miércoles, 27 de enero de 2016

Verano de Goliat, Los Ausentes y Minotauro

El director mexicano Nicolás Pereda es un exponente del cine avant garde, que ha marcado su mayor reconocimiento con su filme Verano de Goliat (2010), con el que obtuvo el premio Orizzonti en el festival de cine de Venecia 2010, el de mejor película en la competencia internacional en el festival de cine de Valdivia el mismo año, y el Cinema of the Future en el festival de cine independiente de Buenos Aires 2011 (Bafici), que nos recrea algunas pocas historias rurales que nos hablan de cotidiana sobrevivencia, principalmente la del periplo emocional de una robusta mujer (Teresa Sánchez), abandonada por su marido, y el de su hijo soldado (Gabino Rodríguez), vago y hasta con algún aire delincuencial, dentro de un juego de apariencias.

En Verano de Goliat, Pereda, hace una docuficción sumamente austera – que incluye harta espontaneidad, como en aquellas entrevistas y sonrisas de los primos de Goliat, o con una mujer con sus tantos hijos-  donde el título de Goliat es el sobrenombre de un chiquillo de aspecto ordinario que cuenta con la leyenda y el misterio de haber matado a una novia, sin que nos remita a ningún castigo. El filme es sumamente libre en su ordinariez narrativa, sobrellevando una gran falta de trascendencia expositiva, salvando la de recordar de memoria una carta de pendientes que revela toda una problemática común de subsistencia, que resulta en escenas repetitivas, morosas y típicas de cierto cine arte, que no por ello no es que carezca de naturalidad y hasta de belleza escénica, en un retrato que esconde en su sencillez el mito de la oralidad y dígase además el primitivismo de un pueblo, el de Huilotepec, donde su gente yace abandonada a su suerte como en aquellas ventas infructuosas de libros didácticos, o en ese cargar por la zona de una maleta de ropa que simboliza la de un pesado, agotador y doloroso mundo a cuestas, donde por más que uno quiere termina como perdido, olvidado, tal cual implica ese río donde Teresa llora desconsolada. Verano de Goliat tiene mucho cuajo y relajo expositivo, a la par que se adscribe al cine social, pero desprovisto de una contextualización canónica, habiendo por su parte crueldad y amoralidad en la comunidad (de lo que no todo se juzga), tanto como alegrías y mataperreo, a la vez que muestra sufrimiento (alrededor del abandono por otra mujer, donde no nos entrega Pereda ninguna justificación).

Todo filme de Nicolás Pereda es un esfuerzo para cualquier espectador, como en Los Ausentes (2014), un cine social minimalista y arty, en que se trata simplemente de un anciano y de su otro yo joven que deben dejar su humilde hogar a orillas de una bella playa (tras ese simbólico esfuerzo, descenso y desnudo, destinado a plasmar el tiempo), con lo cual el cariz fantasmal sobrevuela hasta en ese estar juntos del joven (Gabino Rodríguez) y el viejo en el desenlace, sentados a la mesa alcoholizados, sin poder remediar nada, sin un futuro a la vista, como si ellos fueran toda la comunidad, olvidada e invisible al otro, o el último despojo, viviendo en la soledad de los quehaceres mínimos, siendo tan importante la pertenencia de una vaca, donde todo se ve tan humilde y simple, pero representa una vida, varias existencias (¿una falta de unidad?, ¿un llamado?), mientras la ley dictamina y los deja de lado, en una playa que exhibe chiquillos haciendo surfing (alegrías), mientras aquella demolición se hace tan detallista y expresiva, como ese armado supuestamente militar de un arma, una señal de poca fuerza, de aun bajo la apariencia de poder matar, implica más bien algo viejo y elemental, frente al cambio.  

Minotauro (2015) es apenas un esqueleto narrativo, en donde se pueden percibir tres lecturas, la de unos cuerpos que se echan a dormir de forma extravagante, con unos jóvenes protagonistas que yacen cansados en posiciones ociosas y poco ordenadas, como que se han desplomado como sea, y que dan a entender una abulia política, social y especialmente afectiva, dibujando una generación apagada, sin fuego en la sangre, una juventud sin apasionamiento. Por otro lado yace la frustración, representada en esas lecturas de rechazo en concretar un enamoramiento, darse tiempo de separación, no reconocer al otro, lo cual hablan de una línea general de detención del nacimiento de la acción, léase nuevamente política, social, partiendo de lo afectivo, lo cual es culpa, desde luego, de ese cansancio crónico que vemos en el rol de Gabino Rodríguez y sus compañeros de vivienda, que empieza con no recoger el vuelto de una pizza, en una exposición argumental de lo más insulsa. Por último tenemos a una empleada y a su hija cuidando de sus patrones, que parecen minusválidos, o son parte de otro tipo de ociosidad, abulia (¿un liderazgo o el Estado mediocre?), los dueños duermen todo el tiempo, no importa el ruido, mientras todo el trabajo lo hacen los empleados (mismo Pasolini, donde solo ellos están despiertos y funcionales, pero son quizá demasiado secundarios, o así lo creen), hasta verlos caerse y no poder levantarse, recogerlos, que indica a pensar en las clases sociales, donde todo el esfuerzo es del pueblo, que deben sostener a unos cuerpos débiles y dormidos, de lo que también asoma la perplejidad, la falta de comunicación, la pequeñez o el éxito en medio de ese letargo. 

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