lunes, 11 de julio de 2016

The Plague at the Karatas Village

Un joven y nuevo alcalde llega a una villa remota en Kazajistán, llamada Karatas, y descubre que hay una plaga, una enfermedad grave en toda la villa, pero las autoridades corruptas le llaman una simple gripe. En el que parece un pueblo endemoniado, en una atmósfera que inmediatamente recuerda al videojuego Silent Hill, teniendo un ambiente de aire fantástico, aunque conteniendo una historia de figuras reales, bajo una marcada estilización, pero con austeridad, con muy pocos elementos dentro de los lugares, como en una obra de teatro, notoria artificialidad, muchas sombras y la intervención de espacios subterráneos, exhibiendo un visible sabor a cuento.

La obra del kazajo Adilkhan Yerzhanov, ganadora del premio NETPAC (de cine asiático) en el festival de cine de Rotterdam 2016, tiene una trama que se puede corroborar tranquilamente con la realidad, cumpliendo con esa imagen, pero perpetrando ciertas formas propias, una estética y estilo, donde el contexto funcional de la plaga resulta simbólico, remite al estado de la nación (y fácilmente a muchos otros países, como el nuestro plagado de corrupción), otrora perteneciente a la URSS, con una peste que invoca el pasado y sus rezagos actuales, colocando a la tradición emparentada con la enfermedad, no obstante todas las formas se visualizan medio antinaturales y se comportan de esa manera, exageradamente, marcadamente histriónicos, sin ser formas tampoco demasiado extrañas, espectaculares, manifestando una narrativa que tiene una extravagancia y locura que luce infantil, naif, ñoña (señalemos ocurrencias fuera de lugar tales como bailes ridículos o niños burlándose de escenas lúgubres y mortuorias), aunque logrando cierta originalidad y distinción sobreviviente en el trayecto, apreciándose al fin y al cabo, sin resultar una película familiar, una historia a lo Disney, porque presenta oscuridad argumental y algo de sugerida brutalidad escénica, sobre todo al final.

Las autoridades corruptas de Karatas, representadas a la cabeza con el tío de la esposa del protagonista, habiendo una idea de ellos gaseosa, fantasmal, ubicua, no específica, defienden básicamente su estado de poder tradicional y el orden actual de las cosas, atendiendo por otra parte que defender la epidemia luce algo “raro”, surreal, kafkiano, como la figura del propio protagonista, este alcalde joven, un héroe ordinario, solitario e idealista, que no es ninguna luminaria, está en el puesto por su parentesco familiar. En la que puede ser vista de historia de terror, a un punto, pero, claro, una bastante ligera, muy poco o nada terrorífica, apenas algo sórdida en casos contados (se intenta enterrar a alguien vivo o se quema con vida a un ser humano, pero todo bien cuidado, sin gore, o de forma teatral), o por algunos detalles de horror como las máscaras, la idea de la secta o ese ambiente tétrico en sombras que tiene el filme, con cromatismos dominantes en la tendencia a los ocres, amarillos y marrón, o a lo rojizo, o a lo azulado, y no solo por la villa, llegar a un lugar particular, excepcional, contaminado, sino por la propia maleta que se carga, un estado general, que incluye a la familia del recién llegado, que se descubre traidora, manipuladora, sumisa al orden reinante, abocada a los propios intereses. En este relato nocturno, que ya da una pista premonitoria en ese rostro de una máscara artesanal por el que pasa sin notarlo el nuevo alcalde, por sobre el agua estancada, a su llegada. En el ingreso a una pesadilla, mezcla de enajenación y epidemia, que termina con el amanecer. 

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