viernes, 7 de junio de 2013

Mekong Hotel

El director tailandés Apichatpong Weerasethakul tiene su grupo de seguidores fieles en el mundo como ocurre con los cineastas extravagantes a los que se les suele encontrar sustancia. Pero como se ve en su filmografía no es alguien que vaya a ser muy popular (no por ahora, no como va, cree y hace, aunque claramente es muy respetable en su honestidad consigo mismo, en defender su cosmovisión personal), ya que su arte es un cine raro y ciertamente aunque original poco entretenido como solemos denominar a esa palabra comúnmente. Habrá quien te diga que es maravilloso y que no lo entiendes, lo que es normal porque le pasa a muchos aunque poco importa ya que la última palabra es personal y tampoco te puedes engañar, como tampoco limitar tu libertad de apreciarlo (que estamos seguros serán los menos y sobre todo si son realmente sinceros), pero lo que sí es verdad es que una vez conocido su trabajo empiezas a ver –como una iluminación- parte de lo que hace, ya que se suele “repetir”, tiene constantes, y en ese lugar cae su última película.

Mekong hotel es un documental que tampoco lo es al 100% sino que articula mucha ficción, la mayoría del metraje. Y no está mal en nuestros tiempos ya que el documental actual ha mutado y ahora exalta su subjetividad. El propio director sale entrevistando a un músico, y en adelante ante ese arranque nos acompañará siempre una guitarra acústica, hasta verlo nuevamente una vez más al compositor con la cámara estática por un tiempo muerto ante su humilde presencia en donde el sonido ha de hipnotizarte o abstenerte a su sufrimiento. Seamos justos, si bien no amerita tanta presencia, tampoco es detestable, la melodía tiene su hermosura. Pasada cierta molestia ante la repetida musicalidad que es bella pero cansina, pasamos a estar en general en una única localización, la del mencionado hotel Mekong que está a orillas del río del mismo nombre que es la frontera entre Tailandia y Laos. Luego la historia de ficción retratará a una madre con su hija junto con la interrelación de un vecino de ellas en el mismo espacio. La particularidad subyace en el retorno de una de esas constantes de Weerasethakul, se trata de los fantasmas y la reencarnación que ya vimos en su anterior película, la mucho indescifrable –si es que el director no sale a explicarla en alguna entrevista- El Tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas (2010, la que “insólitamente” fue palma de oro en Cannes). 

Otra curiosidad es que la concepción de los fantasmas del cineasta tailandés es distinta a la que conocemos. Y seguramente viene del folclore de Tailandia, un país muy místico y supersticioso. Pero concebida desde la singularidad de Apichatpong, que por algo es admirado y visto como único, siendo su cine independiente. No subyace como mainstream ni siquiera en su nación. ¿Cómo son entonces? Los entes en cuestión pueden convertirse en materia una vez que toman un cuerpo ajeno. Pasar por personas normales. Mientras son ocultas bestias carnívoras, tanto que se rumorea que se alimentan también de seres humanos. Muchos los consideran una especie de vampiros, ya que aman la sangre además.

El filme que debemos aclarar no es ninguna película de terror consta de algunas pláticas ordinarias, como encuentros casuales entre sus tres protagonistas, o algunas escenas donde salen convertidos en fantasmas, y otras trascendentes en amigable soltura. Como decimos, Weerasethakul vuelve a sus ideas base y se conversan sus pensamientos en sus personajes que miran a ratos a la cámara o se confunden dialogando y dando la espalda como parte del equipo de trabajo que subyace en medio del documental.

Uno de los temas es una hipotética inundación y destrucción de Bangkok ante algunos indicios exógenos, una ciudad privilegiada en el país que parece no tener la fuerza de otras provincias para subsistir ante semejante desastre. También se habla del pasado militar y un campo de refugiados para habitantes de Laos. Entre fantasmas, protección ante ello y reencarnación.

En su corta duración, el filme dura un aproximado de 56 minutos, se articulan bastantes sentimientos y se juega con diversas actuaciones aunque como es lógico son breves y no llegan a explotarse demasiado, hay lágrimas, risas, algo de discreta sensualidad, momentos meditativos, sinceramientos, algunos otros de salvajismo con pedazos de carne ensangrentada o con la historia ausente en lo visual de un perro agredido hasta matarlo. Ven televisión mientras comparten historias o yacen en sus cuartos o por el hotel. También hay imágenes de labores de jardinería y construcción (otros tiempos muertos y que remiten  a un esfuerzo de paciencia para con el espectador) en donde en general predomina una paz y tranquilidad alrededor (no faltan los estados contemplativos habidos en espiritualidad y reflexión meditativa silenciosa), incluso los ratos de aparente violencia son muy pasivos, muy dominables o crean esa impresión. Aunque hay conflicto existencial muy particular, la cualidad de fantasma resulta un peso importante algo inmanejable y torturador.

Finalmente la película termina con un encuadre de cámara que se fija en el río Mekong y lo que parecen motos de agua circulando por el espacio. En fin, es el entretenimiento que propone Weerasethakul que a cierto punto su rareza y algo muy personal que tiene que decir nos atrapa aunque no sea uno de nuestros cineastas favoritos. Para quien quiera verlo debería primero prepararse, atenerse al riesgo y a lo atípico, y luego apostar por sus mejores películas, las que creemos son las dos primeras. Misterioso objeto al mediodía (2000), su ópera prima, que es una especie de trama echa en el camino de forma espontánea por gente común que van tomando la posta como si fueran actores sin actuación. Y Blissfully Yours (2002), su mejor película, en que se puede entender lo que significa la felicidad desde el máximo sentimiento y estado del amor, que lleva imágenes explicitas sexuales, ritmo lento y presenta una historia muy sencilla en una narrativa de apariencia intrascendente que subyace dividida en dos partes, un antes en la vida dura y traumática, y otra romántica e idealizada en la naturaleza y la libertad. Mientras para otros puede ser Tropical Malady (2004), en las sencillas aventuras cotidianas y diario vivir de una pareja de homosexuales rurales tailandeses, y más tarde la complicada leyenda que se cuece en su territorio próximo a la familia de uno de ellos.

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