domingo, 3 de agosto de 2014

Pelo malo

Uno siente inmediata emoción por ver la ganadora de la concha de oro del festival de San Sebastián de cada año, porque es un festival catalogado como de máximo nivel en el mundo, si bien para ser honesto en mi visión personal no es que éste tenga seguido a una premiada que sea espectacular. Y viendo que es la última había más interés aún, contando además de que era latinoamericana. Pero muchos decían que era una obra pequeña, y que bastante había ayudado que el presidente del jurado haya sido el director americano Todd Haynes, quien es abiertamente gay, viendo que la temática del filme es principalmente sobre un niño con “marcada” tendencia homosexual que tiene el rechazo de su supuesta opción sexual por su progenitora, la que además pasa por un mal momento siendo madre soltera de dos vástagos, uno un bebé y el otro Junior, nuestro protagonista, está desempleada y tiene harto carácter –no por nada es vigilante de seguridad, y es el único sustento de su hogar en tiempos de crisis en Venezuela, a puertas de la muerte de Hugo Chávez- que la implican más posesiva, determinante e intolerante (aunque suele estar siempre próxima a tirar la toalla con el hijo “rebelde”), queriendo defenderlo de una elección que conlleva cierta marginación, y porque cree que irá a sufrir mucho en la vida a ese respecto, para lo que el pequeño aunque muy ágil mental y con su ya fuerte personalidad, a un punto, no puede congraciarse y obtener el tan anhelado amor materno, que lo manifieste (véase el reproche de que ella no mira cuando todos lo hacen) dirigiendo las energías negativas de su progenitora que suele ser intensa en sus actos, como quien tiene un peso encima que quiere desterrar hacia poder alisarse el cabello, sin percatarse que es peor para él con ella, verse diferente (habiendo dos interpretaciones personales que chocan entre sí), porque quiere ser más bello,  a lo que él llama pelo malo al suyo crespo, y que es un simbolismo de su virilidad en disputa.  

Visto el meollo del asunto todo apunta a que en efecto le ha tocado el corazón a Todd Haynes, lo cual más que un favoritismo algo injusto hablan de su honestidad para con la sensibilidad -con justificación- que le ha llegado, y pues el filme no es pequeño sino uno muy bueno, y creo que se están olvidando de arranque los detractores del hecho de que fuera de la temática, o mejor, a razón de ella tantísimo también, por el modo de manejarla, es definitivamente una gran película, y lo digo a secas como introducción, porque antes de adentrarnos en ella hay que dejar las cosas en claro, darle el lugar que se merece, el de ser una gran galardonada, una de excepción.

Mariana Rondón asume su temática central con bastante aplomo, sin medias tintas, pero no siendo todo directo –sugiriendo en buena parte, acomodando las cosas a su estilo y narrativa- ya que a su vez mucho se trata de arte, lo que invoca la lucidez de su trama e historia con un protagonista de poca edad en algo que puede ser delicado viendo que solo tiene 9 años, pero que se manifiesta con una seguridad que se traduce en sumo acierto. Ahí yace la atracción admirada/emuladora o simplemente precoz y primaria hacia el muchacho atractivo y masculino que le da fósforos, le hace bromas simpáticas o le presta una polera, que lo trata amablemente, que es su amigo adulto, o el choque en el ómnibus con un hombre desconocido y seguramente intimidante que advierte su inclinación delicada o que quizá solo se tropieza con él del apuro y la aglomeración y la madre reacciona con rabia al malinterpretar una especie de aceptación, un destino supuestamente oscuro, y es que existen posibles distintas lecturas, lo que exhibe una “necesaria” y sabia ambigüedad propia del cine de autor, que espera la inteligencia selectiva, compleja del espectador.

