lunes, 19 de octubre de 2015

The Duke of Burgundy

El tercer filme del británico Peter Strickland es igual de interesante que el segundo, Berberian Sound Studio (2012), en un autor que uno confiesa alegrarse saber más de él, seguir su filmografía, porque está llena de arte e ingenio, como ahora que retrata la relación lésbica de una mujer de mediana edad llamada Cynthia (Sidse Babett Knudsen) que es la dueña de una bella y enorme casa como de estilo colonial, en medio del campo paradisiaco, y de Evelyn (Chiara D'Anna), su supuesta joven ama de llaves, en quienes comparten fantasías sadomasoquistas, en el anhelo vehemente de Evelyn de llegar cada vez más lejos en sus apetencias sexuales, rozando o invocando hasta la muerte, con lo que esa música de apertura romántica, feliz e idílica, de belleza naif, cuando Evelyn llega en bicicleta a casa es el anuncio del juego que plantea constantemente la película, la dialéctica del hedonismo, y la de los sutiles contrastes, difuminado la noción de realidad con cierto surrealismo (como el más notorio momento el de aquellas mariposas volando y llenando la pantalla con su aleteo frenético hacia la imagen de la visión vendada de Evelyn, que yace como conducida por estos insectos con los que se les relacionan a la pareja de amantes en el comportamiento, debilidad, poder, estados de invernado, concepto de crisálida, etc., hasta llamarse por sobrenombres técnicos de ellas, viendo que el título atañe a una especie en particular; u otro como el de la fantasía del encierro en el cajón y el ataúd en el bosque donde llegamos a ver un cadáver, el límite traspasado que por una parte mortifica y apena a Cynthia, que es más convencional y prefiere una relación menos extravagante), intercambiando papeles de dominación y sumisión entre ellas, borrando los límites a medida que profundizamos, cuando vemos que en realidad la que impone su deseo es Evelyn.

La propuesta trabaja mezclando la fantasía sexual que ellas tienen con lo que es real en sus  vidas, preguntándonos hacia un punto en cuanto vemos ¿dónde termina o comienza el cuento, la ilusión, y dónde los hechos verídicos?, incluso indagamos por una parte por los tiempos de las acciones, ¿hay algo fatal en la historia, implica culpa y pasado, secretos?, de lo que trata el filme de confundirnos, engañarnos, sabiendo Strickland controlar éstas formas tan plásticas y etéreas, en medio de una estructura y edición que no solo atañen estilo, sino mucho misterio y ambigüedad, en la repetición de la llegada de Evelyn (¿un “nuevo” juego o un recuerdo?), como de ciertas escenas de control y placer sadomasoquista, pero que a veces presentan pequeños cambios, nunca se gastan, por más que vuelven una y otra vez, en gran cualidad de explotación, tanto visual al igual que como trama en que la repetición jamás oprime, no se siente una falta, por más que sorprende su firme redundancia.

El filme apela a la originalidad narrativa, engrandeciéndose con su detallismo, hiperbolizándose, aprovechando el movimiento de sus pocas escenas, de lo que en una lectura básica simplemente fuera una relación lésbica complaciéndose mediante actos sadomasoquistas de ama descontenta con su criada, a los que aún no están acostumbrados, develándose como una rutina y aprendizaje, explorador por un lado, y complaciente por el otro, en que el amor predomina, no habiendo escenas sexuales explicitas, pero si sugerencia potente de aquello, hasta perpetrar la necesaria extrañeza, tanto como en la atmósfera que tan bien sabe crear el autor inglés, complementada con la entomología, de lo que sabemos que Cynthia es doctora, y Evelyn aprendiz de su estudio, como con la recreación del sonido que emiten algunas mariposas investigadas, o mediante su continua presencia en marcos y agujas de exhibición, dando un toque raro al filme, que es la idea general, el de un cine arte con personalidad, desde lo mínimo pero identificable, rotos lo límites de realidad, por la fantasía y ensoñación del deseo, y a través de varios niveles de dominación, que hacen un estudio de consumada explicación cinematográfica de lo sadomasoquista, apelando a una elegante y fetichista sensualidad.  

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