lunes, 9 de septiembre de 2013

Los niños salvajes

Biznaga de oro en el Festival de Cine Español de Málaga 2012 y nominada a 3 premios Goya el 2013, dirigida por Patricia Ferreira. Un filme de muy buena estructura que va como adelantando que va a suceder a través de entrevistas que se confunden en su exactitud – ¿se trata de la psicóloga, de las autoridades del colegio o de la policía? pensamos- y luego empieza a narrarlo y así sucesivamente, a descubrirnos que oculta y quiénes son todos los implicados y de qué se trata, y aunque al saberlo nos queda la sensación de una desmesura poco asociada con el personaje en cuestión y una inexpresividad insensible poco creíble y tampoco no afín, por el carácter y la construcción interpretativa en especial, no empaña el logro de haber contado con buen pulso y atractivo la historia de tres adolescentes, su relación contextual con sus familias, el colegio y sus locuras. Que se basa mucho en la amistad entre ellos.

Es una película que aborda un tema manido en el séptimo arte, pero que logra presentar su natural cuota de intensidad y como está bien concebida, con actuaciones, las de los chiquillos, logradas, no es para nada como para despreciarla, aun siendo algo carente de creatividad en cuanto a lo que es en sí y lo que muestra, que se comprende en una cierta medida porque quiere que lo visto se identifique con facilidad, otorgarle veracidad, como un estudio de la propia existencia, que sea comprobable. No obstante, es elogiable porque se ve que hay mucho control de lo que se hace, que se conoce, o se ha investigado contundentemente, aun siendo un tema muy popular, y se proyecta el tema de la incomprensión, de la libertad, del estar perdidos, de los conflictos internos y de la dificultad de no ser rebeldes en los adolescentes con muy buena dirección detrás, que lo son sin que se pretendan, sino como una identidad que se está desarrollando y que descubriendo el mundo toca su lado de querer hacer lo que no se debe hacer, ya que como se sabe atrae tanto lo prohibido, y más cuando se es inmaduro y curioso, es la edad precisa para ello, se está uno recién encontrándose, por eso beben, se drogan, les gusta el grafiti, hacen fechorías, aparte de yacer en batallas intimas, presiones de los padres y de la sociedad misma.

El filme hace bien dándoles un background sólido a cada chico, poniéndoles sus retos y sus contratiempos, sus deberes y sus anhelos, el niño que quiere ser un buen peleador de kickboxing para agradar al papá, y que en sí es como una obsesión de éxito y de ser líder, de convertirse en el tipo ejemplar, el más inteligente, el más fuerte, el más astuto; la niña que debe sacar buenas notas en el colegio y ser una chica bien ya que tiene dinero, cumplir con lo que se quiere de ella en sociedad, como con sus bailes de flamenco, llevar una disciplina, comer sanamente o contener buenos modales con amigos de sus padres; y el que es el peor del grupo, la oveja negra, el muchacho descarriado, que simplemente es coger algún rumbo decente, aun siguiendo su estela de outsider, en hacer del grafiti un arte que genere ingresos y reconocimiento, se entre en los parámetros de aceptación general.

Como no pueden ser exitosos ante sus preocupaciones hacen malacrianzas, se enervan y quieren ser más trasgresores, en consonancia a sus frustraciones (que suma a sus propias rebeldías de edad), porque aún no entienden lo que es el orden, el mundo de las consecuencias y es en ese lugar donde hay un fuera de campo; se ve el discurrir, pero no llegan a ser juzgados plenamente, la mayoría lo pasan por alto, y es como una pregunta abierta de ¿qué hacer con ellos?, aunque sea una respuesta visible, en Alex proyectarlo en alguna inquietud, corregirle a través de la auto-superación y la voluntad, que entable un nexo con alguna pasión. De los otros es simplemente bajar la carga impositiva, ser más un consejero y apoyar su desenvolvimiento, como lo que representa la psicóloga, Júlia (Aina Clotet).

Hay una notoria disonancia que se hace algo chocante, desestabilizadora, y exagerada a raíz de lo que antecede, con lo que llega a hacer un protagonista, pero sirve para ver que nuestro proceder implica decisiones catastróficas, hay un camino que puede arruinarnos, ya no travesuras, sino algo mayor, y el castigo –esta vez sí algo duro, posiblemente una correccional- no llega a verse, pero se intuye tranquilamente, te lo puedes imaginar. Es un final que quiere defender su rótulo, son niños salvajes, aunque antes no hayamos visto nada demasiado extraordinario que lo avale con fuerza, si bien hay  asuntos como el golpe al padre o al hermano pequeño que se toman ligeramente y son algo grave, en cambio  a la jovencita ante una cachetada se le cae el mundo. Incongruencias, o falta de balance, pero bueno, la vida tiene distintas reacciones, y cada uno enarbola su perspectiva, hay distintos comportamientos, adultos indulgentes o abusivos, carentes de dimensión o sobredimensionados, chiquillos exagerados o extremos como ampara y defiende el filme, y puede atribuírsele a la visión y hacer de los personajes; siendo los tres jóvenes el eje de la película y de ahí que se coman a muchos secundarios que podrían haber tenido mejor repercusión, si bien no es que la trama se pretenda ardua; no obstante, queda el síntoma de la simpatía, de la dulzura que atenúa, y cierta pasividad para con el progenitor, como el propio hecho menor y que la jovencita está acostumbrada en su collera a ese trato ordinario, y lo dejamos ahí.