El filme presenta dos caminos. Uno es el de la abuela que acepta a primeras la vislumbrada opción sexual de Junior, por el interés de que el pequeño le retribuya y le cuide en el futuro, tanto que quiere hasta comprarlo, y para lo que trata de consentirlo en su deseo de salir en una foto escolar a su estilo soñado, no sin soltarle un poco de identificación de esa libertad que el autoritarismo y los prejuicios de la progenitora rechazan, en los movimientos de baile, la peluquería o en cualquiera de sus caprichos, echando vientos hacia su propia causa, para lo que éste quiere ser un cantante de cabello lacio, en donde la autora coloca una cierta intencionalidad a la vieja pariente morena en ponerle un traje que parece un poco un vestido, desde el glamour de carnaval del artista que se imita, el cantante venezolano Henry Stephen, al que se recuerda específicamente en su canción más popular, “Limón, Limonero”, pero que indican más un halo de paranoia infantil inducida por el auto-recelo producto de la contaminación ajena, lo que se espera de él en una nación que cree tener el pelo malo, no se acepta como tal, aparte de una sociología de la pobreza y la necesidad, bien declarada en la búsqueda de trabajo de la progenitora, que es de clase trabajadora y que debe recurrir a acostarse con su jefe para recuperar su empleo – y de paso darle una lección/mensaje de hombría a su hijo “confundido” en el deseo carnal heterosexual escenificado a “sacrificio” del que parece un anhelo incestuoso, pero que ahonda en un ejemplo universal femenino de placer y excitación con un hombre, un rol ausente-, culpa del caos que reina e invoca la enfermedad del presidente, la devoción ciega de un sector y el augurio del derrumbe de su mandato totalitario, o de una sucesión debilitada o enrumbada a la debacle. Rondón maneja dos pensamientos bastante relevantes aparte de la homofobia, en un juego de espejos entre sociedad y personajes íntimos, induce a pensar en el racismo, hacia los rasgos negros como debilidad o menoscabo personal, de ahí que el protagonista quiera quitarse un rasgo afro (de lo que se hace una broma reduccionista también en una foto de un negrito en el estudio fotográfico), una lectura paralela, o bien dibujan políticamente los llamados bloques (esos que proporcionan una anécdota homenajeando La ventana indiscreta, 1954), las viviendas/edificios de construcción comunitaria de concepto socialista, como el país implicado en los conflictos internos de Junior (bien reflejado en una escena trascendental, en ese patio escolar, de corte militar, despersonalizado, castrado, dolido, abandonado, disminuido, de lo cual se desprenden distintas perspectivas del propio gobierno venezolano de Chávez, que en lo particular observo de ambas interpretaciones, a favor y en contra. Antes atemorizado, confuso, deseoso sencillamente de ser amado y aceptado, pero en pos espontáneo de su esencia. El mensaje es pesimista, pero es un llamado de cambio).  El otro camino es la imposición de la madre, y hay una delicia de acontecimientos que hacen de éste un filme destacado, para paladares observadores, comprometidos  y sensibles (no exento de sumo entretenimiento), el plato fuerte, luchas, arrebatos (véase ese baile raro y bipolar que termina en explosión, más tarde rememorado como una huella de un posible trauma o más una decepción existencial), sensualidad, inocencia, exaltación, tensión seca, silenciosa, preocupación (muy bien tomada por los cuernos en la declaración honesta de Marta, la madre, al doctor), en medio de la llaneza del día a día, del despertar optimista, alegre, avispado, que se topa con los conflictos de los adultos, del que ha perdido mucho la fe y trata de sobrevivir, en un tira y afloja en el trato, por un cariño oculto en alguien de naturaleza recia, de poco sentimentalismo, práctica, simple, con un sentir de responsabilidad, una carga, un cansancio, y sobre todo una decisión.

La urbe se pinta de cuerpo entero en la película con apenas unos trazos en la memoria, ayudada de la cotidianidad de un hogar humilde, habiendo mucho carisma e imponente personalidad a temprana edad departe de Samuel Lange Zambrano como Junior, como en su trato con su mejor amiga que nos hace pensar en Pequeña Miss Sunshine (2006), papel secundario pero que agrega al conjunto como con la abuela (que como reparto imponen mucha naturalidad, sentido del humor amable y realismo enriquecido aunado al valioso feedback que tienen con Junior); junto  a la dualidad que representa Samantha Castillo como Marta, provocativa, guapa, fogosa, temperamental, pero también ruda, ahombrada, seca, cuando quiere serlo en su traje de guardia, en su pasión por ese trabajo (mírese su fijación, su asistencia a ese festejo y círculo laboral), un ser impredecible, rico en matices, y emociones como el mismo Junior, dupla gloriosa propia de un muy buen cine. Uno que engrandece la sección oficial de ficción del 18 festival de cine de Lima.

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