domingo, 16 de agosto de 2015

Planta madre

Gianfranco Quattrini hizo una de las mejores películas que se han hecho en el Perú, Chicha tu madre (2006), por lo que habían muchas expectativas con su próximo largometraje, y el resultado ha sido regular, en ésta coproducción peruano-argentina, que cuenta con actores de ambos países, acertando en el ambiente del rock argentino de fines de los 60 y comienzos de los 70s en esos flashbacks constantes dispuestos con la narrativa central, sobre la búsqueda espiritual, medicinal y el propio perdón del sobreviviente del grupo de los hermanos Santoro, ya que el otro hermano, Nicolás, murió, cuando tenía el sueño de viajar a Iquitos y probar el ayahuasca y un viaje psicodélico al interior de nuestro yo, con lo que Diamond Santoro cumplirá ese anhelo, más por salir de un especie de trauma tras el mal comportamiento y abuso que tuvo con su hermano menor. Aquellos flashbacks ahondan en la relación fraternal, no obstante llega un momento donde cansan, parecen agotarse y se nota que sobran imágenes, que empiezan a repetirse y a llenar espacio como por gusto, ya no ejercen la complicidad (marcadamente buscada) inicial, adolecen del toque necesario de creatividad.

El filme que estuvo en la sección hecho en el Perú, del 19 festival de cine de Lima, es bastante sencillo, es el camino que emprende Diamond en busca de un reputado chamán, que actualmente es vendedor de pescado, para probar la ayahuasca y votar el mal que le aqueja, mientras con la exnovia de Nicolás conoce a su nueva pareja y a su hermano menor, dobles de la relación principal, quienes se meten en problemas con unos maleantes de la zona a los que deben dinero y surge un conflicto donde hay disparos, por lo que el periplo por la selva también resulta una persecución. En sí es todo lo que sucede, lo que hace de éste filme en buena parte plano, sin demasiadas aristas, ni suficiente jugo como trama, aunque tenga a la música como papel trascendental, donde la fogosidad y el ritmo tropical se mezclan con el rock y hacen una incursión potente, con personalidad (en que Diamond no canta nunca directamente, producto de un dolor que le genera impotencia, pero que de regreso terminará supuestamente poético, en tremendo lugar común), sin embargo el rol principal, que recae en Robertino Granados, como Diamond, se hace a un punto insoportable con su gesto de eterna compunción en medio de su escapismo constante que roza por ratos el ridículo, lo infantil, haciendo de él un personaje sin gracia, insignificante, a pesar de que tiene un background “prominente” en su amor, necesidad y control de la vida de Nicolás. Con lo que estar dirigidos por éste tipo de personaje, tan anodino en su presencia y alcance propio, hacen un mal contraste con los buenos momentos de esa historia del pasado, y no porque sea un tipo de aspecto ordinario, que tiene mucho sentido, sino porque su tono y su intervención no poseen riqueza alguna, solo una perspectiva ínfima de culpa y desazón que no movilizan mayor proyección ni generan ninguna conexión.

La participación (y gran gancho nacional de publicidad) del cómico Manolo Rojas no es nada especial, como suele ser a fin de cuentas, tiene un papel pequeño, es solo un presentador de conciertos, un promotor musical, y, bueno, está en lo justo, pero sin más, no es Aristóteles Picho. Con ello Planta Madre sufre de falta de creatividad y verdadera atracción más allá de lo que puede dictar en el papel (rock, drogas, muerte, sufrimiento y redención), como que dilata bastante una historia que no tiene mucho que contar, toda la trama se la pasan esperando por el viaje de la ayahuasca, y termina siendo algo natural y realista, pero poca cosa al final, y ese es el mal del filme, que le han faltado aristas, esquivar la redundancia y el vacío, y tener mayor composición narrativa, que en la edición está bien y en la recreación de la selva y las costumbres, pero en general como relato simplemente no logra brillar como conjunto, y no pasa de cierta sobredimensión, esperar algo grande por el pasado musical, y verlo representado en un presente (40 años después) que describe el alcance del filme en la figura última de Diamond y de esa forma termina concluyéndose como producto. 

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