jueves, 27 de diciembre de 2012

Tabu


Tercer filme del portugués Miguel Gomes, ganador del fipresci en la Berlinale 2012. Está dividido en dos partes, paraíso perdido y paraíso. La primera parte nos remite  a una anciana solitaria que solo vive para malgastar su poco dinero en los juegos de azar y que es medio loca, alejada de su única hija vive solo con una empleada de color que suele tratarla como a una niña ya que en su locura piensa que le quieren hacer daño y no suele cuidarse apropiadamente. Sus días los pasa conversando con una vecina con la que comparte esa decadencia y soledad fehaciente de la vejez. Una que no ha sabido amar a nadie y que es muy bondadosa, recatada y dócil, la otra la que fue una ardiente mujer que parece la antagonista de esa convencionalidad que exuda su compañera, una que ha vivido (aunque pecando), otra que no. En sí la primera parte es menor del conjunto y aunque resulta muy compatible entre forma y fondo ostenta algunos rasgos de autor que la hacen un poco gratuita, como con el sueño de los monos o la interrupción de la anécdota en la mina. Esto último quizá pretende decirnos que hay una vocación de fantasía, sabiendo que la memoria es selectiva y reconstruye las vivencias de acuerdo a factores como el sentimiento que han provocado en su momento. Estamos en una Lisboa como toda gran ciudad un poco fría, y ésta en particular con cierto fervor religioso y un aire de protesta política. Una pugna discreta.

La segunda parte se nos relaciona con el pequeño prólogo del filme, en una leyenda sobre una mujer anclada a un cocodrilo tras la muerte de su pareja por amor. Una simbología que nos puede remitir a lo salvaje, al deseo, ese que nos ata la existencia a un desenlace penitente,  a un lapso que nos define y no se puede olvidar. La vida es como solo ese recuerdo. Regresamos a esa pasión que la joven Aurora (Ana Moreira) tuvo con el hombre que más amo y al que quiere ver antes de partir. Ventura (Carloto Cotta) es un atractivo músico mujeriego que queda prendado de Aurora cuando es una mujer casada, sin embargo eso no los limita y tienen una aventura. África, una colonia de Portugal, una tierra de calores da cobijo a su idilio ilícito y salvaje. Con un blanco y negro que nos atrapa en su estética clásica que le otorga un toque vintage, en la emulación además de una cinta muda, pero que nos hace ver que solo es una ilusa apariencia, una creación, un artificio estético, ya que está acompañada por la voz en off de la pareja, la descripción de esa pasión en boca de él y luego la respuesta en cartas de ella. Vamos viendo la recreación del romance, el que es universal y ya tantas veces visto pero a su vez atrapante y novedoso, que nos recuerda a tantas historias de amor, uno  libre, atrevido, reprochable pero igual feliz aun así, a costa de todo acto razonable y decente, de esos que hacen perder la cabeza y no miden más que el encuentro, la repetida desnudez del cuerpo (no faltan las imágenes sensuales), la irresponsabilidad, otro tipo de locura. Sería una telenovela en otras manos, pero Gomes se encarga de volverlo gran séptimo arte, con la calidez y originalidad de una imágenes que están muy cerca de la realidad más palpable pero que son frescas, modernas y personales en una estructura falsa del pasado. Nos quiere decir que es algo antiguo, algo primitivo. Una pasión.

Es un filme realmente sencillo, que sorprende un poco que genere tanto entusiasmo en la crítica que es la que ensalza el filme en listas y en su premio, que se debe a que Gomes ha hecho llevadero algo que cala a menudo  más en los sentimentales, ha entregado una versión para los amantes del cine de autor en que la sensibilidad y el atrevimiento se dan cabida, pero realmente se trata de una ilusión general, porque estamos frente a un eterno y repetido cuento de amor, ese en que se roba a la mujer ajena, especial, y ese en que ella vive lo prohibido, lo carnal, un canto a la seducción masculina, y sin machismo (hay un contrapeso estructural muy igualitario), y en que irónicamente nadie se ve reflejado en el pobre marido, como suele pasar en que nos atrapa esa sensación engañosa de sentirnos –y querer ser- aventureros, osados, rebeldes, los principales. Un Corín Tellado para tipos serios, y claro, es tremenda audacia, no obstante sin desproporcionarlo, ya que es un filme más de matices y técnica que de verdadera profundidad, pero que explota muy bien su historia. Y que debe mucho su éxito a que es muy entretenido, y  nos da lo que nos gusta, como en los subtítulos: el cielo de los hombres, terrenales, apasionados y ardientes. Una mujer bella (y viceversa), tan provocativa que nos hace romper las reglas, nos transforma. En un lugar sin tiempo, exótico, imperecedero, al menos en la memoria.

martes, 25 de diciembre de 2012

Navidades blancas


Como cada año no podía faltar la crítica por navidad, y hoy 25 de diciembre es el día. Y se da con uno de los mejores clásicos americanos de noche buena. Un musical donde Bing Crosby nos seduce con su hermosa voz, que nos recuerda en el estilo a Frank Sinatra, elegante, serio y un poco más simpático, él como Bob Wallace tras terminar la guerra vuelve a su antiguo trabajo de cantante y anfitrión pero cumpliendo con una gran deuda hacia un buen amigo se asocia y se convierte en un dúo, de donde en adelante gozan de la fama y el éxito. Su compañero de nombre Phil Davis (Danny Kaye) es la alegría y el desenfado andante, el contrapeso ideal  al conjunto, otorgándole ese lado lúdico y feliz que necesita en su vida, la que le atribuye de solitaria y para la que planea el mejor remedio, que su mejor amigo se  busque a una chica pero no solo linda sino con la cual formar una familia.  

En el trayecto de bellas y seductoras coreografías de baile y canciones en que se nos va narrando la historia de mano de la narrativa clásica, con ese toque inocente y fastuoso en el interior de un relato próximo, muy propio del cine de antaño, se acercan a dos hermanas que se desenvuelven en su misma profesión aunque recién están iniciando, las Haynes, Judy (Vera-Ellen) y Betty (Rosemary Clooney) con las que tendrán el vínculo que busca la película. Sin embargo eso no es todo, no solo se trata de romance y realización afectiva como camino a la felicidad, sino que es un canto de amistad y agradecimiento conllevando lealtad y generosidad para con un general al que quieren y admiran, su antiguo líder en tiempo de guerra, interpretado por Dean Jagger que desde lo castrense logra atribuirse una atípica sensibilidad que no rompe con la imagen que tenemos de su cargo, y que se presta para entender esa nobleza que genera en Wallace y Davis quienes llevan su espectáculo a un pueblito para  apoyar y conmemorar al jefe militar. A puertas de la navidad.

Una historia que conlleva un constante deleite musical, con impresionantes coreografías de danza, principalmente por parte de la actriz Vera-Ellen que se encarga de la parte más compleja en ese aspecto, con movimientos no solo sincronizados y armónicos, sino algunos bastante exigentes y extensos. Y además, aunque en menor medida gestual que el resto de los protagónicos, con la dificultad de hacerlo dentro de la actuación, expresando el pesar o la seducción que requiere el guion. Notando por ese lado que en ello Rosemary Clooney sobresale, junto a su bella voz, con una cuidada personalidad muy característica de una mujer muy educada, recatada e idealista, echa a la medida del personaje de Crosby.  Lo que crea grave delicadeza en el trato con un enamoramiento lleno del encanto clásico, dulce, tímido y con un aire de improbable, natural, sin forzar nada aun sabiéndose atraídos el uno por el otro. Para lo que personalidades como la de Judy y Davis son el empujoncito seguro a su idilio.

Kaye gracioso y libre da la cara irreverente del musical (aparte de que es un estupendo bailarín), jalando a Crosby a ello, que no se queda en sus laureles y demuestra su gran oficio que justifica su nombre y entrega con el proyecto, como con la performance de vestirse de mujeres -que rompe con cualquier estereotipo- o el aire relajado de las representaciones militares. No obstante está claro que Crosby es la voz cantante en todo sentido, y se adscribe solo a ello en realidad, no baila, aunque su canto es bastante imponente, como tampoco lo hace Clooney. Eso nos da como resultado un intercambio dramático y calmado de un lado por una de las parejas, mientras el otro resulta fiestero y más activo, compaginándose perfectamente. Crosby es el actor más cuajado del filme, tiene más recorrido y eso pesa para el director Michael Curtiz que parece respetarlo bastante, sin embargo se puede ver que explota más a Vera-Ellen en cuanto a lo visual sabiendo que se trata de un musical y pesa mucho el desenvolvimiento físico que capta la atención, como también se percibe que Kaye trabaja más en conjunto aunque es menos importante.

Un filme que nos envuelve en la otrora grandeza del musical, con un aire perfeccionista, elaborado, siempre dando mucho, pero con una historia de esas fáciles, entrañables en que no se trata de la importancia del conflicto sino de un sentimiento que reina fehacientemente en cada rincón de su propuesta, como con esa pureza y bondad que se nos quiere impartir desde el principio, como con el general anteponiendo a fin de cuentas el goce de su pelotón a la rigidez de la formación, a su reconocimiento por encima del deber, desde lo más humano, y es que se trata de personas, como con la aparente sencillez de la mención de la navidad en el último tramo o en el título pero que alberga toda la idea sin querer, el de estar en una reunión familiar donde se quiere al prójimo. 

El quinto hijo

Éste es otro librito entretenido con el que he podido pasar un buen momento, avalado por un Premio Nobel (del año 2007), la escritora británica Doris Lessing. Y es que suelo leerlos con bastante entusiasmo, son mínimo interesantes y llevan un buen nivel. Lo que inmediatamente sorprende es que es bastante ligero para ser digno de esa famosa premiación, pero está bien escrito.

La historia es sumamente sencilla, de ahí que lo haya leído rápido en solo dos días, además de que no son muchas páginas, son 224. La trama se centra en una pareja que quiere formar una familia numerosa, contrarios a la actual tradición europea, en que por norma a partir de los 60 la mujer deja de ser ama de casa y busca mayores libertades. Sin embargo los dos protagonistas son unos rebeldes contra lo moderno, siendo muy convencionales, paradójicamente al inverso. Y en el deseo de sus sueños y metas, en el hogar lleno de prole y amor donde se reúnan amigos y seres queridos, que en un principio logran alcanzar, como centro de la felicidad, se ve convertida su expectativa en una frustración de último minuto, con la llegada del quinto niño, el cual en el uso de la hipérbole de la autora es una especie de gnomo humano o ser primitivo de una cadena perdida de la humanidad o de otra raza, el que produce terror en sus semejantes provocando la desunión de la parentela, aunque a la madre siempre le dicen que éste es un niño normal, aunque lento para el aprendizaje.

El libro recalca un inminente desenlace o tragedia, aparte de la cotidianidad y la destrucción del ideal, el cual queda como enigma a resolver con la lectura que dejo de tarea para cada lector interesado. En éste vemos crecer a Ben (a diferencia de los cuatro pequeños anteriores, este ocupa como leit motiv de la obra más de dos terceras partes del total), que de alguna forma es un ser humano de esencia dura, más fuerte y cruel, para muestra un botón: las mascotas suelen morir bajo la sospecha de sus poderosas manos, y solo una madre comprometida con su naturaleza puede contrarrestar su anormalidad y su peligro. La carga reflexiva que ostenta el texto se apoya en la exhibición sobre la predeterminación del mal y su lugar en la sociedad, que usa un cierto aire de fantasía y misterio propiciando una lectura de entretenimiento basada en la prosa afable y su trepidante desarrollo, provocando atracción y tensión sin repetirse al manejar un único punto al que se acoge. El tono es naturalista aun con ese toque de sobredimensión en el personaje, Lessing hábilmente juega a no  crear incoherencia con la realidad comprobable pero despierta la inquietud que reina en su creación.

