domingo, 1 de septiembre de 2013

Leviathan

Premio Fipresci en el Festival de Cine de Locarno 2012, la obra de Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel es una de esas películas que hay que ver prioritariamente en pantalla grande, una de las excepciones de los tiempos y la autonomía que corren; los movimientos, la proximidad de los ángulos y la espectacularidad de la cámara están a la orden de asumirnos en ese barco pesquero que atraviesa el Atlántico Norte; son esas tomas especiales, comprometidas, bajo un ecran abarcador que nos mete dentro las que brindan la abstracción que a todas luces propone el documental, de una forma en que sus efectos se perciben fehacientes, dominantes, llevándonos hacia la alta impresión, el vértigo, hasta el mareo, el ajetreo de la labor en el océano, que nos hace sentirnos aprendices u observadores casi in situ de esos duchos pescadores industriales y todo el ejercicio de su oficio.

Su fuerte es tratar de que nos sintamos ahí mismo, en esa humedad, en ese quehacer recio y su normalidad en la velocidad e intensidad de su ejecución, en las portentosas agitaciones –como en esa mirada desde la proa- y la soterrada violencia de la naturaleza, en su subyugación marítima (por un momento todo se reduce a ese cuadrante, el océano, el barco y la pesca), como a su vez dentro de la cadena alimenticia en sus aves agresivas o al acecho tras las vísceras y desechos de la extracción, selección, corte, limpieza y almacenamiento del alimento pesquero. Es un filme de sensaciones y emociones, donde el sonido y la vista infunden el conocimiento sin explicación, de forma directa, sobrando las palabras; realmente no existen salvo comentarios mínimos, de contexto entre los pescadores, o intrascendencias, que nos hacen sentir uno más dentro del barco; es ver, entender y participar; infunde estar despierto aunque no requiere demasiado esfuerzo de comprensión. La documentación es clara, tomándose todo el tiempo del mundo en el proceso, que además es bastante completo o nos queda esa percepción general, lo enseña al milímetro sin dejar nada afuera, y la vista es simple pero impresionante. Es casi hora y media de ensimismamiento pesquero que aun así no abruma sino atrapa mucho la atención.

Es un filme contemplativo que involucra mucho, no se percibe en absoluto lejano ni exótico, no tiene inscrito en sí ser de nación alguna, su universalidad y humanidad es apabullante, aunque se digan algunas –pocas- palabras en inglés en la pantalla; solo se trata de tipos ordinarios aunque muchos con tatuajes –que nos recuerdan a los otrora feroces piratas de antaño de los libros clásicos y sus marcas en la piel como trofeos de su osadía en territorios poco visitados- y voluminosos cuerpos, curtidos, porque es un trabajo manual, y puede que para “cualquiera” pero que tenga temple, resistencia y sea fuerte; en el documental salen incluso bañándose en la ducha –hasta ahí llega el grabar su cotidianidad, en vencer cualquier intimidad del tema, y es un rasgo de la nueva autoría en el documental, de la desnudez, atrevimiento e intrepidez de hoy (démosle algo a la actualidad aun con que toda época ha tenido creadores revolucionarios), el perfeccionismo y la contemporaneidad de este medio, el abarcarlo todo, no dejar nada afuera para que juzguemos con el universo total, las distintas aristas, incluso contradictorias- y hay una notoria humanización en ese sentido, de “simplificarlos”, o quizá sea al contrario ya que saber es ir más allá; los exhiben tal cual (lo que son es tácito e intrínseco), es un trabajo y punto, no se trata de embellecer, mitificar o componer una historia, sino de documentar en toda constancia, pero agregando  la forma que nos hace trascender en sensaciones, que genera mayor compenetración, mayor conocimiento. 

