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domingo, 24 de junio de 2018

En legítima defensa (Quai des Orfèvres)


El título original hace referencia al sobrenombre de la unidad de investigación criminal de Paris, nombre lógico cuando se centra el filme en una investigación, con un inspector bastante genial, el inspector Antoine (Louis Jouvet), que es muy perspicaz, imponiendo presión, recorriendo los lugares implicados, entrevistando sospechosos, haciendo preguntas afiladas. Se centra en tres sospechosos, que contienen amores entremezclados, incluyendo un secreto lesbianismo, un amor imposible, como lo adjudica una frase ingeniosa de Antoine.

Uno de ellos es el marido celoso, el bueno de Maurice Martineau (Bernard Blier), pianista que muere de amor por su mujer, la que le da dolores de cabeza con el uso de su sensualidad para lograr ascender como artista. La segunda es justamente ella, apodada Jenny Lamour (la encantadora Suzy Delair), que es pícara pero jura ser fiel, y demuestra amor por su marido. La tercera es la fotógrafa Dora Monier (Simone Renant), amiga leal e incondicional de ambos.

El asunto es muy sencillo, pero muy rico, un hombre viejo y jorobado dueño de muchas empresas, adinerado, Georges Brignon (Charles Dullin), es un viejo verde y suele buscar jovencitas para pasar el tiempo. De esto que tenga especial fascinación por la sensual y provocadora Jenny Lamour que suele juguetear con los viejos, entusiasmarlos, y la invita a una cena a solas, sabiendo que es casada. Pero eso no le importa a Brignon. Ella quiere dársela de lista como siempre -seducir, conseguir algo y luego fugar- pero le sale mal la jugada. Termina golpeándolo en la cabeza con una botella de champagne.

El marido se entera de la cita y tras haber lanzado una amenaza directa va a matar al viejo, pero se topa con que ya está muerto. Por último Dora trata de cubrir a su amiga y se presenta en el lugar del crimen. Por todo lo mencionado los tres quedan incriminados tratando de esconder sus pasos ante las pesquisas, de la audacia investigativa de Antoine. El director Henri-Georges Clouzot como en su obra El asesino vive en el 21 (1942) hace unos interrogatorios jugosos, mejorando todo lo decente de ese filme predecesor.

El filme juega sus cartas a la vista, por un lado está el investigador tratando de resolver el caso con nuestro conocimiento y por el otro los implicados queriendo no ser descubiertos. Tanto Jenny como Maurice temen ser hallados culpables, Dora simplemente los ayuda, pero no le importa quedar como cómplice o hasta como culpable. Tras éste momento criminal se despiertan los afectos, se transparentan las lealtades y las prioridades sentimentales. Es un poco película romántica, aunque predomina la tensión policial.

Quai des Orfèvres (1947) tiene momentos musicales hermosos de la mano de Suzy Delair que como Jenny Lamour trabaja en un music hall, un teatro de espectáculos. A su vez tiene diálogos muy agudos y otros emotivos. También tiene un desarrollo que agrega una pizca de misterio y se resuelve sin ser predecible por más que juega con las cartas a la vista. Es ingeniosa la lucha entre ocultar un crimen y ser perseguidos por la policía.

Es un filme rico en sentimientos y en acciones, por igual, otorgándose una belleza muy clásica, con la inteligencia de un Clouzot que sabe manejar muy bien lo escabroso y ser sutil. Marca de la casa, mostrar elegancia, pero tratar todos los temas –no tergiversar la realidad-, como los propios del crimen pasional, maestría que vemos profundamente en La vérité (1960). Quai des Orfèvres tiene gran ritmo y cada pieza es espectacular, tiene su toque duro, del mejor noir, y una fragilidad secreta, una entrega por sobre lo racional.

