viernes, 1 de mayo de 2015

En su centenario: La filmografía de Orson Welles

Orson Welles es uno de los grandes cineastas de la historia del cine, con películas magistrales, y aunque muchos han escogido a Ciudadano Kane (1941) como su máxima obra y un hito en el séptimo arte, su ópera prima realizada a los 25 años de edad, encumbrada como la película número Uno del cine, es difícil decidirse a ciencia cierta dentro de todas sus obras, pudiendo escoger otras, como la cima mayor de sus noir, Sed de mal.

Sed de mal (1958). Donde un policía interpretado por el propio Welles, el temible y perverso capitán Hank Quinlan, enorme, supersticioso y ducho aunque sencillo siempre anticipa la resolución de los crímenes que investiga y hace todo en sus manos por tener la razón, cimentar su renombre, su nutrido y dudoso historial, hasta corrompiendo las leyes, de lo que poco importa si alguien es culpable o no, sino que Quinlan se salga con la suya. El personaje de Welles opaca, absorbe y dictamina todo a su paso, aunque sea el malvado a combatir. Todo se mueve alrededor de su gigantesca figura.

Otras pueden ser sus dos mayores adaptaciones de Shakespeare:

Otelo (1952). Palma de oro de Cannes de 1952, un canto portentoso oscuro que roza el género del terror como en aquellas imponentes pompas fúnebres del inicio, desde los celos enfermos tras lo maquinado que se llevan todo a su paso, como la gloria en la desgracia y la locura, a razón de la maldad ajena que induce al abismo. Un culmen en su obra shakespeariana, si bien Welles creía más en su entrega en Campanadas a medianoche. Uno que hay que vivir para gozar cada recoveco de una duda tras otra carcomiendo el alma por el ser que uno más ama, a razón de una gran gestualidad en Welles, cuando se quiere destruir al moro, derribarle de su grandeza, ¿cómo? No con la fuerza y el choque, sino nada más que con el dolor de la trampa y la psicología. En la que denota una adaptación muy ambiciosa.

Campanadas a medianoche (1965). Reúne todas  las menciones de un personaje recurrente en las obras de Shakespeare, Falstaff, interpretado nuevamente por Welles en su corpulenta figura, que ahora hace uso de lo bufonesco y esperpéntico en su haber, en el líder de una banda de vagos y ladrones que inducen al hijo del rey a pertenecer al grupo, como en la sensacional Mi Idaho privado (1991) aunque ésta se basa solo en Enrique IV. Falsaff es el guía de la perdición, pero esconde buenos sentimientos desde la simbolización del pueblo. Aquí yace una de las escenas de batalla más imponentes del cine.

Fraude (F for fake, 1973). Documental con una edición magistral en que el imponente Welles nos muestra distintas estafas maestras, que incluyen lo personal, como sus comienzos en el teatro y un currículo falso al uso para abrirse puertas en el espectáculo, como también la broma mítica de la radio sobre la llegada de los extraterrestres al leer convincentemente La guerra de los mundos, de H. G. Wells; luego hace un fraude ante la propia cámara, como algún truco de magia en medio de sus dones de locutor y cineasta, y lo mezcla con lo principal, el caso de un legendario falsificador de pinturas y el de un fraudulento biógrafo de Howard Hughes, todo salpimentado con sumo entretenimiento y un ritmo prominente lleno de cenas y conversaciones casuales entre amigos, que hacen del filme una delicia de visionado, y una segura lección de edición y producción cinematográfica independiente.  

El proceso (1962). Adaptación de la memorable y trascendental obra de Franz Kafka, que es todo lo surrealista que puede uno imaginar llevado a la fuerza de la imagen y la pantalla, en ese existencialismo central que adopta el cine, de la literatura, y que apela a la burocracia y a la locura en puertas gigantes, pasadizos y salidas impensadas, juicios ridículos, castigos extraños, muestra en cierta forma al nazismo y al exterminio judío con inculpados deambulando por ministerios y leyes sin justificación, un pintor con suma influencia en una guardilla lúgubre perseguidos sus visitantes por muchachas enloquecidas como fanáticas, un cajón enorme tirado por alguna cojera en pleno descampado que invoca arbitrario desarraigo, posibles amantes de burdel (en la piel de la recurrente en la obra de Welles, la enigmática y magnética Jeanne Moreau), la belleza y la promiscuidad del rol de la hermosa Romy Schneider, el gran Welles como abogado y titiritero de víctimas e inculpados convertidos en esclavos, libros desperdigados como si fueran parte de un basurero, opresión, tensión, misterio, encuadres y tomas geométricas como en otro tipo de expresionismo, en un laberinto mental, como estipula el buen libro, hasta el desenlace que le otorga la imaginación del genio de Welles al ser un obra sin final en las letras.

