domingo, 17 de abril de 2016

Death by Death (Je me tue à le dire)

Un perdedor que intenta convertirse en actor y falla estrepitosa y “cómicamente”, encuentra un trabajo vendiendo electrodomésticos, tiene una pareja bella y loca (Fanny Touron) pero desilusionada con el discurrir de su carrera como pintora, y una madre corpulenta y vivaz (Myriam Boyer), que toma todo el día champagne, sobrellevando un cáncer al seno, lo cual le perturba, dejándolo en la situación de un hipocondriaco que teme absurdamente tener el mismo mal, producto de que se le está cayendo el cabello y cree tener un bulto en el pectoral.

Estamos ante una comedia de humor negro, del belga  Xavier Seron, que debuta en el largometraje de ficción, una película a la que, desde luego, le sobra irreverencia, burlándose de hasta lo impensable, como ver a un suicida desnudo en un balcón en medio de la sensación de estar próxima la epifanía (no nos engañemos, esta no es ese tipo de película) del protagonista, Michel Mann (Jean-Jacques Rausin), que simplemente termina sintiéndose mal, desmayándose; o el juego bobo con una prótesis mamaria en el espejo del baño, o el ponerse a jugar infantilmente a la película de acción con un niño en el hospital, de lo que reconocemos que la propuesta tiene ternura en algunos pasajes, en medio de la predominante terrible burla del patetismo de su criatura, que no escatima ridículo, llegando a desnudarse en una sala de arte de posar y dibujar en pos de obtener la atención de la amada, mientras se dedica a beber y a sufrir –o quizá, mejor dicho, a sentir un extraño placer- en la idea de su muerte cercana.

La ternura aflora poco en el filme, pero ayuda a no perpetrar tanta crueldad, observando que ésta abunda, ya que Xavier Seron no tiene clemencia en su humor (tan) indie, expuesto, por supuesto, en blanco y negro. Donde la trama tiene muchos ratos de un tono impertérrito, con una calma atroz, aun tratando con la muerte y una terrible enfermedad. El cariz de melancolía se disfraza de abiertamente sarcástico, y eso lo hace un filme medio difícil de tolerar, aunque sea –o por eso- tan transparente. Encima somete a la broma la iluminación y a la iconografía cristiana/católica, en que Michel es como el santo patrono de los perdedores (también comparado con la inocencia de Mickey Mouse, y la realidad del parecido con una rata), que va cuesta abajo sin freno, teniendo cada vez menos cabello, menos seres queridos cerca, dedicándose a tomar más alcohol  y volviendo a tener gatos a su alrededor (símbolo de cierta soledad). 

En el filme hay como leves intentos de arreglar la situación (aunque hay también métodos risibles, tanto como desesperados, como ver a la madre impidiendo la venta de su casa), pero se perpetran en el absurdo, tales las miles de pruebas, revisiones y cuidados por sobre una enfermedad imaginaria, mientras el complejo de Edipo aflora, en el extraño placer que sobrevuela hacia la muerte, en el nexo que trasmite la madre al hijo en su final, lo que puede ser una negación de un dolor tan determinante, no obstante es pedirle mucho al filme, que no deja de divertirse a costa del protagonista. En ese sentido Miryam Boyer está esplendida, y Rausin se presta hasta para lo peor. Lo que muchos rechazaran, mostrar a un ser tan trágico en un tono tan despreocupado, y otros aplaudirán por su potente irreverencia. 

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