lunes, 10 de diciembre de 2012

Pieta


La triunfadora del Festival de Cine de Venecia, uno de los más importantes y respetados festivales del mundo. León de oro 2012. Su autor el surcoreano Kim Ki-duk retorna a los grandes reflectores del séptimo arte con ella, luego de un lapso de cierta indiferencia hacia su obra, al tiempo de haber cimentado una reputación entre los críticos más audaces que veían en su personal mezcla de lirismo y violencia una de las más sugerentes cinematografías que existen. Kim Ki –duk lleva esta vez el estandarte del mejor arte de su país, anclado a las constantes de oriente, y aprovechando nuevamente ese leit motiv que ha hecho famoso y distintivo al cine coreano, la venganza.

Dotado de un notable sentido de la historia, planea su estructura milimétricamente y nos entrega una trama en que un hombre sufre hasta la locura por amor, el materno, una vez que este ser muy frío y cruel encargado de dejar inválidos a deudores de un jefe prestamista recupera el tiempo perdido y se topa con la progenitora que lo abandonó al nacer. El guión espolvorea algunas ideas recubriendo la propuesta de un toque de ingenio, el que persigue la obra presente con flagrante ahínco, además de un desenlace apoteósico muy propio del cine en que se adscribe. Sin embargo el control y la precisión que se persigue hacen prever el final, saber que es lo que esconde, aunque teniendo en cuenta que parece consciente de ello y entra a tallar la duda de la manipulación, la locura y la redención en el dolor que hacen redonda y efectiva la realización.

Estamos ante un cuento con mensaje donde se le hace sentir a un ser humano malvado lo que hace con sus semejantes, se transforma en lo que provoca, una invalidez mental que aprisiona su corazón y lo doblega, lo hace sentirse débil. Su error no es el de pedir un dinero que se multiplica ante el crédito en diez veces su valor y que hace pagar el precio que en cada familia repercute, habiendo suicidios y viéndose que los seres queridos quedan lastimados para siempre, sino el de sentir afecto por alguien y depender de ello, volverse vulnerable hasta perder la cabeza, lo mismo que mueve a cada deudor a hacer un préstamo, como el del padre que quiere ofrecer dos manos para obtener dinero para darle una buena vida al hijo por venir.

Paradójicamente el odio que ha sobrellevado siempre el protagonista ante la dureza de su existencia y su soledad lo mantiene en su lugar pero en cambio el amor lo pone frente al paredón de la justicia regida no por ley pero si por el hombre, esa que pervive en la Piedad, alusión de Kim Ki-duk a la monumental escultura de ese genio llamado Miguel Ángel, en que la virgen llora el sufrimiento de su hijo, Jesucristo. La piedad que clama esta nueva María terrenal e imperfecta no llega nunca por el verdugo, se esquiva rotundamente y como en una nueva interpretación de la historia no queda más que la lección en la propia carne que castiga al que es ciego de sus actos, siendo el dolor que infringe en el amor la repercusión que se pone en pie, un espejo que regresa desde el otro cauce.

Kim Ki-duk logra que la relación maternal tenga visos de atracción sexual en medio de cierta natural violencia, inconsciente pero muy en la orden de un Edipo más carnal, la madre masturba al hijo dormido, se come un pedazo de su cuerpo, es vejada y violada ante la incredulidad, paga por ser aceptada queriendo ser parte del monstruo que el tiempo y el mundo ha creado ante el abandono, y que solo importa como un ser individual. La biografía queda mermada ante el acontecimiento del presente, el matón Gang-Do (Lee Jung-Jin, que expresa en su rostro su papel) se ajusta a la historia, en que es monotemático, primitivo, y solo entiende en el sacrificio, una vez que procesa que uno es secundario frente a otros, en una mirada menos egoísta y egocéntrica del mundo, justamente reflejada en el cristianismo.

Kim Ki-duk es muy ágil en crear el vínculo materno sin que quede endeble, y ayuda mucho el dramatismo gestual de su intérprete, la actriz Jo Min-Su, siendo muy importante para perpetrar su historia; tampoco requiere de muchos datos, se enfoca en la fuerza de sus personajes, que son primarios, y por ende inteligentemente explotados como emotivos y expresivos. El contexto de los pequeños puestos metalúrgicos o industriales crea personalidad al conjunto dando la sensación de submundo, de un infierno de la clase trabajadora que puede ser interpretado con la dificultad de sobrevivir. Un espacio de pecado, muy humano. Un microcosmos de nuestra idiosincrasia general como toda buena arte debe poseer y el cine conoce bien. 

La violencia reina en la obra de Kim Ki-duk, no solo en los casos de los cobros indebidos de los futuros inválidos sino que recurre a un chocante proceso de transformación. Una vez asimilada la madre, amonesta al hijo pervertido (invirtiendo el dominio), en donde él en clara metáfora ni se da cuenta de su comportamiento, por eso en adelante es necesario que presencie el mal que ha ejercido, las consecuencias de su indolente quehacer cotidiano, para compararse, verse reflejado, pero sin marcha atrás, o quizá sí cuando ella se pregunta por el acaecer  de un extraño sentimiento, del que incluso Gang-Do llega a revestirse en un vuelco de desesperación en que pide de rodillas. La memorable imagen de los cuerpos echados debajo del árbol sembrado para las cenizas es el reflejo de una mutación y una fusión en que ya nada importa, el sentimiento ha doblegado a la razón.

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