viernes, 30 de agosto de 2013

Sigo siendo

Película peruana ganadora de la competencia oficial de documentales en el 17 Festival de Cine de Lima, dirigida por Javier Corcuera. Una propuesta que apunta a mostrar a distintos músicos nacionales, fáciles de identificar o con una trayectoria consolidada dentro de una riqueza cultural que habla de la variedad de identidades dentro de nuestras tres regiones naturales de costa, sierra y selva. Una experiencia  que no necesita de ninguna presentación y salen sin que se digan nombres a hacer su performance tras contarnos algunos sobre su vida o su inclinación por la música que tocan. “Chimango” Lares recorre su lugar de nacimiento hasta su propia casa en Cabana Sur contándonos de su humilde infancia, de sus queridos recuerdos, y luego acompaña con el violín la voz de Magaly Solier cantando en quechua en Ayacucho, famosa no solo por cintas como La Teta asustada (2009) sino por su álbum Warmi, mientras en otro momento el compositor y contrabajo Carlos Hayre con mucho conocimiento e historia musical nos narra la fama y talento de Yma Sumac de quien nos dice que muchos no imaginaron el alcance de su voz, su internacionalización y gloria artística, o del admirado Felipe Pinglo que le cantó a todos y sobre distintos temas, incluso hizo crítica social.

Se trata de varios autores, instrumentistas y cantantes dentro de una gama amplia y variopinta, en parte libre en lo que los agrupa -y a quienes se selecciona- en su conjunto (como lo que somos), pero bastante representativos en cuanto a nuestras raíces musicales, pudiendo ver a su vez juglares y haravicus, los llamados poetas del pueblo, como Cristina Pusac y su cantar particular, agudo, algo chillón, pero muy típico de ese llanto andino que infunde la expulsión de la pesadumbre, de nuestros demonios, para seguir adelante, cobrar fuerza, en medio de la intensidad de la fiesta musical. Ella canta mientras se ejerce las labores cotidianas de campo, aflorando la virtud en medio de la humildad, el ser ante todo, y de esa forma se trasciende. O como Florian Cesario Ramos y el bautizo artístico en medio de la tradición y el folclore, danzante de tijeras que intercala su arte que propaga en una pequeña academia suya con el quehacer de manejar una bodega de alimentos en Andamarca, Ayacucho. Semejante a su amigo y compañero Félix “Duko” Quispe, conductor de bus en Puquio y excelso arpista que hace bailar a los danzantes de tijera como Elizabeth López, “Palomita”, un oasis en la tierra ya que las mujeres no suelen ser danzantes de tijera. De ahí radica el título de la película, de la palabra quechua chanka, Kachkaniraqmi, de cuando un individuo quiere expresar que a pesar de todo aún es, que existe todavía, y se menciona casi en grito de guerra, y nos recuerda al himno no oficial de Sur Corea, al Arirang (2011) de Kim Ki –duk; para los coreanos un grito de revitalización interior ante la derrota.  Y es que muchos como Andrés “Chimango” viven su alma en la música mientras se gana la vida vendiendo helados, y al igual cuentan otros de que tienen que sobrevivir y ganarse primero el pan, y luego hacer lo que tanta pasión les produce, como en la identificación, defensa y proyección simbólica y literal del agua en la shipiba Roni Wano (que es el sobrenombre de Amelia Panduro, el que significa mujer de agua) que en canoa cruza el río y se funde en el paisaje salvaje aunque calmo y minimalista, es como el mismo llamado de la selva, la voz de la naturaleza, y es en ese lugar en que vemos que más que una profesión es ser uno mismo, transportar un mensaje. Y a su modo sencillo y directo lleno de carisma lo expresa diáfana la cantante criolla Rosa Guzmán, actual legado de la otrora bohemia musical del distrito de Barranco; dice, no se puede vivir sin música, no podría vivir sin ella.

Siguen siendo a pesar  de cualquier escollo, la melancolía no abate, mueve pero nunca hunde, y eso recoge el pueblo que vive a través de ellos, una esencia de lucha y por ende, triunfo, porque brilla el sol aún bajo la lluvia, se les escucha y tienen distintos tipos de éxito, pero gloria al fin y al cabo porque mientras halla música están viviendo, subyace la felicidad de las melodías y el ritmo. Entusiasmo que vemos a través de la anécdota y memoria del percusionista y zapateador Lalo Izquierdo que desborda simpatía, ilumina ya no un callejón sino la calle, brilla en ella, a la que se le regala alegría y entusiasmo por la vida, la vida es más vida con la música nos dice otro artista cuando Máximo Damián hace un peregrinaje a Chincha y junto a la familia Ballumbrosio y un desfile de zapateo al son de su violín, el que fue amigo cercano del icono literario nacional José María Arguedas, recuerda a Amador Balumbrosio, 80-90 kilos de pura fiesta negra, y sigue en lo que es una road movie -por referentes del Perú- hacia Ayacucho, su esencia andina aun ya viviendo en Lima, de donde se recoge la mirada de cantantes, sinfónicos y trovadores que vuelven a recordar para seguir amando (más), a sentirse propios, y a entenderse, a propagarlo y a ver su punto de inicio, sinónimo de identidad, que como recoge el filme es complejo pero satisfactoriamente rico y admirable en su variedad.

