sábado, 9 de enero de 2016

Rosa Chumbe

Propuesta que estuvo en el festival de cine de Lima 2015 y ganó el premio de mejor película peruana de la competencia oficial. Ópera prima de Jonatan Relayze que nos retrata como una mujer policía llamada Rosa Chumbe (Liliana Trujillo) descubre la redención, tras una vida caótica signada por el azar hasta el final cuando recurre a su última carta de salvación tras la mayor culpa que lleva a acarrear tras tanta falta y desinterés personal, que puede tener de casualidad pero más de lección de vida y ahí anida un buen argumento de porque creer en la religión, un lugar para ser mejor ser humano, que de milagros y resguardo espiritual.

Rosa Chumbe es una policía torpe, ociosa, mal vista en su comisaría, cuando la fuerza policial nacional no es que sea exigente con los atributos de su personal, seca (apenas habla), malhumorada y aficionada al “buen” ron y a los tragamonedas, quien en su hogar tiene la carga de cuidar a su nieto ante tanta ausencia de la madre, su hija Sheyla (Cindy Díaz, con una sub-trama a cuestas) que debe hacerse cargo de su también silenciosa, depresiva y conflictiva vida. 

Rosa Chumbe, que apenas dura 74 minutos, pone en pantalla pequeños momentos de brillantez narrativa, que denotan marcada intención pero que resultan interesantes con su infaltable cuota de audacia sobre todo, donde vemos que existen gestos y exigencias en personajes muy secundarios y hasta extras, que es algo que suelen descuidar ciertos cines, y da la sorpresa que roles bastante menores resultan interpretados muy natural y verosímilmente que dan la idea de un saludable detallismo en la propuesta, como que se escuche legiblemente conversaciones de señoras mayores en el ómnibus, que un niño junto a un amigo cantando por una propina pida le invite Rosa su plato de tallarines, que una empleada de limpieza reniegue ante el vómito que deja Sheyla regado en el baño, o que la caminata de Rosa en la procesión tenga tanta vitalidad y realismo chocándose con la gente y siendo empujada. Lo cual hace de sólido soporte e interesante contraste amalgamado con esa elipsis, sutilidad y minimalismo que exhibe el recorrido ordinario y diario de la protagonista, especialmente por la calle, en una narrativa central donde nada extraordinario parece pasar que no sea la clara imperfección de Rosa, sus monótonas y enfáticas fallas y carencias, sin que por ello tenga rasgos de unidimensional maniqueísmo, aunque es cierto que no es ningún ejemplo de amabilidad y sensibilidad, ni siquiera consigo misma, siendo claro que tiene una frustración existencial, un descontento general en sí, como se ve hacia su trabajo –con el mandado de hacer de empleada de la esposa del jefe de su dependencia policial- y hogar –con la hija mantenida, por una parte, y dándole dolores de cabeza-, sin embargo el talentoso Jonatan Relayze le pone a su vez cierta humanidad que crea misericordia del espectador, como verla renegar y gritar pero finalmente cuidar, sonreír, besar y cuidar de su nieto, más allá de su indiferencia natural, y la veamos caer al abismo absoluto, esperando lo peor de su próximo comportamiento, donde yace el gran giro del filme.

La putrefacción se matiza marcando grandeza, con lo que el filme gana mucho a su favor, imponiendo mítica cinematográfica con la procesión del Señor de los Milagros, y no es que uno tema ver la corrupción en todo apogeo, como que incluso aquí lo hay en ese aspecto en aquel hurto desesperado, pero la trama clama por luz en medio de tanta suciedad. Donde hay que acotar que la fe tiene de real, como esperanza, cambio o soporte emocional, distintas posibilidades, como cuando aparece el Gordo Casaretto de ángel premonitorio, sueño de alcohol y simpática ocurrencia.

El clímax y desenlace es ingenioso porque le da un sentido a Rosa, y es que en el disfrute coherente, argumental y bien trabajado se ve venir, dicho en lo positivo, porque Rosa de alguna forma nos tiene aguardándola. De lo que existe más que solo antipatía, brilla en ella cierto lado conmovedor, que viene de ser una perdedora en medio de un grito silencioso que se ve de lejos. Hasta la conmiseración mayúscula que llega con ese callejón sin salida, un dolor tremendo que carga hasta la apoteosis, y a esa vera la potencia del mensaje de la fe expuesto más bien en un fuera de campo que queda plenamente dibujado.

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