domingo, 12 de junio de 2016

Bajo nubes eléctricas (Under Electric Clouds)

Ambientada en el 2017 a 100 años de la conmemoración de la revolución rusa, la obra dirigida por Aleksey German Jr., hijo del creador de la laboriosa y portentosa Qué difícil es ser un Dios (2013), es una película curiosa e interesante, aunque medio difícil de sobrellevar, pero por lo mismo muy seductora, a lo que agrego que resulta entretenida, en sus 2 horas veinte de tiempo, trabajada en 7 capítulos donde cada uno pareciera tener su propia historia interna (como si fuera un acumulado de cortos), pero es finalmente tal cual se le nombra a su distribución, la fragmentación de un conjunto, y así se entiende el filme, por pedazos y bajo un sentido del “incompleto” propio y general.  En que perviven narrativas de cierta independencia, sumado a diálogos ocurrentes y particulares que agregan complejidad (se habla de Elfos, se menciona a Metallica, Pepsi, Caravaggio o a Cyborgs, existiendo la presencia fútil e irónica de un pequeño robot amo de llaves; aparte de harto referente ruso histórico, cultural, político y literario), y medio fuera de la convención narrativa clásica para armar siquiera un pasaje pleno, sino que queda a veces como algo en buena parte gaseoso, mínimo y sin demasiadas conexiones a la vista, creando un conjunto para el cual hay que unir muchos cabos y trabajar la mente para formar un panorama “absoluto”, aunque sí se llega a tener una visión saludable, y hasta su aspecto de thriller, con pandillas, gángsters, asesinatos en la nieve o inmigrantes in situ llega a tomar cuerpo. Por lo que el filme resulta en parte trabajoso para el espectador, no obstante yace fijo en la sombra de la URSS o el gran elefante blanco de la revolución rusa que se imprime como un pasado tan grande que no ha desaparecido aun del todo, apuntando a un presente caótico, melancólico y no muy exitoso, pero con vistas optimistas al futuro, esperar grandeza, aunque haya muy poco indicio.

El filme trabaja mucho con la idea del arquitecto (el hombre), de distintos tiempos y clasificaciones, protagonista y sentido de la propuesta, con la presencia de uno con una mancha en la cabeza que recuerda a Mijaíl Gorbachov; así como con el edificio inconcluso, metáfora de la Unión Soviética. Y es que Bajo nubes eléctricas tiene mucho de soñador, como aquel abogado que recuerda constantemente 1991, un lugar común perenne en la mente del actual pueblo ruso, en una lucha por vencer al pasado, a partir de un ilustrativo mundo post apocalíptico, de colores pálidos. En ese aspecto se confunde a un padre (al país) difunto entre la nobleza y lo criminal, pero quien quería resarcirse de sus pecados, mientras un personaje escapa de la violencia y el pasado, y camina como representando a un colectivo junto al esqueleto de un amado caballo que va hacia adelante, en la promoción de un futuro mejor, mientras se deja atrás al cementerio de estatuas, de expresiones de ira y dolor, como de la figura de Lenin, donde, valga la curiosidad y no tanto la ocurrencia, un personaje, la inteligente y sensible jovencita de la sombrilla fucsia, que hace de recurrente contraste y que representa a las nuevas generaciones, hace gimnasia, y antes apenas habla, heredera de oscuras circunstancias, pero limpia ella de cualquier señalamiento de culpa, como menciona otro personaje, en un color que destaca dentro del contexto de un clima gélido y que predomina en el celeste claro tirando para un gris suave (como el espíritu reinante), en medio de la omnipotente neblina, en éste sci fi tan natural, como poco creativo futurísticamente en lo visual (acotando que su intención es otra, la de intelectualizar sobre el estado actual de Rusia, pero aun así logra entretener, de paso, muy bien), aunque con magnifica fotografía, dentro de una elección estética que resulta bastante competente, con una ciencia ficción tan próxima a lo contemporáneo, enarbolando un espíritu joven, como reflejo de un llamado, un tipo de heroísmo de a pie, inmerso en un compromiso existencial, vencer la inutilidad (como la que siente como estribillo el personaje del guía del Museo, ante manejar el lugar sin ser un verdadero húsar histórico, o sea, ningún tipo especial), en unas formas narrativas en continuo simbolismo, con la palabra país –y hasta Europa- por todas partes, y que se pliegan perfectamente al epígrafe y técnica de Paul Cézanne (donde no se trata de la línea, del modelado, sino del contraste).

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