Al tener un alto nivel de base literaria, Lessing ha sido un faro en la niebla para muchas escritoras  en el mundo a través de 62 años de carrera en las letras, sus personajes toman consistencia pero el problema radica en que queda en un cariz de superficialidad en lo que postula o es que la idea es demasiado simple para que trascienda demasiado, y subsiste como una curiosidad bastante lejos de lo contundente, aunque se pueden desprender algunos pensamientos interesantes, uno en particular es que aún en lo ortodoxo de las personalidades de los padres el amor materno o paterno no necesariamente equivale  a una regla, David desprecia a su hijo tanto que hubiera aceptado su muerte, y Harriet siente un deber de protección hacia él pero no necesariamente bajo un síntoma afectivo, ya que también lo considera un extraño –aunque sobrevive y se adapta gracias a ella, en que destaca otra idea: la importancia de la educación en la conducta aun a toda prueba- y hasta en algunos momentos le llega a temer maquinalmente.

Tenemos un libro ágil, bien redactado (capaz de manejar gran colectivo de personajes y diálogos fluidos y bien definidos entre ellos), ameno pero efímero en cuanto a alcance, el cual estoy seguro que atrapará la curiosidad entre sus hojas. La buena mano aún se nota, aunque  es un texto menor, teniendo en cuenta en varios sentidos que es el de un Premio Nobel.

“-Tenéis cinco hijos- dijo Dorothy-. No uno. ¿Te das cuenta que es como si yo fuese la madre de los otros cuando estoy aquí? No, creo que no te das cuenta. Has estado tan absorbida por… Ben empezó a aporrear de nuevo la bandeja con la piedra en un frenesí de triunfo jubiloso. Parecía creer que estaba martillando metal, forjando algo: era fácil imaginarle en las minas de las profundidades de la tierra… con los suyos… Volvieron a esperar que cesara el ruido.”                                                                             

domingo, 16 de diciembre de 2012

Fausto


Escribir de éste filme es en gran parte un reto, el director ruso Aleksandr Sokurov, uno de los más interesantes creadores de la actualidad, presenta una versión muy libre de la obra magna de Goethe, de uno de los libros capitales de la literatura universal, sobre la famosa leyenda alemana del doctor que vendió su alma al diablo en busca de nuevas sensaciones, sentimientos y mayores descubrimientos filosóficos, existenciales y científicos, por lo que comprender toda su extravagancia y abstracción resulta algo que muchos prefieren eludir, muchas veces con el simple resultado de decir que es vacío por debajo, ególatra o aburrido, evitando comprender que ha querido manifestar con su arte, uno que requiere entrega y pasión por nuevas maneras de expresión. Y ahí está el genio de Sokurov, hacer algo nuevo, poderoso y creativo con lo que para la mayoría podría ser intocable o difícil de destacar, sobre todo al tener una visión excéntrica y arriesgada, desde una adaptación visual que manifiesta el firme propósito de asumir su imaginación, agregando efectos y rescribiendo el tema universal de esa búsqueda del hombre por su intelecto y razón de existir.

Inmediatamente entramos en un mundo sucio, rancio, muy paupérrimo donde se respira hambre y necesidad, donde como se dice en algún diálogo no hay cabida para la comedia, ni para la moral. Un espacio que se hace idóneo para nuestro protagonista, un ser humano racional detrás de respuestas, y descreído de la naturaleza espiritual. Un Fausto de acuerdo a su contexto, quien se pregunta por aquella frase bíblica: y al comienzo fue el verbo, que nos retrotrae al enigma, y a la grandilocuencia que hemos visto antes en Tarkovski.

El filme que ganó el león de oro en el Festival de Cine de Venecia del año 2011 sigue la historia de Goethe pero a su modo y total libertad creando algo bastante nuevo con la misma esencia aunque ramificando cavilaciones para su propio cauce, en la absoluta irreverencia y solvencia personal, Mefistófeles no se llama de esa manera sino bajo un cómodo y anónimo Mauricius,  mientras por fuera toma vida humana encallado al entorno. Es un prestamista cínico que besa lascivamente las efigies cristianas, quien una vez desnudo nos enseña la deformidad y la monstruosidad. Lleva un andar particular, regodeado en su insolencia y autosuficiencia (esa que Fausto pasará finalmente por alto), además de mostrarse fríamente maquinal. Sokurov nos va descubriendo a éste demonio, entre la realidad y lo sobrenatural. A través del saqueo de unos muertos en una catacumba que parece un lugar de desechos, para hallar la pequeña fortuna que cambie la existencia de la humilde amada entrada en desgracia, o cuando simula un sueño de cara a un lago que hace de puerta a la cita y habitación añorada, y ya lo vemos tal cual cuando cumple la promesa, el deseo último de Fausto, la del encuentro sexual con la bella e inocente Margarita (a un punto nomás ya que odia a su madre y siente el conflicto entre el deber de aborrecer al asesino de su hermano o dejarse rendirse al enamoramiento de éste siendo un inteligente, amoroso y generoso pretendiente), una muy joven actriz Isolda Dychauk que en pantalla se ve mucho menor aún pero perfecta para la gracia de la iluminación romántica (en el filme  incluso literalmente). Donde en ese lapso sensual de olfatear y besar su pubis rubio seres amorfos ingresan silenciosos clamando ante la indiferencia del doctor por el pacto sellado con el alma, en la cual no cree Fausto. Ingenioso el primer encuentro con la dama encantadora, Margarita impoluta y sencilla lava la ropa colectivamente, habiendo alrededor un aura de vulgaridad, transparencia y lujuria.

El doctor vive en la ciencia, sin embargo hay un toque de fantasía en ella (la historia es bastante un cuento), se logra crear sin sobresaltos al homúnculo y en boca de los personajes hay imaginario de la alquimia, la inmortalidad o la creación de oro, aunque en general no hay respuestas habiendo hambre de conocimiento y de anhelo de cambio, paradójicamente –o de esa manera surgen otras salidas ante esa carencia- hay un endeble discurrir científico (expresamente más médico, el epitome de la sabiduría de la época) que cae en la tortura o en la mentira, se dice metafóricamente, la ciencia es como la labor del tejido femenino, encargada de vencer al vacío.

El filme está plagado de extravagancia, en un rapto de  cierta gratuidad biográfica al prestamista lo sigue una mujer que según él es su esposa y que parece algo desmelenada, o el hermano, un militar en medio de la decadencia, agradece su muerte, y con ello los alegatos parecen los de toda la civilización retratada. Como si todos esperaran la muerte; que no le temieran ya que vive a su costado en el día a día. Fausto definitivamente no le teme y aunque en su mente aun trata de ser coherente y cauto, la pasión lo subyuga, pronto su timidez dejara de existir, por ello el final tan abierto tras el ataque con las rocas, dejándose ir hacia la inmensidad de lo desconocido, su lucha es la del eterno saber, sin agotamiento. El prestamista parece el retrato del destino, su encuentro es inminente, la vida de Fausto lo persigue, pero en el filme se hace muy como quien no quiere el asunto, casi accidentalmente, sin forzar la esencia del relato, una audacia que rompe con lo predecible, como lo hace toda la propuesta que añade y cambia los lugares de la trama puesta por Goethe. 

Johannes Zeiler es un estupendo Fausto, pero Anton Adasinski es simplemente impresionante, un personaje completo con una expresión corporal compleja llena de gestos y movimientos estrambóticos en una conformación de demonio que acoge individualidad y maestría, gracias también al cariz que le brinda Sokurov dándole riqueza interior, una personalidad marcada llena de diálogos que se acoplan a la falsedad naturalista en que se mueve. Mordaz, tentador, caustico, espontáneo, impredecible, culto y a su vez primitivo y salvaje, como todos en realidad lo son, en un contexto que los arrastra en conjunto a una fealdad y explicites visual (arranca el filme con una autopsia descarnada que rápidamente nos anticipa un escenario deprimente y podrido, como el mal olor en que Fausto hace hincapié en su labor), una mundanidad muy propia de una época histórica de la Europa medieval, y que hace un contraste con la profundidad del habla sin romper la magia de la estética. La película esta grabada en idioma alemán.

La historia pasa por ciertas técnicas visuales,  como en un lente que distorsiona y que mueve la pantalla hacia un lado, habiendo desenfoques y plegándose a colores, más verdosos o blancos entre otros, además de iluminaciones o claroscuros, y que aunque muy pocos llega a tener algunos paisajes atractivos como en la caminata con Margarita y su madre tras el entierro, sin embargo predomina cierta consciencia de estar dentro de un fresco renacentista.

El filme nos mete de lleno en una fantasía, hay esa sensación de fabulación, de mundo creado, y aun así nos podemos ver identificados aunque principalmente parece un artificio, que hace gala de reflexión pero también de entretenimiento. Este cine de autor posee ese matiz, no solo grandilocuencia u oscuridad. Es un Fausto definitivamente raro pero bello en su fealdad, ingenioso, atrevido, una realización  hiperactiva, nerviosa, que puede inquietar en ese sentido, con mucha personalidad (y de ahí un desenlace chocante y críptico, saltándose toda convención lógica), que aporta ya siendo una historia muy popular. 

jueves, 13 de diciembre de 2012

Amour


Una película que por donde va cosecha elogios, y triunfos como la palma de oro en el Festival de cine de Cannes 2012. Michael Haneke nos remite al sufrimiento emotivo y físico en la vejez tras las enfermedad que llega repentina, aquí ante ataques cerebrovasculares.

Una pareja de músicos de avanzada edad que profesan mucho amor entre sí tienen que afrontar el devenir del tiempo y la proximidad de la muerte, mientras Anne (Emmanuelle Riva) se deteriora hasta no poder ni comunicarse coherentemente ni sostenerse por su propia voluntad, Georges (Jean-Louis Trintignant) no sabe que hacer con aquella dignidad que lentamente va perdiendo su eterna pareja, junto al dolor que presencia padecer y que se incorpora en él desasosegándolo ante la inutilidad de lo poco que puede solucionar frente a lo que ve. Teniendo la promesa de no dejarla en un asilo de ancianos sino cuidar de ella, lo que lo pone en el meollo del asunto y lo hace vivir fehacientemente el estado de su mujer. Esto lo pone de cara a la dura crueldad de algo que llega intempestivamente sin que uno pueda preverlo o siquiera vislumbrarlo, es una etapa a la que uno no está preparado mentalmente siendo algo muy violento de atravesar, a veces como vemos mucho más en quien puede razonar lo que sucede y sentir la presión de ver al ser que más se quiere llorando, susurrando maquinalmente que le duele provocando desestabilidad emocional, cayéndose al suelo sin dominio de sus facultades y un sinfín de momentos que un director como Haneke nos lo deja ver o sugerir sin caer en una pornografía visual, pero haciéndonos entender en su propuesta que de ahora en adelante todo es cuesta abajo a la par que la resistencia ajena se verá afectada lentamente.

