viernes, 13 de enero de 2012

El caballo de Turín

Un cineasta complicado de degustar es Béla Tarr, con sus constantes formas escénicas que implican mucha paciencia; si alguien ha visto Satantango (1994), una de las cintas más difíciles estructuralmente hablando que se han hecho en el cine, se dará cuenta de a que me refiero y es que su continua contemplación, su estática, sus tomas extraordinarias, su lentitud, su voz en off que continua el relato, su parsimonia, sus salidas a ocultarnos la visibilidad de la pantalla, la latente fría mendicidad de sus contextos y su desesperanza ajena a los personajes hacen de su séptimo arte algo único e interesante pero también arduo de soportar. Ésta vez se hace más digerible el espectáculo y aunque retoma su filosofía artística lo hace con mayor sencillez, pero dejando espacios para la reflexión y discusión en su propuesta.

Un prologo anuncia los últimos momentos de cordura del filósofo Friedrich Nietzsche en que se abraza a un caballo golpeado por su amo y pide perdón por la brutalidad de la humanidad. Tarr enseguida acomete la locura de indagar qué pasó con el caballo y sus dueños. Un animal reacio a comer y a beber agua que está destinado a la muerte mientras sus propietarios pasan la vida de forma monótona alimentándose de papa, leyendo, tomando licor, cambiándose de ropa austeramente y haciendo pequeños trabajos manuales.

El cineasta húngaro deja en claro esa rutina que tiene a un padre anciano inválido del brazo derecho y a su hija en un cuarto casi a oscuras alejados de la llamada civilización, aislados sin atisbo de dolor sino de conformidad y pasividad, de rendirse ante la costumbre como unos autómatas que viven simplemente. Afuera un viento terrible los sacude y solo pueden pensar en que unos gitanos no se roben el agua de su pozo que igual se secará. Una tragedia en la inmovilidad vista por el espectador y bajo una circularidad que los pone de vuelta al duro contexto del medio rural en que se mueven, en donde la supervivencia es el predominio a la vera de la miseria, pero que los tiene rígidos pasando un día tras otro.

El llamado de atención es que hay hombres abandonados ante el paraje estéril y salvaje y el mundo es egoísta, el monologo del hombre que viene por alcohol hace hincapié en una falta de amor al prójimo, de una desunión y una moral quebrantada. Una película dura por donde se vea, carente de melodrama pero explicita en mostramos la decadencia, la soledad, la pobreza o la inconsciencia, a ratos seca y algo compungida por su blanco y negro, por su inclemencia narrativa, por el ritmo de la trama, por sus silencios, por la forma de Tarr que es lo que predomina para producir la cavilación que se postra frente a nuestros ojos.

La ambientación está a la orden del filme, recreando con verosimilitud el espacio geográfico indefinido que parece no adscribirse realmente a ningún territorio sino a un mundo donde un cierto final deplorable se vive continuamente, donde la derrota está presente casi sin notarla, viviendo a un lado de nuestras propias existencias, un abismo en el limbo, un infierno en la tierra, un grito con eco en la pantalla desde la mente del director para con el ser humano, una ayuda que clama por un cambio desde alguna parte. Un filme sencillo en el fondo, empero como propuesta una más de importancia; no se nos puede quitar el derecho de prodigar la reconstitución de la humanidad en sus ideales más pródigos y altruistas parece alentar Tarr, más que un conflicto, una búsqueda de soluciones.

Es un filme pesado, pero atribuye sentido al séptimo arte como lugar de incomodidad para no ser indiferentes, no todo puede ser entretenimiento ni todo puede ser complicación sino nadar en el equilibrio de la marea que el arte puede ofrecer. Tarr provee al espectador de una estética que busca ser realista, la preparación del caballo se produce detalladamente, el vestir del viejo ante lo metódico y redundante, el trascurrir del tiempo en aquella vivienda arrinconada con la ventisca y sus panorámicas áridas, todo a favor de palpar el destierro de esas almas en pena, de los desolados, de los fantasmas vulgares y a su vez humanos.

Crítica mordaz de toda claudicación universal, como mensaje para el público. Un filme discreto al fin y al cabo fuera de su grandilocuencia algo forzada aunque respetando el deseo de la personal concepción estructural y flagrante molestia de su forma, que mereció en el festival de Berlín el Gran Premio del Jurado y el fipresci, y que parece anunciar el retiro definitivo del autor húngaro; el quehacer de un creador medio desconocido, pero con una voz propia a revisar.

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