La verdad (La vérité)

Los filmes sobre juicios suelen ser pesados, pero éste escapa a ello cuando vemos de donde vienen las justificaciones para acusar o defender a una criminal, Dominique Marceau (Brigitte Bardot), que ha matado al novio de su hermana, al músico Gilbert Tellier (Sami Frey). El filme cautiva cuando pivotea el presente con flashbacks sobre la vida de Dominique, y conocemos su manera de comportarse, quien es y que la ha llevado a matar a Gilbert. Se genera una gran dinámica de complemento mutuo entre los flashbacks y el juicio con la genial interactuación entre el abogado acusador (Paul Meurisse) y el abogado defensor (Charles Vanel) y los testigos. Ella es una mujer fácil digamos, que inclusive llega a practicar la prostitución. Dominique es una mujer alegre y deseosa de aventuras, de vivir la vida como una fiesta, pero todo el mundo le hace ver su mal comportamiento, salvo su banda de alegres jóvenes.

Un día Gibert, un muchacho formal, queda flechado y corteja a Dominique, cae en su red, producto de un baile de trasero desnudo debajo de la sábana. En ello Bardot es la reina de la sensualidad y la provocación en estado de simpatía y buena vibra. Ella no cae en lo vulgar por más que su cuerpo es el centro del asunto. Pero la hermosa Brigitte Bardot es mucho más que su sexy cuerpo y cómo hacerlo un imán, por más que se le encasille como sex symbol. Ella tenía talento para la interpretación, y ésta película de Henri-Georges Clouzot es la prueba fehaciente, su mejor actuación, la más exigente, aun cuando no escabulle su sexualidad a flor de piel, pero trasciende por su dramatismo.

El filme pone a la alegre Bardot como una mujer que hace sufrir a Gilbert, muchacho que le insiste y la persigue, busca que le sea fiel. Pero esto luego cambia, Gilbert se enfurece con ella y se venga de tanto maltrato, dice nunca haberle querido, chocando con su imagen de chico bueno, sensible y aguantador. Dominique es una mujer que finalmente se enamora de él, lo convierte en su héroe, tras tanto libertinaje, pero el karma le pasa factura. En ello Bardot es maravillosa, afín a su imagen de mujer intensa, feliz, radiante, subyugadora, sólo que aquí no le funciona a su personaje, vive chocándose contra un muro tras otro, lo que propone mucho dramatismo, mucho llanto y decepción.

Es una película finalmente triste, que critica la libertad absoluta, con una muchacha que todo le sale mal cuando pretende ser una especie de hippie. Clouzot empieza con un filme que ve por los pormenores intrascendentes hasta ir aumentado el interés y crear tremendo background de la personalidad de su protagonista. Bardot sostiene todo plenamente, con una mujer que llega a renegar de sí misma, pero antes hace lo que le da la gana. Es una crítica a la sexualidad sin meditación y la dificultad de formalizar cuando hemos hecho mucho daño. Ésta película puede verse como la otra cara de Manon (1949), ambas con féminas poéticas compartiendo un fuerte vínculo por un ser a quien al final se le demuestra amor verdadero.

El asesino vive en el 21


Una película Whodunit, con Monsieur Durand, un asesino en serie, por descubrir en un hospedaje sencillo. Dirigida por Henri-Georges Clouzot que agrega comedia a su película, cosa que luego quitaría en sus subsiguientes obras e hizo muy bien. Pero felizmente la comedia no arruina el interés de una buena película de crimen y misterio.

El inspector Wens (Pierre Fresnay) tiene su encanto, pero tampoco es demasiado atractivo como investigador, no es tan memorable. Como película debut es una obra humilde, buena, pero no tan genial. No obstante tiene sus virtudes. En el hospedaje tenemos varios sospechosos interesantes. El manejo de Monsieur Durand es entretenido, un asesino en serie que deja tarjetas de visita en sus crímenes.

Arranca con la cámara subjetiva por las calles persiguiendo a un hombre borrachín que ostenta mucho dinero recién ganado en la lotería y se iba de bar en bar. Se ve estupendo como séptimo arte como el hombre alcoholizado trata de huir muy lenta y torpemente. También son maravillosas las líneas de dialogo que suele llevar una película de Clouzot, al igual que su parte musical, excelentemente tratada con la voz de Suzy Delair como Mila, la pareja graciosa de Wens, la contraparte de buen humor y simpatía.

