miércoles, 18 de septiembre de 2013

The brown bunny

Quizás debería abocarme más a hablar de Buffalo 66 (1998), una película que cuenta con cierto respaldo y entusiasmo general, que aunque imperfecta tiene sus buenas notorias virtudes, que tiene en sus filas a tres grandes estrellas del cine venidas a menos o de culto como son Mickey Rourke, Rosanna Arquette y Jan-Michael Vincent; que tiene como centro y contagio de frustraciones a dos monstruos de la interpretación, cada uno a su modo, Ben Gazzara, que yacía tanto en cintas pequeñas como en populares, y Anjelica Huston, figura muy fácil de reconocer en la gran pantalla y que en cada performance deja su huella y se marca en nuestra memoria aun siendo secundaria; y que tiene a la adorable y todoterreno Christina Ricci como objeto de transformación y animo existencial, en una chica muy de nuestros tiempos, y sensual en su normalidad, aparte de sensible; y al irreverente gen independiente de Vincent Gallo (ganador merecido de la copa Volpi a mejor actor por Essential Killing, 2010) actuando, dirigiendo, brindando la historia y colaborando con el guion, quien es mejor de lo que solemos creer y escuchar de él, un outsider legítimo que yace en cierta oscuridad.

Buffalo 66, un filme independiente en toda fuerza y realidad, como no se suele ver (destacando, que sería la parte más complicada) tan a menudo hoy en día, salvo apreciarlo predominantemente desde la inversión y gestión comercial inferior al estándar de Hollywood; uno que avala su libertad, porque es en toda verdad en donde se mueve, presentando un final que versa sobre la lógica, más que la rigidez de una ubicación ideológica, pero sin llegar a tergiversar toda “norma” de identidad y de fundamentos, y ahí brilla la antipatía en los continuos gritos y exabruptos de un hombre recién salido de prisión, por un desmán mayúsculo que lo encerró y lo revela de un vacío y baja autoestima atroz que lo lleva a saltar de la torpeza duramente castigada a temas más delicados como el asesinato, sin más voluntad que deslumbrar a sus padres, la carga eterna de su existencia, siendo un tipo que no tiene nada en la vida, ni siquiera respeto propio quedándole solo la proclividad a la violencia, pero que con un motivo tras una convivencia que nace de un secuestro hará de esa locura de interrelación, criticable en su ligereza estructural, una pasión para vencer su soledad, su dificultad de pertenencia a algo que lo eleve y el dominio de sus emociones y la apertura del elusivo optimismo. Mientras, la forma es lo que la hace tan indie y su canto el de una rebeldía en busca de paz.

Sin embargo, he escogido darle predominio a The brown bunny (2003), otra obra del mutifacetico Vincent Gallo, tras una introducción con una película ciertamente muchísimo más recomendable. Y es que el filme en cuestión fue abucheado en el Festival de Cine de Cannes 2003, y aunque esto no es un juicio inamovible, se han equivocado otras veces, como con Taxi Driver (1976), no hay muchos valientes que quieran salvarla de la hoguera; el peso del dedo gordo apuntando inclemente hacia abajo es digamos que unánime, aunque hay un intrépido fipresci ganado en sus espaldas, aunque a mucha crítica le arrebatan las rarezas y los filmes vapuleados por la mayoría.

La propuesta que tenemos entre manos la escojo para entenderla más que defenderla, aunque dándole oportunidad, o porque provoca hablar de una cinta que genera mucha atención por su osada famosa escena sexual, y que además, no suele ser tan sencilla de encontrar, ya que casi es indefendible en realidad, si bien hay muchos cinéfilos capaces de sustentar y articular defensas dignas de los mejores abogados de criminales, y no faltan avezados elucubradores de los rescates más audaces; ya que a toda prueba la subjetividad puede abrigar a cualquier película por más mala o buena que creamos que sea, y se mueve en toda impunidad, aunque finalmente uno contra el mundo queda más como una acción de honradez para con uno mismo, que a pesar de ser incontables veces inútil sigue siendo bastante respetable, si no caemos en el juego vano del capricho, de porque nos da la gana. 

