sábado, 3 de octubre de 2015

La familia Makhmalbaf

Familia que tiene vasto prestigio en el séptimo arte de su país, Irán, e internacionalmente; tanto la esposa, Marzieh Meshkini, que es guionista y directora de cine, como las hijas, Samira y Hana Makhmalbaf, dos talentosas cineastas al cuidado de la larga trayectoria de su respetado padre, Mohsen Makhmalbaf, que cuenta con una veintena de películas en su haber.

La manzana (Sib, 1998)


El debut de Samira Makhmalbaf, que realizó a los 17 años, una película sobre el encierro de dos niñas gemelas durante más de una década que producto de ello actúan con mayor lentitud, infantilismo y asombro del mundo, de lo que la calle se abre como un abanico de oportunidades para ellas, que apenas se dan cuenta, en la idea de la libertad por sobre la rigidez ideológica y el miedo, ya que los padres adjudican su dura decisión a que la madre es ciega y temen no pueda cuidar de ellas como se debe y perder su honorabilidad, asunto que siempre sobrevuela sobre la existencia persa, de lo que inteligente y sutilmente se hace un pequeño estudio sobre la sociedad iraní desde un asunto humano y sensible hasta para el más retrograda.

La pizarra (Takhté siah, 2000)


Otra obra trascendental de Samira Makhmalbaf, con la que ganó el premio del jurado en el festival de cine de Cannes del 2000, y es su mejor película, la más compleja y profunda, sin perder su cualidad de cotidianidad, pequeñez e intrascendencia, su sencillez narrativa, pero en una propuesta en que asoma el compromiso político con los kurdos, bombardeados por Saddam Hussein durante la guerra entre Irak e Irán, y en que surge nuevamente lo humano, en una celebración hacia la profesión de maestro en que dos profesores itinerantes kurdos se mueven por separado, con dos grupos de desplazados alrededor de la frontera, uno con niños que trafican con lo que pueden, y otro con mayormente ancianos y sus familias. De lo que mientras casi todos se niegan a aprender, a escuchar, estos dos humildes maestros insisten en querer culturizar a su pueblo. Enseñarles a leer y a escribir para coger al mundo. Desde saber redactar tu propio nombre o trasmitir un sentido te quiero en algo material. En un quehacer cálido y mínimo, con aventura e inocente comedia.

Buda explotó por vergüenza (2007)


La gran obra de Hana Makhmalbaf, ganadora del premio especial del jurado en el festival de cine de San Sebastián del 2007, que realizó también a temprana edad, a los 18 años, y es una propuesta sumamente enternecedora (tanto como inteligente; el guion está a cargo de su madre, Marzieh Meshkini, en que se conjuga madurez reflexiva y espontanea frescura), viendo que está protagonizada por una niña, por Baktay de 6 años (Nikbakht Noruz), dentro de una prominente naturalidad, en quien solo quiere ir al colegio y aprender historias interesantes, entretenidas y bellas, pero el entorno político y social no se lo permite con facilidad, habiendo contratiempos simbólicos donde se presenta la dificultad de estar en una guerra entre los talibanes y los americanos, de vivir en un país conflictivo como Afganistán, todo expuesto desde el trato infantil, de unos niños que juegan a ser un bando y al otro, a amenazar con sepultar y apedrear hasta la muerte a los infieles o disparar contra los llamados terroristas, cuando Baktay muestra temple en unos juegos que tienen de inquietantes, radiografiando la sociedad en la que subsisten, enfrentándose a un mundo demasiado complicado, donde se trata de relegar a la mujer a la ignorancia y al pudor enfermizo (la belleza hasta es castigada por los fanáticos), además de que afluye la pobreza, los pobladores humildes viven en cuevas.

En Mohsen Makhmalbaf profundizaremos en tres películas importantes suyas que son interesantes de visionar, en degustar el cine iraní, auscultando un arte distinto al occidental, también valioso, con su cuota de riqueza personal, donde a veces parece que no existiera en realidad una trama en especial, sino meros pretextos de enseñar la sencillez vivencial y las costumbres de su gente.