La resolución tiene su toque ingenioso, porque solemos pensar de cierta manera natural e inmediata y el filme manipula esto, presenta una carta novedosa al pensamiento común. El filme genera buenos despistes de quien es el asesino en serie, aunque esto se resuelve sin demasiadas vueltas que dar, propiciando más bien placer por los acontecimientos prácticos que por querer quebrarnos la cabeza.

El  movimiento que genera la investigación y los sospechosos cumple a cabalidad. Todos los posibles culpables son curiosos como manda el clásico Whodunit inglés. A esto se le suma un humor ligero que se pega favorablemente, aun cuando uno suele preferir seriedad en los filmes de misterio. El asesino vive en el 21 (1942) es un buen divertimento.

miércoles, 20 de junio de 2018

Los espías (Les espions)


Es una película intrincada que luego se resuelve bien y se entiende perfectamente, que también tiene una constitución muy paranoica. El protagonista es el doctor Malic (Gérard Séty), un psiquiatra que desesperado por mantener solvente su centro de descanso médico acepta esconder a un espía, llamado simplemente como Alex (Curd Jurgens). Esto desencadena mucho juego, que contiene mucho de teatro del absurdo y humor negro, alrededor de la guerra fría.

Cada acción parece un disparate y todo un enredo en quienes son los espías, a donde pertenecen, si a EE.UU., a la URSS o trabajan al mejor postor. Para ello el doctor Malic nada en cierta ambigüedad de estar demente, y ve en su casa gente extraña apoderarse del lugar de sus empleados anteriores, conocidos o de confianza, que entran al trato de las traiciones. Sin mucha justificación se aceptan muchas cosas absurdas y así se despliega la mayor parte de la película, en un estado medio psicológico y otro de aventura e intriga de espionaje.

Por ratos el filme pareciera ser sarcástico con el thriller, y quizá atentar contra ese sobrenombre que le pusieron algunos al director del filme, a Henri-Georges Clouzot, del Hitchcock francés. Y de paso ansiar una genialidad del género. El filme tiene muchos giros e imprevistos, ataques y contraataques, desde puntos impensados y muy libres pero finalmente coherentes. De algo tan pequeño como dar asilo a alguien se da mucha intriga y suspenso. El tono no es muy serio, es de exageración, pero presenta un humor de cierta manera escondido.

Los espías (1957) tiene a Véra Clouzot con un rol irrelevante, como una paciente de Malic, ésta se presta para llamar la atención, pero no representa mucha gracia. Éste filme no es muy conocido ni celebrado, parece una anomalía en la filmografía de Clouzot, pero no es una mala película, es interesante, te mantiene con curiosidad, aunque uno no la tome en serio, ya que se toma con mucha gracia tanta importancia a la guerra fría.

También tiene un despliegue original de tanto espía junto como perro, gato y ratón, de tanta plasticidad y flexibilidad en su interactuación, en cómo compiten por lo que parece un pretexto bastante básico, en cómo terminan justificándose después de tanta locura.  Es un filme bastante teatral, fácilmente puede llevarse al teatro, en su mayoría yace en un único lugar, la casa de reposo del psiquiatra, donde el sótano se mezcla con el bar.