Se debe decir que el metraje tiene buen ritmo y es una historia aunque de cierto estado de deja vú, que se supera -y se olvida en parte su minusvalía- por una recreación digna de alabanza, que se hace muy entretenida, y por supuesto, tiene su buena cuota de reflexión, ya que siempre la adolescencia despierta cierta complicidad y comprensión, que visto desde el profesor amargado o del padre agobiado harto de la infracciones de su hija, dos tipos muy ordinarios en su creación de personaje y canal de comunicación, tienen de lógica y preocupación; tampoco es cosa fácil manejarlos, tanto que la temática merece una atención mayor y un reordenamiento más efectivo, ya que pueden ser pequeños monstruos, en proceso de algo peligroso, como implica el desenlace.

Sobre el filme  a uno le viene por recordar Elefante (2003) de Gus Van Sant, un modelo general cinematográfico, ciertamente; tanto en cierta vocación estructural, de romper un poco con lo lineal, como con esa personalidad “pasiva” (aunque se ven sus fechorías, menores, como el alcohol que se esconde en una mochila escolar, en no estudiar sino tontear en la computadora, en llegar tarde de madrugada, en quienes son los amigos, en faltar a las clases de baile o en comer pizza en lugar de lo saludable) que se convierte en violenta. En la presente obra se razona contra cierta impunidad o dejadez, que nos hace creer que estos chiquillos no tienen la complicidad de la autora, y que parece ser un llamado de atención para el espectador; en parte, porque lógicamente todos hemos sido adolescentes y uno no puede obviar ese estado de yacer extrovertido, divertido; de enajenación y constante aventura que nace de tirar de límites, ya que hay como una ambición de ser rebelde a los 15 o 16, de que esa figura importa a esa edad; es propio de ese tiempo, de una etapa de crecimiento, tiene tanto de colectivo como de personal, de cotidiano.

Nadie evita la conmiseración e indulgencia, más de la forma explayada, con un Álex (Álex Monner) que tampoco es de los malos como menciona el profesor amargado, no existe eso con los chiquillos, no es común verlo así, y él también aporta sentimientos, los contiene (el abrazo a la madre, la felicidad de la beca o la afinidad con sus amigos). Todo eso deja ver el filme, se posa en ambos lados, en la crítica y la comprensión, como suele buscar el arte, y el entendimiento complejo, aunque pueda haber sus excepciones en otros temas.

El personaje -y la interpretación- de Oki (Marina Comas) se hace querer muy rápidamente, exhibe aun en su indiferencia esa ternura propia de las chicas bonitas, pero carentes de ostentación, la vemos pequeña al fin y al cabo –mucho más que al resto- y exuda aun en su rebeldía un estado de indefensión, es una más del clan, sin perder su femineidad tampoco, que verla de otra forma puede no ser convincente, pero esa lucha de sus acciones recriminables –en donde se deja llevar bastante, salvo que en un momento arroja una piedra o un objeto en una pelea o defiende enojada el uso de sus ahorros, esto último muy normal- y el de su carácter atractivo, dócil, llevadero, amable, deja pase a no encasillar mentalidades gracias a la ambigüedad que aparece de lo atractivo y lo incorrecto (que es una dualidad anti-maniquea esencial en el argumento), solo que habría que haberlo desarrollado mucho más, conformarla como alguien menos simpática, más activa, capaz de, para de ahí entender que puede albergar liderazgo (negativo) en acciones mayores. En fin, faltó justificarla más, un desliz. Aunque con Álex hubiera sido muy obvio. Y en Gabi (Albert Baró) sería igual de improbable a ella, ya que es casi perfecto, aunque es otro rasgo notorio de romper el estereotipo (que en un desenlace como el presente no basta sino sería en gran parte arbitrario), y está manejado con inteligencia, aunque hubiéramos querido más audacia, en sentido imaginativo con respecto a todo el concepto y hechura del personaje. Y es un rasgo general del conjunto. Es una obra que no será de las más originales, pero su buena factura, impecable, y su cariz narrativo, sus roles e interpretaciones hacen de ella algo bastante disfrutable, lo que aconsejarla como iniciación al tema, una cavilación esencial y placer puro queda preciso. 

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