martes, 4 de agosto de 2015

Alias María

Película del colombiano José Luis Rugeles que estuvo en Un certain regard, Cannes 2015, y ahora  en la competencia oficial del 19 festival de cine de Lima. Sobre una muy joven guerrillera que debe cuidar al único bebé que se le ha permitido vivir en el campamento, a los demás se les aborta, por medio de un médico colaborador que es servil y pusilánime, lógicamente con cierta razón porque el demonio se esconde detrás del trato superficial (el ejercicio del filme), producto de que el infante es el hijo del comandante del grupo, por lo que con un pequeño pelotón subversivo vemos su larga caminata por la selva, en lo que es algo recurrente, ir por ahí sin rumbo aparente, deambular armados y vigilantes mientras evitan a los grupos paramilitares que colaboran desde la oscuridad del conflicto armado con el ejército nacional. En ello está la importancia del filme, su decisión formal y narrativa, primeramente neutral para pasar a ser contundente desde lo mínimo y personal, que paradójicamente nos toca con potente profundidad y permite ver la luz con mayor voluptuosidad y arte.

Es una propuesta que no es radical en su apreciación, con ello no hay apremio, luce que no tiene un peso encima, que llega a sorprender por momentos, va lenta en generar la gran perspectiva de la obra y digamos que evolutiva (mientras el ritmo y su agilidad de narrar es indudablemente perfecto), aunque aparezca en realidad como una transformación, tras ir a chocar con la misma piedra hasta entender y vislumbrar que se avecina la tragedia, y que estábamos caminando con el enemigo, los lobos con piel de oveja, cuando desperdiciábamos la vida, seguramente reclutados a la fuerza sin proponernos dudas existenciales hasta conocer acciones primarias pero capitales, de lo que al ver la (verdadera) amenaza, el no tener a donde ir, nos deja con la idea de que no basta con sólo correr, fuera del odio, en una fatalidad que no se apreciaba en el otro hasta sentirnos en la misma situación, en lo que se obsequian matices y no monstruos estereotipados, donde habita la tranquilidad discursiva, un aprendizaje de lo que significa inquirir por el equilibrio, de lo que por bastante tiempo parece una historia muy natural y conforme con la guerrilla izquierdista, retratándolos en completa normalidad y humanidad, hasta algunos combatientes parecen hasta simpáticos como uno que sabe cambiar pañales, o que regala una brújula a un niño u otro que le promete amor a María, como que los paramilitares son únicamente la amenaza sin razones mayores, que dicho por igual tampoco son probos, hacen acciones sucias.

No habiendo crítica directa de ideologías que no nazcan de lo íntimo y circunstancial, de lo que es un entretenimiento inteligente. En la piel de ésta combatiente, de María, que expuesta a la dura ley de los abortos no le queda otra frente a su naturaleza y a lo esencial que intentar escapar (es una lectura literal y metafórica de humanizarnos a través de preguntarse ¿qué futuro le espera a los niños por venir con este tipo de lucha?), y al desobedecer ser el enemigo, de lo que se crea una sólida argumentación sobre el daño que infringen los subversivos a su propia gente (en un sentido representativo), al mostrar la otra cara de la moneda, antes cierta bondad, luego vehemencia y frialdad, como quien descubre una verdad, lo que para María será objeto de desesperación, muy bien retratada en su fatiga, rostro compungido y en esas vías de tren que son la vida que no ha conocido hasta hoy, un despertar y un nuevo comienzo (una esperanza general), pero antes la aclimatación, los polos, los cambios de humor, las distintas personalidades, en un quehacer muy emocional, donde afloran siempre las preocupaciones internas, harto humanas, desde lo más preciado de una mujer, el nacimiento y cuidado de un hijo, el eje, que es el pretexto para detonar la bomba de la realidad que no ha sido cavilada, porque éramos cuerpos movidos como hilos de titiriteros, gente autómata sumida en una guerra en la que no se aprende hasta que uno se enfrenta a la falta de libertad y la iniquidad, disfrazada de disciplina marcial, a decisiones superiores donde no hay misericordia, ningún perdón ni amor, o se ve que una mala orden ha dado con algo personal y “arbitrario”.

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