Hacen ver a todos los personajes raros, no es un filme para todo el mundo, es complicado de agarrar el humor que plantea, y el juego de espías con su absurdo no encasilla en el thriller habitual, aquí las muertes son muy artísticas, no hay mucha bala de por medio, no hay espectáculo de acción, hay un toque muy clásico, refinado, aunque con humor. Pero por todo esto es una novedad como película, un lugar imaginativo, sin tampoco sobredimensionarla.

miércoles, 13 de junio de 2018

El cuervo (Le corbeau)


Le corbeau (1943), de Henri-Georges Clouzot, le trajo un baneo de por vida como director en Francia al ser señalado de colaboracionista con los alemanes durante la ocupación, ya que éste filme fue financiado por Continental Films, productora alemana, además de que muchos creyeron leer un discurso negativo en la película hacia la población francesa, luego rectificado y el bloqueo suspendido, duró 4 años. Se pensó también después que Le corbeau guardaba una lectura contra el nazismo, contra la labor de la Gestapo en Francia. Todo irrelevante frente a un filme que es maravilloso como ficción y eso es lo importante.

Ésta propuesta nos remite a unas cartas anónimas firmadas por quien se hace llamar el cuervo contando intimidades de cada receptor, señalando las bajezas de todo el mundo en un pueblo como cualquier otro en Francia, en cualquier parte, como menciona la apertura del filme. El más perjudicado, con el que más se ensañan las cartas es con el doctor Rémy Germain (Pierre Fresnay), a quien indican ser un doctor encargado de abortos, cuando están prohibidos, y de ser un mujeriego propenso a las  mujeres casadas.

En sí el doctor Germain que encima es muy arisco y sobrado, de pocas pulgas, es una joyita. Germain carga una mochila secreta, un pasado turbio. Pero es un antihéroe al que se le permite cierta poesía como galán e investigador y la (poca) simpatía de otros personajes, como ilógicamente la del doctor en jefe, el psiquiatra Michel Vorzet (Pierre Larquey), un hombre sofisticado, un pensador, pero de trato humilde, cuando Germain engaña a Vorzet con su joven y bella mujer, Laura (Micheline Francey), y Vorzet lo sabe y se lo dice, lo entiende.

El filme tiene mucho suspenso, un gran misterio trabajado con maestría, es muy cautivante pensar en quien puede ser el cuervo, se cuecen muchas hipótesis, hay muchos personajes como posibles culpables. Se da por ello una persecución terrorífica de la hermana de Laura Vorzet, una enfermera solterona acusada de vender ilegalmente morfina, por las calles con la sombra de un linchamiento en ciernes, de un apedreamiento. El pueblo recibe aquellas cartas perversas y yace envenenado, enfurecido, sobre todo porque genera una muerte de alguien inocente, y ni así el anónimo cuervo se detiene. Se hace presente en el cortejo fúnebre e incluso ironiza con la iglesia descubriéndose que es feligrés de ésta. 
  
Denise Saillens (Ginette Leclerc), una mujer promiscua, aun cuando yace casada, carga un hondo complejo que la mueve a conquistar a todo el mundo, pero yace en particular locamente enamorada del serio  y sobrio doctor Germain, su vecino, y ésta con su rostro agrio de femme fatale produce un tira y afloja sensual con el doctor, mientras la otra amante, Laura, es más delicada y cínica, guarda falsas apariencias, se presenta como una mujer suave, a expensas de su hermana amargada.

El cuervo es emocionante y vastamente entretenida, el tiempo fluye de lo genial que es, la maldad del cuervo es enorme, pero lo que revela no es poca cosa, es un pueblo cargado de corruptos, todos tiene algo sucio detrás. El filme permite escuchar unos diálogos gloriosos sobre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la ineludible maldad en toda vida, pero cuando se trata de justificarla el filme le hace cierta justicia a la ética, aunque es un retrato de lo más pesimista con la humanidad, al punto de cerrar la película con un crimen.

