martes, 13 de octubre de 2015

El cine de Majid Majidi

Un cine hermoso, tal cual lo acabo de decir, profundo emocionalmente, que sorprende que no sea más famoso de lo que es, ya que exuda la misma nobleza de los grandes nombres del mejor cine sensible y humano como Yasujirô Ozu o Satyajit Ray, aunque ellos ya pasaron a mejor vida, dejaron una larga carrera y han sido estudiados a fondo en el reposo del tiempo, como que quizá tenían mayor complejidad en cuanto a conseguir lo sentimental, aunque el iraní Majid Majidi no solo es potente, cuajado y seguro de sí, sino que revela aparte de arte, tramas con continuas novedades en una estructura harto activa, donde su nobleza brilla y cala, dentro de un grato entretenimiento particular, que no cae en la ñoñez ni en la idiotez naif, teniendo gran carga de sensibilidad, bajo momentos melancólicos, pobreza, necesidad material, dolor, sueños primarios, fuertes dramatismos, logrando conmover de forma transparente.

Niños del paraíso (Bacheha-Ye aseman, 1997)


Descubrir su filmografía es ver cintas notables como la presente que es la más famosa de sus obras, que fue nominada a los premios Oscar en 1999, en que un niño pierde los zapatos de su hermana y temiendo que el papá le pegue y al no tener dinero éste para comprar otros, decide intercambiar en secreto sus únicos pares con su hermana, unas viejas zapatillas de deporte, turnándose para ir al colegio uno detrás del otro, con lo que se mete en nuevos problemas. De lo que el niño buscará ingeniárselas dentro de sus carencias, mostrando energía y optimismo, al mismo tiempo que exuda carisma y ternura infantil, como igual su pequeña hermana, en medio de gestos que dicen mucho. En una historia que implica compenetración desde un cariz aventurero más que de lágrima fácil (que hay, pero cuando uno se siente perdido momentáneamente, como niño), entendiendo la precariedad, pero asumiéndolo principalmente de forma valiente. Mezclando sencilla creatividad narrativa, tradición/folclore y empatía vivencial.

El color del paraíso (Rang-e khoda, 1999)


Un niño ciego proveniente de un hogar pobre representa un problema para su egoísta padre que no quiere gastar toda su vida cuidándolo y menos cuando anhela casarse nuevamente y está en nupcias, con lo que presenciamos una historia bastante emotiva, triste, en medio del encuentro con Dios, con un marcado mensaje religioso, digno de un ejemplo de vida a aprender, que muchos espectadores de cine arte pueden rehuir como el demonio al agua bendita, por no hallarlo contemporáneo a nuestra ambigüedad y proclividad a ser más tolerantes y complejos con las carencias, maldades y faltas humanas en pantalla, pero en la presente recurre a lo convencional, a la parábola,  y sale a flote una bella historia, conmovedora, porque tampoco es que haya que negarse a la mayor sensibilidad, a lo melodramático, a plasmar una especie de sentir de lo correcto y a los altruismos negados para cosechar el aprendizaje del amor incondicional, que de eso trata, y está bien hecho, rompiendo nuestros lugares comunes mentales.

Baran (2001)


Sobre la humanidad que se profesa hacia los refugiados afganos en Irán, que trabajan en construcciones, sin documentos, y son perseguidos por ello, como los propietarios son amonestados, habiendo un clima laboral muchas veces rudo, tal cual pasa con el joven Lateef (espléndido Hossein Abedini, vital, expresivo y muy natural) y el nuevo trabajador afgano que por su debilidad le es intercambiado y entregado el trabajo de mozo, llevando té a los albañiles, que Lateef tenía, y ante aquello le guarda rencor, sin embargo una vez que descubre que en realidad es una mujer, no solo cambia de actitud, sino siente atracción hacia ella, por la silenciosa Baran, y más tarde sabiendo de su realidad sufre y trata de ayudarle en todo, sin que se dé cuenta, invocando un enamoramiento bastante romántico que es un canto de poesía bellísimo, en que Lateef entrega todo de sí, no solo sus esforzados ahorros de un año, sino su tiempo, su seguridad personal y, desde luego, su corazón, hasta mostrar momentos poderosos desde lo sencillo, como verla caer al agua tras un pesado trabajo y derramar lágrimas observando que la necesidad la empuja  a una vida de mucho sacrificio familiar, que refleja la existencia afgana de cara a un extranjero que en primera instancia no ve su padecer, y termina generando instantes memorables de solidaridad general y amor individual, como ver que se le sale un zapato al pisar un charco de barro, y entonces echa a correr fuera de su escondite a recogérselo, ponérselo delicadamente, y verla partir en silencio, en su burka, entre miradas que lo dicen todo.

Sus últimos filmes también son bastante buenos.

El sauce llorón (Beed-e majnoon, 2005)


Es la trama de un hombre de 45 años, profesor de literatura, que está ciego desde niño, y en medio de un viaje a Europa por nuevos tratamientos, y un ruego sentido a Dios, recupera la vista, pero en lugar de agradecer a su entregada y leal esposa, y a su amorosa madre, reniega de una lástima imaginaria, y de haber desperdiciado su vida estando ciego, incluso critica su profesión, aun teniendo un hogar acomodado y confortable, con lo que se transforma en otra persona. En la que es una historia de oportunidades desperdiciadas, como en la obra de teatro de La vida es sueño. El filme tiene grandes momentos, aparte de sutilezas como en el asomo de la infidelidad como en una postal romántica de múltiples percepciones; véase cuando Youssef (Parviz Parastui) descubre que puede ver en el hospital, en una exhibición que tiene un aire de cero glamour y poco acomodo que suma notablemente y equilibra solvencia en el conjunto; o cuando nuestro protagonista descubre en las peores condiciones que ha actuado equivocadamente y entra en un estado de lucha a la vera de intensa lírica, en la que es una propuesta de claro orden religioso o de exaltación de valores, que critican la mala existencialidad.

El canto de los gorriones (Avaze gonjeshk-ha, 2008)


Nos cuenta sobre un padre bastante humilde, híper carismático –de aspecto del que cuántos ya quisieran ser tan naturales- y todoterreno (Mohammad Amir Naji, que ganó el oso de plata por su performance, en el festival de cine de Berlín del 2008) que expulsado del trabajo, de vigilar el cuidado de avestruces, tras la pérdida de uno (en que hay un momento audaz en el disfraz de una de éstas aves en plena imponente cima), no sabe qué hacer para mantener a su amada familia, en especial tras malograrse el costoso audífono de su hija mayor que es sorda, habiendo además una pequeña trama de uno de sus hijos pequeños que quiere llenar de peces un estanque abandonado, de agua sucia empozada, como un sueño infantil personal, que además es colectivo con sus amigos, y que repite gags e intenta otros instantes de emotividad (en un filme que bascula entre aciertos y cierta fallas, pero gana en virtudes, como le pasa a El sauce llorón). Karim, el padre, solo tienen una moto básica como mayor pertenencia material, y pronto de la casualidad esta le servirá para sobrevivir, para llevar dinero a su hogar, con lo que pasara por mil y un peripecias en un Irán urbano, poco visto como muy contemporáneo, en un protagonista que implica comedia, tanto como meditación melancólica, en esos silencios expresivos que tan bien maneja Majidi en su obra. En un periplo por el trabajo casual e independiente que desnuda la imperiosa necesidad y la firmeza de lograr subsanarla.

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