sábado, 10 de diciembre de 2016

Take Me Home

Último trabajo cinematográfico del admirado y querido cineasta iraní Abbas Kiarostami, recientemente muerto el 4 de julio del 2016. Es un corto de 16 minutos de duración. El filme es muy sencillo, minimalista, sin trampas ni sobredimensiones ajenas, de lo más transparente, sobre una pelota de futbol que un niño deja en la entrada de su casa que se encuentra en una zona de elevación y que se rueda y empieza a caer por las escaleras, de forma interminable, y que es el juego de la presencia de la pelota y las distintas maneras de exhibirla y apreciarla a través de la flexibilidad de la toma, que de una distancia y altura real, ya que hay cantidad de distintas escaleras, más de lo aparentemente lógico, junto a unos cuantos pequeños callejones y rellanos, por donde la pelota rebota como frontón y sigue su curso, va cayendo y cayendo y cayendo, con una lúdica y armoniosa música de acompañamiento. A nuestros ojos parece un pinball natural, de lo que en realidad su dinámica es propia de efectos especiales. Uno se puede preguntar: ¿Es todo casual, es todo divino? Las escaleras simbolizan al mundo, el movimiento es la felicidad. O como puede implicar el título (en segundo plano), la caída como golpe y querer ser llevado a un lugar cálido y seguro. O, simplemente, ya jugué, ahora vámonos a casa.

Se puede ver a la pelota en sombras o en medio de ángulos y estéticas curiosas. El corto recuerda a El globo rojo (1956) con su lógica caracterización de movimiento, ya que en el hermoso mediometraje de Albert Lamorisse el globo parecía más una mascota. La  pelota incita a pensar en  la simbolización de la búsqueda de la libertad o la gloria de tenerla. Es un filme tierno y ultra positivo, “infantil” y bello. Kiarostami muestra su sensibilidad y esa grandeza de lo pequeño, en su eterno canto a la niñez. La pelota no deja de caer, pero nunca se pierde, el niño la halla con facilidad. Se trata de un juego y entretenimiento netamente visual, ver las cuantiosas caídas, apreciando a las escaleras semejantes a una "interminable" hilera de dominó, rebotando a cada peldaño como derribando cada pieza, generando la idea de la perfección. La pelota logra seguir moviéndose siempre entrando en alguna lógica. Es ante todo un descanso visual, algo que no necesita profundas elucubraciones. Invoca -primeramente- la relajación y la alegría de existir, todo lo contrario a la complejidad y muchas veces crueldad del mundo. Que mejor despedida que esta, con la pasión por la sencillez y la emotividad del séptimo arte. 

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