viernes, 23 de diciembre de 2016

Mi amiga del parque

Ganadora de mejor guion en el festival de cine de Sundance 2016. Liz (Julieta Zylberberg) es una mujer insegura, pero lógicamente insegura (aunque la idea es pensar que tiene un problema y exagera), teme por la salud y bienestar de su bebé, duda de su capacidad para cuidarlo y de lo impredecible que es la realidad y el mundo. Ahí la vemos ducharse y llorar y a cada rato mover la cortina y vigilar si está bien su bebé. El filme de la argentina Ana Katz coge esa inseguridad y la pone a prueba con una amistad –la de la amiga del parque, la de Rosa, la propia Ana Katz, en un dueto magistral- y yendo a lo secundario en un largo viaje en carro (cuando se piensa de Liz que es una pésima conductora y tiene una responsabilidad que prácticamente la tiene sujeta en su vida, cuidar de su primer hijo). 

La prueba –que la propia Liz se impone- es poder confiar en Rosa, en hacer solvente su amistad, cuando en el barrio Rosa y su hermana Renata son mal vistas, las llaman despectivamente las hermanas R, las ven fraudulentas, inmaduras, confianzudas y aprovechadas. Se dice de Rosa que se llevó un auto del barrio sin permiso, y frente a Liz se roba el pago que Liz hace en un lugar de comida y genera que tengan que huir con los cochecitos de los bebés. Liz desconfía de todos, hasta de una nana y empleada ejemplar y rigurosa que contrata. La observa como si pudiera lastimar a su pequeño Nicanor de 8 meses de nacido. Liz desconfía también de sí misma porque no puede dar de lactar a su hijo. Pero en lo que puede sonar paradójico Liz se hace amiga de Rosa en este trance tan difícil de su vida.

¿Temes de lo más confiable –de una nana experimentada y seria- y del amor más grande, y se pueden entender estas dudas, pero pretendes confiar en el peor de tus (nuevos) amigos? Rosa tiene –al parecer- su cuota de simpatía y expresa ganas de apoyar, pero está cargada de defectos y libertades reprobables, como mentir diciendo que Clarisa, la bebé de su -supuesta inestable- hermana, es suya. Rosa se cree una buena madre, antes y después de saberse la verdad, y esto es parte de la prueba (en la mente de Liz) en un juego de espejos. Pero todo tiene una razón y un sentido, y esta es la audacia y distinción de la propuesta, aunque arriesgada y poco común es una elección elaborada y emocional, Liz quiere demostrarse y demostrar que uno puede confiar en uno mismo y en los demás, cuando las personas de este “experimento” no presentan todas ni muchas de las cualidades para sostener una maternidad y amistad saludable. Trata de la búsqueda de una cura psicológica. El extremo requiere de otro extremo, es decir, el miedo frente al heroísmo. La trama invoca al pusilánime que se convierte en héroe.

El filme yace en un empaque sencillo de vicisitudes menores y narrativa amable, muchos dirán convencional, pero sumamente atrapante y deliciosa (nunca habrá mejor que saber contar una historia, poder profundizar en el mundo con tanta claridad), como hallar un arma en un bolso o que desaparezca el bebé, a la vera de las hermanas; contrastando la personalidad vulgar -a un punto- y desenfadada de Rosa con la corrección de Liz, en la que es una especie de buddy movie de la maternidad. Hay una sub-trama de lejanía  y soledad con el marido de Liz, el que trabaja en el extranjero, que agrega al meollo, pero no tiene mucho vuelo en sí, no obstante nos habla del machismo, en donde se cree que cuidar de un hijo es deber exclusivo de la madre, dejando al padre relegado a un segundo plano, lugar a donde apunta una crítica, y además de que la madre no tiene esa naturaleza irreprochable que muchos señalan, sino se va construyendo, aprendiendo y creciendo una como madre, habiendo una imperfección y cierto vacío que trabajar. 

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