George se pone en el lugar de la amada, lo dice en su conversación; se siente impotente, afligido y quiere ayudarle, sostenerla, pero el camino cada vez es más tortuoso, más inevitable, y cada minuto empeora. Anne, una dama autosuficiente tendrá que lidiar con la nueva realidad aun no queriendo verse inválida en su enfermedad, primero consciente de que la tragedia es una bola de nieve, evitando el consuelo y el repercutir en su esposo, sin embargo no sabe lo que será, y más en su noble amor que debe hacerse cargo. El amor en ningún  momento se pone a prueba, éste es muy fuerte y eso lo hace más insufrible para el de afuera. Esa unión en ese mundo pequeño de a dos, se hará una tortura solitaria para Georges ante el ser amado que empieza a desaparecer, aun teniendo el cariño de algunos conocidos, el joven alumno u algunos inquilinos, o el de su hija Eva (Isabel Huppert, accesoria, expresiva, desolada), la que más que calmarlo le infringe desesperación.

El tono es frío, sin dramatismos exagerados pero hirientes, ya que el filme de Haneke duele irremediablemente, hay que atenerse a las consecuencias, no se puede evitar aunque trata de aplacar la flagrante decadencia del ambiente con el deambular sonámbulo y ocupado de las nimiedades caseras del protagonista varón. A ratos vemos lo que encierra la trama y a otros caemos en sentir lo que ocupa desde afuera del conflicto en sí, se mueve la cotidianidad asumida desde la enfermedad, es como un pacto entre dos seres demasiado unidos, el dolor de uno vive en el otro, y en cada rincón se trasluce. Los silencios, las conversaciones rotas, los monólogos pesimistas ante el cambio de la corrupción del cuerpo, las miradas, los recuerdos, los exabruptos discretos todo van haciendo ceder al corazón ante un final anunciado.

La de Haneke es una película vista en Volcano (2011) del islandés Rúnar Rúnarsson pero enfocándose en el deterioro de la vejez visto desde el amor de una pareja y no desde la individualidad de un hombre que entiende una transformación (en uno se trata de un personaje en evolución y en otro de dos inseparables, pero comparten ideas en distinta intensidad), estamos esta vez en un callejón sin salida, salvo con un desenlace críptico, artístico, romántico. No obstante principalmente el cineasta alemán quiere que aceptemos lo que representa una parte innegable de la existencia, como Anne diciendo ha sido una larga  y bella vida. Y Georges es quien sirve de prisma para la comprensión, mientras al mismo tiempo desde el ecran el arte nos va enseñando sin poesía ni velos engañosos a través de su desarrollo un acontecimiento universal aunque en duras condiciones, pero sin faltarle la estética, ya que Amour en su leit motiv  –ese que oculta el título, la preparación  del fin y el dolor en el trayecto, como representación indisoluble de este último de lo que realmente significa existir- es una propuesta que conmueve y abre nuestra percepción, mientras nos cubre con su hipnótica belleza, como un ineludible Baudelaire buscándola en  los espacios menos imaginados.

Dos actuaciones brillantes, Jean-Louis Trintignant en un papel de hombre educado, cariñoso, dócil, entregado, servicial, doméstico, dejando ver su pasado, su sensibilidad, en la ilustración  del ser menos preparado para éste acontecimiento, y Emmanuelle Riva, una señora fuerte, dominante, dulce, tranquila, apunto de ver doblegada su esencia.

La realización es un derroche de inteligencia en la sencillez, en la claridad, dándole al público mucha conversación ante las imágenes presenciadas en la vejez, en el tiempo, en el sufrimiento, en el sentimiento. Un Michael Haneke transportado a su obra, próximo, humano, a pesar de todo afable, sin extremismos pero en un extremo, calmo en el diluvio interno y abstracto como ninguno en la llaneza y poder de las imágenes efervescentes, intelectualizando con el séptimo arte pero para la comprensión amigable del espectador común a quien le entrega por medio de su cine de autor profundidad en la transparencia. No es un filme propiamente atrevido salvo en su honestidad y lucidez, sin regodeos vulgares, y aunque alguna decisión no sea la nuestra, podemos sentirnos satisfechos con su conjunto. La cotidianidad de lo que no esperamos ver. El ocaso anti-romántico de un contexto del compartir del amor.

El filme tiene solo tres momentos extraños o particulares, uno en el intermedio con la exhibición de unas pinturas al oleo de unos paisajes, la belleza en el reposo, un aire de neutralidad, de contemplación y de inmovilidad. Luego una paloma en dos oportunidades entra a la casa y Georges bajo un claroscuro se topa con ella, entra a tallar lo imprevisible, lo desconcertante, matar al ave, dejarla en libertad, que es lo que nos implica la acción que debe solucionar, la inocencia, la paz, la naturalidad, el vacío, un simbolismo simple y ciertamente indefinible, una ocurrencia menor a fin de cuentas. Y luego cierra con un único halo explicito de poesía en como nos ha reflejado la historia: no dos almas separadas sino dos en una junta. 

lunes, 10 de diciembre de 2012

Pieta


La triunfadora del Festival de Cine de Venecia, uno de los más importantes y respetados festivales del mundo. León de oro 2012. Su autor el surcoreano Kim Ki-duk retorna a los grandes reflectores del séptimo arte con ella, luego de un lapso de cierta indiferencia hacia su obra, al tiempo de haber cimentado una reputación entre los críticos más audaces que veían en su personal mezcla de lirismo y violencia una de las más sugerentes cinematografías que existen. Kim Ki –duk lleva esta vez el estandarte del mejor arte de su país, anclado a las constantes de oriente, y aprovechando nuevamente ese leit motiv que ha hecho famoso y distintivo al cine coreano, la venganza.

Dotado de un notable sentido de la historia, planea su estructura milimétricamente y nos entrega una trama en que un hombre sufre hasta la locura por amor, el materno, una vez que este ser muy frío y cruel encargado de dejar inválidos a deudores de un jefe prestamista recupera el tiempo perdido y se topa con la progenitora que lo abandonó al nacer. El guión espolvorea algunas ideas recubriendo la propuesta de un toque de ingenio, el que persigue la obra presente con flagrante ahínco, además de un desenlace apoteósico muy propio del cine en que se adscribe. Sin embargo el control y la precisión que se persigue hacen prever el final, saber que es lo que esconde, aunque teniendo en cuenta que parece consciente de ello y entra a tallar la duda de la manipulación, la locura y la redención en el dolor que hacen redonda y efectiva la realización.

Estamos ante un cuento con mensaje donde se le hace sentir a un ser humano malvado lo que hace con sus semejantes, se transforma en lo que provoca, una invalidez mental que aprisiona su corazón y lo doblega, lo hace sentirse débil. Su error no es el de pedir un dinero que se multiplica ante el crédito en diez veces su valor y que hace pagar el precio que en cada familia repercute, habiendo suicidios y viéndose que los seres queridos quedan lastimados para siempre, sino el de sentir afecto por alguien y depender de ello, volverse vulnerable hasta perder la cabeza, lo mismo que mueve a cada deudor a hacer un préstamo, como el del padre que quiere ofrecer dos manos para obtener dinero para darle una buena vida al hijo por venir.

Paradójicamente el odio que ha sobrellevado siempre el protagonista ante la dureza de su existencia y su soledad lo mantiene en su lugar pero en cambio el amor lo pone frente al paredón de la justicia regida no por ley pero si por el hombre, esa que pervive en la Piedad, alusión de Kim Ki-duk a la monumental escultura de ese genio llamado Miguel Ángel, en que la virgen llora el sufrimiento de su hijo, Jesucristo. La piedad que clama esta nueva María terrenal e imperfecta no llega nunca por el verdugo, se esquiva rotundamente y como en una nueva interpretación de la historia no queda más que la lección en la propia carne que castiga al que es ciego de sus actos, siendo el dolor que infringe en el amor la repercusión que se pone en pie, un espejo que regresa desde el otro cauce.

Kim Ki-duk logra que la relación maternal tenga visos de atracción sexual en medio de cierta natural violencia, inconsciente pero muy en la orden de un Edipo más carnal, la madre masturba al hijo dormido, se come un pedazo de su cuerpo, es vejada y violada ante la incredulidad, paga por ser aceptada queriendo ser parte del monstruo que el tiempo y el mundo ha creado ante el abandono, y que solo importa como un ser individual. La biografía queda mermada ante el acontecimiento del presente, el matón Gang-Do (Lee Jung-Jin, que expresa en su rostro su papel) se ajusta a la historia, en que es monotemático, primitivo, y solo entiende en el sacrificio, una vez que procesa que uno es secundario frente a otros, en una mirada menos egoísta y egocéntrica del mundo, justamente reflejada en el cristianismo.

Kim Ki-duk es muy ágil en crear el vínculo materno sin que quede endeble, y ayuda mucho el dramatismo gestual de su intérprete, la actriz Jo Min-Su, siendo muy importante para perpetrar su historia; tampoco requiere de muchos datos, se enfoca en la fuerza de sus personajes, que son primarios, y por ende inteligentemente explotados como emotivos y expresivos. El contexto de los pequeños puestos metalúrgicos o industriales crea personalidad al conjunto dando la sensación de submundo, de un infierno de la clase trabajadora que puede ser interpretado con la dificultad de sobrevivir. Un espacio de pecado, muy humano. Un microcosmos de nuestra idiosincrasia general como toda buena arte debe poseer y el cine conoce bien. 

La violencia reina en la obra de Kim Ki-duk, no solo en los casos de los cobros indebidos de los futuros inválidos sino que recurre a un chocante proceso de transformación. Una vez asimilada la madre, amonesta al hijo pervertido (invirtiendo el dominio), en donde él en clara metáfora ni se da cuenta de su comportamiento, por eso en adelante es necesario que presencie el mal que ha ejercido, las consecuencias de su indolente quehacer cotidiano, para compararse, verse reflejado, pero sin marcha atrás, o quizá sí cuando ella se pregunta por el acaecer  de un extraño sentimiento, del que incluso Gang-Do llega a revestirse en un vuelco de desesperación en que pide de rodillas. La memorable imagen de los cuerpos echados debajo del árbol sembrado para las cenizas es el reflejo de una mutación y una fusión en que ya nada importa, el sentimiento ha doblegado a la razón.

Tombuctú

He podido leer esta obra en tan solo un día, y es que si algo hay que resaltar inmediatamente en el autor, en el americano Paul Auster es su prosa ágil, tan  entretenida, con un buen nivel de calidad que la hace ser en parte sustancial y estética en dosis respetables. La historia es vista desde la existencia de un perro, Mister Bones, y juega a poner en los lugares comunes el razonamiento de un animal que va cambiando de dueño (pasa por cuatro), pero en quien resalta el amor por el segundo, el vagabundo poeta Willy G. Christmas, quien le habla de Tombuctú, el cielo, en donde se aceptan a algunos canes entre los humanos. En su discurrir Bones se enfrenta a creer en las personas y en salir adelante, mientras pasa aventuras en que se convierte en un perro de la calle hasta llegar a un hogar cálido y burgués.

Auster hace una pequeña crítica a Thomas Mann, lo llama aburrido aunque importante, y está en su derecho, más sabiendo que es la propia defensa de su arte, muy ecuánime porque lo suyo es poner entre manos algo sencillo, amable y en su medida valioso dentro de lo que deberíamos tener por entretenimiento y algo ligero, una literatura que no trata más que de la felicidad, la amistad y los cotidianos pero no menos fáciles contratiempos de la vida sin reflexiones grandilocuentes sino muy directas pero notables. Aunque Bones es un ente caviloso en cierta medida, como un ser promedio figurado en un animal, pero que finalmente se rinde a su condición de compañero de los seres humanos, y de mascota. Auster da la impresión de un hombre culto procesando información para hacerla muy llevadera, muy aceptable, pero sin perder un aura de individualidad aun en lo general.

