martes, 16 de octubre de 2012

No, de Pablo Larraín

Ganadora de la quincena de directores en el Festival de Cine de Cannes 2012 la cinta de Pablo Larraín es una expurgación del ambiente en que se dio la campaña publicitaria del No para el plebiscito sobre la continuación del gobierno de Augusto Pinochet por 8 años más, tras 15 de dictadura, disidentes desaparecidos y progreso económico.

La cinta en ningún momento da la imagen muy hollywoodense de reto contra el destino, es decir, se da con calma queriendo ser realista, que sorprende en la apariencia de una hazaña a un nivel sin espectáculo y que lo hace más increíble aún, sin embargo empiezan temiendo un fraude y se vive un cierto pesimismo que cambia gracias al plan de René Saavedra (Gael García Bernal, muy acorde con la historia, un actor de carácter y semblante común que apela a la confabulación del público, aparte de que tiene la imagen de rebelde, de inconformista, de llenar los zapatos de la figura que encarna, y de hacer cine de autor como el que tenemos presente en buena medida), un exiliado que vuelve de México y al que no se le ha dado mayores justificaciones de su proceder, esquivando así el flagrante heroísmo, pero de quien veremos que demuestra muchos ideales, mientras pone mucho en juego, incluso su paz familiar, a la par que tiene la influencia de una ex-esposa combativa (no solo de palabras), y que lo sacude de vez en cuando en ese control y firmeza que suscita a su alrededor.

Saavedra yace junto a un staff experimentado en el negocio, aunque solo se digan elogios en presentaciones sencillas (se perfila que hubieron muchos ayudando a escondidas) y se mencionen algunos lugares de coincidencia como que no son ningunos animales de caza sino muy dóciles y ordinarios. Tienen apoyo internacional (se suelta en un diálogo que Estados Unidos quiere el cambio) y 17 partidos detrás. Plantean slogans sobre la alegría, algo muy estratégico, ya que recurren a las mejores armas de la publicidad, a diferencia de lo que se esperaba, increpar violentamente los crímenes del régimen, además de que el temor a represalias, sus propios trabajos en agencias apegadas al oficialismo y una desunión generalizada hacían presagiar una inminente derrota.

Hay un didactismo y sequedad en la atmosfera, Larraín no pretende salirse de una propuesta fiel a la historia o da esa impresión aun siendo una ficción por encima, que tiene que manejar con temas inamovibles como  el altruismo, una batalla desigual y pequeños grandes héroes; tiene un toque artístico serio, técnico, argumentativo, que mezcla hábilmente noticias o las franjas publicitarias reales con la textura del filme mostrándose sin desequilibrios visuales; trata de ser imparcial en lo posible aunque estriba destacar la labor tras la decisión del “cambio”. Se puede creer que era como una guerra de hormigas frente a un titán, sin embargo el adormecimiento del primer ministro, cara visible de la campaña por el Sí, implica deducir que era la modernidad frente a lo arcaico y es que la rueda no para, sigue evolucionando y pidiendo a los mejores, ese conocimiento de la publicidad en manos de la oposición, gracias a la gente con que se contó en su plana, como se puede ver cuando no se le despide a Saavedra, a pesar de ser contrario al régimen, ya que denota éxito en su labor, representa en su colectivo el futuro de Chile, una paradoja en que la transformación parte del entorno, y cuando algunos ven que se hace algo muy similar a lo que hace Coca Cola, ganarse a la población con su producto, creen tontamente que la ciencia, porque de eso trata, es inferior a la consciencia, algo que gente como Saavedra logran enmendar, ya que sabe que apelar a ideas intimas del subconsciente humano funciona más.

Es una campaña visceral, pero festiva, de confianza, que denota seguridad, mientras el grupo oficialista, poco desarrollado en el ecran más que con sus spots (una simbología de su actividad inferior), no son realmente visibles, quieren implantar el miedo, el recuerdo de la pobreza, como refleja la ama de llaves, en no poder pagarle la universidad a los hijos, no tener para comprar comestibles, no poseer una vida decente y en eso los seres humanos tampoco son mártires, ya que se acoplan a lo mundano y hay un arraigo capitalista en la actual sociedad. No obstante, el filme recurre a mostrarnos una lucha, una épica sin espadas, con inteligencia, que a primeras parece poca cosa pero a la larga invierte el descrédito que se propugna en el otro lado; como se expresa, el optimismo es imbatible. El resto es solo darle contexto. La madre marchando descontenta, lo predecible y manejable para un gobierno autocrático, poderoso y represor. Algunos sustos como amenazas bastante menores, no habiendo sobredimensión en ello porque nuevamente se destila sutilmente que los ojos del mundo están puestos en el plebiscito, lo cual coarta la acción del gobierno. Saavedra mostrándose simple, que definitivamente no lo es, aunque que él pasee con su skateboard o juegue con su tren a control remoto es para darle existencia emocional a su personaje, ya que la película se desarrolla muy fríamente en cuanto a dar muchas concesiones fuera de la explicación y desarrollo que define el título, No, a Pinochet.

La virtud del filme –y esto puede verse al contrario, esperando muchos momentos de clímax fáciles, que tiene alguno- está en que es una película contenida que apela sentimentalmente en algunas ocasiones, pero que prefiere el brillo del fuego de las ideas, siendo muy valioso ver como se fragua los spots publicitarios, dando la sensación de pequeñez, de aparente incoherencia, para lo que la trama realza contrastes. Desde adentro hay reticencia; dice un dirigente, no voy a hacer algo que más tarde nos va a avergonzar, es la oportunidad que muchos ven que se desperdicia, porque aun no vislumbran la trascendencia de la ciencia que más tarde se consolida y se aprecia. Si muchos ven su oficio minusvalorado en el séptimo arte o no suelen quedar del todo contentos, es seguro que aquí cualquiera puede sentirse orgulloso de ejercer la publicidad. Finalmente una carrera propia del capitalismo toma el lugar de proponer y lograr el relevo histórico.

La cinta deja de lado abrir un poco el panorama, de cómo se ve Pinochet, hay luces, pero no son tan completas, se escucha decir: "es mi general", con cariño y respeto, o en una manifestación contraria: "el viejo siente la presión". El descontento general está muy velado, el filme se adscribe solo a la campaña del No, y se hace asumiendo que se debe solo a esta campaña el devenir del retiro de Pinochet, pero parece faltarle más contextualización, intriga saber más de esa realidad, aunque es decisión de quienes realizan la película. Las “grandes" transformaciones provienen de muchas canteras que terminan reuniéndose. Como se puede atribuir, la propuesta opositora más que algo distinto quería resaltar que lo que han vivido ya cumplió su labor, el artificio de la alegría alude: “es hora de gozar de libertad tras el sufrimiento compensado”, algo que puede ser duro de digerir, pero que tiene más lógica que atribuírselo únicamente a los ideales, en todo caso están en el fondo de una práctica más audaz, más combativa, desde las neuronas, pero teniendo del estilo de Ghandi o el de Mandela. La decisión de legitimización de Pinochet crea la puerta para esa capacidad que demuestra ya no las utopías socialistas que siempre hay que tener en cuenta en alguna dosis pero no en totalidad, sino el ingenio, la practicidad, la racionalidad a favor de lo emotivo, la noción de necesidad, la seguridad, sacándole la vuelta al enemigo en lo imprevisible y en lo más contundente: la fe en el mañana, un arco iris puede ser más fuerte que un baño de diatribas.

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