Gabbeh (1996)


Donde hay una clara vocación de narrador de cuentos, atípico, conteniendo un toque leve de fantasía inmiscuyéndose en la realidad folclórica, como aquella magia en materializar los colores de parte de un maestro y guía protagónico, en el tío viejo que quiere hallar una esposa, que busca en el canto hermoso de un ave, destilando romance y poética, que invade todo el filme, como aquel de tragedia y de legendario que exuda la bella inspiración narrativa llamada Gabbeh que tiene nombre de alfombra persa, en relación a la alfombra artesanal de ciertas tribus. El meollo pareciera que fuera el amor frustrado por un padre dominante, en prolongar la demora de la correspondencia de un pretendiente, pero el filme apunta más bien a palpar la idiosincrasia de un clan, una región, la cultura, sus representativas manualidades y sobre todo su vocación de hacer volar los sueños y la imaginación, enseñando y provocando emociones a su paso, que van más allá de las edades o de cualquier limitación de poder.

El silencio (Sokout, 1998)


Nos remite a un niño de 10 años llamado Khorsid (Tahmineh Normatova), que vive en Tayikistán, que por encima de sus limitaciones tiene un sentido en la vida, auspiciado por un don, en la música, que llega hasta sintonizar con otras formas de oír lo que la mayoría no, trabajando afinando todo tipo de instrumentos de sonido, para ayudar a sostener su hogar y a su madre, sin embargo siempre llega tarde a laborar, y aunque amenazado de ser echado no puede contener su esencia y cuando toma el ómnibus –lugar de cotidianidad, repetición y mínima sorpresa- suele perderse en busca de la poética de su alma, anclada a la música popular, a la de las calles, que persigue como poseído, teniendo un gusto amplio, abierto a lo occidental, a lo universal, tomando forma con la quinta sinfonía de Beethoven. En el que es un canto de discreta superación, pero de una potente pasión, que retrata el quehacer y querer por el arte, la auto-referencia, por sobre el drama social, que el filme señala pero del que se escurre optimista sin mayores elucubraciones, aunque cargado de vitalidad y simpatía, como en aquel simbolismo claro del caballo flaco desbocado hacia la inmensidad de la “prodiga” libertad, más allá de sociedades como las de la URSS, a la que perteneció Tayikistán, o, desde luego, la propia iraní.   

Kandahar (Safar e Ghandehar, 2001)



Retrata el viaje de una afgana que radica en Canadá, partiendo desde Irán, a Kandahar, una ciudad inestable de Afganistán, encaminada por tierra, y en su propio ingenio ocasional, como en su ánimo de ganar tiempo, cuando Nafas (Nelofer Pazira) ya posee otras costumbres, más libres, occidentales, no obstante la necesidad la empuja y apremia, debiendo buscar a su hermana que con la caída de un eclipse piensa suicidarse, al cabo de tres días (un pretexto para conocer la realidad de éste país), por lo que Nafas emprenderá un periplo hacia el pasado, en medio del peligro y el difícil acceso, rumbo a una cultura cerrada, de burkas, múltiples esposas sumisas, honorabilidad y reglas estrictas de conducta contra el deseo y lo sensual, a una nación conflictiva donde los talibanes se pasean imponentes impartiendo su rigidez ideológica y bélica (vemos hasta un adoctrinamiento popular, un tipo de escuela de guerrilleros, de cómo ser talibán, dirigida a niños hambrientos), en medio de la pobreza y la necesidad, bien reflejada en el niño guía capaz de robar un anillo a un cadáver en el desierto o hacer lo que sea por dinero, tanto como lo que nos deja ver un grueso grupo de mutilados, por minas casuales, movilizados apresurados en sus muletas tras piernas artificiales que caen del cielo lanzadas en paracaídas por la cruz roja. Una imagen que marca un cariz social, al igual que uno político, tan potente en el filme. En una propuesta que exhibe el caos, el hambre (en un momento se confunde una enfermedad con la simple necesidad sanada con un pan) y la tensión latente de la zona, donde las costumbres sojuzgan y hay que sobrevivir como se pueda, véase el ingenio del afroamericano nacionalizado árabe escondido tras una barba postiza. De lo que uno pudiera pensar que es un viaje triste, cargado de dramatismo, pero más bien es notablemente reflexivo pero tranquilo, en un estudio atento y curtido de la idiosincrasia nacional, pero con un cariz de aventura, emoción, imprevistos, levedad y entretenimiento. En donde hay la búsqueda de plasmar el sentir del aprecio por la vida, a manera de bitácora de viaje, como perfectamente lo simboliza el amor fraternal y todo el esfuerzo y riesgo que circula en ir a Kandahar.

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