La gente del pueblo mantiene la imagen de ser muy dignos, de caballeros y damas, muy alturados y honorables, pero ninguno se salva de haber intentado salirse con la suya frente a algo sucio, incluso hay sospechosos muy jóvenes. El odio hacia el cuervo no enseña ni pizca de autoconsciencia, ni arrepentimiento, es puro enojo. Es una sociedad muy falsa y dura. Temible retrato de nuestra humanidad. No obstante el doctor Germain es nuestro (anti)héroe, un tipo que no ha aprendido mucho de su pasado, con respecto a las mujeres, y un placer carnal –que no es explicito, pero sí ubicuo- más fuerte que la racionalidad.

martes, 12 de junio de 2018

Manon


Basada libremente en la novela Manon Lescaut, de Abbé Prévost. La película de Henri-Georges Clouzot ganó el león de oro –festival de Venecia-. Manon (1949) es una película romántica, por complicado que suene verlo de esa manera. Retrata el enamoramiento absoluto de un hombre, Robert Desgrieux (Michel Auclair), de una puta, Manon (Cécile Aubry). En el filme se repite lo mismo, Robert perdona una y otra vez la facilidad con la que Manon se prostituye. Primero quiere botarla, pegarle, pero luego llora y es él curiosamente quien pide perdón. Manon lo quiere de verdad, al parecer, porque también sufre y se preocupa por él, pero no puede evitar su promiscuidad que se debe mucho a que Manon quiere una vida pudiente y fácil, y detesta convertirse en ama de casa.

Manon siempre se muestra accesible a los hombres, no es algo que se disimule o ella oculte, la palabra puta está por todas partes, incluso para poder ver a su amado en un momento de separación forzada quiere regalarse al vigilante. Robert conoce a Manon así desde el principio, como una prostituta que se vende a los alemanes en tiempo de ocupación, por lo que la gente del pueblo y la resistencia francesa van a castigarla, pero es Robert quien queda flechado por la belleza de Manon y se escapa con ella.

Robert pasará mil penurias por su culpa, e igualmente ella al corresponderle en la desgracia y el crimen mostrará esa lealtad tantas veces corrompida por su libertinaje y sufrirá también. Todo esto lo vemos en el presente del filme cuando un barco surca el mar hacia el mediterráneo, con una carga de refugiados ilegales judíos rumbo a Palestina. Manon sabe bien de su tendencia hacia la promiscuidad y le dice a Robert de golpe cuando la descubre mintiendo metida en un burdel que es su oportunidad para abandonarla con aquella imagen sucia suya en su mente. Pero Robert tiene un amor a prueba de todo.

La manera de exhibir a Manon como furcia no es tan poético como muchas películas acostumbran a mostrar, pero a pesar de esto entre ellos existe un tipo de amor verdadero, Manon ama la devoción de Robert, pero no puede con su esencia. Robert lo sabe y luego lo dice en un discurso que huele a un masoquismo consentido y penoso. Difícil justificarla, pero eso hace de alguna manera el filme, o trata de darle humanidad sin quitarle lo que es.

Cécile Aubry hace de una mujer muy coqueta y que se divierte con su actitud libertina, superficial y ambiciosa, sólo que tiene a su vez en su actuación un quehacer luminoso, bonito y simpático pegado a lo clásico, que deja en fuera de campo lo sórdido, sucio o desagradable, tiende tan sólo a la sugerencia visual, aunque los diálogos son fuertes y directos con quien es. Manon es vulgar, pero el filme no. Manon es una mujer que su hermano León (Serge Reggiani) explota sin vergüenza alguna. Es una mujer ordinaria. Robert es un mártir.

El filme de Clouzot recoge la vida de unos pobres bastardos, tanto Robert y Manon eso son, de esto que el capitán del barco sienta pena de ellos, por más criminales y corruptos que sean. Manon intenta varias veces reformarse, pero no puede consigo misma, e incluso el mundo le falla cuando cree descubrir el paraíso y pensar en una vida familiar. Ahí éste le enseña lo putrefacto, y la asusta, le llama, como si fuera su destino ineludible. Robert es poca cosa frente a la realidad, lo cual suena triste. Su amor verdadero en lugar de salvarle lo atrae hacia la derrota, hacia el mal y Manon eso es, aunque no lo parezca. Lo duro del filme es que todo el mundo está consciente de todo y eso hace más dramático y lamentable saber de ellos. Son personajes que dan pena, muy ricos como cine.