En la trama hay un lado surrealista, Bones vive a través de sueños, que toman el lugar de la realidad, en estos se anticipa al futuro y puede hablar. Lo mejor del libro es la escena en que se describe la separación de Christmas. También Auster posee mucha ternura y gracia, hay varios momentos en que tranquilamente te saca una sonrisa, también te ubica en el lugar dándole coherencia al desenvolvimiento del animal. Sabe explotar el lugar común y darle una nueva personalidad sin perder la esencia. Es fácil querer a Mister Bones. También crea buenos personajes secundarios, uno puede imaginarse a Dick y Polly por ejemplo, aunque se da mucho en la descripción de Christmas que tiene un lado extravagante no del todo impresionante a pesar de poner mucha fuerza en él, no falla del todo con éste pero luce más audaz tratando con lo sencillo, con lo menos complejo y artificioso, ya que cae en algunos aspectos ridículos del que también parece muy consciente. Otro notable rasgo es que como todo buen autor no posee pelos en la lengua, puede ser explicito, pero sin perder simpatía o verse falto de idoneidad al lugar en que se adscribe, puede notarse algún exabrupto pero pasa sin mayor importancia.

El título se hace llamar Tombuctú y no hay muchos datos al respecto, apenas unas líneas y no hay nada de particular que no sea la reunión con algún entrañable compañero cuadrúpedo, no parece de mucha importancia en realidad salvo lo que intrínsecamente nos hace remitir el cielo y la vida después de la muerte, es además un reflejo de la lectura aunque esta se explaya mucho en algunas partes, es decir que implica mucha soltura pero sin perder consistencia, no es algo tan escueto como para evitar la imágenes mentales, no son solo palabras, hay un mínimo decente que sirve para coger forma.

No se puede sobredimensionar, es algo sencillo, pero trepidante, atrapante, dulce, gracioso, identificador, razonable, todos adjetivos que solo buscan agradecerle el pasar un buen momento entre sus páginas.

“A su debido tiempo, exploró los daños y descubrió lo que faltaba, pero como era perro y no biólogo ni profesor de anatomía, siguió sin tener ni idea de lo que había sucedido. Sí, era cierto que la bolsa estaba vacía ahora y que sus viejos conocidos habían desaparecido, pero ¿Qué significaba eso exactamente? Siempre le había gustado lamerse esa parte del cuerpo, en realidad había tenido la costumbre de hacerlo desde tiempo inmemorial, pero aparte de los delicados globos todo lo de alrededor parecía intacto. ¿Cómo iba a saber que aquellas partes que le faltaban le habían hecho padre muchas veces?”

jueves, 6 de diciembre de 2012

Bestias del sur salvaje



Gran premio del jurado en el Festival de Cine de Sundance, uno de los máximos premios de este año dentro del cine independiente, y tres en el Festival de Cine de Cannes 2012, el fipresci en Un Certain Regard, la cámara de oro a mejor ópera prima y el premio del jurado ecuménico. Una película discreta en medios económicos y publicidad por parte del director novel Benh Zeitlin que por mérito propio hace su camino al Oscar, el cual esperemos que le de el lugar que se merece. Con una trama emotiva entre el amor de un padre y el aprendizaje de su hija, una pequeña de seis años a la que se le llama hushpuppy (debut de Quvenzhané Wallis). En un contexto pobre en medio de la naturaleza salvaje y violenta de un bayou de Louisiana en una comunidad conocida como bathtub. Un progenitor que trata de inculcarle a su niña la fortaleza suficiente para afrontar el mundo que le ha tocado vivir, en donde el hombre debe sobrevivir por sí mismo, valientemente, creciendo sin pedirle nada a nadie. La pequeña en un aire surrealista invoca en sus diálogos fantásticos una metáfora en unos animales prehistóricos conocidos como Aurochs, entre toros y jabalíes gigantes que salen de su descanso en el hielo desde el polo hacia bathtub al encuentro de ella, representando la fuerza, la dominación en el reflejo y el reto. Hushpuppy habla con su madre en el viento, la busca, mientras el padre le cuenta que por donde ella pasaba se hacía el fuego, clara alusión a la sensualidad, la subyugación y el magnetismo de esta mujer, sin embargo lo que necesita este tierno cachorro es amor, y eso es el duro padre enseñándole a ser mejor, el adaptarse al entorno.

Una propuesta que destila sentimiento pero en la rudeza del trato, de la implacable realidad que les ha tocado vivir, una tormenta e inundación a la que pocos se enfrentarían, una enfermedad que cuenta los días de ese maravilloso y único vinculo paterno. No hay tiempo para el llanto y hay que seguir adelante, sin embargo el dolor también se cuela por las rendijas, como el mismo afecto, en una forma de aparente naturalidad de conmover en pantalla, con actos más que con palabras, con la magia de las imágenes y al arte cinematográfico en su propia personalidad y características, gracias a la dulzura, a la expresividad, a la entrega, al ensimismamiento interpretativo, el sucumbir al enajenamiento de la actuación, de la unión en la trama, de la historia, con actores como Dwight Henry, el padre, que crea un personaje primitivo que no teme serlo, que respeta su código de existencia, con el convencimiento de su propia sabiduría, en un conjunto de seres simples y hereditarios acordes con el espejo de su idiosincrasia, amoldados perfectamente a ese paisaje indómito y bruto que a su vez es bello en su inconfundible honestidad, y que no media más que  a través  de la esencia, un lugar que vive como en un único concepto existente, y en donde mediante el filme nos imbuimos con ojos crédulos, absorbidos, admirados, indagando y aprendiendo de un enfoque distinto entre comillas al nuestro, que nos recupera un pasado que aun no ha desaparecido y que vive ahí en sus propias reglas.

El filme se hace poderoso con su sentimiento, es tan eficiente la relación que fabrica que se sostiene sin rebuscadas justificaciones pero con verdades absolutas de acuerdo a su espacio mental y físico, que aprovecha lo salvaje, esquivando lo muy racional aunque vibra en su coherencia personal. Dando pie a pequeños detalles de interés, a la aventura, al paisaje que tiene injerencia en el relato, como en un marco que da vida a una tesis, la explotación de lo que nos parecería sencillo en el papel y a su vez es tan profundo ya que los recursos, el lugar pone todo muy arduo.

¿Se encuentra la niña con su madre? El camino es improbable pero creíble, ambiguo, oscuro y no importa, porque es audaz como en el mejor arte. El engaño de lo espontáneo. Y nunca se reprocha nada, no es un filme de débiles, como cuando la niña dice, que si no llega el padre va a tener que comerse a sus “mascotas”. Una historia de gente pobre elevada a héroes comunes que vencen sus ambientes, la niña tras el camino del padre, en convertirse en él, alguien de cuerpo frágil a simple vista pero tan fuerte por lo que lleva adentro, lo que se le ha trasmitido, el grave mensaje del filme. Tiene o quiere tener frases ingeniosas (para quien suscribe la que refleja más sin quererlo quizá es feed time, hora de alimentarse), no obstante lo general yace suficiente, importando más una panorámica del bayou, el quehacer monótono para nosotros novedoso, y una niña que termina cuidando de su padre a temprana edad lista para dar cara al mundo. 

domingo, 2 de diciembre de 2012

Holy motors

Esta película del galo y enfant terrible, con solo cinco películas en su haber en 32 años de labor artística, Leos Carax, es una propuesta de ciencia ficción muy difícil de definir racionalmente, sin embargo la podemos dividir en nueve cuentos independientes o actuaciones muy entretenidas, plagadas de extravagancia, emotividad y un aire chocante e imprevisible. Un alarde de creatividad que desde el arranque nos conmina a dejarnos soñar con el séptimo arte por medio del atrevimiento y la auténtica libertad del cine más radical.

El propio director sale en pantalla en el prólogo, desde su dormitorio cruza una puerta secreta cubierta por un tapiz con el uso de una llave mágica en uno de sus dedos, e ingresa a una vieja sala de exhibición cinematográfica, en ella los espectadores duermen apaciblemente, enseguida poza su mirada en un perro gigante que se adentra por el pasillo, y a continuación se queda mirando el ecran, desde donde empieza la fantasía. Inicia la película.

Somos participes de las transformaciones de un hombre llamado señor Oscar (Denis Lavant) que en el interior de una limosina blanca que le sirve de camerino se apremia a cumplir con su trabajo, recrear nueve carpetas documentadas que remiten a distintos escenarios y papeles, cada uno más variopinto que el otro, intentando cada vez superarse más, ser ingenioso, sorprendernos, y presentando una idiosincrasia completa en un corto espacio. Un gran teatro real en donde un camaleónico personaje cumple con alguna performance, disfrazándose, maquillándose, adaptándose, y que incluye repetirse, como asesinarse repetidas veces siendo un ser sin identidad más que en su interpretación (el resto está fuera de nuestros ojos como un misterio), emulando en una de sus creaciones un acto circular y libre de la atadura de la muerte (el actor no muere, sigue viviendo en cada nuevo rol). Pasando por producir el movimiento de computadora de un monstruo en pleno acto sexual o la agilidad de un artista marcial dentro del cine de acción, hasta llegar a descansar a un hogar con simios, como en un colofón inverosímil y fiel a una “locura” encallada en el arte en que el reto es descolocarnos, y en donde no se salva de la referencia ni el chofer de la limosina de Oscar, la actriz Edith Scob que con una máscara remite a Los ojos sin rostro (1960) de George Franju, y en donde los vehículos en conversaciones pueden temer ser desmantelados, porque muchos motores están pasando de moda, como bajo la metáfora del ingenio en donde siempre hay que estar al pie del cañón sino perecemos, quedamos olvidados, y es que el arte está en los ojos del espectador nos dice Carax en alguna paráfrasis.

Tenemos en la presente una creación anterior de Carax que se pudo ver en la cinta ómnibus Tokyo! (2008), el señor mierda, un vagabundo de espectro irlandés, tuerto, incomprensible en el hablar y que se alimenta de flores, que de una sesión fotográfica en un cementerio rapta a una gélida modelo, la actriz americana Eva Mendes, y ella en total docilidad pasa a ser vestida con una burka artesanal mientras él se desnuda y se tiende en su regazo con el miembro erecto. La más audaz de las actuaciones, aunque todas tienen algo atractivo y provocativo. Incluso hay canto, como en el musical con la cantante pop australiana Kylie Minogue como Jean, otra actriz de la agencia que es el gran amor de Oscar y con quien en tan solo unos pocos minutos nos meten en un drama romántico que cuenta con un suicidio, en un instante de pura sensibilidad, al igual que en el acto de la decepción con la hija y el dejarla  a su libre idiosincrasia, en asumir su personalidad, como también yace emotiva la muerte de un anciano ante un tipo de amor agradecido, mientras hay otro rato de música con acordeonistas que se van incrementando al andar, que no solo es una trama de tristezas y el sentimiento también implica alegría, como en las múltiples capas del cine.

