miércoles, 6 de mayo de 2015

Oslo, 31 de agosto

El noruego Joachim Trier compite en el festival de Cannes 2015 por la palma de oro con Louder Than Bombs, que será en inglés y contará con Jesse Eisenberg, Gabriel Byrne e Isabelle Huppert. Para ponernos a tono con el mayor evento festivalero de cine del mundo revisamos su segunda película. 

Antes veamos su ópera prima, Reprise (2006), nominada a mejor película extranjera en los Oscars, siendo una propuesta popular, a un punto; del tipo amable, como tantas que yacen en los premios de la Academia Americana, que agradó a muchos, que en lo particular la hallo si bien no es todo lo conocida que uno creería, algo sobrevalorada, pero definitivamente si es apreciable, donde dos jóvenes amigos y escritores noveles nos describen uno que sufre de problemas mentales, y le dificulta sociabilizar como compartir con su tímida y bella pareja, la que incluso llega a serle nociva por su enfermedad, mientras el otro escribe de la locura como intelectualización y pretende una carrera llena de alma en las letras, cuando vemos como se mueven entre amigos, novias, viajes, fiestas, empleos, descansos, sueños, conflictos y todo tipo de cotidianidad en Oslo (una que toma forma bastante natural en su interacción, y es muy elogiable en su falta de grandilocuencia, rehuyendo explotar en gran parte los modelos de siempre), como vemos bastión de contextualización de Trier. En el camino se inspiran en el escritor Sten Egil Dahl (tras la figura real de Tor Ulven). El tono como del filme presente es uno híper contemporáneo, muy cool, pero expuesto con educación y cierta sofisticación en el trato, sin dejar de ser cercano a la extravagante y relajada juventud, aunque Oslo 31 de agosto sea algo más desenfada, pero sin llegar a la vulgaridad; en ello Trier exhibe mucha madurez y control, sabiendo retratar la rebeldía o lo simpático moderno, sin perder sus formas artísticas, en medio del buen entretenimiento que es, quiere ser, y de lo que se espera.

Oslo, 31 de agosto adapta la novela El fuego fatuo del francés Pierre Drieu La Rochelle, y tiene de antecedente la hermosa película de Louis Malle, del mismo nombre en galo, Le feu follet (1963), que tiene una atmósfera más densa, y gaseosa, que la que tratamos ahora, de lo que luce más compleja y elusiva de comprender, gestionándose mayor profundidad, aunque depende de uno donde nos sentimos mejor, ya que Trier quiere ser más directo y fácil de entender, en medio de una notable calidad artística formal, lo cual le permitiría mayor cantidad de espectadores, no obstante hay que acotar que mantiene muchas de las mismas ideas, como el nihilismo, el suicidio, o la figura poética y audaz del protagonista de la historia, mucho más vista en la de Malle, que tiene un aire cultural, filosófico y social de entre guerras más rico (desde el cuarto en el lugar de reposo mental, que es más elegante y nutridamente culto), con el actor Maurice Ronet que por sus maneras incluso puede implicar hasta inclinaciones sexuales varias que se pueden acoplar a la cavilación temática general de la depresión y la dificultad de interrelación con el mundo y lo existencial, porque ambas asumen el vacío, la soledad mental, el desarraigo con la pasión de vivir, aunque halla dinero, roce social, mujeres, amistades y hasta fama/popularidad por nuestra extravagancia.

En la de Malle es como una aventura de despedida en Paris con su cierto romanticismo, lujuria e intelectualización, mientras en la noruega Oslo es al igual que en Reprise una ciudad de aspecto cotidiano, más pedestre, aunque capital, donde el desenfreno es harto actual, con desnudos en la piscina, drogas y fiestas electrónicas, que en lo personal prefiero la estética y el tiempo de Malle. Viendo que Trier aborda la enfermedad mental desde la drogadicción de su protagonista (de lo que se aprecia que el tema le es muy afín, y lo sabe manejar muy bien), llamado Anders (un bastante decente Anders Danielsen Lie, hasta mejor que en Reprise, como un tipo notoriamente cansado, decaído, aislado, afectado, aunque atento al mundo, mucho más allá de interiorizarlo), que brinda un punto potente en cuando a causa, que el alcoholismo del Alain Leroy de El fuego fatuo. E igual eso disminuye una cantidad de peso filosófico, si bien aproxima el entendimiento. Y es que Oslo, 31 de agosto como dice una línea comparativa, quiere tener profundidad interna, que escuchamos en diálogos que mencionan a Proust, lo musical, el arte, como antes en Reprise invadía el mundo literario el filme, siendo cine amable.

Es de resaltar que el final de Joachim Trier da la sensación de ser mucho mejor que el de Louis Malle, intensificando lo poético, aunque el del director francés viene en realidad desde bastante atrás y simplemente cierra. Anotando que son películas muy distintas entre sí fuera de compartir similitudes argumentales, trama y estar bajo un mismo magma, pero son dos narrativas totalmente diferentes. Que bien vale poner una al lado de la otra y analizarlas, para ver cómo se hacen hoy las películas, y como se hacían antes, auscultando dos miradas del cine de autor, no solo en cuanto al tiempo.

Otro punto a remarcar en Oslo, 31 de agosto es que amplifica la belleza del mundo como posibilidad frente al daño mental (que es un aporte distintivo argumental, vistosamente trabajado, como en la apertura, una introducción característica del director, o en el restaurante como un contundente equilibrio), que lucha contra una apatía tan fuerte, que recuerda en especial a El sabor de las cerezas (1997) que es justo lo contrario que he dicho de ella, dando mucha información, o mejor dicho la justa y necesaria porque tampoco se amplía demasiado, aduciendo mayor teoría, estudio y elementos que la de Kiarostami, aunque quizá pierda cariz artístico. Trier invoca mucho lo emocional, Malle prefiere la reflexión. Una es nutrida, la otra fluida. Desde la convergencia de la inquietud que tanto busca resolver el hombre, el sentido, y que peor que caer en el extremo, donde empezamos perdiendo. Nadando en la melancolía, en la prisión psicológica, aun teniendo tantas armas.  

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