sábado, 9 de enero de 2016

Rosa Chumbe

Ópera prima de Jonatan Relayze Chiang que nos retrata como una mujer policía llamada Rosa Chumbe (Liliana Trujillo) lleva una vida caótica signada por el azar, hasta la desesperación cuando recurre a su última carta de salvación tras la mayor culpa que llega a acarrear tras constantes faltas y desinterés personal, que puede tener de casualidad pero más de lección de vida y ahí anida un buen argumento de porque creer en la religión, un lugar para ser mejor ser humano, que de milagros y resguardo espiritual.

Rosa Chumbe es una policía torpe, ociosa, mal vista en su comisaría, cuando la fuerza policial nacional no es que sea exigente con los atributos de su personal, seca (apenas habla), malhumorada y aficionada al “buen” ron y a los tragamonedas, quien en su hogar tiene la carga de cuidar a su nieto ante tanta ausencia de la madre, su hija Sheyla (Cindy Díaz, con una sub-trama a cuestas) que debe hacerse cargo de su también silenciosa, depresiva y conflictiva vida. 

Rosa Chumbe, que apenas dura 74 minutos, es un pequeño filme que pone en pantalla algunos pequeños momentos de "luz" narrativa, que denotan marcada intención pero que poseen su cuota de audacia, donde vemos que existen gestos y exigencias en personajes muy secundarios y hasta extras, que es algo que muchas veces se suele descuidar, da la sorpresa que roles bastante menores resultan interpretados muy natural y verosímilmente que son un buen detallismo en la propuesta, aunque humilde, como que se escuche legibles conversaciones de señoras mayores en el ómnibus, que un niño junto a un amigo cantando por una propina le pida a Rosa que le invite su plato de tallarines, que una empleada de limpieza reniegue ante el vómito que deja Sheyla regado en el baño, o que la caminata de Rosa en la procesión tenga tanta vitalidad y realismo, lo cual hace de sencillo pero sólido soporte y valioso contraste amalgamado con esa elipsis, sutilidad y minimalismo que exhibe el recorrido ordinario y diario de la protagonista, especialmente por la calle, en una narrativa central donde nada extraordinario parece pasar que no sea la clara imperfección de Rosa, sus monótonas y enfáticas fallas y carencias, sin que por ello sea unidimensional o maniquea, aunque es cierto que no es ningún ejemplo de amabilidad y sensibilidad, ni siquiera consigo misma, siendo claro que tiene una frustración existencial, un descontento general en sí, como se ve hacia su trabajo –con el mandato de hacer de empleada de la esposa del jefe de su dependencia policial- y hogar –con la hija que siente le es un dolor de cabeza-, sin embargo Jonatan Relayze le pone a su vez cierta humanidad que crea misericordia del espectador hacia Rosa, como verla renegar y gritar pero finalmente cuidar, sonreír, besar y cuidar de su nieto, más allá de su indiferencia natural, pero sobre todo observarla caer en el abismo absoluto, esperando lo peor de su próximo acto, donde yace el gran giro.

La putrefacción llega a matizarse en la narrativa, con lo que el filme gana mucho a su favor, imponiendo mítica cinematográfica gracias a la exhibición de la procesión del Señor de los Milagros, que lleva tanta fuerza natural e identidad nacional, y no es que uno tema ver la corrupción en todo apogeo (aunque el espectador de cine latinoamericano y el peruano ya esta cansado de ver sólo miseria, merece originalidad y variedad, también virtud, no eternamente cine social miserabilista), como que incluso aquí la hay en aquel hurto desesperado, pero la trama clama por luz en medio de tanta suciedad, donde hay que acotar que la fe tiene de real como esperanza, cambio o soporte emocional, distintas posibilidades, como que aparezca el Gordo Casaretto de ángel premonitorio, sueño de alcohol y simpática ocurrencia.

El clímax y desenlace es ingenioso porque otorga sentido, y es que se ve venir, dicho en lo positivo, porque este sentido nos tiene aguardándolo. Existe más que antipatía en ella, brilla un lado conmovedor, que viene de un grito silencioso que se ve de lejos, hasta la conmiseración mayúscula que llega con el callejón sin salida, un dolor tremendo que cargar hasta la apoteosis, y a esa vera la potencia del mensaje de fe expuesto -más bien, y mejor- en un fuera de campo.

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