Un filme rompedor que seguramente puede desagradar pero también enamorar, definitivamente polémico, y que hay que verlo sin la preocupación de la lógica sino en la irreverencia; el cual luce como el narrador de historias frente al fuego, el que atrapa la atención, el que no te deja pestañar, el que quiere tu curiosidad, el que puede ser absurdo, pero no causar indiferencia. Aleccionándonos en esa entrega que vemos en Lavant, ensimismado en cada circunstancia que lleva acabo, el fetiche que puede concebir la magia que despliega Carax, el demiurgo o titiritero comprometido que está siempre tras un siguiente paso, seduciéndonos y atrapándonos en su red imaginativa. Que de eso va, de convencernos de muchas realidades fantásticas y artísticas, ficciones que envuelven, que se hacen creíbles en el tiempo que duran o que quieren únicamente entretener, y que como notamos son artificiales y se deben al genio humano en constante reto, que salta a la palestra dejando todo en el ruedo, exhausto. Es el homenaje del creador y del actor. De la fusión Lavant-Carax. El resto son motores sagrados, ideas sacrosantas y sus escenificaciones.

Lima 13

Hay películas que no desean optar por festivales sino que priorizan ganarse al espectador nacional, lo que para el caso es lo que anhela el director Fabrizio Aguilar, y está bastante bien, mucho sabiendo que el público peruano no es muy asiduo a su propio séptimo arte. Los índices de audiencia son muy bajos y no duran o abundan horarios en cartelera. A su vez suena bastante realista ya que tampoco el filme se ve como un fiero competidor internacional, aunque El inca, la boba y el hijo del ladrón, de Ronnie Temoche, ganó el premio a mejor opera prima en el Festival de Cine Latino Americano de Trieste 2012, con lo que tampoco podemos desechar la misma opción si comparamos, ya que poseen el mismo nivel en lo que ofrecen, un cine sin mucha originalidad, bastante convencional; el de Aguilar muy en la línea del cine norteamericano moderno y comercial con ribetes de reflexión bastante ligeros mientras El inca… aunque es más flagrante con el gancho de la figuras nacionales culturales también lleva un aire muy gringo, en su optimismo, en sus ganas de conmover fácilmente (que lo logra con una canción del grupo de rock en quechua Uchpa), en la simpleza de su trama. En todo caso no está mal, ya que es el cine que más se consume en el mundo y bastante en nuestro país, sin embargo para cumplir con convencer al público peruano van a tener que romper con cierta figura mental por culpa del grueso de la oferta, es decir, que nuestro cine es malo. Deberán vencer las constantes nacionales: calatas, lisuras, estereotipos y chabacanería.

Lo que quiere ofrecer Aguilar en su tercera película, luego de Palomas de papel (2003) y Tarata (2009), dos historias sobre terrorismo, una situada en los Andes y otra en la calle emblema de la capital en el distrito de Miraflores, es sentimiento. El filme nos remite a tres historias que abordan la melancolía, vidas que se cruzan para superar sus conflictos personales; la anciana Trini (Élide Brero) quiere cumplir una promesa, tirar en año nuevo las cenizas de su difunto marido al mar; Tesla (Kani Hart) sentirse menos sola, ante la falta del padre y la indiferencia y superficialidad de la madre, para lo que cuenta con la amistad atípica de un guachimán; el tercer componente del relato, el guachimán, también tiene su dilema, pasa por un mal trago en la separación de su esposa y está a puertas del desempleo, lo interpreta Juan Ubaldo Huamán. Todo bajo la cercanía del nuevo año, el 2013, en que los maya auguran el fin del mundo.

Las actuaciones son un poco rígidas en las emociones que presenciamos, aunque se hacen bastante identificables, fáciles de apreciar, entendibles; son carencias a falta de talento y experiencia por parte de cada actor central. El guion busca fermentar expresividad en la chiquilla y sólo lo logra avanzado el metraje; Kani Hart consigue ser menos falsa en su deseo de rebeldía y soledad, mientras Huamán se queda tal cual en un aura de casi vacío visual, por defecto, aun en la intención de adscribirlo a la abulia, a la indolencia, salvando su desahogo, algo muy visto y en sí ese es el problema del filme, no genera notoriedad e interés porque es muy común, muy repetitivo y muy predecible. El único momento que sorprende es ver a Élide Brero desnuda, una “maldad” del director y una entrega en un filme que no le va a compensar en absoluto, pero, bueno, es el compromiso del actor y es valido aunque sea en un filme muy discreto en cuanto a resultados y hasta en lo que acontece en sí. Élide Brero cae en una sutilidad que no contamina al espectador con emociones, un toque aquí y allá y es muy poco su historia, ella rememorándose en la foto o algunos comentarios no alcanzan a sensibilizar, y el clímax de su desmayo es apenas llamativo. Son faltas muy visibles. El entretenimiento únicamente llega con vernos retratados, es siempre un aliciente ver la propia realidad, a nuestra gente, a nuestro espacio, pero el filme es todo menos ingenioso, solamente cumplidor y muy olvidable. Su deseo de infringir drama, queriendo ser más de lo que es, se queda como anécdota, como esbozo, pasa el tiempo y todo parece irremediablemente tan sencillo que ni las bromas del panadero –gestualmente bastante cómico- o la belleza de Melisa Loza -muy cuidada en pantalla- no hacen gran efecto. Son cosas a fin de cuentas tan pequeñas en lo que encierra el arte, aun en lo simpáticamente banal, que el filme grita un “imposible” al espectador por un lugar en su rutina cinematográfica. Se intuye muy complicado de que supla lo que ya hace bien el cine americano. 

lunes, 26 de noviembre de 2012

Cesar debe morir



Los hermanos Taviani son famosos por filmes como Padre Padrone (1977), palma de oro, y La noche de San Lorenzo (1982), gran premio del jurado también en Cannes, pero ya había tiempo que sus nombres no volvían a la palestra, y es cuando la presente llega por la puerta grande, la triunfadora de la Berlinale 2012, un festival que no suele equivocarse, mostrando un cine de autor con mucha sobriedad aunque con audacia.

Estamos ante un drama carcelario atípico, el de la recreación de unos presos de la obra teatral Julio Cesar de William Shakespeare. Vemos a través de un flashback a blanco y negro la interpretación al natural de esta magna obra, con momentos en que se ensaya, se discute y se vive la adaptación en una prisión italiana. Un filme sencillo y  a su vez hermoso, la escena en el patio cuando matan a Julio Cesar es notable, asistimos a una interpretación pasional muy creíble aun en su llaneza, apelando a la honestidad de sus actores, a la entrega y la pasión que despierta en ellos el arte, un soplo de vida en su ruinosas y apagadas existencias, un aire de readaptación sutil que enarbola el compromiso con su roles ficticios.

Se llega a creer en lo que hacen como en el guiño de un pequeño conflicto interno en que un preso ve como un traidor a un compañero. Ayuda mucho que la noción de realidad y artificio se mezclen, se salte de la persona al actor y viceversa, como cuando los presos gritan arengas tras los barrotes al oír el monologo del personaje de Antonio ante la muerte de su señor. Otra imagen hermosa es la del cuerpo del Cesar tapado por una sabana en el patio de la cárcel.

Y es que solo cuando se suben al teatro en que vuelve el color uno deja de creer y sentir la obra, no se si intencional o no, pero es en el trayecto de la recreación anterior en que se reinterpreta la obra de Shakespeare y se asume desde un espacio insólito como la prisión, no se vuelve raro sino muy verosímil, es como si los personajes fueran eso presos, esos rostros, esos gestos, quizás dentro de un teatro del absurdo pero que no se hace incongruente, dando la sensación de la vida imitando el teatro como real como en aquella frase de que el mundo es un gran escenario dramático, el teatro convirtiéndose en vida, no solo metafóricamente sino sustancialmente, Cesar es un preso, Bruto un traidor, el senado compañeros conspiradores, la muerte en los idus de marzo  la rotura de esa dictadura, pero sin el esfuerzo de cambiar nada salvo utilizar como en el pasado solo a hombres, siguiendo fielmente el texto, como una casualidad perfecta.

El filme es sumamente entretenido, una clara concepción de única lectura, el arte reivindica, enajena positivamente, alumbra esperanza, como la ultima sentencia de un preso que siente ahora el peso de su encierro tras la libertad que le brinda el haber participado de esta obra.

Desde el arranque de la audición para elegir a los participantes uno queda atrapado en la película, tratándose  de dar un discurso lacrimógeno con datos biográficos y luego de igual forma uno violento, donde vemos rasgos de personalidad y curiosidades de ellas, el tipo que hace callar con el dedo o el que imita un saludo de rugby. Es un equipo compacto, carismático, sin excesos, ninguno falla, todos aportan un grano de arena a su respectivo papel, inaudito sabiendo que no son actores profesionales. En una ficción con vistos de realidad, con gran asertividad, claridad y verdadero ritmo, dando una cara de mucha espontaneidad mientras se quiebra la línea entre el cuento y el hombre. Leemos a Shakespeare entendiendo que es una puesta en escena, alabamos el arte, el artificio y la ficción tratada en sí, sin desencantarnos sino asumiendo toda su grandeza desde postulados sencillos pero espléndidamente ejecutados. La transformación y credibilidad que propicia la imitación, el desdoblarse para fabular y entender una historia que esconde otra, aquí develada a flor del espectador.

El arte no necesita ser complicado, puede ser muy transparente, puede ser estéticamente atractivo aún en un minimalismo atroz, puede ser noble en el artificio. Que mejor que seguir coordenadas tan apabullantemente ingeniosas.

2001: Una odisea del espacio



Dentro de la ciencia ficción hay algunos nombres importantes y uno de ellos es el de Arthur C. Clarke, que con su sapiencia e imaginación ha dado un alto nivel al género, apoyado en una descripción pormenorizada que apela a la creatividad y a la ciencia, y en donde uno cree estar frente a la verdad cuando lo lee. Sorprende que cada hecho en la galaxia, en un viaje primero a Júpiter y luego a una luna de Saturno, sea tan nítido y preciso, aunando un trasfondo mítico y evolutivo propio de una ficción y una aventura.

Odisea puede ser vista como un retorno a las raíces extraterrestres, ese es el paradigma de la obra, en el cambio a un ente superior, una unificación. Tras un mensaje en una losa que apela a la energía el mundo humano se dispone a atravesar el sistema solar en busca de quien dejó esa señal, para ello cinco astronautas van en dicha misión, dos despiertos y tres invernando, junto con un computador de alta inteligencia, Hal 9000, que maneja la nave espacial, el discovery, y comparte como un compañero más.

Es una historia que no conlleva muchos diálogos sino se basa en un narrador omnipotente, tampoco hay mucha acción sino se adscribe al desarrollo del trayecto, antes a su contexto y preparación, Clarke se las arregla para expandir el relato sin problemas, el cual se puede simplificar fácilmente pero su detallismo es tan profundo que parece que estuviéramos realmente viviéndolo aun con la dificultad de recrearnos totalmente las imágenes mentales. También denota un dominio científico o da esa impresión, tanto que uno no alcanza a comprender todo su contenido. Es un relato bastante complejo en poder absorber todo su ingenio pero se entiende de la gran odisea del hombre, en que su lugar yace en las estrellas, en el universo.

Sobre el trasfondo se trata desde el inicio de la transformación del hombre desde que es un ser salvaje, un hombre mono hasta un ser de las estrellas. Y aunque nunca descubrimos quien esta detrás, hay cierta oscuridad en ello, quedando libre la interpretación, hay un destino que lucha contra el libre albedrio, el ser humano está dirigido hacia la mutación, por qué o por quién ese es el misterio, y no parece ser necesariamente una lectura mística.

2001: Una odisea del espacio (1968) es un libro entretenido y apasionante que no busca grandes hazañas sino se adjudica una lectura histórica futurista de lo que sería el último hito de la evolución del hombre. Pero también la literatura de Clarke es densa, va a sorprender a quienes creen que la ciencia ficción es algo sencillo. Es una obra muy recomendable.