Y no queda ahí, Orson Welles tiene más películas de mano maestra, al punto que yo diría que ninguna de sus obras deja de ser algún tipo de joya, incluso Macbeth.

Macbeth (1948). Que puede distinguirse como algo menor en su filmografía, pero que tiene unos acercamientos, un tono siniestro y una estética propia en aquel característico blanco y negro de sus realizaciones, tanto como sus dictados y fastuosos discursos que la hacen igual de apetecible  a otras propuestas suyas, con un Welles teatral, experimentado, a más no poder, en el buen sentido de la palabra, lleno de emociones a flor de piel en el sugerente semblante, que sigue la senda de la caída al mal de la premonición de aquellas brujas tan determinantes en la vida del ambicioso Macbeth (Welles) y su manipuladora y envenenadora mujer, lady Macbeth (Jeanette Nolan); en un filme que tiene una escena de matar niños y mujeres que resulta magníficamente ilustrada, sin caer en lo explicito como en su desenlace en buena parte poco agraciado (mucho mejor el final de Akira Kurosawa en su versión de Macbeth, Trono de sangre, 1957, con un Toshiro Mifune intenso, fuera de sí, en medio del pánico de la traición tomando venganza como un boomerang), en el culto a ese busto representativo (que parece un feto) salido de la magia negra. Y es todo lo clásico que uno espera, pero tenebroso, donde el porte y las cambiantes coronas cargadas de originalidad del bárbaro escocés Macbeth hacen del histrionismo del maestro el ineludible aplauso general.

El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942). Estamos ante un romance de aquellos poéticos, otro gran clásico, un amor puro a través de lo inalcanzable por sinfín de motivos (la sociedad, las habladurías, el decoro y la honra, lo pacato y convencional, el hijo mimado y autoritario, la vergüenza, la intromisión de un tercero, un rol modélico, un orden, quizá hasta la sinrazón), que rehúyen la esencia de las almas gemelas, no destinadas a unirse, como algo maldito, aunque no predomine lo oscuro, solo pequeños destellos, sino ser como un amor platónico mutuo. Entre el primigenio inventor de autos Eugene Morgan (Joseph Cotten) que representa una modernidad inevitable y un inminente cambio social, cultural y tecnológico (que se llevara la belleza de antaño, familiar, de compartir, lo artesanal, tanto como prejuicios de época), y su amada eterna musa Isabel Amberson Minafer (Dolores Costello), que lo tiene apasionado por ella aun casada con otro, siendo mucho una mujer florero, aunque bondadosa y virtuosa como dama, madre y abnegada esposa, fiel a sus ideales. En el camino también yace otro amor trunco, el de sus hijos, como en aquella leyenda del indio temido echado de su tribu que al no tener reemplazo se le conmemora a pesar de su rebeldía con el nombre a la zona y luego hacienda. Y es que es en realidad la historia de George Minafer (Tim Holt) que aunque no está actuando Welles se siente su presencia en dicho personaje, otorgándose aunque es una adaptación de la novela de Booth Tarkingto ganadora del Pulitzer un cierto aire autobiográfico o de similitudes, en cuanto a que George es muy osado, indisciplinado, imponente, hace lo que le place siempre, se sale con la suya y no ha sido castigado en buena parte de la vida, lo cual paradójicamente le pasa a Welles con las diferencias con la industria hollywodeense, y su lucha por hacer valer su pensamiento artístico, pasando de un prometedor cineasta a un outsider. George es el motor del relato, el que “dirige” las situaciones o las problematiza, el meollo de conflictos desde pequeño, quien debe aprender la lección de su comportamiento insolente cuando llega la decadencia de su patrimonio familiar, en quien al final vive el amor en espíritu, uno de los más puros, el de madre a hijo, y con éste el de pareja en velar por su redención.

Sobre Sed de mal (Touch of Evil, 1958) recordamos de Ed Wood (1994) que nos lo permite ver bien claro en una conversación del más torpe y vago de los directores y Welles que tuvo que poner a Charlton Heston como mexicano, y aun así sale indemne la obra, y es que Welles pervive a pesar de tantos enfrentamientos, ediciones, agenciarse una economía, el ego y contratiempos, de lo que pronto verá la luz una obra póstuma, Al otro lado del viento (2015) que está terminando de armar el también director Peter Bogdanovich que actúo en ella. Tiene 3 obras destacadas de cine negro más, La dama de Shanghai, El extraño, y Mister Arkadin:

La dama de Shanghai (1947). Duró a la par del final de su matrimonio con la despampanante sex simbol Rita Hayworth, que además hay que acotar que era una actriz solvente, y es la que carga con el mayor protagonismo del filme como una femme fatale que atrapa en sus garras al buscavidas y marinero fornido y rudo Michael O'Hara (Welles), con lo que se arma un argumento por una parte intrincado en medio de una variedad de traiciones y trampas por juego, dinero, libertad y poder. De lo que vemos cómo de algo pequeño, romántico y heroico, algo ligero, salta a un contexto de cinismo, de superficialidad, de aburrimiento y de envilecimiento que implica el arribismo y el interés, en medio de la corrupción del dinero.

