miércoles, 14 de agosto de 2013

Esther en alguna parte

Con el séptimo arte de Cuba muchos pueden tener un prejuicio, que su cine no es tan bueno, que es muy ordinario, sin embargo su realismo puede ser una ventaja, aunque actualmente no es ninguna excepción y todo cine latinoamericano lo utiliza, escenas subidas en sexo, abordarlo como si no existiera restricción alguna pero muchas veces sobreexplotándolo (una constante de mucho cine, o violencia o sexo, para llamar la atención o para repetirse en el argumento de mostrar un tipo de cotidianidad “tabú” que en realidad esto último ya no lo es), historias de la vida de cualquiera, lenguaje de la calle, la calle misma descarnada y lo que incomoda o no suele ser tan simpático de conocer. Y en cuanto a esta película, en la sala en que estuve que se encontraba llena la reacción del público fue todo lo contrario, fue de pleno elogio; hubo amplios y fuertes aplausos emocionados al final de la exhibición. No obstante, en ésta oportunidad la cinta jugaba mucho a la fantasía alcanzada, en la búsqueda de las huellas de una doble vida, el lado oculto de una mujer fallecida, y en otro caso la ilusión eterna intocable del romanticismo del verdadero amor. Y no se regodea en ningún contexto penoso, aunque tiene de hiriente, de revelador, en sus dos relatos, aunque en tono de cuento, entretenimiento, aventura y relajo.

Lino (Reynaldo Miravalles) debe aprender a apreciar a su mujer en su esencia (en primera mirada como si se tratara de otra persona), en su liberalidad a un punto, fue secretamente bisexual aunque rechazó dejar a su esposo a quien le llegó a ocultar su lado fiestero y sexual, y en su pasión nocturna de canto de bolero, un ambiente bohemio.

Una vez que conoce a un hombre extravagante de múltiples nombres y disfraces a quien le gusta que en especial le llamen Larry (Enrique Molina) irá tratando de comprender y conocer lo que su esposa le escondió de forma perfecta. No es que la cinta pinte de estricta en la complejidad de semejante hazaña nunca descubierta en vida de ella, pero como se nota, es algo que quiere ser más una historia que tener cualquier otro sentido.

Una particularidad de este filme cubano-peruano es que justamente los protagonistas son mayormente ancianos, pero llenos de intensidad y ocurrencias tal cual cualquier persona joven. Son llanos, sin esa imagen preconcebida de excepcionalidad intelectual, calma, madurez o inexpresividad vivencial; son tan pedestres y vivos como el más imaginado. Y aunque Lino sea formal y cargue una pesadez física, sufre de incontinencia urinaria; y mental, se siente un viejo (que irán desapareciendo a través del metraje y su aclimatación y prueba/entendimiento de vida como en un acto donde el interior surge por encima de nuestro exterior), serán los descubrimientos los que le dirán a él y a todo ser humano sin  importar su edad, que el juego es importante, y lo entenderá hasta adoptar la locura de la efervescencia que todo hombre necesita para ser verdaderamente feliz; explayar las emociones, expresarse, vivir con libertad. Una temática que está en varias películas del 17 Festival de Cine de Lima; aceptarse tal cual y ser. Y que como parte de una sección sobre un panorama del cine latinoamericano contemporáneo, Esther en alguna parte sirve muy bien para ver temáticas. Siendo la vejez siempre importante y la rebeldía una naturaleza general, que también puede anidar en ellos como un faro de luz y para la propia plenitud, todo tiempo la merece.

El camino tiene mucho de efectista y vacío, siendo chocante dentro de lo ligero, y es que su calidad de entretenimiento le vale denotar una notoria imperfección, siendo abrupto y luego olvidadizo, siendo argumentalmente breve y poco justificativo. Se trata de atrapar el interés del público con nuevas revelaciones, solo que son un cúmulo de experiencias efímeras, pero claro, representan una aventura tras otra, con algún picor intencional aunque realmente intrascendente, que es irse a un extremo criticable. El filme es una propuesta demasiado pasajera, para pasar el rato, con escenas no todas limpias, algunas feas, como los mismos diálogos, bastante limitados. Sin embargo, la comedia a ratos funciona muy bien siendo sencilla, y si se ve de esa forma todo encaja, todo toma sentido y se disfruta, no debe verse demasiada pretensión, adjudicándose el rótulo de goce amplio en cuanto a la recepción, o de placer culposo para el cinéfilo.

La profundización vela por su claridad, el mensaje salta a la vista en su transparencia, la locura no es tanto locura sino vida, y la gracia que se trasmite aun con mostrar situaciones tácitamente dramáticas es la concentración simbólica de lo que enarbola argumentalmente el filme. Es ante todo una comedia o esa es su mejor lectura, aun sin ser todo lo cómico que debiera ser, y eso en este caso deja espacio a cierta reflexión aunque no tan compleja o ardua, pero precisa (muy centralizada) y por ende directamente útil. A lo que aunamos su notable simpatía, su mejor carta de presentación aun siendo algo áspero el trayecto que es lo de menos porque posee en ello como una significación en parte “muerta” salvo sobre todo la risa; y que tiene un corte de edición o narrativo que da la percepción de ser incompleto en la unión de sus destellos de ocurrencias aunque sin anular el ritmo, viéndose como una carretera de alta velocidad con baches pequeños.

Destaca especialmente el carisma del nonagenario Reynaldo Miravalles quien con su sonrisa ilumina nuestra complicidad más fiel, el mago como se le apoda en la película tiene encanto fuera de ser un personaje fácil de digerir, amable aun con rasgos de algunos enojos; mucho más que la figura de Larry, aunque este se vista de Mefistófeles bufonesco, y sea el vehículo fácil en la broma, sin embargo esto resulta algo en buena parte notable en la interpretación –aunque hay que reconocer una dosis pequeña de ineficacia en derredor de la empatía- porque Larry tiene lados oscuros, desagradables y eso genera un efecto en el espectador. La amistad brilla para ver los defectos, enmendar la personalidad (algo trágico sobre este punto, pero más tarde reivindicado) y para provocar soluciones. Y no solo nos confabula Lino sino todos esos viejitos que versan en una cierta original sensualidad o en un aire de extravagancia, teniendo algo especial que contar o mostrar, por sobre su apariencia.

Esther en alguna parte del director cubano Gerardo Chijona es un filme que juega las reglas del cine de entretenimiento, y como tal el resultado de la alegría y placer que brinda es lo más importante, y por lo tanto cumple satisfactoriamente con su “sencillo” cometido, y a esa vera merece nuestro agradecimiento.

1 comentario:

  1. No sé, no tengo esos prejuicios sobre el cine cubano aunque me gusta lo que dices, que supla carencias con un realismo en modo casi de testimonio.

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