También lo es el cine arte de Stanley Kubrick, que parecería copiar al libro, pero que en realidad el libro es la expansión detallista de la obra cinematográfica (que tiene de guionistas al director del filme y al mismo Arthur C. Clarke), ya que el libro fue publicado posteriormente siendo trabajos previos de Clarke los que inspiraron la película, como el cuento El centinela (1951).

Libro y película tuvieron casi una vida paralela por lo que sólo hay algunos cambios en la obra literaria en cuanto al problema con Hal que facilitan la comprensión de su comportamiento. Lo mismo hace con la última llegada, Clarke en el libro lo aborda con audacia y confianza relatando una puerta a otro mundo, como en el interior de un sol que cuida del visitante, bajo la invención de un nuevo lugar del espacio.

El famoso filme homónimo de Kubrick (1968) tuvo la dificultad de que manera crear el último tramo del viaje y lo hizo con una larga secuencia de luces multicolores mismo viaje alucinógeno; luego simplifica, deja más artístico y sugerente el momento en que se consuma el hecho de la odisea. La película nos permite por su parte constatar, visualizar mucho lo que Clarke solo esbozaría en cuanto a lo artificial, con respecto a la nave discovery por fuera y en su interior y a la estación espacial.

“Ahora existía solo el rojo sol, llenando el firmamento de uno a otro confín. Estaba tan próximo, que su superficie no se hallaba ya helada en la inmovilidad por la pura escala. Nódulos luminosos se movían de un lado a otro, ciclones de gas ascendían y descendían, y protuberancias volaban lentamente hacia los cielos ¿Lentamente? Debían estar elevándose  a un millón de kilómetros por hora, para que su movimiento fuera visible a sus ojos…”

martes, 20 de noviembre de 2012

The king of pigs



Todo buen cinéfilo que quiera ver un cine destacado y con personalidad, debe ver cine surcoreano, un país que tiene un séptimo arte sólido y variado. La presente es un dibujo animado y primer largometraje de Yeon Sang-ho. El filme es un trabajo que versa sobre la violencia, el omnipresente bullying escolar. Dos viejos amigos se encuentran tras la llamada de uno tras romper vínculos por 15 años y éste le hace recordar a un chiquillo de reacciones salvajes que los solía defender del abuso de los matones de aula. Con volver atrás se despiertan los traumas y las malas vivencias bajo ese régimen de humillación y acoso, pero también algunos secretos que se apoyan en subsistir y vengarse de ese entorno amenazador.

Lo que vemos son continuas demostraciones de violencia, quien las sufra en pantalla no es definitivamente su película, pero también es una constancia que aunque en los primeros 46 minutos se hace muy entretenida y atrayente termina cansando un poco. Porque quien no ha pasado por alguna pelea en el colegio por culpa de algún abusón, resulta muy identificador ineludiblemente, y no son recuerdos agradables pero tampoco son toda la vida y aquí son casi un calvario, una retroalimentación bárbara y un continuo escalón mayor en los conflictos físicos, por ende no hay balance, no hay por donde respirar en el ecran, sin embargo uno no despega la vista y se pasa muy rápido el filme, y eso se debe a que tiene giros que aunque se disponen a seguir engordando a la bestia que llevamos dentro, nos entrega novedades, se procede a llegar a los límites. Otra virtud salvadora es que hay varias sub-tramas y los tres personajes principales tienen un sustento familiar, no obstante todas terminan en el mismo punto, en aquella azotea reveladora, en que también se da una pelea de la que Bruce Lee pudo haberse sentido celoso.

Los vaivenes asumen también distintos comportamientos, se mezcla la cobardía y la tentación de ser como expresan los protagonistas más diabólico que los agresores, convertirnos en monstruos, se incita a resolverse en los actos de abuso, soportar no es fácil pero tampoco la salida lo es, en sí encierra un callejón sin aparente salida, la única sería arruinar la mente de los participantes del bullying, borrarles la sonrisa en el futuro ante rememorar el pasado, y de ahí se desprende el que exista un rey de los cerdos. Asunto que debe cada uno descubrir que aguarda una metáfora sobre la sociedad.

Hay otra lucha, el dinero importa mucho, repercute en los hijos y en su anhelos, hay una esclavitud materialista, pero también de orden de realización personal, de paz, de no aguantar otro tipo de opresión y menosprecio. El panorama adolescente se trasporta al de adulto.

Los trazos son afilados, los colores son opacos, a ratos los fondos parecen tener individualidad separados de las personas que yacen sobrepuestas como en una maqueta, como separadas en dos tipos de ilustraciones, la animación recurre a pocos detalles pero marcados, se diferencian de los animes incluso en los ojos, y entre otros en el sentido de que no hay humor, no hay sobresaltos cómicos, ni siquiera gestos de ternura, sino hay un drama recurrente pero anclado al golpe, al llanto, a la frustración, hay como un acuerdo físico más que interno, hay la sensación de reflejar por fuera dominantemente, la reflexión se merma un poco o nos distrae el efecto de las palizas, las molestias, las ofensas o los ataques de furia, pero está, porque cuando el filme quiere ser solamente entretenimiento se desprende un tono de profundidad, pero con claridad o es que nos quedamos resumiendo la película en  la matonería y la salvación o redención con lastre sempiterno, empero indudablemente parece tener más capas o las propone detrás de su leitmotiv, se trata el estatus social, la convivencia entre clases, las raíces del poder, la violencia familiar, los rezagos traumáticos infantiles, el vacío, un capitalismo despiadado, una carencia del tipo del sueño americano y en fin podemos seguir enumerando más ideas, es un filme rico aun en su apariencia superficial.

Posee un lado lúdico con las imágenes, da cabida al surrealismo, la sangre sin ser 3D parece saltarnos un poco en la cara. Es un filme potente pero que pierde fuelle al perpetrarse demasiado en la violencia, debió matizarla y no solo demostrar tantas formas de ella o ser redundante, desprender todo por ese lado, lo que visto bien no está mal tampoco ya que es una exploración pormenorizada de ese modo operandi despiadado y subyugante para con el prójimo, que es como una bola de nieve y que genera ramificaciones. Si nos acomodamos a su explotación y sobrevivimos -o simplemente disfrutamos del espectáculo- sacaremos algo más y eso nos entrega un cine con resultados positivos para con distinto espectador, ergo, es una obra valiosa.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Argo


Película que pasó por el festival internacional de cine de Toronto  (TIFF), de los más prestigiosos del Norte de América y antesala de la estatuilla dorada,  y dejó en claro que será una de las favoritas para los Oscars. Ben Affleck con su anterior película The town (2010) demostró que es muy solvente haciendo cintas de entretenimiento, no solo contenta a las mayorías sino al cinéfilo más exigente, y se encumbra en ser un cineasta importante. Con la presente da un paso hacia adelante, tomando de contexto la irrupción y captura de ciudadanos americanos en la embajada de este país en Irán ante el descontento de la huida y asilo del último Sha que gobernó su nación de  forma sanguinaria apoyado por Estados Unidos en su avance por la occidentalización del mundo árabe. El filme se centra en el rescate de 6 estadounidenses que yacen  escondidos en la embajada de Canadá en Teherán, bajo una falsa fachada creada por  la CIA en manos del agente Tony Méndez (Ben Affleck) en que se les hace pasar por los ejecutores de una película denominada Argo.

El mérito esta en reconstruir dicho conflicto en 1979, Affleck incluye fotografías denotando el haberse pegado a la letra. Da tensión a la misión, pone el asunto peliagudo, como algo un poco suicida por el alto riesgo en cuestión y no busca romper la cadena con los hechos reales en que se basa. Se trata de mezclar realidad con entretenimiento, asumiendo una carga política no tan crítica a fin y al cabo, exponiendo más no buscando ninguna polémica sino hubiera ahondado en ello, lo que predomina es una aventura y un éxito para su país (indirectamente en pantalla para la institución, y agradeciendo a Canadá), parece querer colocarlo más como un marco histórico. De este podemos sacar reflexiones ya que la historia universal está ahí en pantalla, Estados Unidos tiene culpa en lo que pide la población iraní, su método de fuerza, el secuestro de sus ciudadanos, es una consecuencia de su injerencia política, hay una confrontación de bandos firmemente delineados, y habiendo triunfado la revolución iraní es lógico que pidan la cabeza de su enemigo represor, sin embargo también no sería consecuente que el gobierno de Estados Unidos traicionara a un antiguo y fiel aliado en un mundo contrario a ellos, esto genera una fricción que podemos entender como una exhibición de Affleck por mostrar antecedentes al trato actual de estos dos países, un mea culpa discreto, sin embargo también se ve en la trama que los árabes muestran mucha violencia, no es que mienta ya que hay ahorcados desde grúas a vista y paciencia de la gente en las calles, pero incentiva el estereotipo de que su cultura es incandescente, los encasilla en su salvajismo, que también se entiende porque es una película de aire afable al público que así como hay héroes hay antagonistas; parte de la adrenalina es asumir un ambiente muy duro y complicado. Solo hay clara humanidad iraní en la empleada de la embajada de Canadá cuya fidelidad raya en lo heroico, pone su vida en muy alto peligro,  y aunque creen tratar con canadienses lo vemos a su vez en los risueños soldados del aeropuerto al ver los storyboards de Argo o en el representante de cine orgulloso del interés por su país.

Affleck yace en un papel normal aunque valiente, en ese sentido no se inflan las cualidades del agente, prima su calma, convicción y el generar confianza, y se sobrentiende que su devoción al trabajo y a su anclada formación humanitaria es de alto grado al punto de poder dejar a su hijo sin padre. En un momento dice no parecer el típico agente, se despercude de alguna grandilocuencia del tipo Bourne o Soldado universal, incluyendo en la propia dirección cuando se bromea en uno  de los diálogos de que hasta un mono podría dirigir una película. Una licencia en el esquema tradicional del cine es que no hay ningún vínculo amoroso en escena, el filme está exento de romance, y los propios ciudadanos en rescate aportan ingenio, no son ningunos cobardes aunque son razonables y corrientes.

El filme apuesta por el desenlace de suspenso, lleva al límite ese apartado, y no teme exagerar. Mientras su gancho es su historia, el desarrollo del proyecto de escape, que prima por encima de lo demás, pero que se engrandece con el contexto político, y la sátira de Hollywood, Argo fuck yourself repite el cineasta americano Lester Siegel (Alan Arkin) bromeando con su amigo el storyboarder John Chambers (John Goodman), compañeros del falso montaje de esta película de cine B de ciencia ficción que titula el filme de Affleck, una alusión despreocupada hacia su propia obra. Esa frescura impregna el filme, es indiscutible que Affleck es un tipo rebelde pero relajado, y no es definitivamente Alan Pakula (Todos los hombres del presidente, 1976) u Oliver Stone (W, 2008) pero sí alguien que quiere sonreír y generar sonrisas -aun siendo audaz con un cine dentro del cine- diciendo: Argo, váyase a la mierda.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Moonrise Kingdom


Wes Anderson es dueño de un estilo muy particular, entre aniñado y raro, puede abordar algunas imágenes o temáticas chocantes pero lo hace con la mayor inocencia, con un cromatismo como el del arco iris, que nos remite a una mirada optimista y alegre, el suyo es un mundo personal muy autobiográfico debajo de las capas de ficción, familiares impositivos, lealtades  a prueba de conflictos, romances con alguien fuera de lo común, una extranjera o una persona muy especial, tipos estrafalarios que para él son normales, una contextualización americana pero cosmopolita o muy cercana a la europea, un aire kitsch, una comedia  “tímida” que nada entre la ironía más audaz pero clara, y una circunscripción a explotar el lugar común generando viajes bizarros.

