sábado, 2 de julio de 2016

Cosmos

Fue la última película del polaco Andrzej Zulawski habiendo dejado 15 años de diferencia con su película anterior, y la que terminó de despedida, quien murió poco después, recientemente, un 17 de febrero del 2016. Propuesta que adapta a su compatriota Witold Gombrowicz, un escritor de una obra difícil, de la que decían era inadaptable, y se nota en el filme, además de que Zulawski no es tampoco un autor fácil, sino extravagante y original, como podemos ver en una película parecida en complejidad, En el globo plateado (1988), pero en donde en ella primaba el discurso filosófico y serio (la proclividad humana a la decadencia y corrupción, tomando de partida el incesto, igual al que fomentan Adán y Eva; una lectura política e histórica religiosa detrás de la ciencia ficción; y  el deseo de sumisión, orden y control de lo místico ante el desamparo), mientras aquí a lo existencial se le agregan los juegos literarios y la retórica en el lenguaje, mezclando sofisticación y humor “pedestre”, como dejan ver unos diálogos entre vacíos, lúdicos, auto-paródicos y experimentales, en una propuesta que trabaja la sátira y el absurdo, habiendo mucha extrañeza y hermetismo más que risas sencillas, una cierta sinrazón constante, teniendo de línea argumental la investigación casual de sucesos extraños, al poco de la llegada de dos muchachos, Witold (Jonathan Genet), un obvio alter ego, un escritor en ciernes y en estado de búsqueda de iluminación, la que extrae de su entorno y de su condición de freak; y su compinche gay, medio ignorante del arte –aunque no de lo popular- y amante de la moda Fuchs (Johan Libéreau), a un hospedaje en la casona de una familia de locos, maniáticos e histéricos, creando una burla de la supuesta perfección, como la belleza de la hija, Lena (Victória Guerra), invocando la imperfección, haciéndola chocar con ella, algo a lo David Lynch, pero con descaro absoluto personal, como representa la fijación con la empleada con un labio deforme vestida de monja (habiendo predilección por lo “feo”, a la par de la mofa de lo eclesiástico), como que cohabitan dos mundos, el estético y aparentemente normal y cotidiano, y el impredecible, paranoico e inexplicable que fomenta Witold, viendo significados donde no existen, de quien se ausculta a sí mismo, tratando de hallar algún sentido poco común, forzar hacia su propia cosmovisión, o en el camino descubrir las caretas, a través de la relación amorosa con la que fantasea.

Witold atrae los ahorcamientos, en su locura y en sus ambiciones más íntimas, primero el de un gorrión, luego el de un pedazo de madera, más tarde una persona. Culpando de paso sarcásticamente a un cura, y siendo un infiltrado contaminado (sufriente) de su entorno. Creándose una dualidad en el cierre del filme bajo la pregunta ¿consigue o no su cometido Witold?, el amor de Lena, que representa el triunfo de su obra literaria. Y queda sin aparente respuesta, aunque todo apunta a que el subconsciente y simbolismo del protagonista ha tenido éxito, quizá solo plasmándolo en Cosmos, cuando alrededor se habla de Spielberg, Star Wars o de estar haciendo un thriller. Por lo que el director de La posesión (1981) se identifica con Witold Gombrowicz, señalando que hablan el mismo arte y lenguaje, el de los raros. 

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