jueves, 9 de junio de 2016

La residencia

La otra gran película del español y maestro del terror Narciso Ibáñez Serrador, su debut cinematográfico, 1970, junto a la muy celebrada ¿Quién puede matar a un niño? (1976), las cuales sólo hiciera para la gran pantalla, habiendo hecho más una carrera para la televisión. Película que nos relata sobre un internado de señoritas rebeldes y conflictivas o de dudosa procedencia familiar que van a ser corregidas por la mano dura e implacable de Madame Fourneau (Lilli Palmer), directora y profesora del lugar. En un internado que parece mucho cárcel, con bullying de las propias compañeras mandonas o bajo el castigo supervisor de la directora.

La trama nos cuenta como Teresa (Cristina Galbó) se incorpora al grupo escolar, de lo que hay que decir que el filme tiene la originalidad de no darle todo el protagonismo, y hacer predominar el terror más que la narrativa ortodoxa de enarbolar un héroe, en un filme donde no hay ninguno al fin y al cabo, como que Irene (Mary Maude), la terrible capataz de la residencia flirtee con el heroísmo también, rompiendo el estereotipo de un salvador impoluto, en un filme donde como en Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) lo más importante para las reclusas es poder escapar de éste tipo de cárcel, donde las chiquillas se bañan con camisones largos bajo la supervisión ocular de la caminata castrense de Madame Forneau, existiendo una vigilancia férrea.

El filme se torna en un slasher, sin mucha pompa, con un asesino en serie desconocido entre bambalinas, en lo que es de mucha argucia directriz y del guion –entre Ibáñez Serrador y la historia de Juan Tébar- establecer tanta movilidad con pocos personajes, dentro de una antigua residencia tenebrosa, opresiva, de suspenso, una que puede emparentarse con el ambiente malsano de la academia de danza de Suspiria (1977), como a la elegancia narrativa del mexicano Carlos Enrique Taboada. No obstante todos no son maltratos y desapariciones, también hay inocencia, candor, con los enamoramientos clandestinos del hijo dulce y sobreprotegido (John Moulder-Brown) de la directora, pero a su vez sexo vulgar –no expuesto, sugerido- con un trabajador ocasional, en una atmósfera que no deja mucho espacio para el sosiego, a pesar de su cierto toque clásico, roto por su realismo. Todo lo que hace de ésta propuesta, y su sorpresa final, tremenda película, mejor incluso que ¿Quién puede matar a un niño? 

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