Genera un cine inclasificable y nuevo, que puede o no ser aburrido –que sí convencernos ya que es original- dependiendo de si nos dejamos llevar, al verse ligero y tonto dentro de su extravagancia, donde los outsiders toman la posta y se convierten en héroes mostrando todas esas virtudes que en la realidad por uno u otro motivo no se pueden desplegar, en cambio para Wes Anderson es fácil ponernos en el ecran una niña inconforme con su mundanidad, de su hogar de clase media, quien sobrelleva su propio espacio de influencia francesa, su isla mental, llevando la apariencia de una bailarina rebelde de los sesenta pero salida de algún comercial de tv. Suzy Bishop (Kara Hayward, en su primer filme) es la fuente de rebeldía de la historia presente, el ánimo de escapar de ese espacio que no nos produce felicidad. Sam (jared Gilman, también en su primer filme),  líder de su propia independencia, un niño con personalidad, decide hacer lo que los otros quisieran y no pueden, salirse del orden establecido, y como entrando en lo salvaje, en la libertad, ayudado por su sabiduría de boy scout, para lo que la misma sociedad lo ha entrenado, tiene una razón a defender, el amor, un tema de adultos abordado por niños. No solo el amor por Suzy sino por sí mismo, por defender lo que quiere en la vida. Y en medio de esa historia que debe ser recordada como anuncia la película, todos suspiran y alientan en el fondo su proceder, sin embargo se remiten a sus obligaciones como padres, como fuerza de orden, que tienen que reprimir el cauce de fuga, pero haciendo la salvedad de prometer comprensión para hacerlos volver, habiendo la intención muy sutil del suicidio.

Se destaca un reconocido reparto de estrellas de cine como en la constreñida Laura Bishop (Frances McDormand), la rigurosidad de los servicios sociales (Tilda Swinton), el naturalmente inubicable como actor, padre de Suzy, las convenciones que terminan perdiendo (Bill Murray), el infaltable en el universo Anderson, el scout inspirador (Jason Schwartzman) y el menos conocido pero quien nos hace saber que estamos ante una fantasía, o una historia que se recuerda, Bob Balaban como el narrador.

Un filme que en un momento parece una parodia de uno de acción o el recubrimiento de algo más fuerte por el estilo y las formas de Anderson, su manera de reinterpretación, como cuando los héroes se enfrentan a una horda de guerreros en el bosque, niños scouts armados con cuchillos, flechas y hachas, o en el momento en que Sam escapa en lancha por el río y luego la cubre con hojas. Pero ante todo es una historia cálida e infantil, como es más notorio puesta la pareja protagonista a besarse frente a la orilla del mar, en donde tampoco se contiene la broma cuando se escupe en la arena, no obstante saltado el exabrupto  vuelve a su estado de idilio, el culmen de la aventura. Nunca deja de ser un cuento, algo suave y calmado, que solo busca remitirnos a esa etapa de crecimiento en que todavía no nos aliena el entorno, y más, porque Suzy y Sam son dos personas muy particulares pero a su vez muy comunes  a todos, siendo siempre el deseo humano de hacer la diferencia creyéndose normal.  El primer amor es el trasfondo, el asumirse como niños problemas, el magma de tomar la existencia con fuerza y espontaneidad, el ser yo en un mundo de limitaciones.

Y no son rebeldes sin causa, el amor les da una excusa para actuar como lo hacen, sin embargo es el deseo de salirse del mundo en que se hallan el que los une, y a su vez no estamos ante algo tajante y unidireccional, ya que se critica el adormecimiento de la pareja en el matrimonio más no este, como el capitán Sharp (Bruce Willis) anhela, o con los niños exploradores en que el jefe scout Ward (Edward Norton) se enmienda con una acción y recupera el sentido de su labor. Al igual que los binoculares que utiliza Suzy, Wes Anderson nos acerca una realidad afín a  todos los seres humanos, perder la intensidad en lo que queremos no es una opción a aceptar y es lo que se lucha, sino buscar siempre llevarla con uno. En pantalla vemos dos chiquillos inteligentes, que en su huida leen, y que sobreviven en la intemperie, están preparados y ahí hay confabulación con ellos, y a pesar de que viene la tormenta no se intimidan, más bien muestran aplomo.

No hay un estado de conmiseración con Sam, que es huérfano y que se entiende sutilmente que eso también lo moviliza. Anderson prefiere la irreverencia infantil que las lágrimas melodramáticas, prima en él la comedia, por eso no se aguanta y al estilo de los scouts imitando sin peligro lo que sería el verdadero riesgo de escalar nevados  o sobrevivir en la selva, fabrica un matrimonio “falso”, del cual se rescata que es un compromiso con esa libertad puesta en práctica que enarbolan los pequeños, el recordatorio de un hecho valiente, que por chico, que aquí no lo es, no deja de ser importante, ya que es el prototipo, la esencia, el microcosmos de algo mayor, el que subyace y que mejor que a través de unos niños (el arte más flagrante de Anderson), la representación de lo puro y transparente, siendo la película de Wes Anderson la trasmisión del sinceramiento del que el cine se provee para conmover, incentivar o enseñar. 

miércoles, 31 de octubre de 2012

Halloween 2012



Aunque el 31 de octubre se celebra el día de la canción criolla en el Perú en un aire nacionalista, no podemos faltar a esa cita tan entretenida con una fecha universalmente conocida, el día de brujas o halloween, y es que no se puede evitar reconocer que Estados Unidos sabe entregar cultura popular al mundo. Mientras algunos van de fiesta de disfraces, los niños salen a pedir caramelos con la frasecilla de dulce o truco, los asiduos al séptimo arte podemos disfrutar de maratónicos visionados de películas de terror. Para la ocasión Nenúfares efervescentes recomienda 10 filmes para pasar miedo con los más famosos subgéneros del cine de terror, entre clásicos, películas de culto y otras particulares de distintos rincones del planeta, para disfrutar de esa noche en que fantasmas y brujas deciden celebrar, y nosotros divertirnos con ellos.


Haute tension (2003, Francia)
Alexandre Aja nos dio éste filme gore con la actriz Cecile de France, una de sus mejores películas para ella, y su punto más alto para él que lo hiciera famoso en el género. Un filme que guarda 20 minutos finales inconmensurables en que da un giro sorprendente a un nuevo subgénero de terror. Nunca podrán separarnos es la frase que define la trama, mezcla de violencia y sexo, sadismo, excitación, desmedido afán de posesión. Un slasher despiadado que hasta inventa un arma en un garrote con alambre de púas. Un asesino en serie que persigue mujeres llega en su camioneta a una casa descampada en el campo, toca la puerta y empieza a matar, en el lugar en que dos mejores amigas van a visitar a la familia de una de ellas. Sobresaliente protagonismo de la dupla de actores en dos caracteres enfrentados, de France y Philippe Nahon, este último yace en un tipo vulgar vestido con overol, botas de minero y gorra de béisbol, da la imagen de fuerza y salvajismo que se espera de alguien desquiciado pero frío y engañosamente ecuánime, ella parece una heroína salida de Prueba de muerte (2007). Destaca un tercer personaje, Alexia (Maiwenn), reducida a escombros en un aire de áspero e implacable desasosiego, bajo una humillación extrema que parece una muestra demencial y moderna de esclavitud. Un filme directo, rudo, sencillo, de pocos diálogos, muy fácil de digerir salvando la exposición descarnada y trepidante, entretenido, en un despliegue de ocultamiento, escape y contraataque.



El páramo (2011, Colombia)
Un filme de mucho suspenso en que nueve comandos del ejército colombiano llegan a un puesto militar abandonado que parece haber sido atacado por la guerrilla en un páramo. Una vez en el lugar encuentran una extraña sobreviviente de aspecto degradado y atemorizador tras un muro que advierte el temor por algo sobrenatural. En adelante cunde el miedo, el desorden y la muerte. Un filme en que el director Jaime Osorio Márquez ha sabido brindar justificación para generar realismo en la progresiva eliminación de los soldados, hay creatividad y ambigüedad en lo que acontece. Existe un ritmo que mantiene tensión en un clima de sorpresas en medio de sombras, de neblina, de oscuridad, mientras surte efecto el generar un background paranormal, pagano y supersticioso. ¿Es un karma el que están pagando? Parece la pesadilla de algún militar que ha cometido crímenes en la facultad que creen tener en la guerra. Ayuda mucho la atmósfera que se vive, el carácter de misterio, de abandono, de estar aislados, en un lugar destinado al envilecimiento, a los temores, a los excesos, a la sobrevivencia. El enemigo resulta muy natural habiendo un audaz juego de expectación, gracias a algunos artilugios claves. Se rompen los elementos que definen las fuerzas armadas, disciplina y sentido de grupo. También hay mucho contexto con sangre y cadáveres, mientras hay una normalización de los militares, el temor se vive en otro nivel de pensamiento, los efectos visuales están en el entorno más que en los protagonistas. Resulta un juego mental bastante interesante.



Livide (2011, Francia)
Un filme que apela a los miedos más viscerales, dentro de un aire de deja vu, de estar ante algo visto pero mezclado para que se vea original, no logra adjudicarse una trama ingeniosa aunque creando sobresaltos primarios es donde está su fuerte y por ende la recomendación. Inquietan las cruces en el cementerio, la desaparición de varios niños, el encierro en la mansión, el perderse en el interior, los fetos enfrascados, juguetes moviéndose, las muñecas de porcelana rota, taxidermia, un aire clásico en el inmobiliario, una muñeca humana que parece estar embalsamada y eso es solo el comienzo ya que el misterio aguarda. Los directores galos Alexandre Bustillo y Julien Maury ponen a tres muchachos de la clase trabajadora a buscar un tesoro en una vieja casona donde hay una anciana en coma postrada en la cama con una llave desconocida, van a un lugar tenebroso que pronto les hará arrepentirse de haber entrado.


La casa muda (2010, Uruguay)
Una muchacha que va con su padre a reparar una casa de campo entra en pánico y en shock cuando descubre que en la vieja casona hay un criminal, anticipándose un antagonista a enfrentar, como a su vez a la muerte. En medio de la noche con un farol en la mano recorre el inmobiliario descubriéndose que guarda una relación oscura, sexual y trágica en relación a ella en que una perdida subyuga su pensamiento. Un filme un poco tramposo descubriéndonos quien está detrás de las muertes, que tiene más lógica si se puede ver como que no es lineal lo que observamos (pegado a lo surreal), pero como parece seguir el tiempo real (salvo que sea solo una técnica), entonces se nos esconden y dificultan muchos detalles. La película consta de una única larga toma en que se va hurgando en el lugar al pasar de un aposento a otro. En una historia de suspenso en que el espacio desconocido se va abriendo al espectador y a su caminante, en que la luz nos va guiando presagiando lo inesperado en cualquier momento, con un toque enigmático ya que está basado en un caso de hechos reales que no se ha resuelto. Un filme muy bien dirigido que economiza sus recursos pero los magnifica en la trama, se van haciendo claves en el detalle, sugerente, poniendo el miedo en la sensación de peligro y misterio del ambiente, parece muy convencional pero su forma de poner algunos toques paranormales y psicológicos le da un alcance múltiple, mayor. Sencillo y minimalista el trabajo del director Gustavo Hernández pero aun así en parte críptico. Dosifica el tiempo sin repetirse, una virtud viéndose que todo gira en el interior de una casa, por sus rincones, habitaciones y pasajes, como el título nos refiere, la que guarda secretos. Florencia Colucci se mantiene gritando, asustada, llorando, lo que crea una atmósfera de inquietud constante, habiendo una iluminación base que hace tenebroso y mínimo lo que se observa al andar. Una apuesta muy inteligente en su estructura que sabe construir un filme con precisión formal aunque coqueteando con la ambigüedad. Sin mucha sangre ni grandes efectos especiales, generando un estado de alerta en la imprevisión y el hallazgo.


