domingo, 2 de agosto de 2015

La tierra y la sombra

Antecediendo la gran fiesta del cine nacional, el 19 festival de cine de Lima, empezamos a observar algunas películas de la competencia oficial de ficción. La tierra y la sombra, de César Augusto Acevedo, es portadora de 2 premios de la semana de la crítica del festival de Cannes 2015 como de la cámara de oro a mejor ópera prima en el mismo evento. Se trata de como un hombre mayor regresa a su hogar en el campo donde en la zona cultivan y viven de la caña de azúcar, con lo que intenta reconciliarse con su anciana esposa abandonada, la que tiene carácter fuerte y salvó su pequeño terreno cuando él lo creía perdido y decidió partir para no ver su final. También vuelve porque su único hijo yace muy enfermo cuidado por su esposa y su pequeño hijo, de lo que la sombra es la clara metáfora de cómo vive(n), para dar paso más tarde a la luz, como vemos en el abrir de las ventanas. El abuelo muestra atributos de suma bondad, sublimes experiencias y hermosos conocimientos, como muchos de los personajes, ya que brilla la humanidad, la vasta dignidad y el respeto por la gente rural colombiana, ostentando personalidad, un interesante background y consumado carisma, a diferencia de otros retratos campesinos humilladores, demasiado humildes y pobres o poco vistosos. El anciano fuerte trasmite no solo juego como el de la cometa, sino saberes curiosos al nieto, como el reconocimiento del canto de las aves, lo que es un aporte muy significativo porque enseña a amar la naturaleza, lo autóctono, a pesar de que en el lugar donde vuelan la cenizas de la quema de la caña y caen como una especie de lluvia apocalíptica hay como un sentir silencioso hacia aquella desintegración o fin de los tiempos, en que al trabajador se le explota y se le remunera muy tarde y mal, por lo que el filme por su lado hace de denuncia, compartiendo la humanidad y existencialismo del pueblo, algo referido en la sencilla premisa de dejar el lugar producto de una simbólica enfermedad en el hijo.

La película perpetra su mejor basa en el retrato rural que contiene, de una belleza excepcional, pero exhibe una historia muchas veces poco original, demasiado cotidiana y simple, aunque muchos vean en ello el triunfo de un tipo de cine arte. Sin embargo, tiene muchas otras virtudes, como en la formación de la idea central, la de una trasformación, como en aquel fuego intenso del desenlace que llega a sorprender y luego a verse “natural”, en una representativa despedida, para dar paso a la soledad, esa en la que yace el poblador frente a una existencia de austeridad y necesidad. Tema social muy bien asumido, desde la sutileza, en la inmersión de otros problemas específicos más “pedestres” que remiten a ello de forma discreta, hablándonos de que al no sostenerse la tierra esto genera diáspora como que al no haber recursos para sobrevivir implica que quienes se quedan sean exterminados, dándose un callejón sin salida de sostenimiento, con lo que irse parece la única opción, lo que conlleva la destrucción de la vida rural, un lugar donde solo se quedan los más recios, de lo que el abuelo tiene una razón fuera de su carga de “debilidad” y culpa para exonerarse y seguir teniendo un cariz potente de empatía con el espectador. De ello que su sueño con el caballo sin silla de montar, el que sale del hogar, de cuatro paredes, nos remite a la libertad, la de la gente común del territorio tras las penas y el encierro o cobijo inadecuado, y en especial la de su propio ser en conseguir la realización emocional, poco después de mencionar en una canción popular entre llanto velado de cervezas que se viene a sufrir al mundo, reflejando su entera situación, amorosa y vivencial en general.  Habiendo círculos de influencia, la madre por el hijo y la tierra (las raíces que llaman a morir en el lugar), el hijo por la madre vieja, el nieto y la nuera por el deber con el esposo joven y sus decisiones, el abuelo por el hijo y su salvación.

Estamos ante un filme que tiene muy bien lo suyo, a pesar de cierta crítica en contra, de lo que el cine colombiano se encuentra en muy buena salud y crecimiento habiendo obras muy personales y a su vez típicas de su idiosincrasia, muy nacionalistas, pero con un toque de modernidad narrativa aun en su quehacer típico. Obras como Todos tus muertos (2011), La sirga (2012), Tierra en la Lengua (2014) o la presente nos remiten indefectiblemente a un buen momento de su cine, en una lectura del campo con su dosis de ingenio, recoger el lugar de una problemática y crear una ficción que vela por su propia independencia.

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