lunes, 11 de junio de 2018

El salario del miedo (Le salaire de la peur)


Señor thriller perteneciente al francés Henri-Georges Clouzot, ganador de excepción del oso de oro –La Berlinale- y de la palma de oro –Cannes-. En un país latinoamericano no especificado gobierna una empresa de extracción de petróleo, la compañía americana Southern Oil Company, que es la mayor fuente de trabajo y de explotación del lugar. Muchos pobladores mueren producto de las extracciones. Es una tierra de nadie donde la policía está comprada y donde no hay trabajo. El mensaje suena antiamericano. Dice una línea, donde hay petróleo ahí están siempre los americanos –aludiendo aves de rapiña-. Por esta razón estuvo recortada por partes en su exhibición en EE.UU., pero en la actualidad tranquilamente se ve completa.

El salario del miedo (1953) tiene una gran representación de cada uno de sus personajes, en los 4 seleccionados para una misión suicida, una misión muy peligrosa. A cambio de 2 mil dólares que para entonces era una suma astronómica estos hombres deben transportar en camiones bidones de nitroglicerina, cuando al menor movimiento esto puede explotar. Deben llevarlos por carreteras descuidadas, en mal estado. La pericia de los camioneros se pone en la más difícil práctica, creando un filme de mucho suspenso, emocionante. El trayecto está lleno de pruebas a su ingenio, a su sobrevivencia. Todo expuesto de manera realista.

Uno se encariña con los personajes, que son hombres duros, sufridos, solitarios y con pasados oscuros algunos, aunque no tan gentiles, como Mario (Yves Montand), el personaje principal, que maltrata -aunque sea rastrera- a una mujer que está enamorada de él (Véra Clouzot). Éste personaje femenino hace aguas por todas partes, parece forzado. Impone un dramatismo innecesario, no posee gran línea argumental. Véra Clouzot era la esposa del director, puede haberla colocado más por su parentesco, aunque en Les diaboliques (1955) está perfecta.

De los 4 protagonistas tenemos aparte del corso Mario, quien es el galán macho man, aunque tiene sus ademanes engreídos, al italiano Luigi (Folco Lulli), un hombre robusto algo sobrado que sufre de los pulmones y debe abandonar el trabajo y el pueblo, en un filme que abre enseñando el territorio con un niño desnudo de las piernas jugando con cucarachas en un charco. Otro es Jo (Charles Vanel), también corso, un ex gángster, muy próximo a Mario. Entre Jo y Luigi hay una gran escena de reto, de esas míticas del séptimo arte. El cuarto es el alemán Bimba (Peter van Eyck) que es un tipo que ha sufrido el nazismo y tiene un espíritu kamikaze.

Ésta película no es como una de Hollywood donde nadie suele morir así nomás cuando se es principal, por lo tanto no hay que encariñarse mucho con los protagonistas porque ésta película europea no escatima nada por su imaginación. Esto puede sonar algo medio recriminable, porque cada muerte duele, pero también tiene un trabajo escénico poderoso, en especial el del espacio lleno de líquido de camión que es otra de las grandes escenas del filme. Ésta propuesta está cargada de novedades y algún pequeño misterio.

martes, 31 de mayo de 2011

Las diabólicas (Les diaboliques)

Realizada en 1955 por el director francés Henri-Georges Clouzot, trae la fina capa de un terror más sutil y paciente que el que se hace hoy en día. La historia nos ubica en una escuela e internado de niños perteneciente a la pareja Delassalle. El principal y esposo, Michel (Paul Meurisse), es un hombre déspota y maltratador, especialmente con su mujer, Christina, la actriz Véra Clouzot de nacionalidad brasilera que estaba casada con el cineasta de éste filme y la que murió a los 46 años de edad producto de un ataque cardíaco dejando sólo tres actuaciones en toda su carrera. Su personaje es la que realmente ostenta el dinero que ha invertido en la unidad escolar en la que labora de maestra siendo muy querida por los pequeños. No obstante su marido es quien lo aprovecha luego de que fuera un pobre diablo que mejoró su condición social desde hace ocho años cuando se unió en matrimonio con Christina a la cual ultraja constantemente y hasta llega a poseerla como si fuera un objeto. También para colmo él tiene una amante a vista y paciencia de su cónyuge hasta sacárselo en la cara frente a ésta, la profesora Nicole Horner (Simone Signoret) que tiene un cariz cínico y descarado.