Jigoku (1960, Japón)
Clásico de culto de tierras niponas que ha servido como inspiración a otros cineastas, perteneciente a Nobuo Nakagawa, en una propuesta extravagante, personal, excesiva, una revisión budista en donde podemos ver fácilmente emulada la divina comedia, abocándose al infierno. Un hombre correcto se deja influenciar por un amigo –un Mefistófeles asiático cínico, teatral y burlón- y pronto entra en una carrera de pecado que incluye el asesinato; tras la figura de alguien bondadoso pero manipulable afloran graves faltas que son provocadas sin intención, este se rodea de mucho drama y una flagrante mala suerte, y es que parece la humanidad destinada al infierno (rige la frase de quien esté libre de pecado que tire la primera piedra), una mundanidad afectada al interés de exaltar el defecto humano. Tiene entre varias particularidades que en la segunda parte no existe casi trama, se llena de una visualidad abrumadora, cundiendo el terror de un sadismo naif. Una película donde nadie se salva del castigo, doctores de mala práctica profesional interesados en el dinero, policías y periodistas corruptos, militares fratricidas, adúlteros, alcohólicos, promiscuas, suicidas que caen presas de un mundo ultra terrenal en que se dedican a sufrir y nosotros literalmente a observarlo. En ese submundo el protagonista principal busca salvar a su bebé mientras atraviesa los 8 círculos del infierno. Un película de rasgos muy de cine B donde te chocan los cromatismos de la pantalla, hay lugares comunes en dobles a propósito como con Yukiko y Sachiko, algunas muertes lucen falsas –la caída del puente- aunque otras son de amplia estética (el yakuza sobre el charco de agua), hay sabor a telenovela barata –la madre infiel confesando una hija oculta, otra progenitora enloquecida repitiendo el nombre de la hija muerta-  o hay aspectos incongruentes y repetitivos en la trama. Hay una sensación de imperfección notoria pero también por todo ello se luce como un filme muy libre y audaz, vastamente estrafalario y curioso dando una versión original al cruzar el río Sanzu y pasar hacia el juicio del fuego eterno.


El pueblo de los malditos (1960, Inglaterra)
Un clásico del cine de terror en toda regla, convencional, ágil y elegante, dirigido por Wolf Rilla, y que tiene un arranque espectacular y misterioso, creando un contexto en que unos niños alienígenos han nacido intempestivamente de madres humanas pero de dudosa paternidad en un pequeño pueblo ingles llamado Midwich. Llevan cabello rubio platinado, les brillan los ojos y tienen un coeficiente mental superior al normal con poderes telepáticos, lectura de la mente e hipnotización. El filme tiene una estructura muy bien planificada y hábilmente expuesta pero le falta un aire de pavor en sus postulados ya que tiene un aire inocente e inofensivo (aun provocando muertes, muy cuidadas y sugeridas), pero como historia de aventuras es muy original y entretenido. Sobresale el actor George Sanders que como científico más que como padre de uno de los niños cree en el poder superior del intelecto pero luego se da cuenta que mal encaminado e incontrolable representa el miedo que produce lo desconocido. Hay una notoria lectura simbólica sobre la raza aria en la etapa nazi, sobrevuela el temor que desató en la segunda guerra mundial y su nefasto desarrollo, que nos retrata la inteligencia al orden del mal. Se trata como un fenómeno general que compete al mundo. Es muy audaz ver a los niños temidos como si fueran una especie de monstruo de Frankenstein, y es que en ningún momento sus apariencias pequeñas se vuelven una carga para su exterminación ante el temor que desatan, hay noción de que son el enemigo y aunque ellos dicen solo defenderse no conocen la moral, tienen sus propias reglas. Es una clara revisión histórica en clave. Predominan las ideas del aislamiento y el rechazo a lo diferente. Un filme inteligente en su profundidad y claridad aunque guarda varias elipsis, que quedan fuera sin problemas. Sumamente entretenido.



Thirst (2009, Corea del Sur)
Uno de los nombres importantes de Corea, Park Chan-wook que nos trae una historia de vampiros, con la actuación de Song Kang-ho como un padre católico que quiere sacrificar su vida por la humanidad y que termina en una vuelta de tuerca no pudiendo controlar el instinto de pecado una vez enamorado de una mujer casada que lo arrastrará a la corrupción. El cineasta surcoreano mezcla un gore implacable de constante exposición con el humor negro, dos rasgos muy propios del séptimo arte de este país. A su vez nos conmueve con una historia de amor en medio del salvajismo de la naturaleza. Ella pretende ser un zorro tras una gallina mientras él es un hombre con dudas existenciales. Se mezclan paradigmas, hay una lucha interna entre lo que uno representa. Se rompen límites en fondo y género, pronto se confunde el bien y el mal, las apariencias caen por falsas y sin embargo la primera muestra de afecto en la entrega de los zapatos engloba el concepto. Un filme sobre la enajenación de la pasión donde la muerte es secundaria. No espanta en absoluto aunque hay que tener un estómago fuerte, entretiene en otro nivel sin adscribirnos a un único lugar, generando emociones encontradas entre rechazar o aceptar a la pareja protagonista y es que a fin de cuentas no hay rótulos contundentes sobre ellos, van hacia adelante y atrás pudiendo redimirse o seguir cayendo, un canto de excesos visuales grotescos en un aura de despreocupación, con comedia, sensibilidad, irreverencia, intensidad, muy en el estilo que tanto entusiasma a los seguidores del cine surcoreano.


Viernes 13 (1980, Estados Unidos)
Uno de los slashers capitales del género, explotado hasta la extenuación, que tiene un origen de culto. Un campamento llamado Cristal Lake vuelve a abrir sus puertas a un grupo de jóvenes tras algunas muertes sin descubrir el culpable, las cuales aluden al ahogo de un niño llamado Jason Voorhees. Se habla de una maldición que no intimida a los aventureros dispuestos a divertirse y a tener sexo, y como resultado se da un despliegue implacable de desaparecidos en medio de la incomunicación mediante el ataque con objetos punzo-cortantes. Uno a uno será presa de un asesino oculto en el bosque al cual solo vemos en el desenlace. Se hace un poco inverosímil al final, sin embargo el misterio alimenta la razón de las muertes. El filme es menos visual que muchas de las otras realizaciones que vendrían después pero en la línea de la música de identificación que antecede al pánico, los gritos, un destino firmado y un final abrupto no tiene pierde, resultando de visionado obligado. Una reliquia del pasado que ha perdido fuerza con el tiempo ante un embate mucho más sádico, más explicito, más detallado y más crudo dentro del avance del cine de terror pero que entraña cariño por un subgénero que se creó a su vera. Recuerda en parte a Psicosis (1960), siendo curioso que sea más una introducción en toda regla, una apuesta visionaria, que algo literal. Mantiene la invisibilidad del ejecutor, lo que le da prioridad a los asesinatos, haciendo gala del fuera de cámara, para enaltecer misterio, sorpresa e impacto, desde cada acto hasta la conclusión. Mientras en el trayecto proporciona el esquema que forma las estructuras de los filmes de la saga, está primero el tonteo de unos veraneantes jóvenes, alegres y lujuriosos (la resonancia sexual es parte ineludible), y luego una matanza paciente, de persecución en descampado, personalizada, bajo reglaje, omnipresente  y de feroz culminación. Vemos entre los muchachos al actor Kevin Bacon y no es precisamente el héroe. En esencia hay una intrascendencia general, es el ambiente de los jóvenes que pagan por su libertad mientras el filme yace dispuesto para que predomine la acción que se explaya en tan solo un día. Estamos ante un entretenimiento puro y duro.


Session 9 (2001, Estados Unidos)
Terror psicológico con Brad Anderson (El Maquinista, 2004) que nos pone en los arreglos de 5 trabajadores en un manicomio abandonado. Sobresale Peter Mullan como el jefe de operaciones de la restauración que yace deprimido por problemas personales, mientras hay roces en su equipo y se descubren intereses propios. Sobresale un ambiente rápidamente enrarecido y expectante, habiendo conversaciones curiosas sobre el recinto y los distintos pacientes. Prima la presión mental en el espacio habiendo una fuga con el pasado del lugar. Trama que va en paralelo con otra sobre personalidad de desordenes múltiples, de ahí proviene el nombre del filme, sobre las sesiones que tuvo un enfermo homicida con su psiquiatra que interesa a uno de los trabajadores que escucha sus grabaciones, inquietan las voces moduladas de distinta forma en el confesor tras la hipnosis. Una propuesta de bajo presupuesto que se ha convertido en un filme de culto y que para la crítica americana yace entre las mejores del género. Posee realmente una argumentación sencilla de un trato en medio de un lugar intimidante que apuesta al golpe en el desenlace. Le pesa un poco la fama pero genera mucha expectativa saber en cómo y cuándo se va a desencadenar el terror.


La cosa (1982, Estados Unidos)
Un filme muy famoso de John  Carpenter y del género en general en que se mezcla la ciencia ficción y el terror. Junto con Alien (1979) representa la película por antonomasia en el rubro. Se trata de que una nave espacial es desenterrada en el ártico por una expedición de noruegos, los que una vez que yacen alterados son eliminados, sin embargo sobrevive un perro al que daban caza que carga con una terrible sorpresa, un ente extraterrestre capaz de imitar las células vivas y metamorfosearse en cualquier ser vivo quiere propagarse por el mundo. Activo y sencillo demuestra mucha supervivencia en una lucha por la supremacía en ese espacio que puede decidir el devenir de un apocalipsis. Se mueve el filme en un perímetro cerrado y desolado que crea una sensación claustrofóbica donde parte de la salvación proviene de un descubrimiento primario del ser humano. Los que padecerán esa amenaza inmediata son un grupo de investigadores científicos y personal del gobierno americano. Mientras cunde el misterio tras quien puede ser el enemigo empiezan a desaparecer uno a uno en medio del temor y un caos que quiere evitarse, más resulta inevitable, The thing se propaga y se esconde con astucia. Este no demuestra ningún tipo de comunicación racional sino está para dominar, antes destruir, a los seres humanos, es un animal de depredación. Sobresale Kurt Russell como el piloto que toma la batuta y empieza la búsqueda, desplegando estrategia, defensa y contraataque; por él la escena en que aparece un bicho intempestivamente me causó un sobresalto. Hay un aire en el monstruo de cine B, que nos recuerda al asco de La mosca (1986) de David Cronenberg. El filme se divide en que Carpenter da una explicación científica en la primera parte, expone en toda pantalla al ser alienígena en sus fases, conformación y transformaciones, hay mucha honestidad en ello, y luego en la siguiente juega al gato y al ratón, propagando la locura y la desconfianza. Brilla la tensión en el ambiente, bajo un aire gélido y mucha acción. Adrenalina y miedo asegurado.