The brown bunny es una cinta muy sencilla, que guarda cierto misterio que se devela al final, el de qué se trata la película, porque durante gran parte de ella uno siente como que no tiene un sentido mayor, algo importante entre manos. Bud Clay (Vincent Gallo) es un piloto profesional de motos de carrera que tras un viaje por carretera se topa con mujeres por las que se siente atraído, las atrae y luego las rechaza, huye de ellas, y ese es casi todo el metraje. El filme va de la oscuridad de la noche tras un buen tramo de camino a pasear por las calles asediando mujeres anónimas o de las que sus nombres son secundarios para su trama (el amor por sobre la impersonalidad de la aventura), pero que invocan alguna historia como Lilly y su necesidad de consuelo, o Rose y la prostitución más austera aun siendo muy joven y guapa, mientras visita la casa de una novia y maneja o lleva a revisar su moto. En sí, todo parece tan plano que no parece tener nada valioso. Pero es cuando termina, que armas sus pequeñas piezas, que entiendes.

Aparte, la polémica está servida con una felación en toda regla, a vista de la cámara, que no es supuestamente ninguna película pornográfica, y del espectador, que salvo bajo la lascivia queda en estado de shock ante semejante ocurrencia, por medio de una bella rubia y actriz con una carrera medianamente conocida y hasta no tan despreciable con títulos muy renombrados en su filmografía, Chloë Sevigny, que ha trabajado con David Fincher, Olivier Assayas, Lars von Trier, Woody Allen y Jim Jarmusch, y se le puede ver en Lovelace (2013).

Se capta que aunque puede ser grotesca una imagen de sexo oral explicito que quiere invocar el verdadero amor y el romance con ello, nos remite a una cotidianidad y un realismo al parecer anhelado, pero que hace muy básico aunque claro el relato; una construcción cinematográfica que no trasciende como quiere en cuanto a emotividad aun siendo tan flagrante, o quizá por ello; en la que se trata de la intensidad de la pasión y del afecto más comprometido, pero desde un reduccionismo salvaje, como avalan diálogos ordinarios, típicos de la calentura de las cintas triple X, y no es lo más idóneo, desde luego, aparte de confundirnos con su libertad estructural en todo el metraje hasta ese punto culmen, excesivo y bastante innecesario, por desubicado en cuanto a pretensiones artísticas, asumido desde una fantasía y encuentro que expone las culpas y los reproches que hacen hincapié en lo sexual que está puesto a prueba, en donde yace una barrera en la memoria del ideal del sentimiento poderoso y que representa el vínculo con una sencillez argumental alejada de la sugerencia profunda propia de lo indie.

La realización justifica todo su andar pero se hace muy poco, siendo en sí pobre; la melancolía, el abandono y la promiscuidad se fusionan en una unidad final (con una revelación que en su estilo de exposición roza kindergarten, fuera de la grandilocuencia de lo sexual). La carretera y sus encuentros son un reflejo de lo emocional. El vacío y la soledad del recorrido lo haya al protagonista como perdido en un ensueño donde solo su trabajo con las carreras de moto lo anclan al mundo tal cual, y más es como un estado de cavilación íntimo, un peso eterno.

Más allá de una gran polémica hacia su supuesta creatividad; y absoluto rechazo, su intención queda sometida a una forma demasiado primitiva, aunque la expresión visual tenga fidelidad con el deseo artístico, trunco en cuanto a sus elementos, una idea que seguramente en el papel y en el magma pudo sonar bastante cautivante, pero que debió poner mayor sutileza en sus recursos, lo cual es una crítica notoria, y va con todo el conjunto, de una inocencia que nos lleva a la insipidez, por más fuertes y adultos que seamos en el trayecto. O irreverentes. Sin duda, un ataque de genialidad que no ha llegado a buen recaudo. Pero se agradece la honestidad a fin de cuentas, el intento fallido. Finalmente, es un filme que tiene un algo y no bromeo, ni me obnubilo -no tanto, siendo sincero- con una Sevigny arrastrada por el éxtasis de su gesto y acción, al extremo de enarcar las cejas por algo que parece tragar -¿profesionalismo?, la piedra está tirada, no siempre lo es- debajo de tanta torpeza y diafanidad amateur. 

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