En el inicio de la película se nos describe la personalidad de Michel que compra vino barato para sus empleados y da comida rancia a los alumnos, suele avergonzar a su esposa en público e incluso no solo abusa de su persona emocional sino físicamente llegando a prodigar su infidelidad por toda la institución. Tanto Christina como Nicole extrañamente son amigas aún compartiendo el mismo hombre y los descaros de su mano que puede ser la razón de esa cercanía. La primera es débil, cándida y dócil; la segunda es enérgica, decidida y osada. Nicole logra convencer a Christina de matar a Michel; para hacerlo idea un plan perfecto que conlleva atraerlo a un apartamento fuera de la ciudad y sedarlo con una bebida para luego eliminarlo. Lo llevan a cabo con algunas dificultades pero lo logran, drogándolo y ahogándolo en la bañera; esto sucede no muy avanzada la película y es alrededor de éste incidente que girará el relato.

Más tarde sucede lo inexplicable. Al lanzar el cuerpo de Michel a la piscina sucia del colegio, al esperar bajo bastante tensión que se encuentren sus restos, incluso cuando los niños juegan cerca del agua hasta sumergirse en ella y terminan pidiéndole a un trabajador que desagüe el estanque en busca de unas llaves, se dan con que ya no está en ese lugar, ha desaparecido sin dejar rastro. Desde aquí empieza el misterio y el desarrollo del concepto de la cinta.

Ésta es una película con mucho dramatismo e histrionismo. Presenciamos la lucha entre Nicole y Christina bajo emociones de culpabilidad y miedo sacándose en cara la presión y participación mayor de la amante como la colaboración de la otra y el mutuo ataque dividiéndose la responsabilidad mientras desatan conjeturas y viven al filo de la navaja. Se da una persecución por saber dónde se halla el cadáver, por parte de Christina que se ve más afectada y más decidida a resolver el caso. Surge la intervención de un viejo sabueso, Alfred Fichet (Charles Vanel), que investiga a costa de recibir un sueldo de tener éxito con el paradero del desaparecido, siendo contratado sin querer por la dama Delassalle.

A la narración se le van agregando elementos que incrementan el enigma como la incertidumbre. Se dejan pequeños rastros como que hay un fantasma rondando o crece la duda de si lo han matado verdaderamente para lo que ellas mismas se convencen de que en efecto lo han hecho y toman las rarezas como sucesos que buscan desentrañar vehementemente.

La carga de preocupación la absorbe gravemente Christina, que cae enferma actuando muy desequilibrada por el asunto que la envuelve. Nicole es más fría y se mantiene al margen apoyando a su compañera que está tan desesperada que hasta quiere confesar el crimen. Para colmo, como para volverse loco, un niño dice haber visto al director recientemente, pero nadie le cree y lo castigan. Sin embargo al tomarse la foto general del alumnado y el profesorado juntos aparece en el reflejo de una ventana el rostro de Michel. Christina se quiebra, sumida en el pánico y en el remordimiento.

La trama se maneja con efectividad durante las casi dos horas de duración, con esa calma y exhibición controlada y metódica propia de los clásicos. La expresividad de ambas mujeres son bien desplegadas, sobre todo por el lado de Christina que lleva todo el peso de la historia. Su sufrimiento y su embrollo la dibujan con un realismo sólido. El desenlace cumple con ser atractivo y cierra el círculo con ingenio. ¿Al final el niño sigue mintiendo o es que continúa diciendo la verdad? ¿Qué es lo que ve o es sólo un invento?