sábado, 30 de mayo de 2015

Leviatán

Nominada a mejor película extranjera en los Oscar 2015, tras mejor guion en el festival de Cannes 2014, la cuarta película del ruso Andrey Zvyagintsev hace hincapié en la política sucia de su país coludida con la iglesia ortodoxa, ahí yace el retrato del presidente Vladímir Putin detrás del escritorio de un alcalde que quiere apoderarse de un terreno y casa de nuestro protagonista llamado Kolya que pasa además por su viacrucis personal con la infidelidad de su mujer con su mejor amigo y abogado, lo que pone muy clara la parábola de Job, que dice en la biblia que ha venido a sufrir a la tierra y que en última hora Dios lo premia con la longevidad y la descendencia, como explica un prelado en una conversación casual y que muchos ven obviedad en ello. Éste alcalde déspota y corrupto del tipo gánster, al puro estilo del trazo grueso del de Marcelino, pan y vino (1955) hará hasta lo imposible por apoderarse del lugar de Kolya que no quiere vender, mientras esa sub-trama del engaño matrimonial hace que la narrativa tome justificaciones y causes que presentan mayor complejidad y encanto como historia, ganando un cariz de menos lugar común en lo del abusivo poderoso, con lo que se aleja un poco de ello, y también del tema, tomando consonancia de melodrama romántico tanto como de velado drama criminal.

Luce como una lectura comprometida con denunciar al poder reinante de Rusia en una ficción emocional, que tiene ramificaciones burocráticas y policiales para el ciudadano común, pero esto puede abrumar a quien ve cierto oportunismo y gancho, o diluir el arte en propiciar un mensaje demasiado sonoro. Sin embargo, esto puede pasar a segundo plano, dando predominio a la parábola, lo humano, en la mención del Leviatán, hasta lo filosófico, que trasciende corrupciones específicas de corte realista, en que el mal está en todas partes como un cáncer, no solo en lo nacional, sino sobre todo en lo vivencial, en la agresión al hombre común, mientras se recrimina el abuso de los que suelen ostentar el poder, aunque aquello vuelva una vez más como algo tan visto. El leviatán es la osamenta de una ballena en la playa, el misticismo de los bellos paisajes e incluso la máquina de construcción derruyendo una edificación. En la lucha por sobrevivir, en ver la luz de la misericordia, humana, divina, legal o de cambio, aunque el filme se muestre tan pesimista, deliberadamente cruel.

Hay una narrativa cautivante, de buen narrador, empático y entretenido, muy contemporánea que derriba ciertos clichés de como los vemos a los rusos, o sea en el folclore, aunque no quita del todo lo tradicional como en el quehacer rural, manual y salvaje si se quiere, como en El regreso (2003), máximo logro de Andrey Zvyagintsev, ganadora del león de oro del festival de Venecia, donde un padre vuelve a casa y enfrenta el rechazo firme de uno de sus hijos, haciendo un viaje con ellos dos a una isla donde aguarda mucho suspenso y misterio, y no falta la poética sorpresa en un canto además estético y bien actuado entre sus tres protagonistas.

Otro título de interés aunque más light, es Elena (2011) en la madre obnubilada por el amor hacia el hijo pobre y vago, y su familia, frente a la dureza de un marido adinerado, en competencia con la hija engreída, atrevida y liberal, interpretada por Elena Lyadova, gran actriz que más tarde en Leviatán hace de una mujer ordinaria, pero bastante carnal e internamente conflictiva, si bien en Elena la misma del título en el rol de Nadezhda Markina desde luego se roba el show y nos provee de tremendo impacto, de lo que en Leviatán toma la estructuración mayores alcances, se supera, creando más líneas de conflicto y novedad que sus predecesoras, favoreciendo mayores interconexiones, con lo que el premio de Cannes resulta muy merecido.  

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