domingo, 17 de mayo de 2015

Edificio Master

Eduardo Coutinho fue un documentalista de mucha trayectoria y de los más destacados autores de Brasil, murió el 2014 a los 80 años de edad acuchillado por su hijo esquizofrénico. El presente es un filme que va a un edificio de 12 pisos, y 500 inquilinos más o menos, en Copacabana (Río de Janeiro)  y entrevista a cerca de una treintena de residentes. Todo parece muy simple, artesanal, pero el resultado es portentoso y maravilloso, logrando trasmitirnos una humildad luminosa, con gente de bajos recursos económicos e historias personales que describen una gran humanidad, sensibilidad, ternura, en medio de mucha vitalidad, incluso las desgracias y peligros son contados muchas veces con un tono jocoso, si bien también hay demostraciones de aflicción y llanto, como en el recuerdo de un robo. Hay muchos ratos de fuerte expresividad emocional, en lo que parece harto autentico. Vemos a un hombre trabajador sencillo que se conmueve con el recuerdo del aprecio de su patrón, su crecimiento en la necesidad material y el esfuerzo familiar cimentando valores firmes. De esa  manera va revelándose mucha intimidad, en un tono tranquilo, amistoso, pleno, como la confesión llana y abierta de una joven prostituta y madre soltera, en el retrato de seres humanos ordinarios pero sumamente francos, e interesantes, en una especie de magia en el desnudo de sus almas, porque es así como uno lo siente en una sencilla conversación.

La vida sentimental, o las relaciones parentales son parte importante del documental, con parejas de comienzo atípico de interrelación, como el enamoramiento de unos cincuentones a través de la publicación de citas en el periódico, o abandonos y desilusiones por embarazos y abortos de jóvenes que deben enfrentarse solas al mundo o a otra realidad en este barrio austero. La situación laboral aporta su cuota por su lado, habiendo desempleados que cuentan sus frustraciones, pero a  su vez no dejan de poner simpatía u otras anécdotas, creándose además contrastes con ciertos empleos como los de empleada doméstica que hablan de dignidad y hasta exhiben alguna cierta soberbia, véase la teoría de que no existe la pobreza en Brasil, sino la vagancia, el pretexto y la ociosidad. En lo que es una exhibición de gente que rápidamente cuenten lo que cuenten o producto de su total franqueza se ganan al espectador por completo, y los escuchamos como si fueran tan próximos a nosotros, en un hallazgo de verdadero sentir comunitario y humano, donde lo social pasa a ser parte de un conjunto general de ver al ser humano ante todo, en medio de sus conflictos más particulares. 

Coutinho saca lo mejor de los residentes del Edificio Master, sus historias más gloriosas, esas que los han marcado, los definen, han dejado una potente huella en ellos y nacen hermosas hacia la cámara de un equipo que se mueve como una manada por los pasadizos, los apartamentos y los pisos, que llegan a coger estados de ánimo, sentimientos, recogiendo lo que ha tocado a esta gente en la existencia y tienen tanto anhelo de perennizar como documento audiovisual, histórico, en lo que es un relato tras otros que hacen un grupo sólido donde el listón no baja nunca o si lo hace mantiene un estándar admirable, en que cada uno aporta una cuota de novedad y un tipo de grandeza como cuento, vivencia, piel, en una diafanidad tremenda, conscientes de que quedaran grabados y han decidido fluir, abrirse, perpetuarse. Recordemos al hombre que se dibuja en la canción My Way (A mi manera) cantada por Frank Sinatra a quien conoció y con quien cantó. Y es que el retrato puede ser afín a muchos, pero aun así guarda tantas sorpresas. De lo que llega a haber su toque de extravagancia, algo que hace especial a cada hombre entrevistado, en lo que aflora humor, poesía y música como acompañamiento constante, y que va dejando la figura de su propio país, pero también y más de la universalidad, el reflejarse con cualquier persona, en lo que crea empatía, bajo tanta credibilidad y naturalidad, que es todo un logro viendo que Coutinho aparece en el plano a veces y suele ser muy directo, campechano, buscando que se expresen y dejen firmes sus historias, mientras los guía sin manipularlos o conminarlos a hacer un circo de su intimidad, solamente se dejen llevar, conscientes de que están entregando algo que trasciende su persona, y queda como rastro de nuestra humanidad, en sus abundantes ejes descriptivos, como el del inquilino adoptado que se ve así mismo en el abandono de un bebé en el edificio o en el sueño recurrente de su paternidad biológica, invocando esencias sin tapujos, en quienes parecen quedar satisfechos, otros desahogados, nostálgicos o realistas, en una condensación sustancial en apenas unos minutos de diálogo frontal, por persona, detrás de unas pocas cortas preguntas, y como se oye de propia voz del director la esperada justificación de una curiosa narración vivencial previa intervención de la producción, esa que toca las puertas y requiere al residente, dentro de un estado de coherencia, al punto de que una persona con fobias sociales y desequilibrios demuestra que asume su condición de particular temor, muestra su rareza, no mira de frente al interlocutor, haciéndola pública con suma elocuencia verbal (se previsualizan momentos que anuncian defectos y no necesariamente se cumple al pie de la letra la exposición, ya que existe un aire de espontaneidad y frescura bastante dominante, más allá de la oportunidad de hablar), dándose plena cuenta de su acto, sin inhibición, una constante, la seguridad de la revelación, tras la confianza en el maestro y su trabajo, en la docilidad y el deseo prodigo, que genera una obra bella en su transparencia, enseñándonos dolor, preocupación, experiencia, síntomas de orgullo, felicidad, antagonismos, quién es uno, lo que es una verdadera experiencia.    

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