miércoles, 27 de abril de 2016

Karaoke Crazies

Un karaoke de pueblo chico es regentado por un dueño melancólico y solitario con inclinación al suicidio, al porno y a los dulces, llamado Sung-wook, que para mejorar la asistencia de su negocio contrata a una asistente para los clientes, a Ha-Suck, donde ella aparte de ser adicta a la computadora, vestir un poco femenino buzo verde o un atractivo vestido blanco, tiene la particularidad y voluntad propia de darles sexo oral a los clientes para mantener el buen rendimiento del karaoke. Entre Sung-wook y Ha-suck hay una relación de conmiseración mutua que subvierte cualquier imperfección social, extrañeza laboral y peligro de denuncia  (aun teniendo a la policía cerca, en un ávido contador de sucesos criminales), un sentimiento que circunda por todo el filme, como el concepto de una familia atípica.

Ésta familia del karaoke cargan todos pasados miserables, yacen golpeados por desgracias y pérdidas (secuestro y muerte, un accidente fatal, una madre soltera huyendo, una violación en grupo), hasta el daño psicológico. Familia de la que es parte otra ayudante de karaoke que se dice profesional, Na-Ju, una mujer vivaz e intensa pero ansiosa y necesitada de producir mucho dinero, y un gigante medio retardado, sordomudo además, que se encarga de la limpieza.

El filme ciertamente maneja sordidez y perversión a grados mayúsculos, pero todo lo toma con una tranquilidad, descaro y comedia pasmosa, que puede verse con desagrado, producto de sentir su extrema superficialidad y vacío, a lo que se agregan momentos de ternura y reforzamiento familiar y humano chirriantes e incongruentes de cara a tanto trauma, luciendo abusivamente sentimentales, ridículos, hasta bochornosos, y fuera de lugar en su seriedad y cambio de registro, su falta de identidad, quererlo todo, producto de tomarlo tan ligeramente, y no porque quiera cundir el absurdo o el humor negro, no hallando un buen equilibrio entre lo harto desagradable y grave, lo intrínsecamente polémico, y lo sensible, relajado y buena onda. Pero también puede verse como un filme inclasificable, curioso e irreverente, aunque como la intervención de una porcelana en forma de pene usada como rezo para curar los traumas sexuales –vaya incoherencia- se tiende a subrayar el querer ser extravagante, distintivo e irónico, y pierde el filme capacidad de novedad, simpatía y autenticidad.  

El aspecto de locura está sobre-marcado en el filme, del sur-coreano Kim Sang-chan, que puede resumirse el producto en una comedia tonta con una intrascendencia atroz, como en una quinta de las ocurrencias, detrás de la expectante imagen congelada o el movimiento tipo túnel de aquel arco del pasadizo de entrada. La propuesta mezcla irreverencia, lascivia, oscuridad y melodrama, aunque teniendo momentos sensibles y fáciles de lo que quiere ser obviamente simpático con personajes al uso, pero conseguidos, el depresivo, la chica bella, alegre y cool, los freaks. Ostenta también una narrativa donde pasan muchas cosas (incluso tiene de thriller, de crimen perfecto, en una película que recuerda a The Quiet Family, 1998), entretiene, y exhibe una gran estética, a ratos lúgubre y misteriosa, en otras radiante, de lo que es como un cuento de hadas perverso. Con lo cual tenemos una propuesta irregular, con mucho defecto y un raro encanto.

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