Uno de los nombres más importantes del cine clásico español
es el de Juan Antonio Bardem. Muerte de un ciclista (1955) es una de sus mejores películas, ganadora del Fipresci en el Festival de Cine de Cannes de 1955. Parto del motor de tanto conflicto en la esplendida
belleza de Lucia Bosé como Maria José de Castro, una mujer casada con un hombre
de mucho dinero y que lo engaña con un profesor universitario mediocre que
encuentra la renovación de sus motivaciones existenciales al caer en un incidente
a expensas de la defunción y abandono de un ciclista en la carretera. Éste contexto desentraña la mentira en que está
envuelto Juan (Alberto Closas). Como curiosidad está decir que Closas se parece mucho a David Niven y a quien por momentos
se podía confundir físicamente un poco además, aunque más grueso, con Miguel (Otelio
Tosso), el marido millonario.
La mentira yace tanto en su cátedra apoyada por la influencia de
su cuñado como en su relación afectiva secreta con la novia que no supo
esperarlo. La inconsciencia de aquella
beldad representa la pieza principal del caos en su vida, el recordatorio de su
fracaso, el cual se apoya en el egoísmo de ella, y por consecuencia indirectamente en el de su
clase social. Sin embargo le servirá a su vez para renovarse, ya que es él
quien tiene que cambiar aunque presenta el escollo de hacerlo junto con su amante,
y es la verdad la que pretende impulsar su renovada felicidad. Toda su situación hace que las dificultades y el mal se presenten como estado evolutivo para ser una
persona más digna, una prueba que llena el vacío ante la reflexión.
Juan vive bien pero no tiene mucho realmente como propio y pesa
en sí bastante el anhelo de empezar de cero, impoluto. No obstante la cárcel puede ser un anulador de
las buenas intenciones, pero no hay que obviar el mérito que conllevaría su elección
de ser honesto. Sin embargo no podemos negar que es más complejo para su affaire,
a la que se le da menos vías de cavilación aun compartiendo incidente, dibujándosele
encima como alguien más superficial. Puede perder su reputación familiar y su
estatus económico como se hace hincapié en una escena en donde se intensifican
los temores y los castigos, entonces cubrirse las espaldas parece más “coherente”.
En ambos hay una buena capa de psicología dispuesta con claridad, habiendo que notar
que la moral no predomina en la película, es más un adicional, mayor es la
idiosincrasia de cada personalidad, sus deseos, estatus quo y objetivos. Un
elemento muy contemporáneo y realista.
Otra característica de la presente arte del cineasta español
es no sobredimensionar la muerte del ciclista sino pasa a ser una excusa para desenmascararse,
nuevamente se deja de lado la culpa, algo muy cristiano. No hay identificación con el cadáver, ni
siquiera se ve sufrir a los deudos, o a los vecinos, que se da el caso de ver a
estos últimos en pantalla. Igual Bardem oblicuo alude la política, en la demostración de los enardecidos alumnos, elogiando el sentido
de cuerpo, de indignación, pero en un aura no especifica, y se diluye esa carga social o se enfoca en las
bases, el precepto es el ideal. Ésta es una película de personajes, sobre María
y Juan, y en un tercer lugar Rafael (espléndido éste actor, Carlos Casaravilla,
en un tipo mordaz, agudo, acomplejado, viperino, exaltado), no de melodramas ni
de ideologías o dogmas; algo más en lo libremente “filosófico”, más existencial, pero bajo raíces comunes, aun aludiendo la opulencia, ya que se trata de hombres
a fin de cuentas. Juan y María no son ángeles, sino seres humanos con graves
defectos, uno es casi un perdedor, la otra una hipócrita que se aferra a su
posición social mostrando la suciedad de una alta sociedad que vive para sí
misma, aislada de la virtud. Se repite la palabra egoísmo en boca de los actores
constantemente, palabra clave que el director nos quiere convocar a reflexión.
Yacen dos polos distintos en el filme, una vez encontrado el espíritu
que nos define. Por un lado está el precepto de salir libre de polvo y paja, no
asumir responsabilidades, pasar por alto la gravedad de haber atropellado
mortalmente a una persona y huir de la escena del crimen cuando todavía seguía
con vida; querer indemnizar anónimamente como quien lava su consciencia con
dinero, olvidarse del asunto y seguir como si nada hubiera pasado, incluso en la
infidelidad de un matrimonio, mientras otra postura,
la del valor del ideal, proviene de una sub-trama tras un desliz en la
universidad (magnificado con idoneidad, ya que sirve de justificación), de
pensar en otro que no sea nosotros, y es que no basta ser una buena persona,
nos podemos corromper en el transcurso de la vida, como le pasa a Juan, quien
aunque es inteligente se ha convertido en un tipo anímicamente derrotado y
conformista. Se convierte en un perdedor una vez que acepta ser menos de lo que puede
ofrecer y se acostumbra.
Los rostros se llenan de entusiasmo o se ponen sombríos, se
quedan meditabundos, se dan bríos de expresividad, brillan las posturas de los
gestos faciales, el estado emotivo sosegado en sus diferentes formas, bajo la
cámara en primer plano en la inmovilidad de la iluminación sobre su persona, un
aliciente para conmovernos u mirar con recelo una futura resolución en la trama,
pero sin juzgar del todo hasta el final en que se revelan respuestas, en que los
protagonistas deciden lo que quieren ser, y no hay Dios ni fuerza que los
conmine a una acción única, fija, ejemplar, sino actos que se acoplan a la
figura del carácter y a lo que cada cual entiende por adecuado a su ser.
Es una historia que inmediatamente se aboca al mundo, a los individuos
y a sus errores, a sus disyuntivas, en ese trajín de manifestarse en quien
realmente son, unidos a sus preocupaciones, y ese es otro estado de ánimo del
filme, el miedo, temer las represalias, ya que sin consecuencias poco valor
tiene lo que se decide, la virtud implica atenerse a un sacrificio, y ninguno
es fácil, es un trance que hay que
asumir, que hay que preparar y sopesar, para ello el filme da muchos diálogos y
perpetra una historia, encuentros, forcejeos, ejemplos, situaciones, el esposo
narrando anécdotas intimidantes, ver la pobreza de la víctima, su minusvalía frente
a la ventaja o una ventana destrozada que simboliza la arenga del compromiso
con el prójimo.
Muchos quisieran ver soñador y optimista a Bardem, pero
se encarga de cortarnos las alas hacia esa única definición, se escabulle del
libro de autoayuda, prefiere la libertad y la naturaleza humana, la realidad dura,
que sobrevuele la duda. Deja la opción (muy propia de lo humano) de seguir como estamos,
como aquel crítico de arte que reprocha el medio en que se mueve pero sigue
ruin y falso viviendo de un paupérrimo comportamiento doméstico, y es que la ambición
y el interés personal pueden mermar nuestra calidad como ser humano. Muerte de un ciclista es una cinta
potente en cuanto a mostrar ambigüedades de carácter, vaivenes, en que la trama
se reviste de tensión en vislumbrar un desenlace mientras una historia de la
vida, de la cotidianidad, próxima, nos llena de emociones.