lunes, 25 de abril de 2016

The Island Funeral

Laila (Heen Sasithorn), su hermano y un amigo, jóvenes que radican en Bangkok, deciden ir al sur de Tailandia, empecinada la mujer –una dama segura de sí, aprehensiva, curiosa, sensible; como suponemos a la directora- en buscar a una “extraña” tía, al lugar de origen y creencia religiosa de estos hermanos, a la provincia de Pattani, una de las tres provincias del país que tienen predominio musulmán y que contiene un centenario y antiguo conflicto separatista que es sofocado por el gobierno de turno, en especial el militar, tema y presencias –la fe musulmana; maniobras del ejército- que el filme de la tailandesa Pimpaka Towira deja ver, mucho como destellos, pequeñas Mise-en-scène bastante artísticas, o flashbacks, lo que aparentemente es la lectura central de la propuesta, en medio del entretenimiento de un filme con cierto aire a uno de género, manejando misterio y suspenso, pero que va más allá, trata la realidad política general de su nación, de inestabilidad –tanto cambio y golpe de estado- y cierta sombra de una falta de libertad, desde la religión (en un país mayoritariamente budista).

El filme es potentemente inquietante, donde el miedo tiene mucha presencia, como lo representa el amigo llorando y esperando lo peor del viaje, o que Laila vea un especie de fantasma, en plena carretera, en que observa cruzar frente al auto a una mujer desnuda, sucia y encadenada, una imagen sugerente –esencia del estilo sutil de expresión del filme, se habla de algo que no se ve, luego tras finalizado el periplo lo visualizamos literal y metafóricamente- de la realidad que se vive en Tailandia (donde esta vez la fantasmagoría, la mitología y el folclore yacen tenues, pero se esconden a su vez en el ambiente, en algunas visiones que tienen de realidad y sueño –una mujer sumergida en el río en plena noche tras el viaje medio místico en bote-, o debajo del descubrimiento tras las pesquisas de la villa de Al-kaf, de una procesión funeraria, de una isla que aunque más lúgubre recuerda a El hombre de mimbre, 1973), una amenaza a la libertad y al derecho no explicita (claramente emparejada con la atmósfera del filme), sino implicando harta sutileza, hasta “abrirse” hacía la conversación de la cena de aquella casona en medio de la selva, en un filme que sabe a aventura de aire siniestro, bajo tentativas de que algo puede suceder en cualquier momento, la que fácilmente pudo ser una película de terror.

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