginación incursionando en una casa normal de clase media, un hogar aparentemente feliz y ejemplar, donde gracias a la amistad de un compañero de clase al que enseña matemática logra meterse entre bambalinas y descubrir lo que esconde esa supuesta idealización, la que sirve para crear su obra literaria en ciernes que ironiza a esa convencional familia y la afecta o la abre a su propia verdad, remeciendo ciertos cimientos ya endebles.

Una atrapante e inquietante historia que nos va enseñando la estructura de una novela entre una atípica cátedra inmersa en un escenario práctico y visual, mediante los artilugios del conflicto, transportando la realidad a la ficción –línea que se llega a romper- y la creación mientras vivimos el despliegue de la intimidad de una casa que sirve de ejemplo y análisis intelectual y artístico, encontrándonos con su interior más profundo y emocional, dentro de sus problemas. Una madre aburrida, secretamente anhelante de sensualidad y esa poesía del romance que siempre despertó al hombre en su enamoramiento con la aventura, un hijo bobo que requiere de un mejor amigo y un padre que se siente herido en un trabajo que lo consume y lo agobia atacando la dependencia de su idea del respeto. Pero hay aún más, llegando a afectar al propio maestro, otra pieza manipulada en el ingenio del adolescente, en un segundo hogar más culto que el del despiadado estudio escolar pero igual de débil en sus vínculos afectivos, el respeto (aquí en la pareja) y el entorno laboral. Todos sumergidos en el arte a manos del que aparenta inocencia pero atrae lo pecaminoso y destructivo, en la concepción de ella como alimento del alma y proyección, reemplazo y entendimiento de la vida, de nuestra unión hacia su devoción predominante entre el profesor y el alumno, más en el adulto ya que el chico mueve los hilos de este su títere, con perversidad e inteligencia en juego secreto.

Estudia distintos caminos de la construcción adictiva del arte, hechos verídicos convertidos en mentiras verdaderas y viceversa. Reflexión entre las letras, despliegue de sentimientos, cavilación emocional, intensidad vivencial, ilusión y sueños. Mayorga le proporciona a Ozon el filosofar con la literatura en un estudio de campo que se entiende muy claramente, y nunca pesa, sino es sumamente subyugante y genera saber más como en el enganche novelesco, el sucumbir a la curiosidad. Y siempre hay una explicación, es como presenciar un acto y luego interpretarlo o cambia el orden,  en una argucia de metalingüística.

Claude García (Ernst Umhauer, un coincidente dotado novel actor), el aprendiz de escritor, la falsa arcilla y más un demiurgo astuto, es Sherezade detrás de su aliento de vida, una noción en el filme existencial (el joven había perdido el sentido de la alegría ante la mediocridad cotidiana, la ausencia de una madre y un hogar quebrado y golpeado por la minusvalía de su progenitor). García maneja el interés del sultán, su guía, Germain (perfecto y delicioso Fabrice Luchini) quien lo permite todo (perdiendo  cada vez más la ética nublado por el entusiasmo) hasta que su apasionamiento termina cobrándole la factura, cuando ya no es un simple observador o yacía distraído. Nuevamente se devela una nueva gama de esencialidad, la del ser humano en su egoísmo, voyerismo y egocentrismo, y antes la de la envidia, aunando el deseo y la realización personal y emocional.

Claude parece ser el demonio tentando al hombre y luego el juicio celestial, a través de la noción de una segunda oportunidad, del poder ser quien uno quiere en la existencia aun siendo segundo en la fila. El conflicto literario es el propio autor del libro aunque el maestro no lo llega a saber hasta demasiado tarde, no al verdadero alcance, pero no es un acto que se alimente de uno mismo sino de los otros, es la semilla de la discordia como una manzana apetitosa que oculta la serpiente bíblica (en una escena vemos que muchos mascan una, la comparten, símbolo que rehuye el lugar común en sus personajes). Es una imagen engañosa, en un chico manipulador, seductor y provocador que genera además la autocrítica y la revelación, la iluminación tras la destrucción, el post tenebras lux, solo que presenciamos mayormente la reacción y no tanto la sanación (de donde los implicados se conocerán más y podrán ejercer el cambio, por eso el cuento sigue en las ventanas de ese edificio).

El desenlace y el sentido del temblor que nos quita el piso es saber que hemos merecido lo que nos ha caído encima, por no prever el deterioro a razón de nuestra indiferencia o ceguera en un falso ideal o una rutina versada en el dopaje de nuestras propias cortinas de humo donde algo externo que nos revitaliza simplemente derrumba lo que está herido (la infidelidad o el vacío mientras los más despiertos construyen con esa decadencia, como Claude), la culpa es de uno en realidad solo que el escritor es el catalizador de la trama, como lo es en un nivel menor el arte cuando nos abre a la consciencia de las ideas o esencias humanas producto de la ficción.

Kristin Scott Thomas, actriz destacada algo subestimada, junto a la sensual Emmanuelle Seigner (sino basta sucumbir a su mirada, como también a su curvilínea fisonomía todavía muy provocativa aun siendo una mujer madura de 46 años de edad) brillan y de paso nos recuerdan que estuvieron en la cinta de Polanski, Lunas de hiel (1992). Ambas articulan su papel de mujeres relegadas o menospreciadas con una solvencia de primer nivel que pone énfasis en donde corresponde para bien de la sutileza diáfana del guion. En una es detonante su infertilidad, en la otra su condición como dijera Catherine Deneuve en otra obra de Ozon, Potiche (2010), de mujer florero. El plantel de actores es sobresaliente, hasta lo es la cara idónea de Rapha hijo, o la soberbia recreación del contraste en su persona con su entorno y trabajo en el atletismo, fuerza y cierto estado de niño viejo de Rapha padre (Denis Ménochet, a tener en cuenta). Y aunque su complexión física pequeña y muy delgada en orden de su edad nos hace dudar de su capacidad de Mefistófeles sexual el joven Ernst Umhauer también luce convincente en su interpretación. Son las piezas de la dirección de Ozon que suele imbuir a sus propuestas de relajo quitándoles trascendencia a favor de la atracción del espectador general, modernizando y haciendo accesible sus películas para el público. Posee una sabiduría de saber posicionar su filme en un lugar amplio pero con su buen toque de autor que se esconde detrás de su apertura.

Dentro de la cosmovisión que se nos ofrece muchos seguro encontraran bastantes lugares para valorizar y pensar sobre su vinculación con lo que es la literatura, de lo cual resalto uno en particular, Jeanne (Kristin Scott Thomas) nos exhibe una ironía del director y el argumento entre manos al decir que el arte no sirve para nada y en efecto a grosso modo es así pero sobre todo el de su galería, la de la falsa vanguardia y modernidad que sirve de un autogolpe más ante la realidad conocida, en acumulación, pero en cambio el otro del joven talento funciona en la historia como fuente de autoconocimiento y contrae deudas y consecuencias. Un mensaje enaltecedor de lo que significan las letras universales. Para tomarlas más en serio como al chico de la última fila, que como suele ser trasgrede pero esta vez gana la partida.