viernes, 24 de junio de 2016

Manhunter y El Dragón rojo

La versión más popular y aclamada es la de El dragón rojo (2002), de Brett Ratner, pero la primera película donde apareció el Dr. Hannibal Lecter, aparte del orden de las novelas de Thomas Harris, es Manhunter (1986), como la llamó el hoy admirado director Michael Mann (cuando por ese entonces fue un fracaso en taquilla) a la novela El dragón rojo (1981). Una película menos espectacular, menos hollywoodense, más, digamos, realista, de cierto perfil bajo, muy del tipo neuronal de la serie de televisión CSI (2000-2015) donde el actor protagonista William Petersen por algo iría ahí a parar. Sin embargo, Manhunter crecería con el tiempo y se convertiría en una película de culto, incluso hasta mejor considerada que la de Brett Ratner.

Aunque en Manhunter no esté el más famoso Hannibal Lecter del séptimo arte, el interpretado por Anthony Hopkins, en tres oportunidades, como en la mejor película de la serie El silencio de los inocentes (1991), Brian Cox no lo hace nada mal, y le da un tono mucho más serio, más ligero, fríamente sarcástico y racional a su Lecter, bastante menos vistoso, menos maniático e histriónico o fantasioso, sino relajado, seco. Menos memorable, pero aun así competente. Como mantienen el mismo tono Tom Noonan como el buscado asesino serial Francis Dollarhyde, alias “the Tooth Fairy” (el hada de los dientes), y William Petersen como el policía del FBI Will Graham, en lugar de los más populares, histriónicos e intensos Ralph Fiennes como Dolarhyde, y Edward Norton como Will Graham, en El Dragón rojo.

En el fondo es difícil comparar las dos propuestas, a diferencia de Hopkins que de lejos en la maravilla de El silencio de los inocentes es bastante mítico, más allá de que -en especial- con la secuela, Hannibal (2001), de Ridley Scott, y –mucho menos- con El Dragón rojo se haya tornado en parte caricaturesco, hasta llegar a lo auto-paródico (puede que por culpa de las novelas o de la propia fama del personaje), en cambio Noonan y Petersen hacen una caracterización distinta, pero harto competitiva y muy lograda, en otro registro y estilo, con diferente tipo de demente, al igual que otro sufrido y comprometido agente de la ley, que son bastante ricos en sí en su realismo, como la espectacularidad hollywoodense y exageración en Norton y Fiennes como marcados héroe y villano también son tan cautivantes, y quizá más entretenidos.

Ambas son dos versiones muy recomendables. Mann hace una película pegada a la tierra, harto más sutil, habiendo menos visualidad y menos escenas grandilocuentes (como la apertura con el ataque de Lecter, recreada en una conversación en un supermercado en Manhunter; o la vuelta de tuerca de la última parte de El dragón rojo), pero contiene una conseguida emotividad con su Will Graham (pudiendo perder a su familia, más allá de una posible agresión, donde el hijo tiene particular injerencia), y una especie de deseo de aceptación en Noonan que maneja bien lo sentimental como detonante. Mientras que en El Dragón rojo todo se destaca, se sobre-ilumina, se explica, se amplifican los detalles, se alimenta directamente el imaginario del espectador (de ahí que lógicamente tenga mayor recepción del público, siendo una buena versión), con los espejos rotos, los vidrios en los ojos de los cadáveres, el deseo de transformación en la pintura de William Blake –bastante trabajado- o el abuso familiar en la infancia, del proceder del asesino serial, arguyendo una fealdad – que suma el filme de Ratner- y un complejo –propio del trauma infantil- por algo minúsculo como un labio de nacimiento operado. Cuando Mann más artístico, más discreto, espolvorea los datos, los deja ver poco perceptibles, más para un espectador atento, despierto,  que vaya figurando los detalles en su mente.

Ratner entrega todo servido (en el oasis de su filmografía), pero consigue (aparentemente) consolidar más el retrato y estructura del asesino (dando a entender más background, aparte de que Ralph Fiennes como que deja la vida en el papel, con un asesino demente casi sin concesiones, todo el tiempo tenso, apunto siempre de sobreexcitarse, de explotar, nervioso, algo disforzado, inseguro y violento), aunque Noonan y Mann con cierta humildad expositiva –en todo sentido- perpetran tremendo asesino, así “sin” esfuerzo, sin "distracciones", uno más misterioso, más pedestre y mucho más creíble, con un toque general de cierta vulgaridad en su entorno, incluyendo a la invidente -y la relación- de Reba McClane (Joan Allen), que una tierna y algo cándida, pero de iniciativa sexual (otro forma de equilibrio) de una más talentosa Emily Watson. 

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