viernes, 22 de mayo de 2015

Norte, The end of history (Norte, hangganan ng kasaysayan)

Para empezar hay que decir, advertir, para prepararse, que las películas del filipino Lav Diaz son bastante lentas, reposadas, conteniendo muchos momentos dispuestos en tiempo real, y de los que son sumamente ordinarios (acotando que también hay intensidad, ratos potentes, pero igual extendidos mucho más del promedio), además de ser propuestas bastante largas, como Melancholia (2008) que dura cerca de 8 horas, o  From What Is Before (Mula sa Kung Ano ang Noon, 2014) casi 6 horas; ésta última fue la ganadora del leopardo de oro, máximo premio del festival de Locarno del 2014, que lo ha consagrado, digamos, en el cine de autor. Norte, The end of history compitió en el festival de Cannes 2013 en la sección Un Certain Regard.

Lav Diaz utiliza a Fedor Dostoievski como punto de apoyo, a su legendaria obra “Crimen y Castigo”, de lo que hace su propio arte, al dividir en dos personajes a Raskólnikov y transformar la historia, teniendo a un estudiante de derecho que suele filosofar como dice el libro con jugar a ser Dios y deshacerse del mal de la tierra (en diálogos, lugares y amistades muy contemporáneas), reflejado en la usurera y prestamista que maltrata a los pobres (habiendo escenas hasta explicitas), de lo que hay que decir que existe un retrato bastante fidedigno, original y curioso, a un punto, sutil, anclado al costumbrismo de su país, a su normalización y aclimatación, en cómo se mueve la gente en lo tradicional y en la austeridad, como contexto natural y cautivante, para lo que la esposa de uno de los protagonistas, el que es inculpado injustamente, vende verduras en carretilla y vive a puertas de un puerto de pescadores. Con ella veremos el sacrificio materno, y poder reconciliarse con la realidad. Lo cual se ve algo endeble, ya que son demasiados años alejados para volver tan enamorada, al parecer por una especie de epifanía, o quizá por el tiempo simplemente; o por su mejoría económica, con ayuda de los extraños ataques de conciencia de un psicópata. Y es ahí que se esconde la verdadera hazaña del director filipino, en esa ilustración tan compleja y cambiante, en quien tiene instantes de lucidez y afabilidad, y otros de la peor monstruosidad.

Estamos ante un filme bien hecho, fuera de criticarle por una parte el uso del tiempo real y de lo insignificante, pero consiguiendo ser una adaptación plena y “nueva” de Dostoievski, que oscila entre lo moderno y lo rustico, aunque pudo ser mucho más corta, ya que no es que tenga mucho que contar, sino se trata de dilatar lo que tenemos. Sin embargo visto su tempo se entiende que son sus rastros de personalidad, de distinción, de militancia, y reducirla es quitarle alcance, porque clama a su favor el resultar parte de un concepto cinéfilo distinto, en una búsqueda de la naturalidad con lo artesanal y básico, exigiéndonos mucha paciencia, son 4 horas de visionado, y hay que acostumbrarse. Aunque la historia no es nada del otro mundo tampoco, pero tiene sus momentos justificados en que brinda actuaciones intensas e impactantes en lo que luce espontaneo, exhibiéndose entregadas, realistas y profundas, especialmente en los arrebatos.

Están muy bien trabajados los tres protagónicos, desde luego mucho mejor el asesino, Fabian (Sid Lucero), pero no yacen mal los otros dos, habiendo más fallas en el cautiverio, pintado de cierto trazo grueso en su idealismo (ironizado en el achaque de pretender ser político, quien constantemente se hallará con el perdón, llenando  el vacío de la otra figura), pero tiene lo suyo, hasta contener su toque extravagante con la santidad del hombre ordinario, a lo Bruno Dumont, que sería la mística que llega a la vida de Raskólnikov, que no es tan inexplicable como en el cine del francés, porque incluso puede ser tan solo un sueño. En un crecimiento que llega como en una lectura cristiana, donde la casualidad del daño es la gran lección de redención espiritual. En el desdoble de la amargura convertida en acto perverso (la nada) y fe.

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