viernes, 26 de octubre de 2012

Casadentro

La ópera prima de Joanna Lombardi es un filme que narra la cotidianidad de una anciana a punto de cumplir los 81 años, la señora Pilar (Elide Brero), que tiene la visita de su hija, Patricia (Grapa Paola), su nieta, Carla (la novata Anneliese Friedler), y la familia de ella (el marido de nombre Pedro –esquemático Giovanni Ciccia- y su bebé), mientras convive con sus dos empleadas del hogar, una anciana llamada Consuelo (Delfina Paredes, impecable como Brero también lo es) y una chica joven, Milagros (Stephanie Orué), y con el agregado de su perra de raza peruana llamada Tuna. Esos son todos los participantes de la trama y junto a ellos vemos de forma lenta o natural como se desenvuelven, tomando desayuno, aseándose, limpiando o simplemente preocupándose por nimiedades. Dentro de la historia solo hay dos conflictos menores, uno que Patricia desde su parecer se siente un poco excluida del cariño de su madre a costa incluso de sentir celos y fastidio de la mascota, y el otro que Carla no puede dar de lactar porque no tiene leche. Y sin más eso es lo que tenemos ante nosotros.

Si uno tuviera que hallarle virtudes al cine de Joanna tendría que decir que sabe poner en escena algo que es muy fácil de ubicar, de identificar y sentirlo como verdadero, pero como narradora de historias se queda muy corta, no genera ninguna expectativa -o esperamos y nunca llega "nada"- y no coloca fuertes emociones, si ver lo que hace tu abuela en su casa es algo entretenido estamos graves, creo que todos los mundos tienen algo que aportar y la curiosidad humana es grande pero de ahí  a interesarse por lo que tranquilamente podemos ver quedándonos a dormir en casa de algún pariente solitario y envejecido es muy diferente, y ni siquiera hay drama detrás, es solo la vivencia normal de alguien que yace anclado  a una etapa de la existencia y como todos yace normalizado, acostumbrado.

No quiero ser indolente ni indiferente porque esa anciana sufre por la ausencia de su propia familia y yace ocupada abogada al cariño de su mascota en ese estado de modestia en que todos estaremos en una época, hay una sensibilidad para con ese ser humano mayor, pero en el cine no estamos detrás de pasos tan sedentarios, tan desprovistos de alguna intensidad, tan abúlicos y sosos, no si no hay un fondo con mucha ambición reflexiva. No es regla generar efectos o artificios vacíos pero llamativos para generar estados de ánimos en el espectador, sin embargo tampoco darle un hueso con tan poca carne, no vamos al cine a ver desayunos, llamadas de atención por dejar la puerta abierta, enojos simples, frases como que rico está el pan señora y un sinfín de momentos sumamente intrascendentes. Incluso Joanna, se esmera en hacer sentir el peso de esa tranquilidad, con poca iluminación y en la monotonía del silencio (hay hasta un apagón muy simbólico con lo que experimenta uno como público en cierta medida), un único escenario en un casa antigua, diálogos acordes a esa simplicidad que por lo menos evita la jerga, y que repite hasta el cansancio la presencia del perro que cae hasta en la broma fácil de decir que la sopa que le gusta a Patricia es para el animal.

La anciana principal en dos momentos se queda meditabunda, uno cuando está a puertas de bañarse; sabe Dios que estará pensando y para ser franco ese pudo ser un buen tema a afrontar, más que la normalidad, acompañar en esa parte psicológica al personaje en su edad; y cuando se da cuenta que Ana, su hija predilecta no va a venir ni ha llamado en su cumpleaños, ella se queda  triste escuchando una declamación escolar de su otrora pequeña. No es que necesitemos llorar pero sencillamente, valga la redundancia, es muy poco lo que vemos, y es que si no quedas dormido a media película quieres meterle una patada al perro o a Patricia, una de dos que las dos caen pesadas. En lugar de pensar en sí, debió pensar en su madre, ser menos egoísta y llamar a la olvidadiza de su hermana para que le de felicidad a la anciana con un saludo o una visita dominguera, y también arreglar el televisor de la cocina, y no quejarse tanto de que todo esté bajo llave. Reflexiones chiquitas, familiaridad, eso tenemos entre manos. Una realización que ejecuta lo que quiere y muere en su ley, no es cuestión de técnica sino de guión, de generar algo más atractivo aun sin salir de la misma temática, no siempre lo sutil es interesante ni esconde grandes secretos, sino es casi el reflejo de cierto vacío, de ausencia, una simbiosis que peca de forma aunque pueda ser bastante coherente, y es que no somos tan desprovistos a estar sin que nos generen emociones, hay ideas por debajo generales importantes pero no se mueven más allá, es como quedarse en una cavilación muy velada -demasiado interior- que encima no infringe mucho daño, deprime abocarnos a ello pero tampoco se trata de rehuir al conflicto, contemplación ¿pero de qué? Del polvo de una casa, de la última etapa de la vida pero vista desde afuera, y al final hay mucha calidez si se quería pretender dolor aun con diálogos planos (más que contenidos parecen sin  sustancia) y un aire medio desolado, aunque muy fiel a la realidad externa, a esa costumbre que nos enseña la obligación de la docilidad y el conformismo, y en ese lugar hay material, pero falta presión, pulso no, que lo tiene sino más consciencia a flor de piel, no rabietas por no querer dar fórmula. No obstante hay atrevimiento en que ha hecho un séptimo arte de espaldas a un gran público, por lo de no darle acción sino un sosiego que habrá hecho temblar a los exhibidores de las salas de cine, pero si quiere convencer a otro más paciente debe pensar en el desarrollo de lo que brinda mucho más de lo que se ve. Había pero Tuna se robo los reflectores.

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