A ratos es muy larga la toma en el documental, pero a propósito para darle realismo, consciencia y libertad al escenario como captar el rasgo típico y concreto en todo auge, como cuando alguna cabeza de pescado  se desliza y choca con la cámara o algunos peces se contornean en el agua entre los ya muertos mientras son escogidos para ser cortados en trozos. Sin embargo, siempre tiene algo de extraordinario en su sencillez, y hasta fluye alguna profundización de aquello, como con el ave que se mete en el barco tras alimento y no puede subir un escalón hacia el olor de los restos abandonados en la embarcación, donde está en embrión el anhelo de los pescadores y de los hombres en general, ya que en nosotros toda esta repetida odisea es el de la supervivencia, la voluntad y la necesidad por encima de la dificultad, y de ahí la audacia, la creación y la conquista. Otro punto es que la cámara es menos subjetiva así aunque no deja de serlo porque igual se ampara en una selección de metraje, no obstante su parsimonia y detallismo, su longitud y amplificación del lente, en parte ensamblada y ordenada en la memoria nos inclina a creer que de esa manera hemos comprendido y sentido mejor el mecanismo de la extracción pesquera. No dejando nada a la imaginación, es la practicidad total tanto que las simbologías ya pasan por cada uno como un extra, estamos ante conocimiento en estado puro sin complejizar sino al revés, viéndose lo expuesto como una faena dura, monótona y agotadora de aplicar.

El filme tiene de artístico, semejante a una escultura, en su composición visual, en sus formas y tomas, más que en el fondo; como en el continuo sumergir y salir de la cámara de adentro del agua, tan similar a que uno se estuviera ahogando; el ver un rato y luego no a las implacables gaviotas descendiendo agitadas a acometer sus búsquedas; o en seguir el camino de la red de captura del barco. Todo el proceso lleva la impronta de la autoría, es como cualquier otro cine que vive de sus imágenes pero con las que construye en un estilo notorio un lenguaje propio con su lente, lo que hace reflexionar sobre lo único que es el séptimo arte y como captura nuestra historia, dentro de lo sumamente mundano, reducido a su esencia, y a su vez ¿qué es el hombre sin ahondar en ello, en lo que lo define, en lo que es?, es la eterna búsqueda, siendo lógico hacerlo en todos sus referentes.

En Leviathan nada está por gusto, es el recalco constante de la aventura, porque para nosotros tiene también ese atractivo, pero para los pescadores es la demostración de un acto mecánico y canchero (de ahí que algunas partes “repetidas” tengan sentido documental sin llegar a ser cansinas o torpezas como arte para el espectador, además de pasar por aristas, ángulos de una fotografía, otro ejercicio artístico), enfrentando el agotamiento y el aburrimiento en su labor. El rato frente al televisor, incluso, aunque muchos no lo crean así, no está tampoco demás, es parte del conjunto, el final de la jornada diaria, el entretenimiento del lugar, el lente que refleja por su lado la dureza y resultado de toda la ejecución laboral, quedando el adormecimiento, y viendo que la pesca lo abarca todo, es una fijación tanto que no hay familias, relatos ni datos exógenos en pantalla, y es como quitarle el adorno o no disfrazar el oficio, requiere una paciencia y se vive a través del ecran. Claro, no se va a recrear el tiempo real de toda la labor en el océano, de los días que están ahí, porque sabemos de la importancia de esculpir el tiempo como arte, el proyectar, el idear en base al artificio cinematográfico; sin embargo, Leviathan juega a ponernos en el lugar con su lentitud y estática, con unos minutos extendidos que bastan para generar el estado de consciencia de lo que sería estar ahí, de lo que es.

El título de Leviathan se presta para muchas interpretaciones, entendemos que refiere al monstruo bíblico, anterior al filósofo Thomas Hobbes, y puede ser la sombra del reto en sí, mientras el océano es la ramificación del Padre todopoderoso que surte a su hijos de productos; pero como reza la expulsión del cielo, requiere del sudor de la frente; por eso mediante el trabajo vencen no solo sus miedos, sino es como si nuevamente el hombre se ganara el paraíso, que sería el alimento, los valores en juego, la felicidad misma. 

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