El extraño (1946). No parece un filme muy popular pero es otra gran propuesta, donde Welles encarna a un hombre réprobo, como Macbeth o Quinlan, que tiene un pasado que ocultar cuando un investigador le sigue la pista, interpretado por el actor Edward G. Robinson. En que en un pueblito llega un “cura” alemán a remecer toda la vida secreta del profesor Charles Rankin (Welles). Amante de los relojes, que tienen en una torre una presencia casi propia de un personaje, tanto como el juego de damas del dispensador de un bar. Un clásico bastante diáfano, con su buen toque de suspenso y nervios que quebrar en donde se utiliza una escalera como arma; y que yace en la tradición del mejor Hitchcock.

Mister Arkadin (1955). Es ir tras los pasos de los antecedentes oscuros de un tipo adinerado llamado Gregory Arkadin (Welles) que como Rankin tiene un pasado bastante negro, sucio, donde la ignominia y la putrefacción pueden dañar sus relaciones afectivas, y como lo ven en sociedad, especialmente su querida y mimada hija Raina (Paola Mori, que fue esposa de Welles, y que no tiene  muchos dotes  histriónicos, como tampoco parece tenerlos su pareja de años, la guapa Oja Kodar que también trabajó con el famoso director y que podemos ver en Fraude casi simplemente modelando su belleza para supuestamente Picasso, o paseando su escultural anatomía por las calles frente a excitadas miradas) para lo que querrá deshacerse de toda huella de antes de 1927 mediante un contrabandista de poca monta que le recuerda quien fue, Guy Van Stratten (Robert Arden, que da la imagen y talla del noir, como investigador) que se llega a enamorar de su hija, de su dinero y de su misterio, y que recorrerá la megalomanía de este hombre poderoso que parece estar en todas partes, con una mano tenebrosa y fatal.

Ciudadano Kane (1941). Versa sobre ir tras el misterio y la mítica que encierra la última palabra del magnate (la palabra Rosebud) y dueño de periódicos amarillistas Charles Foster Kane (Welles) que remite a la nostalgia de su niñez rota por una exorbitante suma y pasar a ser cuidado por el privilegio que otorga un banco, pero le remite a una frustración existencial de por vida, un dolor mental e interno, aun con dos matrimonios y un hijo en el trayecto, ser un hombre poderoso y quien hace lo que se le antoje, de lo que nada material le es inalcanzable, por lo que acude a empresas destinadas a la derrota, al rechazo y a la perdida de dinero que poco le importa, como también lo hace con su segunda esposa, una cantante, a la que avergüenza retándose a hacerla una estrella cuando no tiene ningún talento. Es la soledad del espíritu eternamente herido, cual pierde todo a su paso, como a sus mejores amigos, véase el caso del crítico de teatro y compañero Jedediah Leland (Joseph Cotten), pero que destina su mayor logro a un diario, el New York Inquirer, y querer velar por el ciudadano de a pie, el oprimido, en una búsqueda de que lo amen, cuando éste tiene un ego colosal, pero una necesidad demasiado grande al respecto que yace destinada por él al fracaso en un hueco insalvable, que lo hace perderse por la inmensidad, fastuosidad y extravagancia kitsch de su mansión llamada Xanadu, que bien ejemplifica ese no traspase de un cartel en las rejas, como quien no puede entrar en el corazón de éste hombre. Político derrotado por una aventura, por el capricho que lo gobierna, y por una tenacidad que le acarrea muchos enemigos. Foster Kane se basa en William Randolph Hearst. Y le otorgó a Orson Welles la gloria temprana en quienes ven su obra magna y la primera del séptimo arte, en lo que es un canto de idealismo, el amor más poderoso -no del todo correspondido o por otro lado previsor de males y una priorización de carencias, no la esencial como se ve- por sobre cualquier cosa, aunque perpetre una vida de disgustos y mucha lucha, política, social, humanitaria, que finalmente termina donde todo comienza, en uno mismo. La hacen una gran película, pero de discutible lugar en medio de un legado, una filmografía, magistral. 

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