Y a las calles limeñas no solo se les regala fiesta sino elegancia como con Susana Baca y su imagen descalza y estética dentro de una pequeña orquesta criolla de grandes instrumentistas en donde se luce cautivante su hermosa voz engolada. Se canta porque se lleva algo dentro, se vive (se interioriza y eso fluye) lo que se expresa con la música, nos dice sabiamente otro artista, que se pierde más que en una presencia en un portavoz de algo mayor que queda, eso que se lleva y se transmite. Con ella, bastante parecida, en su fineza y distinción aunque menos famosa, Victoria Villalobos, agradable, guapa; contenta y haciéndolo sentir. Junto con Félix Casaverde, otro artista privilegiado, que ha tocado la guitarra al lado de Chabuca Granda, o el guitarrista, clásico por antonomasia, César Calderón, que nos habla de las dificultades de ejercer y sobrevivir solo tocando, aun siendo tan conocido y talentoso, pero en un tono de comentario, más que una queja una realidad mayoritaria, que en él se trasluce a través de un toque señorial y quien aún a su años no deja de ostentar empatía para con el espectador sin lugar al tiempo.

Otra artífice de la música popular costeña que destaca mucho con una voz ronca que parece de jazz o que se luce como una Janis Joplin peruana es Sara Van, a la que no conocía pero fue la que más me impresionó, como el factor sorpresa de la película.

Más de dos horas de documental que a ratos luce muy sencillo, casi sin ningún adorno, y no solo al respecto de los escenarios, pero que logra acercarse a uno, a ser algo íntimo, y que sobresale porque conmueve y enorgullece, llega a lo hondo y ello está por encima de cualquier forma, que sea dicho es buena en su recurso mínimo, en una identidad que no es para nada forzada, sino amplia, poderosa en su vastedad, en su diferencia y a la vez igualdad, y ya puede tocarnos más un tipo de música que otra pero todas atrapan de alguna forma, hay de donde escoger, y algunas son hasta novedosas como el canto de la shipiba, y otras además se fusionan audazmente como el afro peruano y lo autóctono ayacuchano, entre los Ballumbrosio y Máximo Damián, de lo que yo siempre digo que la música del Ande, lo instrumentalista solo basta y sobra, por encima de cualquier voz que le acompañe en su tipo, tantas veces de forma innecesaria, y por eso, artísticamente o por la integración y la hermandad, este es el más bello momento de todo el documental.

Así como también tiene mucha importancia el aflorar la clara formación, el pasado, nuestra autenticidad, las raíces de procedencia, el estilo de vida, el barrio, la puna, una fiesta popular, y todo ese aspecto cultural local y regional en un país que hay que recordar como multicultural, un lugar de muchas voces, sea un violín mirando a la gran urbe de Lima desde un cerro sobrepoblado, una peña festiva con algunas cervezas y buena compañía, un rincón criollo de amistad y admiraciones mutuas, una jarana en un callejón al son de un cajón, como el de la picardía del cajonero Manuel "Mangué" Vásquez , una aborigen en medio de la Amazonía, o un charango –mítico en Jaime Guardia- en plena Sierra.

3 comentarios:

  1. Una oportunidad buena para conocer la riqueza musical y cultural de tu país. Si llega por aquí no me la pierdo, que estos documentales me gustan.
    Besotes!!!

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  2. No he visto esta peli. Pero, tras el mes de agosto, veo que sigues estando... Me pasaré por aquí a menudo, otra vez...

    Salucines

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  3. Tiene como atractivo principal para mí que no conozco de seguro a ninguno de los músicos :) No necesitan presentación para vosotros y es quizás lo que contribuye a una mayor cercanía con el espectador peruano, me gustaría mucho verla con el principal aliciente de descubrir horizontes nuevos :) Me ha gustado mucho como dices que se canta, y añado se escribe, se pinta... porque se lleva algo dentro.

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